Texto digital

Texto digital de El caballero de Olmedo

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Desconocido
Atribución estilometría
Sin resultados estilométricos disponibles
Género
Comedia
Procedencia
El texto ha sido preparado por Germán Vega.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El caballero de Olmedo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/caballero-de-olmedo-el.

Logo BICUVE

EL CABALLERO DE OLMEDO

JORNADA PRIMERA

EL CABALLERO DE OLMEDO (1606) JORNADA PRIMERA El Rey lo manda, sujeto estás a su real decoro. ¿Que he de partir en efecto? Sí, porque Zamora y Toro están puestos en aprieto. Todo el honor castellano va en ese brazo cristiano, y pues él mi sangre brota, con vara de hierro azota ese rebelde tirano: que afrenta de nobles es, habiendo de paces trato, que por un torpe interés se nos haga Viriato un matante Portugués; que aunque ya la dura guerra de Portugal se destierra, y era la paz adelante, no ha sido su Rey bastante a echarlo de nuestra tierra. Espante tu nombre fiero a ese necio en la ocasión, sangre tienes de Vivero, con que honras un Girón, de quien tanta gloria espero. ¿Que en fin tengo de faltar a las fiestas y a la boda? De fiestas no hay que tratar. que estriba tu honra toda en venir, y no en danzar. No tienes que cuidar de estas; camina, y con manos prestas descabeza rebelados, que trabajos bien logizados son las verdaderas fiestas. Haz, Don Alonso Girón, como honrado caballero. Porque es mi mayor blasón el serte obediente, espero ' tu mano y tu bendición. ¡Dios la suya quiera darte, y hállense de tu parte las Dominaciones suyas, con cuyo favor destruyas el enemigo estandarte! Recibe este abrazo estrecho, que en señal de amor bien puedes, porque arrimado a mi pecho junto con la sangre heredes mi valor. Voy satisfecho ahora me da la mano. Toma. Mano, por quien gano fama y ventura no poca, llegaros quiero a mi boca, haced al pecho paso llano. En él unido quedad, que siendo la sangre propia, no se os siga novedad, antes llevaremos copia, si hay de ella necesidad. Gran valor en vos he hallado, que solo haberos tocado, mano, va la mía de suerte, que será rayo de la muerte contra el rebelde obstinado. Aquesta famosa hazaña mi mano a su cargo toma, que, pues vuestro honor la baña, será la de Horacio en Roma y de César en España. Mano, que mi bien procura, la mía parte segura, con la fuerza que le dais, pues con ella señaláis las horas de mi ventura. Para que al contrario aqueje, animadme, mano, vos, y aunque ya de vos me aleje no me dejéis, porque Dios de la suya no me deje. Que si cual David segundo, en mí vuestra gracia fundo, poner a mis pies espero no solo ese bandolero, pero a todos los del mundo. La obediencia que se encierra en ti, en mis entrañas arde. Parto. Parte, hijo, a esa guerra, ¡y Dios mil siglos te guarde sobre la faz de la tierra! ¡ Cuánto obliga la obediencia al que ser honrado aspira! ¿Mas cómo habrá resistencia, en quien ama a Doña Elvira, si es fuerte el golpe de ausencia? Todo en mi daño ha de ser: si quedo, honra he de perder, si parto, parto a morir; ¡ esfuerce Dios el sufrir, o deshaga el padecer! ¿De camino ahora, amigo? Sí, porque de vos me aparto. ¿Y adonde sin ir conmigo? En decir, que sin vos parto, toda mi desgracia os digo. Partir con tanto rigor, muestra vuestro poco amor. Partiendo a servir al Rey, no vale de amor la ley, que hace otra ley el honor. Formar queja es desvarío de lo que excusar no puedo, basta que en este desvío hoy en vuestro pecho quedo, y vos vivís en el mío. Y quedar o vos venir, y partiendo no sentir, es fuerza en tanto querer, que una de dos ha de ser, para dejar de morir. ¿Si vos os vais, para qué busca el ingenio sutil galas con que gusto os dé? Venga de luto un monjil, con que el alma honrada esté. Yeros tan triste no quiero: quitad el nublado fiero de ese divino arrebol, ved que eclipsarse mi sol es de mi jornada agüero, no os turbéis, que cerca voy, y aunque el contrario es brioso, mi fe y palabra os doy, que he de volver victorioso en fe de que vuestro soy. Sacad gallardos arreos, presagios de mis trofeos; gocen estas reales salas vuestras gracias, vuestras galas. ¡Ay cielos de mis deseos, oiga, cuando vuelva yo, que el mesmo amor os rindió! Faltando vuestro donaire, todo es sueño, humo, y aire. Con el aire me dejó. Ruego a Dios que no lo sea, dejar de verte, señora; mas ¿quién hay que agüeros crea, siendo Cristiano? Es ya hora que partir el Rey nos vea. Oh Galapagar, partamos, Son me hacen con sus hojas los pimpollos de los ramos: ¿qué va que de honor despojas al ratiño que buscamos? Despedíanse de mí. cuando cerca a ellos me vi, que solo les faltó hablar. Soñabas, Galapagar. No soñaba; esto es así. Vamos, en tu puerta ponte, que has de ver con tu lacayo a Rugero y Rodamonte, en aquesta espada un rayo, y en aquestos pies u monte. Bien lo sabes proponer. (Mejor lo sabré hacer. que soy hijo de buen padre, y fue machorra mi madre, y heles yo de parecer. Soy de tierra de Madrid, hidalgo como milano, y hombre de traza y ardid, de ralea Castellano y muy parecido al Cid. No puedo hacer cosa mala, tiene mi temor la bala, cuando a ver el rostro llega, el arcabuz nunca pega, cuando a herirme señala. Soy contrayerba del fuego, que teniéndome presente, su fuerza la pierde luego. ¡Ah, lo que un lacayo miente!* Cuando el lacayo es Gallego, tiene vuesasté razón, mas de Asturias o León, no lo habrá hallado escrito, y el probar esto remito a la primera ocasión. Dese prisa, pesia mí, que la sangre me alborota. ¡Adiós, Medina! Eso sí. ¡Adiós, Juana de la Mota! Tened; ¿adónde vais así? No me puedo detener. ¿Adónde vais? a perder el orgullo temerario. o arruinar aquel contrario que cocos nos viene a hacer. En Castro Ñuño me espera la gente; a Dios; a mi Elvira regalad. y a mi platera, que en mi ausencia se retira, consuele vuesté: quisiera escribilla dos renglones, mas no importan mis borrones, do está esa ciencia altiva. Haga vuesté que me escriba V diga en breves razones: a Galapagar Cortido, que así es mi sobrenombre, Capitán entretenido de la boca, o gentilhombre, como más fuere servido, en el tercio de escuadrón de don Alonso Girón. y vea vuesté qué me manda. Gentil tu veleta anda. ¡Que a tan honrada ocasión con vos no me llevareis! Amigo del alma mía, impórtame que os quedéis . . . Para no tener buen día. Muchos dichosos tendréis; a Dios, Diego; ¡ah tiempo avaro! «A riveder, patrón caro». Ved a mi hermana, Don Diego. Hasta verla, no sosiego, que es de mi vida el sol claro. ¡Ay Doña Clara, ay mi estrella, que lastimosa ve el cielo por honrada, noble y bella, por esfera de mi vuelo, por diamante en que se sella y el escudo de mi honor, el timbre de mi valor, el fin de mi pensamiento, la cifra de mi contento, la pureza de mi amor. Pero si en palacio estás, ¿cómo estoy sin verte tanto? Música suena, no más; solicita un grande espanto en ti, que Enrique verás ', ^ que con la joya divina de su esposa Catalina en público a verse sale, porque sus rayos no iguale tu belleza peregrina. ¿Cómo vuestra Majestad en Medina se ha hallado? Sujeta a la voluntad de quien tanto honor me ha dado, me hallo muy bien. (aparte) Parad, Cielos, los celajes rojos. mientras contemplo los ojos de la que mi muerte ordena; ¡ay española Sirena, mas que anegas mis despojos! ¡Hay en el mundo mujer que a esta iguale! Es imposible ... Triste está, que podrá ser agüero infausto y terrible, que en mi afición vengo a ver. ¡Terrible es, amor, tu fuego! ¡Tanta tardanza, Don Diego! Vuestro hermano lo causó, que no tengo culpa yo. Con bien venga, al Cielo ruego. Todo lo honráis, Don Rodrigo. Como tanto honor me dan esas manos que bendigo, mil veces doy en galán. Soislo mucho, y muy amigo. Beso tu pies; entretengo estas damas por quien vengo hecho un Paris en favor, que aunque ya cano, Señor, mis antiguos bríos tengo. Puedo con aquel buen talle pretender a las más bellas, y se preciarán de amalle. A la que es la Reina de ellas, es justo que me avasalle; que soy vasallo leal, y su corona real defienden estos aceros. Es flor de mis caballeros. Y no tiene en la corte igual. Soy quien deseo servir. Aquesta es la mejor hora del día para salir; ¿vuestra Majestad, Señora, a qué parte gusta de ir? Ya que el sol va de caída, la vega verde y florida esos dos soles maticen. La del Antigua me dicen que es muy gallarda salida. Haced que a la Antigua vayan las carrozas. A la Antigua coches y carrozas trayan. Mi desdén esto averigua: con mi perdición se