Texto digital de Callar siempre es lo mejor
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Velasco, Adrián. Texto digital de Callar siempre es lo mejor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/callar-siempre-es-lo-mejor.

CALLAR SIEMPRE ES LO MEJOR
JORNADA PRIMERA
Hermoso dueño mío. a quien leyes construye mi albedrio, Irlanda se ha alterado, que el Atlante fue siempre de este Estado. Abreviando el camino ir a Irlanda en persona determino, que su intención Infante arraigándose más, crece gigante, A rebelión formado es preciso que Júpiter airado con prolija porfía a rayos los fulmine la osadía. Eso escuso prudente, aquietarlos partiendo diligente, como padre me muevo, la enmienda y no el castigo les deseo. Y así, yendo en persona, esta Provincia gano a mi Corona, pues si surtiendo efeto acaso le reduce mi respeto; del modo que he juzgado el no haberla perdido habré ganado. Fuera grande imprudencia si estorbar pretendiera aquesta ausencia; la isla alborotada; pero no el ser precisa la jornada (según su fundamento) quitar puede a mi amor el sentimiento. Si bien había juzgado para la reducción de aqueste Estado, fuera Enrique bastante Príncipe, que empezando a ser atlante de aqueste firmamento, renuevo heroico es de vuestro aliento. Confieso que la fama para aplauso mayor el nombre aclama de Enrique y que podía castigar su valor su rebeldía procediendo discreto; si bien para rendir a mi precepto el cuello inobediente, más maña que valor es conveniente; y así es razón que asista más a su reducción, que a su conquista. Fuera, de que la muerte de Teobaldo Irlandés, en que se advierte el Príncipe culpado, dejo a parte si fue justificado suceso tan violento, estorbo puede ser de nuestro intento. Y así tengo elegido quede en Londres el Príncipe, advertido que leal y obediente a serviros se queda solamente. Teobaldo era mi hermano abrigando en el alma estoy, tirano, un áspid en tal suerte, hasta haber la venganza de su muerte. Ya que el valor no pueda, a la industria sagaz se le conceda ver el fin deseado, al Príncipe agresor he reparado. Verme vengado espero ofreciendo ocasión en que el acero con una civil guerra inunde de coral a Ingalaterra. Señor, aunque mi aliento (dotrinado en el bélico instrumento) mas seguir aperciba el escudo de Palas, que la oliva; atento y cuidadoso por quedar a servir, quedo gustoso. Atención tan modesta solo tiene en mis brazos la respuesta. Antes, pues, de partirte una merced, señor, quiero pedirte. Pasa Enrique adelante. Alcayde de Palacio murió Albante, ningún hijo ha dejado, conmigo Federico se ha criado; y así, señor, suplico que des aquesta plaza a Federico. Solo a la Reina puedes hacer servicios y pedir mercedes; mientras dura la guerra ella sola gobierna a Ingalaterra. Eso supuesto, agora suplicaré a la Reina mi señora le honre con la plaza. Obedeceros mi fortuna traza. con puntual asistencia. Estimo que con tal correspondencia los dos (oh, amada esposa) hagáis aquesta edad tan venturosa. Y yo feliz y ufano, mirando que favor tan soberano honras tantas encierra humilde a vuestros pies beso la tierra. Para tan gran belleza, oh qué impropia en su edad es la fineza de lazo tan prolijo cuánto mejor el Príncipe su hijo feliz la merecía. Viendo en el uno renacer el día, y en otra el Sol poniente, bien puede, Bretón, ser más conveniente este lazo amoroso; pero no puede ser que sea gustoso. Tú amigo Alberto, intento sostituyas del Príncipe el aliento en aquesta jornada. Quién fuera, sino yo tan desdichada? Que soy tu hechura, digo. A Ingalaterra, a solo ser mi amigo vienes, heroico Alberto. Veneno en sus razones ha encubierto. Por mi deudo te estimo. Y yo por las mercedes de mi primo tus pies Reales beso. De todo aqueste gusto que confieso, con los dos amoroso, cuando a Blanca su hermana la desposo veréis señal más cierta. Solo puede el silencio (yo estoy muerta con golpe tan tirano) agradecer favor tan soberano. Como a Blanca la veo, que es poderoso imán de mi deseo, no puede mi firmeza apartar la atención de su belleza. De blanca, Enrique amante no ha quitado los ojos un instante, cierto mi asombro ha sido, todo un Etna en mi pecho se ha encendido. Alberto no me mira, atiende a Enrique y infeliz suspira con muestras de enojado todo un Etna en el pecho se ha forjado. Ves que estás sin sentido. El corazón agora me han partido mal nacidos recelos. Por las señas conozco que son celos. Qué es Blanca tu tormento? Una inquietud mortal, que al pensamiento a morir le condena. Amor, por los indicios es tu pena. Ya para la partida segunda vez la seña nos convida, a Dios, Leonor, te queda. Mucho será que responderle pueda; la vida el cielo aumente a vuestra Majestad y brevemente con los dos más piadoso, a mis ojos le vuelva vitorioso, Aquí, Blanca, me espera, mientras siguiendo al Rey (oh, suerte fiera!) puedo volver a verte. Oh, lo que a un infeliz tarda la muerte! Permite, Blanca hermosa, preguntar de admirada ú de curiosa, quien causa tu mudanza, con el Rey logra Alberto en la privanza el puesto que merece. La Reina liberal te favorece como prima y amiga, no hay en Ingalaterra quien consiga las gracias que he notado. Al Príncipe no ves, que enamorado adora tu belleza, pues de qué nace, Blanca, tu tristeza? Si Alberto, esposo mío, (absoluto señor de mi albedrío) Sabes Nise y es llano, que es mi amante, aunque juzgan que es mi hermano si soy (oh suerte fiera!) hija sola del Duque de Baviera, si con fe de marido a Francia de Bohemia me ha traído en compañía tuya, si vengo con disfraz de hermana suya en los medios que yerra, a servir a Leonor a Ingalaterra. No me ha de dar cuido ver al Príncipe, Nise, tan prendado, que Alberto en sus desvelos, más agravios los juzga que no celos. Bien, que Enrique ignorante ablanda con suspiros un diamante, aunque en tal tiranía liberal ofrecía cuanto vía. Del oro que exagera el Idaspes sudando en la ribera, el Tajo en su corriente, el Pactolo en su vidro transparente: porque en igual violencia para poder rendirle mi sentencia es un átomo solo el Idaspes, el Tajo y el Pactolo. Enfrenando el sentimiento suspende el discurso agora, porque el Príncipe, señora, llega amante a este aposento. Y vendrá a ser infiel, cuando amante a Alberto espero del amor más verdadero, el escollo más cruel. Para explicar mi cuidado, niega, Blanca, tu violencia a los labios la licencia, aunque a los ojos la ha dado. No obstan, pues, mi cuidado, rompe el secreto atrevido, que es engaño conocido entender, Blanca, los dos, que a todo el poder de Dios ha de bastar un sentido. Si amarte con tal fineza es delito sin disculpa, el cielo me inclina, culpa al cielo de tu belleza. Está, Blanca mi firmeza violenta a mi voluntad, luego en tal riguridad por fuerza he de conocer que no te puedo ofender, pues no tengo libertad. Debate, pues, cuando firme amante llego a pintarme, si no al favor de escucharme, a lo menos el de oírme. Este agasajo confirme créditos de tu deidad, porque templar la crueldad que su desdén acaricia, ya que no sea de justicia, se me debe de piedad. Clicie de tus ojos bellos, en qué erraron mis antojos? habiendo visto tus ojos haberte abrasado en ellos. No Blanca con esconderlos hagas mi vida más breve, pues no ofende al Sol aleve en el ardor que acrisolo, quien se atreve al Sol, si solo para adorarle se atreve. De escucharos más no trato porque será indiscreción. agradecer la aflicción arriesgando mi recato. Ser puede (cosa es sabida, y bien experimentada) una mujer recatada sin ser desagradecida. Repara Blanca, que al gusto ninguno le ha puesto ley. Ya entiendo, que nunca un Rey puede más que lo que es justo, Que a eso se haya de extender, confesaré claramente, pero eso es solamente no lo que es, lo que ha de ser. Y será buena quimera quererme tan reportado, cuando me hallo desbocado en medio de la carrera. Ya conozco que es locura, mas que importa en igual trato, que me advierta tu recato, si me empeña tu hermosura? Cuando con tal aspereza soy de tus iras objecto, por ventura tu respeto es mejor que tu belleza? Claro es, que no puede ser; luego mi amor singular solo en dejarte de amar, no te puede obedecer. Sosegará la atención al despecho referido, si lo ves más advertido a la luz de la razón. Blanca, Blanca, yo