Texto digital de Las canas en el papel y dudoso en la venganza
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Guillén de Castro y Bellvís
- Atribución estilometría
- Guillén de Castro y Bellvís Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la colección Obras de Guillén de Castro. RAE.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las canas en el papel y dudoso en la venganza. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/canas-en-el-papel-y-dudoso-en-la-venganza-las-2.

LAS CANAS EN EL PAPEL Y DUDOSO EN LA VENGANZA
JORNADA PRIMERA
¡Jo, jo! Ah, traidores! Ya llego a valerte. Será tarde. ¿Viose mula tan cobarde? De sus espantos reniego! La maleta he de alcanzar del dinero; ¡qué ligera es ahora Muera. Muera. No he de morir sin matar. ¡Jesús mil veces! ¡Llegué a buen tiempo! A las manos haced pies; huid, villanos. Seguirelos. ¿Para qué? ve con el refrán; detente, y advierte que el apretar a un cobarde, es procurar que por fuerza sea valiente. Prudente consejo es; pero cuando no lo fuera lo estimara y le siguiera por arrojarme a tus pies. Pues quien la vida me dio a más obligar podría A mí mismo me debía, señor, lo que hice yo. Abrázame. Obligaciones tan cortas, ¿agradecido te tienen? Al cielo pido de servir las ocasiones. Y yo querría saber . cómo te debo tratar. El Conde soy de Belmar. Justo fuera el conocer tan importante persona; mas si por haber estado ¡de España ausente he dejado de conocerte, perdona. y dame las manos... Deja cumplimientos Por saber la causa que pudo haber de atrevimiento, de queja, para el haberte perdido tanto el respeto. Diré después, si no las que sé, las que sospecho que han sido, porque ahora alborotada viene mi gente. Señor! ¿Qué has tenido? Un valedor con tan valerosa espada que guardó admirablemente mi vida para ser suya. A la sombra de la tuya poco ha sido el ser valiente. No la pudiera seguir un demonio. ¡Hay tal volar! ¡Tanto plomo al caminar y tanto azogue al huir! Mulas, en fin, de alquiler, cautelosas y ruines, pues maletas y cojines las pudieran detener con lo que pesan... ¡Señor, aquí tu dinero viene; diligencia fue solene a costa de mi sudor! Vile en peligro y corrí tras él mirando primero al peligro del dinero que al de mi vida! Sí, sí, porque fuera ser yo loco el fiar en una mula más que en ti. Quien disimula que es gallina, no hace poco. Con necio achaque has topado. Adelantaos a Madrid y en mi casa prevenid lo que os digo. Ese criado se irá con ellos. Será muy justo el acompañarlos. Quédense esos dos caballos que de diestro llegan ya, en que podemos los dos ir, si gustas. En todo a servirte me acomodo. Id volando. Adiós, adiós. En una de mis aldeas, pocas leguas de Toledo, me retiré este verano por dalle templanza al tiempo, quitando la furia al sol con la frescura del viento, más veloz en aquel campo y más puro en aquel cielo. A Toledo me llevaba alguna vez el deseo de variar el cuidado y ejercitar el ingenio, y estando, dos noches ha, yo y dos amigos midiendo, por las riberas del Tajo, a pasos los pensamientos y deleitando los ojos viendo los campos, y viendo la luna entre las estrellas en las aguas y en los cielos, entre muchos que gozaban de este regalo, vinieron dos hombres con dos mujeres, cuyos briosos despejos en el mudar de los pasos y en el medir de los tiempos para volver las cabezas a mirarnos y a temernos, si en la una fue extremado en la otra fue un extremo Mirámoslas con cuidado, . seguímoslas con silencio, hasta que, menos cobardes, tomaron seguro asiento, y en tomándole, la una dijo: "¡Qué mansos los vientos se refrescan en las aguas, y las lumbreras del cielo en sus cristales qué alegres se miran como en espejos!" Y esto fue con un metal de voz tan puro y tan tierno, tan suave, tan sonoro, que le di el alma por centro, porque es gran parte en el gusto el salir la voz del pecho aplicándose al oído con el sonido halagüeño. De allí a otro rato sacó, para buscar por el suelo una china que tirar al más hermoso elemento, una mano tan hermosa que a su lado parecieron turbios aquellos cristales y aquellos celajes negros. Pues ¡qué fue al tirar la china! Las aguas del río pienso que pasaron sus corrientes para lograr sus deseos. Fuéronse de allí a otro poco y seguí, cuando se fueron, sus pasos, de aquella causa bien empleados efetos. Hasta su casa llegué; cuando en ella se metieron quedé yo, si no abrasado, cuidadoso y satisfecho; y cuando ya mis amigos me obligaban y por ellos la calle dejaba, más perezoso que contento, viendo una luz que latía por tina reja, corriendo, porque en las entrañas mías si no a el arma tocó a fuego, llegueme a ella y por ella viendo un ángel, buen desprecio de alas demás hermosuras en los humanos extremos, vi un cielo en una mujer que destrenzado el cabello con el descuido dejaba por la cabeza revuelto. Con el mismo desenfado comenzó a correr los velos de una imagen de marfil desde la garganta al pecho. Cuando el honesto despojo de la saya y del manteo dejó en el suelo, y debajo de la holanda parecieron las bien formadas columnas de aquel edificio bello, tocando el alma en su nieve me abrasó los pensamientos, pues cuando la vi a la mano levantar el pie pequeño y sobre medias de nácar la vi los zapatos negros con cintas de azul y oro y unas ligas de lo mesuro, al desatarlas, ¡qué vi! La vez que lo considero fuego esparce en mis cuidados y en mis esperanzas En fin, dispuesta del todo para acostarse en un lecho ya que no rico, curioso, dilató el hermoso cuerpo, dando a un tiempo dos suspiros no amorosos, porque en ellos se vio aplicarse al descanso y no asirse al sentimiento. Hasta aquí clavado estuve, pero desvieme oyendo que a una criada le dijo, mostrando en la voz el sueño, que cerrase la ventana y apartase el candelero. Púsolo en ejecución y quedé.. mas ¿cómo puedo decirlo?... Sí lo diré; que, por deslumbrado, ciego, sin saber lo que me hacía, llegué acaso y toqué a tiento la puerta, cuyo postigo le hallé por descuido abierto, 'y sin más considerarlo llamo mis amigos y entro. Y hallando libre la entrada hasta el dichoso aposento, donde llegué solo yo y donde más que dispierto estaba sobresaltado aquel serafín, que en viendo mi sombra, dijo: "¡Ay de mí, qué gran descuido! ¿Qué es esto?" Y dejando con la ropa solo el rostro descubierto me dijo: ° ¿Qué hacéis? ¿Quién sois?" No gritéis, respondí presto, que no vengo d:scortés, aunque enamorado verme," "Ya te conozco, señor", replicó, hablando tan quedo que apenas se la entendía, y prosiguió: "Quién ha hecho tal agravio a una mujer de tan honrados agüelos? Considera que esta casa tiene a mi padre por dueño, aunque tan de anciana edad tan honrado caballero que vengara mis afrentas, ¡ay, triste!, y no está muy lejos que no pueda ser que agora las escuche; pero el miedo nunca obliga a los señores y más eficaces medios serán el llanto en mis ojos y la pena en mis recelos." Yo que atento la escuchaba, embelesado y suspenso, dándome amor su hermosura y sus palabras respeto, casi temblando la dije: "No temas, que obedeceros estimo más que alcanzaros; tan hidalgamente os quiero, y ansí me voy." Ella entonces, mostrando el rostro sereno, me dijo: "Ese hidalgo trato deja en mí agradecimiento para guardado en el alma." Y yo me salí, torciendo con la fuerza el apetito y con la causa el efeto; pero apenas en la calle nos pusimos, cuando vemos que cuatro hombres a los tres con valor acometieron; pero fue la resistencia con tanto brío, que presto dejamos el uno herido y los otros descompuestos. Pusímonos luego en cobro, y al otro día, sabiendo que en Toledo murmuraban de la causa y del suceso, para venirme a Madrid, adonde mi casa tengo, me partí, y adelantándome de mis criados, poniendo a un portante las espuelas, oí una voz desde lejos que me sacó del camino llamándome, y no temiendo lo que pudo sucederme si tu valor y tu acero no me hubieran socorrido, a quien pago y a quien debo esta amistad con el alma y esta vida con que pienso dar de agradecido a el mundo admiraciones y ejemplos. Para que veas, señor, que el servicio que me debes, aunque ya entre mis deseos mucha estimación mereces, fue deuda que yo pagué a mí mismo, y solo pienses en dar causas de aumentarle sin tratar de agradecerle, quiero decirte quién soy entre otras cosas, que pueden abonar en mi persona da que en la tuya merece. Yo soy don Juan de Guevara, apellido que me viene por mi madre, a quien obligo, honrándome de tenerle, a que en el cielo de mí con oraciones se acuerde. Vive mi padre en Toledo, aunque más pienso que muere, pues en su edad, calidad, es lo mismo que la muerte. Es principal y fue rico, pero tan poco prudente o quizá tan generoso, que es lo mismo algunas veces que lo que va del tener al no tener, ciegamente tras su apetito arrojado me dio con espacios breves; mas cuando vio que llovía el tiempo, engañoso siempre, en su cabeza y su barba anticipada la nieve, helándose en ella quiso que yo en mi edad floreciese las pérdidas de su casa restaurase, como suelen algunos padres injustos, pues por casar ricamente sus hijos, hacen villanos sus segundos descendientes La hija de un mercader me daba para que fuese ¡ni esposa, en extremo rica, pero de mediana suerte, para que en mí fuese entera y en los dos no desdijese su calidad de la mía a los ojos de las gentes, con el respeto de hijo encogime y repliquele mostrando en mi voz cobarde mis pensamientos valientes. Enterneciose al principio de ver que el inconveniente de mi pobreza nacía de sus pródigos deleites, pero prosiguió adelante proponiendo que advirtiese que siempre los grandes daños: piden los remedios fuertes y que una hermana tenía que el sol bello en el oriente no alumbraba tantos ojos, no ofrecía tantos bienes, y que era muy justo el dalla un esposo que impidiese el peligro en la hermosura, riguroso tantas veces, y que con su hacienda sola ya, por su culpa, tan débil, no era posible acudir a dos hijos sin valerse de aquel medio, y con razones tan humildes como fuertes, con recelo de enojarle me excusé de obedecerle. De lance en lance, enojose