Texto digital de El cerco de Zamora
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El cerco de Zamora. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/cerco-de-zamora-el.

EL CERCO DE ZAMORA
JORNADA PRIMERA
AApadre se ha recogido? LV Sobre el lecho se ha quedado dormido por ser ya tarde: un Caballero ha llegado a la Ciudad esta noche de parte del Rey Don Sancho, y como sabe la Infanta lo que pretende su hermano, antes de oír su embajada, con mi señor en su cuarto, confiriendo la respuesta que le han de dar, han estado. Y quién es el Caballero? No juzgué yo que ignorarlo pudieras, porque a estas horas no creí que fuese acaso, señora, el estar vestida. Ya de tu malicia saco que es Don Diego. El mismo, pero tu poca alegría extraño. Pues cómo también no extrañas el descuido que ha mostrado, no viéndome en cuatro meses Diego Ordoñez, no ignorando, que nuestra edad y deseos tienen unos mismos años? Si todo ese tiempo estuvo con las armas en las manos, ya en León, y ya en Galicia, sin apartarse del lado del que es su Rey y su amigo, no hay razón para culparlo. Cuándo llegó? . Habrá tres horas. Y en no enviar un criado a darme aviso, hay disculpa? A estas horas, no está claro, que te juzga recogida? No, porque yo le he avisado. Con quién? . Con el Escudero. Pues él viene. . A tres recados, fueran mis haberes muchos. Qué hay, Pierres? Habéis hallado a Don Diego Ordoñez? . Bueno, jamás zaguero he quedado en estas mandaderías: él pardiez es un Fidalgo asaz manírroto. . Cómo? Dos maravedís me ha dado. Dónde queda? . En pos mío se ha venido hasta este cuarto con Laín. . Pues a qué espera? Digo, está seguro el campo? Sí, dile que entre: vos, Pierres, avisad en despertando mi padre. . Mi vista es corta, y mis oídos muy flacos para atalaya. Idos pues: tú, Beatriz:: . Pierde cuidado. Buen rapagón para posta. . Entra, que te esrá esperando. Leonor mía? . No conforma lo que pronuncian tus labios, con lo que el semblante muestra. Mis deseos te llamaron mía, y el semblante dice, Leonor, cuán desesperado me veo de que lo seas. Pues si mi padre y hermanos gueran, y tú lo deseas, quién hay que pueda estorbarlo? Mi desdicha. . Cómo? Escucha, y verás, Leonor, que es vano mi deseo, si del tuyo no le valiere el sagrado. Desde nuestra tierna infancia nos criamos en Palacio, por Méninos de la Reina esposa del Rey Fernando. Criose amor con nosotros, y apenas diez y seis años para sustentar la espada me dieron fuerza en la mano, cuando para merecer la tuya logró en el campo mi suerte, cuanto el arrojo de mis bríos intentaron, no premios; porque después de tantos sitios y asaltos, batallas y escaramuzas, mis rentas y mis vasallos se cifran en esta espada, unas armas y un caballo. Murió el Rey Fernando en fin, y más piadoso que sabio, dejó de León el Reino a Don Alfonso: a su hermano Don García el de Galacia, y el de Casrilla a Don Sancho; el cual fenecido apenas, con más piedad obligado, dejó a Toro a Doña Elvira en el Reino Castellano, y el antecedente día que falleció, lastimado de oír las quejas de Urraca, envueltas en ira y llanto, también la dejó a Zamora, y a tu padre por su amparo. Don Sancho, pues concluido el funeral aparato, marchó a León con su gente, donde le estaba esperando con la suya Don Alonso, y al opósito marchando le presentó la batalla, que deseaba su hermano. No nos hallamos en ella el Cid ni yo, que ocupados en reprimir la soberbia de Aldemón, Rey Toledano, estabamos, cuando aviso tuvimos, de que esperando nuestras personas estaba el Rey: más cuando llegamos ya retirado en un monte, vencido y desbaratado de su hermano Don Alfonso, hallamos al Rey Don Sancho. Recogieron las trompetas algunos de los Soldados, esparcidos con el miedo, de la rota y animados, sino de mí, de Rodrigo Diaz de Vivar, bajaron de la eminencia del monte a los términos del llano. Envistiéronse furiosos, y aunque eran los Castellanos pocos, y su razón menos::- Pero para qué te canso, si sabes que Don Alfonso, vencido y preso, forzado la Cogulla de Benito recibio; que en el espacio de un mes, León y Galicia juraron Rey a Don Sancho; que Alfonso dejó el Convento, y que en Toledo amparado vive de su Rey; que a Elvira quitó a Toro, no bastando mis ruegos, siendo mi amigo, aunque mi Rey, a estorbarlo. Yo te confieso que ha sido yerro el no haber recelado, Leonor, el lance presente con tan crueles presagios; pero quiso mi desdicha, que no temiese el amago del trueno, porque cayera sobre mi esperanza el rayo: pues cuando contra su sangre juzgué que estaba templado su enojo, contra Zamora mandó que márchase el campo, y contra la dicha mía; porque siendo Arias Gonzalo el que a Zamora defiende, fuera intento temerario, Leonor, que yo le pidiese al Rey, siendo su vasallo, licencia para casarme con hija de su contrario, cuando el que es fiero con todos nombre de amigo me ha dado. Mira si el sentir es fuerza, que cuando en decentes lazos coger esperaba el fruto que sembré, Leonor veinte años, se vean mis esperanzas casi muertas a las manos del empeño de tu padre, y rigores de Don Sancho. Ya, Don Diego, te agradezco lo que te estaba culpando: yo también siento lo mismo que sientes; pero no tanto, que de ser tuya, el desco llegue a estar desespetado, pues puede ser que la Infanta le dé Zamora a su hermano. Esa esperanza me queda. Mucho, Don Diego, me espanto de que desmayen tan presto corazones tan bizarros. Presto tendrá fin la guerra, que a tan numeroso campo es poca empresa Zamora. Ese fin estoy temblando: pluguiera a Dios, Leonor mía, que ya una vez empeñado en defender a Zamora tu padre con tus hermanos, fuera el intentar ganarla con su Ejército Don Sancho tan dificultosa empresa, como dar al Cielo asalto; pero el sentir es forzoso, Siendo el defenderla en vano, que su honor y el de sus hijos ponga a riesgo Arias Gonzalo, cuando yo::- . No prosigáis, que es desaire muy pesado disculpar vuestra mudanza, Don Diego, con mis agravios. Su vida, y la de sus hijos, mi padre arriesga, guardando la palabra que en su muerte le dio a su Rey Don Fernando, no el honor, señar Don Diego; pero si lo habéis juzgado, no aventuréis vos el vuestro, que yo del mío me encargo. Necio anduve: eso te enoja? Y con razón se ha enojado, pues teniendo apenas tiempo de verla, le estás gastando en sentimientos. . Los suyos más parecen desengaños con capa de sentimientos. Esos ti que son agravios: los honores que tu padre del Rey estaba esperando, son los que siento que arriesgue, que ni en el Rey ni en los Astros hay poder para impedirme ser no tu esposo, tu esclavo. Si de mi parte estuvieran, Don Diego, los embarazos, menos tiempo que en sentirlos gastara en atropellarlos; pero están de parte vuestra. Tratad de desenojaros, que tienen muy poco sueño los viejos. . Y más mi amo. Pues haz por mi una fineza, Leonor, si deseas tanto ser mía, como yo tuyo. Y es? Que a tu padre y hermanos dejes, y conmigo vengas, si después de haber hablado a la Infanta, la Ciudad no le entregare a Don Sancho. Pues si puedo con su gusto ser tu esposa, qué logramos con eso? . Que el Rey conozca, que yo no he querido hablarlos por ser enemigos suyos, y que tú los has dejado por eso, porque es preciso el mandarme, que la mano te dé luego. . Mas no puede, Don Diego, ser acertado, siendo yo quien soy, un medio que al Rey le obligue a mandarlo? Por qué? Porque han de juzgar todos: . Qué? Que te he fiado mi honor y que por cobrarle te sigo, que arrojo tanto sola esa disculpa tiene. Señora, que ha despertado tu padre. . Ya está rosiendo. Vete presto. En qué quedamos? En que busques otro medio mas decente. . No le alcanzo. Pues no ha de quedar mi honor Z. al arbitrio de Don Sancho. Mira que se está ciñendo la espada. . Qué esperan? vamos. Pues siendo el Cid dendo tuyo, como puede el Rey::- . En vano te cansas. . Pese a mi alma, que sale ya de su cuarto. Vete aprisa. . Adiós, Leonor, y piénsalo más de espacio. Si un poco más te detienes salimos de aquí casados. . Qué ciegos sois los amantes! sino encuentra con tu hermano Don Pedro, llega tu padre primero, que de tu cuarto Don Diego hubiera salido. Dicha ha sido. Tus hermanos dónde quedan? . Repartiendo los puestos a los Soldados. Tan de mañana, señor, vestido? . Bien por mi vida; pues estando tú vestida, de mí te admiras, Leonor? Él cuidado lo ha causado de verte en tan grande empeño. Quítete el cuidado el sueño, mas no te vista el cuidado. Yo, Leonor, no me he vestido, porque no me desnudé, como estoy me recosté; pero tampoco he dormido, que las muchas prevenciones, que es preciso disponer contra tan grande poder, traen mis imaginaciones, sino medrosas, inquietas; y no es el desvelo mucho en mí, pues tan cerca escucho de Don Sancho las trompetas, y defender la Ciudad me toca, y asegurarla: pero tú de qué muralla buscas la seguridad? Si aguardas al arrebol del Sol, hasta que el nublado de esta guerra haya pasado, no no ha de declararse el Sol. Ni espero que se declare, ni sé si después lo hará. Y en eso quién perderá mas? . Quién más lo desearé, y en mí no puede caber ni aún esa perdida. . No? No hables tú donde hablo yo: él vendrá más a perder, en cuanto a su inclinación, que en él es como lo creo, decente y justo el deseo, pero por otra razón, ni perdiera ni ganara, porque es (esto es evidente) tan noble como valiente, Don Diego Ordoñez de Lara. Oír a este hombre alabar de valiente, me enfurece. Dijeras que lo merece, si le vieras pelear; porque su espada y su lanza asombro del Moro son. Asombrales su opinión. Pero esa cómo se alcanza? Quién te mete en eso a ti? Con