Texto digital de Los celos en el caballo
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Diego Jiménez de Enciso
- Atribución estilometría
- Gaspar de Ávila Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática de Nuevas escogidas, corregida posteriormente por Álvaro Cuéllar.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los celos en el caballo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/celos-en-el-caballo-los.

LOS CELOS EN EL CABALLO
JORNADA PRIMERA
Mal pudiera haber pagado con menos de lo que os doy. Generosamente estoy de mis servicios premiado, y con causa agradecido, supuesto que viene a ser lo que he quedado a deber mas de lo que he merecido. Por mis leales intentos, si viene a ser de señor tal virtud, y tal valor, a humanos merecimientos. De seis batallas os debo las victorias, y quisiera, que con vos posible fuera ser otro Alejandro nuevo. Pero yo tendré cuidado Don Félix de hacer memoria del ser del triunfo, y la gloria que vuestro valor me ha dado. Por mi parte de interés beso a vuestra Majestad sus reales pies, Perdonad, que Dios sabe Doña Inés! cuan de vuestra parte estoy, como muestra el generoso, celo, que con tal esposo voluntariamente os doy. Que regaléis, y sirváis, mucho a doña Inés os pido, porque aunque ella ha merecido por su virtud que lo hagáis. Desuerte la estimo, y quiero, que sería hacerme a mí disgusto el no hacerlo así, Desde hoy gran señora adquiero. Nuevos modos de agradar, con merecer, y servir, más amor para asistir, y más fe para obligar. Que cuando por si no fuera tal, y tanto su valor, solo con ese favor en méritos me excediera. Sois un muy buen Caballero, y en mí tendréis desde ahora, una fiel procuradora por lo que os estimo, y quiero. Solo pudo mi lealtad hacerme en esta ocasión, con justísima razón tan dichoso. Levantad Don Félix. Por no perderme de vista desvanecido, quisiera a la tierra asido humillarme, y conocerme. Es muy prudente, y discreto Don Félix, Por su lealtad debe vuestra majestad. honrarle. Así lo prometo que os volváis luego al lugar quiero. Así lo haré señor, que el negarle a tal favor, la asistencia es el negar la ventura que he tenido. De fiestas Don Félix soy, y contentísimo estoy, que a tan buen tiempo haya sido, que pueda de mi alegría la vuestra participar. Ya gran señor eso es dar superior causa a la mía. Al cielo ruego que os de la ventura que os deseo. Conservar la que poseo es la mayor que tendré. Esto del irse a dormir extramuros de palacio, las damas de más de espacio tengo después de ingreir. Aunque según lo interpreto el salirse del lugar, pienso que por no violar el culto de su respeto. Finalmente en la unión del matrimonio, hallo aquí, que en la corteza ve él sí, pero no la posesión. Mi amo perdía la suya, y ya de requien está, después que cantado ha Den Félix el aleluya. Bien puede el templo de amor poner para tal flaqueza, el terno de la tristeza, en el altar del dolor, que lindamente he seguido, la alegoría ser puedo, auto del corpus sin miedo, de un Colegial presumido, mientras él en sus cuidados brujulea el que le dio, en el alma veré yo partir a los desposados, Triste parece que estás. Cuanto yo puedo señor, me esfuerzo, pero es mi amor inmenso, y no puedo más. Que más pudiera decir un hombre imposibilitado, de remedio en su cuidado cuando ya se ve morir. Qué remedio tengo yo para poderme alegrar a mi tristeza. Olvidar, hacer cuenta que murio esa mujer. Buen consuelo. Hacer la imaginación a nueva deleitación, y a diferente desuelo, que para ti muerta es ya, supuesto que la casó el Rey. El muerto soy yo, si bien nunca estar podrá. Tan vivo mi sentimiento, soy tu padre? Señor sí. El obedecerme a mí es justo. En este tormento reservome solamente la parte del padecer, y podrete obedecer, sabio, humilde, y obediente, mozo fuiste tu señor, y has querido. Con prudencia haciéndole resistencia a mi gusto con mi honor, Caballerizo mayor te hizo su Majestad, honrando mi calidad, ya crecentando tu honor. Y no te has de confiar de verte favorecido, que si hasta aquí has merecido ahora has de conservar la virtud acreditada hace la dicha segura y no hay más licencia ventura que la que no es murmurada, ya es Don Félix de Moncada, de Doña Inés de Cardona esposo, ya, tu persona, no puede quedarle en nada, recurso, que ella por sí se resistira a tu amor, y el defendiendo su hoñor te sabrá matar a ti. Mira pues que buen partido podía tu intención tener, si no es fácil la mujer cuando es valiente el marido, y pues me constra tu culpa, y a ti también mi intención, que me des solo es razón con la enmienda la disculpa, Sermoncico. Claro está siempre un padre consejero, Es predicador casero sin púlpito porfiara en el tema de tu amor. Y qué importa porfiar, si yo tengo de acabar, Hernando en el de mi error hereje reconciliado, y rebelde en mis enojos, voy al fuego de unos ojos, por mucha se condenados. Viste a Doña Inés salir de Palacio? Sí señor. Iba hermosa? Al esplandor. del sol salió a desmentir, pudieran desafiar dos luceros Españoles a diez, si hubiera diez soles con solamente el mirar. Puede centella, a centella, luz a luz, y rayo a rayo, oscurecer sin el sayo a la más luciente estrella. Esto de las maravillas, jazmín, cristal, mirra, y grana, es chilindrina, es pavana, con su boca, y sus mejillas. Compitiendo solamente su rostro al amanecer, hará a Venus parecer un mascarón de una fuente. Tú encareces con donaire. La misma naturaleza se anda ya tras su belleza, a solo cogerla el aire. Y han me dicho a mí por Dios, que si es verdad cosa rara, que para hacer esta cara echó a perder otras dos. Y que ha de gozar, Hernando otro su hermosura, cielos muero de invidia, y de celos. Poco a poco le va dando el mal. La que adoro yo ha de ser de ajenos brazos, dulces, y amorosos lazos, no pensamiento, eso no. Pues ya, qué remedio tiene? Yo que soy el que padezco, liberalmente me ofrezco a usar del que me conviene no ha de gozar de esta ingrata esta noche el desposado. Por Dios pues que bien mirado no le sale muy barata, y que hay poco que invidiar, si la pensión viene a ser, de una noche de placer tantos días dé pesar. Que al fin es contento humano, considere el que más ama, muy ocupada una cama una noche de verano. De quién amigo podré fiarme en esta ocasión con mayor satisfacción. Muchos tienes. Ya lo sé, pero quisiera eligir de los buenos el mejor. Nadie como tú señor sabrá en eso discurrir, que los has comunicado, y conocerlos podrás, búscale noble, no más, y que esté de si obligado. Dices bien, Don Luis ha sido el que con más voluntad me encarece su amistad. Si de haber encarecido señor obligado estas para mí no es de los buenos, porque siempre el que hace menos es el que encarece más. Y Don Pedro? Acierta en poco, aunque con mala intención. No tiene resolución, ejecuta, pero es loco. Y le ha de echar a perder, que el amigo no ha de estar dispuesto al ejecutar, sino al saber disponer. Y Don Francisco? Es inquieto, preciado de decidor, tu gusto hará con valor, mas no guardara el secreto. Que aunque se quiera esforzar, será imposible el poder, y muchos saben hacer, pero no pueden callar. Don Diego? Poco talento, todo un chiste, y otro chiste, y en su vida ha estado triste, que es verdadero argumento de quien no discurre en nada. Qué contento vivirá? Tan sin sentir vive ya que tiene el alma sobrada. Y don Juan tendrá valor es prudente, y recatado. Cómo lencero has andado, el postrero es el mejor, ese me parece a mí que elijas, y acertarás. En mi corazón estás, ya le esperabas, y aquí viene ya, espera allá fuera. Resueltamente, y celoso, junto con ser poderoso algún grande mal se espera. Si es verdad, que me llamáis como me ha dicho un criado, aquí estoy, y con cuidado de saber lo que mandáis. Ya sabéis cuan vuestro soy, y sabe Dios lo que siento, este nuevo casamiento, de que ya el pésame os doy. No es posible que sabia el Rey vuestra voluntad, pues con tanta brevedad uso de esta tiranía. Ya amigo, solo vos sabéis mi amor, y mi fe, porque claramente se, que vive un alma en los dos. De cuantos pude esperar no hay mal que pueda venir, mayor que el verme morir, y así es menor el matar. Esta noche ensangrentada mi esperanza se ha de ver, y Doña Inés ha de ser antes viuda, que gozada. Media legua de aquí están, cada uno llevaremos una pistola, y podremos en dos caballos Don Juan. Llegar tan presto, y volver, que tengamos en la culpa, comprovada la disculpa cuando sea menester. Solo advertid. Lo que yo quiero, que quede advertido, es que solamente os pido ayuda, consejos, no. Supuesto que se ha de hacer vuestro gusto, al replicar, dejadme dificultar para mejor resolver. Don Félix de vuestro amor no sabe nada, y así quiso me parece a mí disculpado en el error. Demás de que