Texto digital de El conde de Fuentes en Lisboa
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis de Belmonte Bermúdez
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de una suelta sin datos de imprenta (Munich. Bayerische Staatsbibliothek: 4 P.o.hisp. 51 p).
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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El conde de Fuentes en Lisboa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/conde-de-fuentes-en-lisboa-el.

EL CONDE DE FUENTES EN LISBOA
JORNADA PRIMERA
¿Qué esperanza te sustenta, señor? Nuño, la mayor que darme puede el amor. Aunque muere el que se ausenta y la mujer más constante lo condena a eterno olvido, no sé si en Leonor ha sido la ausencia ocasión bastante para que pueda olvidar a don Enrique. Cautivo queda en Fez, mira si vivo muy ajeno de alcanzar la dichosa posesión del prodigio más hermoso que vio el sol. Poco dichoso fue Alencastro. En mi opinión es lo mismo si estuviera presente. Tienes valor porque, al fin, eres señor, mas no pienso que le hiciera estorbo tu calidad. Ya estás necio, majadero. Tiene del duque de Avero sangre y le da autoridad la opinión acreditada de valiente y de galán, prendas que en Leonor están presentes. Ya está olvidada, Nuño. Pues ¿en qué lo sabes? En que con menos enojos me miran sus bellos ojos entre risueños y graves. ¿Hate dado más favor? Pues ¿no basta? Poca cosa. La mujer más virtuosa sin ofensa de su honor paga cualquier cortesía mirando a quién la saluda, mas hoy saldrás de esta duda si las joyas que le envía tu magnífica esperanza las recibe del platero que las lleva. Yo no espero en su condición mudanza por bajo interés del oro, mas puédome persuadir que las ha de recibir por no perder el decoro al cortés ofrecimiento. Y, si no las recibiera, ¿qué diremos que perdiera? Ya yo pierdo el sufrimiento oyendo un necio criado, pues, cuando así lo entendieras, ¿era justo que me dieras, necio, tan costoso enfado? El crïado ha de servir con intención de agradar, no debe lisonjear, mas no ha de contradecir. ¿Hacer discursos tan necios contra mi esperanza quieres, o que yo presuma que eres profeta de sus desprecios? Di, que dejaré obligados sus deseos. Yo jamás, que soy profeta no más de sucesos desgraciados. ¿Si las joyas que envía mi amor se alegra de vellas? Para quedarse con ellas no es menester profecía porque eso es cosa ordinaria y no hay qué profetizar, al no quererlas tomar pudiera ser necesaria una y dos mil profecías. ¿Por qué? Porque vendrá a ser prodigio que una mujer no tome lo que le envías, pero ya vuelve el platero. Trae. Seáis muy bienvenido, de vuestra respuesta espero la vida. Si el desengaño te la puede asegurar, yo te la pudiera dar. ¿Hubo rigor más estraño? ¿Hubo fiereza mayor? Acabadme de matar, mientras yo con escuchar doy más fuerzas al dolor. Llegué a su casa y, llamando, salió a abrir un escudero, dije cómo hablar quería de parte tuya a su dueño, mirome el viejo despacio y, volviendo a paso lento, fue entre dientes mormurando no sé qué de amantes nuevos, esperé lo que he tardado y, después de largo acuerdo, volvió a decirme que entrase, obedecí con respeto, entré y vi a doña Leonor de Meneses —no encarezco su hermosa severidad, basta decir que me dieron sus ojos tanto temor, entre indignados y honestos que, a ser conmigo el enojo, allí me cayera muerto— díjela: «señora, el conde de Vimioso», y, descubriendo en esta caja las joyas, para ganar más silencios, ocupándola la vista, me dijo, como si el cielo fuera informando sus labios: «decilde al conde que dejo de hacer, por estar ausente, la demostración que espero comunicar con mi agravio y, si fue su atrevimiento hijo de su necio amor, pareciéndole que el precio de las joyas que me envía pudiera comprar afectos de una mujer como yo, es inadvertido y necio y no tiene más disculpa que la de su corto ingenio, pues envía a conquistarme con intereses groseros, pareciéndole que tienen mayores merecimientos que su persona las joyas, y aun yo presumo lo mismo, que, aunque ellas valen tan poco, él vale conmigo menos, mas, si acaso ha presumido que hay en mi recogimiento, en mi casa y en mis ojos mayor libertad que debo a mis penas y a mi sangre, tomando por instrumento la facilidad que arguye para animar sus deseos contra mi honesto recato, decilde que le prometo castigar inadvertencias mías, si darle pudieron tan libertada ocasión, con tan recatado ejemplo que a mí de emienda me sirvan y a él le sirvan de escarmiento y, pues entre los amigos que con el rey se perdieron en África está Alencastro y por falta de dineros para su rescate vive entre los alarbes preso, si es caballero, le envíe esas joyas, advirtiendo que el enfado que me causan recados suyos, si llego a dalles nombre de enojo, haré avisando a mis deudos que estorben descortesías y que enfrenen pensamientos de un amante que me cansa y de un conde que aborrezco». Esto dijo y, dando al rostro las colores que vistieron la rosa, se entró en su cuarto y yo, turbado y suspenso, me despedí de la sombra para avisarme, trayendo, si bien son muchas las joyas, aun más que las joyas miedos. Vistiose de luto el día y despeñose la esperanza mía. Yo os quedo agradecido y que llevéis os pido las joyas a mi casa, que las quiero comprar, siendo la tasa y el justo valor de ellas los que quisiéredes vos pedir por ellas. Servirte en todo espero. ¿Hubo linaje de dolor más fiero? ¿De los desprecios de mujer te enojas? Vienen a ser mortales las congojas, que aquel enfado, por desdicha mía, en ella viene a ser descortesía. («Y, pues entre los amigos que con el rey se perdieron en África está Alencastro y por faltarle dineros para su rescate vive entre los alarbes preso, si es caballero, le envíe esas joyas»... ¡Oh, cielos!, ¿por qué rayos formáis, habiendo celos? Entre justos temores, desprecios, disfavores que son bello esplendor de la hermosura, caminaba ambiciosa mi ventura con esperanza tan dichosa y clara que aun por la posesión no la trocara y, cuando firme amante, animoso y constante, iba siguiendo el venturoso rastro, acabó su oración con Alencastro. ¡Oh, Enrique el más dichoso que vio la envidia en el mayor celoso! ¡Viven los altos cielos que he de apagar el fuego de mis celos! A África he de pasar y, obedeciendo a quien me está ofendiendo, he de pagar yo mismo su rescate, que no quiero que trate otro la libertad de mi enemigo, pero, volviendo a Portugal conmigo, siendo la casa de Leonor campaña, le he de matar con tan celosa hazaña que este humano portento llegue a comprar con llanto el escarmiento. ¿En la calle, señor, te descompones? Donde sobran razones para perder el seso y la paciencia no tiene voto la mayor prudencia. Mira, señor, que viene... ¿Quién? El conde de Fuentes. Es quien tiene ganado con valor y eterna loa el respeto y aplauso de Lisboa, capitán general es de esta tierra, no ha tenido la guerra más valiente soldado. Si le comunicaras tu cuidado, pienso sin duda que favor te hiciera y que tus pretensiones dispusiera tan bien que hallara modos por el respeto que le tienen todos para salir con tu amoroso intento, pues viene a ser igual el casamiento. Tu consejo me anima, hablarle quiero, que es el conde mi amigo y siempre espero favores de su mano. La carta es de mi rey. ¡Qué de honras gano en su memoria!, que mi honor confirma, humilde besaré su letra y firma. «Don Pedro Enríquez de Acevedo, conde de Fuentes, pariente, mi capitán general en ese reino de Portugal, ya tenéis con este segundo aviso que la armada inglesa, con grandes prevenciones de soldados y bajeles, ha más de un mes que salió del puerto de Plemua; el número y fuerza de ella compone seis naves reales, veinte de pelea, ciento y cuarenta de carga y en ellas más de veinte mil hombres. Viene por general de tierra Enrique Nores y de la mar Francisco Draque y don Antonio el prior de Ocrato. Tiénese por cierto que será el golpe en este reino y, así, os envío la infantería italiana y española, que ha parecido bastante para la defensa, y por general de caballería a don Alonso de Vargas y maestre de campo general a don Gabriel Niño de Zúñiga, y proveedor a Andrés de Alba, asistiendo vos a las cosas del gobierno con el archiduque Alberto mi gobernador, de cuya prudencia y maduro juicio tengo entera satisfación. De Aranjuez, 4 de mayo de 1586. Yo, el rey». Aun no me ha conocido Ingalaterra, que quiere dar el golpe en esta tierra defendiéndola Fuentes; pues ¡juro a Dios que los que están ausentes suelen temblar mi nombre en la campaña!, no sé yo cómo el Draque el alma engaña; si buen suceso con Portugal espera, no debe de saber que su ribera la estoy guardando yo y que sé enojarme, que él tuviera por bien de no buscarme. Llega a hablarle, señor. Deme licencia que le vaya sirviendo vueselencia, que es honra mía. ¿Quién es? ¿Si acaso ha sido no conocerte haberse divertido? Señor conde de Fuentes, pues ¿agora aun no sabe quién soy? ¿Mi nombre ignora después de la amistad que profesamos? No conozco en verdad. ¡Buenos Estamos! Pues ¿no conoce al conde de Vimioso? ¡Agora estoy, por Dios, aun más dudoso, que el conde es caballero tan honrado, tan valiente soldado, tan servidor del rey que cuando espero la armada inglesa con asombro fiero de las costas de España y prevenida gente en la campaña no ha de venirme a hablar tan sosegado con la capa en los hombros, sino armado, cuerpo de Dios! Inadvertencia mía fue la causa señor. Vueseñoría me dé los brazos, que se ofrece agora en qué pueda servirle. Pues no ignora vueselencia el cuidado con que sirvo a mi rey, que por soldado me admira en esta empresa, quisiera suplicarle... No profesa su espíritu bizarro y generoso menos valor del conde de Vimioso, ser soldado pudiera el mismo griego Aquiles. (Nunca el sol naciera en ocasión para mi amor tan fuerte.) Jamás llegues a verte, soberbio inglés, en costas españolas, descubras monumentos en las olas y, coronando al sol rizas espumas, vuelen tus naves como flacas plumas sobre los hombros de las pardas nubes, donde, si a la región del viento subes, abraces desmentido su elemento, túmulos de cristal entre agua y viento. Nuño, perdido soy, porque he perdido la ocasión con la guerra. Segura está la tierra teniendo a vueselencia por su amparo. ¿Por qué eres tan avaro de lo que cuesta poco? ¿Aun palabras no tienes? ¿Ya estás, loco? ¿Es ocasión agora? ¿Marte también, señor, no se enamora y es dios de las