ensayan, con un rigor inhumano, un descortés cortesano y los ojos de una tigre; quiera Dios que no peligre mi vida, a morir humano. ¿Aquel no iba con su dama? ¿Pues cómo entre mí se ha puesto, y la que mi pecho inflama? ¿Desdichas mías, qué es esto? ¿Á un mesmo tiempo a dos ama? Aún no estoy favorecido, y ya me veo consumido en celos, amargo acíbar .... pero, ¿cuándo honor dio almíbar que rejalgar no haya sido? Niño Dios, haz que la obligue la constancia que en mi ves; mas tu mano me castigue, que más niño y rapaz es él que tus locuras sigue. Ea, pues mi daño es fuerza, ella sus iras no tuerza, tú solicita mi muerte, que por fuerza he de quererte, y he de seguirte por fuerza. ¡Brava suerte! ¡Extremada! ¡Que ahí queda! ¿En fin queda Clarevalde saqueado? No hay cosa que la industria hacer no pueda. Estímote por práctico soldado. De la que esta canalla luto hereda, su flor de hacienda y fama has heredado; no hay niño al pecho a quien tu nombre más que él de Atila bárbaro no asombre. Llegué con una tropa a las trincheas, casi al amanecer; fuenos propicio un humo espeso, que sus mismas teas daban, de sus festines claro indicio. Apretándole al pecho las correas, trepé el primero sin hacer bullicio, y tras de mí Noguera y otros cuatro, haciendo el campo trágico teatro. Estaban con las fiestas descuidados los del corto arrabal, y con la cena en ocio vivo y sueño sepultados, trazas que mala confianza ordena. Vieras piernas quebrar, brazos cortados, de un militar descuido digna pena; al fin huyeron todos como gamos y el arrabal nosotros saqueamos. Si al gallego pavón le hicieron fiesta por ver una escuadra a hierro perecido', hoy el destrozo suyo manifiesta cuan poco estable su ventura ha sido. Cada soldado tuyo diez les cuesta, no podrán restaurar lo que han perdido; tú sólo con tu bélica cuadrilla has de ser el azote de Castilla. ¡Que el Maestre de Avis, Don Juan primero, que el grande Portugal Rey suyo nombra, quiso quitarme este laurel que espero, robando el nombre que a Castilla asombra! ¡Su verdugo será este brazo fiero; liaré temblar a España de mi sombra, por mi mano tan sola pienso vella, que vuelva a criar Dios hombres en ella! Un escuadrón de gente muy lucida ha hecho a vista de los tuyos alto, y el General que el ser Girón no olvida, quiere hablarte. Vendrá de juicio falto. ¿Quiere le haga merced de la vida, antes que se la quite en el asalto? Siesta hay; dile que entre. Sin licencia se ha entrado el Castellano en tu presencia. Dime, ¿eres tú el bandolero, contra quien en campo estoy? El General noble soy de este ejército guerrero. Tú, que te me descompones, ¿qué quieres en mi Real? Castigar al General de esta tropa de ladrones. ¿Tú? Yo. Vete poco a poco. Mi Rey a aquesto me envía. Pagárasme tu osadía a no tenerte por loco; mas traes el juicio perdido. Cuando en breve te dé muerte, tan cuerdo he de parecerte, que te saque de sentido. Reírme de ti quisiera. ¿Qué ley sufre de arrogante, que un vil como tú levante contra mi Señor bandera? ¿Sabes que el Rey de Castilla, claro Monarca español, es el soberano Sol, a quien la Asia se humilla? ¿Sabes que África orgullosa pone la boca en sus plantas, y que son sus glorias tantas, que la Fama está envidiosa? ¿Sabes que su timbre ve la tierra mejor, que el mundo en sí tiene? , Bien lo fundo; mas más de mi esfuerzo sé. Y si alargar te permito y abreviar quieres, empieza, que aquí en tu propia cabeza lo llevarás por escrito. Aunque mis gentes lo niegan, bien fama de fuerte cobras, si acaso llegan tus obras donde tus palabras llegan. Y pasarán, no lo dudes. Ni aún llegarán con mil varas. ¿Pues eres tú quien lo amparas? Quien os dará las saludes. De su parte soy, ¿qué miras, no me ves tan grande aquí como un albardero? Sí. ¿Pues cómo no te retiras? Yo me retiraré cuando me arrojes el almohaza. Como el cebo la embaraza déjela en casa limpiando. Mas por vida de estas pocas, que antes de una hora, ratiño, que habéis de ver el aliño de esas bufonerías locas. Zumbado le ha al Castellano. Yo he venido. Portugués, para que a prisión te des, o a darte muerte. ¡Villano! ¡Tú ponerme a mí en prisión, tú matarme, tú esos bríos! ¡Al arma, soldados míos, viva el portugués blasón! Tu locura es quien te engaña. No te mudes de color. ¡Viva mi Rey y señor, Dejemos melancolías, no se apoderen de ti dos soñadas fantasías. Mayores las siento en mí, cuánto más tú me porfías. Siento en el alma un tormento, verdugo del pensamiento, y como en mal tan terrible el remedio es imposible, y es imposible el contento: haz este ' blanco los ojos, donde mis deseos - están diles el alma en despojos, y en pago de ella me dan los ingratos mil enojos. Fue imposible no los ver y es imposible hacer que el dueño ingrato me quiera, y es imposible, aunque muera, dejarlos yo de querer. ¿Es imposible, a quien mira tu rendida voluntad? ¿Quién es. Conde? Doña Elvira. ¿Y esa es la dificultad, y el portento que te admira? Cuando empantanado aquí entre imposibles te vi, imaginé, gracia extraña, que era la Reina de España, o tu madre, o tu hermana. Di, ¿tienes esta que has oído, cuyos desdenes yo escucho, por más fácil? Como has sido poco enamorado, mucho de majadero has tenido . . ¿Oye esa mujer? Si oyera Ten Habla? Sí. Mira? Mejor. ¿Pues de qué temes desdén? Nunca al hombre con temor le sucede cosa bien. Con ella el resto aventura, no te asombre su cordura, que es mujer, oye, habla, y mira; cuanto ves, todo es mentira, ceño, recato y clausura. Dile tú una vez tu pecho, verás que tu mal ataja, porque es, a lo que sospecho, la mujer como baraja, que atada, no da provecho. Si la mujer que es más bella, das en amalla y temerla, claro es que te ha de asombrar, mas llegada a barajar, harás mil suertes con ella. La más necia, has de saber, que es cual la vara arrojada de Moisén, que al parecer es sierpe de arca mirada, pero palpada es mujer. Y porque las variedades de las demás calidades veas que no es cosa nueva, lleguemos, Conde, a la prueba, verás si digo verdades. Da en servilla, y regalarla, y quiebra, que tu asistencia hecha un almíbar la halla, que no hay cabal avilencia si no fuerza. Calla. No des en tal desconcierto. De dama en corte te advierto, que hallando tiempo oportuno, ha de querer bien alguno, o ha de buscarle, esto es cierto.^ Sin cuyo no ha de vivir, y así sospechas me dan, si no se deja servir, que tiene en corte galán. Eso quiero descubrir; y si lo tiene, por vida . . Los juramentos olvida. Rodulfo, lo he de matar. ¿Si le debes fe guardar? Esta fe vaya rompida. Tu dama sale al jardín, preséntale de tu mano blanca mosqueta y jazmín Por ver el día temprano ^ de mi acelerado fin. — Mas aunque me galardona, mal le traeré una corona, que en mi suerte desechada, estará bien coronada, pues a mi ruego es leona. Por esta parte que hay flores, quiero empezar a tejerla. Mis desdichas no me llores. Bien injusta es tu querella, y culpables tus temores, causaste, Elvira, en vano ; alégrate, que mi hermano vendrá a verse en tus espejos. Siempre da vanos consejos al enfermo él que está sano. Tienes tu galán en corte, vives amada y servida, no hay mal que en tus gustos corte, y ansí con tu alegre vida das a los ajenos corte. Clara, con tus dichas claras agora en nada reparas, mas si un día solamente vieras tu galán ausente, ¡qué diferente que hablaras! Que no eres tú sola, amor, la que está sin compañía: templa ese acedo rigor. Mal de muchos, Clara mía, no mitiga mi dolor. Hagamos, vida, algún juego. Que juegos dejes, te ruego. Por divertirte ando, a fe. Con recelo llegaré. Llega, y no receles. Llego. — Perdona, pues sin licencia de su oráculo sagrado he llegado a tu presencia, que llego a darte obligado la debida reverencia. Tu pecho no se zozobre, (que para que el mío cobre fama de dichoso y rico, a tus aras sacrifico este don humilde y pobre. a darle valor empieza, que si tu mano la abona, será esta florida pieza de mi linaje corona, siéndolo de tu cabeza. Alarga esa mano blanca, y sea conmigo franca, la que tanto bueno esconde. No alargo yo mano. Conde, que el valor del alma arranca. No quiero en el suelo veros; alzad, y podréis poneros la corona que traéis, que muy bien la merecéis, si sabéis a vos venceros. No hagáis suertes en mujer, que es la victoria menguada, que de eso poder tener al hombre noble la espada, eterno se suele hacer. Decid aquesas ternuras, lisonjas y composturas a vuestras Inglesas solas, que somos las Españolas más que acero y bronce duras. Pues, si tú contra derecho ultrajar quieres mi pecho, él