la dicha de encontrar cobardes a pelear. Pues él no la ganó así, sino de sangre bañado, entre mucha derramada. Trata de ceñirme espada, pues la ocasión ha llegado, y verás que no me espanta él ni Ruiz Diaz mi tío, que todos tenemos brío. Presto será, mas la Infanta viene ya: vete, Leonor. Yo, pues por qué? Porque es vano te hayas vestido temprano. Qué necio eres? . En rigor nada importa en cuanto a mí; pero sin ser menester madugar hoy, y no ayer, arguye cuidado en ti: y deshecho lo tratado ya por la guerra presente, no es en quien eres decente darle indicios de cuidado. El llegarlo tú a mandar basta. . En nuestro cuarto es pera. Desde esta puerta primera lo escucharé. . Qué pesar lleva! Avisad a Don Diego, que ya le aguardo. . Señora? Padre? . Vestida al aurora? Cómo ha de tener sosiego quién nació tan desdichada? Señora, del Cielo fía tu alivio. . Ay Isabel mía! Pedro, que le ciña espada dice, y con tu permisión se la ceñiré. . Mirad, que aún es muy poca su edad. Pero mucho el corazón. Ya será fuerza, señora. Mis pesares acrecienta el correr por vuestra cuenta la defensa de Zamora, que vuestros hijos son ya mis hermanos. . Nuestras vidas serán por vos bien perdidas. Echada la suerte está. Cualquiera en mi contra es. También le alcanza a Leonor del Rey Don Sancho el rigor. Qué importa? Dame tus pies. Don Diego, seáis bienvenido. Traigo tan poca esperanza del buen efecto, señora, que mi venida excusara si pudiera. . No ha diez días, Don Diego, que yo esperaba con galas vuestra persona, no en mi contra con las armas. Bien sé yo que no conformen con la intención las palabras; pues no ignora vuestra Alteza, que tengo en Zamora el alma, y de mi Rey vuestro hermano las numerosas Escuadras, que en esa florida margen del Duero, foso de plata, ya tomando puestos vienen, y con las tiendas que plantan, portatil Ciudad fabrican en su espaciosa campaña; no en contra de vuestra Alteza, si es inútil mi embajada, se han movido, sino en contra de Diego Ordoñez de Lara. Y contra mí. . La lisonja pudiera estar excusada. Que así lo juzguéis estimo: tomad asiento y la causa decid de vuestra venida, aunque no llego a ignorarla. Ya, señora, os obedezco: . oíd. . En vano se cansa. El Rey Don Sancho, señora, dice, que siendo su hermana vos es contra su decoro, que de él viváis separada, mientras no toméis estado, de cuyo efecto se encarga; y así, como hermano os ruega, y como Rey vuestro os manda, que le entreguéis a Zamora, porque no diga la fama, que vos en desprecio suyo hacéis fuerza lo que es gracia; pues de Castilla no pudo su padre demanciparla, y que en el Palacio suyo, como de Castilla Infanta, estaréis mejor, que no de Arias Gónzalo amparada, por cuyo consejo dice, que le defendéis la entrada en Zamora, amancillando la nobleza de su casa con tal traición: (yo refiero de Don Sancho las palabras, que a otro que mi Rey no fuera, le respondiera mi espada) y de esta Ciudad en cambio, dice, que en la Castellana Corona o en la Leonesa os dará, si retirada queréis vivir, la Ciudad que eligiereis entre tantas, y que os resolváis primero, que arrimando al muro escalas, con ejecución sangrienta castigue osadías vanas. Esto; señora, es en suma lo que el Rey decir me manda, pensad muy bien la respuesta. Ya la tengo bien pensada. Decidle al Rey, que ni culpo ni apruebo, que con las armas, desposeyendo a García y a Alfonso, se coronara Rey de León y Galicia, porque es crueldad paliada, con algunas opiniones, de que las fuerzas Cristianas triunfarán mejor del Moro unidas que separadas: mas quitarle a Doña Elvira, siendo mujer y su hermana, una Ciudad, que pudiera dársela en dote a una Dama, fue resolución tan fiera, que el Real decoro ultraja, y que para no creerle me ha dejado escarmentada, mas no para defenderme; y aunque otra vez en España:- Vuestra Alteza se reporte, que del Rey las amenazas claro está que hablan conmigo, puesto que traidor me llama. Permitid que por mi vuelva, en tanto que reparada de la ira vuestra Alteza, le pueda con más templanza responder. . Como a mi padre. os obedezco. . Las armas responden mejor Don Pedro? Oh vete allá fuera, o calla. No hay pocos años prudentes. El ser de todos la causa le disculpa. . Tarde espero, que se logre mi esperanza. Don Diego, el Rey Don Fernando dos horas antes que el alma diese a su Hacedor Divino, incorporado en la cama con dificultad, supliendo sus pocas fuerzas las ansias, en mal formados acentos de balbucientes palabras, me dijo: Gónzalo, amigo, mi muerte está tan cercana, que casi siento los filos de su invencible guadaña: cuando en presencia de todos mis hijos la dije a Urraca, quejándose de que sola quedaba desheredada, que allá en Castilla. la Vieja un rincón se me olvidaba, y que al que se le quirase mi maldición le alcanzara. Amén, respondieron todos, sino es Don Sancho, que calla este indicio, sobre muchos, que desde su tierna infancia, de su soberbia tenemos, y de sus fieras entrañas. Recelosamente inquieto, casi en las últimas vascas, para lo que más me importa mis sentidos embaraza. Sacadme de este cuidado: a vuestras valientes canas deba mi hija su amparo, como debió su crianza. De asistirla y defenderla me habéis de dar la palabra mientras viváis: esto os ruego y os mando, que no sin causa es la Ciudad que la dejo Zamora la bien cercada. Esto dijo, y en sus manos, ya de tacto y calor faltas, pleito homenaje le hice de servirla y ampararla. Y en cuanto a pensar que pueda caber en mi sangre mancha de traición por defenderla, que el Rey Don Sancho se engaña, y todos los demás mienten, defenderé en la estacada, que aunque setenta años tengo, como esta nieve declara, que la rizó la costumbre de encogerse en la celada; no ha mucho que acaudillando en las Vegas Toledanas del ya difunto Fernando las vencedoras Escuadras, animaba los Soldados al trabarse la batalla, mas que oratorios recuerdos el ejemplar de mi espada. Yo obedezco a mi Rey muerto, mas no aconsejo a la Infanta; que yo solo defenderla prometí, no aconsejarla, que si la defensa juzgan por empresa temeraría, contra mi fuera el consejo, pues sobre mis hombros carga. Y en fin, si Don Sancho gusta de entrar a ver a su hermana, abiertas tendrá las puertas, y mis labios a sus plantas; pero al Ejército suyo le hará resistencia tanta Zamora, que resucite las memorias de Numancia. Don Arias, viven los Cielos, que en defensa de la Infanta con vos y con vuestros hijos muriera en esas murallas, si el peligro de este arrojo con vuestras vidas cesara; pero de este lance el riesgo no con la muerte se acaba. En vos no, pues no os obligan como a mi precisas causas. No veis que guardar no debe ni homenaje ni palabra contra su Rey el vasallo? Yo sí, con segura fama, pues el homenaje hice también a mi Rey. . Don Arias, no alumbra el Sol que se puso. Yo haré notorio en España, que me desnaturalice. Advertid:- . Don Diego, basta. Mi intención, señora, es buena. No la ignoro pero es vana. Decidle al Rey que aunque juzgue que su crueldad me acobarda, ni de sus promesas fío, ni temo sus amenazas; y que ambición más honrosa sería mover sus armas contra veinte Reyes Moros que señorean a España, que quitar contra el precepto de su padre y de su fama, Solo un rincón en que vive una mujer y su hermana. Pero ha de comprar Don Sancho a más precio que su infamia, lo que por tan fácil juzga; porque antes que en las murallas de Zamora fijar vea de sus banderas las hastas, la sangre que al Duero corra de su gente será tanta, que en separados arroyos, mezclándose con sus aguas, juzgue sus frías corrientes listas de cristal y grana. No piense que soy Elvira, que por indeterminada vive pobre y escondida quizá en rústicas cabañas; porque han de buscar socorro contra su ambición tirana, mi razón de los Cristianos, y de los Moros mi rabia; y cuando me falten todos, mas que millares de Escuadras logra una mujer resuelta, y con razón irritada. Mirad, señora, si antes::- Mi cólera no me mata? Señora, escuchad. . Dejadme: un volcán llevo en el alma. . Guardeos el Cielo, señor Don Diego. . Señor Don Arias, mirad que es muy grande arrojo el vuestro. . Pero la causa que a tanto arrojo me obliga es mayor. Y mi desgracia. Entrando en un Monasterio mi padre a Leonor mañana, no quedará quien arriesgue con nuestras muertes su fama, que en mi padre y en sus hijos nuestro linaje se acaba. . Ya solo un medio me queda. Muchos más bríos que barbas tiene el rapagón. . Don Diego? Leonor, pues la temeraría resolución has oído de tu padre y de la Infanta; ya ves que solo la tuya puede lograr mi esperanza. De mi parte no hay estorbo, que tú te resuelvas falta. Mas que aguardáis a que vuelvan. Pues si estás determinada, yo vendré por ti esta noche. Bien podrás, si antes que salgas hoy de Zamora, conmigo te desposares. . No es rana. Pues no es lo mismo? . Señor Don Diego Ordoñez de Lara, en siendo yo vuestra esposa, seré con mi padre ingrata, no porque en mi caber pueda la menor desconfianza, que soy nieta de Láin Calvo, si vos lo sois de Mudarra. Y puesto, señor Don Diego, que es vuestra cordura tanta, no quiero arriesgarlo todo por el que no arriesga nada. No tengo que responderte, tú con tu padre lo trata, que lugar nos dará el Cerco. Yo se lo diré a la Infanta, que es más seguro. . Bien dices. Pues no se hable más palabra. Que si Don Sancho se enoja, como tú vivas en Salas gustosa, casa tenemos. Y bien desembarazada. Cómo tú no lo sintieras, pluguiera a Dios se enojara. Nada sentiré contigo. Si tú de mí no te apartas, juzgaré Palacio altivo la más rústica cabaña. No aventures