Texto digital

Texto digital de Celos son bien y ventura

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Felipe Godínez
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Alba González Anibarro, Marta Riesco Valdés y Jesús Güemes Ramírez.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

González Anibarro, Alba, Marta Riesco Valdés y Jesús Güemes Ramírez. Texto digital de Celos son bien y ventura. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/celos-son-bien-y-ventura.

Logo BICUVE

CELOS SON BIEN Y VENTURA

JORNADA PRIMERA

Viva Albano. Viva Irene. Y en belleza. Y en ingenio. Sin mudanza. Sin discordia. Pare la edad Corrija el tiempo. Viva. Muera. Que es razón. Que es justo Mirando. Viendo. La causa que para ello hay. La ocasión que hay para ello, ¿pero no es este Fermín? saber mi desdicha intento. Huyendo voy de este ruido, como del diablo; pero, ¿no es esta Porcia? Jesús, otro demonio tenemos, ¿si es verdad? ella es. Fermín. Señora, yo estoy suspenso. APARTE. ¿tú por acá? Y a ocasión, que escucho en distintos puestos, distintas voces que aplauden gloriosa unión en sus dueños, sin saber de su motivo, la razón (pluguiera al cielo, no la adivinara el alma) y así, pues, Fermín te ruego me refieras la ocasión de esta novedad. Primero me has de dar licencia, a que te pregunte yo lo mismo, pues es igual novedad verte en extranjero reino, triste, sin grandeza y sola. Aunque pudiera mi pecho, no humanarse a darte cuenta de mi intención, o a lo menos honestarla, usando en ti del ordinario pretexto de mi venida, mejor es, que pues tu lealtad veo, te la declare, y así a un tiempo, los dos podemos enlazar el relatarlos, pues se enlazan los sucesos. Voy pues al caso: ya sabes que Hungría; feliz reino, patria tuya y patria mía, estuvo sin heredero algún tiempo; y también sabes que de repente dio el cielo un hijo al rey, no sé cómo, pero no me meto en ello, que a la reina toca el cómo, y a mí me toca el saberlo. Ya sé, que en nombre de estéril vivía, tanto que a un tiempo dio a luz un hermoso infante y admiración a su imperio. Llegó pues el feliz plazo de darle estado, y queriendo mostrar en tal lance el rey su amor, que toca en extremo le propuso la divina beldad, para amante objeto de Irene, bella princesa de la gran Gocia, diciendo es hermosa, y virtuosa, no es vana, es de claro ingenio, es limpia, no melindrosa, y en fin tiene todo aquello, de airosa, aliñada, afable, tierna, y lo demás que a esto se sigue, aunque en su hermosura lo demás, es lo de menos. Con estas razones, pues, y otras muchas, que al intento con su acuerdo no dejó y yo dejo por mi acuerdo, pudo obligarle a que Albano tratado su casamiento se partiese a efectuarle, dejando a Hungría. Y yo viendo, que sin su vista, mi vista no descansaba, supuesto que lo grande de mi esfera, tenía a Albano por centro, para servir mi enemiga, pidiendo decente puesto a mi calidad, me parto después de muy breve tiempo, donde apenas los umbrales de aqueste Alcázar soberbio piso, cuando escucho, ¡ay triste!, de músicos instrumentos, acompañadas canoras voces, que están repitiendo. Viva Albano, viva Irene. También apenas nosotros llegamos, cuando queriendo, Biorno, padre de Irene, hacer que llegue de presto una dicha (si es que es dicha, ser yerno uno, y otro suegro) manda que al punto se casen; a que mi príncipe viendo que de su beldad la fama corta anduvo, y lo que atento le ponderaba su padre de su hermosura, e ingenio, tan encarecidamente, no era encarecimiento, pues su rostro y talle. Aguarda, ¿tan hermosa es? Por extremo. ¡Ay de mí! pero prosigue, pinta su beldad, que quiero ya que me mata saber con qué armas me mata. Eso es agraviarla. Fermín, acaba, pues te lo ruego, cuenta su beldad. Pues va de pintura, va de cuento. Érase un rey de Etiopía, y debajo de su imperio, éranse también dos grandes que pretendían, por serlo levantársele a mayores, fiados en lo travieso. Él quiso quedar airoso, y en fin a un llano salieron a la batalla: él sus picas ordenó; sus arcos ellos, y el que fue cabeza antes, quedó después prisionero. Sobre repartir el triunfo los vencedores riñeron, esmaltando otra campaña de claveles; pero viendo la igualdad en lo rasgado las puso en paz un buen medio: Viéndose, pues, absolutos dos pechos poner quisieron en la nieve, pero uno quién mostró dientes a ello, redimiendo con dos sartas de perlas de cuenta el feudo, y dos dijes de coral, que a pedir de boca fueron, mirando franca la nieve, a dos manos la cogieron, con que quedó puesto en talle todo el cuerpo de su Imperio. ¿Enigma es su beldad? Sí, pues al descifrarla, veo que pitan su pelo, frente, cejas, ojos, nariz, cuello, mejillas, dientes y labios, cintura, manos y pechos; picas de azabache, campo, arcos, arpones, dos negros, sangrienta campaña, perlas, dijes de coral, buen medio, nieve, aire. Tente, calla, loco, atrevido, grosero, pues delante de una dama no adviertes, que encareciendo otra hermosura la ultrajas, más no te toca el saberlo a ti, que exento naciste de tan altos privilegios. No tanto, que no discurra ese político duelo, pero no te ofendo en nada ¿Cómo? Como refiriendo su hermosura, tu hermosura al mismo paso refiero. ¿De qué modo? Porque sois tan parecidas, que pienso que en igual traje, ninguno distinguir, ni conoceros pudiera pues aún así dudo lo mismo que veo ¿Qué tan parecidas somos? Más que la sarna, a los celos, más que un médico, a la muerte, más que la necedad, un pleito, y más que sierpes, y tigres, a las suegras, y a los suegros. ¿Pues cómo, ay de mí, si somos tan iguales, no pudieron mis partes. (Mas no es de aquí APART este discurso). Y con esto adiós, porque el desposorio será luego, pues ya entiendo que nuestros príncipes salen, a honrar con su vista el pueblo, que esperando está en las salas, pues no sin causa lo infiero, de tantas confusas voces, que a una voz están diciendo. Viva Albano, Viva Irene. ¿Cómo injustos astros, cómo, ya que iguales concurrieron vuestros influjos, al darnos la hermosura, no influyeron vuestras luces igualmente nuestra dicha?¿Cómo extremos fuisteis para lo uno, cuando para lo otro fuisteis medios? Más enojo mayor ira me da el ver. Aquí podemos esperar, hasta que salga el príncipe. Más, ¿Qué es esto? APARTE. ¿Otra pena?¿Otro rigor? ¿Nueva injuria?¿Ahogo nuevo? ¿No es este Enrico? Fortuna, ¿por qué me ofreces los riesgos tan atropellados, que se estorban ellos con ellos, la ejecución de las iras entre sus impulsos mesmos? Cuando me quedo olvidada, cuando celosa me quejo, ¿de qué niegas lo que adoro, me ofreces lo que aborrezco? ¿Cómo, señor, cuando vienes con tanta prisa rompiendo el mar, desde Hungría aquí, para hablar a Albano, atento te suspendes, y recatas? ¿Cómo no llegas? No llego, porque importa hablarle solo, pues lo que decirle intento, es un secreto tan grande, que él sólo puede saberlo, y esperando aquí: más tente, ¿si es ilusión del deseo? Feliz soy, ¿no es esta Porcia? Ella es, no dudes en ello, pero ¿qué dicha es hallarla, cuando te está aborreciendo, y aún dándote celos? Pues hay quien dice, que siguiendo al príncipe, se ha venido de Hungría a Gocia, fingiendo que viene a servir a Irene. Ahí verás cuál es mi afecto, que ni los indicios dudo, ni las evidencias creo, yo he de hablarla. Yo me voy, por no verle. APARTE. Deteneos, señora, que si de mí huisteis por lograr el ceño de vuestro enojo, mejor le estrenaréis en mí, puesto que es mi fineza tan grande, que quiere, aunque sea a precio, de ver un desaire mío, comprar hoy un gusto vuestro. Oh, ¡a qué mal tiempo que llega aquella fineza!, pero ¿cuándo de un aborrecido finezas llegan a tiempo? Nunca, y más, si como yo hallan un ingrato dueño, que en uno cariños gaste, y en otro gaste desprecios. Bien decías que nunca, pues atrevido y desatento, áspides de ultrajes dais en las finezas envueltos. Corrida estoy de escucharos, más sólo dejándoos, quiero avisaros, que no siempre a mi pundonor, tan cuerdo hallaréis, que no castigue estilo tan desatento. Y en cuento a vuestra pasión, entregar podéis al viento necias esperanzas vanas, pues quién no admitió un afecto rendido, amante y cortés, mal le admitirá grosero. Oye, ingrata, tente, deja, algún alivio a mi labio, y pues repites mi agravio, repetir pueda mi queja. O que agudo el dolor hiere de tu rigor en mi amor, y aún no es tanto ese rigor, ¡como otro que de él se infiere! Pues veo que tu desdén, en pena tan desigual, esfuerza el quererme mal, por querer a otro bien. Y en tan crecido tormento, abatido, y ultrajado, no siento lo despreciado, sólo lo celoso siento. Y que mucho mi dolor de los celos haga precio, si un desprecio, no es desprecio, mientras de otra no es favor. Que haré, ¡ay de mí! los sentidos fallecen en lo que peno, porque te ha entrado el veneno por ojos, ¡y por oídos! Pues son tantos mis agravios, mis afrentas, mis baldones, que no caben en acciones, y le han salido a tus labios. El que desdichado nace, en vano agradar procura, que a quien falta la ventura, cuando hace más, menos hace. ¿Qué haré, pues, otra vez diga mi tormento, si el que ofende con lo que obligar pretende, con aquello desobliga? ¿Que haré? morir, pues no ha habido en mi alivio de esperar; pero, ¿qué me ha de matar si no me mata un olvido? Ingrato, dueño alevoso, ¿Por qué me has desengañado? que antes no era desdichado, aunque tampoco dichoso. Y ya viendo tu desdén, tu aspereza, y tu venganza, ¿de qué asiré mi esperanza, si hallo mi mal en mi bien? Pero cese mi locura, dese al sentimiento medio, y discurriendo el