aventuras si el intento conseguís, la opinión con que vivís, y la privanza en que estáis. Que con un Rey justiciero para privar con quietud, solamente es la virtud el camino verdadero. En esta dificultad reparo, y ahora vos resolveréis por los dos, que yo de la voluntad. Con que os serviré confío, que habéis de ver sin engaño que os advierto vuestro daño sin reparar en el mío. Resuelto estoy. Yo he cumplido en la primera intención, la mayor obligación, que es haberos advertido. Del riesgo que puede haber disponed ahora el modo veréis si replico en todo, que en todo se obedecer. Pistola habéis de llevar, por si a caso se librare de mi cuando le tirare, y no se podrá escapar. Usad de esa prevención vos, que a matarle me obligo sin ella, pues va conmigo mi espada, y mi corazón. Bien podéis bizarrear, pero debéis advertir, que no vamos a reñir. Bien sé que voy a matar, y que es forzoso el cuidado, pero son muy poderosos dos contrarios cuidadosos contra un hombre desdichado. De qué suerte habéis de entrar para ser desconocido. Un gabán sobre el vestido nos podrá disimular, y lo demás la ocasión nos lo sabra disponer. Alto pues, si ello ha de ser abreviar la ejecución importa. Hernando. Señor, Qué caballo me han traido? Está malo el que has pedido según dijo el picador, y así esta ensillado ya. Cuál es? El determinado. Hasta el caballo lo está, y será bueno llevar caballo que al viento exceda, porque al correr no me pueda ninguno determinar, y vos. Ese llevaré en que he venido. Es ligero? Si no es que voláis primero. yo se que no os dejaré. Conmigo Hernando has de ir y donde yo te pusiere has de esperar. Nadie espere buen galardón sin servir, en todo puedes mandar. Tu cuidado premiaré. De azogue, y plomo seré en el ir, y en esperar. Suelten el agua a las fuentes. que llegan los desposados. a donde están los criados, Haz cuenta que están presentes. Y está todo apercibido? Limpia, y olorosa está la casa, y compuesta ya lo mejor que se ha podido, hasta músicos también de esta, y otra casería han juntado su alegría. Y sus voces? cantan bien? No son tan malos que espantan mas yo tomara en verdad, que cantarán la mitad de lo que piensan que cantan. Yo imagino que han llegado. pues los músicos espantan. Esperando, y cantarán, sino es que ya se han turbado, En las márgenes de estos balles. flores vierte la primavera, cantan las aves, ríen las aguas, y las hojas, y ramos al viento juegan. A los desposados, dan la norabuena, en arpados picos, dulces cantilenas. Habiendo una vida de dos almas hecha. Cantan las aves, rien las aguas, y las ojas, y ramos al viento juegan. A tus pies señor está postrado Celio. El contento de tan buen recibimiento, evidentes muestras da de tu buen celo. Señor, imposible llega a ser dar con tan poco poder muestras de tan grande amor, Mejor que yo, nadie creo, que te supiera servir, si pudiera convertir en las obras el deseo. Y esta se ha de agradecer por en quien no puede obrar, viene a ser el desear poco menos que el hacer. Vistoso el jardín está. Parece que ha conocido en estar hoy tan lucido, lo mucho que debo ya, A tan dichosa venida de celajes de oro, y grana, amaneció esta mañana la primavera vestida. La menos discreta flor de cuantas aquí se ven, para dar el parabién a también pagado amor. Trocada de si olvidada su vistosa lozanía; a la dulce melodía de una voz así helada. Que como a tales amores es el parabién debido, quisieran haber nacido con alma, y lengua las flores. No he visto en toda mi vida. tan discreto jardinero. Encubre un gabán grosero una alma bien entendida de la escuela universal, del tiempo es la mayor ciencia, para el hombre la experiencia de un discurso natutal. Poco debe a su talento, aquel que Noble nació, y en su pobreza no abrío camino a su entendimiento. De dónde eres. Soy señora de la Corte. Y la has dejado? Nací en ella desgraciado, y estoila mirando ahora, como aquel que fluctuó el mar, cerca de perder la vida que vuelve a ver el peligro en que se vio. La primer cosa señor que os suplico es, si gustáis, que por mí a Celio pongáis en ocupación mejor, que no es justo que así esté un hombre bien entendido en su miseria escondido. En vuestro gusto se ve todo mi poder cifrado, y cosa injusta sería negaros señora mía. Los aumentos de un criado, todo es vuestro, hacer podéis vuestra voluntad en todo, que en la ejecución, y el modo obedecida seréis. Y del criado al señor no ha de haber más diferencia, que fundarse mi obediencia a más dicha, y más amor. Si reducida estuviera la superiora monarquía del sol, cuanto engendra, y cría. Por los giros de su esfera a mi poder, solo creo, que por mayor interés, creciera puesta a esos pies la ambición de mi deseo. Dichoso al que da la mano un Ángel, desde hoy serás, en la casa donde estás cuanto quisieres, que es llano. Que no hay más poder en mí que una rendida humildad, sujeta a esa voluntad, que te favorece a ti. Desnuda el gabán grosero, viste Cortesano traje, a medida del lenguaje, que en mayores cosas quiero ocuparte. Besaré tus pies. Dale agradecido las gracias a quien ha sido la causa. Yo las daré por mí, y por él juntamente al recibido favor, y en premio de tal amor siempre humilde, y obediente. Procuraré conocer mi dicha, y sabre cumplir, por lo que no se decir con el mucho agradecer. Que tanto el alma se muestra obligada, que quería dejar de parecer mía después que empece a ser vuestra. Si bien soy tan venturosa, que si en mí de mi cupiera envidia me la tuviera viendo que soy tan dichosa. Ya está todo prevenido En vuestra casa podéis entrar. En ella seréis, y en mi alma obedecido. Si os mueve el hacer con gusto de dos un alma cantad, la mayor conformidad. y el matrimonio más justo. Tan divertidos están que nadie nos ha sentido, con la fiesta, y el ruido de la música que dan. Qué importa que nadie sienta. si por todos siento yo, eso que les deleitó es lo que más me atormenta. A ser contra mí se mueve eternidad de tormentos, de esos leves instrumentos la consonancia más breve. Música le dan, a Cielos, como se divertira una alma inquieta, que está en un infierno de celos. Yo tengo de obedecer, y a vos os tengo de amar, si bien nunca he de aprovar, lo que venimos a hacer, pero ya estamos aquí. Y aquí tan resueltos ya, de matarle como allá. Tres hombres vienen. Así, no nos podrán conocer. No, pero han de sospechar, Estas dos se han de llevar que son allá menester, vive Dios que es el Gardín una encantada floresta; más caras hay en la fiesta, esperando están el fin. De la cena, para entrar a hacer sus habilidades, solo en estas soledades, fuera posible el hallar. Tan recatados danzantes. presto se han desmascarado porque digan su cuidado, que hay más caras vergonzantes, Dentro se pueden entrar, porque se acaba la cena, que no quieren norabuena, téngolo yo de danzar? De esta ya habemos salido, Con poca seguridad, que ya la dificultad está en haber presumido. con malicia algún engaño. En los gustos del contento, nunca llega el pensamiento a las malicias del daño, el regocijo los tiene sin recelo ni temor. No mucho, que ya en rigor llegó el caso, gente viene. Esto es hecho, aquí no hay ya sino matar, o morir, al arroyo habemos de ir que es a donde Hernando está. Vuelvo a decir, que son dos, y que están enmascarados. con gabanes disfrazados. Oh perros. Válgame Dios. Viven los cielos villanos que ha de hallar vuestra intención la ofensa en mi corazón, y la venganza en mis manos. Labradores de esta casa. acudid todos armados, que hay traidores disfrazados. Qué dices? En lo que pasa, ni quito, ni pongo yo, a tu esposo le encararon dos pistolas, una erraron, y otra que no disparó. Turbada y confusa estoy, y adónde mi dueño está? Tras ellos señora va. Síguele. Volando voy. Por donde van. Por allí. y vuestro señor tras ellos, En matarlos, y prenderlos, no ponga duda. Ay de mí, muerta soy. Y tu valor? Ay, qué es esto Leonor mía? Don Enrique que porfía, ciego, y rebelde en su amor, como ve, que me ha casado el Rey, necio y poderoso a la vida de mi esposo se atreve determinado, y tal mísera de mí estoy, que aún en mi disculpa, estoy temiendo la culpa que se que no cometí. Donde no hay culpa, hay temor. Hay un recelo prudente, porque aún dudas, no consiente la prudencia de mi honor. A solamente ser buena, obligarme puedo yo, pero a parecerlo no, contra su opinión ajena. Y así mis temores crecen desmentida mi inocencia, porque hay culpas de apariencia, que sin serlo, lo parecen. Y que no ha de sospechar nada, en mi favor, es llano, si cuando me da la mano, ve que la quieren matar. Con decirle el ofensor, y la intención cumpliras. Viene el peligro a ser más, y la desdicha mayor. Y no es bien que ansí le trate, que fuera en tal desconcierto, darle ya, que no le han