Texto digital de Como la luna creciente también tiene el sol menguante
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis Vélez de Guevara
- Atribución estilometría
- Luis Vélez de Guevara Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de Miguel Gil Gracia.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Gil Gracia, Miguel. Texto digital de Como la luna creciente también tiene el sol menguante. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/como-la-luna-creciente-tambien-tiene-el-sol-menguante.

COMO LA LUNA CRECIENTE TAMBIÉN TIENE EL SOL MENGUANTE
JORNADA PRIMERA
De este dios, cédula mía, hoy tan buena mano derecha que un amo en palacio encuentres que me saque de laceria: en este poste fijado te dejo para que seas jubileo de mis gracias y de mis indulgencias. Dios te la depare buena, dándome un amo que sirva, que largo y ancho me venga, como he menester. Allí, otro autor en competencia ha puesto cartel y pienso que hace la misma comedia. Allí se lo alquila otro cuarto y no de mala vivienda a mi parecer. ¿Hay hidalgo? ¿Que hay hidalgo? ¿No pudiera hacerse más hacia allá y no quedarse tan cerca que nos demos con los amos en los hocicos? Si es fuerza buscarle yo, ¿qué le estorbo? Soy envidioso y me pesa que esté junto a mí ninguno que mejor que yo parezca; porque hay tan infames gustos que en mil ocasiones dejan por el arrope el almíbar y el melón por la badea. Tú eres badea y pepino y cohombro y berenjena y nabo y toda legumbre de menor y baja esfera; y el que otra cosa dijere, en el patio... Tenga, tenga: yo y vuestra merced a otros dos aunque el Cid y Roldán sean. Rueda de naranja has sido, que me has cortado con ella la cólera. Soy hidalgo agridulce de la Vera. ¿Castellano es? Por la vida. Yo aragonés por la misma y estoy en mi muladar. ¿Qué le trajo de su tierra a vuestra merced? Vine sirviendo a Zaragoza la bella a un caballero andaluz que, huyendo de la severa condición de nuestro rey, se pasó a Italia y, en esta patria del Sol, y el abril, me dejó a la primavera de Aragón anoche; como a la luna de Venecia. Yo salgo de uno en verdad, que pienso que de la pieza misma también le cortaron; y, como dicen, quisiera probar con otro ventura. Dios nos la dé, si hay quien puede decir que la tiene quien sirve. Sí: muchos medran sirviendo. A Dios solamente. Y a los reyes de la tierra: estos patios de palacio son Josafat de las letras y las armas: hallaremos los amos que nos convengan si hemos de sazonarlos con un poco de paciencia. Después de Job, no la tuvo mayor que yo nadie. Alerta pues y del cuerpo de guardia de nuestras cédulas sea centinela cada uno. Hasta que en mi ratonera caiga, si Dios es servido, un amo de buenas señas, he de ser grulla de capa y espada. La diligencia es madre de la ventura. En mí siempre ha sido suegra. ¿Don Lope de Luna, amigo? Don Bernardo de Cabrera, ¿en Zaragoza? ¿En la corte Don Lope? ¿Quién tal creyera, habiendo estado los dos no hace un año tan lejos de ella? De esta suerte los soldados rodamos el mundo. Apenas aquí acuartelados hay, cuando mañana nos llevan a diferentes facciones, ya por mar y ya por tierra; al paso, al socorro, al sitio, al convoy y a la interpresa, siendo huéspedes de climas y naciones extranjeras diferentes, cada día, y tan desdichado en ellas que, con cumplir, don Bernardo, con mi sangre y con las deudas de quien soy, no he merecido alcanzar una bandera ni una jineta, teniendo tantos deudos en la guerra y viéndome pelear, como pregonan las letras de estos papeles, arpado a picazos y a inclemencias de los días y las noches, que sin premio desesperan: esta fue la causa que me obligó a pedir licencia para volverme a Aragón y morir en una aldea desengañado y corrido de mi fortuna siniestra, a donde he pasado algunos días, hasta que me fuerzan mis propias obligaciones y mi pobreza con ellas venir a la Corte y ver si puedo hacer experiencias segundas de mi destino, que le aplaquen o le venzan, pidiendo por mis servicios al rey don Pedro cualquier merced que fuese bastante a un retiro, donde diera carta de pago a mis ansias y finiquito a mis quejas: y vivo tan desdichado, don Bernardo, que quisiera trocar mi menguante Luna por la más humilde estrella. Dios es, (amigo don Lope), la fortuna verdadera y, después de Dios, el rey, que su poder representa. Hoy le hablaréis y confío que hallaréis en su grandeza (conociendo vuestra sangre) lo que hallan todos en ella: mozo sois y con los años se mudan las influencias, que son las segundas causas que con los cielos dan vueltas. ¿Qué sabéis, don Lope, vos la fortuna que os espera? Que siempre grandes desdichas en dichas grandes se truecan: y al revés también: valor, pues vuestra sangre lo hereda, que quien sigue siempre a Roma la vence. Vuestra prudencia generosa, don Bernardo, y vuestro valor me alientan. Para serviros, don Lope, seré siempre muy de veras vuestro amigo y partiré con vos la vida y hacienda, pues hasta ahora no puedo quejarme, que me hizo ofensa la fortuna en nada; y hoy del rey espero finezas de mercedes como suyas y como me las granjea en su servicio mi amor de quien tiene tantas pruebas que me ha enviado a llamar por que más dichoso sea. Yo no he tenido en mi vida un suceso adverso apenas, desde que salí de paje suyo a servirlo en la guerra: no saqué la espada nunca que no volviese sangrienta a la vaina sin herirme jamás; nunca tuve empresa, por grande que fuese, que yo no saliese con ella; jugando siempre he ganado; peleando en las fronteras de Aragón y Cataluña puse sobre las estrellas mi nombre; con mis amigos no he tenido diferencia ninguna, granjeando tantos; no he pedido a nadie en esta vida ni he estado jamás con un dolor de cabeza ni sin dineros un día. Llevaros los cielos quieran adelante tan dichosas prerrogativas y os vean siempre, don Bernardo, amigo, los astros y los planetas con benévolo semblante, sin que se os mengüe una estrella, para blasón, para timbre de Aragón y de Valencia. Lleguemos a aquestos dos, que puede ser que nos quieran para criados. Lleguemos. Presto dará el rey audiencia; que dicen que suele darla (por peregrina materia de estado) por estos propios corredores y escaleras. Caballeros, si los dos (y perdonen la advertencia) han menester dos criados para ocupar en cualquier ministerio que nos manden, con fianzas o sin ellas, aquí estamos dos hidalgos de las partes, de las prendas, que esas cédulas dirán, que en esos mármoles puestas son de nuestras propiedades y virtudes pregoneras. Las personas lo acreditan y a tan buena ocasión llegan que con los dos se podrán acomodar; que por fuerza yo he de recibir el uno, porque dos que tengo quedan en la casa de Mallorca, que por venir más aprisa, y por la posta, a Aragón, supliendo están mis ausencias. Pues yo he menester eso otro, por no andar a la vergüenza de los que saben quién soy, sin que alguna sombra tenga que me siga sin la mía. A ti, por la preeminencia de forastero, te toca hacer la elección primera. Estimo el favor y, así por que el que más me convenga escoja, quiero saber de los dos los nombres. Sea en buena hora: yo me llamo don Bernardo de Cabrera. Y yo, don Lope de Luna. Si tengo que hablar de veras, el Luna me hace cosquillas si va creciendo y no mengua. Eso podrá hacerlo el cielo. Pues a mí no me contenta don Bernardo mi señor menos y la enhorabuena os doy del dueño elegido. Estas bodas están hechas. ¿Cómo os llamáis? Yo, Luján. ¿De dónde? Hijo de la tierra. ¿Y vos? Galindo; extremeño como el chorizo. La misma fortuna correréis mía y no envidiaréis la ajena si yo puedo. Os guarde Dios, que yo prometo en cualquiera obligaros. Plazo, plaza. El Rey sale a dar audiencia y el conde de Ribagorza viene con él, que respeta como a su padre y su ayo. Tomemos lugar más cerca de su persona. Hoy veréis cómo a despecho de vuestras desconfianzas mudáis fortuna y naturaleza. La estrella de los tres Reyes Magos te guíe. Ya empieza, Ramón, la audiencia. Lleguemos, que hoy a nadie el rey se niega. Apartad. ¡Qué majestad! ¡Oh, cómo el ser rey obstenta! No quiero que me hablen más que soldados, conde, en esta audiencia de hoy. De esa suerte se ha dispuesto. Llegad, don Lope, que espera el Rey, y sed el primero; por que os dé Dios buena estrena. Ya voy. Vaya Dios contigo, la Letanía, las fiestas movibles y el calendario. Ya los que han de hablaros llegan. Señor... Olvidado había el daros aqueste pliego que me dieron para luego. Mostrad, Conde: (¿qué sería si de su hija Leonor fuese? Porque el sobre escrito se le parece infinito. Señor… yo soy don Lope de Luna... Ver el desengaño quiero. Un soldado caballero, que casi desde la cuna a vuestra alteza ha servido… que no me escucha recelo. El albedrío aun al cielo siempre potentado ha sido y, así, piense vuestra alteza que no se rinde al poder: ¡hay más notable mujer! Mis papeles... ¡Qué aspereza! Serán y este memorial testigos de mi valor: a vuestra alteza, señor, suplico... ¡No hay pedernal más invencible! Me haga merced para que una aldea de mi poca dicha sea retiro, que satisfaga lo que me queda de vida con fortuna tan cruel. De cuidado fue el papel. ¡Ingratitud no vencida de una inhumana belleza! Este pues... Pesares míos, no más; dejadme o rendíos. Perdóneme vuestra alteza si por dicha le he cansado con la poca suerte mía, porque sin ella porfía vanamente un desdichado. Andad con Dios: divertido con el papel, no he escuchado lo que me habló este soldado. Poca atención he tenido en dar al rey este pliego sin saber de don García