batallas? ¡Qué de imposibles hallas, hijos bastardos de tu simple miedo! Aun pronunciar no puedo los afectos del alma porque cría otro aliento el rigor. ¿Vueseñoría qué me quiere mandar, que voy agora a ver al archiduque. Nueva aurora es del sol español pedir quisiera, pero ocasión habrá. Siempre el que espera culpa su estrella en la ocasión perdida. Es una petición muy atrevida por el tiempo en que estamos porque es bien que las armas prevengamos, olvidando diversos pensamientos, cuando entre los sangrientos despojos enemigos las naciones de Europa sean testigos de una ilustre vitoria. Ocuparé el cuidado y la memoria en lo que el alma con temor esconde. (¿Qué me quiere pedir este buen conde? Sin duda se ha escusado por verme acompañado.) En palacio me aguarden vuesastedes. Decir agora puedes tu honrada pretensión. Solos estamos y en diversas materias ocupamos tal vez el tiempo ocioso. Llegué a mala ocasión, que el de Vimioso está con el de Fuentes. Al desgraciado sobran accidentes. Señor, el escudero de Leonor está allí. Arrojarme quiero, que me encargan la priesa y el cuidado. Lances corridos son de un desdichado. Al conde llega a hablar. Temo el suceso. Este papel me dio. Yo pierdo el seso. Doña Leonor Meneses mi señora. Cielos, ¿qué escucho? ¡Esto faltaba agora! Si es para mí, mostrad. A vueselencia me mandó que le diese. (Aun más licencia van tomando los celos. ¿Qué enigma es esta, cielos? ¿Si de Enrique se acuerda? ¿Cómo escribe al de Fuentes? ¿Por que pierda el seso y la paciencia? ¿Conoces bien su letra? Y la sentencia de mi vecina muerte. Decí, que al punto voy. Veré mi suerte desdichada yo mismo, aunque me pierda en tan confuso abismo. Al conde he de seguir. Después podremos comunicar despacio, que tendremos más lugar, porque cierta diligencia me ocupa agora el tiempo. Vueselencia se escusa bien de que a servirle vaya. ¡Qué desdichas ensaya la Fortuna conmigo! ¡Buen encuentro, por Dios! A tu enemigo topamos el primero. Pues, Gonzalo, ¿qué espero que no vengo mis celos con su muerte? ¿Hubo lance más fuerte, lance más apretado? Don Enrique ha venido. ¿Qué cuidado te puede dar un hombre? No hay peligro mortal que a mí me asombre, solo tengo de estar si hablarme intenta. ¿Qué dices? Que te vayas. Si te alienta tu valor, es locura quedarte solos. Siempre me asegura el enemigo cuando nace honrado. A obedecerte voy. Solo ha quedado. Bien muestra su valor. ¿Quieres hablarle? El hablarle ha de ser para matarle y en la calle, pasando tanta gente, no fuera acción valiente acometerle yo, pues se estorbara la venganza que espero. ¿En qué repara cuando solo me ha visto y cuando escribe que Cévolas venganzas apercibe?, mas, si el furor le obliga, yo le haré que me diga dónde el sujeto hermoso de Leonora, si sus prendas adora, nos obligue a acabar nuestra porfía. Ni sé si fue valor o cobardía fuese en efeto; espera, que ha hecho de su calle faldriquera. Este papel fe le cayó a Vimioso. Muestra. Pues ¿quieres verlo? Estoy celoso, que bien conozco que es descortesía, pero la furia que mis celos guía, engendro descortés estos desvelos, para apurar la causa de mis celos. Cielos, mi muerte he visto, la firma es de Leonor. ¿Más juro a Cristo? ¡Que permita mi estrella estos rigores! Mira que pienso que hay muchas Leonores... ¿De Meneses también? Eso es lo malo. Es su letra, Gonzalo, y escribe a mi enemigo. Hallar quisiera yo mejor testigo con que tu enojo la verdad supiera, que valerle pudiera acaso otra mujer del nombre suyo y será engaño el tuyo que obligue a despeñarte. Satisfaciones, necio, pienso darte, que estoy de suerte ya que hacerte quiero en mi mayor desdicha consejero. ¿Esta no es letra de Leonor? Sin duda ¿Y esta no lo es también? Es más menuda, que me parece letra de Corinto. Aunque en papel distinto, ¿no ves la forma de una misma mano? Esta parece letra de verano, que están más apartados los renglones, y aquesta tiene dos o tres borrones que no están en la otra. No provoques mi enojo. Pues no toques al valor, a la honra y al recato del mismo sol, si quieres, como ingrato, no pagar beneficios recibidos. ¿Juzgar puedes delitos cometidos los de un papel que sin leer condenas? Será para aumentar mis nuevas penas. Dice, pues, mi enemiga: «Señor conde» ¿No basta? No, prosiga. ¿No muestra el fuego que en el alma esconde? ¿Y no puede escribirle «señor conde»? Váyase noramala. ¿A qué villano tu simpleza iguala? Pues prosigue, verás cómo estás ciego. Verá mi agravio, pues me alumbra el fuego «Señor conde, el amparo de mi honor pongo, después de Dios, en sus manos, a quien suplico me vea sin pasar de hoy, por el riesgo que corre mi reputación. Doña Leonor de Meneses». Mala píldora es esa. ¡Vive Dios que confiesa más de lo que esperamos! ¿Qué hay, señor, cómo estamos? Enmudeció con el dolor. ¡Oh, cielos!, si a las mayores penas dais consuelos, ¿cómo un dolor formáis tan duro y fuerte que libra sus consuelos en la muerte?, mas, ya que muero a manos de esta fiera, permitid que me queje antes que muera. ¿Qué ofensas —di— te he hecho que me arrancaste el corazón del pecho? Dejárasme cautivo sin la experiencia de un dolor tan vivo, mas quisiste, Leonor, sin darte enojos, hacer testigos a tus mismos ojos de la muerte que pruebo, venenos miro y basiliscos bebo. ¡Oh, mortales agravios!, triunfad del corazón, dejad los labios. Gonzalo. Señor mío, puesto a figura estás de un desvarío. ¿Qué dices? Que te quejes poco a poco, que pasas ya los términos de loco. Pues ¿cómo he de sentir dolor tan fiero? Advirtiendo primero que estos han sido engaños aparentes. ¡Mientes, villano! ¡Vive Dios que mientes! Yo digo más verdad, y aquí me quedo. ¡Habla, villano! No me deja el miedo, que yo sé —¡vive Dios!— que me soñara el que de mí durmiendo se acordara, La paciencia me apuras, ¿pido consejos y me das locuras? ¿Qué quieres que te diga? Dime a lo que me obliga este agravio. No sé. Pues ¿no eres hombre? Mi mujer lo dirá. Pues ¿con qué nombre, con qué título honrado podré quedar vengado de este engañoso y falso cocodrilo? No pasando jamás por junto al Nilo. ¡Vive Dios que te mate! ¿Hice más que aforrar tu disparate? Si cocodrilo llamas al claro espejo en que se ve las damas, a tu hermosa Leonor, ¿por qué no quieres que defienda el honor de las mujeres? No quiero consejero tan piadoso, yo he de matar al conde. ¿Al de Vimioso? Y entrando en la casa de esta fiera ingrata... Deténganle, señores, que la mata. Seré un ardiente rayo. Si la otra ha hecho de su capa un sayo, ¿qué te debe? La vida, y hoy la has de ver perdida para que sienta el fuego en que me abraso. Esto me huele al paso de los comendadores. Mayores son mis furias y rigores, Pues no quede piante ni mamante. Vente conmigo. Pasa tu delante, que yo me quedo a prevenir mortajas. ¿Venlo?, pues todo es agua de cerrajas. Veré si puedo templar del conde necios antojos. ¡Que a costa de mis enojos quiera un hombre porfiar! No es amor el desatino que pasa de atrevimiento, la clausura de un convento he de escoger por camino más seguro si porfía, que temo que venga Enrique cuando él su intento publique para más desdicha mía. Aunque con nuevos desvelos desde África me escribió y algunas quejas me dio que casi formaban celos, que, aunque con enigma escura, bien claro se da a entender, pues dice que soy mujer que novedades procura y es bien que llegue a temellos de hombre que pudo escrebillos, que quien se arroja a pedillos cansado está de tenellos. Señora, una novedad. Dímela sin prevenilla. ¿Es visita? Y de una silla con pompa y autoridad de escuderos y criados, aunque esto no lo es en ella, se apeó gallarda y bella, si bien con muchos enfados. ¿Quién? Doña Juana Coutiño y, aunque en traje honesto y llano, muy grave y puesta la mano sobre los hombros de un niño y los demás escuderos delante. Es costumbre usada en Portugal. Y enojada [allí] viene. Son agüeros del mal que temiendo estoy. Salgámosla a recibir. Las dueñas podrán salir. Yo parezco lo que soy, préciome de amiga, Inés, y debo esta cortesía a doña Juana. Otro día, que agora es tarde. Después volveréis todos aquí. ¿Y a qué hora volveremos? Visita larga tenemos, señor galán. Yo por mí, mas que se esté mi señora un siglo. Rapaz donoso. Vámonos, Brito y Cardoso. No está más bella la aurora. Bendígaos Dios, doña Juana. ¡Qué bien tocada venís! De lo que vos no sentís, Sentaos. De muy buena gana porque vengo a averiguar despacio descortesías, que he sufrido muchos días por no llegarme a empeñar en perderos el respeto. ¡Mucha cólera traéis! Cierto que no parecéis portuguesa. En el secreto lo pudiera parecer, pero cuando malos tratos obligan... ¿Tan malos ratos nos dan después de comer? Advertid que ese lenguaje no es para escucharlo yo. Sí es, porque procedió de vuestro villano ultraje, de vuestro mal proceder y piden tantos agravios no satisfación de labios. Yo no os pienso responder en ofensa ni en defensa, si bien pudiera enfadarme, hasta que lleguéis a darme noticia de vuestra ofensa, que venís tan presumida, tan cansada y enfadosa que lo que tenéis de hermosa tenéis de poco entendida. Forzoso será deciros mi queja por castigalla. Y yo me pondré a escuchalla quizá para desmentiros. ¿A mí? A vos. Señoras mías, paso, por un solo Dios, que pienso que hablan las dos por almas de chirimías. La que tuvo libertad para llegarme a ofender también la sabrá tener para negar la verdad. ¿Puédenos alguien oír? Solamente esta crïada. Tercera tan bien criada poco nos podrá impedir, que, supuesto que es forzoso que vuestros pasos entienda, no hay por qué de ella me ofenda. En el conde de Vimioso puse con honesto amor los deseos. ¿Y que más, por mi vida? Yo jamás hago público el favor, basta decir que le quiero, y a quien por causarme enojos pone en el conde los ojos... Dar satisfacción espero a vuestro enojo crüel y los ojos, cosa es clara que los míos me sacara por no ponerlos en él, pero de vuestros desvelos hay tan poco que temer que le quisiera querer por castigaros a celos. Amante desvanecido, verdad, doña Juana, os trato, piensa vencer mi recato, tan hecho a pruebas de olvido, si bien olvidar pregona que hubo memoria algún día. ¿Y en eso qué perdería? Nada mi decoro abona, si bien el conde es señor que os merece. Voy al cuento: conocí su pensamiento y con enfado y temor, estorbando inconvenientes que su amor puede causar, yo misma he hecho llamar... ¿A quién? Al conde de Fuentes, que, por su mucho valor y por el respeto