muerto, ocasión para que mate. Que fuera haber añadido a una desdicha, un error, y más le quiero Leonor. cuidadoso, que perdido. Detenle, y saca la espada. y ponte delante. Allí habla mi esposo, ay de mí, muerta estoy. Y yo turbada. G Ya se paró, y le han cogido. Señora. el haber cogido ahora de los dos que se han huido. con solamente un caballo, otro que se les soltó tal, que pienso que salió, del sol solo a despreciarlo. Al llegar los dos, viendo adónde un criado estaba; a las voces, y el estruendo, velozmente sacudido, hizo el hermoso animal, de un arroyo de cristal liberal puente al ruido. Y sabiendo el que quedaba, en la nieve salpicado, de cuatro espuelas picado. tierra, y viento despreciaba. Pero al paso que se alejan van dejando sin disculpa, los indicios de la culpa en el caballo que dejan. Antes pienso, y con razón; que aunque bruto, y racional, se ha quedado de leal a descubrir la traición. De los fines del placer dicen que nace el pesar, y aquí aún no quiso dejar señal ninguno al nacer. Tanto, que a la que me dio, nuevo ser ahora a mí; vengo ya a traerla aquí desdichadas nuevas yo. Como hay hombre bien nacido, que se resuelva a llevar; nuevas de ajeno pesar menos que estando ofendido, De parte señora mía de Don Félix mi señor. vengo a decir. Ay Leonor, que bien el alma temía. Que os retiréis a dormir, que hasta que el alma despierte tiene que hacer. Si es la muerte, el mejor sueño; a morir, me retiro padeciendo, que si nací destinada, Celio, a ser tan desdichada solo viviré en muriendo. Pues fui la primer mujer que en sus bodas ha escuchado, tan infelice recado, cuando aún no pudo ofender. A dos hombres que han venido, a matarle les cogió un caballo, en que informó del intento que han traido. Y ha se fundado en decir que ninguno se atreviera, si gusto del Rey no fuera a traerle, ni a venir. Porque dice que es señora el que el Rey estima en más. Solo decirle podrás, que mi corazón le adora. Y dile, que le obedezco, pero que al cielo pluviera, que su mano no me diera, ventura que no merezco, Porque en la pena en que estoy mas siento que en mi cuidado, la ocasión de desgraciado, que en mi desdicha le doy. Cuando no le ofendo en nada, que para no le enojar, la culpa pude excusar, pero no el ser desgraciada. Ponedme una silla ahí, y vosotros, que tenéis menos inquietud, podéis iros, y dejarme aquí. como el Rey me casa a mí, para enviarme a matar Celio? Señor. Tú has de estar; aquí que te esperes pido, que solo un bien entendido sabrá sentir y admirar. Harto de haber derramado en la guerra sangre mía, el Rey a matar me envía después de haberme casado. Su caballo me ha informado de su intento cauteloso, y de su amor poderoso, y debo inferir en él que se resolvió cruel, o se arrepiente celoso. Un Rey de Aragón se olvida, de su prudencia y saber, servirle, y darme mujer, para quitarme la vida. De que bárbaro homicida se cuenta, quien le pidio que me casase, forzó su inclinación, por mi justo, es Rey tirano, es injusto. Celio. Señor. Nadie fuera cruel estando obligado, qué quieres? Tú me has llamado? Yo: Sí señor: Pues espera; esta es señal verdadera de que estoy fuera de mí, o que estoy penando aquí, que las quejas con razón, potencias del alma son cuando un hombre no está en sí, esta es culpa consentida de Doña Inés. Mucho dudo, que en nada ofender te pudo, y pondré a riesgo mi vida. Del Rey pudo, persuadida. Es noble. Mujer nació, y ay del hombre que llegó a pensarlo; y teme ya culpa de mujer, que está en duda, en si pudo, o no. Qué dijo? Solo ajustar con su desdicha su suerte, con adorarte, y quererte, con sentir, y con dudar. Más disculpa me ha de dar. Tú puedes. En mi poder, solo has de callar; y ver, y si quieres argüir, sea en lo que he de sentir, pero no en lo que he de hacer. Si me ofende, he de matarla, Pues señor, si te ha ofendido, no, que no la mates pido, ni que dejes de injuriarla. Pero que sea el culparla con tanto conocimiento de la verdad, y el intento, que entre solo en tu justicia disculpada la malicia, y no el arrepentimiento. Al lugar; me he de volver luego, y al Rey, le he de dar su caballo, y comprobar su intención en su poder. Ya es cerca de amanecer. Reposa un poco señor, no Celio, el irme es mejor, duerme tú, si no has sentido. que el que reposa ofendido, en poco estima su honor,
JORNADA SEGUNDA
Dejadme, que no hay consuelo, dejadme Don Juan penar, o nunca pluguiera al cielo, allá fueras para dar tanta causa a mi desvelo. Nunca de ti confiará el secreto de mi amor, ni el caballo te fiará. Yo no pude más. Traidor, arrastrarate, acabara contigo, y hubieras dado muestras de leal criado, Mayores fueran ansí, los indicios contra ti, si yo me hubiera quedado. El criado que salió con la luz, y la mató, pienso que le dio la vida. Sin poder, fue mi homicida, pues con un soplo apagó la vital luz de mi aliento, dejando solo encendido mi abrasado sentimiento. Ahora es ya cuando os pido, consejos en mi tormento, que haré, si quiero cobrar el caballo, es declarar, la intención tan sin disculpa, que es imposible en la culpa tener ninguna que dar. Si no le cobro, es forzoso, que venga el Rey a saber el intento cauteloso, y por aquí viene a ser el riesgo menos dudoso. En un laberinto estoy confusamente metido, y donde quiera que voy de mi cuidado excluido, en más confusiones doy. Mucho me hubiera pesado, de haberos aconsejado la ejecución de este error, adonde Enrique un amor, resuelto y determinado, nunca pudo producir menos que un fin cuidadoso. De aquí nació el arguir, y el reparar temeroso. En lo que me has de servir, es solo en no te poner donde yo te pueda ver. Poca asistencia. El valor, fue menos. En ti ese error nacerá de no saber lo que es una restarada Resuelta y determinada, de un caballo para huir, de más que verse morir una criatura arrastrada. Señor, campesinamente, antes de ser delincuente, es cosa, que hará llorar un tributario del mar por los ojos de su puente. Esto es lo que se ha de hacer, Bien se que he de padecer, porque en el bien, y en el mal, soy curioso natural, y me muero por saber. Pero obedecerte, es justo, En poco sabéis buscar, el consuelo, De esto gusto. Lo que se ha de reparar, es el daño, no el disgusto. Bien se que no es lo que intento, el remedio en lo que siento, pero he llegado a pensar, que es mengua el no ejecutar en algo mi sentimiento. Supuesto, que en tal estado me hallo desesperado, que si posible me fuera, mi propio ser deshiciera, de mi vida atormentado. Rendido a la primer suerte, Mirad, que si bien se advierte, en cualquiera adversidad cobarde civilidad hallar consuelo en la muerte, Las desdichas, han de ser iguales, en el poder, y ansí solo os se decir, que las sepáis resistir pues las sabéis resolver. Vuestro, padre. Buen consuelo, para un hombre que padece, otro enfado, otro desvelo, que aconspirado parece, contra mí enojos el cielo! No hubieras, dime quedado, en tus flaquezas corrido. Si hubieras perseverado del Rey tan favorecido, como de España estimado, su compañero te ha hecho, en las cañas, y sospecho, que este favor infundiera cuando tu amor lo impidiera. Nueva virtud en tu pecho, porque fin esta elección a considerar te mueves por discursos de razón; méritos por ti le debes a tu misma estimación. Si es dicha, que yo he tenido, con haberla conocido, celebro mi buena suerte. Sí, pero que eres advierte, arrogante, y presumido. Muchos hay nobles y buenos, inculpablemente ajenos de esa dicha en que tú estas, y que mereciendo más, han venido a tener menos. Y estos pudieran estar dignamente en tu lugar, porque en ellas viene a ser, desdicha el no merecer, y en ti culpa el no estimar. Por lo menos no dirás, que son más nobles, así muestras tu ignorancia, poco te debes a ti, de lo que tú no te das, solo de si persuadido el cielo te ha permitido nobleza en tu nacimiento para que vivas contento, pero no desvanecido. Don Enrique está señor, no bueno y desvanecido. De pendencias habrán sido, señor Don Juan, de su amor, yo estoy cerca de acabar, y le quisiera dejar tan prudente en el servir, que por si sepa adquirir lo que no le puedo dar. El Rey sale convencido, llega a besarle los pies, humilde, y agradecido. Pocas veces no lo es un hombre bien entendido. A Don Enrique llamad. Aquí gran señor estoy. Extraña felicidad, él me ha mirado, y me voy. Santísima caridad, de los que comedia hacéis, como al lacayo metéis con la persona Real, sin que nadie os mire mal, notable dicha tenéis. Aunque en muchas cosas, puedes conocer, lo que te quiero, por favores y mercedes! con la que hoy te hago, espero, que tan satisfecho quedes, Que puedas bizarrear tanto en tu satisfacción, que no tengas que dudar. Estas sí, Enrique que son venturas para estimar. Mi compañero te hago para las cañas que juego, que