que esta a tus pies es Conde, que dentro del alma esconde los agravios que le has hecho. La fe que puse en tu altar, es mi primicia primera, y pues te vengo a rogar, lio des lugar a que muera: mira que te ha de pesar. Deja esos duros aceros. Conde, no me espantan fieros, cuando más amenazada; soy Pacheco, y soy honrada, y quien no piensa quereros. Bastará este desengaño. Ruego, Señora, por él. Tú también eres extraño. Pues seguirete, cruel. Seguirasme por tu daño. Vete. Tu ira me condena. Voyme, pero de mi pena verás las resultas. ¡Anda! Buenas albricias me manda; darete una nueva buena. Yo las mando. Mi señor y yo, como juntos fuimos, juntos con igual valor con la victoria venimos. Abrazadme, embajador de mi ventura; otra vez eso me di. . La altivez de ese Portugués cuitado, por tierra la hemos echado y a su canalla soez. No hay sino bailar apriesa, y mascar a dos carrillos, que en aquesta honrada empresa le mostramos los colmillos a la tropa portuguesa. Gloria al Cielo, que mi hermano con ánimo de Cristiano acabó lid tan honrada. La suya, y aquesta espada no han tirado tajo en vano. Vengan esas niñerías, que hay acá penuria mucha. Serán las albricias mías como de mi mano. Escucha; en palacio hay alegrías. Habrá llegado el Girón. Ven, Clara. Ya no hay pasión. Y ella, que esa priesa lleva, mándeme por esa nueva . . Unos cuellos. Tuyos son. No debe el vasallo honrado, que se precia de leal, más, que haber su sangre dado, con que está el cetro real defendido y amparado. Este mozuelo, Señor, honrado con el favor que tu Majestad le hizo, los bríos locos deshizo de ese aleve salteador. Reciba tu Majestad sus obras y sus deseos, de mi buena voluntad. Digna es de insignes trofeos, pariente, vuestra lealtad. Este servicio recibo con un amor excesivo, como vos me le ofrecéis, y vos, Don Alonso, habéis mostrado ese pecho altivo, defendiendo mi persona, con español corazón; mi Reino quien sois pregona, que de esa sangre un Girón puede honrar una corona. Abrazadme. ¡Que tal bien vi! Tu hechura soy, y así un templo a tu honor fabricas. Con esperanzas tan ricas mi nombre al Cielo subí. Dignos son de los abrazos con que los ciño y rodeo, Don Alonso, vuestros brazos. Alas son de mi deseo estos soberanos lazos. También me dad a mí parte de ese castellano Marte. Humilde estoy a tus pies. Flor de los de Olmedo es. Y de corte el Durandarte. Y la gala de Medina. Y' de Castilla el honor. De este Girón piedra fina. Ya pasa de honor, Señor. De más su persona es digna. — Pero el modo me decí de la batalla. Es muy breve: fuimos al campo, vile, y vencí, di muerte al contrario aleve y vuelvo triunfante a ti. De nuevo os vuelvo a abrazar. ¿Qué se puede desear más en un noble mancebo? La flor de Españoles es. Llevo a Bretaña que contar. — Tu amistad es justo elija, de andar siempre conmigo. Porque mi honor se os dirija, traed en el dedo amigo, ^ en mi nombre esta sortija. Si tu Majestad empieza en mí a mostrar su grandeza, intitularme Rey puedo, pues sirve, estando en mi dedo, de corona a mi cabeza. La corte haga regocijo, porque mi primo venció. Yo si de la fiesta elijo. Ahora te abrazo yo, por Girón, y por mi hijo. Tuyo lo soy obediente. Español noble y valiente, por amigo me aceptad." Mucho estimo esa amistad. Marte, a darme vuestra frente. a acompañar al Rey ven. Entretanto que yo llego, padre y señor, lo entretén. Abrazaros he. Oh Don Diego, ¿cómo estáis, y está mi bien? Yo con salud. Dime más. De Doña Elvira querrás saber. Mi dichosa suerte es esa. Ya sale a verte, de su boca lo sabrás. General del alma mía, ¿cómo llega de la guerra? Vuestra gala y bizarría han dado asombro a la tierra, y a las damas alegría, porque yo tengo por cierto, por lo que me han descubierto, que abrasaron vuestras llamas más corazones de damas, que habéis Portugueses muerto. Y no estoy poco celosa de las nuevas que me dan. que la ausencia es cosquillosa, y en un hombre tan galán es la ocasión peligrosa. ¿Cuántas damas, por mi amor, os han hecho allá favor, confesando sin tormento? que en guerra ese atrevimiento ^ yo os lo perdono, señor. Por esos ojos hermosos, soles con que ven los míos, por los desdenes sabrosos, de vuestros dulces desvíos toques del alma amorosos. por quien soy, por esta diestra, que vuestros favores muestra, por el Cielo que me ampara, que no he visto buena cara hasta que he visto la vuestra. Tan grande esa deuda es, que no la podré pagar. Más le hablareis después; dejádmele agora abrazar. Clara, envidiosa no estés. Si te alzas con mi hermano, ¿no lo he de estar? Es en vano quitármele, Clara; ¡ay Dios! Abrazaros he a las dos. Por ti este abrazo me gano. Verdad es. Déjalo ya. Yo sé quien de esos abrazos envidioso, Clara, está. ¡Todos estamos acá!' Pues, ¿qué atrevimiento es ese? a ella digo, no la pese. que falsamente haya entrado, que como gentil soldado me gano poco interese. Vete de ahí, necio. No quiero; menos brío, por su vida, que si pescó al bandolero, gracias a esta no vencida, y a los filos de este acero, que esta su ajo le dio, y cuando vuesté llegó, ya estaban en sus costillas hechas todas las morcillas, y él la honra se llevó. ¿No sabe lo que ha de hacer? Partir la joya conmigo, que le dio el Rey, o ha de ver cherinola. ¿Joya, amigo? Sí, amor. ¡Rico diamante a quien le dio es semejante. ¡Qué bien me está en este dedo! ¡Ay, que sacarle no puedo! Que en él esté, es importante; dadme vos ese rubí. Y con él mi corazón. El mundo sepa que así voy en vos por afición, y vos vienes vida en mí. Esta prenda tomo en fe que sois mía. Solo fue este mi intento. Esta banda, que os la dé, amor me manda, Don Diego. Y yo, ¿qué os daré? Tomad este cabestrillo, cadena dulce y sabrosa de mi amor casto y sencillo, y esposas sean de la esposa, a quien mi nobleza humillo. Yo al brazo echarlo quiero, en fe que soy vuestra esposa ' con las prendas de amistad cambió amor la voluntad. Dios lo haga. Por ti muero. Rubí preciado que ya punta arroja Como la del ardiente Mongibelo, De aquel suelo salido hasta el cielo, Rayos de fuego en que me abraso, arroja; Punta de flecha con que amor despoja De vida el pecho convertido en hielo, Piedra, que dando por los aires vuelo. En las entrañas de un Girón se arroja; Punta de fuego, flecha, piedra bella, Quiero que vea el dueño que os ha dado,_ Que en mi alma os he de dar grata acogida. Oro es mi fe y ansí os engasto en ella, Y si allí os mostrare otro cuidado. Ella me quite el bien, y amor la vida. Diamante hermoso, que en mi dedo fijo Porque mi alma triste se conforte, a la esperanza eres claro Norte, Por cuya altura mis intentos rijo; Diamante blanco, que por blanco elijo Para dar a mi vida honrado corte, Regalo y hechizo, que en la corte Servís de encanto a mi dolor prolijo; Si te dio el Rey al que por Rey adoro. De mi parte le haz cierto y seguro Que en guardarle igual fe seré constante. Y si de más quilates que es tu oro, no fuere él de mi celo casto y puro, Él me mate con polvos de diamante. Preciosa banda, de mi bien presea, Dulce lazo de amor, que mi ángel bello Por divinos adornos me echó al cuello, Para que en vos mi esclavitud se vea; Cielo azul que la vista hermosea, Y solo yo merezco poseerlo; Mar, donde mi ventura echa el sello a las bonanzas que mi gusto emplea: Pues de mi banda está, banda advertidle, Que de la suya estoy tan firme y fuerte, Que nunca de este intento haré mudanza; Y si no fuere esclavo suyo humilde, Mi cuello enlacéis, banda, de tal suerte. Que ahoguéis con mi vida mi esperanza. Cadena que mis gustos encadena. Eslabones con que doma, prende y ata Mi vida aquel, que él sólo gigantes mata, Y al más libre de pena, da más pena; Prisión dichosa que mi vida ordena Contra las fuerzas de fortuna ingrata: Esposa que mis blancos manos ata. Con orgullo, de gusto y gloria llena; Si desde el brazo no os pasare al alma, Si de vos mis deseos no prendiere. Siendo cautiva eterna de Don Diego, Niégueme el Cielo de mi amor la palma, Y desdeñada de quien bien me quiere, Rabiando acabe en amoroso fuego. Juana, pues ruego al Cielo que en la plaza Me tome el toro más cruel y fiero, Y de honrados lacayos sea el postrero, Por antiguo me pongan una maza; Fálteme el mandil, peine, almohaza, Cuando almohazar quiera mi overo, Y si acaso dos tragos beber quiero. Con vino caiga, y quiébrese la taza; Mi amo ahora no me dé librea. Cuando de Olmedo venga aquí a Medina; En el camino sin llegar me quede; Esa tu ama mi contraria sea. Y no lleve refrigerio en tu cocina, Si no es «Juana me fecit» la que puede.