conmigo tan bravamente, que me dijo levantando el báculo: "Rapaz, vete; vete, y soberbia tan grande empléala heroicamente sirviendo al Rey en la guerra; y si tan medrado vuelves y tan brioso que traigas apoyos que la sustenten, tenla entonces; pero agora tan pobre, ¿por qué la tienes?" A esto, hirviendo en mis venas la sangre que me ennoblece, respondí: "En eso, señor, es más justo obedecerte; y porque veas que en mí esta soberbia procede de pensamientos honrados y no de caprichos leves, esa pequeñuela parte que tengo en tus pobres bienes renuncio en la hermana mía, para que solo me quede esta capa y esta espada", haciendo voto solemne de no volver en mi vida donde sus ojos me viesen que no fuese mereciendo por mi valor solamente, haciendo servicios grandes a mi Rey, tales mercedes, que con bastantes riquezas, soberanas, más pudiesen, no siendo injustas, en mí sustentarse honradamente. Me partí; pero aunque estaba tan colérico, arrojeme a sus pies; su bendición le pedí; diómela y fuese con la fortuna enojado, no conmigo, pues al verle que me dejaba, le vi mirarme y enternecerse. Salí al punto de Toledo, abrasándome por verme en Flandes; mi buen deseo hizo mis viajes breves. Llegué a Flandes y he servido en Flandes continuamente sin faltar en la ocasión pasando los años trece. Llegué en las cuatro primeros, después de haber sido alférez, a ser capitán, y en todos junté valerosamente da dicha con el valor; mas pues mi alabanza puede hacer servil en mi boca, la remito a mis papeles, que contarán mis servicios, y si los ven ciegamente en las pretensiones mías, aun bien que en mi cuerpo vienen, para acreditar mi agravio, las señales evidentes, donde mi Rey por sus ojos con mis heridas los cuente. Con tan justas esperanzas, allanando inconvinientes, llegué a España desde Flandes, y primero que viniese a pretender en la Corte quise en Toledo valerme de un mi amigo, y a pedirle dinero, con que pudiese entretenerme en Madrid, llegué de noche y hablele; favoreciome y partime, guardando inviolablemente el juramento que hice al partirme, de no verme a los ojos de mi padre sin que primero me premie tanto el Rey, que pueda a ellos volver tan lucidamente que él mismo no me conozca. Con esta esperanza fértil hacia Madrid caminaba cuando me llamó a valerte tu voz y la dicha mía. Vite en peligro, arrojeme de la mula, sucedió lo que has visto y en mí tienes quien dé ejemplos al servirte si logra el obedecerte. Don Juan, a la Corte vamos, donde el servirte y ponerte en el estado a que aspiras, ya que no en el que mereces, por mi cuenta ha de correr, porque en mi cuidado vueles y espera, mas ¿qué es aquello? Allí en un caballo viene un hombre, hurtando los vientos la ligereza, ¿Quién puede ser? Pero ya le conozco. Un caballero es que tiene conmigo amistad estrecha. Acá mira; ya parece que me ha visto; ya se apea. ¿Qué ha podido sucederle? ¿Qué hay, don Luis? Poco después que de mi casa partieses llegó a ella una mujer y me dijo que pusiese diligencia en que esta carta, para excusarte la muerte, llegase a tus propias manos, y viéndola encarecerme tanto tu peligro, estando siempre embozada, obligueme a reventar un caballo. Lee este papel. No tienen precio los buenos amigos. A un príncipe se le deben mayores obligaciones. El pagarlas le agradece. Este aviso ya, don Luis, llegara tarde, a no haberme socorrido por milagro este caballero. Tenle por de extremado valor. Tú, señor, me favoreces honrándome. Yo he tenido dicha grande en conocerte. ¡Válgame Dios! ¿Qué leí? Don Luis. yo, forzosamente he de volver a Toledo Y de mí servirte puedes. Estímolo con el alma, pero no puedo tenerte por compañía esta vez; pero iraste a ser mi huésped: mal he dicho, a ser señor de mi casa. Servirete, pues tu voluntad resuelta me obliga precisamente. Abrázame; adiós. Adiós; Él os guíe. Y con él quedes. De aquí a Toledo, don Luis, de aquí a Toledo revienten. ¿Oíste las cuchilladas, doña Elvira.' Señor, sí. Y ¿por quién fueron? ¿A mí me lo preguntas? ;Te enfadas de mis preguntas? si fueron tuyas, ¿por qué? si la reja de tu aposento se queja de las mellas que la hicieron; si en la pared y el umbral de mi casa he visto yo fresca sangre, que salió de alguna herida mortal, estando tan cerca, ¿a quién sino a ti toca el saberlo? si yo, como oírlo, verlo pudiera, dijeras bien; pero si en mi cama estaba sosegada, bueno fuera obligarme a que supera lo que en la calle pasaba, y a decir cúya será esa sangre, Yo, señor... La sangre quita el color, mas, siendo ajena, sí hará si enternece imaginada, ¿De mí sospechaste agora esa culpa? Causadora te imagino, no culpada; y Elvira, Elvira, aunque en ti no haya culpa, en el lugar y en mi puerta, ¿Han de pensar que hayan reñido por mí, que ya he colgado la espada, de mi vejez mal segura, o por ti, en cava hermosura está mi opinión colgada? Y cuando sin ocasión de mi parte sucediera una desdicha. ¿pudiera poner nota en tu opinión? Será más cierto que sienta no bien de sus intenciones, y el tener en opiniones la opinión es casi afrenta ¿Y si fuese poca dicha en quien tan sin culpa está? También afrenta será, que hay afrentas por desdicha; y advierte que si llegó a ser sin culpa evidente desdicha en ti solamente, la llevaremos tú y yo: mas si te hallase culpada en asgo, advierte, aunque ves que por faltarme los pies troqué en báculo la espada, que aún tengo mi honor, mediante para placer de tu cabello lazos que apretarte al cuello, fuerza en las manos bastante para matarte y aún más que alguien piensa. Bueno es eso, ¡vive Dios!... Pasan de exceso las sospechas en que das, y, señor... Basta. Quien viene a ser por tu desventura alcaide de una hermosura peligroso oficio tiene. Mal hago; pero los celos ¿qué cosa acertaron bien? Señor don Rodrigo... ¿Quién, señor don Alonso... Ay, cielos. os precipita?... El dolor del furioso desengaño; vuestra hija, que en mi daño serví con honesto amor, abrasado en su hermosura y ciego en su honestidad. En mi hacienda y calidad quise apoyar mi ventura mas no pude, porque en ella vi a costa de mis enojos, con ser dos soles sus ojos, dejarse a escuras mi estrella. Creí que en amor fundaba los desdenes que ole hacia; y tanto más la quería cuanto más me desdeñaba. Así, amorosas tormentas pasé más desesperado, hasta que, en fin, nos ha dado a mí ceros y a ti afrentas. has de saber, don Rodrigo, que en tu casa la vi estar con el Conde de Belmar yo lo he visto y yo lo digo. Y en lo que a mí me tocó, que fue el hacer temerario dar la muerte a mi contrario, puse diligencia yo. Lo que te. tocare a ti, que es el deshacer tu afrenta, dejo correr por tu cuenta; y adiós, que me voy sin mí. Cielo! Tan villano antojo, ¿quién lo pudo imaginar? Tal estoy, que en mí el temblar ya no es vejez, sino enojo, ¿Ofensas tan inhumanas me has causado, vil arpía? ¿En ti hierve sangre mía? ¿Por ti afrentaron mis canas? Apercíbete a morir, pues yo de afrentado muero tijas de escucharme primero. Qué he de escucharte. Al sentir remito venganzas mías. Tente, por Dios. Ahogarte tengo, Señor, si fui parte, que me escuches. ¿Qué porfías? Ay, no caigas! Aunque fuera menos viejo y menos sabio, con el peso ele tu agravio, villana, también cayera; pero no dudes que haga tal venganza, tente, espera, Sí liaré, padre. ¡Ah, quién tuviera en cada dedo una daga! ¿Así obligan, así tratan las mujeres nobles? ¡Tente! ¡Que matas una inocente! Que me ahogan, que ole matan sin culpa!... Así satisfaces. Rompe esa puerta, excusar cómo se puede el entrar a socorrerla, ¿Qué haces? ¿Quién lo dice? Yo te obligo a que amanses el rigor. Quien tiene tal defensor no presenta mal testigo Suéltala. en abono suyo... ¡Ay, triste! y en ti de limite pasa el atreverte a mi casa, tan arrojado. Anduviste mal... Excusar te he querido de este enojo. . A ser más sabio, excusarme de este agravio ¡cuán mejor hubiera sido! Blas no debiste saber quién fui, Conde; pero agora con matar esta traidora a tus ojos, te haré ver que a fuerza de ser yo honrado excusarlo no podrás, con mi respeto no más detenido y obligado. Y aun yo le suplicaré al Conde, supuesto que eres mi padre, que a lo que hicieres dé lugar. Sin él lo haré. Ni tú, lo puedes hacer ni yo lo puedo sufrir, tan sin culpa, el consentir maltratar una mujer. Y aunque no estando inocente por causa mía no fuera, tampoco lo consintiera. ¿Qué importara? Escucha, tente, y pues con verdades llanas satisfacerte prometo, no me pierdas el respeto que yo les tengo a tus canas si en tu locura consientes ventaja a mi calidad. ¿Qué dices? Digo verdad. Para decirte que mientes mi espada descolgaré. Tendrete yo de esas canas caducas, si no villanas. ¡Ay de mí! Repórtate, señor... Y arrancar me toca algunas... Tente, señor... por si es que tuvo en mi honor fuerza un mentís de tu boca. si yo... Deja de obligarme aún a más. Siendo mis daños mis afrentas, a mis años poco hiciste en derribarme. ¿Qué haré con tan corta suerte, Conde? Ah, tiempos inhumanos! ¿Vaste y déjasme en las manos de mi afrenta y de mi muerte. ¿Qué haré? Pues la oscura noche da lugar, vente conmigo. Desesperada te sigo, ¡Mis voces irán tras ti. ¡Hola! ¿Que no hay un criado, o todos se lijan conjurado en mi casa contra mí? ¡Hola, Fortún! Hasta agora entrar no habemos podido. Porque nos han defendido la entrada. ¡Ah, gente traidora! ¡Ah, canalla vil; andad para quedar satisfecho! Pues no tuvistes mi pecho. ¡quién tuviera vuestra edad! ¡Bueno quedo, bueno estoy! Tantas veces desdichado, afligido y afrentado, ¿a qué aspiro, adónde estoy? Que tan infelice soy que aun resolverme no sé. Mis canas levantaré, pues solo a excusar me allano que quien las puso la mano vuelva a ponerlas el pie. De mis barbas vi arrancar estas canas; pudo ser, pues antes de encanecer las solían respetar; y agora debiendo estar con más razón respetadas, me las dejan afrentadas; mas ¿qué mucho, si en efeto el verdadero respeto de los hombres es la espada? Y esta en mí no es de provecho, aunque mi valor la esfuerza, pues se acobarda en mi fuerza cuando se anima en mi pecho. ¡Ay, honor, mal satisfecho! Y así