tanto me satisfago de tu persona, que niego, que te doy, pues hoy te pago, lo que debo a tu valor. Llega Enrique. De su amor, nace su desconfianza. Ya es culparme tu tardanza. Yo llego. Humilde. Señor, de suerte me ha levantado tu gracia, que me ha obligado, a que presuma sin culpa, si es tu favor la disculpa del parecer confiado. De tu grandeza ha nacido, este ser con que has querido, que viva ya, si es razón, o negar la estimación, o vivir desuanecido. Y si poner puede aquí la ignorancia de mi pecho, cortedad alguna en mí las mércedes, que me has hecho, solo han de culparte ati. Que tantas llegan a ser, que no las se encarecer. Si bien las sabré admirar, y me hacen ignorar los modos de agradecer. Muy bien. Natural afecto de padre pendiente estaba de sus razones. Discreto es el rapaz. No esperaba, menos, yo de tal sujeto que caballos sacaremos. Esto es malo. Aquí tenemos el peligro, corazón, de muy grande estimación, hay muchos? Di, los veremos, los que podemos sacar. De dos en dos los diré conformes para justar, las parejas. Y podré elegir, y desechar. Los dos Morcillos hermanos; tan ligeros, y lozanos, que por los lados parece, que un cuerpo al viento le ofrece solos dos pies, y dos manos. Dos alazanes de Osuna, la color y edad tan una, gran señor, que pienso yo, que un padre los engendró sin diferencia ninguna. Porque están tan ajustados, tan conformes, y alentados, que a un mismo tiempo quisieron mostrar los dos, que nacieron de una estampa duplicados. Dos picazos de Jaén; tributo del Rey hacen; cuando a Málaga perdió, lisonja con que te dio el Betis el parabién: Con dos Estrellas iguales, dos Cordobeses, y tales, que por lo estrellado huyeron, de el Sol, y el carro perdieron en sus tiros celestiales. Tanto al freno reducidos, tan diestros, tan corregidos, tan sujetos y leales, que de ser irracionales, parece que están corridos. Cómo, di? se te ha quedado el que más estimo, y quiero. Cuál es? El determinado. No puede haber; compañero para él, y así le he dejado, por lo extraño del color, la presteza, y el furor, tan sin igual viene a ser, que es, si no vuelve a nacer, unico en todo señor. Y a tener en su presteza, los vientos, alma, y destreza, pudiera en sus movimientos para darles alimentos vincular su ligereza. Si bien tanto, se enemista con ellos, antes que embista, que del partir, al parar, aún no puede dar lugar que determine la vista. A ese me inclinaba yo, porque solo me ofreció cuanto al gusto deseaba. Adonde el peligro estaba, parece, que se inclinó. Si aquel no ha de ser, a ti- te toca escoger, y a mí, solo el deseo me queda, de otro, que ajustar se pueda, al que es tan solo. Ay de mí. Que vas sabiendo, obligar poco a poco me parece, hasle a la virtud lugar, sirve, estima, y agradece, y Dios te deje lograr. Lindamente habéis salido aquí de la confusión, en que os habíais metido. Mucho apresto la ocasión, notable dicha he tenido. Y ya alentando me voy, y más lo estaré desde hoy, que si se van ofreciendo, en ellas iré saliendo; del laberinto en que estoy. Tal vez, industriosamente, y tal con arte y poder. otro sois ya. Vi pendiente de un resuelto parecer mi vida, y ya me consiente, mas dilación el engaño para el remedio del daño. El Rey vuelve. Más contento me hallará en el sentimiento, de mi pena. Caso extraño, no he visto en toda mi vida, y gualdad tan conocida de la cabeza a los pies. Si él disimula, ella es, admiración bien fingida. Enrique, con vista atenta, sal, y mira aquel caballo, que Don Félix me presenta, no sabrás diferenciarlo, de ese, que amí me contenta para las cañas, creyera, a no ser quien me le da, Don Félix, que el mío era. Aquí es ello. El alma está, en su confusión primera. No vas? Sí señor, aquí empieza ya su castigo, la culpa que cometí. Noble soy, y vuestro amigo, también correra por mí, el riesgo. Si iguala tanto el determinado espanto, darán al mundo. Igualmente correrán, Será excelente, que siendo ansí, yo adelanto a muchos su estimación. Es leal. Una traición me le ha dado. Ardid dirás, si fue en la guerra. Hoy te vas, empeñando en la intención y te has de echar a perder. Sí, porque si he de atender a su pasión amorosa, cualquier malicia es dañosa cuando es tan grande el poder. Tu consejo he de tomar. Pues sabe disimular en su prudencia advertido, haste tu desentendido, que harto dices sin culpar. Qué nombre tiene? Señor, el sospechoso, ay honor. Pues a tiempo me le has dado, que por el verás cifrado en tu dadiva mi amor, y que el tuyo, premie es justo, que con haberle traido, parece que has entendido los secretos de mi gusto. Válgame Dios, que razón, tan llena de confusión, y habrá de esperar la ofensa, que contra un Rey la defensa consiste en la dilación. Aquí me importa alabar el caballo. No aprendo el intento. Yo me entiendo. Pues yo he de ver, y callar. Si le digo que no es bueno, juntos los ha de querer, ver luego, y me ha de coger en la culpa, y me condeno, y si dilato el engaño, la industria, y el tiempo harán, que pueda tener Don Juan algún remedio en el daño. Hasle visto? Señor sí. Qué te parece? Qué es tal, que tan hermoso animal, solo nacio para ti. Pues de tu cuidado fío, que aleccionarlo sabrás, y en las parejas saldrás, en ese tú, yo en el mío, Haz me los traer aquí, que los quiero ver correr, juntos hoy, Voyme a poner en esotro. Estás en ti, adónde vas? Qué se yo. Al fin habemos llegado, que este, ya es lance apretado. Aún no es el postrero no, que otro falta. No lo sé. Aquí ha de valerme amigo, mi industria, venid conmigo, y haced lo que yo os diré. Ocupado, y divertido, os traen las fiestas señor. Mejor diréis, el amor de una alma, que os he rendido. Si se transforma en lo amado, quien ama, tanto valéis con dos almas, que podréis rendir la que yo os he dado, Y ansí, no es grandeza en vos, ni en mi lisonja ninguna, que no es mucho rendir una quién es tan dueño de dos. Al Parque voy a tirar, señor, si me dais licencia, Para sentir vuestra ausencia la tomo, si os la he de dar. Porque aunque en tales enojos breve el remedio me ofrece, que se ausenta el Sol parece, pues quedan sin luz mis ojos. En amar, y encarecer, los dos podemos partir los modos, vos el decir, y yo señor, el querer. Como Don Félix estáis. Cómo aquel que escucha ahora, tan grande favor señora, Dónde a doña Inés dejáis? DQue llegara presto, espero, porque ya se habrá partido. No pienso que habéis sabido lo que yo la estimo y quiero, mal, galán sabéis hacer, y ella tendrá que sentir, pues la acompañáis al ir, y la dejáis al volver, Oye señor, la venturosa suerte del obediente Don Enrique ahora, dispuesto solamente a obedecerte, ese animal de inclinación traidora, y racional ministro de la muerte, bruta acechanza al paso que enamora, encubierto en su loca gallardía, conspiración de injurias parecía, Apenas le vio así, cuando se arroja a la región del tiempo sacudido, rojas las cinchas, y la silla floja, ni al sueño, ni a la espuela reducido, los duros alacranes rompe, y moja tanto en su misma furia embravecido, que imperioso negó en la resistencia, la doméstica ley en su obediencia. No se vio de la Esfera desatado, rayo veloz, con ímpetu arrogante, tan licenciosamente arrebatado, en centellas de fuego fulminante, de su sangre, y su espuma salpicado, firme se arroja, en su traición constante, que como detérmina, lo que intenta, ni repara el peligro, ni la afrenta. Al batir de los pies tan desasido, y alto, que de las riendas orgulloso, jamás quiso aceptar ningún partido, antes precipitado, y poderoso, se vio de sus costumbres desmentido, siendo el fin de su intento cauteloso, el venir a pesar de su desvelo, juntos la silla, y Don Enrique al suelo. Sacó la espada, y ciego de impaciente, el curso racional ligero sigo, y arrebatado de un enojo ardiente, con la disculpa de leal amigo, las piernas cortó al bruto inobediente, y porque al mundo quede su castigo, formaba por la herida cada vena letras de sangre, en láminas de arena. El golpe de Enrique siento, será menester sangrallo. Con la muerte del caballo, quedó vengado, y contento, Mirad otra vez mejor, lo que dais, que en mi pudiera suceder el daño, y fuera mayor la culpa. Señor. Solamente en esta culpa, las ofensas son forzosas, que en dádivas peligrosas ignorante es la disculpa. A un Rey, nunca le ha de dar Don Félix, el que es discreto, cosa que tenga defecto, que puedan otros culpar. Y aunque el error cometido no es bien, que en nada me cuadre, por no parecer muy padre, no os digo lo que he sentido. No te dijeron a ti que este caballo faltaba del pesebre donde estaba. Y dijeron lo que vi. Pues cómo es esto? Yo quedo con la misma admiración. Y yo en mayor confusión, que este es engaño. No puedo pensar, que lo pueda ser, ni que ninguno lo crea, pero caso que lo sea, presto