te adoro, mas con fe, Blanca, tan pura, que aunque adoro tu hermosura no me atrevo a tu decoro. Prima eres de Leonor, deja la seguridad, que mayor desigualdad sabe ajustar el amor. Empiece a resucitar mi ventura casi muerta. Señor, vuestra Alteza advierta, que es muy publico lugar. A la esperanza camino si lo licito se ofrece. Este Príncipe parece descendiente de Tarquino. La vida el honor desprecia resuelto. Aquesta mujer imagino que ha de hacer la necedad de Lucrecia. Qué dices, cuando rendido intento darte la mano. Que Alberto es, señor, mi hermano, y que él me ha de dar marido. Feliz soy, pues mi cuidado amoroso lograré en volviendo Alberto. A fe que va muy bien despachado. De aquesta suerte pretendo su diligencia burlar. Aquí Blanca ha de esperar; pero que es lo que estoy viendo? Pues ya que mi amor alcanza posible, Blanca, el empleo, para lograr el deseo cuanto anhela la esperanza. Yo esperaré, si así muestro cuan constante es mi firmeza. Guarde Dios a vuestra Alteza Para ser esclavo vuestro. Qué cansada pretensión! Viven, ingrata, los cielos, ya que son ciertos mis celos, y infalible tu traición; que en agravios tan sabidos como infeliz estoy viendo, pues eres sirena huyendo me he de tapar los oídos. Que aunque el pesar es atroz, más leve tormento ordena el torcedor de mi pena, que el encanto de tu voz. El labio celoso atiza las llamas que había apagado, y con esto hemos echado el amor en la ceniza. No airado te precipites. Qué tengo de hacer celoso, si él confiesa que es tu esposo, y tú la lisonja admites? Si sabes que el honor mío depende de nuestro empeño, y que siendo ya mi dueño, lo eres de mi albedrio, para qué con sinrazones tu queja mi ahogo anuda? Una mujer que se muda no mira en obligaciones. Cuerdo el enojo repara hasta oírme. Eso es querer ingrata, que llegue a ver el desaire cara a cara. Los celos son sus recelos, el juicio le están quitando. Dices la verdad; mas cuándo no vuelven locos los celos? Sean grillos a tus enojos en tan crecidos agravios los suspiros de mis labios, las lágrimas de mis ojos. Ya me rindo, que el rigor me ha vencido de su encanto. Gracias a Dios, que a mi llanto le debo más que a mi amor. Que es ya cocodrilo, advierte y así habiendo deslizado en su llanto me ha alcanzado, De qué modo? De esta suerte. Con falso y cruel estilo (si por el camino siente pasajera alguna gente) engañoso el cocodrilo toma agua en la boca y fiero por adonde ha de pasar, la senda empieza a mojar del mayor deslizadero. Escóndese con aviso natural; y así en tal caso y en viéndolos cerca, al paso sale a ellos de improviso. Espántalos denodado, huyen de él, valos siguiendo, llegando al paso y cayendo en la senda que ha mojado, Deteniéndose, es forzoso les alcance su rigor: de aquesta suerte tu amor, (cocodrilo cauteloso) persiguiéndome enojado, cómo engañarme procura, a pesar de tu hermosura, peligro de mi cuidado, imitando sus despojos, de la manera que ves, para que caiga a mis pies ha echado el agua en tus ojos. de mi inocencia la luz turba el recelo molesto. Qué es esto Nise, qué es esto? eres por dicha arcaduz? Hallo aquí a Enrique y por que la da de esposo nombre, teme Alberto como hombre la venza como mujer. Aunque el oro no la ciega, bien que millones acuñe, y Alberto es galán que gruñe, Enrique es galán que ruega. Más no se ande regalando, que es disparate (a mi ver) desabrir una mujer, que la están galanteando. Aqueso, Nise, es error, que para mostrar que es el fino, sin interés pintan en cueros a Amor. Desnudo llega a advertirse, pero es para mostrar que le es forzoso buscar moneda para vestirse. Hoy verás que tu rigor te llega, Alberto, a engañar. El Rey empieza a marchar, despedido de Leonor; tu falta notan en fin, cómo con lealtad te sigo: pero lo que yo no digo avisa aqueste clarín. Bien advierte a mis antojos, pues me despierta su estruendo, cuando ya me iba rindiendo al hechizo de sus ojos. Huyamos, pues misterioso es antídoto a mi mal. Ay Nise, yo estoy mortal; que se ausenta y va celoso. Mira que el vulgo indiscreto culpa ya tu detención. Advierte, que tu pasión se atreve ya a tu respeto. Sosiega aquesos desvelos. De ese letargo despierta. que me culpas si estoy muerta? Qué admiras si voy con celos? qué infalible que es mi muerte? Sin juicio infelice estoy. En fin te vas? Y me voy para no volver a verte. Preciso es el sentimiento ausente el Rey, pues es fuerza que una unión tan venturosa a lo menos se suspenda. Ya que a quebrarse no llegue, mientras vuelve a Ingalaterra, pues al Sol se opone el tiempo con la nube de la ausencia. Más esto no ha de ser causa el que en los hilos de perlas todo el néctar de la Aurora desperdicie su belleza. Aunque el pesar es tan grande confieso que me le templan los favores que me hace repetidos vuestra Alteza. Gozando de ese, es forzoso que a suplicaros me atreva abreviéis a Federico la provisión de la fuerza. Haced que se haga despacho, que quiero que Ingalaterra la ejecución y el efecto en un mismo tiempo vea. Aquese es favor muy grande; y así con vuestra licencia voy por él. Oh, qué mal puede disimularse una pena! Adónde, Blanca, has estado? Pero qué nueva tristeza hace que el sol de tus ojos, o se turbe, o se obscurezca. Despedime de mi hermano y hallo yéndose a la guerra sin poderme hablar palabra en los ojos la respuesta. De un pesar adolecemos, si bien en tal inclemencia, Prima, en mi pecho la llama con más incendio se ceba. Por la plaza de Palacio pasó el Conde Alberto apenas, cuando corriendo en un coche ha dado a Palacio vuelta. Qué novedad habrá sido? El pues a esta cuadra llega, nos sacará de esta duda. Confuso el pecho se altera. Deme vuestra Majestad sus pies: ha tirana! Queda con salud el Rey? El cielo piadoso su vida aumenta. Pues refiere a lo que vienes. Que estemos solos es fuerza. Qué será esta prevención? Salíos todos allá fuera. Con obedecer respondo. Entre la gente que llega con memoriales, un hombre de no conocidas señas dio al Rey uno y el membrete vuestra Majestad me lea (tenía escrito) porque importa que este Reino no se pierda. A esta novedad, el Rey abre el papel; cuyas letras estaban más de veneno, que no de tinta compuestas. En él, al fin, le avisaban que Enrique, señora, intenta alzarse con este Estado, que por la Corona Regia (violando nuestro apetito la ley de naturaleza) ni el padre al hijo perdona, ni el hijo al padre respeta. Confiriendo atentamente el suceso, su prudencia ni del todo le acredita, ni del todo le desprecia. Y así manda que a asistiros a Londres, señora, vuelva donde viendo sus acciones con prevenida cautela me oponga a aqueste peligro, mandando que con la mesma a su Majestad avise de todo lo que suceda, juzgando que no era bien el rendirse a una sospecha sin fundamento, de modo que dejara aquesta ausencia. También me dijo, que como es de toda aquesta tierra la Alcaidía de Palacio la plaza de mayor fuerza, no se diese a Federico, para quien antes su Alteza la ha pedido, en cuya torre (por costumbre antigua y cierta) jamás ha entrado persona, que cuando sale, no sea al suplicio. En su despacho. hace instancias no pequeñas. Ese cuidado, señora, no poco temor engendra. El Rey mi señor, a quien el cielo dé vida eterna, tiene salud? Salud tiene. Por muchos años la tenga; mas qué impensado suceso obliga, Alberto, que vuelvas tan brevemente a la Corte. Supo el Rey por cosa cierta, que ya en Irlanda, señor, el tumulto se modera; y así me mandó volver para asistir a su Alteza. Aunque pudiera agraviarme de oír esa diligencia, que es no fiar de la mía confiar solo en la vuestra. Para un negocio que tengo que os comunicar, me alegra veros, Alberto, en Palacio. A serviros mi obediencia Por mi primo os lo agradezco Púes haced mayor la deuda firmando aqueste despacho en que a Federico premia el Rey no pocos servicios. Qué infelizmente se empeña pues según ha dicho Alberto, es el negárselo fuerza. Tengamos parte los dos en la merced, porque deba a mí solo el abreviarla, y a vos, señora, el hacerlas. Oh, cómo con esta instancia hace Enrique verdadera la sospecha de su padre. Eso mi atención os ruega. Yo no sé qué responderle. Cogionos con tal presteza el empeño, que asustada se embaraza la advertencia. Yo a vuestra Alteza le pido, que por agora difiera