JORNADA SEGUNDA

JORNADA SEGUNDA. Ha sido el sarao famoso. Por servirte, no le vi, aunque estaba deseoso de ver los de España. , A mí me fue, Rodulfo, forzoso, que faltase por un rato del salón y su aparato, dando traza en los adornos para las cañas, sobornos de mi dueño cruel ingrato. Pero la distancia poca, que desde aquí hay al terrero, por lo que a mí del me toca, en tantas desdichas quiero que lo sepas de mi boca. Mas no pidas que mitigue el dolor que me persigue, viendo en los sainaos y fiestas desgracias tan manifiestas. Pechos son de amor, prosigue. Ya del salón la proporción has visto. Ya la tengo. Señor, considerada, que parece labor de trimegistro, según está su fábrica acabada. El gran corredor que tiene, asiste . . Asiste. la galería, de arcos fabricada, que con los corredores la rodea, tengo presente en la sutil idea.' • Vi los blandones de acendrada plata, Ocupados con hachas que le hacían De pina una figura alegre y grata, Con claras lumbres que en la cumbre ardían. La galería y corredor retrata Un cielo con estrellas que volvían La noche un día alegre, y un sol claro Que hacia el candilón de plata raro. Las ventanas que hay, claras joyas, Despedían por luces vivos rayos, Donde juzgaras o que había mil Troyas, o del incendio elemental ensayos . . Bien la grandeza del sarao apoyas. Músicos vi con naranjados sayos, Tantos que en voces suaves ya juzgaba, Que al salón todo el cielo se bajaba. a los Grandes se dieron sus asientos, y a personas de suerte de tal modo. Que del Rey los discretos pensamientos Aquí tuvieron su asiento todo. Sonaron a las diez los instrumentos, Porque una Fama de artificio godo Que en lo alto de un templo estaba puesta, Hizo señal y principio de la fiesta. Respondieron con música los coros. De aquel sarao la causa declarando; Vieras entre diamantes y tesoros De la Virtud el carro entrar triunfando; No le tiraban del Arcadia toros o hipogrifos, las alas levantando. Sinopias domésticas expertas, De tela de oro hasta los pies cubiertas. Al templo llegó el carro, acompañado De instrumentos, de voces y de luces . . Ya he dicho que el color fue naranjado Y los trajes antiguos andaluces. La Virtud subió al templo levantado, Do estaban petos, yelmos y gorgaces. Pendientes por trofeo, y en subiendo Se fue frontero un árbol descubriendo. Eran de espejos relumbrantes lunas, Las que ocupaban la hermosa testera, Cuyas gallardas telas oportunas Allí formaban otra octava esfera. Aumentando sus prósperas fortunas, Dando materia a la lenguaz parlera, Vieras catorce Héroes con sus ninfas a quien veneran las esféricas linfas. Comenzó aquí la música un discurso, Y acabada, tocaron los violones. Luego los Héroes con gallardo curso Al templo fueron a ofrecer sus dones. Iban los Reyes en aquel concurso, Robando con los ojos corazones; Al fin dentro del templo se sentaron, Y los demás otra danza comenzaron. De los catorce, amigo, era yo el uno, no sé qué suerte desigual me inspira, Que por más que busque tiempo oportuno, Nunca pude sacar a Doña Elvira. ¿Y danzó, si advertiste, con alguno? Con Don Alonso. Siempre se retira De hacerte favores. ¿Qué le he hecho, sino hacerle ofrenda de mi pecho? Dancé, perdí el compás; ella riose... Danzó el Girón con tantas cabriolas, Que en todos puso asombro. ¿Ella holgose? Comunes fueron de placer las olas. Danzó ella, sacó al Rey, luego sentose. Después danzaron ocho damas solas. Que alegraban los Ángeles del Cielo, sino tenían de mi muerte el yelo.- Sentáronse tras de esto en almohadas, Donde de Don Alonso fue servida; Vieras de arrebozados y atapadas Aquella insigne cuadra guarnecida. Danzose en fin, las hachas apagadas, Seis horas, y la fiesta concluida, El Rey se fue a tomar nueva holgura, Y yo vengo a llorar mi desventura. Gallarda fiesta es, a fe. Si, pero muy desdichados los reclamos de mi fe. No hay en los enamorados cosa que gusto les dé. ¿No te parece, que son contrapesos de afición los de estos varios sucesos? No son grandes contrapesos, mas es grande tu pasión, y son sus lejos bastantes en formar grandes recelos, que amor, sol de los amantes, como se pone con celos, hace las sombras gigantes. Mas si el tiempo y suerte van entre la dama y galán, uniendo a las voluntades, montes de dificultades llanos te parecerán. Viome la Reina, mi prima, salir con algún disgusto, y como ella tanto estima mi desenfado y mi gusto, y ve que morir me lastima, la boca de risa llena, me preguntó: ¿Quién ordena la pasión que reina en ti? Yo, que puerta abierta vi, díjele toda mi pena. Prometió con juramento remediarla. Haralo. Esto me trae tan contento, que al Ángel soberbio igualo en tan alto pensamiento. ¡Tente, no caigas, Señor! Si es de la Reina el favor, buen suceso ha de tener. Si te la da por mujer, bien caro saldrá tu amor. Sírvala yo, que hablada, daré vuelta a Inglaterra, y la dejaré burlada. Si vieres la ocasión, cierra. Cerraré a fuerza de espada, que la pasión que me aflige, y mis locos pasos rige, ya es más tema que amistad; haga yo mi voluntad, verás lo que el Conde elige: que una vez muerta la llama, a España y su amor dejamos que las celebre la fama. Ya en medio del terrero estamos, y en él no hay sola una dama. De balcón en balcón mira. Ya miro. De Doña Elvira supe que me quiere hablar. Gente nos viene a estorbar; a esta parte te retira. Llégate a casa volando, que a solas quiero saber quien anda aquí paseando; no tienes a qué volver. Allá te estaré aguardando. ¿Qué te pareció el salón? Pareciome un paraíso. Bien salió nuestra invención. Brava persona diviso en este primer balcón. Doña Elvira... llegar quiero; asegura tú el terrero entretanto que la hablo. ¿No habrá para mí un diablo con tocas? ¡Ah, Caballero! En buena hora estéis. Mi bien. en esta misma os vea yo. Cé, ya he hallado con quien parlar; la moza salió al punto: Aldonza detén; haya garla una hora aquí . . ¿Ha visto el sarao? — Sí. — Y di, ¿qué te pareció? — Extremado. — Y a mí también. Muy cansado Vendréis. Nunca cupo en mí cansancio en servicio vuestro. La manga para las cañas voy haciendo. Amor maestro muestra labores extrañas, como en bordar es tan diestro. Muy a mi gusto danzasteis. Como vos la guía llevasteis, no pude errar la mudanza. ¿Qué te pareció la danza? ¿Para qué el pecho negasteis? Habla paso, que el oído alargo aquí donde estoy. Hacia allí oigo ruido. Esperad. — ¿Quién es? Yo soy, que estoy aquí entretenido. ¿Con quién? Con aquesta moza. ¿Qué moza, di, fanfarrón? La que la toca reboza. Necio, ¿no es un macetón? La vista el sueño me roza. ¡Oh macetón mal mirado, vos a mí me habéis burlado! — ¡No hubiera una piedra aquí! Mentecato, vuelve en ti. ¡No estaba mal empleado con un macetón! Por vida, que me lo habéis de pagar. ¡Ah canalla mal nacida, tantos me queréis matar! Esta muerte es bien que impida. Éntrate, amor, por que acuda a dar a aquel hombre ayuda. Mi intención me salió vana. Vete. Adiós hasta mañana. Adiós, figurilla muda, que podré poco, o de día le echaré abajo la cara. ¡A un noble esta villanía! Noble, otro noble te ampara. — ¡Canalla infame, desvía! — ¡Ea, Caballero, a ellos! Morirán, ¡vive el Señor! Son golpes para temerlos. Huir de ellos será mejor. No hay poder ofenderlos. Echemos por esta calle. ¡Que hubo el Girón de librarle, quiera el Cielo que no sea por su mal! Dejad que vea a quien gracias he de dalle. Vedme. ¡Oh Don Alonso, amigo, que vos la vida me dais! Dios os la dio. Él es testigo que obligado me dejáis. Yo, Conde, siempre me obligo a serviros; esta gente ¿quién era? El pecho inocente traía de esta quistión; acometiome a traición esta canalla insolente, teniéndome por ventura por otro. Hasta vuestra casa serviros será cordura. Ya de favor eso pasa. Irá vuestra honra segura. Id con Dios. En ir porfío. Envié un pariente mío, y quedeme solo en donde pudo perecer el Conde. No perece tan buen brío. a no estar vos de mi parte, fuérame muy mal. Dejado esto, Conde, a parte, no tendréis mañana igual en las cañas. Sois un Marte, y hareisme gran ventaja. Toda la corte trabaja de os servir. Yo eso prevengo. De dos puestos uno tengo. Yo el otro. ¡Qué alta y qué baja! ¡Opositor yo de un Conde! De un Rey lo merecéis ser. a mi nada se me esconde; ¡conmigo medio mujer! ¿Qué hay, Galapagar? responde. Un picarillo de aquellos quiso contra mí volverlos, y viendo la tropa junta, comencé a jugar de punta, y di tras de todos ellos. Y viéndome reparado, volvieron las herraduras, y allá va, mal de su grado. De vuestras altas venturas participa hasta el criado. ¡Muchas el Cielo os conceda! El aurora, alegre y leda, viene. Conde, a la guarida. Deme el Cielo larga vida, para que serviros pueda. No es tiempo de dormir, que al punto de mediodía las mangas se han de vestir. Si bordamos a porfía, las podemos concluir, que poco es lo que nos falta. En ocasión, que es tan alta, no ha de haber falta. Bien dices. Con esos rojos matices esos claveles esmalta. Cuando llegó junto a ti, ¿viste al Conde, Elvira? No; ¿qué hizo? Pobre de mí, la color se le mudó en ceniza. Eso me di, que será galano cuento mientras se da cumplimiento al bordado. a lo que arguyo, él piensa ser galán tuyo. ¡Jesús, qué mal pensamiento! Hame echado por tercera, mandome montes de oro, como si para mí fuera de fruto el mayor tesoro que la tierra en sí tuviera. Túvote en frente en palacio, contemplote muy despacio, de tu rostro el resplandor miraba, que era mayor que él de su oriental topacio. Cuando a danzar te sacó mi hermano, el rostro difunto en tu lado confrontó . . Bueno, por mi fe, barrunto que duermes, Elvira. No, no dormía. Cabeceabas a fe. Prosigue. Como me hallé cerca de ti, paré