se podrá saber. Pero si ese que has traido, no es del Rey, bueno quedaras, si con él te declararas. Mayor daño hubiera sido, pues queda viva la ofensa cuando ignoro el ofensor, que ha de hacer aquí mi honor. Cuerdo eres, tú lo piensa, que yo me doy por vencido. Si le digo, pero no, que puedo ya decir yo, si el caso me ha desmentido con mayor autoridad. Y qué importa discurrir, si el tiempo nos ha de abrir el camino a la verdad. Bien dices, mas solo siento, que este caballo ha de ser, si no es él, quien me ha de hacer perder el entendimiento. Vuestra Majestad tiró con tal destreza, que creo, que en la flecha trasladó la ejecución del deseo, pues tiraba donde dio. Por entre verdes jarales va la corcilla ligera, solicitando cristales con las flores lisonjera de sus venas liberales. Herida, descansa y bebe, en aquel remanso breve, que del monte se desata, y en limpia fuente de plata mezcla corales y nieve. Quién va en aquella litera que pasa por el camino, al lugar saber quisiera. Que es Doña Ines imagino. Con tan poca gente espera, hay alguna guarda ahí. Guzmán, señora está aquí. Si es ella el haber venido. Don Félix, antes no ha sido, acción gustosa. Y yo soy de ese mismo parecer. Qué disgusto puede haber que le obligue el primer día a tanta descortesía, con la más cuerda mujer que han visto nuestras edades. Cómo son las voluntades república inteligible, del alma causa posible tendrán estas novedades, y ella nos podrá sacar, de esa duda, y desatar; la confusión fácilmente. Aquí viene. Es muy prudente, y sabrá disimular. Vuestra Majestad señora, me dé sus pies a besar. No pudiera haber ahora cosa que me pueda dar, tanto gusto. De la aurora; puede ser emulación; no tiene su gentileza humana comparación. Volver sola, y con tristeza el alma, evidencias son de poco gusto. Antes creo, que es tan grande el que poseo, que aún no le deja lugar el alma para mostrar lo mismo que yo deseo. Si Dios señora criara, nuevos mundos, y formara, con más almas, más sujetos, ninguno en los más perfectos a mi esposo aventajara, Y si algo puede tener de disgusto, es solo ver, que en mi faltan, cuando veo, también logrado el deseo las partes del merecer, que como es tan superior, con las mías su valor, las que no tuve sentí por no ver segura en mí la firmeza de su amor. Y como a mayor grandeza está mirando la Alteza, de una suerte, que es tan mía, hija es ya de mi alegría la causa de mi tristeza. Esos ojos que padecen están diciendo, y ofrecen, luz muerta a vivos enojos. También señora mis ojos saben lo que no merecen, y dirán ahora aquí, de mi parte, estando así, que debo al conocimiento, de mi dicha el sentimiento, de que no es eterna en mí. Muy consideradamente vas estimando, y sintiendo, no te quiero tan prudente. Doña Inés. Yo que la entiendo, lo juzgo, muy diferente en este bien malogrado; no pienso yo que ha fundado el sentir, y el padecer en el fin que ha de tener; sino porque no ha empezado. Como sola te dejó tu esposo, y se adelantó. Si en eso culpa he tenido, de confianza a nacido, y con ella me obligó, y fiadora le salgo en su fe, con lo que valgó, porque nunca a mi juicio hay amor fin artificio, que no se descuide en algo. No has de entrar en el lugar hasta que el venga por ti. Señora. Aquí has de esperar, que yo le enviaré, y así, no daréis que murmurar. Mire vuestra Majestad, que no hay mayor calidad, que entrar en su compañía. No es tu descortesía, disculpa mi autoridad, a tu lado le has de ver entrar, esto se ha de hacer, porque es razón, y es mi guso. Y en mí, es ya señora justo el callar, y obedecer. Notable señora, has disimulado ahora, a quien no ha de dar, Leonor remedio, al mal es error, decirle el daño, que ignora. Demás, de que no he de hallar causa en que poder culpar a Don Félix, y sería, especie de tiranía, en mí, él no le disculpar. Al paso que es valeroso, siente advertido y celoso, y le aborreciera yo, si con la causa que hallo no le viera cuidadoso. En sentir, y en no temer los dos podemos hacer legítima la disculpa, el con discurrir la culpa, y yo con no la tener. Y si su enojo has sentido, que no confíes te pido, del hombre advertido, y sabio, que al remedio de un agravio se hace desentendido. En la sospecha se inclina al Rey de él, teme la ofensa. En mi favor determina, que ansí podrá en la defensa dilatar lo que imagina, y a saber, que el ofensor, es Don Enrique, mejor se resolvera, a matar, y es contra mí el abreviar la ejecución del rigor, De doña Elvira he sabido, que doña Inés quedó aquí, y es verdad. Que hayáis salido del pasado engaño así, y tan poco reducido. Muy poco Don Juan sabéis de un amor determinado, los imposibles que veis, me animan. A vuestro lado, obediente me veréis. Aquí os podréis apartar, solo me dejad llegar, que una mujer sin amor a solas esta mejor si se ha de determinar. Yo me aparto. Y yo me llego. Y dónde vas. Vengo a buscarte espirado de mi fuego, por ver si puedo abrasarte, resuelto, arrojado, y ciego. Tres años de idolatría con casarte me has privado, y entre aleve tiranía solamente me he quedado con la acción de mi porfía. Y vive Dios que ha de estar tan asida a mi desuelo, que tengo de porfiar hasta rendir ese cielo, que no puedo conquistar. Luego juzgasle rendido, amante luzbel, que intentas, gloria que no has merecido, de tu ignorancia alimentas tu intento desvanecido. Y cuanto más perseguida mi virtud, de ti ofendida, tanto más para conmigo, justificas el castigo de tu soberbia caida. Sin prudencia poderoso, matar quisiste a mi esposo, y hay tan poca de tu parte, que quieres acreditarte con méritos de alevoso. Cielo, quieres conquistar, y que no sabes, recelo los modos de granjear, pues nadie ha ganado el cielo con intención de matar. Y tan loco y atrevido te lleva desvanecido. la arrogancia de tu ser, que pretendes merecer con lo que otros han perdido. Algún premio le has de dar a esta pena irresistible. Esa te vengo a premiar siendo mi amor imposible, con solo desengañar. Porque si tu voluntad reducida en ti se viera, a siglos da eternidad, aún lo eterno no pudiera atreverse a mi lealtad. que alimar de tu juventud fui roca opuesta, en que den las olas de tu inquietud. Pues vive Dios, aunque estén de parte de tu virtud. mas imposibles, que el mar peces tiene, aves el viento, y estrellas el firmamento, que he de morir, o alcanzar, que también en padecer, soy roca. Y yo en resistir. Qué importa si eres mujer. Si no me puedes rendir, para que culpas mi ser. Mi poder me valdrá aquí. Y en mí, mi honor contra ti, la resistencia previene. Mi señor, señora viene, turbada estoy, ay de mí. Yo soy perdido. Traidor, quien persuade al error, no le sabe defender, en eso echarás de ver, que no hay culpa con valor. Que le has tenido, concedo, pero de no tener miedo, en que fundas la disculpa. Solo en que no tengo culpa, y tanto conmigo puedo, que como está de mi parte el valor que yo me he dado. le tendré para librarte, y advierte si estas turbado, que mi esposo ha de matarte. Y no lo que hiciere aquí, me lo agradezcas amí, que más lo ago cruel, porque no se pierda él, que por defenderte a tí. De más, de que si entendido, El intento que has tenido, te mata, y me ha de quitar, la gloria de castigar tu pensamiento atrevido. Siempre estaré en tu presencia solo a librarte inclinada, porque halle tu imprudencia, una muerte dilatada en mi honrosa resistencia. Pongamos, yo mi poder, y tú solo el deshacer, sus sospechas, y verás, si te rindo. Libre estás, de él te sabré defender. Que mi honor, y el suyo aquí, competiendo están por ti, y así siempre de su parte he de poner el librarte sin perdonarte por mí. Solo es mi ser tu enemigo, la guerra te haré conmigo, porque siento, el ver traidor de ofensas, contra mi honor, en mano ajena el castigo. Qué es esto? El Rey mi señor, pudiera ahora excusar el hacerme ese favor, supuesto, que era el entrar sola, en el lugar mejor. De más, de que ya mi esposo, prevenido y cuidadoso, viene a honrarme en este día, y así que su compañía solo apetezca, es forzoso. Esto podéis responder al dueño de ese recado, que habéis venido a traer, y vos libre del enfado, que aquí podríáis tener. Acompañándome ahora, os podéis ir. Ah traidora, lo que me mandáis, diré, y siempre yo os serviré con el intento que ahora. Qué tenemos. Más rigor, pero no menos amor, que si su belleza, ha sido la causa, aquí me han rendido, su hermosura, y su valor. Recado del Rey aquí, y fingir la muerte halla, del caballo contra mí, hace este las partes ya, de su Majestad aquí Hasta mejor ocasión importa disimular. Muy bien dices, que es razón, tener al determinar comprobada la intención. Y el que en su cuidado alcanza, indicios de ofensa echa, y confuso se abalanza, si anticipa la sospecha perdonara la venganza.