primero, de quien venía: ¡que estoy loco o estoy ciego o era el sobrescrito de él letra de Leonor! ¡Ah, cielos! ¿Ya me da mi hija celos? ¿Quién, Conde, os dio este papel? Don García me encargó que a vuestra alteza le diese lo más presto que pudiese; porque como vengo yo más cerca de vos, no pudo él alcanzárosle a dar y quiso en mí acreditar la diligencia. No dudo, Conde, menos del cuidado de don García y por Dios que fía mucho de vos. Llegue, Conde, otro soldado. El Rey (don Bernardo, amigo), en todo lo que le he hablado, no solo no me ha escuchado, mas se ha enfadado conmigo. Desdicha es vuestra. Señor, don Ramón soy de Cardona... De vuestra noble persona, como de vuestro valor, por vuestro padre y abuelo, grandes noticias me han dado: yo tendré de vos cuidado. Guarde a vuestra alteza el cielo. Galindo, no es buen indicio de dicha de buena ley volverse virgen del Rey. Luján, yo perderé el juicio. Señor, yo soy don Urgel de Aragón y de Moncada. Ya de vuestra heroica espada y de vuestra sangre fiel, la fama nuevas me ha dado. Guarde a vuestra alteza Dios. Yo me acordaré de vos; que sé que sois gran soldado. Con vuestra licencia quiero, don Lope, llegar a hablar al Rey. Bien podéis llegar, que sois dichoso, y espero que os hará largas mercedes el Rey por vuestra fortuna. Con el don Lope de Luna dimos por esas paredes. Guíe con felicidad Dios tus pasos para el Rey, que soy criado de ley. Y yo de sota. Llegad. Señor, yo soy don Bernardo de Cabrera, de don Juan de Cabrera y, don Beltrán, hijo y nieto. Tan gallardo capitán y caballero no ha menester decir más, pues pregona lo demás Aragón y el mundo entero: levantad y, antes de darme vuestro memorial, Cabrera, dadme los brazos, que espera de esta suerte acreditarme con vos la grandeza mía, que esta ocasión deseó. Vive Dios que le abrazó, no hiciera más con su tía. Días hace que lo deseaba para honor de mi corona, porque de vuestra persona Aragón necesitaba: que he menester hoy un hombre, que esté Cabrera conmigo por consejero y amigo del ingenio vuestro y nombre. De mi cámara sois ya, premiado vuestro valor con la encomienda mayor de Montesa, que será vuestro el maestrazgo también con futura sucesión de quien lo es en Aragón. Mudos las gracias os den todos los sentidos míos por que encarezca el silencio la deidad, que reverencio en vuestra alteza. Los bríos heroicos vuestros están en cualquier premio estrechos, que tan valerosos hechos nunca premiados serán: venid, besaréis conmigo la mano a la Infanta, y dé la audiencia fin, pues hallé un vasallo y un amigo. Notables demostraciones el Rey ha usado con él. Soñando estoy, don Urgel. ¡Qué nuevas transformaciones! Don Lope, volved a hablar al Rey; quizá enmendaréis lo pasado y venceréis con valor y porfiar vuestra estrella. Tomar quiero vuestro consejo, pues es de amigo tal. Llegad pues, que veros premiar espero. Señor, hoy a vuestra alteza le suplico... ¿Qué decís? Don Bernardo, ¿no venís? Sombra soy de tu grandeza. Yo, señor, soy... Bien está; dejadlo para otra audiencia. Don Lope, amigo, paciencia. Lo que no ha menester da. Hermano Galindo, a Dios, y dejaos comunicar, que en cuanto hubiere lugar yo me acordaré de vos. Mientes, dichosillo vano de la ambición presumida, que no podrás en tu vida dar a una hormiga la mano. Galindo, en la dicha ajena no te aflijas ni acongojes y advierte que solamente los desdichados son hombres, si tienen valor constante; porque son contra los golpes de las mareas del tiempo humanas rocas de bronce: que los dichosos, Galindo, nunca tienen ocasiones en que averigüen lo firme y la constancia acrisolen; y, si alguno ha merecido serlo, es don Bernardo, a donde ninguna dicha hay por grande que a los méritos le sobre. Y tú, ¿naciste en las malvas? ¿Qué es Cabrera, con don Lope de Luna? ¿Pues tu solar no está en mejor horizonte que junto al Sol en el cielo? Son altas disposiciones y secretos suyos. Hola, hola, hola. ¿Quién da voces? ¿Nos holean? No me admiro si de ser dichosos oyen que estamos ya desahuciados: pero una mondonga sobre aquel balcón veo. Hermano, ¿a quién digo? ¿A gentil hombre? ¿Habla conmigo? ¿Qué manda? ¿Qué dice? ¿No me responde? ¿Sois criado de ese hidalgo? Antes, por que no lo ignore, lo soy suyo y lo soy... Fuera de todo chiste y remoque; ¿servís a ese caballero que melancólico pone en suspensión los sentidos nuevo aragonés Adonis? Dos horas hace que le sirvo y son ya más de las doce y no hay cometa que diga que en su posada se come. Pues decidle que una dama, que desde aquestos balcones le ha visto hablar con el Rey, se obligó de ver un hombre de tan buen arte y tan poco dichoso. ¿Y cómo es el nombre vuestro? Decid que me llamo doña Marta de Segorve. ¡Rumboso apellido! Soy de la estirpe de los condes de Gascuña y, por mi madre, de un potentado del norte. Tengo la dote competente para un príncipe de Londres y esta es, a fe de quien soy, para los que me conocen, la primera humanidad que he tenido con los hombres: decidle se deje ver en el terreno esta noche, que de reja y ocasión la música será el norte, y tomad este diamante que está con el Sol al tope. Ya cumplí lo que Leonor me mandó. ¡Oh, Marta de flores, que sabes dar sin pedir, y de las mujeres rompes la civil naturaleza que tienen contra los hombres! ¿Qué tienes? ¿Qué he de tener? ¿No has oído los favores de doña Marta? ¿Qué dices? Pues, si con tus suspensiones no atendiste, deja que el diamante que echó tope, que yo te diré después el recado: ¿pero dónde cayó, que no le descubro? Debió de dar de rebote como pelota, más lejos de donde salió el primer golpe. Don Bernardo ha mandado que por estos corredores busque a don Lope, que quiere por fuerza hacer a don Lope dichoso. ¡Válgate Dios! ¿Diamante o duende, te tragó la tierra? Aquí está un diamante brillando como mil soles, que, si fuera áspid, me hubiera mordido: ya me conoce la dicha, que soy criado de don Bernardo. Se volvió a mano de doña Marta sin duda. Galindo, ponte en paz si buscas sortijas, que no las ven tagarotes desdichados como tú: neblíes de mayor porte las vuelan. ¿Y tú eres sacre de bolsas? Y corazones. Vuélvemela. No hay remedio. Para mí se dio. No hay orden. Yo te mataré. ¿Qué es esto? Mi amo, señor don Lope, en el retrete os espera. Yo voy a buscarle. ¿Se vio tal perseguir de desdichas? ¡Que una sortija me arrojen siendo la cosa primera que me han dado y que me robe la bendición Lujancillo! ¿Hay quien conmigo se ahorque? Quiero, miro, adoro y amo, y, cuando a la causa llego, es hielo todo mi fuego y con ser hierro le inflamo. Parece que esta canción o mi pecho la ha dictado o adivina mi cuidado o habla con mi corazón; pues, cuando espero al que adoro, tiemblo al llegarlo a mirar y cuanto amor va a explicar enmudece mi decoro: pero que dude no es mucho, siendo a mi blasón real un vasallo desigual: ¡oh, con cuántas penas lucho! El recado que me diste di al criado y aun le oyó. ¿Dijiste mi nombre? No. Discreta en eso anduviste, que aventurar fuera errar mi nombre, con un criado nuevo, según me has contado; y más sabiendo el amor del Rey, que pasa a porfía, y hasta en el papel de hoy día el desengaño le doy, pues don Lope la voz mía por fuerza ha de conocer. ¿Leonor? ¿Señora? ¿Aquí estabas y viéndome no me hablabas? Como te vi suspender en la música, no quise quitarte el divertimiento. Nunca tú interrumpir puedes los míos si considero en lo mucho que te estimo, que ninguno sin ti tengo: lo sonoro de la voz y lo dulce del concepto toda la atención merecen que robaron a mi pecho. ¿Pues proseguirán el tono? No, Leonor, haz que a lo lejos la misma letra repitan, que sola quedarme quiero. Así lo haré: noche, iguala tu venida a mis deseos, para ver si aún en don Lope duran pasados incendios. Quiero, miro, adoro y amo; y, cuando a la causa llego, es hielo todo mi fuego y con ser hielo le inflamo. Con aqueste memorial de don Lope, a buscar vengo al Rey, que al cuarto pasó de la Infanta, porque quiero hacer feliz a un amigo su poca dicha venciendo. ¡Mas qué miro! ¿Don Bernardo? ¿Señora? Dichoso encuentro. ¿Vendréis a buscar al Rey? Antes a ponerme vengo a vuestras plantas y en ellas reconocer lo que debo a las honras y mercedes, que su majestad me ha hecho. Bien hacéis: pues, aunque yo no tenga en vuestros aumentos parte alguna, tengo mucha en lo que de ellos me alegro: y en mi hermano ha sido solo pagar los servicios vuestros que están siempre en la memoria. Así de los dos lo entiendo: ¡Oh, soberana hermosura, divino asombro del cielo! No sé qué hechizo en la vista trae este hombre, que es veneno que me ha encantado el sentido. Divina Violante, al riesgo de tus estrellas hermosas aventuro mis deseos. Dichoso soy y en dichosos no se acredita el trofeo de imposible en la esperanza, porque no es prodigio nuevo de amor igualar deidades, humanos atrevimientos. ¿Cómo en la guerra os ha ido? Señora, como en mi centro. ¿Centro vuestro es la campaña? Los militares estruendos son la armonía que siguen del noble los movimientos. Yo creyera que la Corte fuese a un galán caballero como vos, mas agradable. No son contrarios opuestos el querer yo la campaña a querer la Corte menos: demás que vuestra pregunta fue solo la guerra; y a eso dije que era centro mío. La diferencia no entiendo. Quien siempre lidia consigo, quien siempre trae en el pecho un poderoso enemigo cualquier parte, cualquier tiempo es para él cruda guerra: y, si esta conmigo llevo a cualquier parte que voy, con razón deciros puedo que en la campaña y la Corte es uno