Texto digital

Texto digital de La comedia venatoria (incompleta)

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Luis de Góngora y Argote
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Iván Rodríguez Caballero.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Gómez Caballero, Iván. Texto digital de La comedia venatoria (incompleta). BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/comedia-venatoria-la-incompleta.

Logo BICUVE

LA COMEDIA VENATORIA (INCOMPLETA)

Aunque en humildes paños escondido y disfrazado en hábito villano, si es el mismo que desnudo soy vestido, aquel dios soy del coro soberano cuya dorada flecha y llama ardiente ha quitado mil veces de la mano el duro rayo al dios omnipotente, al fïero Marte la sangrienta espada y al gran Neptuno el húmido tridente, y he hecho con mi diestra no domada en medio el suyo conocer mi fuego al negro Dios de la infernal morada. ¿Qué me extrañáis? Alado soy y ciego, aunque sin venda, y alas me ha traído de un noble cazador el justo ruego, la humilde voz, el mísero gemido de un noble cazador, amador noble, siempre olvidado, nunca arrepentido; cuya grave pasión y pena doble ha vencido el desdén y la dureza del laurel casto y del robusto roble, y dellos cada cual por su corteza lágrimas muchas veces ha sudado de amor el lauro, el roble de terneza. Por él, y lo que es más, acá he bajado, porque sienta su ingrata cazadora la dulce flecha del arpón dorado y siga, no tan libre como ahora, la aljaba al hombro, con ligero paso, del venado la planta voladora; mas, con semblante de piedad no escaso, escuche al que le informa en voz doliente del amor suyo el lacrimoso caso. Pues no es razón que sola ella se cuente, con rostro siempre enjuto, las pasiones de la amorosa miserable gente, siendo yo aquel que enclavo corazones desde do nace el Sol a donde muere y desde Mediodía a los Trïones; así, pues, cuando aqueste brazo quiere, aqueste arco es quien lanza esta saeta, y esta punta dorada es quien los hiere. Para dejarla a su pesar sujeta, quiero esconder este arco y esta aljaba de este bosque en la parte más secreta, que, por la misma mano del que odiaba (como veréis), ha de quedar hoy hecha mansa y humilde, de soberbia y brava. Quédese el arco, quédese la flecha, en tanto que yo sigo, disfrazado, desde espeso jaral la senda estrecha; porque entre los monteros que han llegado del Príncipe de Tebas este día a perseguir el puerco y el venado, quiero de esa robusta montería algún rato gozar desconocido, y de su generosa cetrería; y al fin dar a entender que soy Cupido, aunque en humildes paños escondido. A mil torcidos cuernos dando aliento, mil ecos cazadores mil entonan, y con templados pájaros al viento, y a la tierra con perros, no perdonan; la raridad del aire en puntas ciento halcones solicitan y coronan; la nariz baja, canes extranjeros calando el monte van con pies ligeros. La blanca garza, que al romper del día, el rojo pie escondido en la laguna, las plumas del gentil pecho pulía con el purpúreo pico de una en una, y el viejo ciervo que a la par vivía del bosque, hoy teñirán, sin falta alguna, la garza del neblí las garras gruesas, el ciervo del lebrel las fieras presas. Tal es el aparato que ha traído y de tantos monteros se acompaña, que ave no abrigará su dulce nido, ni fiera pisará más la montaña, de espesas redes bien apercibido, para que ciña con manera extraña del vasto monte el áspero costado, fuerte muro de cáñamo anudado. En sola su confusa montería hay donde un buen oído se dilate: el corvo cuerno truena, el halcón pía, el caballo relincha, el perro late, el cascabel no olvida su armonía si se