JORNADA TERCERA
De no saber lo que pasa flaco, y consumido estoy, Lacayo, Hermitaño soy, en el yermo de esta casa. Que hay quien sepa en el lugar, en llegando un forastero, a dos días, que dinero trajo, donde fue a parar. Si pretende, si enamora, si da, si presta, o si juega, y que este bien se me niega en mí misma casa ahora. Desde el día que jugó cañas, con él Rey está, tan desesperado ya, como consumido yo. No he visto en toda mi vida tristeza tan infernal en un día natural, no come un hombre, perdida Debe de tener la gana, en su aposento metido, suspirando está, encogido como León con cuartana. Veré por la cerradura si puedo brujulearlo, sino para consolallo, para velle la figura. Paréceme, que me siente, y acepilla a costa mía toda su melancolía, quédito, quita impaciente. Rodilla sobre rodilla. está, y la vista elevada, quedo, aquella fue palmada sobre el brazo de la silla. Impulsos de parasismos tienen aquellos enojos, que ahora puso los ojos como ceros de guarismos. Malo va, que torcedura de mano, y ha suspirado, como mercader quebrado, recio, y con añadidura. Levantose ya muy listo, el junta los cerraderos, y por mirón de agujeros. me desuella vive Cristo. Quién es. No es nadie. Qué quieres. Aquí entré sin ocasión, solo por mi devoción; pero porque no te alteres. Como un día te has estado. sin comer, y no es decente, que estando el señor a diente, este comiendo el criado. Por no dejarme morir, vengo señor a saber cuando empiezas a comer para tocar a embutir. Vive Dios, que si no hallara por tu ignorancia, en tu culpa, tan conocida disculpa, que pienso que te matara. Qué es aquesto? Qué ha de ser, porfiar este ignorante a pornérseme delante. Pues tú, qué intentas. No ser en esta vida importuna de los que se dejan ir con la corriente a morir sin curiosidad ninguna. Cuerdo sois, si disculpáis. su curiosa inclinación. Y ten más la obligación en que ya los dos mostráis. Don Félix me examinó, muy secreto y recatado, si te había derribado un caballo que mató Don Juan, y apenas oí, cuando empuñada la espada, y la color demudada, mentira dice, el que aquí dijere, que derribó, ningún caballo a mi amo, Si saltara como un gamo, que se tuviera, se yo, ni Don Juan decir podrá, que ningún caballo a muerto, porque yo se por muy cierto, que es mentira, y lo será. Este infame ha de morir. Mucho más, que el castigar su inocencia, ha de importar, que se vuelva a desdecir, a que es verdad, persuadido. En qué forma. De esta suerte. que te has ajenado, advierte, en cuanto tú has defendido, un caballo derribó a tu amo, y le maté. Válgame Dios, verdad fue eso, nace de andar yo, de tu vista desterrado, que si presente estuviera, que era verdad concediera, y no me hubiera arrojado. Pues te importa, que le digas a Don Félix, que ignorante, el caso, en que te engañaste, y que con él te desdigas. Pues ya señor, qué verdad es la muerte, y la caida, hacedme un bien, si mi vida, os ha movido a piedad. Cien escudos me mandó, si el caballo le mostraba muerto, y en oro los daba, que en oro los enseñó el muladar donde esta, si es posible, saber quiero, y pesar este dinero. Traidor. Huye. El mal le dio, hacedme este bien por Dios, y serviré sin salario diez meses, si es necesario. Huye Hernando. Vive Dios, que va de veras. Dejadme, que siempre me habéis de hacer contradicción, sin querer, que tenga razón. Culpadme, en no dejaros matar a un ignorante. Esto es hecho, que es imposible, sospecho, el poderlo remediar, que disculpa dar podré, en pidiéndome el caballo muerto, Solamente os hallo una, que es decir, peque. Ahora venga la ocasión, que como en ella padece, el espíritu parece, que de alguna inspiración se ampara mi entendimiento para el remedio del daño. Ya no queda en este engaño, ningún lance, ni le siento. No hay para el ingenio humano, ninguna cosa imposible. Eso es en cosa posible, y que no lo es esta, es llano, porque vos no podéis dar aquello que no tenéis. Venid, y lo que sabréis un forzoso imaginar. Quién; dime pudo jamás, Celio, verse, y con razón, en tan grave confusión. Yo confieso, que lo estás, señor, pero que has de hacer, si esta obligando a respeto, y a más temor el sujeto que te ha podido ofender. Si es verdad que en él está la culpa, Pues si él no fuera, en que vida no estuviera vengada la ofensa ya, De parte de mi valor se resuelve mi impiedad, y luego en su autoridad. se ve el intento y furor. Y ansi en medio de esta furia vengo a juzgar temeroso, altivamente imperioso el respecto con la injuria. Hombre le juzgó, y resuelvo. el castigo con la ley, y al considerarle Rey, a nueva intención resuelvo. Porque aún sin ejecutar en cualquier resolución, es especie de traición, con él, el determinar. Y así juzgo en tanta alteza lo desigual de los dos, que con amagos de Dios obra en un Rey la grandeza. A buena suerte he tenido, que sea tan superior la ofensa que en tu valor está el golpe detenido. De más, de que cuando fuera, igual suyo el ofensor, no está la culpa, señor, calificada, y pudiera incurrir en demasía la venganza del agravio. Adviertes como hombre sabio, que aún no está de parte mía. La culpa bien comprobada, y está en mi espíritu inquieto con la duda y el respecto, el alma indeterminada. Aún solo en pensar, me afijo, ofensa en mi honor dudosa, morirá Celio, mi esposa, Morirá mi esposa, dijo. Medrosa y confusa estoy, ay doña Inés mi señora, que tristes nuevas ahora, temblando a llevar te voy. Bien puede el Rey perdonar, resuelto ya mi valor, que en lo que fuere mi honor posible, me he de vengar. Que si en Doña Inés, la culpa se advierte, ya la tenía; quien de pendencia traya de un error tan sin disculpa. En voluntad consentida. tiene culpa la mujer mas no la puede tener solamente en ser querida. Cómo tan determinada te atreves a entrar aquí. Entró juzgándome a mí, y asegurome la entrada. Y no le temo sangriento, porque es en el delincuente: acusado injustamente, disculpa el atrevimiento. En su errada acusación de mi parte viene a ser, solamente el no tener, la primera información. Tu esposa. Vete de aquí. Mira. Lo que he de mirar, se ya, afuera has de esperar. Solo se queda, ay de ti. Comprueba con más quietud, y advierte como prudente, que un caballo solamente ocasiona tu inquietud. Aquí fuera estilo ingrato de mi lealtad el dejarte. También quiero de mi parte esforzar yo su recato, que solamente deseo, que aquí se vean Leonor compitiendo en el valor, juntos Relator, y el reo. Y así quiero en su presencia llegar también recatada, para que no triunfe en nada su intención de mi inocencia. Que te defienda le pido adiós Eso está a su cargo, pues lo está el mayor descargo de no estar el ofendido. El poder contra esta vida es de mi jurisdicción, y está la satisfacción aquí menos atrevida. Hablando a solas está. Disculpe mi honor mi intento, morirá; Muera mil veces. Tantas? Sí, yo me sentencio. Tú respondes? Yo respondo, que soy de tu ofensa el eco; de tu venganza la voz, de tus quejas los acentos. Aquí es bien disimular, mi bien, mis ojos, mi dueño. A quién codicia castigos mal la obligarán requiebros, que esperas, que no me acabas, que yo agraviada, más quiero dar la garganta al cuchillo, que satisfacción al pueblo. Sobornarte quiero el alma con las lágrimas que vierto, con las palabras que digo, y con la razón que tengo. Oh qué hermosa está la ira en tan honrado silencio, que bien parece el enojo cuanto más cruel, más cuerdo. Qué disimulas, qué finges, si los rigores suspensos, son de la muerte, que tarda proligidad, no remedio. A mi inocencia parece tu indignación de los cielos, que amartelan el honor tan honrados sentimientos. Que bien sabe a la verdad en tal peniar, tanto ceño, que esa tristeza atrevida lo mucho que yo te debo. Si no te viera penar en cuidados tan inmensos, prohijara yo la culpa por afrentar tus intentos. Don Félix ya que tu nombre con mis desdichas desmiento, siendo fiscal del delito mi propia causa defiendo. Dos