mientes, murmuraban entre dientes, y al descuido lo aparté. No se apartó muy sabroso . .. Si es que quieres reposar, dejarlo será forzoso. El no dormir y danzar me trae falta de reposo. Prosigue, prosigue más. ¡Qué buena cuenta darás del cuento que te he contado! ¿Qué he dicho? Háseme olvidado. Bien la manga acabarás; tu donaire me enamora. Que el sueño mitigue agora, ya hay criada que entretenga. La Reina viene. Venga su Majestad en buen hora. ¿Por acá tan de mañana tu Majestad? He tenido que hacer... La manga es galana; ¿hátela el Conde pedido? ' ¿Qué Conde? ¿No caes en él? No sé qué Conde me dices. Salíos fuera. A ese clavel real caté los matices. Seré en servirte fiel. ¿A mi primo Federico no conoces? Muy bien. Elvira, para su esposa te aplico, que tu belleza no aspira a menos. Yo te suplico. Señora, que no me trates de eso, porque el Conde abates, que el ser yo monja es forzoso; y cuando tuviera esposo, fuera de menos quilates. ¿Monja? ¿Has hecho voto? Fue simple, Señora. Algo quedo sospechosa; ¿qué haré? La sortija trae en el dedo que el Rey dio al Girón; sabré si le tiene voluntad. Ayer con grande humildad me dijo su corazón tu Don Alonso Girón; yo por tenerte amistad, de uno de estos dos quisiera fueras esposa, y tu pecho lo que merece tuviera, empero si voto has hecho, no habrá que tratar. Espera, que no fue voto, Señora, sino acá una fantasía, que imaginé no habrá un hora, que bien casarme podría. Sabido he su pecho ahora; a Don Alonso ama. —El Conde quiero que sea tu marido. ¿Qué es lo que dices? Responde, Doña Elvira. — Advertido he que mejor corresponde a Española un Español, que a tu Luna importa el Sol de Don Alonso el valiente, cuya luz resplandeciente hará claro tu arrebol. Y así desposarte quiero con él. Como tú lo traces . . Tu liviandad de aquí infiero; para el Conde monja te haces, y no para un Caballero. Hoy será tu libertad del Conde, que tu amistad prometida . . No me aprietes, que inútilmente prometes, si de ajena voluntad . . . ¿Qué voluntad hay ajena? La mía. La que en ti se halla, forzarla mi gusto ordena. No podrá el Cielo forzarla. Norabuena. Pues norabuena. ¡Qué libertad tan extraña halla una Reina de España en las damas de palacio! Cásalas tú más despacio, que valor las acompaña para saberse casar, y todas ellas, Señora, te sabrán servir y amar. Véteme de aquí. En buen hora quiérote ese gusto dar. ¡Castellana libertada! ¿Qué tenemos, prima? Nada. ¿Qué he de hacer? Buen corazón; de Don Alonso Girón está la dama prendada. No hay que tratar de volverla. ¡Oh villano Caballero! Pues tú das en pretenderla, sabiendo que yo la quiero, no tienes que sacar de ella. ¡Vive Dios! hasta el ruido de esta noche fue fingido; traza suya fue el matarme, el librarme y obligarme a ser noble agradecido. Pues no lo tengo de ser, si ha habido dolo en su trato. Déjala y toma placer, No le ha de salir barato lo que me hace padecer. No estarás de mí seguro, si la Española en ti reina, aunque te defienda un muro. A mi cuarto entró la Reina, huille el cuerpo procuro, y así hacia el suyo me vengo. Cruel, en parte te tengo, donde sabré la verdad, a quien tienes voluntad fuera de quien me mantengo. ¿Por qué me dejas y olvidas mis servicios amorosos? Esas cuentas no me pidas. ¡Ah Cielos, si sois piadosos, un millón me dad de vidas, para que quite otras tantas a las triunfantes gargantas que mi bien han enterrado ! — Vuelve acá ese rostro airado. Mucho, Conde, te adelantas. Deja que con estos brazos me entregue en la posesión de tus amorosos lazos. ¡Cuando tal deje, Sinón los míos haga pedazos! ¿Quién causa tantos desdenes? ¿A quién tu favor previenes? ¿Por quién de mí haces desprecio? Suéltame ya, no seas necio. Mas ya sé el galán que tienes, ya sé, tigre fiera, que es Don Alonso. Sabe el Cielo que es mi dichoso interés. ¡Y lo afirmas! Matarelo. Pondrá tu boca a sus pies. ¡Vive Dios, que he de apremiarte, por ver si viene a librarte! ¡Que en esa locura insistes! ¡Quita, aleve! ¿Y te resistes? ¿Piensas conmigo ganarte? Pienso ganarme contigo. Y yo a ti pienso perderte. De tu ingratitud castigo seré. Yo seré tu muerte. Yo la tuya, y de tu amigo. ¡Ha de palacio! ¿Das voces? Villano, mal me conoces o desharalo esta daga. El Cielo a mí me deshaga entre sus manos feroces Acabad de regar la plaza presto, y vuestro compañero dese prisa, que empiezan a venir los caballeros, y querrán salir ya sus Majestades; las garrochas llevad a las ventanas, donde el ayuntamiento asientos tiene, y allí poned también la media luna. Agua y anís, galanes; ¿quién la bebe? ¡A ocho ciruela regañona! ¡Avellanas tostadas, caballeros! ¡Oh qué rico turrón! Es de Alicante, y lo doy a cincuenta y dos la libra . . . Echa allá el agua, no me mojéis. Con gallardos rejones entras. Conde. De azul los llevo, que me abraso en celos, y cómo han de romper cerviz de toro, ¡rompieran, ojalá, de alguno el pecho! No te apasiones, ven, que el toro sale. ¿Qué dolor hay que a mi dolor se iguale? Has hecho los rejones a mi gusto. Abultan en la mano, que son gruesos. Y hácense las suertes más seguras . . . Don Alonso, los buenos toreadores dejan venir al toro al diestro estribo, y al bajar la cerviz, la suerte hacen con desenfado y gala. Muchas veces te he visto ejercitar lo que me enseñas; de ti aprendí lo que en el coso hago. En lo que es la lanzada, mucho importa estar muy en sí el hombre, y tener pulso, que estar sin turbación y la pujanza del brazo, son dos cosas en que estriba la ventura mayor de la lanzada. Yo procuraré en todo obedecerte. Darate en todo el Cielo próspero suceso. Vuestra merced no tema la lanzada, que con él voy aquí, y si me ve el toro, ha de bajar él mismo su cogote, diciendo : aquí, aquí me da la lanzada . . . ¿No ve que sobre toros tengo estrella? Ya a disparatar comienzas, Entra hijo. Toro sale; cierto es el regocijo; los estribos y gorra perdió el Conde, mal le ha salido la primera suerte. Guarte rucio, guarte, ¿no quisiste? Allá va la banasta con el diablo. ¡Hijos de puta, no os comáis la fruta! — Don Alonso en la plaza, Don Alonso, la gala de Medina, la flor de Olmedo: ¡viva mil años Don Alonso! ¡Viva, viva, uchohó, brava suerte! El cerviguillo con el rejón al toro ha pasado: ¡Viva el Girón, qué brava suerte ha hecho! — Tras de Galapagar va, corre, hombre, vive Dios, que le ha dado brava vuelta, muerto le ha. No ha. Presto, denle agua. Bébala Bercebú; ¿no hay un trago? Famoso es. Muestra acá; cogiome el toro un poco que me vido descuidado. ¿A mí a traición acometes, cornudo? Vos me la pagareis, o podré poco . . . Sobre este toro no he tenido estrella. Hechas pedazos llevas las calcitas. Todo lo pagará el cabrón del toro. ¡Brava lanzada! El toro queda muerto. ¡Vivas, oh Don Alonso, largos siglos! ¡Bien logrado te vea tu buen padre! ¡Pesar de mi linaje! Vamos presto que ha dado ya mi amo la lanzada, y no me hallo a su lado como suelo. — ¿Qué es esto, Martin? Ya la cañas suenan; vamos. «Muchachos de Medina», «cocad a Galapagar », «que se hace toreador» «y el toro le hizo volar». Hijos de putas, ¿pues a mí coplitas? Romperé a una docena las cabezas. ¡Uh, que te tomó el toro! ¿Á mi chinitas? Vete a coser las bragas a mi casa. ¡Que no mate a uno! No harás, basa. ¿Al fin está ya a punto la cuadrilla? a punto está. ¿Son gruesas nuestras cañas? Gruesas y muy tostadas van las puntas, y los recazos llenos bien de arena. ¡Qué desgraciado desde ayer me veo, y qué dichoso este Girón se ha visto! Ya con rejones, ya con lanza ha hecho suertes mayores que el deseo ser pudo; ¡quién con la caña el pecho le pasase! No faltará ocasión; ve con buen ánimo, que amigos llevas ciertos en tu puesto. Discreta sale tu cuadrilla, Alonso. Traza tuya de fuerza ha de ser buena. Decid, ¿cúbrense bien con los sombreros los cascos? Bien, y no era necesario, que es el Conde muy noble caballero, y habrá avisado que su puesto arroje las cañas por el aire, como he hecho yo a las cuadrillas de mi puesto a todos, No hay que recelar; Alonso, vamos, y una entrada de Príncipes hagamos. Gallarda colación la villa ha dado al Rey, nuestro Señor, que Dios prospere. Y a la Reina también, nuestra Señora, y a las damas ha dado ricas fuentes. Es muy cumplida en todo lo que hace. La entrada es esta de las cañas; bravos van los Girones. Bueno sale el Conde. Triste le he visto todos estos días. En siendo uno galán, da en melancólico; líbreme Dios de amor y retenciones. Bravas andan las cañas. Son famosos todos los jugadores. Denle y huélguense. El bonete llevó al Conde una caña. Luego mal se adargó. A Don Alonso en el brazo le ha dado otra un gran golpe. ¡Ved el ruido que la gente ha hecho! ¡Vítor Girón! Entre tanto que se acaban las fiestas, prevengamos hachas presto, para cuando a la villa baje. Es gusto; guiad. Seguidme. ¡Don Alonso vítor, que es, vive Dios, con honra peregrina, la flor de Olmedo, la gala de Medina! Ya no lo puedo sufrir, reventaré si más veo que en mi presencia un pigmeo tanto vítor ha de oír, que apenas llegó mi caña y en el brazo le tocó, cuando luego le arrojó, con una presteza extraña, Doña Elvira su pañuelo, dando al mundo mil asombros, ver caer sobre sus hombros aquel pedazo del cielo. ¡Que por él es para mí fiera! ¡Que este atropella mi nombre! — Ha de morir este hombre, Rodulfo, esta noche. Muera. Junta otros cuatro contigo, que por quitar loores vanos, ha de morir a mis manos este Español enemigo. Cuando salga de palacio, le verás muerto a tus pies. Esa mi pretensión es, no cumple darnos espacio, si a dormir se ha de ir a Olmedo. Señor Conde, brava fiesta. Otra esta noche se apresta más brava. Verla no puedo, que Don Alonso mi amo y