grande que le da el oficio, mande o le ruegue al tal señor de quien tan prendada estáis que tiemple vanos deseos y que excuse los paseos de que vos quejas me dais; y habéis venido a ocasión que podréis ver el papel que escribí al conde, y en él tan clara satisfación que de mi casa os partáis con gusto. Pues ¿cómo escribe enfados la que recibe joyas? Engañada estáis y no porque estéis celosa queráis vivir disculpada de necia y de mal hablada. La acción menos virtuosa de mi casa es una eterna clausura y en cuyo trato tiene su esfera el recato, que soy yo quien la gobierna y, si a ofender con mentir venistes, sabré enfrenaros yo misma y aun castigaros lo que os queda por decir. ¿Con esa descompostura os pretendéis escusar? Las joyas me habéis de dar, pues soy persona segura, que el conde sabrá volvellas, o ¡vive Dios que os las quite yo misma! ¿No lo remite para después? Si en tenellas consistiera la venganza de la libertad, bien presto en tan loca confïanza sin mirar inconvenientes el freno que merecéis... Pues ¿vos a mí os atrevéis? Que viene el conde de Fuentes. Muy travieso es vuestro hermano. Disculpa tiene su edad. ¿Y el conde? No sé, en verdad, por que os fuerais a la mano lo dije. Venga o no venga, por lo menos yo he venido y sé que habéis recibido joyas del conde. ¡Que tenga tanta paciencia mi honor! Ya es mi sufrimiento necio, pues permito este desprecio. La ofensa, doña Leonor, es mía y la he de vengar. ¿De quién? De vos. ¿Cuándo? Agora. ¡Que viene el conde señora! Necia, déjame lograr el castigo de unos celos tan neciamente pedidos. Porque han estado oprimidos sufriendo injustos desvelos os atrevéis a burlallos. ¡Por el siglo de mi tía que viene el conde! Algún día haré que venga a estorballos un crïado de mi casa. ¡Civiles descortesías! ¿Qué es esto señoras [mías]? Aunque entre mujeres pasa, queja hay mayor, que no en vano me escribió doña Leonor que redimiese su honor. Vueselencia es cortesano y podrá vueseñoría... (Turbadas están las dos.) Amiga, quedaos con Dios, que más despacio otro día vendré a recibir favor. Agora habéis de saber que yo no os pude ofender. Oculta será mejor. Señor conde, vueselencia me dé licencia... Señora, culpara mi estrella agora si la diera esa licencia. Vuesa merced la podía tomar, aunque yo lo sienta, que quien ve que el sol se ausenta, ¿con qué gusto quedará? Como es tan gran cortesano vueselencia, sabe honrar llegando a lisonjear. Si este dolor inhumano, si esta celosa pasión que el pecho abrasado esconde, no lo templa agora el conde, siendo la satisfacción bastante, ¡viven los cielos que he de ser en tanta injuria una desatada furia del infierno de mis celos! Señor conde, apenas puedo, sea temor, o sea vergüenza, alzar los ojos a veros, que unas mujeriles quejas no han de ocupar un sujeto como el vuestro, aunque quien sepa que es causa de honor la mía y que solo la remedia vuestra autoridad, señor, dirá que ha sido muy cuerda mi elección, si no venís de priesa. A las causas vuestras, señora doña Leonor, es bien que despacio venga porque la estrecha amistad de vuestro padre —quisiera no acordarme de su muerte—... digo que fue tan estrecha nuestra amistad que me obliga a tener honrosa cuenta con vuestras causas, señora, como si mis causas fueran. Esa obligación me anima para deciros mis quejas, que vos mejor que mis deudos sabéis, y con más prudencia, sin escándalo del vulgo, templar pretensiones necias. Digo, señor... Proseguid. Los cielos conmigo sean. ¿Es ilusión o es Enrique el que ven mis ojos? Fuerza hago a mis propios sentidos, el conde de Fuentes entra a visitar a Leonor. Dejadme, nuevas sospechas, pero, supuesto que el conde ha dado bizarras muestras de soldado y de galán, no es mucho que se entretenga en cortesanas visitas. (¡Qué turbada y poco atenta está esta dama! Sin duda que la ocupa la vergüenza y la enmudece los labios. Yo también perder pudiera la atención con el enfado de este conde. ¿Qué quimeras son las que quiere decirme?, que aquí me mata con ellas. ¿No me esperará en la calle?) Señora, si dais licencia, quiero al conde de Vimioso darle aquí cierta respuesta de un negocio que me encarga. ¡Qué fuerte ocasión! Advierta vueselencia que es el conde el que con livianas muestras y escándalo de Lisboa mi reputación arriesga. Hoy la veréis remediada. Plegue a Dios que no se pierda. (Habiendo venido Enrique, mi honor por su causa vuelva.) Conde, bien podéis entrar. Pues también tiene licencia Alencastro, entrad, señor. Aquí está el daño, prudencia pide y maduro consejo. (¡Que así mis celos respetan al de Fuentes! ¡Vive Dios que es infame la paciencia en tan conocido agravio!) (Si el conde aquí no estuviera, ¡qué presto supiera Enrique lo que importa que se vuelva donde olvide pretensiones y donde esperanzas pierda!) Tengo a gran favor, señores, si bien lo pide la escuela militar, que me acompañen y me esperen, por mi cuenta corre el agradecimiento. Yo suplico a vueselencia que por soldado me escriba de la majestad suprema del gran Felipe Segundo porque de África en la guerra murió el malogrado rey Sebastiáno, cuya enseña como vasallo seguía, y, pues agora le hereda, por muerte del viejo Enrique, quien ser monarca pudiera de cuanto descubre el sol, es razón que yo le ofrezca al ya portugués Felipo en manos de vueselencia lo que mi persona vale. No hay enemigos que tema mi rey con tales soldados. (Si doña Leonor se queja de Vimioso y la visita Alencastro, siendo cuerda y principal, prenda es suya, mi discurso no se yerra, el remedio es importante porque los dos le penetran las almas y en el mudado semblante dan claras muestras que sus agravios vengaran a no estar en mi presencia.) Caballero. ¿Qué mandáis? Oídme. (Celos, paciencia.) Doña Leonor de Meneses me escribió con pocas letras hoy un papel... Y otro al conde de Vimioso. (¿Hay más quimeras que desatar?) En el mío... (Juro a Dios que no quisiera haberme metido en esto.) Digo, señor, que las prendas de doña Leonor, no presuma vuesa merced que escribirme fue sin muy grande advertencia porque el conde es persona que en estos lances quisiera. Yo no entiendo, juro a Dios, lo que dice vueselencia. Ni yo, voto a Dios, lo entiendo, mas será razón que advierta que en mi papel me escrebía que templase inadvertencias del conde, no que llegasen a tener nombre de ofensas contra su reputación y yo, sabiendo las prendas y calidad de esta dama, quise en su misma presencia que el conde se disculpase y, así, viene con tan cuerda resolución a mi ruego no más de a satisfacerla. Diferentemente escribe al conde y con tantas muestras de afición. ¿Cómo lo sabe vuesa merced? Por la letra, que es conocida, y aquí mostrar el papel pudiera que hoy he venido a mis manos. (¡Que esto una mujer concierta con obligaciones tantas de calidad y nobleza! ¡Vive Dios que estoy corrido!) Del papel saber quisiera la verdad. Yo, señor conde, la digo y, por que se vean los abonos de mi parte, vea el papel vueselencia. (¡Juro a Dios que me han de hacer perder el seso!) (¿Qué pruebas son estas, qué confusiones? ¡Quién entenderlos pudiera para ver si es en mi daño lo que entre los dos conciertan!) (Ese papel es el mío, que yo le perdí.) Defienda vueselencia ajeno honor, por quien espero no quiera que yo por la cortesía asegure las sospechas que contra mi honor publican tan claras las evidencias. Don Enrique de Alencastro soy y antes de ir a la guerra le di palabra de esposo a doña Leonor. Si trueca el tiempo las voluntades, que puede mucho una ausencia y esta dama está prendada del conde, no es bien que vea entretenidos agravios sin tomar la recompensa que mi obligación me pida, y esto ha de ser, sin que pierda al conde la cortesía ni el respeto a vueselencia. (¡Vive Dios que he de matarle si a mí la vida me cuesta!) ¿Y el tomar satisfación cómo ha de ser? No aconseja tan presto una pesadumbre, pues ya corre por mi cuenta, yo veré lo que me importa. Pues quiero también que advierta que está de por medio el conde de Fuentes. Aunque estuviera. No pase de ahí. Pues ¿quiere que yo me case por fuerza? Ni aun quiero que lo imagine ni quien por quién soy me crea, sino como a hombre plebeyo que jura para que entiendan que es lo que afirma verdad. Pues ¿qué dice vueselencia? Que se escribió este papel para mí y rompí la nema y, obedeciendo a su dueño, vine a hacer la diligencia que ha visto, que esta señora, por su virtud y sus prendas, merece al mayor señor de España. Pues ¿quién lo niega? Que se case o no se case, eso no está por mi cuenta, lo que me toca es decir que quien con injusta lengua llegue a ofender el decoro de quien tanto honor profesa será muy mal caballero y, sin usar preeminencias de capitán general, le daré a entender que piensa mal, que se engaña y que... Basta, señor conde, no parezca que es el enfado conmigo, siendo en esa causa misma tan interesado yo. Está bien. ¿Y cómo queda vuesa merced con Vimioso? Mucho vueselencia aprieta. ¿Qué estruendo es este de cajas y trompetas? ¿Tocan arma? Sí, señor. Los soldados que a la puerta a vueselencia esperaban... No hay decoro que se pierda en casas tan principales. Franca tiene la licencia, señor sargento mayor, bien pudo buscarme en ella. ¿Qué tenemos? ¿Hay armada enemiga? Y tantas velas que parece un bosque el mar. El temor las acrecienta. ¿Dónde se han visto? En Peniche. ¿Está de aquí? Trece leguas. Ea, señores portugueses, en casa está ya la guerra, patria, honor, reputación les pide honrosa defensa, con su valor se aconsejen, consulten con su nobleza las obligaciones suyas y, por que más bien las puedan mostrar sirviendo a su rey, tomen desde hoy dos jinetas de capitanes y queden a su elección las banderas. Nombren alférez, soldados. Si nos honra vueselencia, en la primera ocasión sabrá el mundo que pelean por su patria y por su rey los fidalgos de la tierra más obediente a Felipo que lo estuvo Roma a César. Pues yo, aunque ofrezca la vida por el rey, tendré más deudas que pagar, pues en su nombre me da obligaciones nuevas. Pues a prevenirse luego, que voy a hablar a su alteza. Sargento mayor. Señor. Con gran cuidado me dejan aquestos dos caballeros. ¡Ah, conde!, hablaros quisiera cuando nadie nos estorbe. ¿Adónde? En el campo. Y sea luego. En divirtiendo al conde. ¿Esto queda así? Así queda. Pues remediarlo conviene. Caballeros, con más priesa de la que agora tenemos nos llama el inglés. Pues vea vueselencia lo que manda. Que con el conde se vengan.