remedio halla celos con cordura. Mi desprecio, ¿quién le causa? otro amante por quien muero, pues, ¿cómo que cesen quiero los efectos sin la causa? Hoy mi infeliz cuidado, postre, y venza a un venturoso, porque no siempre un dichoso se labre de un desdichado. Y pues causa mi dolor, vengarme en Albano trato, que no es ser cruel, ni ingrato; dejar su amor por mi amor. Que pues el lance convida, una industria he de lograr, y la ocasión me ha de dar la ocasión de mi venida. Por poderoso, es dichoso, mas yo le pondré en estado, que lo que ahora de envidiado, tenga después de envidioso. Civilmente he de vengarme, y ¿a quién culparé mi error? dele mis celos amor; que él llegará a disculparme. Que la pena que en mí lidia, me da ejemplar al baldón que intento, pues celos son, traición, venganza, ¿y envida? Señor, mira. ¡Pena fuerte! Que pueden. ¡Rigor cruel! Los que pasan. ¡Astro infiel! Huir. No temo la muerte, y pues llegando a sentir los tormentos de celoso, morir ha de ser forzoso, matando quiero morir. Mucho te ciega el dolor de tu perdida esperanza pues no ves que esa venganza, es muy contra ti, señor, que además de la opinión que pierdes, ¿es peligroso vengarse de un poderoso? No lo es en esta ocasión Pues como puede caber, quedar seguro, ¿y vengado? Hasta vello ejecutado, Iulio, no lo has de saber, después verás (si merece lograré aquí mi intención) que esta traición, no es traición, aunque a ti te lo parece. Pues empeñate señor, fiado de mi asistencias, que aconsejar la prudencia, sabe, y obrar el valor. Tu lealtad he conocido, más del fuego en que me abraso, me ha de vengar un acaso, ILU. No hay acaso prevenido Si le habrá, y porque lo veas: así aquí nos retiremos, pues salen ya. En tus extremos, dete amor lo que deseas Viva Albano. Viva Irene XXX Bien hacéis, nobles vasallos cuando a vuestra lealtad debo, este aplauso, en celebrar la unión que feliz merezco; con mi esposa, pues no hay dicha que para mí pueda serlo, como el lograr sus favores, y así anduvisteis discretos en la letra, pues mirando de mi pasión los extremos, que si Irene al corazón le da con su amor aliento, veis que es fuerza, para que en la vida del afecto, viva Albano, viva Irene, en belleza y en ingenio. Menos agradecimiento tiene, pues que mi interés, en estas dichas no es menos, antes alegre, y gustosa quisiera plazos eternos, a ser de cualquier instante de aqueste feliz empleo. Pues no hay edad más dichosa, que aquella en que los afectos, recíprocamente goza un enamorado pecho. Y así al ver que en ella estoy, con razón va repitiendo la música, que porque, para siempre la gocemos, sin mudanza, sin discordia, pase la edad, corra el tiempo. Yo el primero he de ser, que con mis brazos, nuevos vínculos, a los nuevos lazos de nuestro parentesco, pues viejo Atlante ya tener merezco quién del globo pesado de aqueste imperio, el hombro fatigado, sustituya, o alivie, y así intento manifestar al pueblo mi contento, pues cada vez que vuestro pecho enlazo, pienso (y es cierto) que a mi hijo abrazo. Y yo feliz señor, con dichas tantas, mi obediencia publico a vuestras plantas, que al verme tan honrado de ti, porque mi amor, con tu amor cuadré, pienso que doy los brazos a mi padre. Julio, ¿no ves este prodigio raro? AP ¿Es Porcia, o la princesa? Ya reparo, parecidas por Dios son por extremo. ¿Qué recelo?¿Qué dudo?¿Ni qué temo? si a alentar el empeño en mis desvelos, ¿han salido otra vez aquí mis celos? Livia, gran día trae un casamiento, todo es fiesta, regalos, y contento, pavos, y parabienes van a pares. Sí; pero nacen de él muchos pesares, si se vuelve después hado siniestro. Aquello será tuyo, y esto es nuestro. ¡Oh amor! ¡oh incendio que mi pecho inflamas! AP harto haré, si reprimo aquí tus llamas. Dudando esto; ¡ay cielo! si ser puede AP verdad, lo que a mis penas les sucede, sin mí el dolor me tiene: ¿yo casada? yo a los heroicos brazos entregada de un príncipe de tanto honor, y nombre, cuando sin él estoy, y aunque me asombre lo atroz de este delito (¡oh cruel hado!) ¿he de callar, por la razón de estado del honor que no tengo? Con esta acción, vasallos, os prevengo, en día en que mi Imperio tanto ganó, la estimación que habéis de hacer de Albano. Y yo en nombre de todos, pues arguyo, que siendo yo el primer ministro tuyo, el primero he de ser en tu obediencia: hoy las gracias le doy a tu prudencia, de la elección, señor, que hicistes al darnos cabal sujeto, para gobernaros, y aunque en voz de tu reino, tantas veces te hice instancias, que dieses estado a mi señora la princesa, pues cesa el riesgo hoy, la instancia cesa. Y hoy que cesa tu instancia, quiero dalle yo la satisfacción de dilatarle algunos años, este alegre día, porque cuando la pide no sería decoroso al valor que arde en mi pecho, déjale de sus dudas satisfecho. Con otras causas honestar procuro el suceso de Irene, pues seguro estoy, de que Adagario, aunque le sabe, disimule leal. Pues ¿dónde cabe, en este lance tu venganza fiera? Tu Iulio lo verás, calla y espera. Triste está la princesa. Escucha atento. Qué guerra tan civil da un pensamiento. Que si hablaste por todos, hoy pretendo responder en tí a todos. Ya te atiendo. Escandinavia, esta isla bien nombrada, aunque remora es mi imperio, y es tu patria, siempre altiva, y siempre heroica, en tres reinos se divide, que nuestros modernos nombra, Noruega, Gocia, y Suecia, cuya planta, asienta en forma de un árbol que se desgaja, pareciendo el tronco Gocia y en realidad lo es, puesto que de ella, las otras provincias, se vivifican, se alimentan, y se informan, en religión, en costumbres, en política, y en todas cuantas artes, al gobierno de una república tocan. Gocia, pues, cabeza ilustre de toda nación Goda, centro de ella, pues que de ella origen, y nombre toma. Fue la que afirmando el yugo; a la cerviz belicosa, de cuantos septentrionales, en estas provincias moran. Les redujo a su obediencia, triunfando siempre gloriosa de los vándalos, los suevos, francos, burgundios, y otras naciones, que en breve tiempo, a su amparo, y a su sombra por Europa se salieron, a conquistar toda Europa, y aún no es este el mayor timbre, de que esta provincia goza, pues ya es dado a los varones, al valor de que se adornan. Pero no a lo femenil, cuya valentía es sola, de unos ojos que no miran, y unas manos que no tocan. No así, pues, nuestras mujeres, que aspirando a que conozcan, que hay corazón que las rige, si hay beldad que las adorna. Obraron tantos prodigios, díganlo a las amazonas, pues no con doradas trenzas, sí con celadas lustrosas. No con ojos, con viseras, no con gargantas, con golas, no con ballenas, con petos, no con guantes, con manoplas, con ceño, no con cariños, con armas, no con lisonjas, en campana, no en retretes, arriesgadas, no medrosas, quedaron siempre, de tantos vencedores, vencedoras. Su primer rey fue Madog, nieto de Noe, y hasta ahora, por más de cien reyes dura su descendencia gloriosa. Y habiendo yo, que en mí acaba, de su estirpe generosa, la alta prosapia, por línea de varón, pues tengo sola a Irene, aunque a la verdad, si bien se repara, monta ella sola; pero basta, no la maliciosa nota, diga, que de la verdad, me he pasado a la lisonja. Viendo digo, que el gobierno, que las huestes vencedoras, a caudillo, falta y que sin gobierno no hay victorias. Por cumplir a un tiempo nismo, con mi oficio, y mi persona, despidiendo pretendientes de Irene, si desta corona, juzgándoles de ella indignos, (porque en mi opinión, es cosa cierta, que aquel que merece, nunca arrojar se acomoda.) Exploradores envío, que por las Cortes de Europa secretamente averiguen, las prendas que se adornan sus príncipes, por huir de la fama mentirosa, que con afecto realza, lo que con odio desdora. Más volviendo a mi presencia, ninguna noticia, forma cabal sujeto a mi examen, que de ordinario se adornan de pasiones y delicias, las más soberanas pompas. Sólo el que partió a Alemania, después de sus Cortes todas, llegando a tratar de Hungría, de una novedad me informa, que se tiene por prodigio, (y con razón si se nota.) Pues su príncipe excediendo límites de la edad, goza en la infancia prendas, que de héroe ilustre le abonan. Pues a más de las morales virtudes de que se adorna, tanto a la religión precia, que en piedades, y en limosnas emplea lo que pudiera gastar, en vanas lisonjas, Estas noticias, y el ver, que de Irene, la forzosa edad, apenas cumplida, no daba prisa a sus bodas. Pudieron ocasionarme (aunque nuestras quejas oiga, arguyendo mi descuido) a que en secreto disponga, con acuerdo y madurez, otra experiencia forzosa, que es notar; si con la edad muda costumbres, y ahora, que veo, que si las muda, sólo es porque las mejora. Sin más dilación admito su pretensión amorosa, juzgándome por feliz, pues con mi desvelo logran Gocia Rey, Irene, dueño, hijo yo, y mi imperio gloria. Bien sé que es otra la causa, mas lealtad disimulemos. Seño, nunca intentos grandes se lograron descubiertos, que acechanzas de la envidia sólo las burla el secreto: Ya de tu cauta prudencia se desengañan tus reinos, y así la mano a su alteza, en su nombre, y mío beso, como tú, de su lealtad, pues sólo pudo moverlos a cansarte; el desear ver tu augusto nombre eterno. En abono de lo cual, a quien su nombre pretendo, besar los reales pies del príncipe, pues su afecto, por mostrarse igual, en mi cifra este rendido obsequio, para que a un tiempo por todos, cada cual sea el primero. En nombre de las provincias aquesta es mi mano; pero como avos, hasta mis brazos