la ejecución. Reparad, que parecerá indecencia el que a mi instancia se haga, y a mi pesar se suspenda. Yo os suplido ese favor. No ha un instante que vos misma dijisteis en este puesto que por el despacho fuera. Ay empeño más terrible! Qué confusiones son estas! Un medio se ofrece, que ya que el lance no remedia, le suspende, quiera el cielo que efeto dichoso tenga. El Rey me dio la Alcaidía antes que se la pidiera vuestra Alteza y olvidado dejó mandado a la Reina mi señora, que esta plaza en Federico provea. La fuerza es mayor del Reyno yo Frances, la fama cierta de que ya se me había dado, y aunque mejor la merezca, pasarla en otra persona, es preciso que se tenga mi lealtad por sospechosa viendo que así se me niega. Viendo, pues, que no es razón volver a Londres, me ordena a suplicaros humilde, que desistáis de la empresa. Su hechura soy, no es aquesto oponerme a su grandeza, sino sentir solamente mirar que mi honor se arriesga. Y aqueso solo me mueve a que con vos interceda para que honréis a mi primo. Ay Blanca lo que me cuestas, pues haces que esté en tu hermano respetando tu belleza. Qué respondéis? Que el desaire es justo que yo padezca, y no la opinión de Alberto. Deme los pies vuestra Alteza: qué feliz dicha he tenido! Con bien rara sutileza Alberto se ha sosegado. Un volcán mi pecho encierra. Menester es que el recelo con atenciones comprehenda cuanto desleal trazare. Andar con cuidado es fuerza que es segunda su intención. Vive Dios, que si no fuera por Blanca; mas no prosigo, que este furor que me ciega, como adormece el sentido, me ha entorpecido la lengua: demasiado es el favor que logra Alberto en la Reina. Para averiguar mis celos, ha sido feliz la vuelta. A ser capaz de temor pudiera engendrar sospechas; mas no prosigo, que hay cosas que aunque verdades no sean, mientras que no se averiguan agravian cuando se piensan. Muy agradecida estoy. Norte sois de mi obediencia y así regid mi albedrio. Guarde Dios a vuestra Alteza. Válgame el cielo! Señora. Apartad. Mi afecto llega. Ya lo veo, bien está, Venid, señor. No os ofenda mi atención. Vamos, señora. Qué turbaciones le inquietan Qué de dudas me combaten. Más se aumentan mis sospechas Mucho es el favor de Alberto en la atención de la Reina.
JORNADA SEGUNDA
No me dirás qué efeto muestras el semblante airado? no fue siempre mi cuidado archivo de tu secreto? Que Blanca al fin se mudó! Si por eso es lo furioso, con decir que estás celoso me lo adivinara yo. Mas tu temor lo previene sin causa, ese proceder no cabe en una mujer de las prendas que ella tiene. Hoy me llamó en sus enojos, y sintiendo rigor tanto hizo dos sartas su llanto de las perlas de sus ojos. Suspenso, señor, la miro, empieza a llorar; y luego añadiendo a tanto fuego el incendio de un suspiro: llegándose a confundir se quedaron, sin poder ni las lágrimas caer, ni los suspiros subir. Su engaño con falso estilo. imitar, Bretón, ordena cautelosa a la sirena, y engañoso al cocodrilo. Y qué resuelves, supuesto esa pasión tan cruel? Que la des ese papel, y que no esperes respuesta; aunque su traición aquí ha de querer deslumbrar. Obedecer y callar es lo que me toca a mí. Sepan que por mi se muere Nise, mas aunque lo avise, yo no he de querer a Nise, solo porque ella me quiere. Aunque adorar me prevenga, no la he de amar, es muy justo, que yo quiero por mi gusto, y no por que otro le tenga. Si es manjar amor, es cierto que tiene la culpa toco, diéramele poco a poco, y no me hartara tan presto. Al instante, como un rayo de la Nise me olvidé luego que supe que fue mentira lo del lacayo. Pues la más firme mujer dice que hay de polo a polo con abaratarse, solo se echó la Nise a perder. Y nadie me culpe, no, que así la llegue a tratar: si no se sabe estimar, qué culpa la tengo yo? Poco empeña mi afición que me quiera y es muy justo, que en acabándose el gusto qué importa la obligación? Si no, digan los que han culpado mi parecer, si se cansa una mujer, cómo trata a su galán? Si me quejo, luego hay llanto con que su amor me exagera, yo bien quiero me quiera, mas no que me quiera tanto. Mas si será fingimiento su afición? no lo será, porque nunca al que no da se quiere de cumplimiento. Lleguete Bretón a ver, y salir a verte quise. Esto es bueno, cuando Nise me parece a Lucifer. De qué tienes ese humor? Ya que decirte prevengo, Nise, hermana, lo que tengo, tengo no tener amor. Por qué causa tu cuidado el mío desprecia ardiente? Mira, yo soy muy prudente para estar enamorado. Más de una vez, aunque callo; te he visto con voluntad. En una necesidad no hay hombre cuerdo a caballo. En la ocasión que señalo, por qué me dijo tu fe que era una Venus? Porque a buena hambre, no hay pan malo. Bien se echa de ver Bretón, cuan poco mi amor te debe, pues armó el tuyo de nieve, y abrasó mi corazón. Diferente es tu señor, cuando tierno a Blanca adora. Mira Blanca, mi señora es madre hermosa de amor, qué mucho, pues arriesgada su afición firme la quiera. Tu al fin; eres de manera tan negligente criada, ya entenderás el intento. Para la correspondencia en ninguna hay diferencia. Atiéndeme a aqueste cuento. Andando a pedir por Dios, juntos dos ciegos se hallaron, la causa se preguntaron de haber cegado los dos. El uno dijo: Yo era cuando mancebo Albañil, y con polvo y cieno vil cegué de aquesta manera. Ya que tu mal me refieres (dijo el otro) en tal pesar, yo fui mozo y a cegar vine de andar con mujeres. Dando con la vista al traste, (respondió el primero airado) yo soy el más desdichado, que tú, hermano bien cegaste. Respondiérate enojada, pero mi señora viene, y que me halle no conviene con un pícaro ocupada. Pues fregona a quien previene. Quédate para Bretón, y vete a ser colación de la Cuaresma que viene. Vengar el agravio es fuerza. Cómo, Bretón, ha de ser? Comiendo. Qué puede hacer el que es hijo de una berza? Dijiste a tu amo, Bretón, cómo su rigor me ha muerto? Ya, señora, dije a Alberto tu queja y su sin razón, tu amor ponderé fiel, y su miedo impertinente; y respondió solamente que te diese este papel. Rigurosa a Blanca ha hecho el ser tan grande mi amor, que para explicar su ardor faltan palabras al pecho. Porque al irle a referir, casi es preciso a mi ver, que no se llegue a creer, pues no se acertó a decir. con amante atrevimiento ha profanado mi amor este cuarto. Su temor vencer de esta suerte intento. Salte Bretón allá fuera, que Nise te llevará la respuesta. El amor ya forja rayos en su esfera. Con lisonjeros antojos el amor me está mintiendo, o a mis ojos estoy viendo a todo el sol de sus ojos. Oh, qué rigurosa estrella! mis dichas contrasta agora. Tan embebecida está, que puedo acercarme a ella. Pero si no me he engañado. Válgame Dios, qué rumor en esta pieza he escuchado! Mucho crece su sospecha, pues ese peligro has temido. Mientras que pasa la Reina, hago de este cancel asilo, que sentiré que me vea en aqueste cuarto. El ruido eran Alberto y la Reina. Áspides son los que piso. Blanca, qué hacías aquí? Señora, esta carta escribo para Francia. Para Enrique es más cierto que habrá sido. Bien este tapiz me oculta. Que haya aquesto sucedido adonde apurar no puedo tan evidentes indicios. El papel queda de Alberto (yerro infeliz del descuido) entre aquellos memoriales. Qué mal el furor reprimo. Salte, Blanca a fuera. Luego por el papel es preciso volver, que es cierto que corre nuestro secreto peligro. De mi cuarto a aquesta cuadra la más retirada miro, y más Alberto de Enrique, que nunca llega a este sitio. Válgame el cielo a qué efecto prevendrán tanto retiro, escondiéndose de mí de la manera que ha dicho. Este lado es más secreto. Por no haber de Blanca visto aquel papel, he quedado perdiendo celoso el juicio. Como tanto se recatan, lo que hablan no apercibo. De su Majestad, señora aqueste pliego he tenido. Un papel le ha dado y ella con cuidado repetido cada cláusula que nota confiriendo va consigo. Supuesto que el Rey os manda, que aqueste asombro temido le cautele la prudencia, y prevenga el artificio, qué ha resuelto tu cuidado, porque del Príncipe el uno vendrá a ser más peligroso mientras menos prevenido. Vuestra Majestad, señora, tan discreta ha discurrido, que solamente su ingenio podrá igualarse a sí mismo; si bien confesar es