JORNADA SEGUNDA
Llama el sargento mayor. ¿A Lope Gil de Tejada? Sí, aquí está. Facción honrada fue la de hoy. Sí, señor, a nuestra caballería se le debe con razón gran parte de esta facción. Yo escribo al rey y querría que vuesa merced me advierta de cosas particulares porque hazañas singulares con que el valor se despierta es bien que su majestad las sepa para premiallas sin que se atreva a borrallas el tiempo. La autoridad y fe de quien las escribe les da crédito y honor. Diga, sargento mayor, que en los mismos hechos vive la fama, mientras les doy orden a los oficiales por escrito. Desiguales en el número. Ya estoy en todo. A estorbar llegaron que el inglés desembarcara junto a Cascues. Cosa es clara que, si de una vez tomaron tierra doce mil ingleses, que imposible había de ser resistir ni defender el paso. Los portugueses caballeros pelearon dando a Portugal blasones. Son españoles leones. ¿Y qué banderas ganaron los nuestros? Siete, señor, aunque más la artillería de sus bajeles barría la campaña, que el valor con que al encuentro se opuso con Francisco de Toledo en su tercio... Decir puedo que sobre los hombros puso de la fama su inmortal nombre, es español Alcides el capitán Benavides, Castillo y Pliego. En igual tesón y intrépida furia al inglés acometieron. ¿Y qué soldados perdieron? No más de tres. Bien la injuria vengaron de tomar tierra los enemigos. Marcharon, al fin y se atrincheraron ayer. Buen orden de guerra. Al rey escribo, Bernal. Señor. Ya mi duda empieza, entra al cuarto de su alteza el príncipe Cardenal y pregunta a Figueroa si escribe a su majestad. Voy luego. Pues en verdad que ha de echar menos Lisboa mi persona si la dejo. Si vemos que vueselencia la guarda con su presencia, ¿qué teme? Temo y me quejo de mi fortuna, nací sin duda con infelice estrella. ¿Por qué lo dice? Porque se queja de mí el príncipe Cardenal y no sé, por Dios eterno, en qué le impido el gobierno ni la autoridad real; de la guerra solamente son mis cuidados. Serán envidiosos que estarán buscando continuamente ocasión para medrar en daño ajeno. Señor, ¡qué respeto, qué temor me da su nombre! He de entrar. No podéis hablarle agora, que está el conde despachando. Pues ¿cuándo le hemos de hablar? Si de día peleamos, ¿no le hablaremos de noche? ¿Quién da voces? Un soldado que quiere por fuerza hablar a su excelencia. Dejaldo. Pues ¿no aguardará allá fuera? Lope, si los soldados dan materia a lo que escribo y son los que pelearon con tan resuelto valor que yo pudiera envidiarlos, decid, ¿por qué no han de entrar si es suyo lo que despacho? Entre el soldado. Señor, con mis armas y caballo asistí en la compañía. ¿De quién? De don Sancho el Bravo y, cuando el inglés tomó tierra, le fuimos cargando de suerte con las pistolas... Ya vi cómo pelearon y aquí se lo escribo al rey. Al fin, señor, les picamos tan recio en la retaguarda que yo, metiendo el caballo, habiendo muerto primero de un bizarro arcabuzazo a un capitán enemigo y casi a un tiempo jugando la pistola del arzón, me arrojé y con este brazo cogí a un atambor inglés y, dando pies al caballo, lo truje a mi compañía, ¡Gran valor! ¡Hecho Romano! Esta certificación me ha dado agora don Sancho y quiero que vueselencia me honre con otra, que es llano que en las certificaciones llevan siempre los soldados licencia para morir. Mas en morir peleando por Dios y por nuestro rey ya ve el honor que ganamos. ¿Cómo se llama? Señor, Luis Coronel. A mi cargo estará el favorecerle. A mi tío le ha faltado su alférez. ¿Quién es su tío? Por Dios que merece honrarlo. Pero Jiménez de Ahumada, Pues nunca se habrá empleado más bien su bandera. Tome, señor alférez. Postrado a sus pies. Y estos escudos para que compre un venablo. Si a este le dan un bolsillo, a mí me han de dar un gato. Guarde Dios a vueselencia para honrador de soldados. No sé si me atreva a entrar, que está escribiendo. Cerrando está el secretario el pliego para el rey. Aunque me valgo de todo el valor del pecho, estoy —¡vive Dios!— temblando. Quejas el Príncipe envía sin duda. Solía a mi cuarto pasar a honrarme su alteza y agora está disgustado de suerte que apenas quiere que yo le vea. En mi daño será cuanto al rey escriba. Pues gánele por la mano, vueselencia escriba al rey quejas también, pues que tantos abonos tiene, que puedan con el rey acreditarlo. ¡Que aun no me basta servir asistiendo y peleando en defensa de la plaza que por el rey tengo a cargo, sino que envidiosos quieran con príncipe tan cristiano como el archiduque Alberto malquistarme! Estoy rabiando del ciego enojo. Bien puedo entrar porque están despacio. (Para como estoy agora, ¡oh, qué importuno soldado!) Diga lo que quiere luego. ¿Debe de estar despachando vueselencia? Sí estoy, diga. Como los que peleamos en regiones diferentes... Abrevie. Ya voy al caso: digo que en la Berbería me hallé con el malogrado rey Sebastián, y tan cerca que a mis ojos le mataron. mas vengó tan bien su vida que seis Bernardos del Carpio ni siete no resistieran la árabe furia con tanto valor, pero ¿si el tomara mi consejo en aquel caso?, que le dije, Dios lo sabe, viéndole a pie peleando: «Si el caballo vos han muerto, subid, rey, en mi caballo», que, aunque yo no lo tenía, podía pedirle prestado, mas cerrose de campiña, murió y yo pasé de largo, haciendo bravo destrozo, mas la sangre y el cansancio me rindieron, quedé preso hasta que me rescataron, viniendo también conmigo don Enrique de Alencastro, cierto camarada mío. ¡Qué hablador es el soldado! ¿Trae papeles? No, señor, pero, si no hacen al caso, tomaré los de la mesa. Pues ¿quién podrá acreditarlo sin papeles? En la mar, por cierto suceso estraño, los perdí cerca de España, veníamos navegando en una fragata, el viento —gran soplador de naufragios— alteró la mar de suerte que desde los cuartos bajos de la fragata nos vimos en los desvanes más altos de las tronadoras nubes, rompiose por medio el árbol y, en el timón y la aguja, ballestillas y astrolabios, penoles y racamentas, bombas, trinquetes y baos, parece que andaban sueltas diez mil enjambres de diablos. Turbados los marineros como aguadores gabachos, que dan voces sin oírse, hinchendo veinte de un caño, lo echaban todo a perder. Yo estonces, no haciendo caso de baúles, de vestidos, por si escapare nadando, saqué de un baúl —¡ah, cielos!, ¿qué queréis a un desdichado?— en una bolsa de cuero mis papeles y trabajos. Apenas me la eché al cuello cuando entre voces y llantos, queriendo aplacar el mar, dijo un fraile italiano: «¿Quién trae reliquias, señores?», y dijo otro: «Este soldado las trae al cuello», y apenas lo oyeron cuando, forzados de peligro y devoción, los papeles me arrancaron yendo al mar con bolsa y todo. Yo no sé si fue milagro el que obraron los papeles, pero apenas los echaron cuando se abrió la fragata por medio. ¡Cuenta estremado! Estaba cerca la costa y yo animoso, buscando en qué escaparme, salí de aquel espantoso caos sobre un áncora. ¿Qué dice? Siendo un metal tan pesado el hierro, ¿cómo podía sobre el agua sustentarlo? Este es hablador y miente. Como era pequeño vaso la fragata y pobre el dueño, traía el áncora de palo y, así, pude sustentarme muy a mi gusto. Bellaco sois vos. Llegué a Portugal, donde con valor bizarro me he visto con los ingleses y a un coronel de mostachos crespos y rubios le hice a cuchilladas pedazos el turbante y la marlota. ¿Inglés marlota? ¿Burláis? No se espante vueselencia porque traigo atravesados en el corazón los moros. Juro a Dios que este soldado me ha de hacer desatinar. Vete, hombre del diablo. Despácheme vueselencia, que bien ve que no hay cuarto y que otros llevan bolsillos. No tengo agora qué daros. Pues yo no me he de ir de aquí hasta que me dé con algo. Con aqueste candelero. Es español Alejandro vueselencia. ¡Y se lo lleva! ¡Vive Dios! Suelte. Dejaldo, si le quisiera ofender, no le tirara a matarlo. Dele Dios a vueselencia... ¿Qué es eso? ¿Volvéis acaso por el otro candelero? Como fuéremos gastando. El soldado me inquietó, pero vuelvo a los cuidados de mi carta. Al fin, ¿qué dice, que le gané por la mano al cardenal en las quejas? Sí, señor. Por acertado tengo, sargento mayor, su consejo por si acaso escribiere el Archiduque. ¡Vive Dios que estoy temblando! Pero, pues me da el consejo, forme también los agravios de que me podré quejar del príncipe. ¿Ha habido caso más fuerte? Señor, no digo que el archiduque... ¿Qué tratos son estos, y en daño mío? ¿Cómo no responde? ¿Tanto teme decir lo que siente? Señor. (Pecho tiene honrado y arrepentido, no quiere mover los injustos labios contra el príncipe, mas yo, que he de procurar descargos y abonos, he de escribir.) Confuso estoy y asombrado. No me deja el archiduque en las cosas de mi cargo. Mentís, conde, que, si deja que tan afable y cristiano príncipe, no ha de quitarme, y, siendo expreso mandato del rey, la juridición. Ea, verdades escribamos. Señor, ya ha tomado tierra el inglés y el prior de Ocrato don Antonio, con promesas de sus pensamientos vanos anima al Draque y a Nores, prometiéndoles el saco de Lisboa en recompensa de tan excesivos gastos. A la vista le tenemos y siempre escaramuzando sin dejarle sosegar y, como asisto en el campo, queda a cargo la ciudad, bastimentos y reparos del serenísimo Alberto, que vencen sus pocos años a la prudencia de Numa y a la virtud de Trajano. Con su vista, los vecinos se alegran y los soldados se alientan, que los socorre de su misma hacienda, y tanto que ha vendido la vajilla