yo vamos por la posta. ¿A Olmedo? Así a menos costa morirá este que desamo. ¿A qué va? Mi ama, la vieja, dicen que de gota está muy apretada y él va a verla, porque se queja, que con las fiestas ha mucho que acá sigue sus derrotas; a ponerme voy las botas, adiós, Príncipe. ¿Qué escucho? Al punto pon esa gente, y al camino le salgamos, que si no es que hablan los ramos, no se sabrá eternamente quien le mató; y él sin vida, yo gozaré del tesoro que me aborrece, y adoro. Más va ahora en la partida. Vamos; prevenme una lanza. — ¡Girón, amor no me ampare, si el alma no te sacare por girón de mi venganza! Extremada fiesta fue, bien las cañas se han jugado. Tu Majestad las ha honrado. No hay quien el premio no os dé, Don Rodrigo, de galán, y aunque entre todos agora Don Alonso . . . Mi Señora, tantos favores me dan Vuestras Majestades dos, que como corto me hallo, el pagarlo y regraciarlo lo remito para Dios, que yo, un gusanillo pobre, ¿cómo lo podré pagar? Todo lo sabéis colmar; nada hay bueno que no os sobre. ¿Don Alonso, dónde ha ido, que aquí no ha hecho presencia? Faltado ha con mi licencia. Señora, a Olmedo ha partido, que está apretada su madre de la enfermedad que tiene, y él, que la vea, conviene; pero ahí queda su padre para servirte; él vendrá mañana a besar tus pies. Nuestro apasionado es. Tu hechura es, y será. Y yo también, si tu gustas, a Olmedo quiero volver a visitar mi mujer. Son peticiones muy justas; id con bien. Tus manos beso. ¡Que se ha ausentado mi amor! ¿Ya no le hiciste favor? Que mil le hiciera, confieso. Esos no me hacen a mí. Ea, no os quejéis de vicio, que vos sabéis si codicio teneros grato. Es así. Mas lo bueno mientras más, da más sed. Idos despacio. Vamos, Señora, a palacio. Reina, Vamos. ¡Ay mi bien! No más. Con el disfraz y rebozos no seremos conocidos. El no venir advertidos de sus fatales destrozos, importa, porque vinieran con alguna prevención. Hoy fuera en su perdición cuántas banderas trajeran. En aqueste paso estrecho los podemos esperar; como el amo ha de llegar, romped al criado el pecho. Este pinar es famoso para poner en efeto estas muertes en secreto. ¡Que siempre eres perezoso! Apriétale bien la cincha, que yo mi posta adelanto. Espere, no riña tanto, tenga, la posta relincha. No está sola. Camina, que yo me iré poco a poco. a hallar viene aqueste loco su perdición y ruina. Atrás se queda el criado, esperemos, llegará. No ves que se escapará el que es principal culpado. No le dejemos pasar, ven, salgamos al camino. ¡Qué sudor tan peregrino me cubre el rostro! Pasar no puedo. ¡Dale! ¿Qué es esto? Tu muerte. ¡Dios sea en mi ayuda! Espada mía, haceos desnuda, que os dejen libre este puesto. Aquí de tu loco amor me pagarás los errores. Aunque sois muchos, traidores, ¡mi Dios, sed en mi favor! Ponte bien con él. Siento por aquí gran ruido de espadas; ¡esta cruel traición contra mi amo ha habido ! Atraviésale esa lanza. ¿Cómo esta traición esconde, di, Conde, el pecho de un Conde? ¡Pesar de la confianza! El Conde nos ha asaltado; celos son estos, por Dios. Adelántense esos dos y den la muerte al criado. Al criado también, pesia, también contra mí traición; pino, en aquesta ocasión sirva tu copa de Iglesia. Y ampárame con tus ramas: si de esta escapo sin daño, prometo ser ermitaño. ¡Ay Dios! En vano le llamas. Por este santo rosario, que aquí comienzo a rezar, librad a Galapagar de este Conde temerario. No habrá cuenta que no ensarte mientras el peligro crece. El lacayo no parece. Hase puesto en buena parte. Habrase entrado en el monte. La posta corre sin él. ¡Jesús! muerto me has, cruel. Murió, Conde; al punto ponte, demos la vuelta. Queda mi corazón bien vengado. El criado no se ha hallado . . . Para que no me suceda tan a gusto como quise. Venid; el monte le es padrino. No bajaré de este pino hasta que la luz divise: ¡Noche honrada, noche bella, detén dos horas el día! ¡Ay Jesús del alma mía! La voz de mi amo es aquella; no es muerto. — ¡Ay gentes perdidas, su muerte os da infame palma! ¡Confesión! que siento el alma salirme por las heridas. Confesión pide: ¡ay de mí! ¡Ay cristiano caballero! a la Mejorada ir quiero, pues está un paso de aquí, y traer un sacerdote que allí hace vida santa, que lo confiese. ¡Que tanta crueldad dese pecho brote contra mí, Conde! Señor, ¿adónde estás? ¿Quién me llama? Quien te quiere, estima y ama. Tráeme, amigo, un confesor. Voy por él. ¿Por qué espesura y aspereza de jaral, ah lacayo desleal, te has metido? ¡Virgen pura! ¿Caíste, salir no puedes? Quiero apearme, y a pie de esta maleza saldré. ¡Ruego al Cielo que no quedes sin castigo! Al fin salí de estas espesuras, adonde me metió el caballo. ¡Ah Conde, nunca yo te merecí esta muerte! ¡Ay santo Dios, y qué voz tan dolorosa! Ya de hoy más, querida esposa, no nos veremos los dos. Voz débil, más parecida a la de mi hijo querido; pondré a do suena el oído, que me va en ello la vida. Elvira, en este desconcierto tu gran virtud me contrasta; estimete yo por casta, mas tu castidad me ha muerto. La elección que hice tan buena, fue mí perdición notoria, pues lo que estimé por gloria, es la causa de mí pena. Y más con tristes sucesos siento gozo eterno en mí, pues después de muerto, en ti dejo quien honre mis huesos. Alma, el ausencia paterna no os tenga tan afligida, pues cuando perdáis la vida, vais a gozar de la eterna. Ya no puedo reprimir la pena del corazón; Cielo, estas voces son que a la muerte me hacen ir. Con la oscuridad no acierto con quien está, voces dando; espada, id ramos cortando. ¡Ay! Camino he descubierto; en esta maleza está. ¡Que al fin sin confesión muero! ¡Buen ánimo. Caballero! ¿Quién este ánimo me da? Un caballero viandante. ¿Vais a la corte? No, amigo. ¿Conocéis a Don Rodrigo Girón? Como a mí. Bastante es ese conocimiento, para que en tan triste calma se detenga un poco el alma. ¿Vais a Olmedo? Sí, al momento en que os podré allá servir. Decidle .. . ¡ay dolor prolijo! que haga bien por su hijo . . . ¿A quién se lo he de decir? A Don Rodrigo Girón. ¿Quién diré me lo ha encargado? Don Alonso, el desdichado, su hijo. ¡Ay mortal pasión! ¿Qué veo, qué oigo, hijo mío, ante cuyos pies me postro? Muestra, limpiarete el rostro. ¿Eres tú? ¡Ay, mi padre pío! Ya no tenéis hijo, ya vuestro Norte se ha deshecho; abrazadme, haced buen pecho, llegadme ese rostro acá. Besaré ese rostro amado; ahora es justo me valgas, alma, tau presto no salgas, detente, si un desdichado puede muriendo, contigo. Padre mío, no me habláis; ¡ved que otra muerte me dais! ¡Acabaste, Don Rodrigo; quebrose tu claro espejo, eclipsose el claro sol de tu epiciclo español! No más . . . , A un cansado viejo pudieras quitar la vida, Cielo, que se finó en él, y no al más bello clavel que a España tenía florida. ¿Para qué estas canas son? ¿Por qué en el mundo me dejas? Inútiles son las quejas que dais. Mi Alonso, ¿quién son los homicidas? El Conde. ¿Qué Conde? Mi padre, apriesa. ¿Vive? Sí. Ventura es esa: Dios su clemencia no esconde. ¡Hijo, ánimo! Ya le tengo; padre dejadme, entretanto que en este mortal quebranto vida al alma le prevengo. Confiésate en hora buena. Allí, Señor, a aquel lado podéis estar apartado. Si no me acaba la pena. Comenzad, hijo, a decir. Amigo, llégate acá. ¿Vuestra Merced aquí está? Aquí he venido a morir. ¿Quién a tu señor dio muerte? ¿Quién mi casa ha destruido? Federico, el Conde, ha sido quien le puso de esta suerte; que él y otros cinco salieron en este paso; vilos yo. y aunque él se les defendió, el pecho en fin le rompieron, que con adargas y lanzas todos al punto llegaron, y a mí también me buscaron. Mas a veces las tardanzas de provecho suelen ser; tardeme, y diome la vida. ¿Hubo causa conocida? Celos y envidia, a mi ver. De todo pido perdón a Dios. Que os le dará fío. Llegaos acá, padre mío, dadme vuestra bendición. ¡La de Dios te alcance, hijo! ¡Jesús María! Acabose; ¡Dios haya tu alma! Acabose mi regalo y regocijo. Ahora sí decir puedo que triunfas, oh muerte indigna, de la gala de Medina, y el que fue la flor de Olmedo. Boca, que hablarme solía, y quitarme mil enojos, labios cárdenos y rojos: erais toda mi alegría . . . ¿Cómo no me habláis, decí? ¿Estas canas, que os han hecho? ¡Señor, esforzad el pecho. ¡Ay mi señor! ¡Ay de mí! Con este infortunio os prueba Dios, como a su siervo Job, recebid como Jacob de aqueste golpe la nueva. Dios os le quitó, otro alguno no pudiera; dadle ya las gracias, que él os dará cien hijos por este uno. ¡Montes de este campo impío, causa de mi triste luto, ruego a Dios que no deis fruto, ni os dé el cielo su rocío! ¡Como Lot y Gelboé os veáis, malditos, sin flor, campos seáis de dolor, pena vuestra vida dé! ¡Las aves que por el cielo fueren con alas abiertas, caigan al momento muertas, si cruzan por vuestro suelo! ¡Mal Conde, por agua gaste tu aleve sangre este lago que a Duero camina, en pago del hijo que me quitaste! ¡Y las fieras más crueles que aqueste monte crio, me den muerte, cuando yo comiere pan a manteles; cuando la barba peinare, camisa limpia vistiere, noche en poblado hiciere, o en cama el cuerpo acostare; cuando hubiere regocijo en mí, de ninguna suerte, hasta que vengue la muerte de Don Alonso, mi hijo! Las venganzas, dice Dios, que se le dejen a él, que la sangre de este Abel, él la vengará. Los dos me ayudad, amigos míos, a sacar de este desierto a este noble cuerpo muerto, siendo a mis lágrimas píos. Lleguemos. La mayor parte sobre mi pecho cargad, pues es suya la mitad. ¡Quiera el Cielo perdonarte! ¡Si te pareciere exceso, Cielo, no hagas asombros, que soy Atlante que en hombros llevo un muerto cielo en peso!