fuerza, que del Príncipe advertido muy desnudas las acciones de semejantes disignios. Aunque es alguna sospecha el que tiene este castillo por la parte de Palacio cierto secreto postigo, y no he entregado la llave. Ya Enrique me la ha ofrecido, Pues mi parecer será, que mientras dure encogido este orgullo, este deseo, que ni dudo, ni acredito; no hagamos más de observar para no errar el motivo judiciario de su intento los menores requisitos. Cuerdamente lo previenes, y así tu consejo elijo. Nada de lo que han tratado escucharlos he podido, mirando cuan adelante proceden inadvertidos. Si antes culpaba el secreto, es indecente el cariño, segunda vez la sospecha para el escrúpulo mío, en conceptos se ha explicado, y en alientos se ha esparcido. Pero mueran estas dudas, nieblas que al temor fabrico, pues que menos las penetro, cuando más las averiguo. Yo fio al Rey de que premie tan importante servicio. Notable es la desazón con que estos misterios miro. Guarde a vuestra Majestad piadoso el cielo divino, para amparo dese Reino. para asombro de este siglo. Estos son los memoriales que hoy me han dado, qué prolijo oficio es el del reinar, si se hace bien su oficio. En aqueste camarín, Pues el Conde Alberto es ido los guardaré hasta que vuelva, pues es aqueste el estilo del despacho; mas qué es esto! En qué terrible bajío ha dado mi amor! Pues cómo está en mi cuarto escondido? Señora, yo estoy turbado. Profanando sin aviso el sagrado a mi respeto, y el decoro a su distrito. Con el temor de su enojo el aliento ha enmudecido. Dudoso de su traición a escucharnos ha venido. Si por ventura, señora, habéis de mi presumido, que no sacrifico siempre mi atención a tu servicio. Claramente manifiesta (pues se disculpa) que ha oído lo que a cerca de su intento Alberto y yo discurrimos. Si sabe que a Blanca adoro, sepa que a su mano aspiro. para que temple el rigor, si este temor que publico hace dudas de mi fe. Yo confieso, que confirmo en verme aquí, la sospecha de que al Sol propio atrevido escalar quise las luces rayo a rayo y viso a viso. Ya q, señor, vuestra Alteza violar de esta suerte quiso la fe que debe a su padre por ser vasallo y ser hijo. Esto es por hallarme aquí, forzoso ha de ser sufrirlo. Ya que yo de acción tan loca tantas partes participo. Eso dice, porque a Blanca, que es su prima, amante sirvo. Ya, pues, que tan claramente llegamos a descubrirnos, (y el recato es escusado, cuando es el daño preciso) le diré mi parecer. Pues callando lo acredito, vuestra Majestad bien puede hablar ya claro con migo. Lo cierto he de averiguar del intento que ha tenido. A Blanca la he de pedir, pues solo así la apaciguo. Pues digo, que en tus acciones es notable desvarío el que falte a la razón, y que ceda al apetito. Vuestra Majestad, primero sepa, que el premio a que aspiro es tan grande. Qué faetón al sol le usurpa el oficio. sí, pero aquesta corona trasladarla determino. A sus sienes? Claro está, Bien claramente me ha dicho lo que intenta. Aquesta mira, gobierna el dictamen mío. Escúcheme vuestra Alteza, ya que tan claro lo ha dicho. Ha Blanca, ya estoy amante declarado si consigo tu mano, qué venturoso con aqueste acaso he sido! Qué fiera en el campo airada al propio Autor que la hizo, con oponerse a su ruina satisface el beneficio! Pues si es aquesto verdad, no es error muy conocido, que no perciba un discurso lo que comprehende un instinto? Corrija aquese deseo, tiempo vendrá en que su brío para ser señor de Europa halle decentes motivos. Vuestra Majestad, señora, mire que el intento mío. No os disculpéis, lo que importa es la enmienda, aquesa os pido, que con ella solamente el cielo querrá propicio, de vuestra lealtad se vuelva a construir el edificio. Señora. No imaginéis que yo la culpa incrimino, vuestro padre propio es quien lo ha averiguado y temido. Pasad aqueste papel, veréis si verdad os digo, y habladme después, si acaso en algo puedo serviros. Este es el papel que Alberto agora la dio rendido, el suceso quiero ver si de este encanto me libro. Apáguese la afición que en el pecho se ha encendido, que me he menester muy cuerdo cuando tan ciego me miro. Reparándome confuso el papel abro indeciso; quien por huir de una duda ha dado en un laberinto. Pero apúrese el veneno, no quede ningún motivo que no se gaste el recato, y averigüe el artificio. La letra y firmas de Alberto, las razones que examino, solo a la Reina convienen, Oh, cuanto crece el indicio! Blanca y el Rey, ay de mí! asisten en este sitio, Blanca es su hermana, o qué cierto el agravio se ha inferido! Qué bien aqueste suceso, habían (cielos) previsto el alma con sobresaltos, y el corazón con latidos. El recato de la Reina es sol, que en el cielo Impíreo cuando barajan sus rayos las nubes con parasismos: El por si solo se mira en su globo cristalino a su pesar más luciente, y a su oposición más limpio. La lealtad, también Alberto hace turbando el sentido que dude lo que he escuchado, y no crea lo que he visto. Mas qué discurro ignorante, si en la prueba del delito están jurando conformes los ojos y los oídos? Y en materias del honor como es vaso quebradizo, el ser un hombre muy cuerdo es ser un hombre remiso Notar mi lealtad la Reina cuando inocente me miro, cautela es para saber si penetro sus disignios. La edad del Rey, aunque amante la festeje prevenido, mas es para dar respeto, que para engendrar cariño. Alberto en igual coyunda, casi parece preciso, habiéndose criado juntos pasar a galán de primo. En el tener del papel, que cuidadoso registro es (probando mi recelo) cada letra un basilisco. Pues si tantas prevenciones en el suceso averiguo, y el contexto de sus voces lo está pregonando a gritos. Qué me detengo confuso, pues en el mal que publico es ignorancia el dudarlo, y es agravio el referirlo. Fulmine rayos mi enojo, tema en riesgos repetidos ese globo de diamante, y ese paramo de vidro. En darle la muerte excedo la obligación de ser hijo, Oh, cómo para el acierto es difícil el camino! Avisárselo a mi padre, será culpable delirio, disimular el agravio es error más conocido. Para no errar el dictamen, que emprendo (cielos divinos) aliviadme más la pena, declaradme más sufrido; mas una industria, piadosos al discurso han ofrecido. La Alcaidía de Palacio pedí para Federico, a Alberto la dio la Reina, darle muerte determino, fingiendo que disgustado por esta causa me irrito. En el pecho este papel he de traer escondido, hasta que de tanta infamia logre feliz el castigo. En esto, pues, me resuelvo pues de este modo consigo la venganza que deseo sin dar a mi padre aviso. Según el papel publica, aun no está el fuego encendido, pues apáguese su llama en sus primeros principios. Murmúrenme que enojado por mi antojo y mi capricho a semejante crueldad airado me precipito. Ignorante del suceso, enójese el Rey con migo, duplique la Reina afectos para culpar mi castigo. Haga Blanca de sus ojos dos poderosos hechizos, que a pesar de tantos daños el darle la muerte elijo. El riesgo siempre en el mundo precio de lo heroico ha sido, en vano conspira el premio, quien no desprecia el peligro. Cuanto pasa mas y cuanto es de más estima digno que el empeño que aventuro, el escándalo que he visto. De esta suerte son las dudas que el discurso ha conferido, el Rey no sabe su agravio, Leonor queda con aviso, Alberto está castigado, yo la venganza consigo, y sin saberse la afrenta se sepulta en el olvido. Nise, si el papel has dado que de tu ama has traído, si Alberto te ha respondido, y una sortija te ha dado. vete Nise, que es rigor imaginar de esta suerte, que por fuerza he de quererte. Tanto te cansa mi amor? Para empeño continuado ninguna mujer me agrada. En decir en que te enfada estás, Bretón empeñado. Si es doncella y el amor tal vez sobre ello disputa, manoseándose la fruta, llega a perderse la flor. Si es soltera y la hago el gasto de cama, vestido y mesa, arrendando yo la dehesa, es otro el que come el pasto. Sufrirlo es malo y si quiero por aquesto no pasar, es disparate comprar pendencias por mi dinero. Si es casada y he de verla, he de contribuir nobel, con dinero para él, y vestidos para ella. Si es viuda, que antes era dicha, en que todos convienen, mudando el traje, ya tienen los gastos de la soltera. Y no