mismo mi centro. Guerra que el pecho la oculta con tal recato y silencio no es tan cruel como decís, pues no es muy activo el fuego que su llama no p[rend]a. No está en la llama el afecto y, si las llamas son lenguas, necio fuera o desatento quien su crédito las fíe. ¿Tanto os preciáis de secreto? Es naturaleza en mí y elección fuera a no serlo. ¿Elección? ¿Por qué? Por no ofender a quien venero. ¿Veneraciones ofenden? No sé, mas a mi respeto, señora, el imaginarlo le basta para temerlo. ¿Temeroso sois? Mi mucha desconfianza os confieso. Pues, aunque a ella oigáis decir que es propia de los discretos, más lo es de los desdichados, pues por tímidos perdieron todo lo que no explicaron: y, así, tomad mi consejo y no seáis por ser dichoso con la fortuna grosero: bebed átomos al Sol, rayo a rayo, incendio a incendio, que no quieren más que dicha los altivos pensamientos. No hay más que esperar, sentidos, de la mía si no sueño lo que miro y lo que escucho tan cerca, estando tan lejos: albricias, desconfianzas, que he salido con un pleito en que me va el alma toda. Pues don Bernardo, ¿qué es esto?, ¿dabais voces? No se admire vuestra alteza que haga extremos de loco, dándoles gracias a los cielos de suceso tan dichoso como el mío, pues hoy llegué a mereceros tanto favor, tantas honras, tantas privanzas… Teneos, que yo soy quien ha de estar más alborozado de eso, pues he encontrado un vasallo de tantos merecimientos que ponga el hombro conmigo de tanta corona al peso. Mil veces beso esas plantas reales. Mi camarero mayor y caballerizo, levantad. Vos vais haciendo que hasta el cielo me levante; que sobre el dorado cuello del Sol ponga los pies; largos felices siglos y eternos seáis fénix de Aragón. Os guarde Dios, que yo os deseo lo mismo. Soy vuestro esclavo. Estos memoriales quiero consultar con vos: tomad que de vuestro heroico celo, más que del acuerdo mío, fiaré mejor sus decretos. Siempre será de serviros. Dadme una silla. Aquí pienso hacer dichoso a don Lope si puede acertar a serlo. Leonor, a tus desengaños estoy rendido, estoy muerto: leed. Señor: don Urgel de Moncada… Ese sospecho que pretende, don Bernardo, mi cámara. Es caballero en Aragón conocido y, por los servicios hechos a vuestra alteza, merece ese favor y ese puesto; y yo os lo suplico. Mucho, don Bernardo, estimo veros bien intencionado, además de las prendas que en vos veo. Yo correspondo a mi sangre, gran señor. Pues jurad luego. Este es el de don Ramón de Cardona y, por el deudo que tiene con vuestra alteza y servicios manifiestos tantos en tierra y en mar, con tan gloriosos progresos merece, si sois servido, el oficio que ha propuesto de capitán de la guardia. Aunque tengo otros empeños, bien está; pasa adelante: () dejadme vivir deseos. Aquí entra el memorial de don Lope: quiera el cielo encaminar su fortuna como yo se la pretendo. Hagamos treguas, amor, dejadme de matar, miedos, que contra un rey, aunque sois Dios tan grande, es mucho imperio. Señor, don Lope de Luna, hijo de don Sancho y nieto de don Lope de Aragón y Luna, su ilustre abuelo, dice que hace dieciséis años que está en la guerra sirviendo a vuestra alteza en aquellas ocasiones de más riesgo que se han ofrecido, dando de su sangre y de su pecho bizarras demostraciones: que, cuando se ganó el puerto Mahón, fue el primer soldado que solo se arrojó dentro de la nao del enemigo capitana; que en el cerco de Caller, cuando los sardos hacerse libres quisieron, fue el primero que en la escala puso el pie y entró rompiendo por el muro los contrarios, ejecutando portentos con una espada rodela; que en el golfo… El rey recelo que se ha quedado dormido, que los cuidados dan sueño, y a nada del memorial no pienso que ha estado atento: fuerza ha sido de la poca dicha de don Lope y pienso que despierta ya. Me rindió mi siempre loco desvelo al sueño: disimularlo con don Bernardo deseo, que es culpa dormirse un rey en los negocios del reino. Lo que pide don Ramón, don Bernardo, soy de acuerdo que se le dé porque tiene los méritos para ello que importan a mi servicio. Por esa merced os beso los pies mil veces, que es plaza que en tan grande caballero lucirá mucho: este falta, que entre esos otros dos he puesto de oficio mío, por ser de una persona a quien debo… Eso, Cabrera, ha de ser con mi voluntad primero, reconociendo en los reyes lo soberano, y con eso será vuestra intercesión siempre lisonja del dueño; porque sin aplauso suyo os aventuráis al riesgo de no conseguirlo y darle disgusto. Advertido quedo. Este es consejo de amigo. A idolatrar tus luceros voy, Leonor hermosa, aunque me den muerte tus desprecios. ¡Rara oposición de estrella la de don Lope! No puedo ni aun con mi dicha ayudarle porque no lo quiere el cielo. Aquí está. Vuestra señoría nos dé la mano a besar. ¿Señor Conde? No hay que hablar. Por vida del Rey y mía, que me ofende quien así me intenta desvanecer: yo he de ser hoy lo que ayer y, siempre, lo que antes fui; que de una misma manera, señor Conde, ayer y hoy siempre he sido, seré y soy don Bernardo de Cabrera. Que no me ha de acreditar, en las mercedes del Rey, más ambición que la ley con que he nacido ostentar; haciendo el bien que pudiere lo que no olvido jamás, porque todo lo demás, Conde, con la vida muere. Yo le acordaré a su alteza la merced, que hacer sin tasa de Ribagorza a la casa debe por tanta nobleza y blasones adquiridos como tiene en Aragón. Esta es justa pretensión en mis años tan crecidos al tiempo (que es mi heredera Leonor) que quedó sin madre y será omisión que un padre sin verla en estado muera. Pretensión justa. Con esto del Rey podré asegurar a Leonor sin sospechar ningún indigno pretexto. Estaré con atención, señor Conde, desde ahora de servir a mi señora doña Leonor de Aragón. Su aumento de vos aguarde. Pues perded, Conde, el recelo en mi amistad y mi celoDios a vuestra excelencia guarde. Señor don Urgel, su alteza, que quien sois conoce y sabe, como pedís, de la llave merced os hace. Es grandeza como suya y es merced que a vuestra excelencia le debo, pero en su sangre no es nuevo. Que os he de servir creed. Ya mi obligación pregona cautiverios. Y al señor don Ramón, cuyo valor honra el blasón de Cardona, hace merced juntamente por su persona gallarda de capitán de la guarda. Viva el nombre eternamente de vuestra excelencia, aclamado en Aragón y en el mundo por acates sin segundo. A tan gran rey, tal privado. Y por ir a despachar un negocio, vuestras señorías me perdonen. Largos días le deje el cielo gozar a vuestra excelencia el favor de su rey. Para serviros. Y en los celestes zafiros escriba el Sol su valor. ¿Es posible que más señas no tomases? Solo dijo que en el terreno esta noche aguarda. ¿Hoy recién venido ya tan aprisa una dama me quiere hablar? Señor mío, no has de ser fatal en todo; basta que yo lo haya sido en que un diamante me arrojen y, cuando la calle miro, se me convierta en guijarro. Ya está don Lope en el sitio. Pues canta si esa es la seña. Toso y Dios vaya conmigo. Duendecillo amor que travieso vas tirando chinitas a la voluntad, déjame, déjame, déjame gozar el dulce sosiego de mi libertad. ¿Sois vos? Sí, ¿señora mía? Puntual sois. Un desvalido, como aún el tiempo le sobra, hace del ocio servicio. No entiendo por qué os quejáis. Aquí podéis preveniros para cantar. O estoy ciego o un ejército divisoPues yo, Leonor soberana… Tened, que, según he visto, allí se ha parado gente: que os retiréis os suplico para desvelar sospechas. Yo lo haré si en eso os sirvo. El Rey recelo que sea. ¿Señor? ¿Qué tienes, Galindo? Cien hombres a aquella esquina están. Pues vente conmigo. ¿Qué dices? Sígueme y calla. Eso es fácil, callo y sigo. Daré la vuelta a la calle. Retirarme solicito por si fuere el Rey. Dos hombres del terreno se han salido y en esta reja parece que hablan; a nadie miro: cantad en tanto que yo toda la calle registro. ¡Oh, noche veloz, si amaras como el curso suspendieras y tu movimiento hicieras más tardo aunque más volaras! Que yo dejase el terrero porque así Leonor lo quiso es una cosa, distinta el sufrir que a mis oídos le ocupe música de otro; que se volviese a Galindo he mandado por que no sea por el conocido en lo que suceder pueda: ¡ah, hidalgos, dejad el sitio!¿Quién lo ordena? Aqueste acero. Hombre, repara atrevido que el Rey… La espada en la mano; no hablan los que tienen bríos: huid o callad. Muerto soy. ¡Junto a palacio este ruido! ¿Cómo, aunque acaso pasase dejar puede el valor mío de saber la causa? ¿Qué oigo? Muerto soy una voz dijo y ruido de espadas siento. Con los músicos ha sido sin duda. ¿Pero qué es esto? Hombre, ya que me has herido, no me acabes de matar sin que me des compasivo confesión. Muera el que, osado, el sagrado de este sitio ofende. ¡Hay tal confusión! Mas defenderme es preciso. Hacia el parque es el estrue[n]do: seguidme. ¡Pero qué miro! ¿Señor? ¿Don Urgel? ¿Qué es esto? Aquese cadáver frío lo dirá. Collantes es. La cosa que más estimo, el músico de la Infanta. Señor, yo… Mal me reprimo: callad, que ya está de más vuestra voz con este indicio. Yo llegué cuando… Ya sé que los criados y amigos vuestros, riñendo también, de la calle se han salido con los demás y, entretanto que la verdad averiguo, vos, Conde, llevadle preso: vos haced que al punto mismo retiren ese hombre y vean si hay para su vida alivio. Venid. Vamos, que al fin, Conde, en mi inocencia confío. ¡Acuchillar en palacio de esta suerte criados míos! Yo haré me den con razón de cruel el apellido.