y come en plato de barro. Bastan alabanzas mías, conde. Señor, si yo valgo para testigo de abono vuestro, no le hagáis agravio a la pluma, suspendiendo sentimientos de un hidalgo pecho que os quiere pagar, viniendo a verme a mi cuarto, las honras de esta visita. (¡Qué mal hace un hombre honrado en decir mal ni escrebir mal aunque averigüe agravios de príncipes! Bien quedara yo si me hubiera escuchado. Conde, la carta rompida, hija de afectos humanos. Cielos, ¿si llegó a escuchar mis quejas? No pudo tanto que por ella desmerezca vuestro hono, porque ya alcanz lo que puede un sentimiento, que no es un pecho de mármol para no imprimir pasiones, y más si las va aumentando el que no aconseja bien, pero, pues también yo caigo en el mismo yerro, quiero corregirme y disculparos. Confieso, conde, que di crédito a falsos engaños contra la reputación vuestra y que casi llegaron a prevenciones de enojo, mas, discurriendo y mirando las partes y obligaciones vuestras con ojos más claros, conocí, que lisonjeros envidiosos malquistaron vuestra persona conmigo, pero, conociendo el daño de su lisonja y envidia, los dejé tan afrentados con reprehensiones mías que no moverán los labios jamás en ofensa vuestra y, pues vos, como soldado y prudente capitán por la experiencia en los casos que están a vuestro gobierno conocéis los graves daños que causa un mal consejero, haced como yo otro tanto. Cielos, ¡su alteza lo ha dicho por mí! ¡Oh, príncipe, estraño modo de avisarme ha sido! ¡Y que jamás le alcanzaron la prudencia ni el discurso!, pues tan afable y humano, por que yo no me avergüence de mi culpa, habéis mostrado que la cometistis vos. Mirad, conde, que despacho. ¿Luego queréis que en mi pliego meta vuestra carta? En salvo irá por el mar de envidias si navega a vuestro cargo este humilde bajelillo. Firmaré, señor, pues tanto me honráis. Echalde cubierta, pero no, que el secretario la echará con las demás. Mostrad. Los felices años viváis que Arabia celebra del pájaro que abrasado muere entre ardientes aromas. No paséis de aquí, quedaos, quedaos, conde, pero advierto que, cuando llegue a las manos del rey mi pliego y se vea la carta vuestra con tantos encarecidos abonos de mi persona que es claro el entender que yo mismo os mandé escrebir, notando las razones y los puntos, acuerdo más acertado es que vos la despachéis. El otro pliego. Quien tanto como vuestra alteza debe a la prudencia es muy claro que sabrá bien este punto. Yo despacharé. Heme holgado, por Dios, que me dé la carta, pues podré con más espacio dar noticia al rey. ¿Qué es esto? Si fue cauteloso engaño letra y firma de su alteza, al discurso le faltaron las fuerzas... ¡Confuso estoy!, pero entre dudas y engaños no sepamos lo que escribe porque una carta es sagrado a quien reverencia deben ajenos ojos. No acabo de investigar el intento del príncipe. ¿Si fue acaso trocarse la carta? No, porque abierta es caso llano que no pudo ser descuido tomársela al secretario que está despachando el pliego. Ea, el sagrado rompamos de natural cortesía y venza en abismos tantos el delito la sospecha y al respeto el desengaño. «Señor. Cuando se descubrió la armada inglesa a vista de Peniche, escrebí a vuestra majestad, y el riesgo de una nave cargada de mercaderías de la India que por falta de viento no podía tomar a Lisboa, pero la diligencia, industria y valor del conde de Fuentes, pudo reparar este daño, enviando, contra la opinión de todos los pilotos, al capitán Cristóbal de Munguía con cuatro galeras de su cargo, que animosamente se arrojó al peligro y, trayendo la nave remolcando, la metió en el río de Lisboa a los 23 de mayo». ¡Loco de contento estoy, Lope Gil! ¡Oh, soberano valor de príncipe, el cielo siglos conceda a tus años! «Tomó tierra el enemigo, aunque no de una vez, pero todo junto pareció su ejército de dieciocho mil hombres y pocos caballos. La voz ha sido mayor que el número, pero hase templado el temor por guardar este reino tan valeroso capitán como el conde, de quien puede vuestra majestad estar seguro en la defensa de Portugal, porque basta su nombre a causar asombros a mayores armadas y a más numerables ejércitos. En la escaramuza de hoy ha perdido el enemigo más de quinientos hombres sin daño considerable de nuestra parte, intenta asaltar a Lisboa y, así, me persuaden muchos que por asegurar mi persona me vaya a San[tarén], he respondido, que, teniendo vuestra majestad en Lisboa al conde de Fuentes, tengo bastante seguridad y cierta confianza de que le ha de dar a vuestra majestad una grande vitoria. Lisboa, y junio 11. El archiduque Alberto». Venga Inglaterra, arroje sobre ese puerto más vasos que amenazaron del turco los cristales de Lepanto, que, aunque no fuera Lisboa de Felipo y a mi cargo su defensa no estuviera, por solo poner en salvo, ¡oh, príncipe!, tu persona arresgara temerario la vida que ya te ofrezco. Lope Gil, el hombre honrado, si ve a su amigo furioso y ciego de sus agravios, debe con piedad cristiana, si llegare a aconsejarlo, templar, pero no encender, porque es de pechos villanos. ¡Oh, qué de nombres le ponen a la noche hasta llamalla boca de lobo y pintalla los que comedias componen en un pavonado coche que tiran pardas lechuzas y un manto lleno de alcuzas, pues van con ellas de noche a las tiendas por aceite; otros, que en muchos enredos sale bostezando miedos, desgreñada y sin afeite; pero yo, con los cuidados de mi noturna jornada, te he de pintar coronada de leones vedriados, sueltos de las diez abajo. ¿Yo, guerra, yo, confusión? Désela Dios al ladrón que del ajeno trabajo no se duele. Por aquí me he de escapar y, si vienen las rondas que el cargo tienen de velar el campo, a ti pediré, ¡oh, noche!, favor, en cuyas sombras espero irme con mi candelero donde no suene atambor en cien leguas. ¡Vive Dios que hay bultos en la campaña! Aventura ha sido estraña, hacia acá vienen los dos y, aunque salvarse desea mi vajilla, es vano intento si cae en manos de un sargento que anda a buscar pecorea. Junto a esta pared caída quiero derribarme yo, quizá se irán y, si no, confesaré la huida y me llevaré tres tratos de cuerda como un Roldán. Ea, acercándose van los dos bultos más ingratos, que ha visto el sosiego humano. Ya en la campaña nos vemos, conde, en que lugar tendremos de reñir sin que la mano del general nos impida con el temor y el respeto. El silencio y el secreto darán el premio a la vida que quedare vencedora, mas ya tarda el capitán Velasco. Le detendrán ocupaciones agora porque está su compañía de guarda en palacio. Es cierto que no faltará al concierto. En su cuidado se fía nuestro honor. Sabrá muy bien desmentir y desvelar a quien llegaré a estorbar nuestro intento. ¡Ahí me las den! ¡Vive Dios que mi señor y el de Vimioso han salido a matarse! Furia ha sido de su loco y ciego amor. A Lisboa he de volver a avisar al general, que tengo sangre leal y me pesará de ver dos tan buenos caballeros hacerse andrajos riñendo. En vano voy persuadiendo a vueselencia. Volveros podéis porque he de pasar al cuartel de Italia. Creo que suena gente. Allí veo dos hombres. Pues esperar importa hasta ver si llegan. Si al otro cuartel, señor, hay tanta distancia, error será grande. No me niegan los cielos en los urgentes peligros el cuidadoso valor. Estoy receloso, como de noche el de Fuentes visita por su persona los cuarteles. No es lugar que nos dé qué sospechar, Velasco será, que abona el valor su diligencia. ¿Qué importa? Quiero pasar. ¿Quién es? Voy a remediar, por moverme la conciencia, el más cruel desafío qué engendró el mentís de España, ¿Dónde? Ya están en campaña. ¿Y quién son? ¡Qué desvarío! Solo el respeto y valor del conde lo ha de estorbar. Pues llegad al conde a hablar. ¿Por Dios? ¿Quién sois? Yo, señor, soy el del candelazo, que, saliendo el de Alencastro y Vimioso por el rastro, los seguí y, llegando el plazo de su contienda mortal que la noche determine para que los apadrine, siendo el uno y otro igual en armas, su furia aguarda solo al capitán Velasco, mas, si yo trujera un casco, un peto y una alabarda, un jubón ojeteado y diez u doce pistolas, no lo riñeran a solas. Volveos y por el cuidado de irme a avisar os prometo una ventaja. (Con ella cierta fuga se atropella.) Allí están. Guardad secreto y id con Dios. La vuelta doy, que esto puede el interés. Esperadme aquí. ¿Quién es? ¿Es Velasco? Sí, yo soy. ¿Quién ha venido con vos? Mi alférez, todo está quieto. Pues pongamos en efecto nuestro intento. (¡Juro a Dios que agora me ha de pagar no el delito de salir los dos al campo a reñir, sino el llegarme a quebrar la palabra que me dieron!) ¿Venís con armas iguales?, pero en hombres principales las cautelas no tuvieron lugar; ya vuelvo, esperad. (Tan ciego de enojo estoy que, si a entender no les doy yo mismo...) La autoridad del cargo que vueselencia tiene no le da lugar. (...yo los he de acuchillar.) Lope Gil, esta licencia me he de tomar por soldado que con honrada pasión quiere vengar la ocasión que a su general le han dado, mas también he de advertir que acometer a los dos juntos será —¡vive Dios!