imagines que pasa a sátira mi advertencia, porque en Dios y en mi conciencia, que es menos de lo que pasa. Logra, Bretón, tu desdén, que imitando tu frialdad se acabó mi voluntad por siempre jamás, amen, y quédate para necio. Oye, aguarda, escucha, tente. No puedo, que viene gente, y me voy con mi desprecio. De Blanca me dio un papel, agora Nise, en el cual su amor pondero leal, mi pecho notó infiel. Y aunque más solicitado de sus extremos he sido (venciéndome) no he querido entrarla a ver enojado. Tras todo tengo temor de que en viendo su belleza ha de ablandar su dureza la dulzura del amor. Ya no he de poder amante roto lazo tan estrecho labrar con ansias su pecho mi corazón de diamante. Y así, que es error infiero lo que tu asombro temió, aunque la vea, que yo amo a Blanca y no la quiero. Tu engaño, señor, advierte, porque entre amar y querer, qué diferencia ha de haber? Mucha. Cómo? De esta suerte. Extremos, Blanca, de hermosura alcanza, siendo asombro tal vez y tal bajeza con bizarrías siempre su belleza con inconstancias siempre su esperanza. Mucho es, que cuando el alma se abalanza, y a ser prodigio de lealtad empieza adore su mudanza mi firmeza, y injurie mi firmeza su mudanza. Miro el engaño y detenerme intento; pero como sus prendas son encanto, sujeto a la pasión mi advertimiento. Y siguiéndola al fin, deshecho en llanto apurando el rigor al sufrimiento, amola mas y no la quiero tanto. Agudamente el concepto con llave de oro cerraste; mas a fuera llaman. Ve a ver lo que es al instante. Alguna ocasión le ha dado Blanca a su decoro fácil, pues al Sol de su hermosura se atreve el Príncipe amante. Sin dejarse conocer (de aquesta forma) de nadie, este Caballero dice, que quiere, señor, hablarte. Pues salte, Bretón, a fuera. Correr podéis al semblante el embozo, refiriendo lo que quisiereis mandarme. Estamos solos? Sí estamos. Pues primero quiero darte los brazos. Señor, quién causa una novedad tan grande? Tener un hijo infiel. Cierto, señor, que sus partes aqueste temor deslumbran, ya que no le satisfacen. De la deslealtad de Enrique me dan muchos memoriales, sin poder averiguar la causa de donde nacen. Porque como al dar audiencia me dan otros es muy fácil que su intento se consiga, y mi atención se defraude. Los parientes de Teobaldo, que han avivado arrogantes en venganza de su muerte civiles parcialidades, se han reducido y Irlanda quiere a mis pies arrojarse. Y así, mientras que se vencen algunas dificultades, queda alojada la gente a orden del Almirante. Y yo con cuatro criados cortando veloz el aire a verte vengo en secreto, pues en servirte, no hace falta alguna mi persona, el asombro es formidable: con que quiero que los dos, sin que ninguno lo alcance, para no errar el disignio confiramos el dictamen. Señor, pero qué alboroto con novedad tan notable se ofrece a nuestro discurso, y se niega a nuestro examen? Yo voy a ver lo que es. Cualquiera suceso hace que aunque cuerdo me reprima, dudoso me sobresalte. Lince cautelo el peligro; más cuándo en dudas iguales no es la locura de un hijo la atención mayor de un padre? Señor, el Príncipe hallando (de la forma que ordenaste) cerrado el cuarto, aunque dicen que en un negocio importante estaba solo, sin dar lugar a que me avisasen. Cercando el cuarto de gente, porque ninguno se escape, allanando los estorbos llega a esta cuadra arrogante. Pues eso intenta resuelto, sin duda alguna que sabe que estoy aquí y así quiere la vida, el traidor, quitarme. Pues no consiga el intento; señor, esta puerta sale al jardín, por ella puede vuestra Majestad librase. que aunque esté el cuarto cercado, es muy posible que falte gente en él, que puesta estorbe una acción tan importante. Déjame, Alberto, que llore, reparando desiguales, que tanta lealtad te sobre, y que tanto amor le falte. Señor, vuestra Majestad considere que a su embate cede frágil esa puerta. Pues a Dios, Alberto y dadme los brazos, que si con vida. Cuando el riesgo es tan instante el detenerse en razones, es siempre lo más culpable. Agora abriré la puerta contento, para que halle en que su furor se cebe, porque su furor se aplaque. qué me manda vuestra Alteza? Solo vengo a castigarte con una muerte tan justa, una traición tan notable. Señor. Ya es injuria nueva el pretender disculparte, cuando esta tarde escondido tus intentos desleales he escuchado con la Reina. Él piensa que con su padre soy yo quien le descompone. Mas tu muerte en igual lance pero qué es esto? Señor. Ay desdicha semejante! Habla traidor; mas ansí no tendré qué preguntarte dándote luego la muerte. Tente bárbaro, no manches tirano, de Ingalaterra el acero con su sangre; cuando puedes en mi pecho hartar tu sed insaciable. Al jardín bajé y aunque cercado de tantas partes (huyendo de tu crueldad, es imposible escaparme) vuelvo a tu poder resuelto para que ingrato derrames la sangre que te dio el ser, porque no quiero escusarte que sacrílego cometas maldad tan abominable. Señor, vuestra Majestad con más atención repare que soy su hijo. Por eso es el tormento más grave. Para mirar mi inocencia, solo esta prueba es bastante. No extraño la acción, que siempre hace la traición cobardes. Preciso ha de ser que sienta en suceso tan notable, que con tal lealtad le sirva; y con tal rencor me agravie. Vuestra Majestad confiesa que tengo gente que guarde el jardín, que subirá luego al punto que la llame. Señor, pues de aqueste modo sin que una voz llegue a darles, sutil la pena al discurso, torpe el enojo en el trance. Y ser traidor, no es posible, aunque el rigor se adelante, que procedan de otra causa efectos tan desiguales. Ya que eso crea, por qué matar a Alberto intentaste? Porque es Alberto traidor. Señor. No hay que disculparte. Prosigue tu. Del silencio es de quien has de informarte, porque referir la causa que a esto pudo ocasionarme, aunque es razón que se diga, es forzoso que se calle. Oh, qué bien con el silencio el delito confesaste! Oh, cómo en igual suceso mis recatos son un áspid! Pues qué causa puede haber, que el callarla sea importante más que su lealtad? Bien dice, nada en mí, más que yo vale; y así, pues callar importa, estatua he de ser constante, sin que el temor de su enojo mi resolución contraste. Porque hombres de mis prendas es mejor que se abalancen a los riesgos del peligro, que a las notas del desaire. Si tienes razón, por qué de esa razón no te vales? Porque vuestra Majestad, aunque agora la declare no la ha de creer. No alcanzo de confusiones iguales el secreto. Este ejemplo podrá mejor explicarle. Corre una fuente muy clara, siendo viril sus cristales de las guijas que a la arena sirven de blancos esmaltes. Quieta el agua, siempre llega a verse y examinarse; mas si se enturbia, revueltas en las ondas que se esparcen, mientras más subiendo, llegan a los ojos a acercarse. Mas se enturbian a la vista, en cuyo accidente grave, no las piedras que se esconden vienen a ser las culpables, sino la ira y enojo que enturbió su raudal antes. Mi lealtad siguiendo el símil, aunque se ostentó carácter del alma, ya se ha cubierto alterado su velamen. Sin que sea de importancia que suba a manifestarse del corazón a la boca, esfera de donde nace; pues enturbia su recelo con asombro semejante, en la fuente del honor el cristal de mis lealtades. La paz del Reino consiste en llegar a averiguarse, y no he de dejar en duda negocio tan importante. Segunda vez obediente llego a tus pies a arrojarme, si mi persona en su nombre es seguridad bastante. Sea, pues vos lo queréis (mientras esto se declare) vuestro aposento esa torre. En el pecho abrigo un áspid Darme la muerte ha querido sin duda alguna que sabe, que no soy de Blanca hermano, Un Etna en mi pecho arde: tomad Alberto esa luz. Risco llego a averiguarme. Oh, quién antes con tu muerte previniera aqueste lance! Un empeño tan terrible, aquesto es cierto. Al embate de tan opuestas quimeras no acierto a determinarme; al fin encubres la causa, por qué has querido matarle? No solo a la voz quisiera aun negárselo al semblante. Mira el riesgo a que te arrojas, después quizá irremediable. Para con migo el temor, es medio poco importante. En quién fías, atrevido para poder así estarte a mi enojo? En mi inocencia, que es el seguro más grave.