subid, pues son vuestro centro, qué ministros tan cabales, tan prudentes, tan atentos, brazos de un príncipe son, con que ha de obrar sus aciertos. Ahora es tiempo de llegar a vuestras plantas, señor. ¿Qué causa, qué novedad pudo ocasionarte, siendo de mi amado anciano padre sustituto, o compañero? Señor. Prosigue Ninguna novedad me obliga a ello, solo tu amor me ha traído, pues sólo por verte vengo, porque a ser otra la causa, no mal lograra grosero, con hablarte, tan gran día. Antes debieras hacerlo, siendo la causa importante, porque el atajar un riesgo, es antes que mis aplausos, delicias, y pasatiempos, que uno de la obligación, y otro del gusto es empeño, y en cuanto fuere más noble, la causa, lo es el efecto. Por más que lo disimule, sin duda, que algún secreto cuidado a Enrico ha traído. Mil dudas; ¡ay de mí! siento desta venida. Mal sabe el áspid, que abriga el pecho. Mas yo apuraré la cause, Mas yo apuraré el intento Ya que con el estatuto que dispone, que en habiendo de jurar príncipe, salga en público, donde el pueblo vea que goza actitud, para entregarle el gobierno, para que por si le rija, hemos cumplido, volviendo a repetir los aplausos, conmigo decid a un tiempo. Viva Albano, Viva Irene Señor, una novedad traigo, que decir no puedo, si no estamos solos. Pues espera aquí mientras vuelvo. Esta carta disimula, ya voy logrando mi intento. Una carta quería dalle. Darle pretendía un pliego No son mis sospechas vanas. No son vanos mis recelos: vamos príncipe. Señor, ley es en mí tu precepto. Vete Julio. De tu lado no me apartes. De quedar solo pende el logro de mi intento. No quiero replicar más, aunque sólo obedezco. ¡Oh viles celos! ¡Oh hijos bastardos de amor! que el serlo mostráis, obrando al revés de sus justos documentos, pues sus blanduras, sus gustos, sus delicias, sus deseos tocáis en rabias, en iras, en tigres, y escarmientos: Hoy pues que de vuestro bando estoy, ayudad al riesgo de mi vida; pero Albano, no en vano llamé a mis celos. Enrico, ¿qué grave caso, tu lealtad ha traído, con tanta prisa y recato? Señor, no quisiera. Dilo. de Albano el desasosie siguiéndole me he traído a ver; pero desde aquí apurarlo determino. Por ver, si el príncipe adonde se quedó Enrico, vengo; pero recatado escucharé sus difinios. Señor, tu padre. ¡Ay de mí! De un achaque combatido, su folio, y real asiento, de humano paso adivino. Tente, porque el corazón en el pecho arrepentido, del antecedente duelo, se retrata ya a latidos, pues a los ojos se asoma. Mas hay, que solo averiguo, que duelo carece, quien no llora un padre perdido. No es en el mayor estrago, de su fortuna escondido, el rey nos está escuchando. Pues ¿cuál puede, más impío, más cruel, ni más severo, serlo para mí? El que escrito, en este pliego se oculta. ¿Pues tanto le ha encarecido? grande debe ser el baño, y aun temo, que participo yo dél, según el cuidado que de ocultarlo han tenido. Del recelo que me trae tan solamente averiguo circunstancias que le agravan añadiendo indicio a indicio. Mas por respeto o violencia he de saber el motivo del mío y de su cuidado. Mas con amantes cariños, cortésmente he de empeñarle a darme de todo aviso. ¿Príncipe? ¿Esposo? ¡Ay de mí! ¿yo?¿quién?pues. Mostrad Enrico esa carta que ocultáis Señor, mira. Mostrad digo. Hoy el término fatal de mi vida se ha cumplido. El sombrero se os cayó. Aquí está ya. No me admiro, que caiga el sombrero, a quien una corona ha caído. Del rey de Hungría es la carta, y dice así: hijo querido (que así te llamo, porque sólo en el nombre lo has sido.) Sabe, que habiendo llegado casi al postrer parasismo de mi vida, te declaro, como no eres mi hijo, ni sé tu origen tampoco, porque no fuera bien visto, cuando a la verdad me parto, dejar aquesta en olvido. Sólo la adopción me debes, y el darte secreto aviso deste prodigioso caso, con el más leal amigo, porque este reino no pierdas, pues estando sin preciso heredero, hacerlo puedo, lo demás te dirá Enrico. Extraño suceso, ¡cielos! ¡Ay de mí! ¡Raro prodigio! Señor, mi obediencia pudo. Mas, pues, la fortuna quiso darme tan buena ocasión, valerme de ella imagino. Enrico, no te disculpes, que ya en tu lealtad he visto tu inocencia, solamente contra el traidor Rey me irrito, que bajamente adoptando a un hombre no conocido, doblemente cauteloso, enlazar mi sangre quiso con quien; pero aun el nombrarlo es indecente a mi altivo corazón, que en tal pesar colérico, y vengativo, sólo por poder matarle quisiera tenerle vivo. Y pues antes de lograr a Irene, el cielo benigno viendo traición tan aleve, quiso darme de ella aviso. Saldré luego de mis reinos, que aqueste ultraje remito, más que no por tu inocencia, por ignorados motivos de mi afición que me obliga a dejarte sin castigo. Padre, amigo, Rey, señor, si a par de deidad te hizo el cielo, muéstralo en ser piadoso con un rendido, pues no hay prueba en la deidad mayor que lo compasino. Y más cuando careciendo de culpa en este delito, a la espada de tu enojo embota el llanto los filos. El ser de estirpe ignorada no prueba el ser mal nacido, pues como de baja sangre, puedo ser de alto principio. La verdadera nobleza (según dijiste tú mismo) no consiste en las acciones de un ánimo esclarecido. En constante, pues si en mí una dudo, otra confirmo, ¿quieres, pues, que a esta evidencia menoscabe aquel indicio? El ser noble uno por sangre, ¿es más que haber concebido todos, que a Ilustre Ascendencia guarda blasones antiguos? Luego si esto es aprehensión, y noble me han aprehendido, noble seré, si queréis tú, la Princesa, y Enrico. Esto a tus plantas postrado, como esclavo, no como hijo, más que por mi conveniencia, por mi opinión te suplico. Y bien digo, como esclavo, pues que por clavo esculpido tendré el yerro de mi fuerte, y por ese el ser que pido. Duélete de esta inocencia, por ti mismo, y por mí mismo, por ti, pues fui tu elección, y es de tu valor indigno, que digan, que me encumbraste para mayor precipicio, y que mirando las prendas que en mí asisten, has querido, apasionado, que venza a una virtud, un delito. Por mí, porque no malogre deseos en tu servicio, moviéndote el ver, que quien procedió tan advertido, cuando pensó que era mucho, qué hará, cuando reducido vea su ser a sus obras, y a sus fines su principio. Y así, benigno, piadoso, tierno, afable, compasivo, amoroso. Tente, calla, no prosigas, que me irrito de ver, que de mis piedades usando, te has atrevido a proponerme razones que no sé cómo he sufrido, cuando debiera matarte, porque a los climas distintos, no lleves la vana gloria, de que en el nombre has sido dueño de Irene, mas baste esta piedad que confirmo, sin que mi secreto pase a cometer un delito contra Dios, contra mi imperio, y contra su honor, y el mío. Señor, esposa mi bien, a vos sola me remito, pues vuestro sexo, el blasón de piedad siempre ha tenido. El amor todo lo iguala, ese planeta lucido no se ofende, de que Ciclie, aspire a igualar sus giros, pues su altiva pretensión disculpa su afecto mismo: vos, si me estimáis, podéis hacer. Albano, ya miro, que el ser infeliz no es culpa, que es vuestro afecto crecido, que son muchas vuestras partes, pero hay casos, que ellos mismos, sin tener culpa al obrarlos, están llamando al castigo. Por ello hay también piedad. Ello es, cuando en los delitos no hay parte. ¿Pues quién la hace? Mi estado que se ha ofendido, y clamando está el engaño. ¿Y vuestro amor? Es muy niño, y el pundonor es gigante. ¿Y la tierra? Es preciso, que antes la tenga de mí, y así, Albano, solo os digo, que si cruel os ultraja vuestro hado vengativo, sin culpa, que yo tampoco la tengo en vuestro destino. ¡Igualmente sus desdichas. siento, más cielos Divinos, si no tengo parte en ellas, como de ellas participo! Enrico, ya no me queda otro amparo, ni otro asilo, sino tu lealtad, y así, a ella acudo, y de ella fío, que en la borrasca que corro, triste naufragio impelido de las procelosas ondas de las fortuna, en ti, amigo, hallé tabla para el golfo, y mano para el bajío. ¿Señor, yo que puedo hacer, si ya todo se ha sabido? Y que el Rey de este suceso avise a Hungría es preciso. Sabe el Cielo mi deseo, más tu naufragio no evito, que el monstruo de tu fortuna está tan enfurecido que ni la table, ni el brazo de mi secreto has podido asir para defenderte, y aunque fluctuar te miro, arrojarme yo tras ti, fuero loco desvarío, cuando con el mío, no se excusa tu precipicio. Aguarda, ingrato, detente, vive Dios, que estoy corrido, de que la angustia pudiese a mi corazón altivo humillarle, hasta pedir a la fortuna partidos, sabiendo que es de villana condición, pues desperdicio hice del llanto, y del ruego, el que la hace sacrificio. Más vale, más, irritarla, pues de su rencor, mi alivio puede nacer, si llegare de su ceño vengativo la fiereza, hasta ,matarme, pues quien pierde a un tiempo mismo. ¿Estado, dama y honor, para qué ha de quedar vivo, si no para oír tu afrenta en baldones repetidos? Y en los casos del honor hace el dolor más activo, la vergüenza de escucharlos, que la pena de sentirlos: Y así, mentida deidad (pues argumento es preciso, que no es deidad, quien fin causa vía de lo vengativo.) Si te precias de mudable, Solo en darme por alivio La muerte, morir deseo, puesto que con ella evito las impiedades de un Rey, la deshonra un que me miro, la pérdida de un Imperio, la ingratitud de un amigo, y el desprecio de una dama. Porque la afrenta, lo impío, la pobreza, los rigores, la ingratitud y el olvido, conmigo mueren, si muero, y viven en mí, si vivo.