—, siendo hombres de bien, reñir con loca temeridad, y, a riesgo de un accidente afrentoso, engaña y miente, si acredita por verdad, quien dice que solo un hombre de la quistión salió bien con dos, siendo hombres de bien, porque el hombre de más nombre no andará poco alentado cuando acometa y espere si el hombre con quien riñere tiene prendas de hombre honrado. ¿Cuál de los dos os parece más alentado y brioso? Tengo al conde de Vimioso por bizarro y que merece nombre de español valiente, aunque Alencastro, señor, dio materia superior a la fama en la inclemente fortuna de África, adonde, defendiendo a Sebastián, con mil heridas le dan el blasón a quien responde su nombre, que en alabastro le imprime el tiempo envidioso. Pues llamemos a Vimioso y probemos a Alencastro. Conde, escuchad, que os importa antes que riñáis. Decí. ¿Conoceisme? Señor, sí. ¡Válgame el cielo! Reporta mi enojo la diligencia que he de hacer, que de otra suerte me pagaréis con la muerte tan atrevida licencia. Al conde os entrego preso. Mi justa obediencia es ley, señor. Por vida del rey que han de pagar el exceso y villana inobediencia del orden que yo les di. ¡Qué desdichado que fui! Será justa mi sentencia. Dadme, sargento mayor, esa rodela y mirad con española piedad, si me viereis superior a Alencastro en la trabada quistión, que al punto lleguéis y su ofensa remediéis porque, en sacando la espada, es mi cólera de suerte que no me sé reportar, y yo no voy a matar, sino a castigar. Ya advierte mi cuidado la intención de vueselencia. Ya está seguro el campo y será está la última ocasión que en Portugal os honrara en no disgustarme a mí porque soy quien merecí que doña Leonor gustara de hacerme honestos favores más bien que vos merecidos. A amantes desvanecidos con fantásticos amores escarmiento yo de suerte que lloran locos estremos. Pues riñamos y callemos. (Tal estratagema advierte el ingenio y el valor, mi nombre el conde ha fingido, hoy quedará arrepentido Alencastro.) ¿Hubo furor de hircano tigre que iguale a mi enemigo? La muerte me llama a la última suerte, ninguna defensa vale contra su rigor. (¡Oh, injusto cielo!, ¿qué nuevo portento es este? ¡Qué buen aliento, por Dios, que viene a mi gusto! Ya las fuerzas me faltaron. Señor sargento mayor, estorbe tanto rigor. Pues agora comenzaron. Solo el honor me detiene para obligarme a morir. Ya estoy harto de reñir, ¿cómo Lope Gil no viene? ¡Mucho le aprieta! Señores, el general ha venido de ronda. Aun mayor ha sido el riesgo, que los rigores de la escuela militar los ejecuta severo. ¿Es este el favor que espero en los que deben guardar el respeto que me deben, habiéndolos hecho amigos? Pues, soldados, sean testigos por que en su daña se acuerden del castigo. A la prisión se vengan. Obedecer es forzoso. Y ha de ser conforme a su pretensión. Vénganse los dos conmigo, que a quien su pasión no vence yo le haré que se avergüence, más la prisión que el castigo. Mucho me holgara, que fuera honrar mi casa de otra suerte, que, como el alma advierte vuestros injustos celos, en vez de honrarme, me causáis desvelos. Estoy de vuestra parte tan segura que el alma no procura más, aunque sea en mi daño, que advertir en el conde un desengaño para darle a entender con mi desprecio que os sirve vano y os pretende necio. Hombres entran, señora. No te asombres. Pues ¿cuándo yo me asombro de los hombres? Pues ¿a mi casa a esta hora, señor conde? Es fortaleza, señora, vuestra belleza, que guarda como enamora y, así, a quien ausencias llora de vuestros ojos, sin ver que es tiempo de defender honra y patria, quise dalles, solo por avergonzalles, por alcaide una mujer. Y, si los libráis en eso, su afrenta habían de temer, que los libre una mujer más que de haberlos yo preso y, así, fulmino el proceso que trae su vergüenza escrito y a esta prisión los remito porque, si honor los alienta, sea, quedándose, afrenta y, si se fueren, delito. Poco estima el que no piensa que en cólera ejecutada los golpes que da la espada son los ecos de mi ofensa; en que se vaya dispensa mi honor, que en fuego se abrasa, porque en sus términos pasa donde entendí aseguralle, que quien me afrenta en la calle mal sabrá honrarme en mi casa. Vos, pues tan ciego venís, estimaré que os quedéis por que en sus ojos halléis cuán despreciado vivís; pues palabras no cumplís, bien merecéis afrentaros con desengaños tan claros, pues a un tiempo ha de serviros el quedar, de arrepentiros y el partir, de despreciaros. Si es conocida verdad, vista por ejemplos varios, que hace amigos los contrarios la común adversidad, véase nuestra amistad, que por nuestro honor responde que amoroso eclipse esconde y vamos, por justa ley, a pelear por el rey, y a satisfacer al conde. Precisas obligaciones son las dos y perdonara por ellas a quien dudara mi honor puesto en opiniones, pero ¿en nuestras pretensiones qué hemos de hacer, siendo amigos? Dar blasones por testigos ganándolos en la guerra. Y, en libertando la tierra, ¿qué hemos de ser? Enemigos.
JORNADA TERCERA
No me he visto jamás tan apretado, que poco valgo yo para cercado. Señor. Ya los entiendo. Con cautela pretendo defender a Lisboa porque en ella estriba todo el reino y, de perdella, entrando don Antonio, podrá luego quitársela el demonio. No ha tenido mi rey, no —¡vive el cielo!—, arduo suceso en el flamenco suelo, Italia, España y Francia de mayor importancia. El mundo está a la mira y envidioso ver no quiere a mi rey tan poderoso. Los príncipes vecinos por ocultos caminos, molestados de envidias y temores, dan al bastardo portugués favores, que temen, si mi rey junta a Castilla con este reino, que ha de ser cuchilla que amenace gargantas estranjeras y, así, con tantas ansias, tantas veras dan calor al inglés, que al descubierto se opone a España, asegurado y cierto, con voz de introducir al Prior de Ocrato, que la ciudad se ha de entregar por trato. Esto es lo que me aflige y me desvela, me suspende y me yela, pues con nuevos asombros carga sobre mis hombros el suceso más grave que ve la fama ni la historia sabe porque están por mi cuenta, en tan vecina afrenta, con títulos tan justos adquirido un reino, con mis brazos defendido en la marcial campaña, reputación de España y el honor de mi rey. ¡Oh, quién pudiera, opuesto en la ribera, en sus naves mayores experimentar del plomo los rigores!, siendo yo solo ilustre batería de un cañón de tronante artillería, pues con mi muerte fiera de tan inmensa obligación saliera que tengo el alma sin guardar la vida, cobarde no, mas siéntola oprimida, dijo sobre la puente del Garellano aquel rayo valiente y blasón español, Diego García de Paredes, que había en las demás batallas peleado por la reputación, mas que empeñado en aquella batalla tan reñida que peleaba solo por la vida y yo sin hacer caso que la tengo, pues a perderla vengo, hoy he de pelear en la campaña solo por la opinión del rey de España. ¿Qué cajas, qué trompetas con voces imperfetas turban nuestro silencio? Caballeros, han andado groseros los oficiales si es que lo han mandado. Yo pienso que está el conde enhechizado, pues cuando el enemigo está en el arrabal busca el abrigo de los muros el conde y medroso se esconde y, cerrando las puertas, no previene el remedio. Perdido el seso tiene. Advertirle querría a vueselencia... Al que sin orden mía tocar hiciere bélico instrumento le costará la vida. ¡Qué portento da de tan nuevo exceso, testimonio, imagen es del descuidado Antonio, que cobarde en Egipto descansaba y de las voces de un clarín temblaba. Señor. Vueseñoría vea que su desorden les reñía, como fue general, mas ya que veo que están amigos, emplear deseo sus personas agora. Las ocasiones que se pierden llora el valor español si están cerradas las puertas y envainadas las espadas cuando viene soberbio el enemigo, es hacerle testigo de nuestra afeminada cobardía. Si en la ciudad supiera yo que había conformes voluntades, fundadas en lealtades debidas a su rey, yo me arrojara y a la fortuna de una vez probara señores caballeros portugueses, pero traen los ingleses a don Antonio y temo algún bárbaro estremo y desorden del vulgo sedicioso. ¿De eso está vueselencia temeroso? ¿No hay hombre en Portugal que hacienda y vida no pierda por el rey?, que está adquirida con título tan justo esta corona que el más rebelde abona el derecho del rey y porque entiendo que hay valor que defienda hoy la causa común, abra la puerta y verá que la fama nos despierta a la mayor vitoria que en los brazos del tiempo honró la historia. Mande abrirnos las puertas vueselencia, que el mundo juzga ya cobarde ausencia la que al inglés hacemos. Bien, cerradas las puertas pelearemos. ¡Esto va bueno, vive Dios! Señores, no recibo por quejas, por favores, el valor que han tenido. Digo que estoy corrido de solo haber dudado del noble esfuerzo del menor soldado, mas para presentalles nuevas obligaciones y mostralles, como en espejo de cristal luciente, lo que podrá ganar, siendo obediente a su rey esta ilustre monarquía. Quiero en el mismo día que espera el mundo su mayor suceso decirles el progreso quién, señores, a pesar del mundo, es Felipo Segundo, de Portugal el dueño. No sin causa me empeño en lo que todos saben, que tragedias les cuento por que alaben en un tropel de miserables casos y sangrientos fracasos que turban a la historia pluma y mano el blando yugo del monarca hispano. El jarife Mahomed, desterrado de Marruecos, de Tarudante, y de Fez por el Meluco soberbio, que con bárbara potencia le desposeyó del reino, pidió a Portugal socorro, halló grato acogimiento en los militares bríos del rey —¡pluguiera a los cielos que el mar sorbiera espumoso los bárbaros mensajeros!—. Preso de ilustre ambición de fama, si no de reinos, el infeliz Sebastián escuchó los lisonjeros —¡oh, sirenas despeñadas que, procurando su aumento, iban a perderse todos!