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Texto digital de El católico español

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Alonso Remón
Atribución estilometría
Alonso Remón Probable
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Simona Andreea Gaia.

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Cita sugerida

Andreea Gaia, Simona. Texto digital de El católico español. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/catolico-espanol-el.

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EL CATÓLICO ESPAÑOL

JORNADA PRIMERA

¿Eso responde? Y se resuelve en esto. Vivo apenas. ¿Qué sientes? La mudanza miro y el mundo todo en armas puesto, roto mi intento y rota mi esperanza. Bueno es que a darle crédito dispuesto esté tu corazón. Tu error alcanza do tu corto juicio el papel muestra. Extraño caso, buen error te adiestra. Este llena tus deseos, no te cause maravilla; aquel sucede en tu silla cuyo nombre empieza en «Teos». Cúlpate el mundo de que agüeros buscas, mi libertad perdona si te injuria. Si eres cristiano príncipe, ¿qué ofuscas tu católico pecho con tu furia? ¿Querrás volver a las naciones fuscas? ¿Resucitan las leyes de Liguria? ¡Vete paso, Leoncio! Dame prisa. ¿Quién? La verdad que te enseña y que te avisa. Habrá quien diga pronunciando el caso: ahora mire el aspecto a tal planeta, tal ruina, tal muerte, tal fracaso, ahora por el vapor de tal cometa ab effectum confuso sin que el paso fiera resolución jamás cometa, que está en la mano del que hizo el cielo torcer el freno al mundo, atar el suelo. Mucho te he dicho, pero hoy nada obliga a fiarte de mí. Eres el Acates de mi privanza, y de mi ciencia amiga el Platón. Con el nombre no me trates, que pues no te convenza me castigas. Muestra el papel de nuevo, no dilates la verdad que me enseña. ¿Que aún porfías? ¿Verdad? Pruébanla. ¿Quién? Razones mías. ¿Son las letras? Primera, cual ves, tita, la segunda épsilon, ómicron; esta, de esta aquella que juntas dan escrita, la fe del nombre en tu quimera puesta. Dicen juntas: Teo. ¡Oh, Teo! Quita el papel que al espíritu molesta por la vista su anuncio. Teos dice. ¡Dios!, esto se interpreta y contradice. Harás, Leoncio, que en mi casa o corte de los que aspiran a mi reino y pecho, hombre ahora en gobierno a estado importe su brazo, de mi queja satisfecho me deje, y el cuchillo el cuello corte de cualquiera que sea a su despecho, si hubiere hombre. Digo, cual penetras, que el nombre suyo hagan estas letras. ¿Querrasme hacer verdugo de tu intento bajo del dulce nombre de privanza? Soltó la lengua el ciego entendimiento, que la pasión turbada leyes lanza. En mal lugar tu buen crédito asiento. Vuelvo a decir: harás cortar. Alcanza el nombre que me dieres, aunque duro, la fe que sabes. Vivo bien seguro. ¿Qué grita es esta, y dentro de palacio? ¿Has olvidado la famosa salva que la gente de guerra en poco espacio previno al General riendo el alba? ¿No sabes bien que este segundo Horacio la blanca barba y la arrugada calva baña, y en el honor de gloria dino por las veces que en sangre tinta vino? Vengo humilde a que me des por favores soberanos, si lo merecen mis manos, esos imperiales pies. A Europa y Asia es notorio lo que en sus distritos largos hizo, usando de tus cargos, este tu Teodosio Honorio; aquí el amor por los buenos, término que siempre emprendo, almas rebeldes poniendo en la voluntad mil frenos, mil esposas en las manos, con que a vista de testigos ni te han quedado enemigos, ni te han durado tiranos. He querido, por vitoria postrera de mí pedida, no partir de esta a otra vida sin el trunfo de esta gloria. Esto harás entretanto que respondo al General. Harelo, mas hago mal; de tu obstinación me espanto. Ocupado en procuraros premio con que engrandeceros, he tardado en responderos y dilatado en pagaros. Habéislo hecho muy bien. Habéis sido gran soldado, peleado como honrado, y gobernado también. Vos, quedad en mi palacio entre estas triunfantes olas, que os quiero después a solas más de paz y más despacio. Vuestra voluntad es ley y esme testigo el Señor que soy dino del favor que me hiciere mi rey. Poca suavidad mostraba. Tibiamente respondía. Más gloria se le debía. Y él mayor premio esperaba. Amigos, no mormuréis lo que aquí el Emperador, mi señor, dio por favor, que es gloria que no entendéis. Yo no aspiré a recibir, si no a merecer valer; y, pues llegué a merecer, no hay más valer ni pedir, porque más es merecer valer en lengua de honrar que no valer y llegar do no llegó el merecer. Esto se os manda leáis. Ah, Leoncio, ¿ya volvéis? Y para lo que veréis. Ved, Leoncio, qué mandáis. Teodosio Honorio, muy fiero premio os tengo aparejado. Un egicio endemoniado, un sortilegio hechicero, satisfaciendo deseos del príncipe, que porfía en creer su hechicería, dice que aquel que con «Teos» su nombre empieza será deste imperio sucesor. Ved lo que el Emperador, si en sus dos hijos no está, en vos la crueldad empieza; y ningún ruego le ablanda, y en este al momento manda que os corte vuestra cabeza. Y lo mismo se hará del que este nombre tuviere. Si el Emperador lo quiere, ¿quién de su gusto saldrá? Premios son aventajados mejor que sabré decillo, que mil veces fue el cuchillo corona de mil honrados. Pero ya es mucha imprudencia y desdoro, el claro sol, del blasón del español, que es preciarse de obediencia. Dadme los brazos, amigos, los primeros y postreros, en mi vida compañeros, y hoy en mi muerte testigos. Quedaos solos, venga hablando conmigo el capitán Tito, si ya en esto no hay delito. Hable. A Dios. ¡Ay, triste bando! ues si el bando no se echara en lo que su firma afirma no obedeciera su firma ni hoy al General matara. Una espada, un español, un gobierno que en el suelo era en fortaleza cielo, y en el buen gobierno sol. En fin hemos de ser guarda. Por su cédula especial. ¡Qué perdida, cuanto mal a todo el mundo le aguarda! Ya partió el alma dichosa para el cielo soberano. ¡Ah, sentencia rigurosa! Que un general, un hermano, no gozase de su esposa... Como a mí me fue mandado la cabeza le corté; al fin fue descabezado y con una viva fe subió al imperial estado; porque dando clara muestra de su humildad y devoción, viendo el cuchillo en la diestra del verdugo, da el perdón con gran regocijo y muestra. Ved el triste espectáculo de afuera; pero quitad la vista de allí luego, que no hay vivo que en ver muerto no muera al padre de la patria, y el sosiego ver. A Teodosio avisar quisiera, mas ¿de la firma y cédula reniego? ¿No podemos hablar? Venios conmigo, veréis la traza que prevengo y sigo. ¡Que de favores me han hecho dos mil damas de ventana! El alma traigo lozana, brioso y gallardo el pecho. Con nadie he quedado mal, el vulgo entre el regocijo