JORNADA SEGUNDA

Enrico, seas bienvenido. A saber, señor, que mandas, obediente a tus preceptos vengo. ¿Para qué nos llama ap. este viejo? Ya sabes, que dejando a Escandinavia nuestro Rey, con la Princesa que le sigue, y le acompaña, para Roma es partieron, a consultar con el Papa ciertos negocios. Ya sé también que en su ausencia encarga, a tu prudencia, y valor, en tu brazo, y en tus canas, por Arbitro del gobierno, la Justicia, y la templanza. A que eso asentado, pues, saber ahora te falta, que de Rodulfo, de Hungría, padre de Porcia, una carta, para el Rey viene, en que dice, que sabiendo lo que pasa de Albano, él como Cabeza, puesto que Hungría le aclama General Gobernador, humilde a sus Reales plantas, por todos perdón le pide de la injuria, si es que alcanza la culpa de ella también a una sencilla ignorancia. Esto dice, y con contigo, a Porcia tiene casada, y que su licencia pide, para que a Hungría se parta, en habiéndonos desposado, y supuesto, que el Rey falta, por las causas que ya he dicho, y a mí en su lugar me halla, este aviso no he querido dilatárselo a tus ansias: y así de tu desposorio, y de tu partida trata. Porque dichas, que me avisas no malogre la tardanza, me pariré a disponerlas, dándome licencia. Aguarda, que Porcia viene. Pues me voy porque ya sé que embaraza a los incendios de amor siempre el hielo de las canas Vete, Julio. Ya me voy a esperarte en la antesala. Buscando a Fermín, que saber mi amor pretende de su lealtad, donde Albano huyendo su infeliz suerte, se oculta, pues el volcán, que en el corazón enciende amor, no son sus fortunas parte para que se temple: ¿Mas qué es esto? ¿Aquí está Enrico? ¡Ay, amor! ¡En que te ofende el mío, para que ciego, siempre las suertes me trueques! Bello dorado prodigio, ¿siempre duran tus desdenes? ¿Siempre tu rigor se esfuerza? ¿Siempre de mi amor te ofendes? ¿Y siempre ingrata me olvidas, viendo que te adoro siempre? Pues que causa ha habido nunca, para que en mi amor se templen agravios que siempre duran: Si mis celos descorteses te enojaron bien por ciegos disculpa, y perdón merecen, y más cuando ya la causa de ellos, serlo más no puede. ¿Por disculpar una ofensa cometéis dos? De qué suerte La primera, en suponer que haya quien mi amor merece, y la segunda, en pensar que cuando la mereciere el que vos creéis que yo le olvidaría, por verle de la fortuna ultrajado, sabiendo que las mujeres de mis partes, cuando aman, no aman por interés. Que fuera, que pertinaz, anda mi contraria fuerte, pues duran mis celos, aun sin durar el que me ofende: Según eso, ya señora, borrarse en mi idea pueden las esperanzas, las dichas que vuestro padre me ofrece. Aquí es menester industria, no, porque es muy diferente quereros yo, porque quiero, o quereros, porque él quiere. ¿Pues cómo sin querer vos podéis llegar a quererme? Porque aunque la voluntad es en el sentir corriente libre, no esa ley común a las mujeres comprende de mis estado, que atiendo al pundonor solamente de su calidad, preceptos paternales obedecen, por justos, haciendo alarde de que en deidades mujeres, también sigue amor razón, y está en su mano el vencerse, para el intento que sigo, asegurarle conviene. Pues sabed, dueño adorado, para que mejor se esfuerce desde hoy vuestro vencimiento, que ya mi dicho os merece, y que vuestro padre manda en sus cartas. Rigor tente. Que con la mano de Esposa, Premiando mi amor, os lleve a Hungría: más viendo yo que no es fineza, ni puede llamarle amor, desear otro de lo que desee al objeto amado; aunque el deseo lo condene, no he de excusar mi dicha, mientras ser no conociere gusto vuestro pues el mío no es tan bajo, que apetece cariños que esfuerce el arte, ni halagos que honor esfuerce, que quien logra una beldad contra su gusto, no puede si se advierte, decir, que la goza, aunque la posee. De buenas armas, señor, os valéis para vencerme, pues no hay medios, que lo sean en una beldad más fuertes, que una adoración rendida en una intención prudente, que una fineza, que dice, que no se interés le mueve, que un deseo tan hidalgo, que al de su dueño se vende, y finalmente, un amor fino, pues es evidente, que quien tiene fino amor, todas estas cosas tiene. Pues desde hoy mi dicha espero, si es que esperanza consiente vuestro gusto. La esperanza, aunque no se dé, se tiene. ¿Luego no me la dais? No, que entre dárosla yo, o entre tenerla vos, hay distancia, y muy grande, pues se infiere de quien la da, que el favor asegura, pues le ofrece, y si no le cumple, engaña, y hace la queja decente. Mas quien la tiene, sin que se la den, cuando se viere sin ella, solo tendrá queja de él, pues él la pierde. Digo, que dos veces tuyo (pues que rendido dos veces igualmente a tu discurso, y a tu belleza me tienes) será gusto para mí el esperar, sin que esper, porque me des la esperanza de esperar el merecerte. Y así mientras que dispongo tu viaje, y mientras llegues a Hungría, y mientras en ella gustes dilatar mi suerte, hubiere en pena tan grande, con un alivio tan breve, como el pensar que mi dicha puede ser, y no ser puede. Y ahora que antes de partirme, oprimido me revele, Fermín, adonde está Albano, para atajar con su muerte la causa que de mi amor, la ejecución me suspende. Yo antes de partirme haré, que con dádivas me enseñe Fermín a Albano, porque burlando de quien le ofende, aunque a costa de la mía, llegue a mejorar su suerte. Y así mi amor. Y así mi odio. Para vencer. Por vencerle. Deje al tiempo la experiencia. La experiencia al tiempo deje. ¿Arrendaste los caballos? A un tronco quedan asidos. Pues déjame dar gemidos, donde nadie ha de escucharlos. ¿En esta selva metido? ¡Ay de mí! Bien lo sospecho, como arrendador me has hecho, no es mucho que ande perdido. Con tu industria libre estoy, tu lealtad he conocido. En fin, tu pan he comido, aunque no le como hoy. Pero pisando esta juncia, descansemos sin temor, pues ya llegamos, señor, a los montes de Maguncia. Ya huyó tu fiera saña, cruel fortuna severa. ¿Tienes temor a una fiera, y viene este a la montaña? quejarme quiero a estos fresnos pues el eco, en sus retiros, volviéndome ya suspiros. Así volviera torreznos. ¿De esto hayas de acordar? ¿Tú no lloras inoportuno? pues quejose cada uno a sabor del paladar. Yo como infeliz prevengo de mi pena a este retro por lo que tengo suspiro. Y yo por lo que no tengo. Venza tu lealtad aquí, y ayúdeme a mí a llorar. ¿Pues cómo te he de ayudar, sino tengo para mí? Deja pues, que el rostro esmalte ¡Ay de mí! ¿Con rabia escucho, si tu le llamas, que mucho de que nunca un ahí te falte? Ten valor. Por este rato de barato te lo pido, más viendo lo que has pedido, ¿cómo te pido barato? No el estado no el sosiego lloro, si las penas mías fuesen de amor, qué dirías? Diría que estabas ciego. Y que acertaras no ignoro. Pues dime, señor, ¿en qué? En que es tan grande mi fe, que viendo menos, más lloro, causar este dolor puro amor, que en el alma copio. Y le copias muy al propio. ¿Cómo? Le pintas desnudo. Aunque es mi ardor infinito, casto amor mi pecho inflama. Si a ti lo casto te llama, a mí, señor, mi apetito. Pero por más que suponga nuestro intento es por demás, ni tú a tu dama verás, ni yo veré a mi mondonga. Bien dices, pues ya no puedo verla, ni hablarla, y así vuelvo a decir. ¡Ay de mí! El hombre se mudó, en miedo. ¿Qué es esto? El eco que toca a cenar, esto va malo, y como era tu regalo, te quito el ay de la boca, eco hay aquí tan soez, que vivos nos comerá. El eco es nada. Hoy ya puede más quien menos es. Tu miedo me maravilla, aquel suspiro veloz, no es eco, que es voz. Si es voz, que la espere una Capilla, volando huyo, esto ha de ser. Pues yo, que me quedo aquí otra vez digo. ¡Ay de mí!. Ya no me atrevo a mover. Esta, ya lugar no deja de discurrir, ni dudar, pues quien le puede faltar, si es de mujer, ¿y se queja? ¿Quién le faltará? ¿Quién piensa como su miedo repare, qué es faltar? Sino faltare, me falte a mi una despensa. Ve tu por al volando, a buscar la que sonó hacia allí, mientras que yo, a esto otra voy buscando. ¿Yo buscar? Tal no he de hacer, de ti puedes hacer caso, ¿cómo buscar? ¿Pues acaso he la yo de menester? ¡Linda cosa me encomiendas! Eso a escuderos andantes, ¿yo buscarla? Mándame antes buscar un cambio sin prendas. Voces, que a nombrar no acierto, de otro podéis ampararos, porque para mí, el quejaros es dar voces en desierto. Aguarda Joven valiente, que no quiero que defiendas tan a tu costa mi vida. Poco hará quien por fin muera pero pues la fiera huyo, corta ha sido mi defensa. Ya, señora, libre; ¡Ay Dios! ¡Irene es, quien tal creyera; pero Cielo! Desmayada, marchita está su belleza. Irene, mi bien, despierta, ¡Oh fortuna endurecida! ¡Que una vez que hallo mi vida tengo de encontrarla muerta! ¡Pero en gloria tan incierta, llego a diferencias aquí, viendo que están, y de mí! sin luz una, y otra Estrella, de que nada vive en ella, porque todo vive en mí. Más cómo, si muerta estás, dime, ¿tan viva enamoras? y si viva ¿cómo ignoras el tormento que me das? Menos obra, y siente más, temple ese hielo, este ardor, o vendrá a creer mi amor, para mayor desventura, de que aún muerta tu hermosura, está vivo tu rigor. Pero como astro inhumano, penas tu influjo me advierte, si puedo labrar mi suerte pues ¿tengo el Cielo en mi mano? Ya no el Cetro Soberano echo menos, pues más soy, porque no trocara hoy (aunque en libertad esclava) por el estar donde estaba, el estar. ¿Adónde estoy? Estáis. Ay, Cielo, ¿qué miro? ¿Dónde? O es vana mi idea. Un amor. O este es Albano. Halláis. Él es. Porque vuela. ¿Pero cómo? Con las alas. ¿Tras mi vino? Que le prestan los deseos de serviros, por poder decir que acierta. Absorta estoy viendo a un tiempo, que oculta causa me fuerza, a quererle y causa oculta, a que mostrarlo no pueda. Más ya un medio entre callarlo, o decirlo, amor me enseña, cállelo, en lo que niega, dígalo en lo que agradezca. Siempre, Albano, la fortuna es contraria de las prendas, quizá porque no atribuyan los efectos de ella a ellas: Yo confieso las que en vos lucen en que aunque vuestra estrella puede hacer que sean menos, no puede hacer que no sean. Y más, si os miro, además de arrojado en la defensa de mi persona, y atento a los pundonores de ella, tan cortés, y tan rendido, que es lo más, pues cosa es cierta, que para obligar no hay medios, que fueren con menos fuerza: Y así aunque vuestras fortunas aniquilaros pretendan, sin piedad, haciendo que culpa la desdicha fea: Ya que no quien la revoque, ya que no quien la