—; al fin, despreció consejos el mozo rey de su tío don Enrique, que por viejo pudo oírle, y de Filipo en Guadalupe y, sin estos príncipes, del duque de Alba, que viejo daba a los templos de la fama más vitorias que canas le daba el tiempo. Quiso verle Sebastián, mas él se escusó de verlo, que no era razón que fuese —decía el prudente viejo— cuando mozo recatado y en la vejez consejero de la pérdida de un rey. Al fin, Sebastián, resuelto con el destino fatal de su muerte, dio a los vientos velas de su regia armada, dejando lloroso el reino con desdichados presagios, que cuerdamente los vieron en las tibias prevenciones y en los despachos violentos, mas, por que no pareciese que así dejaban perderlo, fueron siguiendo a su rey los mejores caballeros y señores de su corte, adonde se vio un estremo de lealtad, que el de Berganza, escusado por enfermo, dio a su hijo, tierno niño de diez años y heredero de su casa, que también era duque de Bartelos. Despidiose de su padre el tierno infante y contento se embarcó en la Capitana, a quien vivo guardó el cielo para testigo inocente entre bárbaros trofeos de la desdicha mayor que vio el sol ni lloró el tiempo, pues, desbaratado el campo de su misma sangre ciego —¡caso grave!— y Sebastián de dos mil heridas muerto; entre algunos, aunque pocos, pues casi todos murieron, llevaron preso a la tienda del ya vencedor soberbio al niño, a quien dijo el moro, mirándole con coleto de ante y mangas de malla, como por burla y por juego, si había venido también a matar moros. Severo, el muchacho respondió: «Señor, yo vine contento a hacer cuanto me mandase el rey mi señor». ¡Qué ejemplo de sangre ilustre!, pues luce anticipando el sujeto. Al fin, el rey malogrado se embarcó y, antes que el puerto dejase, a su real galera, con un lastimoso estruendo, se le rompió el espolón y, después la salva haciendo a la partida, mató una pieza a un marinero que en el esquife venía de la Real. No hay agüeros, que es superstición dañosa, pero después del suceso a estos principios les daban nombres de avisos del cielo. Llegó con su armada a Cádiz, donde aquel Guzmán el Bueno, sexto duque de Medina, con un aparato regio le hospedó. Embarcó también el rey, con orden del nuestro, dos mil castellanos, todos agregados en un tercio. Toco en África la armada, tomó tierra y, disponiendo el ejército en campaña, determinado y resuelto de buscar al enemigo, llegó al rey aquel espejo de capitanes, Francisco de Aldana, prudente y diestro soldado, y tan gran poeta que honran a España sus versos, aunque su trágica muerte, pues murió de los primeros, le quitó el ser coronista de tan infeliz suceso. Diole en nombre de Felipo al rey, que se holgó de verlo, una sobrevista hermosa y una celada que fueron armas con que Carlos Quinto, asombro del turco imperio, entró vencedor en Túnez y diole a Aldana por premio que ordenase las escuadras; obedeció, conociendo la opuesta desigualdad, pues el campo descubierto del enemigo mostraba en tan numeroso exceso de infantes y de caballos, que para un soldado nuestro había cien moros. Al fin, dejando el alojamiento, los dos campos se embistieron junto a las verdes orillas del Luco, en cuyos espejos vio la muerte la ventaja casi en el primer encuentro, entre casos miserables de los que al rey defendieron. Peleando como nobles, como vasallos muriendo, doy al silencio sus nombres, que para pintarlos muertos, mejor es callarlos vivos. Peleando y discurriendo por las batallas el rey, junto a sus pies cayó muerto el que llevaba el guion, que fue apresurar el tiempo para su vecina muerte, pues los que le iban siguiendo perdieron al rey de vista y, engañados desde lejos, juzgando el guion de Tánger por el suyo, le siguieron, dejando a su rey tan solo que apenas diez caballeros peleaban a su lado, mas Sebastián, dando ejemplos a memorias inmortales, pasaba rompiendo el cerco en que de animados montes procuraban ofenderlo con paramentos marciales y, más que Tifón soberbio, salió a su encuentro Almanzor, un feroz alcaide y dueño de una banda de caballos, mas ganó al primer encuentro la honra de verse a manos del rey lusitano muerto. Durole poco esta dicha porque los bárbaros fieros le mataron el caballo, viose a pie y en el siniestro brazo una sangrienta herida, mas, no perdiendo el aliento y el espíritu real, ganó otro caballo luego y corrió donde sabía que era más urgente el riesgo. Llegó cansado a los suyos y con el calor sediento, pidió agua y del vecino turbio cristal la trujeron, en un morrión bebió que fue el postrer refrigerio de su malograda vida porque no derriba el cierzo más hojas ni el sol descubre mas átomos que se vieron alarbes cercando al rey, a cuyos ojos murieron sus más estrechos amigos y sus más queridos deudos. A este punto, don Cristóbal de Tabora, ilustre viejo privado suyo, le dijo, de propia sangre cubierto: «Rey Sebastián, señor mío, ¿ya qué remedio tenemos?» Y respondiole, mostrando mayor valor: «El del cielo, Tabora, si nuestras obras lo merecen», y, venciendo tan mortales imposibles, buscó su fama muriendo. Daban por prenderle vivo lugar a su furia, haciendo un muro de los caballos, mas él, con último aliento, rotas ya de la celada las correas, descubierto el rostro en su sangre tinto, aguardaba ya el postrero punto con tanto valor que, la cuchilla esgrimiendo, quería, antes que vencido, que lo atropellasen muerto. Viendo un alcaide cruel, sobre el haber de prenderlo, la contienda de los moros, determinado y soberbio, si bien no le conocía, les di̱jo: «¿Ha de ser el premio de la vitoria un cautivo, habiendo tantos trofeos?», y, alzando la cimitarra, le dio, turbando a los cielos, en la cabeza una herida con que, el sentido perdiendo, cayó luego del caballo donde con alarbes hierros le acabaron de matar. Este es el fin que tuvieron sus esperanzas fundadas en generosos deseos de fama inmortal. Al fin, llegó la nueve a este reino y heredole don Enrique, siendo casi a un mismo tiempo arzobispo, cardenal, gobernador del reino, inquisidor y legado, sacerdote y rey. El cielo, después de sus largos años, le dio en su muerte los premios tan dignos de sus virtudes, dejando por heredero entre tantos pretensores al que tenga más derecho. Viose clara la justicia de Felipo, que antepuesto a los pretensores todos tomó posesión del reino, el bastardo don Antonio, que es el que agora tenemos con ejército y armada a la vista, tan soberbio por ser hijo del infante don Luis, hermano del muerto Sebastián, con pretensiones locas levantó los pueblos forzados de su rigor, pero, el castigo temiendo de su rebelde porfía, huyó a Inglaterra y luego los enemigos de España le han dado el favor que vemos. Ya ha ganado el arrabal, que, aunque ha perdido en encuentros mucha gente, viene tanta que nos obliga a meternos al abrigo de los muros, mas, pues con vivos afectos de lealtad he conocido, portugueses caballeros, la fe que mostráis al rey y conocéis que defiendo en su nombre vuestra patria y estos herejes soberbios sabéis que vienen a dar con miserables sucesos más blasón a las crueldades y a los robos más ejemplos, destruyendo vuestras casas con sus bárbaros incendios, a violar el culto santo de los católicos templos. Yo, fiado en el valor de este brazo, a quien el cielo anima, he de emprender hoy una hazaña que de ejemplo sirva a los futuros siglos. Abrid esas puertas, luego han de abrir voto a Dios, porque los que a mí me dieron la palabra de morir por su rey en el infierno la han de cumplir peleando, pues que mi persona arriesgo, que yo, si tenéis valor, hijo de fidalgos pechos, os daré tan ancho campo en la ocasión que os presento que deis plumas a la fama, que deis memorias al tiempo, al gran Felipo vitorias entre laureles eternos y a estos herejes asombros en sus mismos escarmientos. Pues, señor, salgamos fuera a pelear. Es acuerdo mejor que a los enemigos dentro del muro esperemos porque es más comodidad, demás que en el campo abierto pelearán vuesas mercedes por las vidas y acá dentro por las vidas y la hacienda. Esto ha de ser, yo me entiendo. Tan grande temeridad iguala a su grande esfuerzo. Los capitanes Pedraza, Mobellán y Ruy Lorenzo de Tabora acudirán con trecientos mosqueteros a palacio para guarda del serenísimo Alberto y en la plaza del Rocío, sin que le escuche instrumento de guerra, estarán a punto de los portales cubiertos, siguiendo a don Sancho Bravo docientos arcabuceros de a caballo. Al chafariz irá en buen orden el resto de nuestra caballería, amparada en el gobierno de don Alonso de Vargas, que nosotros guardaremos esta puerta, pues por ella, como camino más cierto, ha de entrar el enemigo. Traed luego unos maderos para atrincherar las bocas de esta calle. Yo reservo a la prudencia del conde el más nuevo atrevimiento que ha ejecutado la guerra. Capitanes, yo me entiendo, juro a Dios que han de guardar su mesma tierra y, si veo que con el valor que deben a quien son guardan el puesto, los sacaré a pelear a campaña, caballeros. Soldados sencillos somos, tomen arcabuces luego y detrás de las trincheas, venciendo al mudo silencio, esperemos la arrogancia enemiga. ¡Oh!, moriremos donde Marte nos envidie, prestando a la fama espejos en que se mire el valor. Ya la estratagema entiendo del conde. ¡Con qué razones y con qué vivos ejemplos ha obligado la nobleza de Portugal! (Siempre llego en ocasiones terribles, pero, si todas las pierdo, se quedará mi ventaja a escuras.) Señor, yo vengo a que mande vueselencia que en los libros... ¿Hay más necio hombre en el