dijo a voces: «¡Viva el hijo del gallardo General!» Pero truje tanto espacio, siempre la gorra en la mano, por quedar por cortesano, que se han entrado en palacio. Ya con el Emperador debe mi padre estar. Quiérome con él hallar a recibir su favor. ¡Pero, cielos, qué tragedia! Recita el daño infinito que con nada se remedia, donde la media es delito y espanto cruel la media. ¡Mi padre muerto! ¿Y por quién, y tan presto que aún no den espacio a imaginar tal? Pero tiene alas el mal si empieza a seguir el bien. ¿Y si el príncipe lo ha hecho? Dejadme, guardas, llegar a morir dentro del pecho, que a un muerto es capaz de dar gloria aquel que da despecho. Pero terribles estáis, hombres o piedras, ¿qué hacéis? Si podéis, ¿a qué aguardáis? ¿Para mí os enmudecéis y contra mí amenazáis? Sal. Y delante del caso que vuestra presencia tiene, y en que de dolor me abraso, luego que salga conviene y no dé adelante paso. Debeos convenir callar y quereisme ansi avisar. Yo salgo, no por vivir, mas para saber morir contra el que os mandó matar. Ha sido mi traza buena. Hasle excusado de culpa, y hasle librado de pena. ¿Quién al pobre mozo culpa? ¿A quién su muerte le ordena? En lo que Tito ha trazado la ley habemos guardado de obedecer nuestro rey y a nuestro amigo la ley, y ninguna ha quebrantado. En fin, ha sido avisar a un amigo que es tan bueno. No habrá nadie en el lugar que no pase este veneno. Cubrir el cuerpo y entrar. Vuestra competencia es vana no rehartéis sobre ello, que la mochacha ha de ello, ella lo pierde o lo gana. Mi hacienda tien de llevar quien mereciera gozalla; empero yo no he de dalla al rey mismo a su pesar, ni tien cara para menos, que es su quillotro un hechizo. Llévela un mozo rollizo, bueno, pues viene de buenos. Déjame a mí por ralea. Ni tal aquí se ha tratado porque sois de lo granado, mi fe, de toda el aldea. Déjame por la persona. Eso empergeñar queréis, un san Jorge parecéis ¿no veis que el talle os abona? ¿Déjame por el caletre? ¿Por eso os ha de dejar? ¿Y quién ha visto escolar que lo que el vuestro penetre? Vos, cuando el día de Dios todos canticando van, componéis al sacristán lo que cantáis con él vos; y vos sois tan bachiller que con la abulencia pura vos le componéis al cura los sermones que ha de her. ¿En hombre que es tan sabihondo quieres que haya deste queja? Pues, ¿por qué diré me deja? Es más hondo. ¡Oh, es más hondo! ¿Por qué diré, Circe astuta, que me dejas? De eso gusto. Déjote, Damón, por gusto, y en los gustos no hay disputa. Hame Teosindo agradado, no sé qué en el alma ha hecho, hame traspasado el pecho y el corazón abrasado. ¿Ese grosero te agrada y esta viva fe te ofende? ¿Por gusto tu gusto emprende ser con tal hombre casada? Primero del talle pido muestras, que ciega tu antojo largo, no bien hecho, flojo, deslavado, desvaído, la barba el rostro le enluta, la nariz sin proporción, los ojos nublados son. En los gustos no hay disputa. El cabello descompuesto que con el viento le quiebro, señal de flaco cerebro, humilde aspecto de gesto; ambos pies tuertos, espaldas, brazos sin tomo ni peso, hombre de cabezón tieso y de vestido con faldas; un mal sudor se le imputa en los pies, si al suelo toca, y le huele mal la boca. En los gustos no hay disputa. Qué perniciosa permuta haces de ese a voluntad del engaño, la verdad. En los gustos no hay disputa. A vos, Teosindo, buscamos. Pardiez, a tiempo vendréis, tío, que nos honraréis, que del casorio tratamos. ¿Heisos confesado hogaño por la santa cuarentena? Sí, a Dios place, enhorabuena, soy el primero cada año. Pues si tenéis que tratar de vuesa alma algo vení, y al escribén lo decí, que os habemos de ahorcar. Válasme nueso Señor, a mi ver que estáis burlando. Despacio estáis. ¿No oís el bando? Mándalo el Emperador. ¿Qué he hecho a su reverencia, que así me manda matar? El escribén puede dar cuenta deso en el audiencia, que ido se me ha del meollo. Cumpliré vuesos deseos: el nombre que empiece en «Teos» manda que acabe en el rollo por ciertos micofosios que han pronosticado gentes, y a dos de vuesos parientes Teófilo y Teosios, ambos por el nombre han muerto. Ven, sobrino, no te asombre, que has de morir por el nombre. Mándalo el rey, esto es cierto. Viuda y no casada, a Dios, que en medio el redaño os llevo A Diós, infeliz mancebo. Él sea, hijo, con vos. ¿Parécete lo que has hecho? Que mozo en el lugar queda con quien ya casarte puedas, si Damón no es de provecho. ¿Tratase algo en mi favor? De veros bien se ha tratado de que seáis su velado, si es que la tenéis amor. Y pues Teosindo va a fin, tal cual habéis visto vos, no estaba, hijo, de Dios. No es mi intento tan roín. No soy bueno para sobra de voluntad ni por falta, que es mi voluntad más alta, y mayores bríos cobra. En esto está resoluta mi alma. Agora es mejor. Este es mi gusto, señor, y en los gustos no hay disputa. Por vuestro gusto os regí, dad buen tiempo a la veleta. Ved cual os quedáis, pobreta. ¿Faltaranme hombres a mí? Ni a él mujeres, disoluta. Mas pagaréisme el disgusto. Él echó por mí mi gusto, y en los gustos no hay disputa. Quedó sin luz el sol, sin sol el día, sin paz el mundo y sin gobierno el suelo; sin agua el mar, sin estrellas, el cielo, la pompa y majestad sin monarquía. La tierra sin el hombre que tenía, y la justicia sin el casto velo; la regia fama sin la trompa y vuelo, hasta el mismo placer sin alegría. Asia sin dueño, África sin guarda, sin yugo Europa, Roma, sin cabeza, el ciego militar sin nervio fuerte, yo sin padre, ¿qué paz el mundo aguarda? ¿Qué confusión en ti, oh rey, no empieza todo con solo un golpe de una muerte? Basta la paga que dio a lo que es deuda debida, ¿Quién no espera de esta vida partir a la que partió? Cuéntame, amigo fiel, este caso temeroso, pues es al mundo espantoso y viene en este papel. Según dice este papel y el capitán Felisberto, que es quien se halló presente y quien te trujo este pliego, salió de Constantinopla tu padre, Valente, y ciego, tras no sé qué hechicería por quien a Teodosio ha muerto, a matar cuantos hallase que el nombre empezase en «Teos». Cosa detestable al rey, fiera al mundo, a Dios, al cielo. Salió con corte ordinaria por los convecinos pueblos. Como cerca de su casa y como lejos de aprieto, llegó uno donde el nombre pronosticara su intento, pues es su tierra el mar blanco, y son sus ríos mar negro, en estados de un Adolfo que la tierra más adentro tomó mil aduares hacia los montes Rifeos. Este soldado enemigo y este retórico necio, para dar fama a su nombre y al caído pueblo alientos, y para alterar el mundo que fue su fin, en efeto, les ofreció este favor en una noche con ellos. ¿Quién no vence al descuidado? ¿Y quién no engaña al discreto, y quien no vende al leal con solo un