hay humanos engaños para excusar estos daños. ¿Quién hay que al cielo pida, pues, que le falta la vida, cuando le sobran los años? ¿Qué haré agora? ¿En qué darán mis agravios? ¿De quién fía mi vergüenza la honra mía? ¡Ay, hijo mío! ¡Ay, don Juan! si lo sabes, ¿qué dirán tus menguas de mi cuidado? mas ¿qué mucho, si has dejado tu honor y el mío en poder de una liviana mujer y de un viejo desdichado? ¡Ay, hijo! Escribirle quiero para que emplee el valor solo en volver por mi honor ensangrentando el acero. ¡Hola! Así espero ver mi honra reparada. Presto..., ¡ay, hija desdichada!..., traedme..., ¡sin alma quedo l ... tinta y pluma, pues no puedo pedir escudo y espada, ¿Siempre con botas? Estoy notablemente inclinado al nombre, y recién llegado me parece que no soy sin ellas, y es gusto el serlo; ¿quién no apetece el mudar de fortuna y de lugar? Y así yo, por parecerlo, . y recebir bien venidos gozando a lo caballero aplausos de forastero en tantos ojos perdidos, desde que llegué, si notas, botas y espuelas por guía he llevado el primer día y el otro no más de botas. De Madrid ¿qué te parece? Pan y carne, linda cosa. Según qué carne. Curiosa distinción ; mas no carece de respuesta, pues dirán cuantos hablen cuerdamente que del pastel solamente no es tan buena como el pan; que en lo demás es mejor que todo, y más si la. toma quien con mostaza la coma si no ele celos, de amor. Donaire tienes, Aquí lo sabremos. Su criado es, por Dios. Llega. ¡Ah, soldado! ¿Llegasteis de Flandes? Sí. ¿Cuándo llegasteis? Muy tarde llegué anoche con don Juan, mi señor. Estos querrán vengarse de él. Dios te guarde, Él se atreve, alerta. Es huésped del Conde de Belmar, que corresponde a una amistad que le debe. Es un gran señor, y aquí nos honra. Veré si puedo partir con los dos el miedo. ¿Es esta su casa? Sí, Ya lo sabes; ¿qué esperamos? Pensando estoy lo que haremos. Cuerdamente consultemos lo que conviniere. Vamos. Morirán. ¡Qué disparate! ¿Agora estáis temerario? A la espalda del contrario no hay gallina que no mate. Y ¿qué quieren, en la ausencia de don Juan, estos soldados? Sobre el juego de los dados tuvo cierta diferencia con el uno, que juzgó en lances, y en lo que allí él porfiaba que sí, mi amo dijo que no. Y aunque es lo mismo, a la cuenta, un desmentís comedido que un mentís, como el sonido del mentas es lo que afrenta, este quedó en opiniones, y así suspenso quedó entonces; mas pienso yo que va buscando ocasiones en que averiguarlo intente agora. Y sospechas bien. Pues avisémosle. Ven. Hallarasle fácilmente, pues don Juan, que le obligó, siempre tan valiente ha sido, que alguna vez ha podido hacer que lo fuese yo. ¿Tú le viste? Y en él vi el extremado valor con que al Conde, mi señor, defendió. Dícenlo así; y que si por él no fuera que le tuvo soberano en la vida de mi hermano mortal peligro corriera. ¿Qué talle tiene? Le tiene de hombre en todo y bien nacido Bien lo encareciste, a fe. a, Parece en él no sé qué, mal dicho y bien entendido. Viste muy a lo soldado, descubriendo en su albedrío sin afectación el brío y con desprecio el cuidado. Bien le pautas, Y más bien gustas de oírle alabar. ¿Hay algo que sospechar de tu buen gusto? ¿De quién eso dices? si es verdad que viste en mi corazón tan estéril condición y tan pura honestidad, yo en un hombre mi cuidado, aun cuando el pecho se viera, visto y bien visto le viera cuanto y más imaginado. Como en ninguno te vi tratar como en este agora, el engañarme, señora, no ha sido mucho. Es así; pero el ver con el valor que a mi hermano dio la vida me ha dejado agradecida. No es mal principio de amor. De esta agua no beberé, no digas... Quita, estás loca, .que si te llega a la boca, ¿qué has de hacer? Cerrarla he, Entrarase por los ojos, que es su ordinario camino. ¡Jesús, y qué desatino! No son cuerdos los antojos. Para quien es principal ese recelo es civil. Y en el ingenio sutil el deseo es criminal Y tú necia. Donde hui... Ese es su criadlo. Ha sido gran yerro, y más no atrevido. Bisoño en la casa fui; y por Dios, señora mía, que agora, cuando pensaba que salía, y aquí entraba, perdone vueseñoría si a este lugar he llegado sin licencia. No hay dudar que el perdón ha de llevar quien esa disculpa ha dado. ¿Recibió el señor don Juan mi recaudo? Y su presente; que es recibidor valiente, pues recibe como dan los soldados cuchilladas, cualquiera cosa que le den (i). Y tu amo ¿dalas bien? Cuerpo de Dios! Extremadas, Es un valiente soldado. ¡Qué feroz debe de ser! No es tal, que suele tener veredas de enamorado y lo es muy tiernamente ¿Es posible? Y muy constante; que a tiempos, el ser amante no desdore el ser valiente. La licencia que le has dado viene a emplear. Bien podrá silla sola Y no estará con amor bien ensillado Respeto, señora, ha sido, y no descuido, el no hacer antes esto, Tú has de ser el respetado y servido en casa en cuyo señor te debe el ser, Aquel día, pues cuando el Conde valía él me prestaba el valor, poco hice y mi deseo es de estimar solamente. Eso será eternamente, De tu valor yo lo creo. ¿Vienes bueno? Siempre vivo con salud: aunque viniera muy sin ella, la tuviera con la merced que recibo. La que en tu semblante vi... ..................... Contenta de ver que en ello se aumenta el bien que deseo en ti. Entre donaire y agrado ¡qué bien luce la hermosura! El valor v la cordura ¡qué partes para un saldado! ¿No respondes? Ya me enrojo ¡Bravas señas le hago hacer! Pues no aprovecha el torcer de boca, guiñar de ojo, hablarele por la mano; mas si leer no ha sabido ni escribir... Gracia ha tenido que la enseñe un escribano; mas no, que la enseñará otra cosa y no conviene. El ver que el Conde no viene mucho cuidado me da. Aún no tarda, ¿ A qué volvió a Toledo? No lo sé. Acompañarle intenté, pero lugar no me dio, ¡Ojalá que te le diera, porque con tal compañía cualquier cosa hacer podía sin que peligro corriera. A lo menos mi cuidado llevará siempre por norte. ¿Estarás mucho en la Corte? Pretensión y en un soldado perezosamente pasa. Mucho. Estarás si has de estar, Por diferente camino un siglo en ella estaré. Di, ¿cuál es? No lo sabré decir como lo imagino, pero es cierto, si mi estrella empeña la dicha mía, tanto más de cada día quedar por esclavo en ella. En ella serás señor. c. Eso no es tratarme bien. No he visto en mi vida quien me pareciese mejor, Notable mujer, No tiene el mundeo su semejante; excusar de aquí adelante estas visitas conviene, pues el alma mal segura la rinde la voluntad, y no es bien que la amistad compita con la hermosura, ¿En qué se habrá suspendido? Con tu licencia me iré. Yo contenta quedaré de saber qué tal os ha ido. Señas hasta con los pies me ha hecho, y que tales son... Trataisme a lo socarrón..., pues hablaremos después. Señora, albricias. si viene mi hermano, yo se las mando. Llegó el Conde, mi señor, y a verte apresura el paso. Pues no te vayas, don Juan. Contigo es justo esperarlo y ayudarte a celebrar lo que deseabas tanto. Ya viene... Con cuidado me tenías. El primer abrazo ha de ser tuyo, don Juan. Y yo, sin formar agravios, quiero esperar el segundo. Dios te me guarde mil años Tú seas tan bien venido como fuiste deseado. ¿Cómo vienes.' Un negocio traigo preciso, y tratarlo quiero con don Juan a solas. Vete, hermana, perdonando mi libertad. Bueno es eso: a lo que mandas me allano; pero si es de pesadumbre no te perdono el cuidado con que estaré hasta saberlo. Pues no le tengas pesado que antes es de gusto. Así voy contenta. Pues quedamos solos, leyendo primero este papel... Oye un caso, el más notable del mundo. Voy leyendo, ve escuchando. "Por el suceso de anoche es muy cierto que han tratado de matarte en el camino; procura, Conde, excusarlo y a la esquina de mi casa está esta noche esperando cierto aviso que me importa; que pues tú, tan sin pensarlo, me pusiste en el peligro, bien es que salgas al daño. Este es el papel que cuando le leí en presencia tuya fue parte para apartarnos. Después, don Luis y yo pusimos en dos caballos la fuerza de muchos vientos, con que a Toledo llegamos y desde casa don Luis, de otros dos acompañado, muy después de anochecido al puesto llegué, y velando con algún cuidado en él, a mis oídos llegaron entre voces tiernas quejas de aquel ángel soberano. En oyéndolas entré por su casa como un rayo y hallo que a su hermoso cuello ponía caducas manos su padre. Y entonces yo... mas es un discurso largo, y consultarlo contigo importa con más despacio. Basta decir que en un coche, en quien para mí rodaron cuatro ruedas de fortuna, la pude traer volando, y ya la tengo en Madrid; mas pues que solo ¡lile fiado este secreto de ti y por ti he venido, vamos y verás dónde me espera y quizá abiertos los brazos, Bésote los pies por ello; ya te sigo. Luego salgo. Ah, señor don Juan! Oíd, y por testigo abonado suplico al Conde también que me escuche. Ya lo hago. Don Diego Laín me invía a deciros que en el campo a mano izquierda de Atocha en ella os está esperando, y yo, haciendo lo que debo, digo que saquéis al lado un amigo, porque yo saldré con él. Voy volando donde decís, Adiós, Adiós. Gracias al cielo que alcanzo una ocasión en que veas que alguna parte te pago de lo que te debo; iré contigo. Considerando, señor, quien te espera, y luego la calidad de tu estado ser tan grande, te suplico que no te aventures tanto, pues yo buscaré un amigo que salga conmigo. Agravio me hiciste, por Dios, don Juan, y en sufrírtele he mostrado la obligación que te tengo. ¿Tú no sabes y es tan claro que cuanta más calidad tengo yo, estoy obligado con finezas superiores a mostrar más lo que valgo? Cuando yo no te debiera lo que te debo, si estando en mi casa te siguieran y a mi lado te llamaron, ¿quedaría honrado yo sin castigar por mis manos tan injusto atrevimiento? ¿Tan poco valor mostraron cuando tú me socorriste? Y si aunque la esté adorando me esperase una mujer, ¿no haré más falta si falto a las cosas de mi honor que a las de mi gusto? Vamos, que valor tengo en el pecho y fuerza tengo en el brazo. Venciste y tan animoso como te sigo te alabo.