desmienta siempre tendréis en mí quien esta fineza agradezca. ¿Quién agradezca no más? I. ¿Qué es poco? No más quisiera más el deseo, porque como es libre, no le enfrena a que no desee más el ver que más no merezca. Pues aunque el deseo aspire a más. Prosigue. ¿Quién llega? Suspenso estoy. A empeñarse. O que de dudas. Resuelta. ¿A qué será? A agradecer. ¿Qué dicha! También se empeña. O qué dulce acento …ren. A Albano. ¡Jesús lo que más un suegro pesa! ¿Quién embaraza mi dicha? ¡Más qué miro! Rey. Rene bella, ¿tú aquí fuera del peligro? Esto debo a la asistencia de Albano cuando en vil fuga miro nuestra gente puesta, dando cobardes la espalda, de este bulto a la fiereza. Si que al oír que en el monte femenil voz se lamenta, llegué a tiempo, que furioso bajando entre unas peñas. Y notando su designio, miro que su intento era, en una beldad rendida, usar villanas violencias, cuando ¡ay triste! Si verdad he de decir tan suspensa quedó el alma al advertir el riesgo en que estaba puesta, que me causó mayor susto, más confusión y más pena, cuando la fiera buscará, el hallar una belleza. Tú eres al revés, que yo sé que se asusta cualquiera, cuando una belleza busca, y encuentra con una fiera. Saqué la espada arrestado, me opuse a la defensa, y cómo miró el león en mi cólera resulta, y en mi espada, hierro y fuego, erizando la tez crespa, dijo, no ha de menester quien me rice la guedeja. Y con hablarte entre dientes, ¿entendiste bien la lengua? Halló el bruto, más ya noto que es su persuasión grosera, lo que las obras explican, el referirlo la lengua, y así en este ameno sitio, con la Princesa te espera, mientras que Fermín, y yo, tomando opuestas veredas, todo el monte discurrimos, para ver, si entre sus breñas, o ya pastoril cabaña, habita, o rústica Aldea, donde podéis repararos, sin que atribuirse pueda a grosería, ni a olvido faltar a vuestra asistencia, pues que os deja no dirán quien por vosotros os deja. Esto sí, a buscar reparos vamos muy enhorabuena, porque reparar en eso, muy necio reparo fuera. ¿Irene? Padre y señor. No con ese nombre ofendas mi amor, cuando otro más dulce nuestra voluntad dispensa. Y pues saber que la mía, tanto me oprime, y me fuerza, que atropellando atenciones de tu amor, a tu belleza, llegué a hacer dueño, de. I. Aguarda que equivocando la fuerza a las razones, las dices con tal arte, que aprovechas para obligación, las que se hicieron para la queja. ¿Qué? ¿La tienes de mí? Sí. ¿Quién la causa? Tu fineza. ¿Mi fineza? Sí, señor. ¿De qué manera? De aquella. Mucho quisiera decirle a ese traidor, a esa fiera, que darle nombre de padre, no es bien, a quien en mi tierna edad XXXX el albedrío. pudiere hacer resistencia, ciego, torpe, aleve infiel, se apoderó de la fuerza de mi honor: mas ¡ay de mí! que echa el delito cadenas a la lengua, pues esclava la que le comete queda, y siendo quien más me agravia, mostrarle cariño esfuerza. ALPAÑ. Dicha ha sido el encontrar tan cerca de aquí una Aldea. Padre injusto, Rey tirano, falso amante, dueño ingrato. ¿La Princesa con el Rey hablando así? Recatarme será fuerza. Que aun en todos estos nombres puede argüirte mi queja, solo quiero en el de ingrato fundarla, para que sea más fácil en mí el decirla, más decente en ti el saberla. Y así, dejando a una parte toda aquella edad primera de tu amor, y el apurar si a mi albedrío hizo fuerza de padre la autoridad, o ya de Rey la violencia. Solo voy a que no hay amante, que por su misma opinión, la de su dama a tu gusto no prefiera. Y cuando en ti esta razón debiera hacer mayor fuerza, por ser de mayor quilate, la que en mi se considera, veo que de ella olvidado, nunca has atendido a ella, pues rehusando el darme estado tantos años, a sospechas viles has dado ocasión. Pues viendo tu resistencia pudieran imaginar nuestro delito si fuera su culpa de calidad que imaginar se pudiera. Y después que a las infancias y a las repetidas quejas de tus leales vasallos oprimido, viendo que era perder tu Imperio, y perderte, tardar en satisfacerlas, a más no poder, mis bodas capitulaste, y apenas de Albano, el fiero suceso, para estorbarlo abrió la puerta, cuando por ti publicaste, lo que por él no debieras. Y últimamente, después, que oyéndome, y viendo que era al más ciego precipicio, correr a carrera abierta, determinamos, ¡ay triste! buscando causas supuestas, partirnos a Roma, donde el que en las Almas dispensa diera remedio piadoso, a nuestra antigua dolencia. Y cuando para que amor a reincidirnos vuelva con la ocasión, que ella es quien abre al riesgo las puertas, divididos caminamos, ¿te rindes a la primera sin advertir, que no es fineza ya, la fineza que publicando delicias viene en rigor envuelta? Que te infiera de ella, que quien en no hace resistencia a su pasión y al primer lance, a la ocasión primera, rendido a sus viles yerros, muestra ser esclavo de ella. Mal corregirla podrá, cuando su deseo crezca a vista de un imposible, y así es vana diligencia proseguir este viaje, antes es errada empresa, para no conseguir nada, añadir otra sospecha. ¡Válgame el Cielo, qué escucho! Bien tus intentos pudieras apoyar por otro rumbo y honestar de otra manera. ¿Pues por qué? Porque es hacer muy ignorante mi pena, querer dotar tu mudanza a costa de mi fineza. ¿Yo mudanza? ¿A que ese nombre das a mi noble advertencia? ¿Cómo de esa fuerte me hablas? Cómo los celos me fuerzan a hablarte así. ¿Celos tienes? Pues ya no extraño que tengas desatención. ¿De qué fuerte? ¿Bien fácil es la represa, si son villanos que mucho ser su plática grosera? ¿Más cómo si de quien los tienes? ¿De quién en dichoso se empeña, en tu defensa logrando, que tu alabanza merezca, de quien tu gusto apetece, de quien causa mi tristeza, de quien mi queja ocasiona, de quien me obliga a que. Espera, que lo que fue grosería, ya es agravio y porque veas quien ofende o quien ultraja, esta ha de ser la postrera vez que mi afecto sencillo te hable bien en esta materia, pues no hay más satisfacción de un celoso que es que vea a su arbitrio el albedrío y así manda en él, y ordena, que no hallarás repugnancia, que no tocando a mi firmeza, has de conocer que es mía, se pierda lo que se pierda, ¡Ah falsa! ¡Ah aleve! ¡Ah trayectoria! quien creyera tus cautelas, bien la vida que te he dado, pagas haciendo que muera. Fingirle amor es forzoso, pues mi desdichada estrella a tal estado me trae, que infelizmente sujeta, por buscar un riesgo, hago lo por huirle hiciera. A tan fino proceder, satisfacción y respuesta den mis brazos. Que esto sufra. Tente que temo que no vuelvan Los que de aquí se ausentaron. Dices bien y mientras llegan, aquel ciego laberinto, que la intrincada maleza, comporte allí de espadañas, murtas, romeros y adelfas, temple las iras del Sol. Mi respuesta es mi obediencia, pues para huirle de quien cansa, ningún remedio aprovecha. ¿Esto es sueño? ¿Es ilusión? ¿Es fantasía? ¿Es idea? ¿O es verdad? Si verdad es: porque para mí las penas nunca fueron ilusiones, sueños, fantasías, ni ideas, pues si es verdad, pues si es cierto, como mi furor no llega precipitado a arrancar del monte las duras peñas, ¿en qué sabré su sepulcro, porque no viva mi ofensa? Y no es empeño difícil, al impulso de mi diestra, porque nunca la razón hubo menester la fuerza. Sin duda, ¡ay de mí! Sin duda, que fue de entrambos cautela, el publicar contra mí, que no era yo quien era, para poder proseguir su abominable torpeza, quitándole ingrato el uno, usurpando la otra fiera a mi inocencia, y amor, estado, honor y riqueza. ¿Más cómo de esto me acuerdo, si el agravio que más pesa en mi sentimiento es el quitárseme ella a ella? Pues si mito un deshonor, pues si contemplo una pena, si lloro mi ingratitud, si padezco una cautela. ¿Y más que todo, unos celos tan a la vista, que espera mi valor, que no lo impide mi brazo, que no lo venga? ¿Y qué temo cuando es de Dios, y mía la ofensa? Pues quizá me trae furia a ser instrumento de ella. Pues aunque no hubiera en mí celos, injurias, y ofensas, hubiera un celo de Dios, y un furor Chriano hubiera. Mueran pues, y muera yo a vista de la tragedia, que no importa morir, como conmigo mis celos mueran. Ya no puedo ayudar más. Pesia mi vida, o correr, ino ser mujer perdida. ¡Del susto, del calor, y del cansancio, rendida estoy, hay vida de Palacio mejor me hallaba en ti! Tú andas errada, que en el monte también estás hallada. A tu piedad le debo, más tan cansada estoy, que no me atrevo, si una litera, o coche no me buscas, si pasar adelante. Que me ofuscas, ¿sabes adónde estás? Y pues justo, tráeme conserva, y agua para el susto. Mujer de Barrabás, que esto es Montaña. Y para reparar del Sol la sana, El sombrero, el volante y mascarilla. Esto es manía. Oyes si hallas silla mejor. Ya no me admira, aunque me enfada, si tanto pides, de que estés cansada. Hoy fío en tus desvelos: ¡Muerto soy! ¡Ay de mí! ¡Valedme Cielos! De horrores está llena la maleza. La tierra debió nacer de algunos presa, y crueles devora. Si esta fiera, a buscar voy el coche, y la litera. Aguarda. No a tardar me persuadas, que hallaré ya las sillas alquiladas. L. Defiéndeme. En volviendo de la Villa. Las manos quiera ya, que no la silla. ¿Las manos? Ellos son intentos vanos, que a una mondonga nunca faltan manos. Valerme aquí de tu valor espero. ¿Cómo quieres las plumas del sombrero? que ya me parto. Empeñate, galante. Mírame huir, si quieres el volante. Pues aunque vueles, partir a tu lado, ¿Y dime qué ha hecho lo cansado? No seas importuno que el huir y el correr, no es todo uno. Ya mis celos se vengaron, ya tristemente fluctúan ambas vidas en la sangre que tanto delito inunda. Verdes plantas, dulces aves, fuentes claras, peñas duras, supuesto que haya mi error en todas quien le confunda, seda y lo mismo a mi vida, pues para que se concluya, podéis probar mi delito, aunque mis iras le impugnan: ¡Ay de mí! Donde el extremo de mi aleve, de mi injusta, cruel, rigurosa estrella traerme infeliz procura, cuando en mi idea confusa, sobre cualquiera mayor, ¿batallando están mis culpas? Ya no hay medio a mis desdichas, pues ni amparadas, ni ocultas, de la tierra, ni del Cielo de uno, ni otra, se aseguran, pues quién solo halló en los hombres ingratitudes, e injurias, cuando granjeando a todos no dio ocasión a ninguna, ¿cómo el esperar piedades podrá, cuando de una injusta de una cruel alevosía aún lo insensible le acusa? ¿Y cómo el Cielo favor dará piadoso, ni ayuda a quien en injusto homicida su mismo poder le usurpa? Y a mis culpas reconozco, ya