doblez ligero? En su muerte se conforman, porque están siempre de acuerdo la malicia y la traición en cas del villano miedo. Tiende su mano la noche, llega del año trescientos de la encarnación de Cristo a contarse otro año nuevo, primero del mes pasado; que no ha más años ni tiempo a cincuenta de su edad, y a treinta y ocho del reino, cuando la canalla vil, al son de un grosero cuerno, que como en conquista aleve era infame el instrumento, poblaron la regia casa desmantelada de hierro, poblada de confianza, aunque esta vez no fue cierto. Pegaron a las murallas, puertas, cimientos y techo con un ímpetu invisible, entre las tinieblas fuego; que para borrar la vida de quien la tuvo del cielo, fue menester tal coraje y tan feroz elemento. Crujieron las mohosas tablas, rechina el humor deshecho, gime la húmeda cumbre, y tiemblan ya los cimientos; huyen huéspedes desnudos, mas ¿quién hallara buen lecho si quien de la llama escapa para en los ríos sangrientos? Y como incapaz del daño llegó el enemigo fuego hasta do dormía a salvo de todo el mundo el gobierno. Su Majestad no respeta ni mira su acatamiento, que no sabe cortesías, porque es lumbre de groseros. Volvió la grandeza en nada en humo ligero el reino, y la corona en carbón, en fría ceniza el cuerpo. ¿Vídose maldad mayor? ¿Oyó el mundo caso tal? ¡Oh, infame pueblo traidor! ¡Cólera y furia bestial contra su rey y señor! Vámonos a mi aposento, mi dulce hermana querida, porque cansado me siento, que está mi honra perdida hasta ejecutar mi intento. Dame tus manos y abraza y en ellos todo tu amparo, que es tu ingenio y valor raro, que hallá en mis deseos traza. ¿Al fin que huyendo la furia que me dices de Valente, el mar griego fieramente hizo a tu disinio injuria? Quizá es permisión de arriba, que a nuestro juicio excede, que el que va huyendo quede, y el que mandan matar viva. ¿Por esa imaginación del que el nombre en «Teos» empieza mandó cortar la cabeza a tan ilustre varón? Matóme al padre y a mí me matara si no huyera; y mueren de esta manera mil que por mis ojos vi. Quien dio da. ¿Que le suceda aquel que su nombre en «Teos» empieza? ¡Créditos feos! En medio ese engaño queda. ¿Viote Graciano jamás? Jamás el rostro le vi, ni él jamás me ha visto a mí. A ti y a mí importa más. Yo ha poco que fui traído de Itálica, patria mía, donde en España vivía, a Grecia donde he vivido; y ansí de mí no tendrá noticia, ni yo vi a él. Vengo a serte amigo fiel, que a eso mi intento va. Hallete tierra tomando al tiempo que yo llegué y como amigo amparé; y tu en aquel punto entrando en aquel mi barco roto, donde la mar importuna hizo a tu adversa fortuna entre sus olas piloto. Quiero hoy, pues, llevar la palma de la amistad que he ofrecido y tras mitad del vestido, darte la mitad del alma. Ya estoy de ti satisfecho, dame tus pies a besar. ¿Por qué pides tal lugar si tienes el de mi pecho? Entra do el traje decente prevenga lo que imagino. Mi muerte ha abierto camino a mi vida fácilmente. Capitán, aquesto harás sin salir un punto de él, pues va en aquese papel, y la muerte le darás. Siento en el alma la nueva, que no hay a quien ansí cuadre ni a quien a sentirla deba llorar su difunto padre de mi amor y tu fe prueba. Téngale Dios en el cielo el alma a su majestad, y a ti dé vida y consuelo para que su atoridad sustentes acá en el suelo; pues tú a Grecia, gran Graciano, y a Roma Valentiniano, gozas; y goza y encierra la cristiandad de la tierra el cetro de cada hermano. Uno que Dios darme quiso traya a besar tus pies, menor, pero no en aviso, y en Roma hay galas, que este es, que ha llegado de improviso. Que no consumas el nombre de estos que al mundo no asombre a lo que el caso te irrita. No verás que queda cita, aunque no quedase hombre. Lo mismo emprende mi hermano. Ya es venido Felisberto. Muera este pueblo villano. ¡Cielos, camino he abierto para el intento que gano! Ven, Teodoro, y da consejo en caso que tanto importa, porque en tus manos lo dejo. Luego estas cabezas corta. ¿Cuándo yo de ti me alejo? Y tu hermano, que ya ofrece un noble trato su talle venga. A quien nada merece ¿quieres de esa suerte honralle? Un cielo mismo parece. ¿Cuándo, oh Gala de mis ojos, mereceré que un instante cuelgue el amor mis despojos con un deseo importante de mi fe y de tus antojos? ¿Por qué este pecho fiel no es justo me sea cruel de una tan hermosa mano? Hábleme luego tu hermano, que mucho haré por él.

JORNADA SEGUNDA

Todo un volcán traigo hecho el fuego en que aquí me abraso, que me consume este pecho. Tal es la pena y el caso y tal siento deste hecho. ¿A qué hidra el alma di? ¿Qué pestilencia ofrecí? ¿Qué hermano es este segundo que ya no cabe en el mundo, ni puede caber en mí? ¿Y que hasta la gente mala, popular le quiera? ¡Quiera que el rey le dé silla y sala, y aun parte en su imperio diera, pero que le adore Gala…! Cual tu padre morirás, Graciano. El nombre sabrás del enemigo tirano, con el título de hermano, ya no más por no ver más. Pero, ¿no es el que aquí viene rico del favor de aquella por quien matalle conviene? ¿La que le ruega no es ella? ¡Quién juicio y paciencia tiene! A no creer que a mi hermano va toda esa voluntad no me hallaras tan llano, ni en ti cabe liviandad ni en mi pensamiento vano. Cuanto más dices aumentas más la gloria de mis daños, más mi deseo acrecientas, tus brazos haces extraños a los que en ellos sustentas, la hermandad haces testigo y tratas como a enemigo. ¡A pariente tan cercano que le des nombre de hermano! Eso, mi señora, digo. Como hermana adoraré la tierra do tu pie estampa, el cielo que en él se ve, que es de sangre una estampa y he de pintar ahí mi fe. Guarda el debido recato a mi hermano que te adora, –aunque entre mi propio trato–, y haz lo que quieras, señora. De tu hermano trato, ingrato, sino como él está en ti a ti la gloria ofrecí que él para sí mereció de la parte que te dio cuando se perdió por ti; que no fue perder decoro ofrecerte dos abrazos por hermano de Teodoro, siendo el alma de esos brazos del hermano en quien adoro, y si por desenvoltura juzgaste el temor que muestro, guiado de tu locura, quedas por poco maestro de que es amor y es cordura, y aún me engaña tu desprecio. En más agora te precio, todo a mi cuenta se pierda, como tu quedes por cuerda quede yo esta vez por necio. Y si das licencia quiero ir adonde me has mandado. ¿Pides licencia? Esa espero. ¿Y si envío algún recado? Seguro es el mensajero. ¿No es para mi hermano? Sí. Pues lo que quieres di. En el alma ha de ir escrito, que es para el gusto infinito que el alma contempla en ti. Dirasle cómo el deseo da priesa a la fantasía por la esperanza en quien muero, que ha dado la noche y día del hermano que en ti veo, que eternas lágrimas lloro con el