JORNADA TERCERA
Rigurosa es la inclemencia a que el riesgo nos convida. En negocio de la vida no disputa mi obediencia a cualquier riesgo, aunque cierto determinado me aplico. Ya sabes, pues, Federico, que al cuarto pasó de Alberto resuelta mi indignación a solicitar su fin, dejándote en el jardín con gente a tu prevención. Sé que entró con bizarría, y que previno discreto (para si en algún aprieto se pusiese su osadía) una seña, a cuya acción con la gente que ha advertido yo había de entrar prevenido a lograr la ejecución. Que aunque hubo en el aposento ruido; como no se oyó la seña que nos dejó, suspendimos el intento. Al ejecutar el brazo tan merecido decreto, de mi padre, fue el respeto inexcusable embarazo. Con que en caso tan atroz (sin poder mover la planta) anudada la garganta, quedó trémula la voz. Resultó de este suceso, Federico, en breve espacio, que en la torre de Palacio quedase, en efeto, preso. No ignoras cómo una puerta tiene secreta la torre, que hasta el cuarto del Rey corre esta me ha ofrecido abierta para librarme una traza por parar, acaso, en mí su llave, desde que a ti te quitaron esta plaza. Segunda vez admirado de tal determinación, dudo la resolución. Vuestra Alteza me ha contado, que de una prisión tan fuerte feliz se pudo librar; pues cómo se vuelve a entrar en Palacio de esta suerte? Aquesta noche la muerte a Alberto tengo de dar, determinado a pasar del peligro que se advierte. El Rey mi señor (que creo se habrá entrado a descansar) dará esta noche lugar que se logre mi deseo. Y así, yendo a su aposento, no es en igual accidente temor a el inconveniente que estás ponderando atento. En tanto, pues, que violenta la muerte, señor, le des, como dispones; qué es lo que corre por mi cuenta? Que la gente prevenida conduzgas a este aposento para que en haciendo atento la seña que está advertida (que lo será de que estoy en algún riesgo importante) entres con ella al instante. Tu esclavo y tu hechura soy. Bien puedo de tu lealtad esperar igual fineza. Girasol de vuestra Alteza es siempre mi voluntad. No vengáis penas de espacio, si habéis de quitarme el seso. Ya cuada el Príncipe preso en la torre de Palacio. Agora es fuerza mirar, pues el recelo fue cierto, qué resolución, Alberto con él hemos de tomar? Si la traición es el norte, que rige su poco seso, tenerle en la Torre preso es alborotar la Corte. Y porque este inconveniente (que está amagando oportuno) cese sin peligro alguno, tengo dispuesto prudente, que el Conde y los tres soldados que acompañándome vienen, y orden en el parque tienen de esperarme recatados: antes que del Sol es coche con crepúsculos que dora haga levantar la Aurora del regazo de la noche, le lleven preso en secreto al castillo de Belflor. Vuestra Majestad, señor, previene el daño discreto. Al Castellano, al instante, escribe con advertencia, de que fio a su prudencia negocio tan importante. Prevención tan advertida ejecutaré fiel. Mientras notas el papel, a la Reina mi venida haré avisar diligente; acción que precisa es para que el susto después no la coja de repente. Forzoso ha de ser después conferir lo que acontece Blanca, a tu amor y mis celos. Aunque la atención previene un argos en mi cuidado, no he podido diligente hallar a Alberto en su cuarto; debe de ser como tiene la conciencia que en su culpa cada instante le remuerde. Despidiendo a Federico a la prisión vuelvo alegre, hasta que para mi intento haya tiempo conveniente; pues salir con esta llave es siempre fácil. Mal puede disimularse una pena. Alberto, cielos, no es este? No sea que mi deseo su imagen me represente; mas no es posible que atentos; aquí los ojos le yerren. Mal hice en que Federico tan presto, cielos, se fuese; pero de aqueste aposento haber pasado no puede. Quiero avisarle el suceso, porque prevenido espere del modo que está dispuesto. No es posible, aunque lo intente librarme yo sin su ayuda, fuera, que Alberto se advierte tan despacio, que no hay riesgo en un espacio tan breve, y él estará repasando memoriales y papeles. Ya he hecho avisar a la Reina. Y yo escrito. Y bien breve es menester que prevengas a los que conmigo vienen, cómo al Príncipe esta noche llevar a Belflor conviene. Con obedecer respondo. Y yo porque nada quede por hacer, firmaré el pliego. Ventura fue que pudiese alcanzar a Federico, y mayor que a Alberto encuentre del modo que le dejé. Feliz soy, pues con tu muerte Válgame Dios! Al horror el espíritu fallece! Cómo! cuándo! Qué traición! Una estatua soy de nieve. Verdad la desdicha ha sido. Qué encanto burla aparente a los ojos? Pero, cuándo cielos las desdichas mienten? Aprisionada la voz, apenas el viento hiere. En esto para, traidor, toda la fe que encareces. Para mi descargo, cielo, ninguna industria me ofrece. Quitarme intentas la vida, cuando el ser propio me debes? Aquí es fuerza que el valor recobrándose se aliente. Di, tú eres mi hijo? Sí. Bien tu falsedad conviene. Ese puñal? Es engaño. De qué modo? De esta suerte. Al golpe de la pistola, señal que dispuesta tienes. Como vuestra Majestad ordena; el Conde obediente. Dudosa la voz se anuda. Torpe el aliento fallece. Qué novedad tan notable! Qué encanto, cielos, es este! Soldados que a Federico venís siguiendo valientes, de todo el poder del mundo, no venís a defenderme? Al imperio de tu voz no hay nadie de los presentes que no estime por lisonja el riesgo que les ofreces. Esto supuesto, atrevidos dadme la muerte infieles, cometiendo vuestra infamia sacrilegio tan aleve. Mire vuestra Majestad, que airado con lo que teme los homenajes profana de mis claros ascendientes. El Príncipe mi señor quitar la vida pretende a Alberto; para este efecto nos conduce de esta suerte. No disputando en la acción si causa justa le mueve, porque llegando a servirle solo toca obedecerle. Sola esta vez la Fortuna no ha acertado diligente a medida del deseo el acaso que sucede. Ninguno, señor, ignora que puede seguramente huir el riesgo que en sombras mi prevención desvanece. Este principio supuesto agora señora, conviene (a pesar de mi Fortuna) que mi inocencia se muestre. Que aunque la verdad del caso salir del alma no puede, habrá indicios que la aclaren si hay sombras que la escurecen. A la prisión (entre tanto) volver pretendo prudente dejarme prender primero puede ser que se sospeche. Lo hice; porque al principio era el peligro más débil, esto cesa agora, cuando el riesgo amaga presente. Esta llave, por quien pude salir sin que me sintiesen a hacer vuelve mi prisión más segura y más urgente. Mas como cumpla mi fe con la obligación que debe, ni es de reparo la vida, ni es de importancia la muerte. Fuera de que a mi inocencia todo el horror que se advierte crisol será en que se apure, no peligro en que se anegue. Ejemplo que me consuela son en el trillo las mieses, al contacto repetido de las piedras que las hieren. Quien mira trigo, que entonces lastimado, no recele que a sus tornos sea preciso destrozarse y deshacerse? Más es engaño, que el aire después en espacio breve, apartando las aristas en granos de oro le vuelve. De este modo, mi verdad en los riesgos que padece le está en el trillo apartando sin riesgo de deshacerse. Que la verdad, cuando más la combaten y la tuercen, aunque es fuerza que adelgace, no es posible que se quiebre. Desnudo aquese puñal tus traiciones manifieste, bien que doras el delito con matices aparentes. O si no, aunque tus palabras para sus colores tienen de