mundo? Decid, ¿qué queréis? Que me hagan bueno el sueldo de la ventaja. ¿Qué ventaja? No me acuerdo. ¿Qué ventaja? ¿Bobeamos? Cuando a matarse salieron una noche el de Vimioso y Alencastro. Ya lo entiendo; yo la prometí, es verdad. Pues la prometió, acabemos, y envíele vueselencia un recado al tesorero por que me dé a buena cuenta seis pagas. ¡A lindo tiempo viene a cansarme este loco! La ventaja que le debo no es de las que piensa. ¿No?, pues ¿de cuál es? En saliendo a pelear a campaña, lleve al que salga primero catorce pies de ventaja, que esa es la que le prometo. Guárdela para un sobrino. ¡Por Dios que es muy lindo cuesco el seor general! ¡Que juegue un ladrón —muy bueno quedo— en fucia de la ventaja esta siesta el candelero y que ya no puedo irme donde desabroche el miedo, sino que me han de forzar a reñir como tudesco! ¡Vive Dios que soy lacayo Lucrecia!, porque padezco la fuerza más temeraria que vio Tarquino el Soberbio. Marchando viene el inglés. Ea, señores, a sus puestos, calen cuerdas, no disparen hasta que los tengan dentro. Marchando viene delante un coronel. ¡Bravo cuerpo! Para hacerle mil pedazos no se contenta con menos. A retirar, retirar. ¡Que no picara en el cebo este cuervo luterano! Señor, salgamos a ellos. Todo se andará, no es hora, marchando viene otro tercio. ¡Que le obligó a retirarse al coronel Filiberto cuando nos abren las puertas vencidos de espanto y miedo! Toca, toca a retirar, que guardar las puertas veo demonios por españoles. Ea, señores, esto es hecho, a seguilles el alcance hasta la mar, que tenemos una lucida victoria en las manos. A tu esfuerzo se le debe. ¡Santiago!, que se retiran huyendo. Español, en nuestra afrenta ha de ser satisfacción tu vida. En esta ocasión el noble valor se alienta. Herejes, para mostraros que con la espada rompida he de vengar bien la vida. Y sin perdella vengaros, conde, que os defiendo yo. Ya no hay qué aguardar en tierra, que son rayos de la guerra los españoles. ¡Que dio tan buena suerte el cielo a mi enemigo que llegue a obligarme! Aunque nos niegue tiempo el marcial desvelo, pues seguimos el alcance del inglés ya temeroso, quiero, conde de Vimioso, aprovechar este lance en el reciente favor que confesáis que os he dado. Yo vivo tan obligado con favores de Leonor que fue el menor enviar seis mil ducados al moro por mi rescate, no ignoro que vos la podéis amar por calidad y blasones vuestros, mas donde el amor vio recíproco el favor con tantas obligaciones no parece cuerdo intento, conde, competir conmigo sin gusto suyo. Esto os digo con este encarecimiento, y en tan urgente ocasión que he merecido obligaros porque, si llego a mataros, sepan que tuve razón. Esperad. Decid. No niego el afición de los dos, mas tengo amor como vos, y por ventura más ciego, y habéis de ver hoy estremos de un pecho que sabe amar con valor. Pues a la mar, que después nos buscaremos. Plomos cruzan y es cruel mi valor, si aquí peligro, porque quien ama el peligro es justo que muera en él, demás que no son tan malos los herejes que han venido, que, si a nadie han desmentido ni a mí me han dado de palos, ¿por qué los he de matar?, ¿porque otro me lo mandó? No soy asasinio yo, que me podrán ahorcar. Yo cometí un grande yerro cuando me alzaron figura, pues pregunté —¡qué locura!— si había de morir a yerro y no fui para saber si había de morir a plomo y en duda del cuándo y cómo. No será malo esconder el pellejo, que, aunque es lunes, pudiera ser aciago. ¡Por Dios que en el Santiago se han amontonado atunes en la playa!, que es contento que la constancia española les va haciendo tres de bola hasta el húmedo elemento. Ara bien quiero embestir, con que me ahorro el matar a los que orillas del mar se han dado priesa a morir. ¡Oh, qué bizarro jubón tiene aquel difunto hereje! No habrá quién de mí se queje, puesto que despojos son. Pondrémelo, que después le diré una bernardina al conde y que en la marina triunfé del cobarde inglés. Él está bien estofado y me viene muy al justo. ¡Qué poco que dura el gusto de los jubones! ¡Prestado es todo el bien temporal! Hacia [a]cá viene una tropa de ingleses y, si me ropa, viene la cuenta cabal, pues cierto que no les debo un rasguño. ¿Qué he de hacer? De un ardid me he de valer que, aunque peligroso, es nuevo: entre dos muertos que ahorran misas y sepulturero pasar por difunto quiero. Cuatro santos me socorran naturales de mi tierra y, por si alguno repara, quiero poner por la cara sangre mezclada con tierra, pues del estrago que ha habido hay tanta que corre al mar. Que nos hemos de embarcar, habiendo en tierra perdido tanta gente, y que nos vamos huyendo infamia ha de ser. Pues más hemos de perder si al español esperamos, pues hará de furia armado nuestros agravios más ciertos. ¡Qué de capitanes muertos! ¡Por capitán he pasado! Mas ¿qué tragedias admiro con las desdichas que aguardo? ¿Si es el coronel Ricardo este que difunto miro? Fiero español triunfa, pues, ya de tus vitorias cierto, pues queda en tus playas muerto el más valeroso inglés, mas no ha de quedar en tierra cuerpo que la pueda honrar, darale sepulcro el mar, que monumentos encierra de capitanes famosos en mil tragedias navales, que, aunque sin pompas marciales, con suspiros lastimosos desde nuestro galeón daremos el cuerpo frío al mar. ¿Qué es esto, Dios mío? Llevad el mayor blasón de nuestros anglios pendones en los hombros a embarcar. Ellos me echan en la mar. Los que codiciáis jubones notad bien la historia mía, que en esta sangrienta playa la escribe el temor. ¡Mal haya hombre que en jubones fía! ¡Oh, dura ocasión precisa, que el español vitorioso viene en paso presuroso! Embarquémonos aprisa, soldados, que no es razón que en un peligro tan cierto, cobrando un amigo muerto, perdamos más opinión. Dejade. El temor ha sido quien nuestra piedad condena. Vayan muy en hora buena aunque me dejan molido. ¡Oh, crueles hugonotes, que me dejáis deslomado! Vuestro jubón me ha costado más que si fuera de azotes, pero mi dolor se aplaque, pues también socorro espera. Vivo está un inglés. Pues muera. ¿Quién eres? Gonzalo Draque. ¡Que es mi crïado, señor! ¿Así un español se ultraja? ¿Quién es? El de la ventaja, que fuera en los naipes flor. ¿Cómo estás de esa manera,¡ con tan espantosa vista? Esto es para el coronista, que mis hazañas espera para autorizar su historia. Volvámonos al lugar, que aquí será malograr mis hazañas la memoria. ¡Con qué medroso desvelo se ha embarcado el enemigo! Su infamia ha de hacer testigo de nuestra vitoria el cielo. Lope Gil, en mi mayor cuidado —que el de hoy ha sido— la memoria no he perdido: ¿De quién? De doña Leonor. Llevalda a palacio luego porque el príncipe ha de ser quien ha de satisfacer su opinión antes que el fuego de sus pretensores crezca tan acosta de su honor. Voy al punto. Nuestro [amor] ha de hacer hoy que le ofrezca ocasión tan deseada, adonde os daré a entender que sabré corresponder a una obligación honrada. No os entiendo. Y quedaréis satisfecho en mi valor. Pues hoy os dirá mi amor cuán poca razón tenéis. ¡Qué dichosa nueva! Al cielo demos infinitas gracias por tan grandes beneficios. A vuestras heroicas plantas, príncipe, llego a ofreceros esta vitoria, que a España le dará tantos blasones como plumas a la fama. Ya queda libre este reino y en segura paz descansa desde agora en la obediencia de nuestro español monarca, pues solo quiero pediros, príncipe Alberto, por paga del servicio que hoy he hecho a mi rey. En esta sala queda ya doña Leonor y viene con doña Juana Coutiño. ¿Hazañas tan grandes cómo quedarán premiadas si no las honra Filipo?, pero, mientras él os paga, haré cuanto me pedís. Obligado a cierta dama... Luego ¿enamorado estáis? ¡Cuerpo de Dios si me ataja vuestra alteza! Don Enrique de Alencastro, en cuyas armas aprende Marte liciones para entrar en las batallas, pretende a doña Leonor de Meneses y, obligada a tanto amor, corresponde con darle la fe y palabra de esposo. Si vuestra alteza, pues es legítima causa, quiere honrarlos... Es muy justo, seré yo en su misma casa el padrino. Es muy pequeña para ver grandeza tanta. Aquí está doña Leonor. ¿Hubo dicha más estraña después de tantas fortunas? ¿Qué es esto, conde? ¿Así agravia vuestra locura el respeto que me debe el mundo? El alma desatinada y celosa se despeña en la venganza. Si yo con mi esposa estoy, serán vuestras quejas vanas. Descubrid, señora, el rostro. Príncipe, esta es doña Juana Coutiño, su ilustre sangre honra a las mejores casas de Portugal, es mi esposa porque cumplo la palabra que le di. Doña Leonor, que con legítimas causas paga la fe a don Enrique, es la que su mano aguarda y a que la honre vuestra alteza, que yo, aunque me confesara el mundo por más dichoso y tuviera granjeada la voluntad de Leonor, a don Enrique pagara la obligación que le debo porque confieso que es tanta que es la deuda de la vida, pues que me la dio su espada. Más sabéis obligar vos con cortesías hidalgas que otros con el limpio acero. En voluntades y en almas tan conformes no se pierda esta ocasión de juntarlas en lazo amoroso. Dense las manos. Vitorias tantas vea, señor, vuestra alteza para blasones de España, que aun faltan para escrebillas bronces al tiempo y la fama. Gocéis, príncipe excelente, de la bellísima infanta Isabel tiernos deseos, pues por esposo os aguarda para dar asombro a Flandes vuestras católicas armas. Y aquí, senado, el poeta con tan heroicas hazañas da fin El conde de Fuentes, con que perdonéis sus faltas.