divino tesoro do está mi bien encantado de mis ojos adorado. ¿A Teodoro? A Teodoro dirásle que con extrañas ansias para que concluya, que no engaño ni tu engañas y le tengo en mis entrañas en fe de ser prenda tuya, que por su imagen te adoro, que en ti vivo y en ti moro, que a mi cuenta por su cuenta el mirarme te sustenta. ¿A Teodoro? A Teodoro dirasle. No digas más que has vuelto pluma la lengua y el papel do escrito has tiene alma, y siempre por mengua la tinta tras que te vas en mí solo escribe o pinta. No me muestres fe distinta que diré a mi hermano el caso, que soy papel que me paso en siendo mala la tinta. ¿Ansí te vas? Como importe a muchas lealtades mías ireme y aun de tu corte. Aquí está a quien escribías, excúsese el tiempo y porte, esta gloria que bendigo pruebe la verdad que digo que en un bien inmenso taso. ¿Qué es esto, Teodoro? ¡Paso! ¿Tu libertad es conmigo? ¿Yo libertad? ¿De esa suerte pagas a quien se ofreció a ser imán de tu muerte? Pues él ha tenido, yo desde que merecí verte... ¿Y vale ese desempeño? Despierta que sueñas. ¿Sueño? ¿Cuántas veces sin recato se dice cosa al retrato que no se diría al dueño? ¿Mi hermano es retrato mío? En cosa no me parece. ¿No es tu sangre? Sangre y fío nada de la que en mí ofrece, aunque este es gran desvarío. ¿No es sangre tuya? Es ansí. Pues tu retrato será porque me agradará a mí, pues tuyo parecerá cuando no parezca a ti. ¿Viose tan ciega respuesta, tan cruel solicitud? Declarado está que resta, si está mi enferma salud en las manos de este puesta. Mi suerte descubre clara mi corta fortuna avara. Muero, rabio, desconfío. Necio voy, de este me fío sin saber por qué me ampara. ¿Quién no me conocerá? Todas mis privanzas lloro si Graciano en quien soy da. Pero ¿no es este Teodoro? Oiré lo que hablando está. (¡Qué venga a valer por él en el valor y privanza por serle huésped tan fiel! ¡Que nombre de hermano alcanza en mi casa este cruel! Sepa Graciano quién es este loco advenedizo, para que muera después este que con su hechizo trae mi fortuna a sus pies. Muerto esté, muerto Graciano, morirá Valentiniano. Cuán sin recato he hablado. Qué sé yo quién me ha escuchado.) ¡Quién no importa, vuestro hermano! ¡Cielos! No haya más, Teodoro, paso que sabré callar. Aunque lo que he dicho doro. Más que sabéis de hospedar sé yo de guardar decoro. Mucho habéis hecho por mí, desnudo el mar me arrojó y en vuestros brazos salí, vuestra ropa me cubrió, vuestra casa merecí, vuestro hermano me escogistes, pero fue para más mengua la honra en que me pusistes, pues hoy descubre la lengua el pecho con que lo hicistes. Escapé, ¿más de esta afrenta? Sino más, que en esto topa y esta esperanza os sustenta, que me anega vuestra ropa más que el mar y su tormenta. Vuélvome al primer castigo, mudo a la mar sin abrigo, que la mar turbada, avara, muy turbada está más clara que el pecho de un falso amigo. Si vuestra sangre me distes, pues vuestro hermano me hicistes, sangre os doy de más, oh hermano, la que vertiera Graciano a saber lo que dijistes; y si os hago competencia en amores, yo me iré, desistirá mi presencia, que en la mujer de más fe desiste amor con ausencia. Si ropas me diste, mudo de ellas el cuerpo desnudo, y si mucho me obligastes no es tan bueno lo que hablaste que os pague más en ir mudo. Teodoro, ¿do está tu hermano? Que como hombre que es tal, por quien tanta opinión gano, hoy le he hecho general contra Mágimo, un tirano. A este mi hermano atropella y le altera lo que es suyo, y pues la ocasión es vella quiero que el hermano tuyo triunfe de él y goce de ella. Pero ¿tu hermano no es el que ahí desnudo asoma y el que a tus espaldas ves? ¿A qué fin sus ropas toma con recelo de tus pies? ¿Qué en tu presencia hacer pudo que le obligue a estar desnudo en mi casa en mi presencia? ¿Y él cómo tiene paciencia? Pregunto ¿por qué está mudo? Ya es tiempo, invicto Graciano, que aqueste lleve el castigo, y yo el premio que en él gano. Este es un tu enemigo, y no cual dije mi hermano. Este jamás se llamó el nombre que dije yo. Porque te sea notorio hijo es de Teodosio Honorio, a quien tu padre mató, y a este fin le desnudaba porque ya se desmandaba con la privanza crecida. Hoy conquistar esta vida de una tu sospecha acaba. (Digo que de esto que escucho pierdo el juico, estoy loco y con mi cólera lucho, pues aquel propone mucho y este responde tan poco). ¿Aquesto es verdad o es vano? Que no eres hermano, es llano, deste. ¡Sin miedo el exceso! Nada puedo inovar deso, si es que lo ha dicho mi hermano, que tengo tan uno el pecho ahora en el hecho o el dicho con mi hermano en su provecho que basta que él lo haya dicho para que ello se haya hecho, y si que no lo soy dice no lo soy que contradice a lo que he hecho notorio. Hijo soy de aquel Honorio a quien huyendo deshice. Puédesme mandar matar, pues he venido a acabar a manos de quien huí, porque con hablar así he cumplido con callar; solo le hago testigo de que en el acto inhumano que por su mano consigo, yo he sabido ser hermano y él no sabe ser amigo. Mas no tema novedad, soy verdad, seré verdad, que cual la imaginación hace caso mi intención aquí la hace mi lealtad. Tito, un capitán, procura entrar a hablarte. Entre. Entrad. Aqueste hará segura tu hermandad o su amistad contra su condición dura, y este le conocerá que en Constantinopla está entre los más principales. Dame tus pies imperiales. Alzaos, capitán, alzá. ¿Venís de mi campo? Vengo donde una legión mantengo tuya, cual se me ha mandado. Tengo en vos un gran soldado. Y yo un gran príncipe tengo. ¿Pide esa ciudad clemencia? Esa pide y se reporta con una firme creencia, mas sobre todo, qué importa, pide… ¿Qué más? Tu presencia. ¿Conoces este mancebo? Porque con tu dicho apruebo una verdad que se entabla. ¿Qué? ¿Has enmudecido? ¡Habla! ¿Qué has visto que admire nuevo? ¿Tienes lengua, capitán? ¿No me hablabas ha poco? ¿Túrbante los que aquí están? ¿Perdiste el seso? ¿Estás loco? ¿Mis ruegos no bastarán? Me enojaré agraviado de tu imprevista torpeza, y de cólera abrasado, usando de mi grandeza, hablarás atormentado. Esto acaba de probar la verdad deste y quién es, lo que le obliga a callar. Sacaré la verdad, pues por aquí la he de sacar. ¿Y qué gente, qué escuadrones la gente mía perdió al ganar sus torreones? Seis arietes costó, cien caballos, tres legiones. ¿Y venía Adulfo bravo? Por extremo y por el cabo, cual si tuviera oportuna por vasallo a la fortuna y al imperio por esclavo. ¿Bien armado? A lo muy fuerte, causara espanto a la muerte. ¿Buen caballo? Suelto y fiel. Era… Un brioso corcel remendado cual su suerte. ¿Traía cifra? Curiosa, harto discreta y vistosa. Era una rueda quebrada y en contino rodeada de mucho jazmín y rosa. ¿Cómo decía? «No rueda