confieso que son muchas; y que mis iras merecen que de ellas la piedad huya. Buscar clemencia, es error, pedir perdón, nueva injuria hacer extremos en vano, y en fin no morir, locura. Pues si ya no hay esperanza de remedio, y a mis angustias, porque muera muchas veces darme la muerte rehúsan, Yo mismo a mí mismo, ¡ay triste! con esta acerada punta, que de rosicler la esmalta, rompa las entrañas duras, muera de mi brazo. Aguarda. ¿Quién la ejecución perturba a mi rencor? ¿Quién suspende mi desesperada furia? ¿Si es ilusión, que se forma con el horror, o la angustia de la muerte, a quien rebelde naturaleza repugna? Más no, que fue humana voz, y porque acaben mis dudas con su respuesta, pretendo culpar en una pregunta: ¡o tú, que con tu piedad, más que compasiva, injusta, el que yo estorbe mil penas quitas, estorbándome una! ¿Quién podrá de tantos males como contra mí se aúnan quitar los recelos? De una duda paso a muchas: pues si busco voz humana, divinas voces me anuncian tu rigor, cuando el remedio que a mi esperanza articulan son los celos, que es lo mismo, que todas las penas juntas. Pero de su arcanidad en misteriosas, profundas voces, apurar pretendo lo que el pecho dificulta, si celos he de esperar, cómo templarán angustias, siéndolos ellos también? No aquí de que me confundas quieras hacer blasón. Son. Aumentando vas mis dudas, sin decir no, ni sí. Pues burlando de mi industria, me has dado a entender, que espere mi desventura. Ventura. ¡Ay de mí! Cielos, valedme, que más intrincadas luchan mis ideas, pues advierto, si las respuestas se juntan a hacer una sola, que Celos son Bien y ventura. ¡Sin duda, ay arista! Que el eco, que voces sin voz pronuncia, fue quien respondió a mis males, para decir, que si buscan consuelos en la inconstancia del aire les aseguran; porque el Cielo no juntara, si es sabiduría suma, en aquella razón, los contradictorios que junta, pues como pueden los celos que penas, dolor, e injurias traen, en un mismo lance ser ventura, y bien. Escucha. 1. Injurias de Dios, Albano. 2. Vengase con tus injurias. 1. Y así, aunque es tu culpa grave. 2. Grave es también tu disculpa. Y si a todos los celos ciegan y ofuscan, quiere, que a vista de ellos cobres la tuya. 1. En este monte queda. 2. Llorar tus yerros procura. 1. Deja tu Reino, que en él. 2. Otro Reino te asegura. 1. Y así humilde y constante, toma este Cetro, que si con él te ajustas, no podrás menos. 2. Toma, porque ciñendo esta Corona, nada dejes, si deseas una por otra. 1. Y queda en paz. 2. Y en paz queda. 1. Para que viendo que triunfas. 2. Con estas insignias digas. Celos son bien, y Ventura. Mensajeros Soberanos, que rompiendo ondas enjutas del Aquilón, vuestras alas celestes piélagos surcan. Esperad, para que pueda mi voz, si hasta ahora muda, menos torpe, agradeceros, lo que las vuestras me anuncian. Escuchad, ¡pero qué yerro! ¿A que el corazón os busca, viendo, que un Dios que le llama, es constante que le escucha? Y pues me escucháis, Señor, y no es vana conjetura, que perdonar quiere el Juez, que al reo descargos busca. Sea el publicar mi yerro aquí mi mayor excusa, que en vos, la mejor defensa, es confesar una culpa. La voz, pues, sea testigo de mi pesar, de mi angustia, y la lengua en fin delate, lo que al corazón añuda. Salga del pecho, y aumente el llanto que el rostro inunda, que es mucho fuego una ira, y a menester agra mucha. Piedad, Señor, piedad, ¿más que superfluo importuna, mi dolor, viendo presentes las que en mi vuestro amor surca? Pues son tales, y son tantas, que para que se confunda mi dureza, cuando más huyo de vos más me buscan. Y porque desde favor no quede escrúpulo, o duda, con mi diestra, y en mis sienes estas señas lo aseguran. ¿Más para que Cetro Real, y Real Diadema Augusta me enviáis, cuando queréis, qué humanos Imperios huya? ¿Qué significa este Cetro? Mas ya delata mis dudas, ver que se transforma en Palma: jeroglífico, que anuncia descifrada la paciencia, y siendo así, ¿quién le junta Regir Corona? Más hay, que sus esmaltes se mudan en un Laurel, grave insignia, que los vencedores usan. ¿Qué misterio es este, Cielos? Más ya no le dificulta el pecho, pues claramente muestra, y sin voz articula, que en nuestro Reyno, tan solo quien tiene paciencia triunfa. Y así, trabajos, Señor, vengan, vengan desventuras, que desde hoy tan solamente me han de alegrar las angustias. Vengan baldones, y afrentas, y cuántos martirios juntan la envidia, y la tiranía, pues hace homenaje, y jura el pecho de padecerlas con noble Fe, por la tuya. Más ay amante Dios mío, Sin duda, ¡ay de mí!, sin duda que esta palabra esperabas, pues apenas la pronuncian los labios, cuando a su ser corona y cetro se ajustan, tácitamente admitiendo la promesa, pues sin duda quien calla a lo que otro ofrece, desea que lo cumpla. Y así, desde hoy más. Aguarda. mujer, detente, no huyas, que ya no hay furia. Esta es la voz que la airada furia detuvo a mi impulso. Ay tal, espera un poco. ¿Qué buscas? Sigo a una niña que corre, y es tanta mi desventura, que con ser niña y ligera, el alcanzarla está en duda: mas corona en la una mano, ¿cetro en la otra? ¿te burlas? ¿a quién festejas que así de mojiganga le buscas? A quien yo busco las veras le entretienen, no las burlas. Pues ¿quién te puso así? Celos. Celos, cierta es tu locura. Nunca más cuerdo me viste. Aclárame tantas dudas. Como hay celos que son dichas, y sígueme porque mudas declaren mejor mis obras, lo que el labio no pronuncia, y repetidos testigos de mi mudanza, en la dura penitencia, lo confirmen, para que no se atribuya a leve mudable impulso la llama, que el pecho alumbra, viendo que dura esta vida, lo que en mí esta vida dura. Luego ¿aquí hacemos jornada? Sí, amigo. Pues doy soltura a los caballos. Bien puedes, mientras yo oprimo mis culpas. Santo te haces, y ya el rapto tienes, que no hay más locuras, que querer defender, que celos son bien, y ventura.

JORNADA TERCERA

Sombra, ¡por qué me persigues! ¿Por qué empeñada en mi alcance quieres que un pobre sirviente pague lo que un amo hace? No vengativa cometas en mí barbarismos tales, como siendo quien me debe él, sea yo quien le pague. No huyas, que no soy sombra, ni aquí pretendo tu ultraje. Pues, ¿qué quieres? Que me escuches. Si es pedirme que te saque del purgatorio con misas, por Dios que echaste mal lance, que ya mi caudal me han dicho de misas en otra parte. Porcia soy, y a Enrico sigo, que asistiéndome me trae a Hungría, con la esperanza de que su fineza alcance con el trato, y la asistencia el término de obligarme: y en esa vecina aldea parando, la lastimable tragedia de Irene supe, y también que en este valle santamente vive Albano: y como es guerra suave amor, en cuya malicia tanto los ardides valen, pensó uno el corazón: y es que pues fino, y constante, Albano a Irene adoró, y somos tan semejantes las dos, que una misma somos, en voz, en rostro y en talle, fingiese que Irene soy. Esto pensé, y fue tan fácil la ejecución, que el soborno, que vence dificultades, de un villano consiguió que el cadáver ocultase, entregándome el vestido, en cuya industria, en cuyo arte fui tan dichosa, que Libia, me creyó Irene al mirarme: y en busca de Albano ahora, intenta amor la más grande, la más inmortal fineza, que acuerda el bronce, ni el jaspe. Sin duda que piensa, viendo que es mi pobreza tan grande cuántas docenas de ayunos a librarla son bastantes. Y si eso es, no lo haré, aunque me pringue el gaznate, porque para mí es lo propio, el no comer, que el matarme. Llégate, mas ¿que no soy la que piensas? ¿No es constante que eres Irene? Sí, amigo. ¿No lo es, que llegue a mirarte al golpe de acero aleve, envuelta en tu propia sangre? Pues ¿del Rey, y tuyo a un tiempo vi yo uno, y otro cadáver en la maleza? Es verdad. Pues si ya muerta quedaste. Eso no lo es. ¿De qué suerte? Como solo pudo el arma las venas, la alteración de ver dar muerte a mi padre, y si es un desmayo muerte, muerta pudiste mirarme. ¿Que Albano no te dio muerte, cuando al rey mató? Pesares que escucho, ¿Albano dio muerte al rey? ¿Con eso me sales, cuando a ti, y a él furioso, porque su enojo pasase como otras lo son de pieles, os hizo cribas de carne? ¡Válgame el cielo! Que he oído de buenas armas se valen mis ansias, pues a ofenderle voy, cuando voy a obligarle. Jesús, y lo que lo piensa, es, acaba, si ajustaste la cuenta, salga por Dios, que doy palabra inviolable de ayunarte los a nones, si tú me los das a pares. Fermín, no soy ilusión, Irene soy, y el negarte el desacato de Albano, fue por huir mi desaire, pensando que le ignorabas, mas supuesto que le sabes, digo que de las heridas sané luego; y a buscarle vuelvo otra vez amorosa, pero quisiera informarme de ti, cual fue de sus iras la ocasión, por no arriesgarme a que mis tiernos cariños con otras injurias pague. Bueno es eso cuando él dijo, que celos, ocasionarle pudieron. Celos, ¿qué escucho? Ya no son tantos mis males, si celos tiene, amor tiene, y podrá desengañarse de su aprensión, cuando vea que la que imaginó antes que le ofendía, con darle la mano se satisface. Ya, pues, que te vas haciendo con mi miedo más tratable, dime si otra cosa quieres. Solo que llegues a darme noticia ¿dónde está Albano, en qué se emplea, y qué hace? No es fácil la diligencia si contar su vida intento, porque es toda un sacramento. ¿De qué suerte? Es penitencia. Aguarda, luego ultrajado, (sin alma, ¡ay de mí! lo digo) ¿penitencia hace contigo? Sí, porque es mi convidado, cuando hiriendo ecos oteros, el sol abrasa más fiero, se pone de tabernero. ¿De qué modo? Se anda encueros, es gran soldado, aunque flaco, y al verle en los huesos puesto, se va al genio, y dice, esto es que a mi carne di un saco, y es fácil si se examina creer que es soldado viejo. Pues ¿por qué? En vano me quejo. Tiene mucha disciplina, no presumas de que le ensalzo, pues sus pasos en efecto son ya de muy recoleto. ¿De qué modo? Anda descalzo, pero aunque me va guiando por caminos tan austeros, él se hace lindos pucheros. ¿Cómo? Siempre está llorando, su vida publico aquí, y todos con pecho fiel, cuanto me dan, es por él, y cuanto le dan por mí, tanto en virtud se acrecienta, (aunque sufre este rigor) que ha hecho el milagro mayor. ¿Cuál es? El vivir sin renta. Calla, que mi dolor crece al referir su tormento, pues yo sus injurias siento, aunque es él quien las padece. ¿Su mal sientes? Suerte ingrata, sin él que viva no esperes. ¿Cómo creeré que le quieres, siendo un hombre que te mata? P̱OR. Guíame, pues ves que intento el hablarle. Eso no haré. Pues, ¿qué es lo que temes? ¿Qué? Que me echara del convento, y aún temo no me matase. ¿Cómo ha de ser tu homicida? No me quitaría la vida si el hábito me quitase. Vamos ¿Buscas mi discordia? Si mi amor te obliga así, ten, ten lástima de mí. Ten, Señor, misericordia. Muerto soy, ¡lance inhumano! ¿Quién, aunque el hado le aleja, compañía hace a mi queja? ¿Quién quieres que sea? Albano. Ven, pues, el paso acelera. Para huir. Dichosa soy. Mientras a otro paso voy, tú en ese paso te espera. Corazón mío, alentad, cobrad esperanza, amor. Misericordia, Señor, piedad, Dios mío, piedad. ¡Ay de mí! Parece cielo, que me estremece el horror, pero ¿qué es esto? valor, ¿cómo amor se muda en hielo? Mi culpa es tan grave y tanta, que aunque al cielo se levante, mi corazón al instante le abate al suelo. Levanta. Esto es cierto, sí, no hay duda. ¿De qué te admiras? De ver, que quien me ayudó a caer, hoy a levantar me ayuda. Eso intento, que aunque fui tu ruina y tu desgracia, hoy a mi imperio, y mi gracia te he de volver.