sacude el pájaro o se abate; así que todo hace un dulce yerro, caballo, cascabel, cuerno, halcón, perro... ¿Viene gallardo el Príncipe? Gallardo y galán viene, a fe, sobre manera. ¿Y de qué se vistió? De verde y pardo, o de mezclilla, que una y otro era. ¿Con qué armas piensa andar? Con solo un dardo de firme cuento y de cuchilla fiera, y un fuerte estoque a su siniestro lado de un tahelí pendiente dilatado. Tal se mostró aquel día al monte armado el rubio mozo, por su mal valiente, que manchó con su sangre el verde prado del jabalí cerdoso el fiero diente; y tal aquel montero desdichado, cuya temeridad pobló su frente de vengativos cuernos, en mal hora fue visto de la casta cazadora. Soberbia caza se nos adereza; pero dime, ¿de Cintia y de Camila has merecido hoy ver la gran belleza en sus albergues o en el monte? Vila adonde de aquel risco la dureza, sobre aquella aunque tosca hermosa pila, en tres Alpes tres venas se desata en líquida, en templada, en dulce plata. ¿Y di, estarán allí? ¡Ay!, se habrán ido a seguir con sus arcos una fiera que el sabueso de Cintia había sentido de aquel peinado cerro en la ladera. Busquémoslas; sabrán cómo es venido el Príncipe, que cada cual espera. Vamos; mas helas, vienen. Yo me espanto cómo con tal herida corrió tanto. Tan ligero el corzo es, que no da menos enojos el seguirlo con los ojos que alcanzarlo con los pies; y así por mi cuenta hallo que, si consientes decirlo, hizo más que tú en herirlo, la saeta en alcanzarlo. Mas quede el brazo contento, Camila, pues que de hoy más, aunque imposible, podrás decir que has herido al viento; y quede la mano ufana, pues lo hirió de manera que más herido no fuera de la mano de Diana. Pues de tal suerte corría que, mientras se desangraba, rastro hacer no dejaba de la sangre que vertía; porque, como viste y vi, siguiéndole su derrota, aquí dejaba una gota y otra una legua de allí. Bien corrió el ciervo; mas baste, Cintia, para encarecer lo que le vimos correr, decir que no le alcanzaste tú, que en correr y saltar tienes ligereza tanta, que sin mojarte la planta puedes correr sobre el mar, y, aunque ahora te fatigas, correr y echar mil traveses sobre levantadas mieses sin inclinar sus espigas. Y así, pues que te cansó muy mucho como el corcillo, mucho hice yo en herirlo, mucho la flecha voló. Por bien graciosa manera se alaban ellas ahora, la una de cazadora, y la otra de ligera. Aguardemos hasta ver si tienen, en tal lugar, Camila más que tirar y Cintia más que correr. Pero, Cintia, si se nota, bien salimos, por mi vida, tú con la aljaba perdida y yo con la cuerda rota. La aljaba se me ha perdido. Así lo puedes creer, si no se quedó al correr tras el corcillo herido. No sé cómo la perdí, ni aun entiendo de qué suerte rompiste tú una tan fuerte cuerda de un tirón. Yo sí; con tal fuerza y tan de veras el arco quise flechar por herirlo, que juntar hice las dos empulgueras: él la flecha despidió, y, queriendo abrirse cuanto lo junté, como fue tanto, la cuerda no lo sufrió. Tras de una fiera muy brava yo no sé qué más se pierda que, por herirlo, una cuerda y, por seguirlo, una aljaba. A buscallo quiero ir yo. Muy buena estaría la ida: tú serías la perdida en ir, y el aljaba no. Salgamos a consolarla, que amor acá me remuerde. Aguarda. Aun lo que se pierde en lo llano, no se halla; cuanto más lo que perdiste entre matas tan espesas. Muestras de alegre son esas. Y aun esas muestras de triste. No hay negarlo, triste estoy. Pues, porque no lo estés más, ten de ese hilo, y verás cuán grande maestra soy de torcer cuerdas. Ea, ten. No me detengas. Ea, acaba. Bien hallaré yo mi aljaba De esta suerte. Tuerce