porque está quebrada y queda». Aquella cifra oportuna a la voltaria fortuna que estaba sobre la rueda. ¿Y toda aquesa firmeza? La derribó un pobre hombre que le cortó la cabeza. Dinos, Tito, de este el nombre. ¡Conócele, acaba, empieza! ¿Ya vuelves a enmudecer? A tormentos he de hacer que este hable. Basta, paso que tu fe descubre el caso que he deseado saber. Tito habla sin hablar que es prudencia singular, dice quien es el que ve sin la lengua, con la fe que le ha obligado a callar. Teodoro, con el tirano pecho de que soy testigo, prueba con su hablar liviano que ni sabe ser amigo ni merece tal hermano. Teodosio, en su ser notable, prueba con acto loable lo que su fe mereció. Teodoro le condenó con una invidia insaciable. Y así a Tito, pues, que guarda lealtad con fe tan extraña, y el premio o castigo aguarda de capitán de campaña, hoy le hago de mí guarda. Su lengua, su pecho abona, doyle este lauro y corona porque quien sin temer mengua sabe así guarde su lengua, quiero guardar mi persona. Tus pies beso. Ya hablaste. Hasme conocido. Baste; he hallado en ti un tesoro. Y tú, fingido Teodoro, que el hermano me entregaste, ¿qué esperas?, ¿o yo que espero? ¿Qué castigo has merecido, lobo con piel de cordero? ¿Lo que hicieras del fingido, hicieras del verdadero? Por tu dañada intención te lleven a la prisión donde padezcas al doble, porque de un manchado noble esta es muerte a su ambición. ¿Así pagas? No mitigas con nada que nuevo hagas el furor de que me instigas. No digáis «Tan mal me pagas», sino «poco me castigas». Si alguna merced te pido o si al castigo debido... Calla, ¿cómo saber puedes que yo le he de hacer mercedes? Como no te he destruido y el pecho del rey es quien es tan franco y liberal como en sus obras se ven que basta no hacerle mal para que el rey haga bien, y si alguna me has de hacer a este, mi hermano, ha de ser darle libertad cumplida, y si has de cortar mi vida y el nombre ha de padecer, pues ser ya Teodosio es llano a dos has de degollar, aunque sea hecho inhumano porque lo mismo es matar a nos que matar mi hermano. Al fin, ¿Teodosio eres? Soy. ¿De Itálica, tierra hispana de quien pronostican hoy que se llamará Triana? Esa propia tierra doy. si el tiempo venidero será el nombre verdadero Triana mal lo sabré; que he nacido en ella sé, yo no soy nada hechicero. De Trajano decendiente. No puedo negar el nombre de mi patria y de mi gente. Tanto valor en un hombre menor dilación consiente. Tu cabeza he menester, Teodosio. Y mil si tuviera con valor sabré ofrecer. No ha de ser de esa manera. Pues dime cómo ha de ser. Con gloria y con regucijo, y como Nerva a Trajano yo en el imperio te elijo por compañero y hermano. Bien el pronóstico dijo. Avisad mi hermano luego por quien la mano te entrego. Entrad, César, trunfaréis hoy de lo que merecéis. (Estoy loco.) (Quedo ciego.) Ya que césar me confieso, y es rectitud mi intención, ser un Trajano profeso. Vaya Teodoro a prisión que ha merecido estar preso. El porqué sabréis después. (Y el estar yo mudo, que es caso dino de mil loores. Plaza a los emperadores y hierro duro a mis pies.) Amor, padre de engaños, ha engendrado dos hijos enemigos en mi pecho; uno agraviado, otro satisfecho; este de mí y aquel de su cuidado. La esperanza ligera le ha antojado el deseo que amor puso en estrecho, ha abierto, por mi daño y su provecho, sin tiempo el falso parto acelerado. Necio primero, muerto en el olvido en que le sepultó mi pensamiento con ansia del segundo que ha nacido. Más, ¡ay de mí!, que ciego fue mi intento, pues se dejó morir el que he querido por que viviese aquel que es mi tormento. Dame mis albricias luego. ¿Albricias? Loca estarás. ¿Niegas el bien que te entrego? Que me entregas o que das, pues me abraso en vivo fuego. Tu hermano en aqueste instante te casa. Pasa adelante. ¿Qué habrá en esto que pasar? Es que te quiere casar, mira si es cosa importante. No será con el que adoro, será con el que aborrezco, que es encantado tesoro, que al que adoro no merezco y no merezco al que adoro. En fin, pues que es voluntad del hermano a quien adoro sujetar mi voluntad, le guardaré este decoro, que es hermano de lealtad. Mas si fuese el casamiento con mi bien y mi alegría, mi descanso y mi contento, que es Teodoro, cumpliría mi deseo y pensamiento. Sospecho que el nombre suyo es el que nombraste agora, y con aquesto concluyo que tu mereces, señora, y el imperio ya por tuyo, porque tu nobleza es tanta que cualquier merecimiento cabe en ti, porque eres planta de tan noble pensamiento que hasta el cielo se levanta. No burles. Mi fe te empeño que verás de amor el dueño de las burlas que remito. El hombre sea maldito por quien yo perdiere el sueño. Estas nuestras dulzainas amachuscas, despensas de la bolsa y del antojo, por quien yo me deshago y tú te ofuscas, así de alguna grua o algún piojo o desmandada chinche las salpique, cuando nos cause con su gusto enojo. ¿Cómo a mí retentín, ¡Va tú! repique, no acuden las chalupas de Cupido a este rancho cruel y húmido dique? No habrán podido más. No habrán podido, por vida de los doce de la fama, que si altero la gruta y apellido, que no ha de levantarse de la cama la tributaria hembra si es que empino el mástil que en lugar de cantar brama. Paso Anibal. Repórtate, Leonino. No arrojemos la cárcel. Quedo, bravo, que sube mucho humo y desatino. Ya estoy de tu coraje y saña al cabo, bastante a sujetar a todo el mundo. ¿No vino la madona? Apuesta un pavo o dos tumbos de graco a lo jocundo que está en tus brazos antes que el sol corra de este polo al antípoda redundo. Óyete metafísico en mazmorra; para decir primero que anochezca de polos y de antípodas te ahorra. ¿Qué habemos de hacer? Paciencia, y pues son presos llevallos. Ah, señor, rey de los gallos, siéntese aquí y haga audiencia. Hagamos mercedes rey de la chusma que divisa, o quedará sin camisa, que ni sé de rey ni ley. ¡Ah, mi Dios, qué pasó aquí con esta gente sin tasa! Señor rey, ¿esta su casa tiene sin limpialla así? ¿Por qué no manda limpialla, emperador antojado? ¿No le han pronosticado que ha de barrella y regalla? ¿Qué tiene, por vida de él, más que yo para soñarse rey? No tiene que entonarse, señor rey don Berenguel. El Emperador mal año tome este centro y corona. ¿Qué es aquesto, ya se entona? Ea, haga audiencia, picaño. No puedo ver maltratalle. Llega, Tito, a su presencia, notifica la sentencia, llegaré luego a hablalle. Y vaya mi guarda entrando porque en la cárcel se entienda que estoy en ella y se emprenda en lo demás lo que os mando. Teodoro, el emperador Teodosio te ha sentenciado. Oye en que estás condenado por gran merced y favor. Vuelvas a mi pecho tal adonde está tu retrato, a quien no te ha sido ingrato sepas de hoy más