JORNADA SEGUNDA
No seas, por Dios, cruel contigo; no llores tanto. si hubiera de ser mi llanto conforme a la causa de él, me tuvieran los enojos de mis desdichas extrañas ya sin. sangre en las entrañas Y Ya sin luz en los ojos. Yo, señora, si pensara que de algún provecho fuera, las entrañas te ofreciera y los ojos te prestara, pues no ha podido obligar, cuando te veo afligir, tu valor en el sentir, tu cordura en el hablar, tanto que con ser verdad que porque dichoso fui al Conde crie y serví desde su primera edad, y a mi casa te ha traído, adonde de mi mujer y mis hijas puedes ser en tu persona servido, piensa que habiendo ocasiones en que puedan mis intentos valer tus merecimientos y culpar sus sinrazones, he de hacerlo. si he fiado de tu verdad ese efeto, verás bien en mi secreto que está en tu pecho... Y guardado en mi boca cerrarela con valor. El Conde viene. Señora, ¿en qué ha de parar tu extrañeza? ¿Cuándo, cuándo vendré a no verte llorando o acabando de llorar? ¿Cuándo sin obscuro velo veré tus soles, señora, o con mano vengadora me arrojarás de tu cielo? ¿Cuándo veré si te agravio o te obligo siendo justo, que me reciba tu gusto, no me despida tu agravio? ¿Qué variedades son estas? Una vez con las preguntas me convidas, y otras juntas disfavores con respuestas. si me descuido te enojas, si te regalo me dejas, si tardo a verte te quejas, si te veo te congojas, ¿Qué haré para contentarte? Dímelo, por Dios; responde. No te maravilles, Conde, pues en ti, por una harte, me ha obligado tu valor, tus partes, tu cortesía, por quien en el alma mía hay mil extremos de amor; y por otra parte el ver, aunque por mí te obligaste, que tú el honor le quitaste a quien yo le debo el ser, me ofende naturalmente en ti con igual distancia, y con esta repugnancia procedo tan variamente. Quito el gusto y doy al llanto los consuelos que me ofreces; si tú, pues, tanto encareces, son de que me quieres tanto; si tú tan tuya me hicieras que me obligaras hacer segundo el primero ser, mis resoluciones vieras; pero sin eso, señor, cuando tú añadir intentas a una afrenta otras afrentas, la muerte será mejor; que aunque sé que ya por ti y mi desdicha infamada no soy para el mundo honrada, quiero serlo para mí; pues cuando no, por mostrarte lo que fui............... porque, no ofendido el cielo, tendré al cielo de mi parte Confieso que en tu valor, declarada tu hidalguía, a tenerte cortesía me obliga teniendo amor; pero no me has obligado al extremo que tú quieres, pues aún decirme quién eres encogida me has negado; no habiéndolo yo sabido de quien conmigo en Toledo vio tu casa, y así quedo en mis dudas encogido. También te quise obligar a que un mi amigo te viera que conocerte pudiera, pero no diste lugar. Suponiendo esta verdad, no te espantes si poseo repugnancia en el deseo como tú en la voluntad. Sin razón estás quejoso, pues si yo, para obligarme, te viera resuelto a darme palabra de ser mi esposo, yo te hiciera ver quién soy conforme a tu calidad; mas cuando en tu voluntad tan lejos de serlo estoy, ya que valor no sentí para esperar la piadosa mano de un padre, y medrosa Y ligera te seguí, quiero infamar su nombre sino morir peleando con sus propias desventuras y ablandar las penas duras si no pidiendo, llorando. Y si el que mi casa vio contigo, nunca la viera, ignoró el dueño quién era, no me maravillo yo, porque el solar conocido de sus casas principales de dos meses no cabales estaba entonces vendido, y pasábamos la vida en una casa alquilada, del bullicio retirada y en la pobreza encogida. Pero si en eso no mas topase mi dicha incierta, dame tu palabra cierta de que mi esposo serás, y entonces yo te haré ver si es infalible verdad que en razón de calidad un rey lo pudiera ser. mas si en razón de ventura se me dé lo que merezco un monasterio apetezco, o si no la sepultura; y pues en razón me fundo siendo tú tan caballero, oblígate a lo primero o habré de hacer lo segundo. No más, por Dios, que me anegas en llanto; no lo permitas, advirtiendo que me incitas a lo mismo que me niegas, haciéndote más hermosa; y si aunque tan tuyo soy, la palabra no te doy de admitirte por mi esposa, es porque estoy recelando que obligación no tendré de cumplírtela, porque me la pediste llorando. Porque en el llanto deshecho un hombre de una mujer es lo mismo que tener muchas dagas en el pecho; y una palabra forzada queda sin obligación de cumplirse, en la opinión más cierta v averiguada. También de dártela dejo siendo, aunque amante, prudente, porque en mí un inconveniente se allana con un consejo, y porque en el ser quien soy siempre es más justo el juntar con el prometer el dar; pero palabra te doy de no casarme en mi vida sin que primero me des licencia, cuando a tus pies disculpado te la pida. Esa, pues tú me la das, tomo yo, con advertencia, señor, de que mi licencia no te la daré jamás, Notable gusto me has hecho con ello ya tu hermosura luce en mí. Ya estoy segura en tus ojos y en tu pecho, Y, mi cielo soberano, ¿no sabes, vuélvete a oírme, que la palabra más firme se recibe con la mano' No te la puedo negar, porque estimo esa firmeza, Qué soberana belleza Qué venturoso estimar! Ya eres mío. Eso quedó como dije, Y he de verlo. Plega a Dios. Pero has de serlo de otra mujer. Eso no. Ya quedaremos los dos consolados. Fue el consuelo milagroso. Fue del cielo. Y fue tuyo. Adiós, Adiós ¿Llamástele? Y que vendrá dijo; juráralo yo. Mi señora me mandó llamarle. Llamado está, y que ha de ser escogido me va por el pensamiento. De quien para cierto intento agora llamado ha sido. Y es muy cierto. Cierta cosa de su hermano han de tratar. Esa cosa pueden dar a ese intento por esposa; pues siendo ciertos los dos son iguales para esposos, y el tener hijos dudosos será más cierto, por Dios. Malicioso estás, o has dado en pensar que tu señor es cierto el tenerle amor cuantas veces le ha mirado. Y más con el desafío, que ha servido de reclamo para que el Conde y mi amo acreditaran el brío. Admira el ver cuando sale lo que le dan de ocasiones; no hay en rejas ni en balcones quien no le mire y señale por un bravo enhallero; cine en Madrid la valentía vale más de cada día pero no excusa el dinero; porque va es cosa, ¡vive él,., para en todo cuanto hallares, como el pan en los manjares que no se come sin él. Y tu amo, ¿quiere alguna dama? Pregunta a cuántas; porque a quien le quieren tantas jamás se entretiene en una. Pero ¿por qué ese cuidado tienes de él? No digo yo, como en mí no te le dio, saber si es bien empleado empleando esos recelos en quien te sabe estimar, v. Dices bien, y yo he de dar de hoy más en pedirte celos. Como no me pidas más, De eso, cuanto tú quisieres. Pícaro del todo eres. Tu amo viene. ¿Y tú te vas? v. Avisaré a mi señora que venga. Con ella ven. ¿Quiéresme? Sí, mas no bien. Ay, majadero! Ah, traidora Quien huye de ser dichoso morirá por desdichado. Aquí espera. En mi cuidado, de mi fortuna quejoso, pues ella me quiere hacer dichoso sin merecerlo y yo, apeteciendo el serlo, hago fuerza en no lo ser. ¡Ay, amistad! ¡Ay, honor! ¿Viose extremo semejante al mío? Triste el semblante muestras agora, señor, viniendo a verte en los ojos... Quita, necio: aunque son bellos, ¿sabes tú si vengo a verlos con respeto y con antojos? Pues no parece que ver en sus niñas no he podido que, si no los has tenido, que los pudiera tener. ¿O estamos en tiempo agora que una criada sabe estar constante en disimular pasiones de su señora? Déjate de disparates que más parecen soñados, y de tan necios cuidados con las criadas no trates desta casa, que ha de ser hasta en la piedra menor respetada, u da al temor lo que sabes que sé hacer enojado... Harelo así, pues eres tan recoleto. Y cuando hubiera secreto que confiar, fuera en ti de tus donaires, pues das en gustar de tus locuras; pero mis cosas a escuras mira y calla y no hagas más. Divo que tienes, señor... ¿Qué tengo? el pecho amoroso y el honor escrupuloso. Así ha de ser el honor. Ce. Ya entiendo el cecear; ella, pensando engañarme, no me llama por llamarme, sino por dalles lugar. Animosa, aunque turbada, mis resoluciones sigo, ¡Qué belleza! A mi enemigo ya he visto volver la espalda. Temblando estoy... Estoy loco... de miedo. de enamorado. O eres poco interesado o estimas mis cosas poco, pues no apeteciste cosa de estas mías. Por pensar que el volvértelas a dar es acción más generosa. Y así cual reliquias tales las guarde es justo decoro, con más razón las adoro y las vuelvo a sus cristales, si tú las miraras bien y devoción las tuvieras, yo pienso que apetecieras sus relicarios también. Excusaré el replicar a eso, con prevenir en qué te puedo servir, pues me mandaste llamar. si has sido amigo prudente a preguntarte me allano, don Juan... Fuilo de tu hermano.. ¡Ay de mí! .extremadamente, y entre soldados también se conserva una amistad con prudencia y con lealtad. Pues ¿cómo? ¿No sabes bien que el que a ser amigo viene de su amigo, al misino instante que conoce en su semblante la necesidad que tiene, no solo debe acudir a ofrecerle, sino a darle, previniendo el excusarle la vergüenza del pedir? Señora, y de eso ¿qué infiero cuando me pongo a tus pies? Que pues yo, no que me des, sino que me pagues quiero esta voluntad sencilla con que te estoy obligando que la pagues, excusando la vergüenza del pedirla; y si en mí te maravilla este injusto atrevimiento, disculpa mi pensamiento, pues hasta ser atrevido mi honestidad le ha tenido ya en las brasas, ya en el viento. Primero, don Juan que en mí tan arrojado anduviese que esta licencia me diese, me esforcé, callé y sentí; dudé, recelé, temí, culpando mi suerte poca; mas viendo la fuerza loca con que el corazón deshecho en llanto rompía el pecho, hube de dalle a la