Timantes los buriles, y de Ceusis los pinceles. Qué intentas con ese acero, cuando desnudo pretendes al amago de tu enojo hacer tumba ese bufete? Dar muerte dispuse a Alberto: ilusión, o sombra fuese, escribiendo él le papel, a los ojos se me ofrece. Pero en vuestra Majestad, porque no lo consiguiese, mi desdicha le transforma, y su estrella le convierte. Huélgome que de ese modo piadosamente te empeñes a declararme, por qué quitarle la vida quieres? Si el ser, señor, desdichado es culpa que lo merece, con justa causa su Alteza darme la muerte pretende. Qué haré, que segunda vez la cuerda infeliz se tuerce. Si es verdad lo que propones qué causa puede moverte? Solo puedo con callar satisfacer solamente. Pues huye de mi presencia, sin que tu error te avergüence. Eso es querer que el delito de aquesa forma confiese. Y eso que tu intento anime enfurecida la plebe. A ese bastardo temor responderé fácilmente: Ea Federico y todos los que en mi defensa vienen, rendid las armas al Rey, para que de aquesta suerte mi inocencia se confirme, y su asombro le sosiegue. A la luz de esta ignorancia parece que está inocente. Hasta vengar el delito tengo de callar prudente. Confuso en este suceso ignoro a qué resolverme; pero atiéndale el discurso sin que la pasión me ciegue. Dejando agora su examen de la forma que se advierte, mientras el cielo descubre más acertado expediente. A la prisión en que estaba determino no volverle, ande libre y la atención sea su guarda diligente, Ya el Sol huyendo la noche mostrando sus rayos viene; no novedad semejante la paz de este Reino altere. Retirad vos Federico con secreto aquesta gente: y vos (pues en la constancia nuevo valor juvenece) Si el cargo de vuestra culpa algún engaño padece: seguidme sin que el peligro o mi enojo os desaliente. La inocencia, por si sola es el seguro más fuerte. Oh, quién muriera a la punta de su puñal inclemente, no a los filos de mis celos, porque es morir muchas veces! Para aclarar estas dudas. Para que estos daños cesen. Y mi justicia le advierta. Y mi justicia se muestre. Sin que asombros la dilaten. Sin que asombres la atropellen Si esta traición averiguo. Si a Alberto le doy la muerte. Aunque se enoje el cariño. Aunque al peligro le pese. El Príncipe ha de morir. Ha de morir este aleve. Sabrán vustedes agora, que el susodicho Beltrán mudando de condición, dice que firme me adora. Y que yo siendo mujer, pretendiéndome vengar, porque me ha dado en amar le he dado en aborrecer. Cuando tibio le advertía le adoré; cuando me amó le aborrecí; él lo erró en mostrar que me quería. Siempre con chanzas le vi, sin que nunca intento mude tan conchudo, que no pude sacarle un maravedí. Pero ya picado, viendo cómo de él me estoy burlando, me ofrece agora llorando cuanto me negó riendo. Si en las que oyendo me están alguna alguno tuviere, haga esto mismo si quiere desollar a su galán. Aquesta lición conviene cuando el dicho Caballero es rico y guarda el dinero; que si es pobre no lo tiene. Que será culpable temo, y así sin más interés lo mejor entonces es trasquilar y echar a extremo. La muerte en lo que fabrico con mis propias manos tomo. Miren vuesarcedes cómo va cayendo el pajarico. Qué de veces, viendo yo tantas finezas conmigo me ensanché? Bretón amigo ya ese tiempo se pasó. Y así, si con nuevo ardor, llegas la llama a alentar, de tu amor, has de pasar por las reglas de mi amor. Y si en ese dios ocioso tropezare mi cuidado, ya que no es oficio honrado, sea al menos provechoso. Conmigo no valen flores, ya he mudado de cuidados, que de los enamorados se hacen siempre los harneros. Y así si has de ser mi amante antes de mover los pies, o pintar para después, o picar para adelante. Qué pides a mi cuidado cuando de veras te ama? unas polleras de lama. Es dejarme deslomado, si se advierte es necesario, verás a mi bolsa prompta; más en un año no monta otro tanto mi salario. Porque no digas que es seña aquesta de mi desdén, trueca las polleras en un hábito de estameña. Igual baja por Bretón hacer no entendí jamás. Casi casi agora vas poniéndote en la razón. No dirás que es demasiado. Aún más has de moderarte. Pues qué falta? Contentarte siquiera con un calzado. Oh, qué mal tu amor se aliña sintiendo tanto el gastar. En cueros me ha de dejar si me descuido la niña. Aquesto Bretón te pido, traerlo presto, o perderme. Y será cierto el quererme? Si fuere cierto el vestido, cierta en tu afición seré. Vive Cristo que es un rayo. Acuérdate del lacayo que por tu causa dejé, sin sentir esos desvelos dos mil alhajas me dio. Hoy le vi y hoy me causó más lastima, que no celos; anda roto y macilento, sin alcanzar, ni tener un cuarto para beber, que es harto estando sediento. Casi limosna le di. Válgame Dios! qué habrá sido el andar tan deslucido después que le despedí? Está pobre y más no puede. No discurres, Bretón, bien. Ama? A Flora quiere bien. Pues lo que a mí me sucede, está pasando por él. No penetro el pensamiento. Dirátelo aqueste cuento más clarito que un rabel. De limosna y sin dinero la barba hacia a un pastor con la navaja peor desazonado un Barbero. Como la navaja estaba con mil mellas que tenía, el cabello no partía, pero el rostro desollaba. Conoció el pastor el hierro, más vio ser fuerza que calle, y en este tiempo en la calle le daban palos a un perro. Qué será aquello, decía, el Barbero a sus oídos, cómo con los alaridos el perro los aturdía. Respondió el pastor allí, viendo que en saber lo escarba: Deben de hacerle la barba de limosna como a mí. Sino es que perro te nombres, qué en aquesto decir quieres? Que sois unas las mujeres en desollar a los hombres. Gente viene, ya indecencia vernos juntos juzgarán, yo me voy. Estos dirán si hoy el Rey ha dado audiencia. Oh, perra, sin Dios, ni ley. Oh Bretón. Señor Fabricio, qué manda de su servicio. Ha salido a audiencia el Rey? Es temprano. Pues aquí a que sea hora esperaré. Ved si hay otra cosa en que os podáis servir de mí. Con tal ventura han corrido los memoriales que he dado, que ninguno ha sospechado la parte donde han salido. Y el Rey vive receloso de la lealtad de su hijo, de cuya industria colijo que he de vengarme industrioso. Ponerme a escribir me allano, que si efectuar se alcanza, ha de ofrecer la venganza de la muerte de mi hermano. Tanto ha sido mi secreto, que el General me llamo a cuya orden quedó el ejército sujeto. Y aunque otra cosa temí, este pliego me ha mandado que traiga al Rey con cuidado, confiándose de mí. Por esto en igual despecho, siendo fuerza obedecer, vuelvo a Londres, sin haber vengado a Teobaldo el pecho. Pues qué a novedad se advierte Fabricio tan importante, que le obligue a el Almirante a enviaros de esta suerte? Fiado de mi lealtad me ordenó partiese luego a traer aqueste pliego, señor, a tu Majestad. Con notable admiración va leyendo, su desvelo, el papel! Ya mi recelo aumenta la confusión. Algo temo contra mi de su semblante cruel. Oye Fabricio el papel, que también te toca a ti. Señor, siempre mi lealtad; qué grande es mi turbación! Ya será nueva traición que me neguéis la verdad: ved que mi piedad os labra el perdón que desear podéis. Ay más gran pesar! fiado en esa palabra; aunque es fuerza, de infiel quede notado el honor, verdad ha sido, señor, cuanto refiere el papel. Sin luz camina ninguna en esto el entendimiento. Retiraos a ese aposento. Qué poca que es mi fortuna! Creyendo que inobediente la paz del Reino alteraba el Príncipe imaginaba