JORNADA SEGUNDA
Temprano te has levantado; no te quieres bien, señor. Galindo, es despertador muy puntual un cuidado. Digo que no has de poder dormir de hoy más. ¿Por qué no? Porque nunca he visto yo quien duerma bien sin comer. Próspera fortuna aguardo. Siendo tuya, no la creo. Rato hace ya que no veo a mi amigo don Bernardo y a verle a palacio voy. ¿Pobre estás? Galindo, sí: si soy pobre, es porque a ti te parece que lo soy; solo es rico aquel que viene a suplir lo que le falta, pobre es a quien le hace falta aquello mismo que tiene. Para todo no habrá modo si a todo inclinado estás, pero mis modos verás para despreciarlo todo. Quien a mucho aspira loco cobra más pobreza en él y solo es más rico aquel que se contenta con poco. Pues quien ser rico codicia, que es otra naturaleza, no ha de añadir la riqueza, sino olvidar la avaricia. El discursillo me agrada para quien tener profese muy poco, pero no es ese para quien no tiene nada. ¿Y cómo mudar podrás mi astro, siempre riguroso? Da en decir que eres dichoso y con ello te saldrás. Por que de fortuna tanta o te admires o te espantes, anoche maté a Collantes, el músico de la Infanta, que en el terrero cantó; tan infeliz vengo a ser que le maté sin querer. ¿Y cuánto va que murió sin querer también? Es cierto y anuncio un espejo fue que, viéndome en él, quebré. Y aquese requebró el muerto: ¿qué hacías allí? Enamorado de Leonor, pasé al terrero. Si enamorar sin dinero sabes, no eres desgraciado. ¿Templó Collantes? Templó. Ya lo mereció por eso. A don Urgel tienen preso, creyendo que le mató, como el terrero paseaba. Collantes, por vida mía, como cisne moriría si llevó cuando cantaba. Galindo, entre mis fortunas has de saber que merezco de doña Leonor favores. ¿Cómo? Anoche en el terrero me habló. ¿Supo que eras tú? No me nombró, pero es cierto que me conoció. ¿Por qué? Porque dijo… Habla más quedo. Después de algunas ternuras, que las entretengo al silencio, yo os tengo de hacer feliz. Contigo habló, mas no creo que ha de vencer a tu estrella. Galindo, erraste en eso, que, aunque mi estrella está escrita en el papel de los cielos, el Sol borra las estrellas con rayos de luz serenos y, para borrar la mía, más propios son soles negros. ¿Y la herida que sacaste en el brazo fue algo? Un lienzo me puse sobre la herida y ya está buena. Me alegro. Llama a esta puerta. Ya llamo. ¿Cómo no responden? Necio, aquí a todo lo que se oye no se responde tan presto: llama otra vez. Otra vez vuelvo a llamar. No tan recio: nadie ha de llamar con fuerza en palacio. Así lo entiendo. El mérito abre el oído: quien quisiere hallar abierto merezca. ¿Y no añadirás tenga dicha? Es lo primero. Pues volvámonos a casa. No me has dicho… Ya me acuerdo: que hagas cuenta que la tienes y la tendrás. Pues yo quiero hacer lo que me aconsejas. Ea, la cuenta estrenemos: llama a fuer de venturoso. Llamo. ¿Qué golpes son estos? ¿Luján? ¿Lujancillo amigo? ¿Quién es? ¿No nos conocemos? Don Lope de Luna soy. ¡Qué lindo don Lope! Cierto que ha llamado el tal don Lope con golpes de gran denuedo; si hablar quiere a don Bernardo, mi señor, dará a su tiempo audiencia y podrán hablarle, que ahora se está vistiendo. Dejadme entrar en su cuarto o, por lo menos, os ruego le digáis que estoy aquí. Es de mañana y no apruebo que aquel que vende favores los estrene por lo menos. Decís bien: cerrad, Luján. Y otro día, caballero, venid más tarde, que ahora habéis llamado con eco. Como siempre el desgraciado llega tarde, yo por eso he madrugado a estas horas. Haceros feliz prometo por que no me despertéis. Oigan: ¡y qué palaciego está el señor don Juan! Señor don Lope, volveos a las doce a visitarme, que es hora de darme al pueblo. Dios os dé buena fortuna. Ahora yo me la tengo; rogad que no me la quite y a Dios, porque corre el viento de la desgracia hacia vos y, como el calor conservo de la privanza, he temido resfriarla si no cierro. ¡Miren que entiende de aires! Muy buena cuenta hemos hecho. Plaza, plaza al capitán de la guardia. Ahora puedo entrar con el capitán. Mi señor, yo nunca llego donde hay palo de soldado, que es como palo de ciego. Amigo fue de mi padre don Ramón. Pues yo más quiero tener soldados amigos para entradas. Ea, entremos: yo sé que me ayudará. Pues llega a hablarle. Ya llego. Fuera de aquí. Vuestra señoría favorezca a un forastero. ¿Quién sois? Hijo soy del conde don Lope de Luna el bueno, en la guerra con la espada y en la paz con el consejo. Para cierta pretensión a don Bernardo hablar quiero y no me dejan hablarle; vuestra intercesión deseo para alcanzar su favor, si por la amistad merezco que tuvisteis con mi padre. Os prometo que no me acuerdo. De los Lunas de Aragón fue cabeza; yo os vi un tiempo componer vuestras lisonjas en su Luna por espejo; y, como está de menguante… Ya he dicho que no me acuerdo; llamad a esa puerta. Llamo. Señores soldados, quedo. ¿Quién llama? Yo llamo: ¿qué hace su excelencia?, ¿está despierto? Vestido está ya. Decid si puedo entrar. Orden tengo para que entréis. Entro pues. ¿Y yo puedo entrar? No es tiempo. Señor, ¿la desdicha es tiña? Galindo, debe de serlo. ¿Por qué lo dices? Porque en la cabeza la tengo. ¿Qué dices de mi fortuna? Yo no sé si te la pego o me la pegas a mí y, con tu licencia, quiero mudar de amo. No haces mal y yo acomodarte quiero, pues que no puedo tenerte. Harto haré yo si me tengo. Pero ¿qué amo quieres darme? A don Bernardo. Eso es bueno: tomó a Luján. Poco fías de tu amistad. Lo que veo es que te deja Luján a tu Luna. Majadero, en la guerra y en la paz, estrechos, y verdaderos amigos nos vio Aragón. Y ahora estás más estrecho: ah, sí, señor, no has oído decir a confiados ciento que suele por un resquicio entrarse una dicha. Es cierto: ¿y a dónde el resquicio está? Lujancillo dejó abierto. ¿Cómo? Mintió el picaporte. ¿Quién pudiera sino un yerro ayudar a un infeliz? ¿Señor? ¿Qué dices? Que entremos; sé porfiado, pues naciste tan infeliz. Es de necios. Por no porfiar, he visto muy pobres a mil discretos. Entra delante. Eso es querer que te guíe un ciego. Entra y cierra, Galindillo. Bestia soy, pues ahora cierro. ¿Es don Bernardo y Ramón? Sí, señor, ellos son, ellos. Su majestad me ha ofrecido para un sobrino el gobierno de Teruel y ahora está vaco. Acordárselo prometo. Y a su prudencia y valor puede fiarle. Así lo creo; deje vuestra señoría el memorial. Ya le dejo para memoria, que ya tengo la merced. Yo ofrezco suplicárselo a su alteza. Mil años os guarde el cielo. Pondré de mi parte el ruego y el aviso. A vuestra excelencia hoy le suplico y le acuerdo no se olvide de casar a Leonor, que darla dueño quiero de vuestra elección. Será otro como yo mismo con el que intento casarla: pues con don Lope deseo que tenga efecto esta boda. Que por si lo dice creo : guarde Dios a vuestra excelencia. Él os guarde, Conde. Hoy pienso dar a mi casa un blasón y a mis méritos, un premio. Llega, pues no nos ha visto; Galindo, anímate. Llego, pero con miedo. Jamás hizo cosa buena el miedo. ¿Hola? ¿Señor? ¿Quién responde? Yo que temeroso llego piedra violenta que busca en vuestros brazos el centro. En feliz hora, don Lope, llegue yo a lograr en ellos, cuando cargáis la amistad, el mismo alivio en el peso. Vuestra excelencia me acomode algo de hacia el brazo izquierdo, como mano o como pie, y, si no, deme un desecho, tal como dedo con callos, mas no es necesario hacerlo, que dedo malo será XXXX me le dais por mi dedo. ¿Cómo estáis, don Lope amigo? Como quien merece veros. ¿Qué os hacéis? Que no os he visto tiempo hace. Siempre que vengo, dicen que estáis ocupado. Vos de todos mis secretos sois excepción; no aviséis y entrad. A Luján con eso. ¿Cómo lo pasáis? Muy mal. Pues ¿qué os falta? No comemos. Vive Dios… ¿Pues hay criado (en este tiempo a lo menos) que no coma y que no beba y quieren que calle en seco? ¿Estáis pobre? Los soldados no están pobres en teniendo seis camisas, dos vestidos, espada de buen maestro y cien escudos sobrados. Esos solos no tenemos. Yo trocara por la vuestra mi fortuna. Yo no quiero trocar la mía con vos. Decid por qué. Por no haceros infeliz. ¿Pues hay desdicha como privar? No lo creo. ¿Qué es esto? ¿Aquí Galindillo? ¿Por dónde han entrado? Luego no los dejaste tú entrar. No, señor. Yo le agradezco que haga lo que vos mandáis. Es tan al contrario eso que antes le tengo mandado que os buscase. Señor… Niego: horas hace que lo mandáis para hablarte y voy y vengo, hecho vino dulce, y como un vinagre me vuelvo; y ahora la hizo cerrada con nosotros. Calla, necio. ¿Qué dices? Y el muy mondongo se nos puso muy relleno. Pues por vida de la Infanta, por vida del rey don Pedro que un instante en mi servicio no habéis de entrar más. Concedo. Que no quiero yo criados temporales. Pues yo os ruego que por mi… Ya lo he jurado… Mirad, señor… Por dos dueños: el uno de mi obediencia y, el otro, de mis repetos. Cuando yo os vengo a pedir que recibáis por mi ruego un criado, ¿despedís otro por mí? Ahora entro. Decid: ¿quién es el criado que vos queréis darme? Ego. Ya a la desgracia me rindo: lléveme un diablo. Y aun dos. Don Lope amigo, por vos recibir quiero a Galindo. Besa la mano postrado al Conde. Di: ¿qué me da por besársela? Que ya te recibe por criado. Solo una razón me dad para que lo crea aquí. Necio. ¿Soy de casa? Sí. Lujancillo, despejad. ¿Cómo no me vuelvo loco? ¿Que a Galindo recibió? Porque su excelencia y yo tenemos que hablar un poco. Malos mis sucesos van, mas yo merezco la pena. Oyes, toma esta cadena. Os guarde Dios. Digo a