hombres enmascarados traidoramente resueltos, en nuestra casa la noche de mi infeliz casamiento. Y aquel caballo de Troya que de arrogante y soberbio, forjó salpicando en agua las centellas de tu fuego. Indicios bastantes son para que ya tus recelos, en la malicia disculpen tan honrosos sentimientos. Privado fue de razón quien ejecutó el intento, yo lo digo, yo lo callo por no decir lo que siento, Si bien es tan poderosa la causa, que a un mismo tiempo, detienes tú la venganza, y yo disimulo el ruego. Pero a ti mismo te pido satisfacción de los hierros, yo escribiré los carteles, yo divulgaré los rectos. Más te estás desconfiado y ofendes mi fe con celos, el alma te desafió tu imaginación desmiento. Puedes estar cuidadoso y estar puedes sin sosiego, pero en duda, vive Dios, mas qué importan juramentos. Si en dos pístolas sin vida dijo en mi favor el fuego, la una con no dar lumbre, y la otra dando lejos. Quién se atreverá a culpar a quien en este proceso, abona en duros cañones él sin piedad elemento. Mi señor, mi bien, mi esposo alzad el rostro del suelo, al arma toca el amor y yo animosa os advierto. Rayos haré de mis ojos contra Gigantes soberbios, y con esferas de injurias comunicados incendios. Que yo que sin ofender tan ofendida me quejo, licenciosa me opondre contra absolutos Imperios. No me contradigas nada que te perderé el respeto, y para volver por ti te atropellaré a ti mismo. Tenme miedo si me estimas, no amor, aunque le merezco, y perdóname en ti propio, pues a ti, por ti te ofendo. Con tus furias te aconseja hecho un etna el sufrimiento, contra indicios desmentidos lo que tu mujer sin serlo. Y porque menos te cansen por mi causa tus desuelos, a ti te doy la disculpa, y al Rey pidiré el remedio. Satisfecho, y reducido, estoy señora. Qué es esto. Disculpas le dio creídas en labios de honor resueltos, esta mujer no me ofende. Yo no te lo he dicho. El cielo traslado a su virtud el alma en sus movimientos, contra su misma intención el Rey la pretende Celio, y con decir que la deje se va a pedir el remedio. Y tú que has de hacer. Fiar de su valor el que espero y confiar cuidadoso, para obligar advirtiendo, que hasta ahora de mi parte con causa he fundado, y puesto los celos en el caballo y en el alma el sentimiento. Qué es esto que se murmura de ti Enrique en el lugar. Cómo puedo yo no estar murmurado con ventura. Dices que has aconsejado al Rey en ciertos amores de que nacen los errores en que le miran culpado. Eso solamente nace del popular desconcierto, pues no saben, lo que advierto y me culpan lo que hace. La muerte de aquel caballo de tu impensada caida, dicen que ha sido fingida y la causa no la hallo, ni la discurro, y así confusamente me ofende. Don Félix solo pretende desacreditarme a mí. Pues como con una cosa que tan fácil de probar lo intenta. Eso es mostrar mejor su ignorancia maliciosa, al Rey quiero hablar señor en defenderle la entrada, si viniere esta fundada la defensa de este error. Entra, que aquí esperaré, pero advierte que es razón, el volver por tu opinión con la disculpa. Sí haré, Al Rey quiero entrar a ver, no imagine que he librado la pena de mi cuidado en huir de su poder, esto importa. A dónde vas. A ver el Rey. No podéis entrar, si verle queréis Con que orden me negáis. la entrada. Basta la mía que a los hombres como yo, ninguno les preguntó semejante grosería. El Rey sin duda le ha dado, que esto ya es saber querido. que no le ven ofendido, solo habiéndole mandado contra mí su Majestad será fuerza obedecer. En mi hay bastante poder, con menos autoridad para negar esta puerta, Confesáralo yo así a no haber partes en mí para merecerla abierta, y puede causarme pena el verla por vos cerrada, cuando he comprado la entrada derramando sangre ajena. Los qué intentaren hacer espaldas tan mal seguras, atropellando venturas que no pueden merecer en Palacio no han de entrar, sin algún inconveniente. Esas canas solamente podrán en este lugar detener mi sufrimiento Mis canas en la ocasión nacen de mi corazón con su ardor las alimento Pues quién dijere que yo. A razón que va fundada en quien dijere la espada respondera a lo que falto. Solo yo con repararme me defiendo. El no tirarme, es Don Félix afrentarme. Pues no os pretendo afrentar, el Rey viene. Herido estoy, y lo que debo sentir, es que no puedo encubrir mi sangre. Perdido soy. Qué es esto! Don Pedro esta herido. Mi padre! Espera. Solo gran señor pudiera tu voz detenerme ya. Esa intención detenida premiaré, pónganle luego en prisión. Solo te ruego. Mirad si es grande la herida. La distancia de ella es breve. Para el delito no importa, que en Palacio el que más corta, es aquel que más se atreve. De rodillas gran señor. Llévenle luego a curar. Señor. Solo con rogar harás mi enojo mayor. Buena ocasión han tenido hoy para quitar delante, el estorbo, es firme amante, y he de morir ofendido Por tu detenida espada. en muchas muertes quisiera, que esa vida ser pudiera dividida, y castigada. Porque en ti no puede hacer más fineza tu obediencia, que en una justa impaciencia resolverte a obedecer. Gobiérnanse mis intentos tanto por tu voluntad, señor, que tu Majestad alma de mis movimientos. Si a mi padre muerto viera y del homicida fiero, ensangrentado el acero cuando ya en el mío fuera. Una resuelta estocada a buscarle el corazón, entre el golpe, y la intención fuera tu voz respetada. Ya lo que ha pasado se, y aunque sea poderoso Don Eurique, de tu esposo la causa defenderé. Preso Don Félix señor? Sí señora, y tan culpado, que hallo imposibilitado de humana piedad su error. Que a Doña Inés escuchéis os suplico solamente, sino porque el delincuente es su esposo, porque haréis. Señor juez advertido escuchando su defensa, pues ninguna la dispensa que muera sin ser oído. En premio de la prudencia que Don Enrique esta vez ha mostrado es su Juez, él le ha de dar la sentencia, Vengue su sangre vertida fuerza es que juzgue impaciente, y otro Juez más clemente es forzoso que te pida. Advierte que has prometido, el no culparme. Traidor, sin decir aquí tu error defendere a mi marido, con solo que Don Enrique me enseñe muerto el caballo, de mi esposo, el rehusallo. será injusto. Fuese a pique pues que consigues con verle, o que intentas. Pensar yo; que aquella muerte fingio por solo descomponerle. Y siendo así; claro está, que el que antes con este engaño solicitaba su daño, con pasión le juzgará, Doña Inés dice muy bien, y este cargo será incierto si enseña el caballo muerto. Así lo digo también Pues si en eso solo está, el darme por buen Juez, yo haré que quede esta vez convencida. A dónde va tan resuelta tu osadía. A que vea tu cuidado, lo que un ingenio apretado alcanza cuando porfía. Aunque pudiera ponerte? a los ojos las victorias de Don Félix, cuyas glorias pudieron engrandecerte, Y aunque a su posteridad su valiente brazo aspira, porque parece que mira a desmentir otra edad. De parte de su disculpa te suplico, que primero examines justiciero de Don Enrique la culpa. Porque en no mostrando aquí? el caballo; da señal, de su intento deseal, y no es justo siendo así, que tu grandeza y poder se quiera en el trasadar, para que pueda juzgar a quien quiso deshacer. Si con su padre riñó quien duda que culparía su lealtad, porque creya por verdad lo que fingio. Su hijo, señor los Reyes deben con mayor razón, su justa conservación en la igualdad de las leyes. Y así vuestra Majestad castigue al que esta culpado. Esto es sin haber llegado a decir su volantad. Muerto queda, y puesto ahora adonde enseñarse pueda. Luego ya ninguno queda. Claro esta, enviad señora vos misma, y saber podréis dé aquel bruto racional, que murió por deseal y de ese engaño saldréis. También señora es error hacer con falsas razones, siniestras informaciones mirad otra vez mejor. Doña Inés como informáis, que ya solamente creo, que nació vuestro deseo de las culpas que imputáis. Supuesto que