boca. Tú considera piadoso que pues a ti no, don Juan, te quiero para galán y te estimo para esposo, no es el delito afrentoso que mi atrevimiento emprende, supuesto que no defiende de mi vergüenza el color, pues no ofenderá el honor lo que ni aun a Dios ofende. Señora, pues ocasiones, aunque en ti las reverencio, obligaron mi silencio a perderse en tus razones, respondo a lo que propones que aunque visteis mis sentidos estar como suspendidos, negando entre sus enojos a tu hermosura los ojos y a tu lengua los oídos, no imaginéis que fue parte a esto el conocerte, no estimarte, no quererte, no servirte y no adorarte; antes puedo asegurarte que tan en mi pecho estás que rompiéndole verás, si imposibles lo permiten, tus partes cómo compiten sobre cuál le abrasan más. Por esto mi pensamiento, más honrado que atrevido, tiene mil veces perdido en las brasas y en el vientos siempre asida al sentimiento una memoria inmortal, mil veces me vi mortal, dando a un tiempo mi cuidada a furias de enamorado resistencias de leal. Mil veces pasé sin mí las crecientes de mi llanto, y entre ternezas y espanto me reporté, me atreví, dudé, recelé, temí, y con alma ciega y loca, culpando mi suerte poca miré al cielo soberano, mas la amistad de tu hermana puso un candado en mi boca. si le debo, como salves, desde que me di¿) ocasiones de servirle, obligaciones tan ;precisas y tan graves; si de su pecho las llaves me fía y hasta el perder sangre le vengo a deber cuando pagándole estoy lo que he sido, lo que soy y más lo que espero ser, ¿es bien, con alma traidora tratarle como enemigo? Pues el casarte conmigo ¿será traición Sí, señora. Sin su gusto, ¿quién lo ignora?' si tan principales son tus partes, ¿por qué razón encareces tanto el daño? Cualquier cosa en que hay engaño tiene parte de traición, si por eso solo impides esta dicha, haz una cosa: que te me dé por esposa le pide, y si se lo pides tan con sus deseos mides su voluntad, que ha de hacerlo. No hay dudarlo, no hay temerlo, No dudo que será así, mas eso me ofrece a mí más causas de no emprenderlo. ¿Cómo así? Porque me obligo, cuanto más en él espero, a serle más verdadero y más extremado amigo; y si estos intentos sigo no lo soy, siendo verdad que no tiene la lealtad verdadera ni prudente quien de esto medianamente se vale de La amistad, pues merece su valor más del que adviertes en mí; porque aunque noble nací, me ha faltado el ser señor, y al Conde le está mejor darte un hombre como él por esposo, a mí el ser fiel; a ti el no darle disgusto; hazlo así y vive con gusto aunque yo muera sin él, Escucha Soy desdichado, No me hagas tanto mal, que amigo tan puntual y que amigo enamorado noble estás, ni lo has estado, Señora... Cruel estás no me dejes. ¿Dónde vas? A no mirarte, a no verte, porque labré de complacerte si te miro un poco más. Ay, Dios! ¿Cómo no llora sangre el alma abrasada, pues fui tan desdichada que en los tiempos de agora, cuando todo es engaño, haya un hombre leal solo en mí. No puede ser: si ha sido daño' que ha querido excusarse, conmigo para hallarse de otra mujer querido, negros serán mis duelos si entre desdenes me abrasan celos, aunque para matarme basta el dejar de verme, pues si aplica el quererme medios para olvidarme, cual estar a la vida de una mujer que quiere a quien olvida. 1. ¿Qué tienes, mi señora? Estoy loca, estoy ciega; llega a mi pecho, llega, y la mano traidora verás cuyas porfías han castigado las soberbias mías; yo de amor me burlaba, yo de amor me reía, yo injurias le decía a quien de amor trataba, yo firmé con mi nombre que era cosa civil querer un hombre; pero ya amor me toca, y el agua que decía que jamás bebería, llegando hasta la boca entró amargos enojos para abrasarme el alma por los ojos. Ya tengo justa. queja de un hombre injusto agora, pues dice que me adora y tras eso me deja por leal, imposible, que solo en mi desdicha fue posible. ¿Qué haré? Mi pena es mucha. Mientras que tú has estado quejándote, he pensado cierto remedio. Escucha procura con engaño verte con él. Ay, Dios! ¡Terrible daño! Puede tan vil hazaña caber en ni nobleza.' Oye, ¿qué ligereza tienes al ser estrada? ¿qué honor se contradice a eso' ¿Él no te adora.' Así lo dice. ¿Y en ser leal por necio topa el inconviniente' En eso solamente, Pues no siendo en desprecio de tu amor no es extraño en tu honor el peligro de tu engaño, pues que sin culpa suya das causa al ser dichoso, haciéndole tu esposo y haces que lo atribuya solo a tu pensamiento el hacerse después el casamiento Tan ciega estor que vengo en lo que me aconsejas. si a mi cargo lo dejas la ocasión te prevengo, ¿Y es? ¿No tiene esta casa su puerta falsa que a otra calle pasa tanto que no hay quien diga si no es prático y crea que desta casa sea Sí. Pues calla, Ay, amiga Sígueme. ¡A que me obliga! Cielo que en mis soledades me muestras tus providencias, por los campos en las plantas, por los montee en las fieras; haz algún milagro en mí; pues ves que muero, sosiega en mi agravio esta congoja de mi honor mal satisfecha a esta edad, midiendo agravios con el alma y con la lengua, vigilante la venganza y perdida la paciencia, siendo cristiano, ¡ay de mí!, cuando ya la muerte puesta de la vida a los umbrales tan recio llama a sus puertas, y qué aldabadas, ¡ay, triste!, que apretadamente llegan al alma que las conoce y al pecho que las recela, ¿Quién es aquél caballero que de un caballo se apea? Ah, señor, espera, espera! Dejadme; ¿qué me queréis? ¿Venís, venís a que vea en vos, para que me acabe, un testigo de mi afrenta? En esta casa de campo, que es solo lo que me queda de mi antiguo mayorazgo, me retiré porque en ella solo tengo en mis desdichas, criando repito mis quejas, testigos sordos y mudos si a los huecos de las peñas no les diese alguna voz causas de que no lo sean. Escucha: a darte disgusto no vengo, ni Dios lo quiera. Antes, sabiendo que agora tan estéril vida empleas, pues yo ciegamente entonces di la causa a tus ofensas, vengo a suplicarte, escucha, que, divirtiendo tos penas. de la venganza el efecto dejes correr por mi cuenta. Estimo con toda el alma tu piedad y tus promesas; pero yo espero un hijo, don Juan, que de Flandes venga Escribile mis desdichas y mandele que viniera, y aunque ya veo que tarda su persona o su respuesta, él vendrá, y pues reta honor, no dudo que valor tenga. Santiguándome te escucho. ¿Luego no sabes, o piensas disimularlo conmigo, el cómo crece tus menguas tu hijo en Madrid.' ¿ Qué dices ? ¿Eso es posible que sea? ¡Sin aliento me has dejado! Pues ignoras, que lo sepas es razón; escucha y siente tu desdicha en tu prudencia. Yo, celoso, aquella noche que vi tan civil tragedia en tu casa y a mis ojos, determiné con la pena de matar al Conde ; envié al camino quien lo hiciera. ¡Si no hubiera sucedido!; mas ¿qué habrá que no suceda?, que tu mismo hijo entonces le defendió. ¡Quién creyera que allí trajera la suerte a que fuera su defensa el mismo a quien ofendía! mas todo es posible en ella. De esto agradecido el Conde, le hace amistades, que llegan a extremos; al menos fue extremada la primera, pues salieron en campaña los dos a probar las fuerzas con dos soldados de Flandes por no sé qué diferencia que tenía con el uno tu hijo, y en la refriega probaron tan bravamente que hicieron medir la tierra al uno muerto y mortal al otro, y con dos pequeñas heridas fueron los dos a meterse en una iglesia, Alborotose Madrid, dando todos a su impresa no culpas sino alabanzas que abollaron su querella; tanto, que no más de un mes tuvo de plazo su ausencia, y con razón, pues las cosas honradas :es bien que tengan en la justicia piedad, pues son la justicia mesma. Después el Conde, juntando a sus papeles las fuerzas de poderosos favores, un hábito y encomienda, le ha negociado y también será posible que sea , maese de campo en Sicilia, pues consultado le lleva, y aun le dice más que tiene de serlo esperanza cierta. Tras esto le tiene el Conde en su casa, donde llega a ser más que el Conde mismo, por quien tendrá, en quien no sepa como yo la oculta causa, buena opinión ; y ansí ella, tan contraria de tu honor, pudo obligarme a que venga, de tu vejez lastimado, donde veas mi nobleza en que para tu venganza te ofrezco vida y hacienda. Don Alonso, da lugar a que te responda; deja. pues un nudo en mi garganta asió al paladar mi lengua, que considere entre tanto esta desdicha y que pueda, como es ordinaria cosa, volviendo a mi edad primera en mi decrépita edad, llorar como niño tiernas lágrimas; pero ya en fuego convirtieron la terneza. En fin, pues me tiene el Conde a mi hijo, cosa es cierta en Madrid comprar favores don Juan, porque vende afrentas, bien a fe en dos hijos míos, ¡Bien conservo la nobleza que heredé de mis pasados! Ah, si tan dichoso fuera que tan fuerte sentimiento esforzara mi flaqueza, qué hubiera hecho en los dos! mas aunque tengo la pena, tuve la culpa ¡ay de mí! en que ellos infames :sean. Aprendió mi injusta hija sus mujeriles flaquezas de una madre que la di que pienso que a ser estrella subió de la tierra al cielo; pues aunque de mí aprendiera mi hijo a perder su casa, no ha podido ser que aprenda a perder su honor; pues ¿cómo es posible que suceda el dejar ella mi casa para afrentarme en la ajena, y él pudo ser, pudo ser que volviese de la guerra a ser infame a los ojos de mi Rey? Cosas son estas que haré, pues el corazón en el pecho me revienta. Don Alonso, atreveraste a aqueste costal de tierra vaya contigo a Madrid? ¿Por qué no? Sin mis promesas, tus lástimas me obligaran. Pues llévame donde veas que mis hijos en ser malos no es posible que parezcan sino a. mi fortuna sola, Vamos. Vanos, pues me llevan de mi corazón las alas, aunque la vida me dejan, ¿Es este el puesto? Sí