JORNADA TERCERA

JORNADA TERCERA. Fue gallarda la invención para sembrar tus engaños, el decir que hoy cumplo años y que por esta ocasión he salido tan contento, que a todos hago mercedes. Hacerlas a todos puedes por el buen fin de tu intento; todo el palacio real te hace gran cortesía. Como me quedó la mano dulce, he dado en liberal. En premio de mi esperanza es la largueza forzosa, que no hay cosa más sabrosa que una honrada venganza. Pasó tu tiro la raya. ¿Murió al fin el Girón? Sí. Dios le perdone, y a mí, cuando de este mundo vaya. El día de mi alegría es hoy que empiezo a vivir, y así bien puedo decir que hoy nací, y este es mi día. Famoso banquete ha sido, el que a los Grandes has hecho; para de presto sospecho que algún primor ha tenido. a su Majestad le ha dado grande gusto tu grandeza. Hónrame siempre su Alteza. Aún el día no es pasado, Príncipe, guárdete el Cielo, que con tu dichosa cuelga toda la corte se huelga: yo en servirte me desvelo. Toca ese instrumento loco, que en día de tanto gusto, a este Príncipe es justo que se le demos un poco. Habeisme obligado, a fe, que es toda aquesta holgura presagio de mi ventura. Va de folia. Escucharé. «Toma gusto y alegría, Príncipe, que este es tu día; hoy nace tu regocijo y muere tu mal penoso, hoy viene el siglo dichoso y acaba el tiempo prolijo. Hoy mi voluntad elijo a tu grande cortesía: toma gusto y alegría. De hoy más, Paris en amor, no ha de haber en corte dama, que no se abrase en tu llama y no te haga favor. Dicho me lo ha un Doctor, muy diestro en negromancía: toma gusto y alegría, Príncipe, que hoy es tu día.» Esos que ruido nos dan, ¿quién son? Diablos vocingleros. De la villa son porteros, que por estrenas vendrán. Dales cincuenta ducados, y a estos dos por el contento que me han dado, dales ciento. ¡Vivas mil siglos dorados! Venid. ¡Qué afabilidad! Bien a quien es corresponde. ¡Viva el Conde, viva el Conde! Ya os hace merced; callad. Ya mi ventura llegó, pues muerto el que me abatía, los vítores que hoy oiría, oigo agora todos yo. Ya en las lenguas de las famas mi nombre eterno diviso. Por Dios, hecho un paraíso está el terrero de las damas. ¡Ah Circe, fiera en engaños, mi muerte en ti se conoce! Vueseñoría se goce, señor Conde, largos años. Para servir a quien tantas mercedes me hace ... De duda me saca: ¿esa dama es muda como las floridas plantas de estos jardines, que solo dan agrado con la vista? Pues voluntades conquista, hable, aunque falte su Apolo. No está para hablar. ¿Porqué? Perdió un brinquiño en la calle. ¡Plegué a Dios que no le halle! ¡Un extranjero le dé golpe malo que le quiebre, si ,ya quebrado no está! Antes que él se quiebre allá, ¡yo acá otra muerte celebre! ¿Qué hablastes? Ya se ha ido, por no veros más a vos. Bueno me dejan las dos: la maldición han sentido. Nuevo fuego, amor, prevén, pues con el tuyo me inflamas. El portero de las damas viene a darte el parabién. Goce Vuestra Señoría por muchos y largos años, libre de celos y daños y con perpetua alegría . . . Zárate, seáis bien venido; Rodulfo, a Zárate luego le da cien ducados. Ruego a Dios, le vea engrandecido tu nombre con una esposa que ilustre tu grande estado. Pues de esposa habéis tratado, si vos hacéis una cosa por mí, que podéis hacerla, mañana esposa tendré por vuestra mano. Haré mucho por verle con ella. Pues vos, en anocheciendo, entrada me habéis de dar en vuestro cuarto a hablar una dama a quien pretendo. Y habéis de esperarme en vela, basta tanto que yo salga, y fiad de mí que os valga la perdida centinela para salir de portero; y porque os creáis de mí, en dándome vos el sí, daros mil escudos quiero. De modo Vueseñoría obliga a este su criado, que aunque el negocio es pesado, lo tomo por cuenta mía. Darele en el cuarto entrada, y en él prometo asistir, hasta que vuelva a salir, aunque sea al alborada. Sois noble, dadme esos brazos. ¿Y es acaso Doña Elvira? Y el blanco es adonde tira mi fe; sus divinos lazos deseo ver en mi cuello. Pues, señor Conde, temprano ha de entrar. Dadme esa mano. Quiero escondido tenerlo con tiempo; quizá después faltará comodidad. Estimo esa voluntad. Larga en sus servicios es. Venid, daros he el dinero, y antes que alguien pueda verme, daréis orden de esconderme. Mi bocado es comedero, vamos. Rodulfo, prevén postas, que en rayando el día dejar a España querría. ¿Qué es lo que haces? detén. Esta noche he de gozar de esta que me hace guerra, y luego irme a Ingalaterra. ¿Sabes si la has de alcanzar? La entrada tengo seguida. ¿Y el gozarla? Es cosa cierta, o dejarla a mis pies muerta, si su impertinencia dura. Ya acompañará en la muerte al que tanto quiso en vida; tú en buscar postas me cuida, porque de cualquiera suerte, que la mate, o que la goce, de España me he de partir. ¿Esta tarde acaso has da ir a palacio? ¿Quién conoce cual yo las ocupaciones que hay en él? Si acierto a entrar, de ir allá se ha de excusar, por no perder ocasiones. ¿Y tras de faltar también, estándose acá despacio, que he de hacer yo en palacio? Al punto todo lo ten al alba. Harélo así. ¡Fiera, si la ocasión calva, y aunque contino, esté, el alba será noche para ti! Muy bien lo hizo Medina ayer. Es villa famosa, y su lealtad peregrina. Su condición generosa de mil mercedes es digna. Yo tengo de ella cuidado, que le soy aficionado, pues a mi esposa le entrego. ¡Guárdete el Cielo! Hoy, Don Diego, ¿en qué el día se ha gastado? Hemos tres toros corrido, que sobraron de las cañas, y el que postrero ha salido, ha hecho suertes extrañas, aunque desgraciado ha sido. ¿y Don Alonso Girón faltó a tan buena ocasión? Pues no vino a torear, no debió dalle lugar su precisa obligación. En ocasiones como estas no había de hallarse ausente. ¡Oh corte, cuánto me cuestas! Dame tus pies. Pues, pariente, ¿cómo de luto en mis fiestas? ¿Es muerta vuestra mujer? No, Señor. ¿Qué puede ser tristeza tan excesiva, si vuestra mujer es viva? Alzad, que quiero saber la causa de vuestra pena, que si es hacienda perdida, cosas son que el Cielo ordena; hablad. Fáltame la vida, que a mi muerte me condena. Falta el crisol de lealtad, el báculo de mi edad, de tu corte el regocijo, de este infeliz padre el hijo, y del mundo la humildad. Falta a los pobres su amparo, a los tristes su consuelo, a Medina su Sol claro, su venerador al Cielo, y a mi casa un Girón raro. Alonso falta. Señor, su vida la muerte asalta, y a mí me falta el amor, pues diciéndote que falta, no me ha acabado el dolor. De mis años la primicia me ha seguido la malicia de un lascivo y torpe gusto; Rey eres justo, y pues justo, hacedme del caso justicia. El Conde, Señor, el Conde aleve, ese Federico, de esta muerte, do se esconde, por matador le suplico alcance mi voz, adonde estuviere el Conde aleve; perdona. Rey, si se atreve a poner mi anciana lengua en quien está ausente, mengua, que razón la rige y mueve. Conde aleve, yo te reto, sal a defender el caso, si tienes noble respeto, que mañana en campo raso sustentaré esto, prometo. A campo le desafío por faltar testigos. Rey; este hecho es propio mío, y tuya. Señor, la ley; permite este auto pío.- En caso tan lastimoso, como noble poderoso tus clemencias no le olviden, que todos justicia piden del matador alevoso: Pide la tierra su Abel, la virtud su resplandor, la fe su amparo fiel, España su defensor, yo un hijo, venganza él. De justicia eres dechado, no porque al reo asomado a clemencia te reduzgas, que aunque eres Rey y ahora juzgas, has de ser de otro juzgado. Cuando en tu trono estuvieres, y esta causa entre los dos determinar pretendieres, contigo lo haga Dios como conmigo lo hicieres. — ¡Cielo, de este mal testigo, tierra que le diste abrigo, mas que mi verdad conoces: pues tenéis lenguas, a voces pedid justicia conmigo! Aunque venís con pasión, ha sido ya demasiada vuestra determinación, notando una sangre honrada con tan infame borrón. El Conde es noble soldado, y ha sido mal informado con mácula tan cruel, y yo respondo por él que venís muy engañado. Dará el Rey al Conde audiencia, que son actos necesarios, y con su noble presencia, a pesar de sus contrarios, volverá por su inocencia. Y cuando a salir importe a dar con el corte, corte en la culpa que le dan : manos tiene, que sabrán cortar lenguas en la corte. Por mí mi verdad responde, que es la que he dicho, Señora, nada al Cielo se le esconde, y mi causa se mejora con el ausencia del Conde. Dos testigos hay del hecho, que acreditan mi derecho: este criado es el uno y el otro más oportuno es la fuga que él ha hecho. No ha hecho fuga, que hoy ha hecho a los Grandes plato. Mi fe y palabra te doy, que no le salga barato, si mañana vivo estoy. — Señor, el daño repara de mi casa insigne y clara; de rey justo es tu primicia, como justo haz justicia, y como mi Rey me ampara. De veros, Girón, así, con tanto extremo me aflijo, que al punto que el caso oí, el golpe de vuestro hijo ha hecho la suerte en