Luján. Yo la tomo agradecido. ¿A él se la dais y a mí no? La doy porque me sirvió. Yo parezco el despedido. Pues lo que os pido, señor. Despejarle ahora intento. O sea por escarmiento o castigo de mi error, que, por que sirviéndoos viva (pues que sois uno los dos), que me permitáis, por Dios, que don Lope me reciba. Yo, Luján, soy un soldado noble, pero no dichoso, con quien es dificultoso que se halle bien un criado. Si así me queréis, desde hoy digo que os recibiré, pero a Galindo dejé viendo que tan pobre estoy. Granjear solicito así a los dos. ¿Lindo amo intenta? ¿Luján? ¿Señor? Haced cuenta que me estáis sirviendo a mí. O me he engañado o arguyo… ¿Qué? Que el Rey te viene a ver. Galindo, bien puede ser; que este cuarto pasa al suyo. Conmigo haceros igual en el valimiento espero. Pues yo retirarme quiero; aquí os dejo el memorial. Perdí a un rico y gran señor y a un pobre servir intento. Desde que aquí troqué, siento el estómago mejor. ¿Galindo? ¿Quién llama? Yo: esto y esta vanda da a tu amo; y a Dios, que el Rey creo que viene detrás. ¡Hay tal prisa! ¿Qué es aqueso? Este papel lo dirá y esta vanda. Si la Infanta (¡cielos…!) más que ceguedad es discurrir tal, él sólo me puede desengañar. A mi amo dijo le diese: yo no sé si tú serás o el otro. Yo lo veré. Leyéndole lo sabrás. ¿Yo a Collantes? ¿Qué es aquesto? A la criada vi pasar de Leonor; no sé qué pueda inferir. Que ha entrado acá el Rey. Pues la vanda escondo, no le dé que sospechar. ¿Conde de Modica, amigo? ¿Señor, vuestra alteza, a honrar este cuarto? Sí, Bernardo, que conmigo puede más vuestro amor que mi corona: rey sois de mi voluntad, conque es mejor vuestro imperio que el mío, pues vos mandáis el albedrío de un rey; yo, el de un vasallo, no más, y aun más que al Infante os quiero, mi hermano que en Francia está; y es que hallo esta diferencia de vos a él: que él es ya el más desleal hermano; vos, amigo, el más leal, en fe de lo cual ahora con vos vengo a consultar un cuidado. A vuestro ingenio mis consejos sobrarán. Al rey de Francia, mi hermano, aconseja que la paz rompa, después que con él magnánimo y liberal he parecido a su padre; y yo quisiera intentar que el Rey me le envíe preso y, por tan grande amistad, haced por el francés cuanto quepa en posibilidad. Mejor será perdonarle, traerle a Aragón y dar a entender que con ser rey sois vos siempre el que hacéis más. ¿Que yo perdone a un ingrato, don Bernardo, aconsejáis? Sí, señor. En este caso, no quiero que hablemos más. Navarra pide a la Infanta; don Pedro de Portugal y don Pedro de Castilla; pero he resuelto casar en Aragón a Violante. Muchos caballeros hay a quien poder elegir por su sangre y calidad. ¿Quién son? Aragoneses y Lunas, Moncadas, cuya real ascendencia con el Sol puede lucir faz a faz, y Arellanos. ¿No hay Cabreras, cuya heroica antigüedad llega a igualar sangre infanta, que es en Aragón lo más? Señor, vuestra alteza advierta que con eso puede dar lenguas a la emulación. No os he visto tan moral como habéis estado ahora, no tan cansado jamás; hablemos sobre otra cosa. Ribagorza pide ya que a doña Leonor caséis. No me habléis más de eso. ¡Zas! Ramón de Moncada pide que a su sobrino don Juan Moncada se le dé el gobierno que vuestra alteza le ha prometido y que le cumpla la palabra. Bien está. Dije que lo prometisteis. Yo lo prometí; es verdad, pero, si no lo merece (de que informado estoy ya), no lo he permitido, Conde. ¿Pues qué? Lo dije, no más. Parece que se ha conmigo disgustado el Rey. ¿Cómo hay cosa que el Conde me pida y yo no otorgue? En lugar de esa merced, pedid otra, que todo cuanto pidáis deseo hacer. Pues ahora apelo a vuestra piedad de vuestra misma sentencia: buena ocasión de rogar por don Lope. ¿Qué decís? Que un caballero… Ea, hablad. Que ha perdido vuestra gracia, siendo quien en tierra y mar os tiene granjeado el premio, el perdón llegue a lograr. Si pide por don Urgel, no sabiendo cuánto me ha ofendido, no tan solo del músico en la fatal muerte, sino en pretender a Leonor bella. Y juzgad que si tra[i]dora malicia ha culpado su lealtad… ¡Que por don Urgel me pida! Os engaña, que no habrá niebla que de sus blasones las luces pueda eclipsar y, castigado, y aun preso, (pues no tiene libertad quien no ve el rostro del Rey con toda la luz cabal) vive, si es que tiene vida quien sin vos… Ea, callad; que estoy cansado de oíros. ¿Vos, don Bernardo, rogáis por hombre a quien yo castigo? ¿Es camino de granjear mi voluntad oponeros a mi propia voluntad? ¿Por un hombre cuya espada (no puedo disimular mis celos) atiende solo no a reñir, sino a matar rogáis? Señor, advertid que don… No le nombréis más: ya sé quién es, don Bernardo, y vive Dios si porfiáis, que ha de hallarme en la justicia quien me busca en la piedad. ¿Qué es esto? Esto es no querer. Vive el cielo que aquí hay oculta causa que incluye con el Rey, por Lope mal; pero, aunque su gracia arriesgue, la tengo de averiguar. ¿Tomó el papel? Recatado: después de haberle pedido que le pase de leído, le pasó deletreado. Después de habérsele dado, ¿qué hizo? Ni esta caravana. Pues dime, ¿qué te dio? Gana de no habérselo llevado: decid, dijo con recelos, que yo responderé hoy. No me digas más, que estoy corrida viven los cielos de que, por una esperanza que anoche apenas le di, trocado le halles así… Tener puedes más templanza. Desde ayer acá. Ahí verás: prémiale por vida mía, que, si quiso todo un día, los hombres no quieren más. Averiguar es forzoso… Tu sentimiento me di. Si tiene celos de mí. Gordo está para celoso: que él fuese el de anoche dudo. Yo no lo llego a dudar: la voz me pudo engañar, ¿pero el talle cómo pudo? Pues sosiegue en tu cuidado la mal fundada pasión, que aqueste ha sido picón, porque yo le di al criado Galindo vanda y billete y, sin decir nada más, escapé, porque detrás venía como un cohete el Rey. ¡Terrible disgusto! Y, por huir la ocasión, lo dejé sin más razón. Ahora te perdono el susto. ¿Hija? ¿Señor? A su alteza y a la infanta mi señora, que ahora en el cuarto entra del Rey, solicito hables y que ruegues que interceda con el Rey para casarte con don Bernardo Cabrera. Ahora llega a esta sala y el Rey en esa otra pieza quedaba con don Bernardo: como prudente aprovecha la ocasión. Advierte que… Pero ya su alteza llega; yo me voy: háblala tú, que yo estaré en esta puerta hasta ver lo que resuelve. Tu precepto es mi obediencia, pero primero es mi amor cuando en la elección no arriesga nada el lustre de mi casa. Pues esta ocasión no pierdas. Vete allá fuera. ¿Leonor? Deme la mano tu alteza. ¿Qué hacías aquí? Esperar a que a tu cuarto volvieras, que tengo una intercesión que hagas por mí. Como fea en tu aumento, en mí hallarás juntos amor y fineza: habla. Digo que mi padre, sea cariño o conveniencia o sea elección o aviso, sea inclinación o estrella, darme un esposo ha tratado de tan señaladas prendas que no tiene para mí más falta que no tenerlas: quiere que ruegues al Rey que, por que este empleo tenga brevedad, si es que hay fortuna que venga con ligereza, que me le dé por esposo con las mercedes que espera. Y no me culpes de fácil, señora, aunque lo parezca, que esto es sonido de un ruego, pero en voz de una obediencia: anoche el que dueño mío se llama, aunque no lo sea, dio más suspiros al aire que hay en ese cielo estrellas. Del palacio en el terrero dio muerte… Leonor intenta casarse con don Urgel, que estas son todas las señas de lo que a él le sucedió. A un hombre que con violencia quiso que una voz fingida supliese a una verdadera: y así… Yo lo haré, Leonor. He pensado que tu alteza no ha querido que mi ruego con la razón cobre fuerzas y me ofrece su favor antes que ejercerlas pueda. De los favores del Rey tengo tantas experiencias que él hará cuanto yo pida y yo, cuanto tú deseas. Otra vez tu mano beso. Y yo, señora, la tierra que pisas, habiendo oído lo que a mí y a Leonor premias. En lo mucho que os estimo no es empeño en mí la deuda. Luego, bien podré, señora, darle estas felices nuevas a don Bernardo. ¿Qué es esto? ¿Qué he escuchado? A espacio penas: ¿a Cabrera? Sí, señora. Yo pienso que ya su alteza le ha casado en Zaragoza. Pues, siendo de esa manera, sólo pediros perdón puedo. Todo lo que sea conveniencia de Leonor podéis esperar que atienda. Beso vuestros pies. Y dime: (en el pecho tengo un etna) ¿te ha pedido don Bernardo?, ¿te sirve?, ¿te galantea? o ¿en qué estado está tu amor? Señora, yo… Habla, no temas. Direle cómo don Lope es quien sólo me festeja, por que su favor me valga. Prosigue, pues: ¿qué recelas? Don Bernardo… ¿Quién me nombra? ¿Señora? Yo en esta pieza digo… que… pasaba… estando… el Rey… si acaso, si es fuerza… ¿Qué dices? Al Sol he visto turbar con luces serenas los ojos, mas no las voces; pero, como más honestas las luces de vuestros ojos, las del Sol hermoso enmiendan; es que solicita el Sol que a mirarle no se atrevan. Vos, que no haya quien de hablaros tenga valor, conque es fuerza que vuestros rayos dispensen con majestad y modestia que suba el labio a los ojos, la vista baje a la lengua, que ellos permitan la voz y, las turbaciones, ella. ¿Leonor? ¿Señora? Advertida me avisa si el Rey se acerca. Sí haré: después la diré mi cuidado. Ya de vuestra turbación, Conde, el motivo sé y el disculparle es fuerza, que en un novio… ¿Qué decís? Que ahora os doy la enhorabuena del casamiento en palacio. Parece que esto concuerda con lo que me dijo el Rey. ¿Quién, señora, tan aprisa os dio la noticia? ¿Quién? Quien interesada en ella quizá la ha solicitado. ¡Oh, lo