ya en su error la ley se ha de ejecutar, muy bien puedo confiar su culpa de tu rigor. En ti pongo mi justicia. Corrida estoy de que aquí me puedan decir a mí, que apadrine tu malicia para informar la verdad, informate más prudente, no empeñes tan fácilmente otra vez mi autoridad. Corrida en mi inadvertencia he quedado. Y yo lo estoy. Sígueme, y calla, que voy a hacer cierta diligencia. Seis mil veces. Amigo aquí es forzoso alargar el engaño, por no dar en las manos del castigo. Esta mujer no ha sabido entenderme, y he quedado, vitorioso en mi cuidado y su ingenio convenido. Porque mi temor se acabe la más discreta mujer, es imposible entender al hombre que menos sabe. Si discurre en el engaño doy en el suelo con todo, pero no, no me acomodo en nada a temer el daño. Que pues ella no ha caído aquí en la malicia ya, seguro el intento va, y si muere su marido. En mi pasión vengativa quedara Don Juan mejor disimulado el error y mi esperanza más viva. Yo no os he de aconsejar cosa injusta. Justo fuera, que sin dilación muriera quien se atrevió a derramar en Palacio sangre mía, tan a los ojos del Rey, esta es justicia, y es ley sin parte de tiranía. Habrá ahora para mí un átomo de secreto. Aún me pierdes el respecto. Mira cual estoy por ti, que juro a Dios, y esta que pueden ser muy deberás, dos micos mis dos ojeras de dos huevos de avestruz. Trae recado de escribir. Hola, máquina estrellada, se turba desencajada, o me quiere despidir. Y si pides el tintero para hacer cuentas conmigo, seré lacayo mendigo en el alcance postrero. Y por mi hablar con los mudos en lo que no te importaba, amo infiel, que te costaba darme a ganar cien escudos. Qué pretendes. Escribir la sentencia, y que la firme el Rey, porque se confirme mi intento sin adquirir, Caben en esa impiedad ruegos míos, No os canséis. Yo entré en casa a veinte y seis de Julio la Navidad, recibí nueve ducados, y han de ponerse a mi cuenta, treinta vidros, o cuarenta que hasta hoy tengo quebrados, y lo demás se me debe, a razón. Estas en ti, salte al momento de aquí. Mal despacho para breve.. Mirad antes que escubráis Don Enrique lo que haces, mirad, que el que ofendes el mismo que sentenciáis. Y que no es justo que os cuadre el conseguir vuestro gusto, pues tomáis por medio injusto la sangre de vestro padre, A dónde vas. A firmar. esta sentencia de muerte contra tu esposo, y advierte que hoy la puedo ejecutar, mira si soy poderoso. Aunque tan contento estás, mucho menos lo serás en tu intento cauteloso. Si yo quiero que ha de estar también de mi parte ahora una culpa que se ignora. Aparta, déjame entrar. Entra arrogante, y altivo, que yo también entraré, y que me despediré. Cogiole? El caballo vivo del Rey. Entendiole el modo, turbado sin duda esta, y dijo bien, que lo es ya, daré en el suelo con todo. Este ha de quedar furioso, y no me ha de asegurar. y así lo he de remediar con otro engaño ingenioso. No te turbes, que también sabre yo volver por ti, no he de pedírtele aquí porque ya te quiero bien. Desuerte has perseverado en tu constancia que has hecho, los rendimientos del pecho finezas de mi cuidado. Venció en la ingeniosa guerra de tu amor tu fe constante. Mudar de estilo, y semblante algún gran misterio encierra. Si no es que dormiendo estoy fuerza será enloquecer. Quieres Enrique saber cuan tuya he de ser desde hoy, por nulo, mi bien pretendo, que el matrimonio se de, porque pueda entrar tu fe granjeando, y mereciendo. Demose al Rey a entender poniéndole en libertad, la poca seguridad. que mi vida ha de tener. Con Don Félix ya quejoso de que habemos sido amantes, quien dando causas bastantes el deshacer es forzoso. Matrimonio, que hasta aquí solo en la opinión ha sido. Los pies señora te pido, gracias a Dios que vencí, mi amor será mi disculpa, con el Rey soy poderoso, y hoy delante de tu esposo: he de confesar mi culpa. Servirá de que él se aparte de él sí, y la mano que dio, para que así goce yo de este bien la mayor parte. Libre Don Félix esta, y a traer le voy aquí, que porque te deje a ti pretendo obligarle ya. Esto es saber esperar con fe al premio persuadido. Si aquí no hay algo escondido venciste con porfiar. Yo estoy como embelesada. Qué dudas. No saber yo si esto es verdad, o sino. Cuando me veas casada lo verás. Pues no lo estás. Casada más bien. Tú vas dando, a entender que te agrada pareces mudable al mundo. Espera con más paciencia tu curiosa impertinencia, y sabrás en que me fundo. Cuál de los dos ha de ser tu esposo. Muy bien pudiera decírtelo si quisiera, pero no lo has de saber. Que aunque se tu corazón que esta siempre te aprometo puesto a peligro un secreto antes da la ejecución. Por libre en efecto das a Don Félix. Sí señor que en sí premio su valor con el poder que me das. Nunca Enrique ha parecido tan mi hijo, ahora sí, que estoy al ser que le di justamente agradecido. Bien puedes darle a tu esposo el dichoso parabién de esa libertad. No es bien, que teniéndole celoso, y estando los dos señora injustamente casados, sin hablarse, y disgustados llegue a su presencia ahora. No esta Doña Inés casada con él voluntariamente, y su enojo les consiente una pasión dilatada. Y así tendrá cada uno causas de no padecer, si en ellas viniese a ser el matrimonio ninguno. Esto digo porque entiendo que hago servicio a Dios, porque sin gusto los dos siempre le están ofendiendo. Con casarle me quitaste a mí esta dicha, señor, pues de tres años de amor mi esperanza malograste. Como yo nunca he sabido esa voluntad. Hacia, con recatada porfía mi intento desentendido, y porque veas que he estado constante en mi inclinación, y que nunca en mi afición los deseos me han faltado. El día que se casó fui con el determinado tras ellos, y quise airado matar a Don Félix yo. Y sin poderle cobrar el caballo me dejé, y ese mismo también fue, el que el vino a presentar. Pero al verme convencido en el delito, fingí su muerte, y después aquí apretado, y convencido segunda vez le maté para poderle enseñar. Bien supiste dilatar, tu engaño, ingenioso fue. En fin el Rey se ha quedado sin su caballo. Señor, de tu grandeza, y favor me fíe. Bien lo has mostrado. Juzga si estas causas son tales que pueda después, segura estar Doña Inés, y Don Félix sin pasión. Y así por ella te pido supuesto que lo desea, que tu Majestad le sea favorable. Sin sentido estoy escuchando yo su culpa no imaginada. Al fin estás disgustada con Don Félix? Señor, no. que como a mí le he querido. Pues cómo me has engañado La palabra que te he dado Don Enrique te he cumplido, que jamás te acusaría, en tu amor te prometí, y pues tú lo has dicho aquí acción fue tuya, y no mía, Siendo Juez de mi esposo el alma te examiné, y tu rigor reparé con este engaño ingenioso. Y en tus locos pensamientos Juez de tu culpa ha sido. No poca dicha han tenido tus arrojados intentos. Pues se ha escapado esa injuria de un hombre tan valeroso. Solo tu ser poderoso ha detenido su furia. Que en ti solo imagino la ofensa, y por no le dar enemigo que matar he disimulado yo. De mí has vivido celoso. Ninguno el caballo viera, que de otro dueño creyera un amor tan poderoso. Demás, de que no crey, que menor, que un Rey señor se atreviera a mi valor, y así lo pense de ti. Los indicios de la culpa miraron a tu poder, y vienen a deshacer el etror con la disculpa. Y en mi puedes perdonarlo pues claramente se ve, con la razón, que fundé los celos en el caballo. Solamente el ser de amor tus hierros, y el confesallos, me ha obligado a perdonarlos. Y tú por mí en este error le perdona satisfecho, supuesto que en su disculpa, menor haces a la culpa confesando lo que has hecho. Pídele luego perdón a Don Félix. Yo lo pido. Él quedara arrepentido basta por satisfacción. Y así lo debo sentir, que en nada puede agraviar Don Enrique el intentar tan lejos de conseguir. Bien sabes considerarlo. Y aquí da fin el Autor, porque disculpen su error los celos en el caballo.