ser leal. Alza los ojos que preso pareces libre y honrado. Estarás muy agraviado y parecerate exceso haberte preso tenido. Has estado en grave error, no fue prisión de rigor que prisión de amor ha sido. Por un símile corrijo la ofensa tal que te cuadre. No has visto al airado padre echar en prisión al hijo. A Teodoro no condeno, tu prisión ibas errado, que este yerro fue bocado de un hidalgo noble freno. Más he hecho yo por ti en prenderte y esquivarme que en hospedarme y honrarme, Teodoro, hiciste por mí. Tu estado te restituyo, por mi General te envío que todo lo que ya es mío siendo leal será tuyo. Sea esta hazaña testigo de que mi pecho te allano, que agora te soy hermano, si aprendes a ser amigo. ¿Quién no aprenderá de ti a ser la nata de fe? Dame tus pies. Álzate. La emperatriz está aquí, y cual mandaste he cerrado las cárceles al momento. ¿Yo presa? ¡Donoso intento! Alcaide andáis extremado. Todo aquesto es obligar, Teodoro, a lealtad tu pecho que por tu industria se ha hecho. Recogísteme del mar, conocí por ti esta dama, gané imperio, gala y brío, porque al fin ya todo es mío y esta mi mujer se llama. Hácesme dos mil mercedes, no encadenes más el alma. Con llevar de amor la palma; tú esa soltura hacer puedes, que aprenderé, ah nuevo amor, que tu fe mi yerro ofusca. Tu real palacio busca de Roma un embajador. Aquí la entrada le den, pues hoy juez me confieso que el que juzgando al preso parece, amigos, muy bien, cuando soldado, soldado, y así si guerra se ofrece bien el príncipe parece entre los suyos armado. No hay do el rey parezca mal haciendo su cargo alarde, como el decoro se guarde a la majestad real. La imperial Roma te besa los pies para que concluya, y en verse Teodosio tuya muy dichosa se confiesa, y tiene por caso llano que la ilustras y engrandeces, que basta que te pareces a tu pariente Trajano. Y así el retrato te envía suyo por gran excelencia, y desea tu presencia. Esta es la embajada mía. Estimo el don, y serán sus deseos cual su fe, porque luego partiré de Siria para Milán. Ya de paso a Italia voy, y podéisle responder que yo haré por parecer a aquel cuya sangre soy. Y a vos por la nueva buena os hago gracia aquí a vos de la renta que hemos nos en la ciudad de Viena, para que tenga por llano el culpado de esta vez que ha de juzgalle juez que deciende de Trajano. Y a los que sin culpa estén doy libertad y perdón. Magnífico corazón. Vivas mil años. Amén.

JORNADA TERCERA

Déjenos su reverencia. Su santidad nos pergeñe, que además venimos lueñe. Non finque aquí su insolencia, que de fablar al señor mi primo a eso me animó. Teneos, villanos, ¿qué primo? No fabléis tan sin sabor, ni fagáis desaguisado, convusco home palaciego, que si al infanzón despliego la saña que le he endonado con la sangre que le di cuando le fizo en su madre non soez... Déjele, padre. Tirte rapagón de ahí. Digo que aquesto me espanta y es hacer mucho destrozo. Es primo carnal del mozo, por la Verónica santa. Ahora bien, dadme esa mano. Digo que no reprochéis a quien non bien conocéis, al que osáis llamar villano, su mal fablanza en vano, si no se cruza su madre vos fará… Déjele, padre. Es ralea de Trajano. Pues decidme agora en paz do venís. Sin pleitesía fablemos, por vida mía, y no mire a este rapaz. Nosotros somos de España, además gente de pro, aunque ansí nos reprochó por gente pobre y extraña. En Itálica nacimos la que en tiempo venidero pronosticó un agorero, según las gentes oímos, que se llamará Triana y la de aquende del río Sevilla. Ansí, señor mío, que somos de gente hispana. Y ansí somos de un vedruño con Teodosio, sin jactancia, porque su madre Tremancia, que haya buen siglo con Juño. Armónica y yo casamos, y este chozno hemos sabido que es primo tan conjuñido de este, señor, que buscamos. Supimos como fincaba aquí en Milán y venimos, y aqueste mozo trujimos en que el linaje se acaba, porque le haga algún bien y algo de pro. No ha de san que no llega a barragán que apenas treinta años tien. Por aqueste home que oís no mengua, aunque en tierra extraña para volver de aquí a España cada cien maravedís. En el alma me he holgado de oíros, ya perdonad, y de que digáis verdad en razón quedo obligado. Hallaréis en ocasión a Teodosio, mi señor, absoluto emperador de los que en el mundo son, y para hablalle será justo que os vistáis al uso. Este negocio no excuso y en efeto ansí se hará. Faranos mucho servicio a este, a mí y a su madre. No nos desconozca, padre. Fabla paso, ten más joicio que fabla bien, que esto es hecho a usanza de muesa aldea. Plega a Dios que por bien sea. Seguidme y haced buen pecho. Enamorado me tiene Milán. Con razón lo estás. Y su pastor mucho más, que es cual el pastor conviene. ¿No dicen los arrianos eso de Ambrosio? Da orejas. Todos me cargan de quejas, aunque son negocios vanos. Vamos a oír su sermón, y veremos comulgar sus clérigos. Singular fe y católica intención. ¿Al fin, padre, confesáis vocalmente y sin porfía que de la Virgen María cada día celebráis? Santa es esa devoción, milagroso domicilio, mas es sesión de concilio si no de constitución y orden del cerimonial romano, cuál es la copia, que el día que hay misa propia de su fiesta principal no se diga otra votiva, ni otra en su lugar puesta. Esta vez se os amonesta porque más no se aperciba. Al Emperador veo entrar, suspéndase la ocasión de aquesta reprehensión. Bien os podéis sosegar. ¡Oh, Ambrosio, cuánto este día deseaba ver llegar! Quiero también comulgar entre vuestra clerecía. Lugar tu majestad tiene y asiento en sus seglares. Si es tu gusto, no repares si conviene o no conviene. Si Ambrosio guarda y sustenta en todo extraño rigor, tú eres emperador donde quisieres te asienta. Digo que elijo este puesto, entre el clero concertado. Hasta aquí lo he explicado, agora te lo amonesto: no des que notar, no notes novedades en tus leyes, que la púrpura de reyes no ordena de sacerdotes. Los custos de Cristo ungidos do su carácter encierra, por la pompa de la tierra, no han de ser así oprimidos. Mira, Teodosio, que fundo las verdades por do van, hijo ayer de un capitán, señor hoy de todo el mundo; que mandes reedificar sinagoga a los judíos, que en tu defensa hallen bríos, que los quieras amparar, esta es la mayor desgracia de los que el pecho desfoga, porque hacer sinagoga entre los templos de gracia es a Dios mismo oponerte, y a su venganza convida pues les vuelves a dar vida a quien a Dios les dio muerte. Vuelve el sitial do has de estar, no crees nuevo desorden que entre el eclesiástico orden no está bien el secular. Ambrosio, hágase ansí, la sinagoga no se haga, pero tu pasión apaga y no digas mal de mí, que parece que has subido alto, y no a predicar. Si por esto has de pasar y consientes lo que he