bien. ¡Mi Cintia! ¡Camila bella! Ay, ¿qué nos ha salteado? Quien escondido ha escuchado de cada cual la querella. ¿Y de ella, que habéis sentido, o al menos de mi cuidado? Siento de él, que me ha cobrado la aljaba que has hoy perdido. ¿Cómo así? Cintia hermosa, sirviéndote de esta mía y de este arco, que algún día trujo tu mano envidiosa. El don, Silvio, es tan galano, que en tomarlo anda ya cuerda, puesto que la aljaba pierda tal hombro, el arco tal mano. Mas no se dirá de mí que a los dos fui tan cruel, a ti en desarmarte de él, a él en quitarlo de ti. Pues sea de aqueste modo: que si te da Silvio el suyo, tú le des el arco tuyo; ganarás tú, y él, y todo. De esa suerte lo haré, por tu gusto y mi reposo. ¡O yo mil veces dichoso, que tal merced alcancé! No sé, Cintia, qué te diga; gana tenías de trocar. Tú no sabes qué es buscar en el monte con fatiga y el trabajo que andar es por esa espesura brava, donde hallara la aljaba y me dejara los pies. Esto aun es cuando se halla; mira tú si hiciera mal en trocar por un don tal el trabajo de buscarla. Por solo que no te arguya Camila más de pecado, ora de fuerza o de grado le has de hacer trocar la suya y el arco, aunque esté rompido, con Floriscio. Haz que quiera, Cintia, de cualquier manera. ¿Trocarás si te lo pido, Camila? No, en buena fe. ¿El porqué no me dirás? Floriscio, no sepas más de que es mi gusto el porqué. Pero tú dime qué ganas en ello, que así porfías. Tener yo cosa en las mías de tus manos soberanas, y armas que del corazón con la sangre yo bañé. Floriscio, grande es tu fe; trueca, mas con condición que me digas si ha llegado el Príncipe, que deseo saber ya nuevas de él. Creo que ya en la montaña ha entrado. ¡Oh arco de mi consuelo, do se pusieron mil veces tales manos: bien mereces ser llamado arco del cielo, pues el mismo efecto tienes, causando en nuestros amores serenidad de favores tras tempestad de desdenes! Floriscio, déjate de eso, que nadie te ha de querer, y lo que puedes hacer en pago del buen suceso, es llevarte a Silvio luego, y ambos dejarnos aquí a tu Camila y a mí. Hágase de Cintia el ruego, aunque por ello perdamos su dulce conversación. Acá dejo el corazón; pero voyme. Presto. Vamos. A trueco de verlos idos, como soy la que interesa, sé decir que no me pesa que vayan favorecidos. Allá vayan, y tú ahora me cuenta, porque es extraño, de Daliso el dulce engaño con su ingrata cazadora. Ayer te lo comencé a contar y hice pausa, no me acuerdo por qué causa; óyelo, que es bueno a fe: de un lantisco, cuyas hojas sombra daban, y sus ramos ganchos de donde colgamos los arcos, las cuerdas flojas, al verde pie recostadas, que alivio y sombra nos dio, estábamos Clori y yo calurosas y cansadas, y adormecidas después al son de un lento arroyuelo, que bañaba el verde suelo y a las dos casi los pies. Una solícita abeja, sin tener en mi mancilla, maltratada en la mejilla y dolorosa me deja. Diome, aunque breve, el tormento tan terrible la picada, que, a mis quejas alterada, Clori despertó al momento y con gana de burlar me dijo: «No estés quejosa, que teniéndote por rosa muy bien te pudo picar; porque tal estás ahora, que la abeja te juzgó por rosa que se cayó del rojo seno a la Aurora; y aun la más fresca de aquéllas de que ella ciñe su frente, cuando vierte desde Oriente bello aljófar, perlas bellas; y así, perdónale el daño, pues las dos ganáis de un arte: ella dulzura en picarte y tú alabanza en su engaño. Pero si te da tal pena la picada, bien sé yo palabras que me enseñó la gran mágica Filena: que mordiendo la picada tres veces, y dichas quedo, hacerte con ellas puedo que el dolor sea poco o nada.