¡Ay de mí! Pues por Irene me tiene, arda el fuego en que me abraso. Señor, válgame tu brazo, ¿Qué es esto que por mí viene? Para fingir en mis males, fuerza será que aquí intente, hablar equívocamente con palabras generales. No creas, Albano amado, aunque piensas que te di causa, que hubo culpa en mí para ejecutar lo airado. Pues no hay mayor evidencia, ni satisfacción mayor, que ver que de tu rigor me ha librado mi inocencia. Yo tu esposa quise ser, aunque otro me lo estorbó, y sabe el cielo que yo nunca te llegue a ofender. Y si imaginas ofensas, o injurias que aquí no digo, pongo al cielo por testigo de que no soy la que piensas. Tente, mujer, no prosigas, que mal tus errores piensas, pues no ves que dos ofensas haces, pensando que obligas. ¿Dos ofensas hago? Sí. Menos te llego a entender, ¿a quién puedo yo ofender con esto? Al cielo y a mí. ¿Al cielo, y a ti? Di, ¿en qué? Vaya mi engaño adelante, pues con fingirme ignorante, todo el suceso sabré. ¿No conoces (¡pena triste!) que en el hierro al que persuades, un nuevo delito añades al grave que cometiste? Mas bien haces en fingir, aunque tu culpa acrecienta, por no morir de la afrenta de decirle, y no morir. ¿Yo delito? Aunque no cuadre a tus intentos mi voz, ¿qué delito hay más atroz que el ser mujer de tu padre? No tiene ya tu desvelo que negarlo, bien lo sé, pues de los dos lo escuché. ¿Qué diré? ¡Válgame el cielo! Eso causó mis enojos, vengando cruel mi agravio, mas ¿cómo lo acuerda el labio, sin que lo lloren los ojos? ¿Esa es toda la ocasión de tu queja? ¿No es bastante? No, que es falsa e inconstante. ¿Cómo? Escucha la razón. ¿Qué bruto, qué ave, qué fiera, en llegando a conocer a aquella que le dio el ser rendida no la venera? Pues ¿qué hará quien en más grave freno de un entendimiento excede en conocimiento al bruto, la fiera, y ave? ¿Yo a mi padre incasto amor? ¿Yo más que afecto sencillo? Tiemblo solo de decirlo, el pensarlo me da horror, si aún en el pensamiento esa culpa cometí, permita el cielo que aquí sea. Ten el juramento. Si es verdad, y tan culpado se siente el honor ¿Por qué? Porque yo no te creeré, y es agravar tu pecado, y así no quieras tu error con nuevas culpas crecer. Tiranía es no querer, que vuelva aquí por mi honor. ¿Pueden mentir los sentidos? Yo propio oí mis enojos. Sí, que se engañan los ojos, mira ¿Qué harán los oídos? En la plática indecente, ¿yo propio no te escuche? Sí, pero advierte que fue el fingirlo conveniente. ¿A quién pudo, di, el fingirlo importar? A ti y a mí, y tú lo sabrás, que aquí no puedo ahora decirlo. Cree que el claro arrebol de mi sangre no manché, y que mi honor siempre fue más limpio y claro que el sol. Tú aquesta verdad sabrás, cuando de ella te diré circunstancias, y yo sé que mi fineza verás. Y si esto no fuera así y cual piensas te olvidara, ¿Quién a venir me obligara, buscándote fina aquí? Y así no por un incierto, vano capricho me dejes, no ingrato a mi amor te alejes de mí. Si será esto cierto. Mi afecto se empeña a amarte, mis empleos a servirte, mis riquezas a asistirte, y toda el alma a adorarte: ¿A mis ruegos ensordeces? No, porque ya he averiguado, que aquí te trae el pecado, pues el deleite me ofreces. ¿Así mis cariños pagas? ¿Así agradeces mi amor? ¡Ay cocodrilo traidor que para matar halagas! Viendo mi deseo amante, ¿así me trata tu ceño? Sí, porque tengo otro dueño, y también yo soy constante. Pues ingrato, aleve, fiero, ya que en fingidas dobleces, veo lo que me aborreces, has de ver lo que te quiero: desde esa cumbre eminente, para que veas aquí, que vivo y muero por ti, me he de despeñar. Detente. Suelta ingrato. Su conciencia sea rémora, Señor, dadla luz. Suelta traidor. ¿Qué es esto? Hacer penitencia. Muera quien a Porcia ultraja. Quien a Irene ultraja muera. Tente, porque esta es Porcia. Tente, que Irene es esta. Señor, valedme. Hoy nos asan. aún es piadosa sentencia. Mas si la carne lo hizo, señores, ásenla a ella. Esta es Porcia, y la venganza es mía, pues lo es la ofensa Esta es Irene, y su injuria a la venganza me empeña. Señor, Porcia es, ¿qué dudas? Señor, Irene es, ¿qué piensas? Séalo todo, ya un plegue a Dios, que orégano sea. Porcia es, ella lo diga. Irene es, dígalo ella. Yo lo diré, si gustáis. ¿Sábeslo? Con evidencia. Habla, ¿de qué estás suspensa? Dilo, pues. Acaba, pues. ¡O mal lograda cautela! Esta es Irene, y es Porcia, y a un tiempo es esta y aquella. ¿Cómo, necio? Agudo, ¿cómo? quiso la naturaleza, pues hay hembra de dos caras, que haya cara de dos hembras. A Porcia acompañó a Hungría, y parando en esta aldea, de ella falta, y es sin duda, que saliéndose a esta selva, topó a este traidor villano, que su deshonor intenta. De Gocia vengo, sabiendo que al rey, y a Irene sangrienta muerte, en esta selva dieron, y topando a Livia en ella, que vino en su compañía, me dice que Irene es esta. Si fuera Irene, no halagos, villano, y torpe la hiciera. Mal lo pruebas, porque nunca es halago la violencia. Señores, un lindo medio se me ofrece, con que queda el empeño remediado. Será, cual de ti se espera. Que sea Porcia esta dama, y yo seré la princesa. Porcia, suelta tantas dudas. Irene, una duda suelta. O suéltame a mí, ya que soltar la duda no quieras. ¿Qué haré? Mi cautela sigo. Pues engaño con tenerla mi esperanza, y con dejarla a mí me pierdo, y a ella. Muera yo, señor, si así se satisface tu ofensa. ¿De qué estás suspensa? Habla. Estoy lo de ver que a Enrico tanto los celos le ciegan, que porfiado, e importuno quiere que viva por fuerza Porcia, sin advertir, que aunque algo se me parezca, para conocernos: ahí de ella ha mi gran diferencia. Señora, perdón te pido del hierro, y para que veas de mis atenciones, cuanto por quién eres te veneran (miento, que mis celos lo hacen) de aquesta racional fiera, arrancando el corazón, te he de dejar satisfecha. Y yo con más desengaño diré ahora muera. Muera. Esperad. ¿Tú nos detienes? No es piedad la que me empeña. Pues ¿cómo en la compasión puede ir la venganza envuelta? Porque falta el rey, y temo que como en esta selva se perdió, aqueste traidor topándole, no le diera muerte por aquel pasado odio que siempre conserva y así prendedle, y con guarda la tened, mientras dispensa en su vida mi venganza, a fin de esta diligencia. Tus órdenes se ejecuten. Así teniéndole cerca, a excusa de examinarle, proseguiré mis finezas. Señor, no tan presto olvides tus piedades, tus clemencias, muera yo, pero no quede a vista de esta belleza, que si la muerte me XXXX, para que quede con ella, si de un peligro me sacas, en otro mayor me dejas. Ándate a prisión. Doyme. Llevadlos. Ha de la selva, ha del monte. Mas ¿quién llama? La voz del rey es esta. ¿Nadie me responde? Él es, voy a buscarle. Ya él llega. Que miro, el rey es, no hay duda. Ángel soy, y Dios me ordena, que en forma del muerto rey a librar a Albano venga ¿Qué es esto? ¿El rey también vive? Sin duda que en esta selva curan por ensalmo o que heridas de amistad eran. Señor, tus plantas nos da. ¿Posible es que a verte llegan mis ojos? Alzad, amigos. En grande empeño estás puesta. Pues ¿cómo, señor, si vives, tan falsas, tan tristes nuevas llegaron a Gocia? ¡Ay triste! Mis suspensiones se aumentan Todo lo sabréis después. Tú retírate a esa Aldea, vosotros acompañadla, A y tú conmigo te quedas. Y tú, suéltame, sayón. Que a tal ocasión viniera el Rey. Ángel fue sin duda. O que de dudas me cercan O Porcia ha de parecer o siempre creeré que es esta. Celoso queda mi amo, pero yo dando la vuelta, muerte les daré a estos dos, para que sosiego tenga. Señor, ¿solo has de quedarte? No me repliques, que es fuerza. Luego volveré por ti. Y luego veréis de aquestas dudas, patente la causa. Mi lealtad va en mi obediencia. Y la mía también, pues se va por esta senda. Espera tú, no te vayas. Mas irme pienso valiera. A los dos he menester. Señor, si vengarte intentas hiere en el culpado, mas no en el inocente hieras. Dice bien, loco me llaman, probada está la inocencia. Levanta del suelo Albano, que antes vengo en tu defensa. Cuando soy quien más te agravia, ¿en mi defensa te empeñas? Ni me ofendes, ni me agravias, porque no soy el que piensas. ¿No eres el rey? No lo soy. Alerta señor, alerta. no te fíes de él, que es suegro y temo que nos la pega. Pues ¿quién eres, si el rey no eres? Si tanto el saberlo precisas, para conocerme, es bien que en otra forma me veas. Si en forma ha de ser Herodes no está aquí bien la inocencia. Ya te obedezco, y atiendo. Pues sea de esta manera. Yo soy quien vino a librarte de celos, iras y ofensas, que como Dios es tu amante, por su fe quiere que mueras. Y así padece constante, pues ya feliz te acerca. La corona del martirio, la palma de la paciencia. El ángel es de mi guarda, alado espíritu, espera, no te ausentes, cuando ves las dudas en que me dejas, ¿Qué haré en tanta confusión? pues aún a quién el ser debo no sé, ni de quién soy hijo, ni qué peligros me esperan. EL En el puesto que dichoso, en alta oración te empleas, de tus peligros sabrás, y sabrás de tu ascendencia. Acude allá, pues ¿será antes que alcanzar merezca? La corona del martirio, la pasma de la paciencia. S̱ALE ¡Jesús, qué armonía! bravos jilgueros hay en la selva, hacia allí cantaban, mas hacia aquí Albano se eleva. Dios mío, vengan trabajos, y sufrimiento, si encierra la corona del martirio la palma de la paciencia. Señor, solo estás, ¿y el rey dónde fue? A mejor esfera, ¿Te dijo dónde partía? Porque ya en su busca