oído, ni eres príncipe ni quien tiene al mundo en sujeción. Ambrosio tiene razón, es perlado, hace muy bien. Aquel celo, aquel fervor más le engrandece y le honra, porque vuelve por la honra de mayor emperador. A nuestro lugar entremos, y el lugar que es mío quiero. Allí, mi Ambrosio, te espero. Allí, señor, nos veremos. Ara divina y crisol donde para el sacrificio del eterno beneficio salió de esa luna el sol, pues el que en tierra ni en cielo no coge ni en las criaturas en vuestras entrañas puras halló lugar en el suelo; cupo en vos, nació de vos, que para vos convenía, hermosísima María, solo el ser madre de vos. ¿Qué pena, excelsa María, a mi perlado fatiga, o que culpa halla en que diga de vos misa cada día? ¿Es culpable mi intención en que inocente me veo? Saberlo de vos deseo, págame esta devoción. En tu devoción prosigue, buen sacerdote, mi amado, y para que tu perlado por ello no te castigue, di a Ambrosio que el sacrificio tuyo es aceto al señor, y da por seña mayor este cortado cilicio que entre su cama tenía cortado, y porque me agrada yo con seda colorada agora se lo cosía. Toma esta hebra en señal. ¡Qué rico, Señora, iré! ¡Qué alegre que partiré! ¿Quién vido grandeza tal? Pero ¿qué hacéis, Señora? ¡Qué peregrina extrañeza do humilláis una grandeza! Entre aquí Teodosio agora y verá estas maravillas con que su alma ganaré. Está, sacerdote, en pie, déjame estar de rodillas. Que me tratase así Ambrosio y que esto ya Milán note, ¿soy menos que un sacerdote o el emperador Teodosio? Culpable fue mi paciencia, corto anduve, estoy repiso. Mas, reina del paraíso, ¿qué veo aquí en mi presencia? ¿Sueño? ¿A quién humilláis vos, señora, una deidad y toda la autoridad de madre del niño Dios? A la dignidad divina del sacerdocio sagrado, que es un grado y un estado de excelencia peregrina, pues mi hijo representa y su voz le hace bajar desde el cielo hasta el altar donde las almas sustenta. Al hombre que tiene poder de obrar estas maravillas se ha de hablar de rodillas, Teodosio, no hay que perder. El ejemplo que habéis visto os basta, el alma lo note, y en hablando un sacerdote haced cuenta, habláis a Cristo. ¿Quién, Señora, dejara de ir de rodillas tras vos? ¡Ah, reina y madre de Dios! Aguarda, reina, aguarda, bastárame esta visión para que la alteza note del grado de un sacerdote con respeto y devoción. Una ley promulgaré que el que a caballo encontrare sacerdote, do le hallare se descubra y ponga en pie. Pues la madre del Dios rey alumbró mi corazón, y así su revelación satisfaré con mi ley. Ahora si por aquel payo traje era un momarracho... Padre. ¿Qué quieres mochacho? Mucho me aprieta este sayo. Calla, no fables sandeces que asmo que te fará pro. Gracias a quien lo endonó. Guarda, mozo, no estropieces en la fabla de la lengua que non menguará por traje. Agora si sois linaje del príncipe. Nada mengua. Aquesta es la real puerta donde asiste mi señor. Mas el mismo Emperador sale. Padre. ¿Hijo? Alerta. ¿Qué a Teodoro y Buterico matarón? ¿Tal desacato, tal atrevimiento tal hizo Tesalónica? Alteraron justicia, pueblo, reino y regimiento. ¿Qué a mis justicias no las respetaron? Tus ministros escriben lo que cuento. ¿Que a Teodoro matasen? ¿Qué disculpa puede caber en tan inorme culpa? Despacha una resunta de mi pecho con un propio loterio legionario y ponga a Tesalónica en estrecho como si fuera el fuerte de un contrario. Maten dos mil y quede satisfecho ese motín del pueblo temerario que a una culpa violenta y loco intento un castigo se debe ansí violento. Temeridad es esa y alto caso no castigo de príncipe. ¿Qué hablas? Escribe, no me enojes. No traspaso la ley que haces y el rigor que entablas, la pasión acelera el veloz paso. Has de callar. Y mudo cual las tablas de este cancel, despacharé el correo. Eso has de hacer. Desocuparle veo. Esta es muy buena ocasión, llegad y al punto le hablad. Los buenos pies endonad a los de vuesa nación, además a la ralea vuesa y a vueso gentío agasajad vueso tío que tanto veros desea. Y a vuesa hermana. Bueno, no nos conoce priado. Él está desmemoriado. A vueso primo Tirreno. Echad esa gente loca. ¿Qué parientes, cómo, adónde? Esto seas, cela y asconde. Dijelo yo. Punto en boca. Salid, vagamundos, fuera. ¿En mi seso estaba yo? Mal halla quien os vistió. ¿Parientes de esa manera? No los conozco ni son de mi casa decendientes, ni mi sangre, ni parientes, ni aun pienso que mi nación. Si fue caso, home sin fe, que este nombre osáis mirar, aunque me fagáis matar, que por la ropa finqué desconocido; y si topa el negar vueso linaje por desconocer el traje, ved, ea, el alma sin ropa. Vedesme desnudo el pecho, desnudo a vueso sabor, mas vestido del favor que a vos, rey, quizá os ha fecho. Yo soy Bandalio, no os cuadre porque grave daño os veis a vueso tío neguéis, hermano de buen padre; que buena cepa cubriérades, que más manso no fablárades, que algo de pro me endonárades, que no me desconociérades. Sin vos pasaremos. Vamos, mujer y fijo de tierra, que tan poca ley encierra do nusco mucha esperamos. Solo hoy esta palabra que hablo en juicio ante vos, y mi boca para vos non esperéis jamás se abra. Non vine a rendir los cuellos para que nos fagáis reyes, sino a que sepan los reyes que nos supimos facellos. Quedaos, home, y voyme yo, no os desandezca la honra, que esta púrpura que os honra este sayal la endonó. Volved, que habéis satisfecho pecho y sangre lo que labras, que esas hidalgas palabras muestra que es mío ese pecho. Tío Bandalio, mi primo, Armónica, tía mía, jamás os desconocía. En lo que valgo os estimo, precio la virtud que dio mérito para este honor. Sobrino. Tío y señor. Efeto dijelo yo. Vamos adonde habléis mi mujer e hijos. Vamos, que por solo eso fincamos bozal no nos endonéis. Esto pasa, ya han pasado de siete a mil los que han muerto, es tan grande el desconcierto que al pueblo ha escandalizado. ¡Tanta mujer inocente y tanto niño inculpable! Infortunidad notable, castigo y juicio inclemente, inhumano corazón, no de emperador cristiano. Que está excomulgado es llano, cairale la excomunión. ¿Qué lloráis, señor? El cruel hecho y las muertes crueles, no comunique con fieles quien hizo hecho de infiel. Quiero entrarme a decir misa y a llorar por su inclemencia, y a hacer por él penitencia. El Emperador te avisa que viene a oír misa con gente de su sangre y que desea que tu misa se oiga y vea. Respondelde abiertamente que no entre un descomulgado en la iglesia de Dios santa, que si a Dios su ley quebranta, verá su templo cerrado. Entra ya, ¿no le véis? Puedo morir aquí entre los dos, mas por el amor de Dios, pierdo la vida y el miedo. ¿Dónde entras? ¿Sabes do vas, dónde entras o adónde vienes? Ambrosio, ¿qué me detienes? Si ansí vienes, tente