que le vean, pues tan poco tiempo falta. Advierte que Arias Gonzalo sin duda en la puerta aguarda. Adiós. Adiós, Leonor mía. . Y tú saldrás con tu ama? Sí, como me des la mano de es poso. . Quédate en casa. . Ya de Diego Ordoñez siento la tardanza. . Si ha mudado con tu promesa de intento, la respuesta habrá pensado. Pensarla es atrevimiento, que sino tiene defensa contra mi poder, qué piensa, si pudiéndolo excusar la quiero recompensar? Dudará la recompensa. Pues si el loco que la ampara no me abre las puertas luego, y en mi ofensa se declara, la he de entrar a sangre y fuego. Mucho, señor, me pesara, que defenderla quisiera; porque si se resolviera vuestra hermana y mi señora, tomar tan presto a Zamora difícil juzgo que fuera; que como por la experiencia tuvo del Cerco evidencia, ha días que le previene Don Arias Gónzalo y tiene mucho valor y prudencia. Sus hijos, siendo Soldados grandes, por no ejercitados, son mis cércanos parientes, y sé que son muy valientes, porque sé que son honrados. La guarpición es bastante para estar bien defendida, la provisión abundante, y a quien sobra la comida, no hay peligro que le espante. Y para no ser minada, sobre estar tan bien murada, que son sus muros de acero, de un lado la cerca el Duero, del otro Peña Tajada. Si asolarla es vuestro intento, en mi entender sería error, que ha de ser trance sangriento; y en fin, por decir, señor, sin rebozo lo que siento, del asalto es evidente el riesgo, no contingente, que bien defendidos y altos sus muros, a dos asaltos habéis de quedar sin gente. No tenéis que aconsejarme, que en Zamora, Don Rodrigo, por mí solo he de guiarme. Ya, señor, podréis culparme, si otra vez os contradigo. Beso tus pies. . Tu tristeza me declara la entereza con que Urraca ha respondido. Convencerla no he podido; mas no admires que su Alteza, cuando se juzga efendida, te respondiese enojada. Presto estará arrepentida, si está tan bien defendida, como mal aconsejada de ese traidor. . Te ha engañado, señor, el que te ha informado; porque en negarte a Zamora Doña Urraca mi señora no está Don Arias culpado. Yo a su traición lo atribuyo, que sin el amparo suyo mudara Urraca de intento. Fuera contra el juramento, que hizo a su Rey, padre tuyo; y pues es noble y honrado, y a morir de conocido se arroja por lo jurado, que no le llames te pido traidor, sino desgraciado. No le obliga contra mí. No disputo si es así; mas él prometió lo justo, y no es ir contra tu gusto, lo mismo que contra ti. Y puesto que nadie ignora, que yo no sacar juré la espada contra Zamora, ni la Infanta mi señora, como en fin lo cumpliré, y llamas traición, señor, lo que es preciso en rigor? Pues yo en la culpa le igualo, si es traidor Arias Gonzalo, también yo seré traidor. Mucho este Cerco sentís. Él ser contra vos me abona. No está de enojarse un tris. Pero vos a qué venís? A guardar vuestra persona. Seguidle todos, matadle. No podréis. Mas qué ruido es ese? Que un hombre huyendo de la Ciudad ha salido. Y ya los que le seguían se han vuelto. . No es su designio en favor de los cercados, pues estorbarlo han querido. Presto sabremos la causa. Sin duda de algún delito busca en tu Ejército amparo. otro será su motivo, pues le traen a mi presencia. Dame tus pies. . Di qué ha sido la causa de que vinieses huyendo? . Es haber querido darte a Zamora, a pesar de Arias Gónzalo y sus hijos. Malo es esto. . Y como saben que me es fácil conseguirlo, darme la muerte intentaron, y el Cielo piadoso quiso, que de todos me librara. Yo tu buen deseo estimo; pero mucho dificulto, que puedas lograr el mío. Pues sin que pierdas tres hombres de tu Ejército, te afirmo, que he de entregarte a Zamora, o mi garganta al cuchillo, si mi promesa no cumplo. Jamas tal gozo he tenido: pues yo prometo premiarte. Que esta es traición imagino. . Pues tú de qué modo puedes cumplir lo que has ofrecido? Su Majestad solamente verá por sus ojos mismos, que es fácil, y no lo es tanto, si alguno les da el aviso, si bien, aunque se le diesen, no es posible el impedirlo. Pues no quiero dilatarlo; vamos. . Mira::- Don Rodrigo, nada me digáis, que ya la pasión he conocido vuestra y de Don Diego Ordoñez: ven que solo he de ir contigo. Las murallas se coronan. de gente. . Habrá procedido de mi venida. . Es sin duda. Qué cobarde es el delito! . Ah famosos Castellanos? Desde el muro nos da gritos Arias Gonzalo. . Qué quieres? Al Rey mi señor suplico, que me escuche. . Ya te escucha. Pues mira no des oídos a ese aleve, Rey Don Sancho, no digas que no te aviso. En vano engañarme intentas. Bien conoce su peligro. A no estar el Rey presente::- Estando yo con mis hijos me dijeron, no ha un instante, los que intentaron seguirlo, que del Cerzo de Zamora- un traidor había salido. No le valdrá su cautela. Mal mi cólera reprimo. Traidor fue también su padre, cobarde y advenedizo; y si para conocerle no es bastante lo que he dicho, Bellido tiene por nombre, hijo de Delfos Bellido. Advertid::- Nada me adviertas, que ya sé de quien me fío. Alguna traición intenta, y aunque cual es no he sabido, caballo de mala raza, no da de lealtad indicio. Presto verá el Rey tu engaño. Vamos pues, que ya le he visto. Protesto al mundo, que yo mi obligación he cumplido. No has de lograr tu cautela. Fidalgos, sedme testigos. . El viejo se desgañita. A mucha empresa me animo. Vive Dios, que he de matarle. Ven, señor. . Vamos, Bellido. Ruego al Cielo, que instrumento no sea de tu castigo. e o ts al crac
JORNADA SEGUNDA
JORNADA SEGUNDA Alguna traición ha hecho, pues huye del Rey Bellido: Dame el caballo. . Traidor, aguarda. En vano me animo, que la turbación ha puesto a mi torpe fuga grillos. Allí Ruy Diez me sigue, allí a Diego Oh doñez miro, y aquí me persigue el Rey tan airado como herido; todos me alcanzan: adónde me esconderá el temor mío, que no vea el espantoso semblante de mi delito? Ah si se abriera la tierra, porque en su horroroso abismo me asegurara la muerte del temor y del castigo! Espera, cobarde, espera. Ea, muerto valor mío, pues está tan cerca el riesgo, resucita del peligro. Zamora, recibe a quien por librarte compasivo, traidoramente piadoso cometió el mayor delito. . Aguarda; pero ay de mí! que sin aliento porfío en mi venganza: Ruy Diaz, Don Diego Ordoñez, amigo, que muere Don Sancho. Aquí se escucharon los gemidos: seguidme. . Don Diego Ordoñez de Lara? Pero qué miro! a mis ojos vuestra muerte, y vuestro amor en mi oído? de qué os sirvió mi lealtad, si os faltó en este peligro? Aguarda, traidor; mas Cielos, que aleves le han recogido los traidores Zamoranos, pues ya se vuelve Rodrigo de Vivar. . No le alcanzó, que aunque más esfuerzos hizo, como espuelas no llevaba, al Cid y al caballo antiguo se los dejó como dos Babiecas el tal Bellido. Señor Don Sancho, calláis? Ahora el nombre le convino que al buen callar llaman Sancho. Ay Don Diego! que ya tibio y helado el corazón usa de los últimos latidos: no lástima de mi muerte tengáis, vasallos y amigos, ejemplo tomad en ella, que aunque me ha muerto Bellido, no es Bellido quien me ha muerto, del Cielo viene el castigo. La maldición de mi padre cortó de mi vida el hilo, mi inobediencia segur fue de mis años floridos. Pero ya el labio se pasma, ya el uso de los sentidos fallece: Don Diego, a Dios. Y vos, Señor Infinito, permitid que con mi vida satisfaga mis delitos. Para ver esta desdicha, ojos, no os hubiera sido mejor no haber visto al Cielo? Rey Don Sancho, señor mío, pues que te pierde mi amor, no te pierdan mis suspiros. En hora cruel y aleve, en triste infelice signo de los campos de Zamora pisaste el suelo florido: espinos produjo airados contra tu pie su distrito, que al nocivo áspid astuto le dieron traidor abrigo. Rey, señor, amigo? . Entona, si puede ser más quedito, que eso es de viuda que grita por cumplir con los vecinos. No hay cordura en dolor tanto. Pues por San Nuso bendito, que aunque yo callo, le diera al traidor perro morisco zarazas en chicharrones. Pero ya llega Rodrigo de Vivar, y del caballo se arroja hecho un basilisco. Buena noticia le espera. Mucho el Cid ha de sentirlo. Oh mal haya el Caballero, que el acícate bruñido aparta del borceguí: Don Diego? Pero qué he visto! es muerto el Roy? . De mis ojos te informe el idioma vivo, sino lo hace su cadáver. Y responderte los míos, sirviendo el llanto obediente, al daño y al beneficio de embarazar a los ojos, por no verlo y por sentirlo. Qué mal parecen los hombres, de valor tan conocido, llorando como dos Dueñas! más bien parecen, mal digo, porque solo en los valientes no tiene el llorar peligro. Que murió el bravo Don Sancho, y a manos de un mal nacido, cobarde de oscura sangre! Ah Rey! que no te han valido la defensa de mi brazo, ni la voz de mis avisos. Mal haya el caballo, amén, de raza villana, hijo de zaino, villano padre, pues perezoso y remiso, de traición tan inhumana me estorbó el justo castigo. Caballeros Castellanos, Fidalgos y bien nacidos, muerto es vuestro Rey, llegad, alcance a vuestros oídos la noticia desdichada de su muerté por mi aviso. Yo que pudiera vengarle por mi deuda y por mi brío, solo ocasionaros puedo a su venganza, pues quiso el Cielo que di a Fernando, su muerto padre y Rey mío, palabra de no empuñar contra Zamora los filos de esta cuchilla, que tantos cuellos troncó en su servicio. Palabra di, gima yo, pues obligado me miro a cumplirla en dolor tanto. De polvo se cubra el limpio blanco espacio de mi barba, y enmarañados los hilos de plata que la guarnecen, si los deja el dolor mío, queden en mi rostro solo