es. Prosigue; porque no venga cuando yo lugar no tenga de aconsejarte. Oye, pues. El tal hombre, que tenía buena edad y bien nacido, en el talle, en el vestido y en el trato parecía prójimo de una señora, las partes me encareció, tanto que me aseguró que no tiene igual agora en la Corte, y que sea tal por mis partes y opinión tiene por mí el corazón de enamorado mortal, y que era cierto mi estrella mejorar la suerte mía si a ir con él me atrevía donde la viese sin verla, donde a oscuras la gozase quiso decir, y añadió que fuese tan solo yo, que aun mis ojos no llevase para inquirir calle y puerta de su casa. En fin, quedamos que en la esquina donde estamos lo esperase; mas dispierta después la imaginación en mí, no he querido hacer cosa alguna sin tener tu consejo y tu opinión. Tarde te hallé y prevenido de a este puesto no faltar, no te acabé de contar hasta en él lo que l:as sabido. Es un piélago sin cabo la corte, cosa es terrible, y esta agora no es posible dejar de llevarla al cabo. Don Luis, mi grande amigo, llegó agora y está allí; los dos iremos tras ti y moriremos contigo si se te ofrece ocasión. Esto fíalo de mí, por Dios santo. Esos en ti vanos juramentos son, tras merced tan recibida y amistad tan confirmada. Pues don Juan, ya que mi espada tiene a su cargo tu vida. en fe de tan ciego amor ve siguiendo tu ventura, que más carece aventura de Amadís u de Galaor. Pasos siento; escóndete por que juntos no nos vea. Cosas hay que a quien las crea ha de sobrarle la fe. ¿Sois don Juan S í soy. Venid Con buena vista guiad. Lo que os importa escuchad. Lo que me importa decid Vanse. Pisamos quedo. ¿No ves? Con trabajo, que es oscura la noche. Fuera ventura tener ojos en los pies. Mucho tarda, ; ay Dios! i Qué ciega está la noche! Y yo vengo medrosa; entreabierta tengo la puerta. ¿Quién va? ¿Quién llega? El miedo debe de ser que me llega al corazón. Pero no; dos hombres son. Esta seña hemos de hacer. Ce, ce. ¿A quién digo' ¿Es Cristina? Es vuestra flema; acabad. Dudoso estoy. Ea, entrad. Yo voy delante. Camina. Vengo ciego, ¡ay Dios! ¿qué vi de mi casa, cosa es cierta, no es esta la falsa puerta, ya tan falsa para mí? ¿si mis ojos se engañaron? Llegaré. Don Luis, ¿no ves? ¿es la puerta? Di, ¿no es por donde los dos entraron? Sí, señor. Pues, Cielo santo, ¿qué haré de mi honor, qué haré? mas si le pierdo, ¿por qué, por qué me detengo tanto? Por la puerta principal de mi casa iré a saber si fuese en otra mujer mi afrenta menos mortal; mas si mi hermana la aumenta pagaranme su maldad, que no ha de haber amistad donde hay ocasión de afrenta. Pisando esta sombra voy de un cabello el alma asida; determineme atrevida, pero ya cobarde estoy. si adivina este temor algún mal? Temblando llego. ¡Ay, Dios, v qué amor tan ciego!, pero por eso es amor. Sígueme con tiento a mí asido. Ya pasos siento. ¿Dónde voy? Mi atrevimiento culpo ya. ¿No vienes? sí. Ni es mucho el ser atrevido para quien lo sabe ser; pero serlo sin saber la causa, locura ha sido. Ce, ¿oyes ? Ya es provechosa la oscuridad, que antes era horrible; pues si me viera muriera de vergonzosa. ¿Dónde estás? Fuera de mí. Por el olor te he buscado como podenco. Extremado es, ¡vive el cielo! Eso sí ; ello es de Dios, pues topé tan presto en tal ocasión con las dos manos, que son tan buenas para una fe. Y esta, sin duda, es mejor para ponerla en mi boca. Diversamente estoy loca entre recelo y amor. Ya espera el otro sentido que tan dichoso le hagáis. Responded. ¿Por qué no habláis? Porque he dudado y tenido ser en la voz conocida Ay, señora! Grande estruendo hay en casa. Prevenido me estoy ya. Yo soy, perdida. Romped esas puertas presto; deshacedlas, derribadlas. Vuelve a salirte, señor; mas también está tomada esta puerta. Será el Conde, de quien fío que la haga pedazos para salirme y si no, yo tengo espada. Luces entran, ¡ay de mí! Quiero, pues soy desdichada, no defenderme la vida, sino encubrirme la cara. Entrad, matadlos, llegad; muera, muera quien me agravia, Conde ¡ay, Cielo! Conde, Conde, ¿así cumples la palabra de defenderme la vida y a lo que me debes faltas? Tienes razón. Tu ignorancia. me da voces en el alma. Matadle, ya te defiendo. ¿Por qué a defenderle pasas. y que le matemos dices? Porque me pide esta causa dos efectos: es el uno. aunque sea por desgracia y no por culpa, el matar a quien ofenderme trata, y es el otro el defender a quien le di la palabra de defenderle, y así en una misma distancia digo a voces que le maten: pero en viendo que le matan, le defiendo peleando con las fortunas contrarias. Pues, Conde, ¿yo te ofendí por culpas ni por desgracias? ¿Qué dices? ¿Sabes, don Juan, con quién estuviste? Aguarda: verás la razón que tengo. Quita la toca, ¡ah, villana!; ¿agora vergüenza tienes? Mejor fuera anticiparla a estas desdichas. ¡Ay, triste Mátame; mas no me hagas esta afrenta, hermano, por Dios. quita, acaba. Válgame el cielo, señor. si fue culpa o ignorancia el yerro que cometí, tú lo sabes. Cosa es llana que si pensara ofenderte yo mismo no te llamara a que tus ofensas vieras. Fuerza tienen tus palabras, tu razón y tu amistad con más fuerza en mis entrañas, y así me contento agora coa la sangre derramada desta enemiga. Ay, don Juan! ¡Ay, hermano!, ¿ansí me tratas ? Señor, escucha, y pues sabes obligaciones honradas a qué obligan; considera que aunque sin culpa soy causa desta muerte que procuras y que en rigor me tocaba el defender esta vida; pues, Conde, si cuando acabas de dármela a mí, me quitas la reputación, más falsa hará en mí y será la tuya menos generosa hazaña; mas si el honor te instimula y a matarla te abalanzas, a mí me mata también, porque si a los dos no matas, aunque a costa de mi vida, que sin honra tengo en nada, tendré yo entera opinión y tú cumplida venganza. Muchas dudas se me ofrecen; pero bien consideradas, se aciertan mejor las cosas. Don Juan, mi amistad es tanta y tan grande tu valor, que me da mis esperanzas. A mi acuerdo las remito, y entre tanto esté mi hermana adonde la ponga yo, pendiente en mi confianza tu reputación, don Juan, mientras la mía no halla lugar seguro, conmigo te ven. Donde me deshaga en llanto. Ah, honor!, quien te puso en mujer, sin juicio estaba. ¡Qué buena estuviera yo si debajo de la cama escondida no estuviera ¿Quién vio cosas tan extrañas? si esto pueden ocasiones, ¿quién de peligros se escapa?
JORNADA TERCERA
si el que es verdadero amante a morir de penas viene cuando en el cuidado tiene la esperanza vigilante, yo en los aires abrazada ¿cuál estaré?, ¿cuál estoy?, que espero y amante soy verdadera y desdichada. Cuatro días ha que el Conde no me ve, y esta tardanza vanamente a la esperanza que medio me corresponde más sería, ¡ay, Cielo santo! una fe que entonces loca pudo sacar de su boca con la fuerza de su llanta; y agora reconocida llego al arrepentimiento y con el menor aliento bastó dejarla rompida. ¡Ay de mí! Sobresaltado vuelve ya este honrado viejo de quien me advierte el consejo, y me consuela el cuidado, ¿Qué hay, Urbán? Gran mal, señora. Hija, el Conde te engañó; de mí agora se sirvió para que llamase agora a quien para dar efeto a su casamiento viene adonde licencia tiene para casarse en secreto ¿Sabes la hora? Sabrela. Ay, desdichada; ay de mí! El agravio no sentí como siento la cautela, que son dos veces agravios los agravios a traición. Terribles mis penas son. El alma tengo en los labios, y estoy por echarme al cuello un lazo. ¿Hay tal desventura? Ten respeto a tu hermosura. No maltrates tu cabello. Con uno solo pudiera ahogarme. Oye, señora. Déjame, que una traidora esperanza, desespera. Déjame, que, aunque son sabios, en mi mal, que es infinito, ya tus consejos no admito, vencidos de mis agravios. Ya sin respetos humanos que impidan esta esperanza en mi razón mi venganza fiaré, si no en mis manos. Ah, traidor, sin pretenderla dar palabra, persuadirla, y no solo no cumplida, pero engañando romperla. No es sufrible, estoy perdida. Tú, amigo, en esta ocasión ¿no esforzarás mi razón? Con el alma y con 'a vida. Pues, alto, ¡viven los cielos! Pues tan mal me corresponde, que he de vengar en el Conde mis afrentas y mis celos. Ya, cruel, pues que me dejas burlada, ofendida y loca, si no basta por mi boca el veneno ele mis quejas, bastarán con los enojos de mi honor mal satisfecho rayos que fulmina el pecho para arrojar por los ojos; pues no ha menester espada para vengarse atrevida una mujer ofendida cuando se atreve arrojada. Ven, Urbán, y harete ver quién soy. En todo podrás mandarme. Ven y verás que no en todo soy mujer. ¿Llamástele? Y allí viene. Sabio consejo he tomado. El ver que aquí me has llamado algo dudoso me tiene. Dejadnos solos; andad. ¡Resolución peregrina! Aunque entre sombras camina, no desmaya la amistad. Supuesta que sabe Dios, y yo en mis obras lo apruebo, que esta vida que te debo, don Juan, nos sirve a los dos; y supuesto que ha venido mi amistad a tal estado que te estoy más inclinado que te estuve agradecido, pues un suceso en mi casa has visto, una ofensa, un daño, que admira más por extraño que por afrentoso abrasa, y que yo con tal ceguera mi cólera satisfice, que más público le hice para que más me ofendiera, aconséjame. ¿A qué estoy obligado? ¿Qué he de hacer, don Juan? Y para saber cuán grande tu amigo soy, mayor fineza no esperes de que siendo tú quien dio causa a mi agravio, hacer yo en él lo que tú dijeres. Haz cuenta que mi persona eres tú y yo soy la tuya. Aconséjame. Aunque huya de lo que mandas, perdona. Como aunque más obligado tanto podré aconsejarte sin que en esto que soy parte no parezca apasionado; si tú, porque causa lie sido, quieres que yo heroicamente lave con sangre inocente la culpa que te ha ofendido, y otra vez te la ofreció