que debo a mi estrella! Por si lo dice. ¡Ah, traidor! Gozad mil siglos la prenda que vuestros méritos nobles y vuestra sangre granjean, que sólo vos merecéis este empleo. ¿Hay quien merezca el dueño hermoso que adoro ni quien competirla pueda? ¿Qué?, ¿no hay otra más hermosa? ¿Cómo puede haber quien sea ejemplo igual a quien es comparación de sí misma? ¿No habrá quien la iguale? ¿Quién? Grosero sois y debierais, no por quien soy, por mujer, hablando con advertencia, saber que delante de una no se alaba otro belleza. ¿Pues hay otra dama aquí, señora, que vuestra alteza? La que alabáis. ¿Qué es aquesto? Pues decidme: ¿acaso esa no es la misma de la boda? Pues para que yo me ofenda, ¿qué importa fuese distinta? ¿Pues no sois vos…? El Rey llega. No le entiendo a don Bernardo. ¡Qué confusión será esta! Aquí están. Por que no digas, don Bernardo de Cabrera, que no tiene la justicia lugar para la clemencia, vengo a hacer lo que me pides. Ya tienes en tu presencia a don Urgel perdonado, que no quiero yo que pueda más su culpa que tu ruego: a darle los brazos llega y agradeced mi favor. Con el alma lo agradezca quien por vuestro ruego sólo vida y libertad granjea. El Rey pensó que rogaba por don Urgel. Ya que seas tan piadoso, esta vez solo justiciero te quisiera: ¿no perdonas al que dice que es culpado? Tú lo ruegas. ¿No te llama Europa toda el prudente? Esa es estrella. ¿El justiciero? Soy rey. ¿El liberal? Es herencia. Pues prudente, justiciero, y liberal, ¿cómo dejas tantos heroicos renombres que te puso la experiencia? Premia, si eres liberal, a un hombre cuya modestia con el mérito se iguala y a un hombre de tanta[s] prendas que está sirviendo sin premio y sé yo que no se queja. ¿Hombre en Zaragoza a quien yo no premie y lo merezca quién es? Don Lope de Luna, que es hijo tercero… Espera, ¿hijo del conde don Lope de Luna? Cuyas proezas le dieron al bronce líneas y a la fama dieron lenguas. ¿Y está ahora en Zaragoza? Y ha hablado con vuestra alteza y ha sido tan desgraciado, tanto… ¡Por cuánto no fuera desdichado el que merece! Llamadle. En mi cuarto espera: voy por él. Oye, Bernardo, ¿qué le daré que ser pueda a tantos servicios suyos premio, si no recompensa? Dale algo de lo que a mí me has dado y a entrambos premia, porque, quitándome a mí los cargos, de esa manera me quitas los envidiosos, que son los más que me pesan. Ya la intención te envidiara si fuera ello, que es tan buena que se iguala con tu sangre tu piedad. Tú me la enseñas. En fin, ¿merece don Lope mi favor? No habrá quien tenga más señalados servicios. En las islas de Cerdeña te coronó y te hizo rey del mar (si hay quien de él lo sea). Y doce años te ha servido en la paz, teniendo guerra de ver a otros más premiados. ¿Pues qué hizo? Tener paciencia. Déjame su memorial. Si ha de consultar tu alteza los demás, aquí están todos. La edad futura te lea en los inmortales bronces con Alejandro y con César. Leer quiero el memorial: este dice en su cubierta el conde de Ribagorza y este está sin nombre… Apenas puedo lograr un suspiro. Y parece que es la letra de mujer. Leerle quiero: así dice. Noche, llega. Leonor. Sin duda dentro del pecho tiene el corazón imprenta que a un tiempo dejó en el alma escritas todas las letras: ¿Violante? ¿Qué mandáis? Leed este papel: quisiera que se engañaran mis ojos y no oyeran mis orejas, que dijese a don Bernardo todo mi amor y lo sepa, ¿y es doble con mi corona?, ¿le has leído? Y apenas dejó el corazón vapores para que los ojos lluevan. ¿Ves mi desprecio? Y tu injuria. ¿Ves mi dolor? Y tu pena. Pues quédese entre los dos disimulada esta ofensa, mas no callarán los ojos.El oído no lo sepa, porque a los demás sentidos lo dirá. Bien me aconsejas. Yo vengaré este desprecio. Yo castigaré esta ofensa. Hoy el traidor don Bernardo… Disimulemos, que llega. Deme tu alteza los pies. Los brazos también merezca el mal valiente soldado, el más… Llamarle quisiera más leal, pero mis voces en mis celos escarmientan. Alzad, don Lope, del suelo. Si vuestros brazos granjea el que está humilde y postrado, no quiero dejar la tierra. Venid conmigo. Yo beso por él los pies a tu alteza, que es él tan agradecido… Dejad eso, que ya suenan a lisonjas vuestra voces. Dejadle que le agradezca la merced que el Rey le hace, que el respeto tiene lengua y nunca ha necesitado de intérpretes la modestia. Señor, en agradecer… Dejad que conmigo venga: idos vos si vos queréis, que quiero, viéndole cerca, que esté en mi memoria quien ha estado tan lejos de ella. Yo vengaré una traición. Yo satisfaré una queja. Venid, Conde. ¿Me llamáis? No hablo con vos. Ya serena el Sol de Aragón. Parece que se han levantado nieblas. Burló un vasallo mi amor. Estatua soy. Soy de piedra. ¡Gran dolor! ¡Deslealtad grande ! Gran dicha para primera. Todos los orbes deliran, la Luna crece, el Sol mengua.
JORNADA TERCERA
Quien hubiere visto a un amo, que la fortuna me dio (pues descartando uno malo vine a hallar otro peor), dígamelo, que a estas horas en casa, jurando a Dios, ni se acordó de comer ni de que comiese yo. Y todo el día en un cuarto, sin mirar la luz del Sol, se encierra hasta que anochece y, luego, hecho de cartón, con los murciélagos sale, de que presumiendo estoy que a galantear al terrero viene su nocturno amor. Y, así, aquí vengo a buscarle, aunque de su suspensión bastante causa es haberle dado el Rey tan fiera coz en su privanza que ya toda su gracia quebró. Yo tengo de averiguar, don Lope (por más que vos digáis que no fue Cabrera el que a Collantes mató), toda la verdad, supuesto que, si ha sido la ocasión un galanteo, es preciso que a lograr venga el favor todas las noches. Advierta vuestra majestad, señor, que don Bernardo, a la hora que la muerte sucedió, estaba hablando conmigo y aun de mí no se apartó toda la noche. Don Lope, la ley que tiene con vos Cabrera pagáis así, pero creedme, que yo estoy mejor informado. Si algún aleve traidor envidioso de su dicha, acaso… Bajad la voz y, para satisfaceros, tengo de fiar de vos mayor secreto. Podéis. Pues yo idolatrando estoy a una dama en mi palacio, que es cielo de tanto Sol. No es menester ponderarla, pues sobra vuestra elección. Nada os puedo recatar y, por que veáis si es o no verdad, la dama que os digo es… ¿Quién? Doña Leonor de Aragón. Sagrados cielos, ¡qué escucho!, ¡sin alma estoy!, ¿y os corresponde? Ni un risco es dura comparación de su pecho; no el escollo que el espumoso furor burla del mar, la aventaja en la constancia y rigor con que me desprecia. ¡Albricias! Vuelve a vivir corazón. Pero no es esto, don Lope, lo que incita mi furor, sino saber que a este tiempo otro galán admitió. ¿Otro? ¡Ay de mí!, ¡que ya esto es ir de mal en peor! Don Bernardo de Cabrera es el que la festejó y el quien osado a Collantes en el terrero mató: este papel lo confirma, en que la misma Leonor le confiesa y le agradece con una banda de acción. Mirad, pues, si queréis más testigos. Pluguiera a Dios no hubiera contra mí tantos: pero si ella no ignoró que fui yo, como atribuye a don Bernardo… ¡Ay, amor!, ¡ay, celos! ¿Dónde me llevas, vil, receloso temor de mi mudable fortuna?, ¿no me dirás dónde voy? Mas gente veo; sin duda que en la soledad buscó mis ternezas. Muchos bultos, si miedos míos no son, al terrero le han salido, que da a entender mal humor. Por una parte y por otra sitiado pienso que estoy. ¿Qué podré hacer? Pues don Lope, fío de vuestro valor reconocer cuerdamente y con recato quién son los que en el terrero están a una y otra parte. Voy a servir vuestra alteza. ¡Ay, Violante! Quien perdió tu favor mil veces muera loco de celos y amor. Yo voy por aqueste lado; ve tú por ese, señor. Con pasitos de fantasma, o los finge mi temor o se viene un bulto hacia mí ahora a conversación. Un hombre hacia acá parece que viene con intención de reconocerme; quiero salirle al paso. Estos dos vienen a cogerme en medio y se me ha puesto por Dios en cuclillas toda el alma y, a gatas, el corazón. ¿Quién va? Un hombre solamente que intenta saber quién sois. No es empresa para un hombre solamente. El rayo dio Galindo en cas de Tamayo: volved del desmayo en vos; una gran batalla temo. Ved que soy mucho hombre yo para que reconocerme pueda todo un escuadrón de leones y de rayos. Esta espía que salió del ejército enemigo me enamora alrededor. ¿Es don Bernardo? ¿Es don Lope de Luna? Don Lope soy. ¿Con quién venís? Con el Rey, que conocer deseó quién en el terrero estaba y, así, de mí lo fio. Vamos, don Lope, pondreme a sus pies. Sol de Aragón, venid. Demonio, ¿quién eres, que me estás como peón encordelando a escarceos? Como a Collantes estoy tomándote la medida para darte de anturbión. Ropero de la otra vida, que Bercebú te envió, vete a cortar de vestir a Judas. La obligación en que estoy a vuestra alteza por la merced y favor que hace a don Lope de Luna, de tanta sangre blasón, no pagaré con la vida. Conde, don Lope llegó con tantos merecimientos que no tengo en Aragón con qué premiarlos. Del polvo me levantáis como Dios. Alzad del suelo, Maestre de Montesa que vacó, para cumplir con mi deseo por Íñigo Vásquez hoy. Viváis más años que el tiempo de dos mundos vencedor. Con vuestro valor lo espero. De noche es; soñando estoy. Más has de soñar, Galindo, de noche y de día y yo que me sueñes he de hacer. Eres fullero mayor de la fortuna. El maestrazgo que el Rey tan bien empleó mil años goce vuestra señoría, señor don Lope. Señor conde de Módica, todo lo deberé siempre a vos: hasta salir no sosiego de esta amante confusión. Cierta