para feo desaliño. Yo no le puedo vengar, que a poder, en sangre tinto viera el Zamorano campo coral, en vez de rocío. Sangre bebieran las plantas de su alevoso distrito, y en vez de arroyos nevados, corrieran sangrientos ríos. Dentro de Zamora está el traidor, que yo le he visto entrar por la aleve puerta que la traición le previno: allí, Castellanos nobles, está el muerto Rey amigo, y allí quien traidoramente le dio la muerte atrevido. Hay alguno entre vosotros, ya que yo estoy impedido por mi palabra, que vengue a tantos escarnecidos? A todos toca, y cada uno puede quedar por sí mismo satisfecho; solo yo no puedo por mi destino, mas que cumplir la palabra, que pone a mi valor grillos. Nadie responda, que donde estoy yo, será delito que otro hable; y a pensar que presunia Rodrigo de Vivar, que necesita de exordios el valor mío, y que su afecto no nace mas de su leal cariño, que de duda en mi valor, le acordara prevenido cuantas veces a su lado de Alarbe sangre teñido me vio tan mudado el rostro, tan disfrazado el vestido, que a no avisarle mi brazo valiente de que era mío, entre mortales horrores me hubiera desconocido. A mí, nobles Castellanos, me toca el duelo, y le admito por vasallo, como todos, y como ninguno, amigo. En estos leales brazos despidió el postrer suspiro el difunto Rey, y a mí el último a Dios me dijo. Yo a Zamora retaré, que pues el Cid impedido no puede por la palabra que le dio a Fernando vivo, yo que puedo, la daré a Sancho su muerto hijo. Y así, en sus difuntas manos pleitesía haciendo, digo, . que vengaré como noble su muerte contra el altivo muro de Zamora y contra los cómplices fementidos, que hubieren sido instrumentos, dando calor o permiso a la traición; y lo juro, en estos cárdenos lirios puestas las manos, los ojos en los azules zafiros, la intención en la justicia, y la saña en el delito. . Tomad en hombros el cuerpo del Rey difunto, y dé aviso el bronce, y el parche ronco se queje, no del castigo herido de la vaqueta, sino del dolor herido. Solo en desdicha tan grande, Don Diego, tengo el alivio de ver vengado a Don Sancho por vuestra mano. . Yo afirmo de mi obligación que muera, o dé a la traición castigo. Pobre de mi amo, que no sabe lo que ha ofrecido. Y cuándo iréis a Zamora? Luego que los rayos limpios de mañana alumbren, pues ya los de hoy se han escondido. Qué envidioso me tenéis? Pues Ruy Diaz ha podido envidiar a nadie? . Sí, que aunque yo en los enemigos Escuadrones vencí a cuantos se me pusieron altivos, a mí solo me vencí, cuando en desagravio mío di muerte al Conde Lozano, dando el amor al olvido, que tenía a mi Jimena: y como a vos esto mismo veo que os va a suceder, que me dé envidia es preciso, que en la hazaña mayor que hice, otro me haya competido. Bien lo padece mi alma. Quedaos a preveniros, que yo acompañeré el cuerpo, e igualmente repartidos, vos id a lo que podéis, que yo a lo que puedo asisto. . A qué te quedas, señor? Ay Laín! pues he cumplido con lo que toca al honor, a la lealtad y al cariño de mi Rey, deja que cumpla también con el amor mío, que también es Rey, y Rey que reina en los albedríos: ay soberana Leonor! A buen tiempo das suspiros. Solo este alivio me queda. Y otro, que es mayor alivio. otro alivio puede haber en mi mal? . Si señor mío. Di cuál? . Aceptar el duelo, como parece preciso, el valiente Arias Gonzalo, y sus valerosos hijos. Pues como es alivio el mal, si el tormento más esquivo de mi dolor es creer, que defienden el delito de Zamora los hermanos y el padre de quien tan fino adoro, de quien tan fiel amo, y quiero tan rendido? Pues ahí el alivio está. En qué? . En que si al desafío Salen esos, y tu espada hace su ordinario oficio, matando suegro y cuñados, quedas dichoso marido. Mi desdicha te perdió, Leonor, o mi afecto tibio; sí, mi tibio afecto, pues a ser ardiente, a ser fino, cuando mi labio quisiera volver por el dolor mío, viendo la muerte del Rey, a no estar mi amor remiso, hiciera que las palabras se quedarán en suspiros. Mas ay! que si tibio fuera mi amor, no sintiera el filo duro de perderte en tanta tropelia de martirios. Violencia fue rigurosa de mi alevoso destino, que el infeliz no da paso que no sea al precipicio. Yo contra el muro piadoso, que te guarda, ofrecí el brío de esta espada, que en tu nombre le dio tanto honor al mío? Solo yo entre tantos tengo de procurar ofendido derramar tu sangre noble, manchando su candor limpio? Pero no puede ser menos, piensa, Leonor, ofendido tu decoro, llama ingrato a quien adora rendido, cúlpame de falso amante, véngate en oprobios míos; pero no pienses, Leonor, que aunque te pierda (qué digo? quo aunque te pierda (otra vez vuelva el dolor a decirlo puedo dejar de cumplir lo que al Rey he prometido, lo que hice notorio al campo; que en casos de honra es lo mismo en los hombres como yo, prometerlo que complirlo. Pues está echada la suerte, señor, no hay sino buen brío, que si una Leonor perdemos, hallaremos veinte y cinco. Yo otro amor? Ay Laín! cómo puede borrarse el fijo caracter que me imprimieron aquellos ojos divinos? Habiendo un hombre que aprenda a ser amante en estilo de Dama, pues la más fina se muda ya por oficio. Amores y perendengues, y entre colores distintos de atenciones y de cintas, la que duró algún poquito, quiere la atención dorada para el color amarillo. Deja disparates. . Oye, que si no me engaño, ruido he sentido de pisadas de Zamora en el camino; mira que es la noche oscura, y estás solo, y hay Bellidos. Solo estoy? Si a mí me cuentas, haces mal. . No estoy conmigo? Un hombre es. No más? . No más, de uno es este primerito, pero más son de quinientos hombres los que trae consigo. Uno veo yo. . Mi miedo puso a dos ceros un cinco. Miedo tienes? . Sí señor, desde que era tamañito. Pregunta pues por aquí pasa, quién es. Es delito ser preguntador. . Pues deja que llegue. . Estoy convenido. Maguer que la noche sea tan negra obrigado he sido de la fija de Don Arias a escudriñar el camino en busca de Diego Ordoñez; y aunque es tamaño el peligro, un Escudero de pro non ha de hallar perjuicio para servir a una Dueña en materia de amorios: pero aquí hay gente; qué fuera, que pensarán que Bellido era yo, e me sacudieran? Quién viene allá? Hecho he dicho: quién diré que soy? . No hablas? Mentir ha de ser preciso: un Escudero de Diego Ordóñez. . Criado mío? Pues sois Diego Ordoñez vos? Sí. . Catad, señor mío, que en tanta cuita el pavor desconoceros me fizo: Pierres soy señor Don Diego. Si no hablas, te vendimio. Pierres, qué venida es esta y en tal tiempo? . Suerte ha sido encontrarnos sin escuchas. Quién creerá, Cielos divinos, que lo que gloria otras veces, sea esta vez mi martirio? Quién te envia? . Vuestrafembra. Mía, Pierres? hado impío, por qué me le representas, cuando se pierde el alivio? Qué quiere Leonor? . Fablaros a solas, e a mí me dijo con tantas lágrimas: . Debe de llorar los males míos. Que a tamaño atrevimiento me dio Don Diego motivo. Pues cómo ha de hablarme? Entrando vos en Zamora conmigo, que guardían de una puerta Arias Gónzalo me fizo, o para que entredes traigo la llave aquí del postigo. Pero a muy bellaco fin. Si me acuerdas el peligro, por qué quieres que le excuser Pese a mí, por eso mismo. Qué a la mi mandadería respondes? Que voy contigo. Pues vamos, vos llevaré por donde no seáis visto. Ven, Laín. . Fuerza ha de ser. Vamos, amor ofendido, a disculpar el semblante de mi aparente delito. Yo voy guiando. . Señor, que repares te suplico en quien te fías, señor. Solo en mi valor me fío, y en darles a mis amantes ojos, puesto que he perdido a Leonor, con su presencia el último triste alivio. Señor San Millán, sacadnos con bien de este desatino . No hay consuelo a tanto mal. Yo, señora, os lo confieso; pues no hay dolor, cuyo exceso sea a tanta causa igual. Señora, el dolor en parte templa, con que te desvelas. Pues tú, hija, la consuelas tocándote tanta parte? tú solicitas templado el afecto que mostró? Pues yo, señor, por qué no? Porque a tu padre ha infamado, y a tus hermanos y a ti la causa de su quererla, y no han de culparla a ella, hija mía, sino a mí. A mí, que soy defensor de Zamora, y los livianos pareceres Castellanos dirán que yo fui el traidor. Llorad y sentid, señora, el delito que os infama, y llore yo por mi fama la deshonra de Zamora. Ay de quien tanto dolor sienta infeliz, pues no sabe cual es la pena más grave entre su afrenta y su amor! Mas vuestros llantos prolijos me afligen, que mi dolor: no ha parecido el traidor? Buscándole andan mis hijos, pero en vano es su porfía, aunque es tanta su razón, que a quien hizo tal traición la tierra le tragaría. Permisión dejo en las puertas, para que si del contrario campo llegaren algunos, como sean pocos, entrando en Zamora, sean testigos del dolor con que lloramos, que de esto y más necesita la satisfacción de tantos. Con esto podrá Don Diego . entrar sin ser reparado. Nunca yo, hermano infelice, para tanto dolor, tanto sentimiento, de Zamora la puerta hubiera cerrado. Triunfaras de la Ciudad, y yo al estilo Romano, como rendida en el yugo, fuera triunfo de tu carro. Sobre mis soberbias sienes pusieras los pies, hermano, primero que tu tragedia fuera razón de mi llanto. No quede indicio, no quede señal en mal tan tirano, que de dolor no parezca: las plañideras llorando por las calles y las plazas osen su piadoso cargo. Las campañas clamoreen, tan sin tregua y sin descanso, desde este punto infelice, hasta los siguientes rayos del Sol, que cuenten después los siglos, que en dolor tanto, en peso