llegan estos dos. ¡Válgame el cielo! Pero antes que nos vean, por esta senda nos vamos. Dicha fue haber aquí senda. ¿Tú aquí otra vez, Adagario? ¿Aquí tú otra vez, Enrico? Sí, pues mis penas me traen. Sí, pues buscando he venido al rey, que quedarse quiso con Albano en este sitio, en donde ni de uno ni otro hallo sombra ni vestigio. Y yo buscando un ingrato, un aleve, un fugitivo dueño en cuya ausencia, ¡ay triste! muerte es la vida que vivo, todo el monte he fatigado, y más mi pecho, pues miro sordos sus ecos a tantos sollozos como repito. ¿Qué dirán de que a mi rey hallando, le haya perdido? ¿Qué dirán de que mi dama se pierda, cuando la asisto? Mi sentimiento es de honor. De honor y amor es el mío. También el mío lo es, si es que atienden mis cariños a la lástima de Irene. ¿Cómo? En aqueste vecino pueblo, que de orden del rey acompañándola fuimos, yace cubierta de lepra. ¿Desde cuándo? Desde el mismo instante que a él llegó. Mucho su pena he sentido, que hace consonancia al alma su hermoso rostro divino, porque si no es Porcia, es su retrato más parecido. Mira pues, ¿cómo volver a Gocia?, ¡ay de mí! imagino, con Irene tan enferma, sin el rey, ¿que ya le he visto? ¿Y yo cómo volveré a Hungría triste y corrido de que perdida dejando a Porcia quede yo vivo? ¿Qué remedio hay a mi mal? ¿Qué remedio? El que hay al mío. ¿Cuál es? Buscar todo el monte, planta a planta, y risco a risco hasta encontrarlos, o hasta morir en este designio. Eso no, que aquí está Albano en oración suspendido donde amante le revela el señor, de quien es hijo, y eso sería estorbarle, y pues yo en su guarda asisto, cuando el intento prosigan, saliéndoles al camino tomando forma del rey, estorbárselo es preciso. Bien dices, tu parecer, por más cuerdo en todo sigo. Pues el monte registremos, y por espacios distintos, sea el cansancio descanso. Sea la fatiga alivio. Allí Albano para orar se ha entrado con devoción, y pues él hace oración, yo también quiero rezar, murmurarle, pues, intento, y ya que él en dulce calma está dando pasto al alma, darle yo al entendimiento, todo el día he consumido en mil sustos que he pasado, y aunque nada hemos mascado, yo todo me lo he bebido. Príncipe fue, y del estado a declinación pasó, y aunque lo grave perdió, nunca perdió lo endiosado. Él es santo, e importuno, pienso al mirarle ultrajado que ya su día ha llegado, puesto que por él ayuno; pero aunque en los desabrigos de su vida le seguí, el hambre aprieta, y así quiero echar por esos trigos. Me voy con pasos ligeros, que ya de hambre me deshago, aunque temo más estrago si encuentro los bandoleros. Una escuadra que el pagano error ciega reconcentra, cruza el monte, y si la encuentra ¿qué ha de ganar un cristiano? Pero el miedo impertinente dejó, a todo me aventuro, que más que el riesgo futuro, obliga el hambre presente. Echo por esta ladera a buscar un desayuno, porque no está en mano de uno el hambre. Villano, espera. San Blas sea mi abogado. Pues ¿porque le has menester? Señores, iba a comer y se me paró el bocado. Dinos. De miedo me visto. ¿A dónde Albano quedó? Murió ya ¿El santo murió? Digo que está en Jesucristo. Mientes. ¡Oh, fortuna extraña! Que debe estar retirado, yo miro por este lado. No miente usted, mas se engaña. son mis juicios vanos o este es Julio, ¡trance suerte! Para dar a Albano muerte vengo con estos paganos, su camarada he fingido que he de ser.¿Qué te detienes? Di ¿qué trazas? ¿Qué previenes? o ¿a qué fin nos has traído? Ya os he dicho que a esperar un infeliz pasajero, que con joyas, y dinero, este puerto ha de pasar. Pero habiendo aquí encontrado, aunque a esto hemos venido del hipócrita aplaudido, el compañero, o criado, cuando vuestro aliento y mío persigue la ley cristiana. Sin duda tengo terciana, pues en Julio me da frío. En tan venturoso acaso, ya que decirnos no quiera dónde está el otro, este muera. Mucho se aprieta este paso. Bien dices, pague aquí hoy la cautela este villano, de negar dónde está Albano. Deteneos, que aquí estoy. Ya, Señor, que me habéis dicho quién mis tristes padres fueron, dejad que sea el martirio de mis culpas en descuento. Pues ¿cómo al riesgo te ofreces, dinos, sin temer el riesgo? Por temer otro mayor, este que es menor no temo. ¿Cuál es el mayor? Perder la vista de un Dios inmenso. Pues en él están turbados, esconderme será bueno. Luego ¿muriendo le agradas? Sí, que es su primer precepto mandar al hombre que le ame; y aquí mi obediencia pruebo, pues podré decir que tanto le amo, pues ya por él muero. ¿De modo que te resuelves, ignorante, loco, y necio, en morir por un Dios hombre? Sí, porque logro con eso ser, aunque al contrario digas, advertido, sabio, y cuerdo. ¿Qué escuches tantas locuras? Bien dices, muera, mas esto ha de ser en parte, donde el cadáver ocultemos, porque está tan admitido en los comarcanos pueblos que de saberlo corrieran nuestras vidas mucho riesgo. Es cierto, mas ya he pensado traza con que le ocultemos si me seguís. Arrastrando entre todos le llevemos. No es menester, que si Cristo, aunque fatigado al peso de una Cruz, fue voluntario a hacerle a su padre eterno víctima del corazón. Hoy pues imitarle puedo, (aunque no tan ultrajado) haré dichoso lo mismo, ofreciendo a Cristo mi alma, pues que por padre le tengo. No pienses con humildades enternecer nuestros pechos. ¡Ay de mí! Ya se le llevan, ya todos le van hiriendo, aquí tropieza, allí cae, ¡Qué no le socorra el cielo! Ya le empujan, ya le arrastran, ya le atan al tierno cuello con una soga, una losa, y así le van conduciendo al río. Ya le arrojaron, ya las olas sumergiéndole sin socorrerle Dios. Ya los páganos huyeron. Ya de resplandor se baña el río. Ya todo es cielo. Fuego, fuego, que aunque dentro del agua, se abrasa un pecho. Ya la celeste capilla canta el réquiem en su entierro, y el río, hecho una urna de cristal, guarda su cuerpo. Ya en otra tropa a las aguas llevan a Irene, ¿qué es esto? ¿qué hizo la pobre señora? Mas ¿quién me mete a mí en ello si no en huir?, pues mi vida escapó de tantos riesgos, porque el naipe va de errada, y yo hasta el juicio pierdo. Detente. Mas que no viene para ganancia este encuentro. Vanamente a Porcia busco, ¡ah, ingrato! ¡ah, mentido dueño! Viva Irene, y la salud goce por felices años. Dime, ¿qué aplauso alborota el monte? No sé de aplausos, ni sé de mí, mas la duda cese, pues que ya llegamos al río en donde el rumor se oyó, y podrán informarnos. Viva Irene, y la salud goce por felices años. Aunque las voces pudieran de este alborozo informado dejarme, mejor de ti podré saberlo, Adagario. Es Enrico, que después que por rumbos encontrados dimos a fin de buscar lo que los dos concertamos, a poco espacio hallé al rey, que ya del caso informado me dijo, que a la princesa la trajese al río, que un sabio le había dicho sanaría, solo sus aguas tocando, ejecútelo, y apenas de Irene las blancas manos cristal al río añadieron cuando sanó por milagro. A tan superior ventura debidos son los aplausos. ¿De dónde tal virtud tiene el agua? ¡De haber pasado por una viña no más! Por miedo quien soy les callo. Aunque el tocar las aguas salud le ha dado, no fue con virtud de ellas, si no de Albano. ¿Pero qué música es esta? Es que para que entendamos que el agua no da salud, nos dice quien se la ha dado. Pues ¿cómo tal propiedad comunica al río Albano? Como por cristiano en él los paganos le arrojaron. Tente, que segunda vez del aire el espacio vago celeste música ocupa. Y no con menos extraño asombro el río se muestra de resplandores bañado. Yo soy la Humildad y al sol sigo cual centro, porque rayo me vea brillar quien nube me pudo ver. Yo que la Paciencia soy coronar al sol podré, puesto que es en mi lucir lo que en la ira es arder. Que la Humildad, y Paciencia del rencor y la altivez triunfan, que para con Dios el no poder, es poder De las dos acompañada; la que metáfora es del amor más encendido, de la más sencilla fe. De las dos pues asistida baja Albano, como ves, que a Paciencia y Humildad, solo amor pudo mover. Tu espíritu al suyo enlaza. Y en tan crecida merced. Verás, que para con Dios el no poder, es poder. Sube pues, y tanta dicha, como el triunfo en que te ves, gózala tú, pues que tú te supiste a ti vencer. Sube, pues, y gloria tanta feliz logra, sin que el bien te parezca mal, si el mal te pareció bien. Y si la imperial corona de tu frente derribe el que premia la Humildad ya te anunció ese laurel. Y si del altivo centro te llegue a desposeer ya de esta dichosa palma. XXXX XXXX otro cetro fue. Para que en sol y palma. Virtudes, palma y laurel veas, que para con Dios el no poder, es poder. Sin duda alados querubes su espíritu acompañaron. Y por allí, hacia la orilla va su cuerpo navegando. ¡Sepulcro honroso le demos! Y yo confuso y turbado, diré lo que por mis celos mis cautelas ocultaron. Dilo pues, que el cielo quiere descubrir tan raro caso. Mi rey me dijo que halló al vino Albano cazando, porque en los montes de Hungría a las fieras le arrojaron; y careciendo de hijos, por sosegar sus estados que alteraban pretendientes, llegó piadoso a adoptarlo, con que la reina fingiendo que había parido a Albano, ayudando a la cautela algunos fieles vasallos. Después de creerlo todos Por príncipe le juraron, y que de su origen, solo este fragmento o pedazo de lámina que le halló es seña, en cuyos grabados renglones nada se infiere de sus conceptos troncados. Pues para que claramente se lea, será juntando la otra mitad que en el pecho guardada hasta ahora traigo. Luego tú el suceso ocultas Luego tú sabes el caso Si pues, yo le ejecuté, pero por decencia callo de Irene, que está presente. Pues no tienes que dejarlo por mí, porque yo soy Porcia, que enamorada de Albano, fingí ser Irene, que ella murió cuando al rey mataron. Y el santo mártir lo hizo. Sin duda que transformado en el rey, ángel sería el que en el monte Adagario encontró, y el que a librarle vino del riesgo, mostrando en saber lo venidero que excedía al ser de humano. Pues en fe de eso diré que el rey e Irene engendraron a Albano, y por ocultar tan abominable caso, lo que ya otra vez he dicho, que ejecuté me mandaron. Bien se ve, pues que se lee si la lámina juntamos, a este infante y a su madre engendró un dueño tirano. Si es que disculpan los míos los hierros del Dios vendado, mi mano, Enrico, te ofrezco. Alegre acepto tu mano. Pues esta será Maguncia, a llevar el cuerpo vamos. Y aquí la historia fenece, Ilustre y docto senado, del santo que a un tiempo fue hijo, marido, y hermano.