salió mi sospecha: miren qué presto le halló mi cuidado en el terrero. ¡Cielos, qué mudanzas son estas, que en el Rey parece que me amenazan! ¿Quién vio en tan pocas horas tanta novedad sin ocasión? Yo apuraré mis desvelos . Tarde es; recojámonos si os parece ya, Maestre, que el Conde será razón que se quede en el terrero a negocios de su amor, que no es justo que se espere doña Leonor de Aragón. Yo no tengo más cuidado que el de serviros, señor, ni más amor que el que os debo ni más vida ni más… Sol de Aragón, quedaos, que a mí de esta Luna el esplendor me basta que me acompañe, pues ya en mi gracia creció, y vuestros rayos ofenden más que alumbran. Vive Dios que os ha engañado, que miente el envidioso traidor que de mí con vos… ¿Qué es esto?, ¿qué loca altivez os dio esas alas para hablar con tan ciega presunción, don Bernardo de Cabrera, delante de mí? Señor, vuestra alteza… Tan grosero como venturoso soisquedaos, no vengáis conmigo.Esta fábrica cayó por tierra. Vamos, don Lope. Paciencia, Conde, y a Dios. Como no la ha menester, da ya lo que desechó. Paciencia y a Dios, Galindo; quizá, como eres bufón, hallarás para tenerla en su muladar a Job. Tú eres muladar, basura, la mayor y la menor de todos los muladares que hay desde aquí hasta el Japón. Miren de qué modo ahora don Bernardo se quedó estatua de piedra sal, como la mujer de Lot. ¿Esto efencho? Echada está la suerte de mi destino y, del modo que se vino, la fortuna se me va, sin dar nunca más razón que mudarse eternamente, y se va sin ocasión. ¿Quién está aquí? Lucifer, de su dicha renegado, y un criado que anda echando a sus amos a perder. Vámonos de aquí, que ya viene amaneciendo el día, si para la dicha mía anocheciendo no va. Vamos. ¡Qué notable guerra que llevo con mi cuidado! Vive Dios, que me ha probado la dicha como la tierra. ¿Yo a doña Leonor jamás he galanteado? ¿Yo? ¿Yo? ¿Qué premisas el rey vio en mí de esta culpa, más que las que me han levantado mis enemigos con él? Que en esto ha sido cruel don Pedro y yo, desgraciado. Mira que pisamos ya, de los patios del alcázar del rey don Pedro, las losas que van a losa por planta. Galindo, a mi cuarto. Abiertas las puertas, señor, guardan: deben de esperarte dentro los pretendientes. Se engañan; entremos, Galindo. Entremos. Ahora vete y descansa, que yo he de ir a ver al Rey. ¿Pues qué?, ¿primero no tratas de recogerte algún rato? Basta el campo de batalla, que sin el lecho, Galindo, traigo en los sentidos. Basta. Guarde Dios a vuestra excelencia, como en Aragón le aclaman tantos aplausos. Señor don Urgel, ¿tan de mañana por acá? Recibí anoche, en un pliego de Navarra, esta para vuestra excelencia y el que me escribe me encarga que en mano propia la dé, que es negocio de importancia, y vengo a eso sólo. A mí no sé quién pueda, con tanta recomendación, hacerme esa merced en Navarra y excuso el recibir mucho, de fuera de Aragón, cartas; pero por vos la recibo y la leeré. No me espanta ese recato en los hombres, que tan dignamente alcanzan el puesto de vuestra excelencia: yo soy al Rey hoy de guarda y voy a ver si se viste. A Dios. Amigo del alma, don Bernardo de Cabrera, conde de Módica, estaba fuera de mí hasta veniros a ver. Es debida paga a mi voluntad, señor Maestre. Hoy quiere sin falta que tome la posesión el Rey. Luna, muchas haga que a esa merced se parezcan. Todo estará a vuestras plantas, pues todo a vos os lo debo. Yo no he hecho por vos nada; vos os lo habéis merecido por vuestra sangre y por tantas prendas que os ha dado el cielo: hoy tenéis al Rey de gracia; gozadla como si hubiera de tenerla otro mañana y veréis cómo no os coge de sobresalto mudanza de la fortuna ninguna, que son las glorias humanas perecederas y muchas antes de la vida acaban. Cristal del mejor espejo de la más noble, más alta Venecia, que en Aragón dio esplendores a la fama, en vos he de verme siempre, porque me hacéis mejor cara que los que labra en palacio la lisonja cortesana. Y ahora, como caballero y como amigo, palabra de decirme una verdad, en que me va toda el alma, me habéis de dar, que a eso vengo. Ya mi cuidado la aguarda. Caballeros como vos, de prendas que nadie iguala, ocioso el entendimiento no han de tener; cosa es clara; supongo que amáis. Confieso que es verdad. Pues asentada esa parte, ¿quién ignora que la esfera soberana de palacio será el centro felice de vuestras ansias? En palacio es; nada os niego. Ojalá que lo negaras, ¡oh, cuán a mi costa voy descubriendo la campaña! ¿Quién es me decid…? Tened, si a preguntar vais la dama; porque a esa duda será imposible os satisfaga. ¿Por qué? Porque aun de mi pecho la imaginación recata la imagen; ¿ved cómo ella se ha de atrever a fiarla? Pues, entre vuestro secreto y mi noticia, es bien parta un medio la diferencia. Decidme cuál, si se halla. Yo no pretendo saber la que adoráis, pues me basta saber, el que una no sea, de quien… No habléis más palabra, que no es la que imagináis. ¿Tan aprisa (cosa extraña) sabéis la que decir quiero? No os puedo decir la causa, mas preguntad. ¿La que amáis, decid, por ventura es Laura? No. ¿Felisarda? Tampoco. ¿Es (¡cómo tiemblo al nombre!) doña Leonor de Aragón? No, don Lope. Albricias, alma. No sé qué os diga. ¿Por qué? Porque, si no es esta dama, ¿cómo de ella recibisteis un papel con una banda que os envió? Como… Eso: a mí me toca, pues a mí Marta me le dio con prisa tal que sin aguardar palabra dijo que a mi amo le diese; mi amo era ya don Bernardo, dísele y tomole. Basta para saber… Luego vos celoso por esta causa venís. No lo niego. Ved cómo los celos se engañan. Digo… Tened que el Rey pienso, si la llave no me engaña, maestra, que al cuarto mío, don Lope, a buscaros baja y no me atrevo a salirle a recibir. ¡Qué mudanza tan notable de fortuna! Su severidad me espanta. Deme a besar vuestra alteza sus pies. ¡Oh, cómo retrata en los ojos la crueldad de su apellido! ¿Aquí estabais, maestre? Como le estoy en obligaciones tantas a don Bernardo, venía a verle. Las que me paga a mí tan mal vengo, Luna, a averiguarle. Esa es rara merced que me hacéis, pues hoy veréis cómo os desengaña mi lealtad en la experiencia de las sospechas pasadas. Idos vos. Iré a dormir, señor, de muy buena gana, porque ando soñando en pie y traigo roncando el alma. Dadme las llaves, Cabrera, de los escritorios. Hasta las del corazón tenéis, con los secretos del alma. Veislas aquí y, juntamente, abridme el pecho. ¿Qué banda es esa? Señor… Mostrad: esta vino acompañada con el papel de Leonor: otro testigo que habla contra los dos en mi ofensa, que ya en poder de mi ingrata se ha visto también… ¡Estoy sin mí! Celos son la causa del enojo del Rey. Cielos, sin la culpa mía… ¿Qué carta es esa que se os cayó? Una que aún está cerrada, que hoy me ha dado don Urgel, y en un pliego de Navarra le enviaron para mí; y yo siempre que… Mostradla acá. Tome vuestra alteza: sobre mí, cielos, se caiga de una vez, para mi muerte, vuestra máquina estrellada Pocos renglones contiene y dice la firma… Extrañas armas busca contra mí la fortuna de desgracias. El infante don Martín. No son menester probanzas más que estas de sus aleves pensamientos, que quien trata correspondencias con quien es mi enemigo no traza servicios a mi corona con la lealtad a que estaba obligado. El Rey se va, Conde, leyendo la carta y es fuerza seguirle: a Dios. Luna, dad rayos de plata a Aragón, que su Sol muere a prodigios y a amenazas de eclipses sin culpa suya. Os respondan con palabras de lágrimas por los ojos, Conde, las lenguas del alma. Nadie lástima me tenga, que contra la sangre hidalga de la lealtad de mi pecho aun la fortuna no basta. Don Bernardo de Cabrera soy, que en fortuna alta y baja no puedo ser más ni menos; ¿qué es, pues, lo que me acobarda? Ea, sepa el Rey quién soy. Aquí se quede la guarda. ¿Señor don Ramón?, ¿señordon Urgel?, ¿qué es lo que mandan vuestras señorías? Vuestra excelencia de su prudencia se valga y esta cédula obedezca. ¿Cuándo en mi obediencia falta? ¡Sin mí vengo! ¡Sin mí estoy! Nunca mi valor desmaya. Yo, el Rey. La cédula del Rey pongo y, en su firma, las estampas de mis labios, como es justo, y me ajusto a lo que manda su alteza. Falta más, Conde. ¿Qué es, don Ramón, lo que falta? Orden es del Rey a boca, con esta cédula dada, que vuestra excelencia nos dé… La llave a mí. A mí la espada. Como su alteza lo ordena se ejecute: ¿hay más que haga en obediencia del Rey? Señor, no, sino que vaya donde vuestra excelencia esté. Vamos, don Ramón, que nada hay en mí que se resista, que parece que la guarda os di a vos para prenderme y a vos, la llave dorada para quitármela a mí. Son disposiciones altas del cielo y somos vasallos que hemos de obedecer… Basta, que yo lo soy más que todos y en la fe nada me iguala; vamos ahora a morir, que mil muertes no me espantan en llegando a esta experiencia. Historia más desdichada no ha representado el tiempo. Ah, soldados de la guarda, guárdese el orden. Fortuna, pues has vencido, descansa. Pesado soy si me empeño en dormir de lo tendido, cierto que lo que he dormido parece cosa de sueño. Adán el sueño inventó y, siendo en el Paraíso, saber lo que es sueño quiso y como un padre durmió. Mi amo. ¿Galindo? ¿Qué haces aquí? Señor, yo despertar para que alabes mi sueño. Luego, ¿no sabes mi prisión, Galindo? No: don Bernardo mi señor, tú has dado notable asalto; malo es caer de tan alto. ¿Sabes si hay algún traidor? No lo puedo colegir. Que un arbitrio se[a] cruel para que te vengues de él. ¿Cuál es? Irle yo a servir. La