atrás, no manches el lugar santo, impoluto e inviolable con tu fealdad notable. Ya de ti, Ambrosio, me espanto. ¿Es acaso el desconcierto de que el pueblo y gente vil yo mandé matar dos mil, y ellos siete mil han muerto? Pésame de corazón de haber sido tan cruel. Obedece, si eres fiel, Teodosio a la excomunión, ascóndete a la presencia de la justicia del cielo que sea puesto el rojo velo. Haz, Teodoro, penitencia. En nombre del gran vicario de Cristo, que a mí lo deja, pues tú al fin eres su oveja, yo su tiniente ordinario. Haz penitencia y después se te abrirá este camino que no habrá oficio divino en tanto que tú aquí estés. Está Dios muy ofendido y es notable desacato entrarte así sin recato al lugar donde es servido. Haz penitencia y concierta el descuento del castigo porque para su enemigo no tiene la Iglesia puerta. ¿Viose mayor saña? Apelo a mis brazos. ¿Qué conciertas? Que te abran estas puertas o ponellas por el suelo. Si entrar tu grandeza gusta, ¿hay quien tumbe tu intención? Témase la excomunión, sea justa o sea injusta, aunque soy emperador. Soy católico, es mi palma, llámame al padre del alma, llámame a mi confesor. Llorando vengo, ¡oh trono de clemencia! Trinidad santa, a vuestro sacro estado donde cual de la fe soy enseñado, son las personas tres, y una la esencia. Vengo a pedir perdón y penitencia al Dios hombre, saber vuestro increado por otro humano príncipe culpado que irrites la piedad que reverencia. Siete mil vidas enojado quita esta peña, este mármol, este risco, que así llevarse de su furia deja. Vengo a la majestad vuestra infinita que enseñe a este pastor cómo a su aprisco vuelva con saludable fe a esta oveja. Ambrosio, la excomunión son las armas de mi esposa. Basta lo hecho, reposa no pongas más confusión. La ofensa hecha es notable adonde hay de mi fe luz, mas la sangre de esta Cruz de mi rito inestimable que veo a mi hijo amado clamando perdón, piedad, puesto en cruz su majestad por quien tanto le ha costado. Perdón pide, creed vos, Ambrosio, que me convida a otorgallo a quien lo pida porque es oficio de Dios. Sus ojos son mar de llanto y de ellos lágrimas brotan, la cuerda con que se azota hiere en mi oído otro tanto. No digo yo con rigor, Señor, que de eso no trato, mas donde hay tal desacato haya castigo, Señor. No me hagáis su pastor, o dejad vuelva por vos. Ambrosio, soy hombre y Dios, Con mis hombres más amor. Bien es que las culpas notes y se castigue el culpado, con rigor quede azotado, sella perdonar azotes; y si esto se os hace a vos duro, Ambrosio, en este suelo, subios a ser Dios al cielo: seré yo Ambrosio, vos Dios. Y en teniendo este lugar donde todo enojo calma, se os hará piezas el alma, Ambrosio, por perdonar. Id al oficio. Admití en la iglesia ya a Teodosio. Enseñad a vuestro Ambrosio ¿porqué mereció ese sí por do tanto bien ganó? Por católico cristiano, porque el error arriano de ese imperio desterró, y porque, justo lo notes, mereció esta penitencia por la ley que en obediencia hizo de mis sacerdotes, absuélvele y dale luz por las razones propuestas, que sus culpas tomo a cuestas por eso sobre esta cruz. Visión rica, oh extremo y bello rostro del inmenso Dios, dichoso Teodosio vos. Ea, Ambrosio, id a absolbello. Vuelve a vestirte, no asombres los hombres con lo que hicieres, puesto, señor, que hombre eres, no eres como otros hombres. Eres príncipe y señor eres mago del suelo. ¿Perderé por eso el cielo o le ganaré mejor? Debo pedir más clemencia porque menos me disculpa; y así do hubiere más culpa, ha de haber más penitencia. David penas tomó fuertes por una muerte en misterio de un cometido adulterio, mas yo por siete mil muertes pequé, mi Señor, pequé. Ya me confunde mi error. Peccavi. Pequé, Señor. in coelum et coram te. ¡Qué importa el poder me sobre si excomulgado estaré y en misa entrar no podré y entrará un vasallo pobre! Ya, Teodosio, que es razón por la hecha penitencia, usando Dios de clemencia, queda por mi absolución. En nombre de padre e hijo y del Espíritu Santo. Vuelve el penitente llanto en alegre regucijo, con que hagas una ley en que al príncipe se advierte que cuando condene a muerte a cualquier culpado el rey antes de la ejecución pasen treinta días. Huyo de mi saña, hoy la instituyo. Pues entra a la comunión. De la aspereza me espanto de mi marido querido, que no tengo en él marido, sino ejemplo de un gran santo. Su salud temo en virtud de su notable abstinencia y su grande penitencia, tanta es su solicitud. Señora, un caso te llama notable. Extraño dolor, ¿y qué es? Que el Emperador, mi sobrino, está en la cama. ¿Indispuesto? De improviso un mal notable le ha dado. Su penitencia ha ganado lo que su abstinencia quiso. Señor de mi corazón, voy a servirlo, adoralle. Mejor dirás a enterralle. Recibió la comunión del viático divino, inconciliole Ambrosio, y el católico Teodosio cuando de la iglesia vino. Luego en los brazos del santo dio el alma a quien la crió y deste mundo pasó causando al imperio espanto. Lutos voy a prevenir para los príncipes dos. Iremos juntos los dos que estoy ya para morir. Vuestras altezas no sientan tal muerte porque es milagro cual de un santo la consagro y de un padre santo cuentan. Leamos el testamento, que yo cual su confesor supe que el Emperador hizo en vida a su contento. In Dei nomine amen Yo, Teodoro, por la divina miseración indigno emperador de los imperios de Oriente y Poniente mando el alma al santo que la crió al cuerpo pompa y majestad a la tierra como morada., y a quien me ha ofendido perdono. A mi mujer encargo la tutela de mis hijos Arcadio y Honorio y a ellos la de mi alma. Arcadio haya la parte del imperio de Oriente, Honorio el Poniente. Mas sobre todo heredan mis queridos hijos la defensa de la santa fe católica en que confieso que muero. El emperador Teodosio. Los lutos están aquí, vístanse vuestras altezas. Culpo vuestras agudezas cuando yo luto pedí. Aquí mi padre no ha muerto, pasó de esta a la otra vida su alma de esta ofendida. Esto tengo por más cierto. A quien muere bien le cuadre enlutarse. A ese le llama hoy luto. Ganó la fama de mi vivo y muerto padre, ciñe guirnalda su alma. Por el bien que hizo de fruto a mis vasallos dad fruto, y a mí una corona y palma. Y otra a mí y alegre canto le entierren en regucijos. Razones al fin de hijos de un padre y príncipe santo, probados en su crisol ya el entierro nos convida y el fin de comedia y vida del Católico español. Salió a su esfera la llama, bajó la pompa a su centro, que como hijos del aire ambos aspiran un viento. Así tu padre acabó, así queda el mundo, y quedó. Tú sin padre y lastimado, y estos villanos contentos. Constantinopla te escribe. Esto contiene este pliego, esto ha sucedido agora, y esto vido Felisberto.