toda la noche sin cesar clamorearon, explicando mi dolor, intérpretes de mi llanto, las campañas de Zamora por muerte del Rey Don Sincho. La sangre sin fuego hierve: ya llora al difunto hermano la que le aborrecio vivo, sin respeto y sin recato. Yo si está aquí le hallaré; buscadle por allá, hermanos, no os llamen descomedidos, que yo no reparo en tanto: pero mi padre está aquí. Con el acero en la mano dónde vas, loco rapaz? A vengarme y a vengaros. Eso cómo puede ser? Cómo puede ser? matando al que cruel os injurió, y al traidor que me ha injuriado. Quién es el traidor? . Bellido. Pues dónde está? En los Palacios de la Infanta le vio entrar algún Argos Zamorano. En mis Palacios? . Señora, sosegad el sobresalto, yo responderé por vos a mi hijo, y él a cuantos duda en vuestro honor putieren, o necios o apasionados. Pedro? No estoy para oír. Hijo? . Padre, pudo tanto ese nombre con mi amor, que me detuvo a escucharos. Pedro, hijo ven acá, cuanto te diga mi labio dalo aquí por infalible, y después averiguando tu sospecha, el traidor busca, porque nos importa a entrambos: estás en lo que te digo? Decid, y perded cuidado. Habiendo visto que entró el traidor Bellido, es llano, que el ignorante juicio, conociendo interesado el remedio de Zamora en la muerte de Don Sancho, diría, que yo y mis hijos, como sus muros humanos, cómplices habemos sido. Eso dice el vulgo vano. Veslo, Pedro? pues por qué no conoces tú que es falso, cuando a nosotros nos culpa tan sin delito, al cercano, y aún al prójimo discurso? no pensará temerario, no parecer en Zamora el agresor, siendo claro, que de Zamora salió, y volvió a Zamora? a tantos como le buscan oculio, da que pensar, que guardado está (el vulgo dirá esto de la poderosa mano: esto motiva que juzguen que está Bellido en Palacio, delito tan imposible de sucedido o pensado, que yo tuviera primero, Pedro, por menos extraño ver alumbrar a las flores, y florecer a los Astros, quien de hermanos, hijos míos, os dio el nombre, quien me ha dado el nombre de padre a mí, por honrarme y por honraros; infames quisiera veros, no que fueran infamados sus lustres, siendo traidores su padre y sus cinco hermanos, no puede ser yo lo afirmo; y si puede ser acaso y no malicia, sería, que no es en el mundo extraño, tal vez que haga el delincuente de la cárcel su sagrado. Y sí se pudiera dar algún contingente raro, por adonde sucediera llegar el fiero a las manos de la Infanta mi señora, asistiendo yo a su cuarto, cuando su piedad hiciera concierto con su desmayo, yo con mi brío, que soy hija en fin de Arias Gonzalo, en su infame vida hiciera tan escandaloso estrago, que dividiéndole en trozos, lo desmenuzara tanto, que su vil cuerpo perdiera de vista el lince más Argos. Leonor, yo no hablo contigo. Pedro? Ni contigo he hablado. Luego habláis conmigo? . Sí: sufridme el desembarazo, señora, que lo leal me olvida lo cortesano. No fuerais vos hijo mío: una perla es el muchacho. . Pues qué queréis? . Que me deis licencia de ver los cuartos de Palacio, que esto importa a vuestro decoro sacro, y a nuestro honor. . Bonito es, . más reñirle es necesario. Pues cómo vos atrevido osáis en presencia estando de la Infanta mi señora? Yo he de verlo. . Arias Gonzalo, satisfágase Pedro Arias, mirad todo mi Palacio; pero tened entendido, Pedro, que habéis injuriado con vuestra desconfianza la fe que tuve a Don Sancho, la piedad con que mis ojos su triste muerte lloraron, el rencor que al traidor tengo, y la venganza que encargo de su traición alevosa: a mis dientes, a mis manos, al fuego de mis suspiros, a los mates de mi llanto, que son las armas que solo por inútiles quedaron a mujer tan infelice, que de ella ha desconfiado, en nombre de un vulgo necio, hombre a quien llamé mi hermano. Señora, oíd. . No te ablandes, hijo. . Dejadlo a mi cargo: oídme. Qué me queréis? mirad, Pedro Arias, de espacio los más ocultos retiros, y los más distantes cuartos. . Pues vos me lo permitís, harelo como mandado. No te detengas, que yo voy la Infanta acompañando. Y no la perdáis de vista. No me aconsejes, muchacho. Cuándo nos veremos? . Luego: vete, Leonor, a tu cuarto. . Beatriz, infelice soy; pues opuesta a todo cuanto intentó mi mala estrella, solo me añade cuidados. Mala estrella tienes tú, cuando por tus bellos Astros se trocaran los del Cielo, y dieran de guantes algo? Pues qué peor puede ser, si cuando estoy esperando a Diego Ordoñez, después del peligro y del cuidado que me ha costado esperarle, forzosos estorbos hallo para hablarle, pues sin duda, que en su demanda mi hermano todo lo ha de registrar. Pues yo no encuentro embarazo ninguno esperando aquí, pues esto está registrado; fuera de que yo estaré donde te avise. . Pues pasos he sentido, Beatriz, mira quién es. . Pierres, el anciano Matusalén de Escuderos. Ten por tu vida cuidado, que con él Don Diego viene. Deja el negocio a mi cargo. . Pisa quedo, que allí he visio a Leonora. . Haber entrado sin nota ha sido ventura. La sálida será el diablo. Ay divina Leonor mía! cobarde a tu soberano cielo llega el amor mío. Cuando os estoy esperando, señor Don Diego, con tantas zozobras y sobresaltos, a verme llegáis omiso? No sabe aún lo que ha pasado. Yo, señora:: . Qué decís? Muda estatua soy de mármol! Leonor ignora mi pena. Don Diego, qué estáis turbado? Laín, ponte tú a esa puerta, por si mi padre o mi hermano Don Pedro a su cuarto pasan; y vos, Pierres entre tanto que hablo a Don Diego volved a la puerta porque cuando salga no halle impedimento. Ya yo acecho. Y ya yo parto. Dos cosas, señor Don Diego, a llámaros me obligaron: morir Don Sancho a traición, y creer cuan necesario era que creyesen todos en la culpa interesados a los nobles de Zamora, siendo mi padre y hermanos los más nobles, o los más en su defensa empeñados; y viendo también, que debe todo el campo Castellano intentar de la traición el forzoso desagravio, como para tales duelos suele elegirse el más bravo lidiador, el más leal, y el más notorio Fidalgo; y como estas calidades tan dentro de vos se hallaron, que si en todos se perdieran las viera en vos el reparo, amante primero y luego temerosa (que de un parto suelen nacer, como dije, el amor y el sobresalto, suplícaros he querido, que si llegare este caso, reparéis en que os adora la hija de Arias Gonzalo. Para esto os llamé, para esto venci inconvenientes tantos, como me propuse veros esta noche, aprovechando para acordaros mi amor ocasión, antes que el daño suceda, si de excusalle vuestra opinión no arriesgando tienen mérito con vos este ruego y este llanio. Válgame el Cielo! quién pudo ser hombre infelice tanto, . que haya de ofender por fuerza aquello que está adorando! qué le diré? sin mi estoy! Pues cuando estoy esperando vuestra piadosa respuesta, tenéis tan suspenso el labio? Ay soberana Leonor! Proseguid, que efectos blandos piadosos efectos dicen, y esos son los que yo aguardo. Yo te perdí para siempre. El corazón se ha pasmado! me has perdido? . Sí, Leonor. Cómo? Siendo infeliz, tanto como traidor con mi afecto, traidor infeliz me llamo: mas te suplico (ay de mí!) que elijas para acertarlo, no creerme lo traidor, créeme lo desdichado. Aquí de todo mi aliento: deja rodeos, y vamos a lo que importa (ay de mí!) que es el tiempo limitado: dime, cómo me perdiste? Ofreciendo::- Piedad, Astros! Al difunto Rey:- Ay triste! A vista de todo el campo::- Dilo de una vez. . Vengar contra Zamora su agravio. Lo ofreciste? . Sí, Leonor. Pues que lo cumplas te encargo, no seas mal Caballero, ya que fuiste amante ingrato. Cúlpame, Leonor, de aleve, que a eso vengo, de tirano, de fementido y cruel, de cauteloso y de falso. Para qué, si tú te culpas? G Tu padre, Leonor. Tu hermano. Vete, Don Diego, a ofenderme, mientras yo quedo llorando tu ingratitud y mi ofensa. Yo moriré en desagravio de mi desdicha. . No mueras, que motiremos entrambos. Ahora os estáis en eso? Mira que viene llegando. Vete aprisa. . Por aquí ya es imposible, yo escapo. . Pues por acá no es posible. Pues por aquí se va al cuarto de la Infanta. . Tú, Leonor, ve por ahí, que el acaso me dará sálida a mí, o me la darán mis manos. Ven, Beatriz: a Dios, Don Diego, para siempre. . Duro hado! a Dios para siempre. Cielos! Muerto estoy! Sin alma parto! . Hacia aquí he sentido ruido. A Pedro Arias buscando, ruido he sentido hacia aquí. Salir de aquí es necesario, que estará ya cerca el día. Oscuro está todo el cuarto. Aunque nada veo, juzgo, que andan aquí dentro pasos. Pasos oigo aquí. . La puerta busco, que ya habrán pasado. Quién va? . Quién va? No responden? Fuerte empeño! Si encontrado hubiera al traidor que busco? Si al traidor hubiera hallado? luces, que aquí es el ruido. Pues la puerta hallé, ya en salvo, Leonor vamos a cumplir con lo que estoy obligado. . 1. Aquí está la luz. Por Dios, que si tardan nos matamos. A fe mía, que el Perico tiene muy géntiles manos. Si así es viejo, qué sería cuando mozo Arias Gonzalo? De qué tu yerro nació? Primero, de sentir pasos, y de encontrar luego un bulto. El mío fue de otro tanto: has hallado algo? . No, padre, y antes vengo avergonzado de lo que a la Infanta dije. Pedro Arias, en tales casos, pecar por carta de más importa. . Ya yo lo hago. Pues por lo menos has visto, que vivieran engañados los que a la Infanta ofendieron: importa, hijo, que sepamos, que la verdad defendemos, y la inocencia amparamos. Pues qué se haría el traidor? Fulminariale un rayo: retiraos, Escuderos, que ya el día declarado, no son menester las luces. 