que temiendo que prudente Alberto, para su intento de estorbo grande seria con darle muerte, quería quitar el impedimento. Esto es vano pues no ha sido en nada Enrique culpado en los pliegos que me han dado del aviso que he tenido. Con que semejante suerte resta agora de saber qué causa pudo mover a Enrique para su muerte. Gran novedad me prometo, que ha de ser muy rigurosa ocasión, que misteriosa se sella con tal secreto. Callármele a mi constante aventurando la vida, evidencia es conocida, que en él soy participante. Y que es muy considerable el caso, bien lo ha mostrado el misterio duplicado de silencio tan notable. Ya del Príncipe el amor, ni le dudo, ni recelo; oh, cómo corre el desvelo la campaña del temor! Mas qué suspenso me aflijo, si entre el dudar y el temer el oráculo ha de ser la reputación de un hijo! Oh, si la piedad del Rey (sabiendo infeliz quien soy) sosegara en tal desdicha de mi fortuna el rigor! Blanca, qué accidente pudo (con igual demonstración) del cielo de tu belleza perturbar el esplendor? Un tirano, a cuya fuerza rompe la fortuna atroz de un albedrio en dos almas la más bien trabada unión. Si es remedio en tu servicio poder, industria, o valor, mide todas mis acciones, Blanca, a tu disposición. Mal podrán mis esperanzas confiar de ese favor, Si él es áspid, que en las flores cauteloso se escondió. Cuando rendido a tus ojos mano de esposo te doy, el recelo que ponderas es vana imaginación. Su intento es más imposible. Luego hay causa superior? Si señor, Quien en el mundo puede hacerme oposición. Quien es, gran señor, mi esposo Quien tal dicha mereció? Presto saldrá de esa duda. Y entraré en otra mayor. sí, mas dándome palabra de mostrar al mundo hoy, venciéndose generoso, que es verdadero su amor; pues por mujer infeliz le merezco este favor. Aunque me maten los celos, esa palabra te doy Alberto es, señor, mi esposo, siendo a tanta prevención para lograr este empleo fingir que su hermana soy. Alberto es tu esposo? Si; de Bohemia me sacó sirviendo en aquella Corte al Frances Embajador. Ese impedimento, ya no me hace contradición. Cómo? Como aquesta noche le ha de matar mi furor. Eso es pretender, tirano, profanar mi estimación. Qué mal volvieras por él. si supieras su traición? pues Faetón rige soberbio la diadema de otro Sol. Desacreditarle intenta. su amoroso obstinación. Qué respondéis, si muestro que inconstante se mudó? Que de todas las mujeres la más desdichada soy, que es hombre y que con palabras alevoso me engañó, con que no podrá causar su mudanza admiración. Pues porque de su delito mires la verdad mejor, es esta su letra? Sí. Pues a otra dama escribió el papel que estás mirando, en quien mudable su ardor de los afectos del alma hace amante ostentación. Ya que de un golpe cruel todo el veneno vertió, deje que haga con los ojos la última información. No Blanca, no puede ser; esta llama que avivó tiene de darle la muerte sin haber apelación. Yo Blanca, de ella esta noche he de ser ejecutor; después que surtiendo efeto se logre mi pretensión. Corrido verá el recelo del delito que intentó lo traidor de su mudanza, y lo fino de mi amor. Deténgase vuestra Alteza, siquiera de compasión, no con rigor semejante me haga tan poco favor. Más perdone lo atrevido, que en semejante ocasión para qué he de preguntar lo que puedo saber yo? Si pareciere indecencia, no es mucho que venza, no, todo el respeto de un Rey, toda la fuerza de un Dios. Fuera que no extrañará en mi determinación que a tal me atreva resuelta en diciéndole quien soy. Por mujer, Blanca y por dama te doy esa permisión, más con advertencia, que si su muerte dilató mi furor hasta la noche, ya puedes saber que son filos para mi puñal los acentos de tu voz. Hoy Blanca segunda vez, pone el recelo feroz en el potro de mis celos a mi desesperación. Este es el papel que a Blanca ayer mi amor escribió. Yo he pasado este papel, y este Alberto le escribió (celoso de vuestra Alteza) a mí, que a otra dama, no. Si a sus manos ha llegado fue yerro, a quien dio ocasión el que entre otros memoriales olvidado se quedó. Ya aquestas luces fallecen las sombras de mi temor, este papel del delito era el indicio mayor. Con aqueste desengaño que ha sido vana ilusión claramente reconozco que con mi asombro temió. Bien hice en callar al Rey la causa que me movió para dar la muerte a Alberto; que a ser menos mi intención me hallara muy desairado en manos de la opinión; y hasta saberlo y vengarlo callar siempre es lo mejor. Si el amor creído de Alberto mi ventura embarazó, ya el impedimento cesa con igual demonstración. No consienta que tirano profane el vendado dios los fueros del albedrio, las leyes de la razón. Y yo dueño del papel por los celos que me dio postrado, humilde a tus plantas lo mismo esperando estoy. Para que quedemos (siendo de sí mismo vencedor) agradecida la Reyna servido el Rey mi señor: vuestra Alteza, más glorioso libre a Alberto y viva yo. Forzoso es el desengaño, pues trae luces de razón. A ser vendré de este modo de vida y honra deudor de vuestra Alteza. Ya el cielo la tormenta serenó. El Rey viene a vuestro cuarto. Salíos a fuera los dos. Enrique. Señor. Yo vengo con notable desazón, si bien puedes solo tu aliviar algo el rigor. Cuándo, señor, a tu arbitrio mi afecto no se rindió? Ya para aquesa experiencia ha llegado la ocasión. Tú has pretendido resuelto dar a Alberto muerte atroz, por el secreto arriesgando más que la vida el honor. Preciso es que sea la causa de gran consideración, y evidente de que en ella tengo alguna parte yo. Satisfecho de su fe no dudo de la intención, mas aquesto mismo es quien alienta más mi temor. Aunque sea grande la causa, yo la adivino mayor, con que me aflijo infeliz, y no me falta razón. Pues a pesar del enojo que mis sentidos turbó, la calla un hijo, de quien tengo tal satisfación. Y toca a mi honor, o al tuyo; si al tuyo, tu padre soy; si al mío, confiarse puede cualquiera resolución. Por amigo en este caso es encubrírmelo error; por Rey, también ocultarlo es especie de traición. Y así dilo, que aunque toque a cualquiera de los dos, por Rey, por padre y amigo ay la misma obligación. Callando siempre la causa que primero me movió tengo de satisfacerle; saldrá de tal suspensión vuestra Majestad muy presto. A Alberto la Reina dio la Alcaidía de Palacio, y por esto mi rigor, vengando así a Federico darle la muerte intentó. No estoy satisfecho, aunque es aparente el color. Para vuestra Majestad de Francia agora llego aquesta. Sáqueme el cielo de tan grande confusión. Pues porque de la sospecha no quede ningún vapor que esta verdad no deshaga, yo adoré a Blanca, señor. Y sabiendo que es Alberto su galán y hermano no, quise quitar con su muerte el estorbo a mi afición. Aquesto es más verisímil, porque aqueste ciego dios para mayores despeños suele dar siempre ocasión. En Albricias de salir de tan grande suspensión, sin publicar el delito perdón a Fabricio doy. Vamos, porque todo el Reino con debida aclamación, honrando a Blanca y a Alberto, celebre sus bodas hoy. Humilde beso tus plantas. Feliz mi amor se logró. Pues sabed para que sea el regocijo mayor, que Isbella, Duquesa hermosa de Milán, en quien cifró Cupido toda su gloria, y el cielo su perfección. Hoy llega al mar de Bretania, ventura que mereció Enrique como su esposo. Ventura fue, que el temor de mi padre sosegase, que en lances de la opinión, hasta saberse muy bien, callar siempre es lo mejor.