este pecho y fía de mí que todo lo haré por ti, pero aconsejarte, no; pues cuanto más tu caudal me obliga con ese extremo con tantas más culpas temo el aconsejarte mal, Don Juan, con poca razón te excusas, siendo verdad que es dudar en tu amistad el recelar tu pasión; pues si fuera lo que en mí habiendo de apasionarte antes fuera por mi parte que por la tuya. Es ansí; pero aun siendo mi pasión por parte tuya, el dudar el consejo y aun el dar excusa al dalle es razón, pues podía no acertarle también por eso. Es verdad. No es dudar una amistad la excusa que tengo a dalle; según eso, antes de modo levantada la contemplo que pueda servir de ejemplo. Dices bien; pero, con todo, de esas excusas te deja, pues de más de eso he pensado que da el consejo acertado el que dudoso aconseja; y así le quiero de ti, que tanto agora lo estás; pero si no me le das, piensa, don Juan, oye. Di. Que he de quedar afligido descontento y enojado, Mi respeto has obligado y mi voluntad vencido. Lo que me mandas liaré; mas, pues tu amistad me obliga con tal fuerza a que te diga lo que siento y lo que sé, y esto mi disculpa abona el ver cuán claro te digo lo que siento como amigo, como culpado perdona, porque pienso que es error en mengua de la amistad el no dar con claridad consejo que pide honor; y así digo que si a mí lo que a ti me sucediera y en el estado me viera que te ves... No dudes, di. Siendo el tal, por quien mi hermana fue liviana, principal como yo y de ser mi igual me diera prueba tan llana, por marido se la diera para que así fuera honrosa culpa que con otra cosa no es posible que lo fuera. Esto afirmo y esto sé y, en lo que te digo, no hay más falta que el ser yo en cuyo favor juzgué. Dame los brazos, don Juan, y porque veas y esperes que nuestros dos pareceres siempre uno solo serán, verás que en ti y en mi hermana pongo un lazo en cada cuello, pues ya tengo para hacerlo licencia. A tan soberana merced callando a tus pies mejor respuesta te doy. ¿Qué haces? Alegre estoy de que tan contento estés, ¡Hola! A mi hermana le di que venga, ¡Extraña ventura! Oyes, en llegando el cura avísame Harelo así, ¡Notables mis dichas son! Pues tendré esposa tan bella sin que me cueste el tenerla una adarme de opinión. ¿ Contento estás con tu suerte, don Juan? Y tan bien pagado, que de contento turbado aún no acierto a responderte. Por la posta llegó agora un soldado, apeose y dice que quiere hablar con don Juan; que se aguardase le dije, replicó que era su alférez y que por puntos le avise, que le va en ello el honor. Cuidado te pone, dile que entre, ¡Válganme los Cielos Tras esta gloria, ¿es posible haber fortuna contraria que del alma me la quite? Luego saldrás de cuidado, y por Dios, que me le diste con el que muestras. Un gusto, no es mucho que facilite el recelo de un pesar, ¿Alférez? Señor, Decidme ¿a qué venís Como en Flandes tú me mandaste al partirte que si para ti llegasen cartas de España en el ínter que tú faltabas, que yo las abriese, y me dijistes que me alumbrase con ellas de las cosas que consisten en los negocios de allá para después remitirte con el ordinario el pliego a esta corte, y así lo hice; pero cuando abrí, señor, ésta, mira lo que dice, verás si tengo razón de traértela y venirme si pudiera por el aire como por la tierra vine, ¡válgame el cielo! Estas canas ¿qué me anuncian, que me afligen? ¡Con qué latidos el pecho las celebra y las recibe! De mi padre son las letras desta firma que me dicen las que también, cosa es nueva, de su propia mano escribe, ¿Qué tiene don Juan? ¿Qué causas son tan grandes que le obliguen a que ha perdido el color, como en tierra poco firme temblando aunque se componga no desimule y suspire mirando al papel y al cielo? ¡será un dolor terrible! ¿Que el Conde afrentó a mi padre? ¡Quién pudiera prevenirse contra desdicha, en la cual tales contrarios compiten! ¡Qué bien logrado deseo! ¡Qué suceso tan felice! Bien haya quien la fortuna con atrevimientos mide, Don Juan, ¿qué tenéis? ¡Ay, cielo! Conde, que, si, estoy... ¿Qué dices? Siendo tan uno los dos, ¿no merezco que me pinten esas letras en el alma por los ojos, lo que impide en la tuya? No, por, ¡oh, cielo! Qué dudas me persiguen! ¿Qué pudo turbarte tanto? Don Juan, ¿qué tienes? Ay, triste! ¿Qué puede ser? Dilo. Conde, para después lo remite. Traidor Conde, caballero villano. Di ¿a qué veniste, desesperada en tu engaño? ¿Es ilusión? A decirte que a mi padre me afrentaste y contigo me trajiste para augmentar sus afrentas... Ciega está. y a que imagines que has de pagar con la vida la palabra que me diste, Hija soy de don Rodrigo de Guzmán, Para que afirme que es ella. Y para vengarme del agravio que me hiciste, en Flandes tengo un hermano. ¿Qué haré, cielos? ¿Qué te afliges? ¿De quién te quejas? De ti, que te casas. Tú recibes engaito, que quien se casa con mi hermana, ¿no lo viste?, don Juan de Guevara es. ¡Qué desalumbrada vine! Este es mi hermano, ¡ay de mí! Di que en un punto perdiste todo el color. De corrida el rostro quiero encubrirme. ¿Qué haré? ¡Desdichas grandes cautela y cordura piden! Atónita me han dejado. Pues disimula, permite que haga otro tanto yo. Hermana, llega; recibe y consuela esta señora, pues que ya quien es supiste. Harelo de buena gana. El cura espera, para entrar, a que te avisen. Tiempo es ya de suspender los pesares, si es que admites con el gusto que mostrabas el que en mi hermana recibes. ¿Quién se ha visto tan dichoso como yo? si me permites un breve espacio, en que venza ciertas dudas que me afligen, verás en mi poca suerte los mayores imposibles. A tan poca cortesía el responderte, con irme pienso que será mejor; pero volveré a que mires más cortés nuestra amistad. ¡Qué bien sus ojos me dicen que desdichas y no culpas en su corazón resisten! Al ser tan dichoso sabio temblando voy de que miren afrentas mías los ojos que como suyos los miden. Cosas he visto en un punto que parecen imposibles. Como de hielo he quedado. No me atreviera a decirle ni una palabra hasta ver lo que a mi espada le pide. ¿Qué me sucede? ¿Qué vi, cuando encima de la luna creí estar? ¡Ah. vil fortuna! tan mudable para mí. ¿A qué discursos tan varios en un punto me obligó? ¿Quién me ve y quién se vio entre tan grandes contrarios tan dichoso como yo? Al Conde debo amistades que no las vieron mayores los antiguos moradores del mundo en las tres edades. Demás de que ha podido tanto su valor colmado que obligado más que por agradecido le quiero por inclinado. A su hermana tengo amor, adorando su hermosura tal, que solo mi ventura creí que fuera mayor. Ay, cielos!, y es ya mi esposa, al menos serlo pudiera, si no fuera mi dicha menos piadosa que mi desdicha ligera. Por otra parte, infinita desgracia; el Conde, en rigor, me debe solo el honor a mí que a mi hermana quita. Como mujer ordinaria la trató, y hermana es mía, ¡Ah, suerte impía! ¡Qué obligación tan contraria a las que yo le debía! Pues ¿qué será este papel, esta afrenta, estas razones, cuando más obligaciones que letras contemplo en él. Y las afrentas feroces De estas canas, ¿qué serán.? Cuando me dan tanto fuego, tantas voces, en el alma, ¿dótale están? Mucho pesa esta balanza el amistad, y el valor me perdone, pues mi honor pide sangre mi venganza. No tengo más que dudar. lías ¿tan de piedra he de ser? ¿Qué he de hacer? ¿A un amigo he de matar? ¿A un ángel he de perder? Cosa es fuerte! ¿Quién podrá ponerla en ejecución? Pero perder la opinión y la honra, ¿qué será? Ah, fortuna, en qué me pones. ¿Qué inclemencia te obligó? ¿Quién se vio entre tantas confusiones tan dudoso como yo? Señor don Juan de Guevara, ya conoceréis quién soy. Sí, sí. Esperándoos estoy, cuerpo a cuerpo y cara a cara, a la espalda del convento de San Jerónimo. Andad. Qué variedad de cosas al pensamiento le escurecen la verdad! ¿Qué es esto? mas es forzoso el resolverme arrojado. En un pensamiento he dado que no es malo si es dichoso. Deste libro he de arrancar una hoja y escribir esto al Conde. Presumir no puedo en qué han de parar estas cosas que mirando como embelesado estoy, ¿Qué es del Alférez? Estoy en que servirte esperando, "Tras el convento te espero de San Jerónimo, Conde; donde quiero hablarte y donde pedirte un consejo quiero." Esto basta al ser verdad; esto da al Conde, y para entrar donde está pide lugar si es que tan presto no sale. Yo lo haré. si mi enemigo en aquel puesto me mata habrá mi fortuna ingrata resuéltose ya conmigo; y si el que mato a ser vengo, con el Conde he de tratar más presto en aquel lugar lo que imaginado tengo; que así, quien está quejoso de que siempre es desdichado, se arroja desesperado a cuanto emprende dudoso. si es que tarda, yo le ofrezco a mi cólera licencia. mas ya sale, la paciencia que perdiera le agradezco. No sé qué deba juzgar De estas cosas, por saber cómo las debo entender para poderlas llevar. Esto me dio para ti mi capitán. ¿fuese? Estoy sin mí Yo agora no soy de ningún provecho aquí. Vaso. ¿A mí me llama don Juan al campo? i Cielos divinos! No entiendo por qué caminos sus resoluciones van. ¿Cuándo por mí tiene un puesto de cuyo valor se ufana, cuando le doy a mi hermana, me desafía? ¿Qué es esto? No es sin misterio, pues él es tan noble y tan mi amigo que ha procedido conmigo del modo que yo con él, Mas, ¿por qué esta duda mía el tiempo me hace perder, pues tan presto podré ver el por qué me desafía? Siendo verdad que el que tiene quien en el campo le llama tanto pierde de su fama cuanto sus pasos detiene. Quitad allá esa litera y dejadme solo, anclad; que aunque es pesada mi edad en efeto es compañera de muchos años, y no ha menester quien le acierte el camino de la muerte, que es solo el que busco yo, y pienso ya que le hallé también yo ~de haber venido en la