1. Ya te obedecemos. . Vamos: mas qué trompeta es aquella? todo me ha sobresaltado. Vos sobresaltado? . Sí, que si es lo que he recelado, hoy me han de llamar traidor, y el corazón al reparo todo se me ha estremocido, mira qué hará al escucharlo. Vamos aprisa a saber lo que es, que si fuere acaso contra vos vos padre, sois esta espada y este brazo. Espada tengo yo, hijo. Esta es vuestra. Y esta. . Vamos, que porque la use está ya el corazón reventando. Mi mocedad resucitas: válgate Dios por muchacho! . Segunda vez la señal del belicoso rumor avisa a nuestro temor de su amenaza fatal: qué será, Leonor? . Señora, no lo sé: pluguiera al Cielo; . pero quién su desconsuelo, siendo desdichado ignora! A la muralla he venido a que examinen mis ojos la causa de los enojos, que al corazón da el oído. Y yo a ver mi muerte vengo, que mi tirano pesar no me ha querido excusar la pena que me prevengo. Aunque más hemos andado, la Infanta se adelantó. No me admiro, Pedro, yo, que debe estar con cuidado. Padre? . Señora? Ay de mí! Sabéis qué pueda ser esto? Según las señas, señora, brevemente lo veremos. Sin vida me tiene el susto! No tengáis ningún recelo, que Arias Gónzalo está vivo. Y Pedro Arias no está muerto. Y tus hermanos, Perico? Divididos acudieron a las puertas. . Bien está: su voluntad haga el Cielo. Hágala, mas sea aprisa. No seas impaciente, Pedro, que la impaciencia es locura, y es valor el sufrimiento; pero ya el clarín avisa otra vez. . Y si el deseo no lo finge, hancia los muros se encamina un Caballero, que según parece, sombra se percibe de otro cuerpo. Isabel, temblando estoy. Yo, Beatriz ni más ni menos. Piedad, destino! . Ya llega. Atendamos con silencio. Caballeros Zamoranos (si puede haber Caballeros, donde hay cobardes que abrigan traidores atrevimientos, Don Diego Ordoñez de Lara, haciendo el acatamiento que debe a la Real persona de la Infanta, como atento, como leal, como noble, como amigo y Escudero del difunto Rey Don Sancho, desde el grande hasta el pequeño, desde el villano al Fidalgo, desde el señor al plebeyo, de traidores os acuso, y como a tales os reto. Fementidos y cobardes, traidores sois, y ese suelo que os sustenta, y no os sepulta en su pavoroso centro, también traidor; traidor es el alevoso sustento, que conserva vuestras vidas; traidor es el falso viento que respiráis, y es traidora la agua que bebéis sedientos; traidor es el Sol, que da calor a tan viles cuerpos, que traidores en la parte de vuestra traición se hicieron; porque os sustentan el aire, la tierra, el agua y el fuego. A Bellido D ellos disteis permiso, amparo y consejo de matar al Rey Don Sancho, y bien lo dice el suceso; pues le recogisteis, cuando Ruy Diaz le iba siguiendo. Dirá alguno de vosotros, que nombrarle no pretendo por ningún respeto, aunque sobran aquí los respetos, que avisó a Don Soncho: digo, que ese fue el traidor más fiero, pues con el aviso puso la alevosía en efecto; que el aviso del contrario no debe admitirle el cuerdo, pues viene a no ser creído del sospechoso el consejo. Bien lo dice la experiencia, pues al traidor encubierto tenéis, parezca el traidor; pero no podrá ser esto, que parecerán con él vuestros traidores intentos. Aleves sois, Zamoranos, y yo a probároslo vengo en la estacada; nombrad para el peligroso duelo a los cinco lidiadores más fuertes y más expertos, que a cinco, según estilo de Castilla, les mantengo, sin desnudarme el arnes, y sin descansar el cuerpo, lanza a lanza, espada a espada, brío a brío, y cuerpo a cuerpo, que fuistéis cómplices todos en el delito más feo, y en la traición más aleve, con el antiguo concierto, de que si fueren vencidos los cinco, o quedaren muertos, queda probado el delito, según Castellano fuero, contra Zamora, y quedáis por traidores manifiestos: y al contrario, si en la lid fuere yo vencido o muerto, Saliendo de la estacada, o en la estacada muriendo, de la calumnia quedáis dados por libres y abrueltos. Qué tembláis? un hombre solo os trae castigo y remedio; elegid y elegid bien, advertidos de que vengo, no solo a quitar las vidas de los cinco a quien espero, sino las honras, que culpa de semblante tan horrendo, traición de viso tan torpe, maldad de color tan feo debe borrar de la muerte los piadosos privilegios. Hablad, alentad el brío, prevenid el ardimiento, buscad la satisfacción, procurad el desempeño, o defended el delito contra mi osado denuedo; y responded, Zamoranos, que vuestra respuesta espero. Dadme las armas. . Ay triste! Que así responde, Don Diego, Arias Gónzalo, a quien tanto desvanecido y soberbio fía de sí, que olvidado de mi sangre y mi respeto, no sabe que tengo manos, guardo brío, y ciño acero. Y a mí las armas me dad, pues asentado que el duelo llama a cinco, quiero ser en estrenarle el primero, que yo dejaré a los cuatro bien seguros de Don Diego. Pues le admirís, prevenios, que en la estacada os espero. Cinco somos mis cuatro hijos y yo, justicia tenemos, más callarla es necesario para no satisfaceros, que donde han de hablar las manos, no es la lengua de provecho. A la estacada partid, que ya van a responderos cuatro hijos de Arias Gonzalo, y Arias Gónzalo aunque viejo; y puede ser de los cinco, que más de cuatro sobremos. Retiraos, señora, vos, y fiad del amor nuestro vuestro honor: a armarnos, hijos: a Leonor os encomiendo: parte, Don Diego. . Ya parto: ay Leonor, que no me atrevo a mirarte! . Qué desdicha! Qué forzoso sentimiento! Señor Ordoñez de Lara, muy brevemente veremos si tan valeroso sois como ofrecéis. . Ya os espero: toca, Trompeta. Tocad, Trompetas. . Yo voy muriendo. Razón llevamos, Pedro Arias, lo demás hagalo el Cielo. tan ta a e e ca ca
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Don Diego es incansable. Suerte infeliz! Suceso lamentable! Fatal día es el de hoy para Zamora. Cid, murió ya el tercero? Sí señora: llame el clarín al cuarto Caballero. Inmortal soy, pues del dolor no muero. 1. Don Diego a recibirle se presenta. Fuerza es disimular aunque lo sienta. . Oh quién te diera la experiencia mía! Ya de cinco, Famoso Don Rodrigo, que el fuero manda, y a matar me obligo, en singular y sucesivo trance, sin que el arnes del pecho me destrance, . Mas ya los dos se embistieron: maré los tres: ay Cielos, quién creyera, que yo la sangre de Leonor vertiera! . Llorando está mirándote al soslayo. . Pero firme como roca O si su cielo fulminara un rayo! No pudo haber mujer tan desdichada! . Ya las espadas desnudan. Con afligirte no remedias nada. Al que sigue es pero. Ya llega. . Sin mi estoy! Pobre cordero. Lástima me ha causado! Ay de mí! La ocasión, Pedro, ha llegado; lleva firme es peranza, y no apresure al brío la venganza. Pierde el cuidado. Llega, que es forzoso. Guárdete Dios, Don Diego valeroso. Ay Pedro mío! Ay infeliz hermano! Vengas con bien, valiente Zamorano. Su valor me enternece. Y el Cielo la ventura que merece, dé, Don Pedro, a tu brío, y tanta sea, que el despecho mío consiga, que tus manos libren tu Patria, y venguen tus hermanos: mas con todo quisiera, que más tu edad y tu experiencia fuera para el trance presente. Ya olvidas lo cortes por lo valiente; poro sin experiencia, verás que es el suceso contingencia, y está cierto que tienes adversario, que sintiera tener menor contrario en que estrenar la espada. Toma el caballo, y entra en la estacada. Ea, mi Pedro, a diós. De mí te fía. Una vivora es el viejo. Ay de mí! . Leonor, paciencia. Don Arias, muestre prudencia vuestro valor. . Buen consejo. Mas ha de hacer que los mozos. válgate el Cielo! . Subieron las lanzas al aire en trozos. quedó. . Los Cielos le ayudan. No cierra el viejo la boca. Mucho Pedro menudea. Brioso está. . No os lo niego, señora; pero Don Diego con más acuerdo pelea. Él dará la piel al cabo. En los golpes se apresura. Y todos en la herradura; pero Don Diego en el clavo. Mas ya la vida le cuesta. Ay Cielos! desenlazada se le cayó la celada. Ya está este gallo sin cresta. Por desesperado, ciego le embiste. Mas no ha hecho nada. Al caer hirió su espada al caballo de Don Diego, y a la estacada arrimado las dos manos enarbola. Tal cabe le dio en la bola. De la estacada arrojado, con las riendas viene al suelo. Vivo a Don Pedro miráis, Rodrigo. . Entendido estáis, Don Arias. . Válgame el Cielo! Teneos. . Pierdo el sentido! Dios me valga! Pedro? ay triste! De la estacada saliste: vivo estoy, tú eres vencido. Ninguno podrá dudarlo. No, pues es ley asentada. No tiene culpa mi espada del desmán de mi caballo: yo he vencido. . Temerario sois. . De cólera estoy loca. Yo con esta vida poca defenderé lo contrario. Oh potro de buena casta! Ya me falta el sufrimiento. Pues a los dos, y a otros ciento. Quedo, Diego Ordeñez, basta, que vencido sois, por Dios, y a probarlo me prefiero. Oh pese al caballo fiero! De qué os quejáis, pese a vos? Decidme, quién peleara, sin ser desesperación, con vos y vuestra opinión, si a un acaso no apelara? Y vos mismo si pudierais cumplir con lo prometido lo que acaso ha sucedido, de intento trazar debieráis. Decís bien yo estuve ciego, Ya queda libre, señora, del escrúpulo Zamora, y muy gustoso Don Diego. Padre, a Don Pedro llevad, no se desangre. . Su muerte sintiera más que mi suerte. Dios se duela de su edad. Ven, restaurador honrado de nuestro honor. . Ay de mí! He vencido, padre? . Sí. Ya moriré consolado. Vamos. . Pasión, perdonad. Cid. Qué manda vuestra Alteza? En la Ciudad la Nobleza del Ejército alojad, que es justo. . Iré a obedeceros. Qué haré? Adios pues, Don Rodrigo. Si llegaré, mas qué digo? Murió mi amor. Caballeros Fidalgos y Ricos