puerta parece que abren. Sí, es el Rey, porque don Lope no pienso que tiene llave a esta puerta. Yo me escurro. ¿Don Bernardo? Ahora hablenmi piedad con mi ternura: lo demás del alma calle. ¿Vuestra alteza en mi prisión? Felice de hoy más se llame vida que halla en vuestros ojos la libertad y la cárcel. Don Bernardo de Cabrera, cuya valerosa sangre teñirá segunda vez cuanto la envidia manchare, sabes que vengo a vencer mis iras con mis piedades, que, aunque en mí quepa un enojo, una venganza no cabe. El Rey de Aragón, mi hermano, en la mano diestra blande por asta el cetro: hoy de aquel, por quien llegan a mudarse el instrumento de forma y de materia el semblante, contra vos toda su ira fulminando está crueldades, que ha procesado la envidia hija de los hombres fácil. Conde, aunque vos obréis mal, sabed que conmigo vale más mi obligación que el duelo que de los desprecios nace. Yo he de daros libertad: esa escalera va al parque donde un caballo hallaréis que, cuando en la silla os halle, deje atrás vuestra fortuna. Pero temed que os alcancen mis suspiros, porque vuelan sobre el fuego y sobre el aire. ¿Tenéis culpa? Sí, señora. Decid, ¿cuál es? Ser tu amante y no decirte mi amor. ¿Mas quién no será cobarde cuando han de ser el respeto y el demérito quien hablen? ¿Y quién queréis vos que sepa premiar finezas mentales? Quien sabe que las merece. ¿Y qué ha de hacer la que sabe su desprecio? No lo crea. Yo lo leí. No profanes tu hermosura con tu queja; de mis disculpas te vale, que, si buscas la razón, solicitas el desaire. Luego, no la tengo. No: la vista puede engañarse, yo adorándote… Dejad, don Bernardo, las señales de los ojos, que tal vez porfiadas lágrimas salen de la ira, siendo a los ojos el odio quien las reparte. Si estáis sin culpa, mirad que esto es lo más importante para vuestra libertad. En mí no temo que se halle más culpa que la desdicha, si esta es culpa. Y la más grande: ¿vos tenéis correspondencias con don Martín el infante mi hermano, que está en Navarr[a]? ¿Quién puede con buena sangre ser desleal a su rey? ¿Disteis la muerte a Collantes? Vuestros ojos lo castiguen si fui cómplice ni parte para su muerte. ¿A Leonor habéis galanteado? Sabe mi estrella, que es quien influye, que os reverencié constante; que nunca de sus oídos fueron mis ruegos capaces. ¿La aborrecéis? No, señora, porque hay distancia muy grande de aborrecer a no amar. Estrella mía, ayudadme ¿Y la queréis? No la quiero. ¿Ni uno ni otro? No hay iguales causas por que la aborrezca ni inclinación por que la ame. Conde, os vuelvo a intimar que, si alguna culpa os saben, dejéis que el ruego la pula o que la ausencia la gaste. ¿Estáis inocente? Sí. ¿Tenéis amigos? Leales. ¿Y enemigos? Fui dichoso. Luego, los tendréis. Es fácil, pero sin culpa. Pues, Conde, vuestra inocencia os ampare, que yo de mi parte ofrezco y aseguro de mi parte hacer cuanto pueda el ruego, cuanto la piedad alcance. Al Sol de Aragón no pueden haber sombras que le manchen. Nubes ofenden al cielo; las nieblas manchan el aire; la Luna a quien le dio luz le obscurece los celajes y, cuando se eclipsa el Sol, también tiene el Sol menguante. ¿Se ha ido ya? Sí, Galindo. Don Lope ha venido a hablarte. Venga la Luna, pues ya el Sol de Aragón no arde. Noble amigo, por quien digo que mi estrella se mudó, que ninguno si no es yo sabe lo que es un amigo: pues tan fino y leal eres que tu fortuna me has dado, a hablarte el Rey me ha enviado. Don Lope, di lo que quieres. El Rey airado y cruel me envía (¡fuerte dolor!) a saber si de Leonor recibiste este papel. Muéstrale, don Lope, di… (este es el que se trocó) que Leonor me le envió y que yo le recibí. ¡Ay, más infeliz suerte! Cielos divinos, ¿qué haré? y ¿qué respondas?, porque le diste a Collantes muerte. Dile que esté satisfecho que no le maté. ¿No? No. ¡Que le haga los cargos yo de lo mismo que yo he hecho! Que este papel recibí con una banda con él; para mí era el papel y que no era para mí. Solos estamos los dos; bien puedes hablar conmigo. ¿Le diste la muerte? Amigo, no le maté; vive Dios. Pues yo sé quién le mató: yo me quiero declarar. Luego me puedes librar. ¿Quién le dio la muerte? Yo. Luego, el que habló en el terrero a Leonor tú fuiste. Sí. ¿Y el que dio la muerte allí a Collantes…? Fue mi acero. Luego, Leonor presumió que habló conmigo. Así es. Luego, ¿por eso después la banda y papel me envió? Tu astro se trocó y tu suerte, y ya influye rigoroso. Nadie se llame dichoso hasta que llegue la muerte. ¿Don Bernardo? Más constante resistiré la pasión. ¿Qué me mandáis, don Ramón? Estas cartas del Infante el Rey me ha dicho que halló en su escritorio. Sí, decid que las recibí. ¿Respondisteis a ellas? No. Pues esta carta mirad, que fue la que os traje yo y fue la que el Rey llevó: leedla, Conde. Escuchad. (Lee)El infante don Martín. ¿Y ahora qué respondéis? La firma y la letra es suya, mas no es mía la traición. ¿No le respondisteis? Nunca. Pues con vos habla la carta. ¿Tu fama, que es toda plumas, para escribir estas letras, no le hubiera dado alguna? ¿La disculpa no me dais? ¿Qué me respondéis? Escucha: que me llamo don Bernardo de Cabrera es la disculpa; que tenga satisfacción de mis lealtades quisiera, que ¿cuándo ha habido Cabrera en quien cupiese traición? ¿Y qué diré del papel? Que de mi fe no presuma vil traición. Aunque mi sangre no fuera sangre tan pura, ¿quién buscará otra corona si él me hace rey de la suya? Si no os vale la inocencia, poco pesa la disculpa. Si el Rey me escuchara… El Rey en esa cuadra os escucha. ¿Y qué es lo que dice, Conde? Contra vos… Hablad. Pronuncia sentencia de muerte, viendo que no disteis… ¡Pena dura! Satisfacción al delito ni descargos a la culpa, degollado en un cadahalso. Esa no es muy grande angustia: no hiere más por el filo la espada que por la punta. De la muerte no me irrito, que, cuando en ella contemplo, serviré al mundo de ejemplo si es muerte de mi delito. Si no hay delito, acredito vida más segura así; que, aunque ahora muera aquí, mientras mi fama durare, aquel que me condenare quedará a morir por mí. Lope, valor y templanza, alivio a mi muerte da: vamos, que deseo ya la hora de la alabanza; nadie en mí toma venganza; mis dichas son mis errores con mis amigos mayores; contento al suplicio voy y el primer valido soy que no muere entre traidores. Venid todos. Iré al Rey, a ver si sus iras templo. Los dos criados que traigo afirman con juramento que don Lope hizo la muerte. La noche de aquel suceso no solo del cuarto. Basta. Si ya ha llegado a este extremo, don Lope fue… Bien está. No deslustres justiciero tus piedades con tu ira. Yo sé la razón que tengo. A vuestras plantas, señor, viene a ponerse mi ruego, pues ya el tiempo de desdichas es de las verdades tiempo; vos, señor, habéis creído (según dicen los efectos) que de mis amantes ansias era don Bernardo dueño y que por mí don Bernardo dio la muerte en el terrero al músico de la Infanta; y es tan al contrario eso como ser solo don Lope el que aquella noche… Eso me toca decir a mí: yo, señor, fui quien sangriento a Collantes di la muerte, pero fue sin conocerlo, y me precisaba el lance. Yo, quien ha servido atento a doña Leonor y a quien sobre aqueste asunto mismo envió un papel y una banda, que del criado por yerro vino a manos de Cabrera. Y esto, señor, lo confieso, aunque sé que a vuestras iras me expongo porque, al extremo de ver cuán injustamente aflige el hado severo a don Bernardo, no es bien, aunque ya me arriesgue en ello, el que para su disculpa falte yo con tal silencio a quien soy, a quien él es y a lo mucho que le debo. Mira, hermano, si es verdad: volved a vivir alientos. ¿Qué es lo que he llegado a oír? Más declarados mis celos son ya: más disimular importa; aunque a noble afecto de vuestra amistad, don Lope, el descargo que habéis hecho por don Bernardo atribuir pueda, cuando todo eso sea así, su principal causa es la traición de haber hecho alianza con mi hermano. Ahora, señor, este pliego de Navarra he recibido y a darte cuenta de él vengo, por que luzca la inocencia del más leal caballero y la piedad de un rey justo. Es del secretario mismo de vuestro hermano. Leed. Perdón hay según voy viendo. (Lee) García López de Sarne. ¿Qué es lo que he escuchado? Id, Conde, y suspended al momento la sentencia de su muerte. Alas cobrará mi afecto Veis ahora, señor… Dejadme: que en lo mucho que le quiero bastaba menor probanza (una vez que a escuchar llego que no me ofendió en mi amor). Y por que veáis cómo premio, ya que veis cómo castigo, vamos, que ser el primero quiero, que mis brazos logre la enhorabuena. Yo a eso voy también: el corazón se quiere salir del pecho. ¡Gran día! Lleguemos pues; ¡más que espectáculo, cielos, es este que ven mis ojos! ¡Qué miro! Ay de mí, yo muero. Señor, yo llegué tan tarde… Calla, suspende el acento: claro está que la desgracia tiene paso muy ligero. Perdí un vasallo, un amigo, cuyo lastimoso ejemplo lo será a edades futuras. ¿Mas quién a su lado puesto le acompaña inmóvil bulto? Un amigo verdadero que con don Bernardo muere, por que supla el sentimiento al acero; mas mi muerte durará más, pues es cierto que moriré tantas veces cuantas en Cabrera pienso. Don Lope, tal amistad yo por él os agradezco y yo por él os la pago, también, con haceros dueño de Leonor: ya veis si hago por vos mucho, pues me venzo , y me olvido que os lo dije, y callasteis. Fue respeto. Vamos a morir, desdichas. Por que tenga fin con esto, también tiene el Sol menguante: perdonad sus muchos yerros.