litera tendido, que apenas me tengo en pie. Todo el tiempo lo ha trocado. Cuando rico y mozo estaba con mejores pies pisaba este sitio y este prado; con otras fuerzas solía reventar aquí un caballo; pero ya cuando me hallo al fin de la vida mía, mis hijos me traen ansí. ¡Ay, hijos! ¿Quién os desea? pero ansí veré quien sea un hombre que viene allí. Algo le habrá sucedido a don Alonso... Él es, sí. .pues le toca antes que a mí el venir y no ha venido. ¡Bien la guerra le ha probado! Galán viene. ¡Ah, cuánto fuera yo dichoso, si le viera menos rico y más honrado! Allí está un hombre embozado, de frío debe de ser, que es viejo. Quiero saber si de ha visto ¡Ah, hombre honrado! Pluguiera a. Dios que lo fuera! ¿Habéis visto un caballero por aquí... De pena muero, .de quien yo saber quisiera? ¿Es el que os desafió? Pues le conocéis, decí si le habéis visto. Sí, sí; sí lo he visto, pues soy yo, ¡Padre! Siendo tu enemigo, mal ese nombre me das. ¿ Por qué? Agora lo verás cuando te mates conmigo, pues me has muerto con afrentas. ¡Yo, señor! Calla. ¿Por qué? No repliques. No hablaré. ¿Que mi sentimiento augmentan? Bien tu altivo pensamiento se ha perdido entre las nubes. ¡Por buena escalera subes! ¡Bien cumples el juramento! Bueno vienes de la guerra, a mis ojos bien probaste, bien tu soberbia apoyaste, para tenerla en tu tierra. La hija de un mercader, aunque con menos nobleza, con honor y con limpieza de sangre, viniera a ser caída menos villana que por hacienda y favor haber vendido el honor de tu padre y de tu hermana, Ah, infame! i Mal caballero! ¿Tú eres mi hijo? No esperes serlo más; que no lo eres probarte en el campo quiero. Saca la espada, y sin ella vengo yo, porque en rigor contra un hombre sin honor es casi mengua el traerla, pues para darle la muerte y atropellarle yo se que sobra un palo, aunque esté en mano tan poco fuerte. Padre, engañado veniste. Ea, u darete, cruel, en la cabeza con él. Harto en el alma me diste. Toma, pero tú, villano, tan desalumbrado estás, que aun palos no sentirás aunque sean de otra mano. Padre, para que se vea que ofendiste mi opinión, escúchame una razón ¿Cuál dirás que buena sea? Por saber si degenero de quién soy, y, si he mostrado en razón de ser honrado lo que valgo y lo que puedo, mira mejor, considera cuánta mi obediencia ha sido, que aquí injurias te he sufrido y hasta palos te sufriera; y luego, piensa q.ie aquí te matara, el seso a oscuras, ¡vive Dios! si me aseguras que eso creíste de mí, ¿Yo infame? Mintió, mintió quien tal dijo, y tú has de ver que es honra tuya el tener, padre, un hijo como yo. Por inorante habré dado alguna vez ocasión de dudar en mi opinión, pero nunca por culpado, Oye el cómo; pero ver lo podrás, aquí te esconde tras esta margen, que el Conde viene allí. Quiérolo hacer ya con menos pesadumbre, pues en ti me desengaño; en los hombres ya el engaño es de los tiempos costumbre Sale el CONDE. No me puedo persuadir. ¿Culpa en don Juan, que es mi amigo? El mejor camino sigo, si es que le acierto a seguir. Ya, don Juan, estoy aquí más suspenso que medroso. De tu pecho valeroso yo lo creo, Escucha. Di. Pero lee este papel primero y mira. ¡Ah, don Juan de Guevara! Dicho han presto lo que viene en él estas canas. ¡Infelice suceso! Ya yo pensaba que don Juan nos obligaba sin causa grande. Así dice: "El Conde de Selmar, tras de ofendernos en el honor de tu hermana, me afrentó a mí, arrancándome esas canas. No serás hijo mío si no las tiñes con sangre suya. Don Rodrigo de Guzmán.', Supuesto que sabe Dios que desde el primer día que te vi, esta vida mía nos sirve, Conde, a los dos, y supuesto las mercedes hecho y honras grandes que me has tales que en tu heroico pecho solo tú medirlas puedes, y supuesto que me das a tu hermana por esposa, que tras esto no habrá cosa con qué encarecerlas más, y supuesto que ignorando esta infelice verdad en los dos nuestra amistad fue creciendo y fui! obligando, si estas canas que arrancaste son de mi padre, y mi hermana es la ofendida liviana que de su casa sacaste, pues que tú en otra ocasión casi semejante a esta quisiste que en mi respuesta declarase mi opinión para que en tales sucesos caigan iguales balanzas y nuestras dos confianzas merezcan iguales pesos, aconséjame. ¿A qué estoy obligado? :Qué he de hacer, di, Conde, para saber cuán grande tu amigo soy? Mayor fineza no esperes de que, siendo tú el cine dio causa a mi agravio, hacer yo en él lo que tú dijeres. Haz cuenta que mi persona eres tú, y yo soy la tuya, y aconséjame. Aunque huya de esa razón, no me abona para excusarme, pues fuera contradecirme a mí mismo; pero estoy en un abismo de confusiones. Espera y un rato lo pensaré, pues querría por pagarte tu consejo aconsejarte lo que siento y lo que sé. El Cielo ponga en tus labios lo que yo de ti colijo. Ya por lo menos mi hijo no es cómplice en mis agravios, Don Juan, con todo el rigor te aconsejo, por quitarme de que imagines de mí que por ser como fui parte me encamino a la piedad, pues hay dañosas piedades. Obligado estás, y aun yo lo estoy, pues que me sacaste al campo, a que las espadas hagan riguroso el trance. Perdone nuestra amistad donde más las honras valen que las vidas. Esto siento y esto digo. En eso haces como tan gran caballero; Pero ¿aspiraré a matarte, cuando me obligas? i Ah, honra, cuánto cuestas, cuánto vales! Mete mano. La intención que me encamina me vale. ;Por qué la espada retiras? ¿No te defiendes? ¿Qué haces? Pues a tu contrario acusas errando pudieras vengarte, ¿a qué aspiras? Ya te entiendo, Conde; tu valor es grande. ¿Qué más pretendes? Pretendo, en cuanto pueda, pagarle lo que le debo a mi honor, y junto con esforzarme, querría poder yo menos para que tú me matases y no te matase yo. Sigue tu venganza; dame, pues franco te doy el pecho, en él heridas mortales. v. Sin que te defiendas, Conde, no lo haré, aunque me obligase a vivir entre los montes. Pues has podido matarme y no me matas, escucha. Ya pienso, don Juan, que sabes por qué el no tomar venganza hacen los hombres infames, que es porque se presupone que al ofendido le falte valor para ejecutarla, porque no puede u no sabe. Pues si a un hombre de opinión siguiéndole los alcances, la ocasión, le previniese extremos que le obligasen a fundarse en la piedad por precisos y por grandes y no matarse pudiendo ¿no sería disparate decir que le farta honor o que dejó de cobarde siendo un afecto generoso tan digno de celebrarse? Harto te he dicho, don Juan. Plega al Cielo que te baste. ¡Notable ingenio y valor! Quisiera comunicarle con mi padre. Es un extremo, por ingenioso, admirable. ¿Parece que estás dudoso? Para que lo pienses, darte quiero lugar en mi casa; si te resuelves, buscarme podrás, y podrás también, como es razón, obligarme a que te dé en lo demás satisfacciones bastantes. El noble trato del Conde ha podido enamorarme cuanto y más satisfacerme. ¡Hijo, hijo! Padre, padre, tu resolución espero ¿Qué he de hacer? Que no te aplaquen doradas satisfacciones. ¿Qué haré, pues? ¿Atreveraste a seguirme y a ponerme en casa del Conde y darme favor allí con tu espada? ¿Eso me dices? Pues parte; busquemos a don Alonso. Sígueme, Tus ceguedades en nuevas dudas me ponen. Plegue al Cielo que me acaben. ¿Es posible? ¿Cómo ? ¿Quién te lo ha dicho? ¿Que esto pasa? Público está en esta casa y en esta Corte también. ¿Que don Juan desafió a mi hermano? Sí, señora, Quísolo mi suerte, ahora para que lo pierda yo; mas con todo, no lo creo. Doña Elvira viene allí. Señora mía, lo que se dice escuchad. Que mi desdicha sería, señora. Sin duda es la causa mi poca suerte. Para servirte y valerte alas me puse en los pies; pero no te pude hablar. Don Luis, yo te lo creo porque ese tu buen deseo que se dice en el lugar. ¡Hermano! ¡Conde, señor! En ocasión semejante un enano es un gigante. Muertos nos tiene el temor. Pues perderle por tu vida porque imaginado ha sido todo cuanto ha sucedido. Con todo, es traza perdida hasta verme más sigura. Luego, hermana, lo estarás. Incierta estoy, ¿Dónde vas? A llorar mi desventura. ¿Eslo, señora, el ser mía? si he de serlo como es justo, dicha es grande. De mi gusto allí mi amor te confirme. Estad todos con cuidado y haced lo que os digo yo. Mi desdicha te obligó a venir tan arrojado, pues con razón mal fundada viene ahora. Es bravo el viejo. Válgame con el consejo y valdrele con la espada, Señor Conde de Belmar, ¿conoceisme? Reconozco haberte visto otra vez. ¡Ay de mí, cielos piadosos! ¡Muerta soy! Este es mi padre. Don Juan es aquél, y el rostro Trae sin color, ¡ay, triste! Desde que volví los ojos y vi a don Juan, imagino quién eres, y me dispongo por si algún atrevimiento pudo nacer de su enojo. Don Rodrigo de Guzmán soy, Conde, sépanlo todos, a quien le hiciste un agravio atrevido y riguroso; mas hoy te he visto en campaña, testigos los cielos solos, hacer con don Juan, mi hijo, un hecho el más generoso que en las antiguas edades vieron los humanos ojos; después supe de clon Juan, en breve mama, los modos de tu trato señoril y agradecimiento heroico; y con esto, aunque no fueran para mi honor tan a colmo las satisfacciones tuyas llamar a mi agravio honroso, solo por ser de la mano de quien es extremo en todo, y ansí me arrojo a los pies, señor, y en tus manos pongo mi honra y la de mis hijos. A esas razones respondo, después de darte los brazos, con dar la mano de esposo a tu hija, que es mi cielo. Yo la recibo y la adoro. Y don Juan haga lo mismo con doña Hipólita. Solo con su valor hay extremos y yo soy el más dichoso del mundo. Gracias al cielo, que así mis deseos logro. Agora venga la muerte cuando merezco este gozo. Aquí la comedia acaba; y yo, cuando el auditorio me diga a voces si es buena, dejaré de estar dudoso.