Hombres, Castellanos y Leoneses, en otro mayor empeño estamos que el que hoy senece, o a lo menos más difícil sin duda. . Pues proponedle. Que Alfonso hereda a Castilla, Galicia y León, no puede dudarse; pero primero que la Corona su frente ciña, y de las tres Provincias los Nobles su mano besen, es preciso que sepamos del modo que ser pudiere; no solo que de Don Sancho no fue cómplice en la muerte, mas que aún noticia no tuvo de una traición tan aleve: yo a lo menos: . Don Rodrigo, divinas y humanas leyes disponen, que el que homicida fue para reinar no reine, mas si el interior del hombre le sabe Dios solamente, y no hay indicio ninguno contra Asfonso; de qué suerto queréis que se satissagan los Fidalgos? . Fácilmente; solo que él lo niegue basta. Pues quién duda que lo niegue, dado caso que en su honrado pecho tal maldad cupiese? Ah de ser con juramento, todos los Nobles presentes, sobre un cerrojo de hierro la mano, según las leyes de Castilla, que observaron nuestros nobles ascendientes; y un Fidalgo, el que los Nobles para el efecto eligieren, con un ballestón de palo, la flecha apuntando siempre a su pecho, la sospecha del Reino ha de proponerle, sin recelo de su enojo. Pero quién ha de atreverse a tomar el juramento, Cid, si ha de ser de esa suerte? Quién conveniencias no mire por la obligación que tiene. Don Redrigo no hay ninguno que pueda más justamente que yo, excusar este lance, supuesto que de dos Reyes mis servicios y mi sangre veis el galardón que tienen: mas yo tomaré::- . Teneos; Don Diego, que solo debe aventurarse al peligro quien propuso que le tiene. De los dos lances, amigo Lara, pasado y presente os toco el uno, en el otro es justo que yo me empeñe; que vos quedáis ventajoso en el riesgo, es evidente, que el vuestro fue de la vida, y este toca en intereses. Yo tomaré a Don Alfonso el juramento, de suerte, que en los siglos venideros lo crean dudosamente: y supuesto, que en Zamora quiere Urraca, que se hospeden los Nobles, en ella entremos. Aviso dicen que tienen de que vendrá presto Alfonso. Muy en hora buena llegue: las heridas de Don Pedro tan cuidadoso me tienen, que resuelvo visitarle; qué decís? . Bien me pareca. Ahora sales con eso? Y sintiera sumamente, que pelígrase su vida. Bien vuestro afecto merece. Qué mal pagarás, Leonor, los cuidados que me debes. . Qué hace Pedro? Descansando está, señor, de las malas noches que ha pasado, aunque el tema que amenazaba por la falta de la sangre de su juicio la falta, no se le olvida. Qué dice? Que quisiera ser su hermana, solo porque le quisiera Don Diego Ordoñez de Lara. Aún el frenesí le dura? No habla más que en su alabanza, aunque tal vez previniendo de sus hermanos la falta, se enfurece. . No me admiro, que lo mismo a mí me pasa: ay hijos del alma mía! Pero no le dura nada el furor. . A mí tampoco, que aunque el cariño me manda que el sentimiento me dure, es de mi enojo templanza Saber que las tres hermosas flores marchitas al alba de su edad, aún en la muerte respiran dulces fragrancias; pues no mueren en el mundo los que viven en la fama. Dime, Beatriz, y Leonor siente mucho la desgracia venturosa de sus tres hermanos? . No hay consolarla. Bien hace: Leonor? . Señor, qué es lo que tu voz me manda? Que llores, sientas y gimas, con quejas, suspiros y ansias, que el aleve::- mas qué digo? Leonor, no te mando nada. Pues, señor, qué es esto? Fue acordarme de la causa de mi dolor tu presencia. Hay suerte más desdichada! Y romper el sentimiento el freno de la templanza. En estado está esta boda de ir a calentar el agua. Si es motivo mi presencia de tu dolor mi desgracia, si mi llorar, mi sentir y mi padecer te cansan, no hay como en ti quepa alivio, pues no cabe en mi mudanza: y así ejecuta la ira, y no perdone tu saña a mujer que ha cometido la culpa de desdichada. . Leonor no aumentes más pena con tu razón a mis ansias: hija, tú no tienes culpa, mas soy padre y derramada vi mi sangre por la dura mano que tuvo esperanza de ser tuya. . Qué es ser mía? quien solicitó mi infamia, y quien consiguió mi pena, puede tener tan osada presunción? vive mi enojo, que en su incendio le abrasara. Dame los brazos, Leonor. Bien la ven tan enojada? pues otra cosa le queda. Que aunque cumplió con su fama Don Diego, y aunque no pudo excusar nuestra desgracia, nuestro dolor motivó. Pues de su ejemplo enseñada, cumpla yo la obligación, que mi sentimiento manda. Si señora, y cada uno lo que le tocare haga. Pues a ella le tocará quererle mucho: la Infanta. Témplate, Leonor, no entienda de nuestro disgusto nada, que en lo público ha de ser el sentimiento templanza. Como vuestro sentimiento tanto de verme os aparta, venciendo el mío el cariño por obligaciones tantas de verme libre por vos de la amenazada infamia, vengo a veros, y a saber, de mis ojos informada (porque así mi amor lo pide de la salud de Pedro Arias. Señora, mi sentimiento, aunque es tan justa la causa, no me impidiera asistiros, a no tener confianza, de que aunque yo os falte, está mi lealtad a vuestras plantas. Digno sois, Arias Gonz lo, de honras más aventajadas. Mas que esta, no habrá ninguna. Leonor, pues gusta la Infanta mi señora de honrar hoy a mi hijo, acompañada vaya su Alteza de ti y de mí, donde se haga noticiosa en el aviso de ver, como mejoradas se curan heridas, donde es el Médico la fama. Vamos, Leonor. . A servirte voy: Beatriz, aquí me aguarda, que tengo que hablarte. Vamos señora. . Ya me espantaba, que la mina de su amor hacia mí no reventara. Aunque mensajero soy, de no encontrar me alegrara al viejo por si no entiendo de los fueros de embajada; pero aquí está Beatricilla. . Quién así se entró en la sala? Yo soy, Beatriz. Quién es yo soy? . Será la fantasma de un olvidado Escudero; pues no caes en mi y es llana la consecuencia, que tú tropiezas, aunque no caigas, en todos los de este mundo. Y qué busca en esta casa el homicida de tres amos lacayuna parca, de tres Fidalgos, que viuda dejaron a una criada? Pues matelos yo maldita? qué me echas a mí las cabras? Tú los mataste. Yo? . Sí. Mujer, esrás endiablada? Ven acá, no cuidas tú del caballo? . Es cosa llana. Y dime, Láin, no fue a caballo la batalla? A caballo fue. . Pues, perro, si tú hurtaras la cebada, como en otras ocasiones haces, al caballo, andara tan listo en la escaramuza? No, que no se meneara. Luego tú tienes la culpa de que tu amo matara a mis amos? Beatriz, tú de modo el delito trazas, que con otros dos testigos me ahorcaran en la plaza. Y a eso debes de venir. Yo vengo a eso, borracha? no vengo, sino: . Quién es, Beatriz, quién contigo habla? Pues no me conoce usted? si el miedo que me acobarda me habrá mudado el semblante. Quién sois, ya que entráis con tanta desenvoltura aquí dentro? Desénvoltura se llama entrar un criado a hacer lo que su amo le manda? Quién es vuestro amo? . Uno, que viene ya por esas cuadras tras mí. . Y qué buscáis? A mí, pues no hay cosa hoy en España tan perdida como yo. Ved que no gusto de chanzas, y decid a qué venís, o volveos. . En hora mala. Esto está dado al demonio; pero a mí, qué me embaraza? digo a lo que vengo y venga lo que viniere. . No hablas? Hablarán, que no son mudos. Acabad. . Pese a mi alma: pues pensada la tenían, déjenme ustedes pensarla: mi amo, señora: . Quién? Mi amo pedirme manda licencia. . Vuestro amo? Sí. Licencia? u. La mujer rabia. Pues de qué? . De visitar al señor Don Pedro Arias. Beatriz, a ese Caballero de mi hermano al cuarto pasa. A lo que vine, señora, fue solo a cumplir la hidalga deuda de mi obligación, viendo vuestro hermano a causa de que entre nobles no queda en semejantes demandas más dolor en las heridas, que el que causan las espadas. A esto solo vine, y no a veros, que no es tan vana mi presunción, que presuma, aunque la vida feriara a la ventura de veros, que a esta fortuna aspirara, que esta dicha mereciera; pues sé bien, que mi desgracia Solo cogera rencoros, adonde sembró esperanzas: pero pues quiso el acaso cortés esta vez, de tantas como conmigo alevoso ha sido, que os vean mis ansias, no a mi atrevimiento, hermosa Leonor, ni a mi confianza, deis la culpa de que os vea, si ya no es que acostumbrada a culparme los acasos, este obligue vuestra saña. Señor Don Diego venisteis a verme a mí, o a Pedro Arias? A vuestro hermano a ver vine. Pues entraos por esa cuadra, y agradeced encontrarme con tan atenta templanza, pues debo, olvidando todo cuanto el sufrimiento manda, Solo parcial de mi pena, solicitar mi venganza. Pues qué más dicha quisiera yo que ver sacrificada la vida a vuestros rencores? Don Diego, humildades falsas, falsos rendimientos, antes ofenden, que desagravian: entrad a ver a mi hermano, que temo, si se dilata vuestra ausencia de mis ojos, que mi cordura olvidada me saque de mí: y bien temo, . porque esta pasión tirana, de amor ni aún para quejarse encuentra con las palabras: idos, o me iré. . Señora::- Ama mía de mi alma, mira que no quiso hacerlo. Déjame, Beatriz. . Acaba, señora, duélate un pobre galán, caballo de Bamba, que desde aquel día no bebe, ni come ni anda. Divina Leonor no intento, que mi afecto satisfagas, no quiero que mi amor premies, ni que socorras mis ansias, solo que me escuches pido; deja que esta limitada dicha logre un infelice, que por serlo perdió tantas: óyeme y muera a tus iras, si suerte tan soberana puede tocar a quien muere de vivir en tu desgracia. Óyele, señora mía. Óyele, señora maya. Para qué tengo de oírle? Para que sepas:: . Despacha, que mi amo es mala ventura, y en todas partes se halla. Para que sepas, Leonor, que ya una vez empeñada mi obligación en el trance, que mi mal y tu mal causa, no pude hacer más por ti en la sangrienta batalla, que dar descubierto el pecho a las valientes espadas de tus hermanos, francueando a sus aceros la entrada: pero su poca experiencia, y su osadía sobrada, desaprovechaba cuanto mi cuidado procuraba; porque como si no hobiera cuerpo en que lograr su saña, me perdonaban el pecho, y el acero me buscaban. Cuántas veces al herirme. de su fiereza la rabia, por no vengarme, volví a tu mirador la cara? y cuantas movido el brazo, sin arbitrio a la venganza, lo que con la diestra hería, la siniestra reparaba? Ellos se herían yo no los hería, y si se halla cómplice de parte mía, Solo es, Leonor, mi desgracia: mirar, y verter tu sangre, cuando el alma te idolatra, no puede ser culpa mía, culpa es de mi suerte avara, o violencia del destino, cuya razón ignorada, la espada, que era defensa, convertir supo en guadaña. Murieron tus tres hermanos, y el valeroso Pedro Arias entró por cuarto en la lid, con cólera tan bizarra, que a no buscar mi peligro, mi peligro recelara; pero quién creerá, que al ver en su brazo mi amenaza, pedí albricias a mi pena, viendo por fin de mis ansias, brazo que diese a tu enojo de mi desdicha venganza? Y así fue, porque vencido me sacó de la estacada antes, Leonor, mi deseo, que su victoriosa espada; y aunque allí culpé el destino, fue más prevención que saña, pues nadie con razón pudo culpar lo que deseaba. Si murieron tus hermanos, yo vencido de las armas de un hermano tuyo quedo al antojo de la fama, pues no siempre se averigua de un acaso la desgracia; que hay quien cuenta los sucesos, y calla las circunstancias. Ni tampoco saben todos, para no hacer desairada mi opinión, que fui vencido de un hermano de mi Dama, quedándome por amante: los que en esto repararan, me culparan la fineza, y el valor me perdonaran. Demás de esto, si tú quieres dar a tus iras venganza, y no es capaz la desdicha mía de recompensarlas, no a tan costoso martirio sea como verte ingrata: triunfa de la vida, y no pase tu rigor al alma; no piadosa te procuro, aunque menos inhumana te solícito, tus manos tus crueldades satisfagan: y porque veas cuan lejos vivo de creer emendada tu crueldad, busqué tu enojo por la razón de tu saña, por la senda de tu queja solicité tu amenaza. Yo soy el fiero homicida de tu sangre, esta villana cobarde cuchilla fue de tus tres hermanos parca; esconde su punta aleve en mi corazón, tus plantas sean sepulcro dichoso de mi vida desdichada: y muera yo, muera yo antes, divina tirana, de tu mano a los rigores, que de tu enojo a la saña. O pese al amor, que ahora . ternezas me aconsejaba! y a la entereza también pese, pues quiere tirana usar su dominio contra lo que la piedad le manda. Pues las espaldas me vuelves? Solo este remedio halla mi llanto de no ser visto. Ya lo veo, aunque más haga; aprieta otro poquitico, que ya está como una masa. Pues Leonor, mi bien, así olvidas finezas tantas? así a quien::- . Señor Don Diego, ni culpo ni apruebo nada; vos cumplistéis vuestra deuda, dejadme cumplir mis ansias; pero tened entendido::- Mal el llanto se recata, mal el afecto se esconde. Ahora el fallo se dispara. Que a mujeres como yo son sus padres quien las casa. Y a ti quién te casa? . El Cura. Escucha. . Se va mi ama. Ah, sí, Don Diego. Que vuelve. El cuarto de Don Pedro Arias es aquel, entrad seguro de que su afecto os aguarda con amistad y fineza. Sola esa es mi confianza. Y sola esa puede ser. Pues tu::- Yo no os digo nada. Y la piedad? . Es delito. Y la fineza? . Es infamia. Y el amor? . Es sentimiento; entrad a ver a Pedro Arias. Sino me entiende, murieron . mis amantes esperanzas. No vais? . Sí, Leonor divina. Vamos a temer desgracias. . Vamos a intentar venturas. Despachemos, que la entrada del Rey Alfonso ha de ser esta tarde, y harás falta. Bien dices. Ya sueña el ruido de la fiesta y algazara. Vamos, veré si en Don Pedro halla lugar mi esperanza. Vamos a oír en su tierra a las gaitas Zamoranas. Aunque alborozado está todo el Reino Castellano, nadie a besarme la mano ha llegado, qué será? Pero haga el reparo yo, ya que ser descuido es llano; por qué a besarme la mano no vais llegando? . Pues dio ocasión a la Nobleza, señor, la pregunta, ahora, puesto que la causa ignora, escúchola vuestra Alteza. Murió a manos de Bellido Don Sancho, que esté en el Cielo, vuestro hermano y nuestro Rey, de Zamora sobre el Cerco, por su traición cautelosa. Retó a Zamora Don Diego Ordoñez, como leal y valiente Caballero, quedando después de haber a tres lidiadores muerto, porque perdió la estacada Zamora, libre del reto, sin culpa de su valor. En qué vendrá a parar esto? . Y como de vuestras quejas tantas razones se vieron en los campos de Castilla y en los muros de Toledo, pretenden los Castellanos, tan leales como atentos, que no haya escrúpulo en vos para entregaros el Reino. Qué escrúpulo puede haber para resistirlo, siendo de Castilla y de León el legítimo heredero? Él de si acaso tuvistéis parte en el triste suceso de la muerte de Don Sancho. De mí han de pensar (no acierto a hablar de enojo) que pude::- No os indignéis, que su intento nace de amor y lealtad, que los Castellanos pechos con igualdad a sus Reyes aman y obedecen y esto no es más que un asegurarse, Alfonso, en este suceso, por querer al Rey, que tienen, tanto como al que tuvieron Aquí importa la cordura. . Su Alteza. Llega a tal tiempo, que su presencia será de mi disgusto remedio. Deme vuestra Majestad la mano. . Los brazos debo a vuestro amor y al enfado que me estorba ahora. Y qué medio para su designio eligen? Que juréis::- Qué atrevimiento! Que en la muerte de Don Sancho no fue parte el rencor vuestro. Y quién será tan osado, que me tome él juramento? Yo. . Vos? Si señor, que estoy elegido para ello. Encapotado está el Rey. . Esto no tiene remedio; . pues a pesar de mi enojo habré de venir en ello. Ruy Diaz, ya que Castilla ha tomado este pretexto, no quiero contradecirlo. Obráis, señor, como cuerdo. Ea pues tomad la jura. En buen hora. Mal me esfuerzo: que un vasallo con su Rey se atreva a obrar tan entero! Venga el ballestón de palo. Aquí está todo dispuesto. Perdonad, que esto es déjaros bien quisto con todo el Reino. No estoy en mí de coraje: . quién vio tanto atrevimiento! Poned la mano en la flecha. Ya la pongo. Erguid el cuerpo. Jurad, Alfonso, en la ballesta armada, sobre el cerrojo a fuero de Castilla, que de Sancho en la muerte desgraciada no tuvo parte, no, vuestra rencilla de tanta indignación ocasionada, que contra el dueño de la Regia silla, aún cuando más de la razón se aleja, ha de ceder a la lealtad la queja. jurad, Alfonso, que ni el pensamiento, que suele ser la sombra del enojo, os motivó el aleve atrevimiento de la envidia, por tema o por antojo, o para respirar os falte aliento, y a vuestra vista del planeta rojo la luz. Tened que me apretáis en vano. Decid, sijuro, he non fuiais la mano: porque hasta que juréis, que los recelos de vuestras presunciones fueron vanos, por todas las verdades de los Cielos, y por los Evángelios soberanos, para que se aseguren los desvelos de los siempre leales Castellanos, en cuyos corazones el Rey manda, no he de dejar, Alfonso, la demanda: ni os ha de dar Castilla el vasallaje, que os toca por legítimo heredero, pues fuera hacer a su lealtad ultraje, no purgar este escrúpulo primero; y así, jurad conforme al homenaje, que de Don Sancho contra el noble fuero, no fuistéis nunca Rey. Eso está llano. Decid, sijuro, e non suyais la mano. Juro por cuantas Estrellas, mirando están nuestras obras, cuando las deslumbra el Sol, o las dan vista las sombras: juro por los Evangelios, en quien nuestra se se apoya, por colunas que sustentan su fábrica misteriosa, que en la muerte de mi hermano, que eterno descanso goza, no tuve parte ninguna, ni la traición alevosa jamás de Bellido supe, ni conspiró en mi memoria apenas un pensamiento contra su Real Corona. Ahora sí que a tus pies alegres todos se postran para besarte la mano. Lleguen todos en buen hora, menos vos, y de mi esperen mercedes, favores y honras. Menos yo? Sí, que aunque ha sido muy justa la ceremonia, enterezas con su Rey ningún vasallo las logra. Rey Alfonso de Castilla, cumpla con lo que me toca, que quien se enoja sin causa mañana se desenoja. Dad la mano ahora, señor, a Arias Gonzalo. . Le abona la lealtad con que os asiste. Bástame, que lo conozca vuestra Alteza por merced. Bien podéis esperar otra. Y a Leonor, que es hija suya. Ser su hija, y tan hermosa, es mucha dicha. . Señor, ser vuestra esclava es más gloria. Dad la mano, Alfonso invicto::- Dad la mano generosa::- A Diego Ordoñez de Lara. A Pedro Arias. Sois las glorias vos del Campo Castellano, vos del Muro de Zamora: llegad, y por los serviciós, que hicistéis vos en la honrosa empresa leal, y vos en la defensa costosa, mércedes pedid. . Señor, yo os pido una. Yo la propia. Hablad vos, pues que los dos pedís una misma cosa. Qué novedad será esta? . El alma atienda medrosa. . Pues los dos os suplicamos, que deis, señor, por esposa a mi hermana a Diego Ordoñez. A Diego Ordoñez? . Es cosa conveniente, Arias Gonzalo, pues de esta manera sola, olvidando los rencores, un hijo vuestro amor cobra. Él obedeceros siempre para mí será lisonja. Ya se acabaron mis penas. Por mi esperanza victoria. Vamos a ser sus padrinos. Bailando me está el ser novia. Para que con esto tenga fin el Cerco de Zamora, y pues va con juramento, bien podrán creer la historia.