mí. De vuestra sagacidad, nobleza, valor y edad, advertiros será en vano: arduo el hecho, y vos Cristiano, siempre amigo de la verdad, yo que la trataréis creo. Yo haré buscar al Conde al punto, porque deseo oír lo que responde a delito que es tan feo. Vos descansad entretanto de vuestro justo quebranto, y pues como noble viejo, de mi corte sois espejo, sedlo en reprimir el llanto; que aunque grande causa ha habido, es mayor vuestra prudencia, y este mal no merecido se ha de llevar con paciencia; ved que soy yo quien lo pido. En besar tus pies porfió; hónrete España, tu madre, que aunque en edad hijo mío, hoy me has sido amparo y padre en este dolor impío. — Envíasme consolado con el favor que me has dado. — Reina y señora, yo os juro que verdad sola procuro. Que os valdrá, estad confiado, mas del Conde no creáis que os ofendió. Vea mañana, porque la verdad sepáis. En vuestra persona anciana mucho contento tengáis. Sin Alonso es imposible. ¡Ah suerte dura y terrible! ¿Qué es de vuestro buen amigo, Don Diego? Llorad conmigo su muerte; ¿sois inmovible, cómo no lloráis, qué es esto, Don Diego, amigo? — Él está embelesado y traspuesto. — ¡Don Diego! Pues, si él se va, tengo de seguirle presto. Don Rodrigo. Don Diego, hijo, en valor es justo que me desvele; he venido a este lugar a buscar quien me consuele y hallo a quien consolar. ¡Amigo! ¿Qué es? ¿Dónde he estado? El sol nuestro se ha eclipsado. ¡Muera entre mil lanzadas moras, si tú mañana a estas horas no estuvieres bien vengado! — Ve a descansar, que yo iré a llorar mi desventura. Yo llorando acabaré. — Pues, Galapagar no jura, mas lo que haré, yo lo sé. ¡Don Alonso, que te has muerto, y a mí me has dejado vivo; que tu triste fin es cierto! ¿De qué turbación recibo, que a dar un paso no acierto? ¿Amigo qué haré sin ti, cómo me dejaste así? ¿De qué estás triste? Detén. Tu esposo, Elvira, y mi bien, su vida acabó. ¡Ay de mí! El corazón no le salta; caso triste y lastimero; muerte en sus labios esmalta, que de este trago al postrero un paso solo le falta. ¿Qué haré? Don Diego mío, ¿qué hay? Fue el de Doña Elvira un susto. ¡Qué desvarío! ¡Mi bien! Apenas respira, hasta el pulso tiene frío. ¿Qué es esto? No sé. ¡Hola gente! Criado. ¿Qué nos mandas? Brevemente a Doña Elvira llevad, y en su cama la acostad, que tiene un grave accidente. No quiero decirle a Clara la desgracia de su hermano, que al momento la acabara. Adiós. ¡Ah Conde tirano, de estos filos te repara! Que aunque quieras guarecerte del Cielo, ha de ser tu muerte en la vida de mi vida, que solo tienes de vida lo que yo tardare en verte. Yo no me meto en rumores, ni en retos delante el Rey, que la noche, a toda ley, es capa de pecadores. Si el Conde a venir acierta, ha de llevar, juro a cris, que ahora está en solo un tris ir con la cabeza abierta. Y sin los que con él van en tropa aleve y corruta, han de probar de la fruta cuantos comieren su pan. Este rinconcillo es, donde puesto a punto me rebozo. Luego vengo. ¿Quién es? Mozo de la cocina del Conde. Pues llevaos este torrezno. ¡Ay, que me has descalabrado! No le picará al cuitado en la cholla pulga o rezno. Aquí sale tropa junta. ¿No tiene brava ocasión? Seores pajes, ¿de quién son? Del Conde; ¿quién lo pregunta? ¡Mandoble, revés, estocada! ¡Muerto soy! ¡Herido vengo! Así a mi buen amo vengo. Al fin enterrado queda. ¿Qué gente? Amigos. ¿Quién es? Pariente del Conde soy. Y yo aguardándoos estoy, llevaos aqueste revés. ¡Ay Dios, que a traición me ha muerto! Así hizo el Conde a mi amo, la espada se quebró; bramo. ¿Quién hace este desconcierto? ¿Hombre? Viejo. No hallo la espada. ¿Eres tú el de la rencilla? ¿Hase de ir este potrilla sin llevar su pimentada? No, juro a Cristóbal López. Demonio, ¿qué me haces? ¡Suelta! Antes que adentro deis vuelta, habéis de llevar dos topes. ¡Ayuda! ¿No hay quien me valga? No podrá menearle un muelle; vive Dios, que he de comerle a bocados una nalga. ¡No fuera este el Conde! ¡Atado te vea a la cola de un potro! Bueno ha estado este entre otro, que yo mi parte he vengado. Está de llorar cansada la muerte del mal logrado Don Alonso, que ha causado su muerte tan desastrada lástima a toda la corte; de cansada no reposa. No habrá ocasión venturosa, que tanto como esta importe al Conde. Con el dolor se dejó la puerta abierta. Aquí está, aunque no despierta. Toma la vela, Señor, cierra, y quédate aquí, que yo te estaré esperando hasta que te vayas. ¿ Cuándo tal ventura merecí? Contemplarela de espacio: ¡qué hermosa es, y qué gallarda! El que estos ángeles guarda, cielo es, que no es palacio. ¿Que un escudero quería gozar esto a mi despecho? Harto bien está lo hecho, él pagó su villanía. ¡Qué manos estas, qué talle, con quien amor siempre lidia! De mí mismo tengo envidia, porque he llegado a gozarle. ¿No estamos solos los dos? Quiero abrazarla; ¿qué espero? ¡Ay mi Alonso, ay mi lucero! Que no soy tu Alonso. ¡Ay Dios! ¿Quién eres, hombre? ¿Por dónde entraste aquí? . No te alteres. ¡Traición! Calla. Di, ¿qué quieres? ¿No conoces soy el Conde? ¿Pues qué quieres aquí? ¡Ay triste! Servirte, estimarte y verte. ¿Vienes a darme la muerte, cómo a mi esposo la diste? Ya el juramento has cumplido, que su muerte habías de ser. ¿Qué te queda más que hacer? Tener de tuyo apellido. No me meto en eso, no en ese hombre, por tu respeto; solo en mi interés me meto, y, en lo que te estimo yo. a peligro estoy por ti, tú me has de hacer favor. ¡Yo favor a un traidor! Serelo, si hablas así. ¡Salte afuera, o daré voces! Cuando las des, desleal, darete mil muertes; mal mi resolución conoces. Elvira, ese es desatino, deja tu locura necia, mira que si eres Lucrecia, tienes en casa a Tarquino. Yo te tengo de gozar esta noche, no lo dudes; si a mis deseos acudes, cuanto mando has de mandar. Serás en Ingalaterra de mis estados señora; el sol riqueza no dora, el mar tesoro no encierra, que mejor, y más precioso no esté, Elvira, a tu mandado, y un Conde reverenciado por tu amparo y por tu esposo. Deja goce en la ocasión de esos divinos luceros. ¡Ah hombres o hechiceros, mal haya vuestra intención! En tanto que pretendéis el gusto que deseáis, ¡qué buenas palabras dais, qué obras malas tenéis! No te creo, que eres hombre, y harás como los demás. ¡No ampare el Cielo jamás, Elvira, mi alegre nombre; nada a gusto rae suceda; siendo en delitos culpado, sea de aleves retado cuando responder no pueda; vea mis honras en calma por delito atroz y feo! No jures más, ya te creo. Sáleme el amor del alma. ¿Mi esposo en efecto eres? La mano de ello te doy. Pues ya que tu esposa soy, haz de mí lo que quisieres. ¡Que te ablandaste, y quité tan grandes montes del medio! Conde, busco mi remedio; el muerto acabó, ya fue, su alma buen fin consiga. Ven. Gozarla y irme intento. Fiome en tu juramento. El de amante nunca obliga. Creo que hasta la mañana el Conde no ha de salir, ya por demás es dormir: será noche toledana esta, pero mil escudos que a un hombre sacan de empeño, ¿cómo no quitaran sueño, si hacen hablar los mudos? Bajo de llave han quedado, que en materia de interés el que da dineros, es el famoso adelantado. Cásese ella norabuena, y quede yo con remedio, pues el Conde ha hallado medio para remediar su pena. ¡Para poderlo entender el Rey, que tal quedará el pobre Zarate! Ya Cielo, quiere amanecer; ellos se estarán holgando, y yo acá con tal dolor, que la pensión de su amor yo triste la estoy pagando. Este interés puede mucho . . . Música hay en el terrero, penitente majadero debe de ser este; escucho. «A punto está esto», «despertad del sueño, amor», para que al albor» en cobro estéis puesto». Extremada es la letrilla para entretener la dama; no sé cómo un necio ama, mas no hay necios en Castilla. Él se debe entender, pues canta aquello a deshora. ¡Ah Zárate! Mi señora. Quiéroos, padre, agradecer el galán noble, y esposo que esta noche me habéis dado. Aunque anduve algo sobrado, lo hice por su reposo, que el Conde es muy gran persona, que le ha de hacer mucho bien; ruego a los Cielos le den por condado una corona. No hay en eso que pedir, sino solo procurar, cómo lo hicistes entrar, hacerle ahora salir. Venga, que aguardando estoy. Veisle allí, llevadle presto, mas antes advertid en esto, quien sois, quien era, y quien soy. ¡Ruin! Vos a mi aposento trajisteis a mi enemigo, de una mujer es castigo, solo el vuestro ahora intento. Cielo afable, amor fiel, load hecho tan honrado, pues cual pedís, he triunfado de este Holofernes cruel. ¡A mí promesas, traidor, tú en un lecho estar conmigo! A Dios pongo por testigo, que uno solo fue mi amor. Y ese muerto ha de durar eternamente en mi pecho. — Tú que esta traición has hecho, deshazla ahora con llevar de aquí este cuerpo. ¿Y por dónde le echaré? Por el postrero balcón que cae en el terrero, que está sin rejas. ¡Ah Conde, Dios te perdone este gusto! Dejaos de hacer asombros, y echáosle sobre los hombros. ¡Cómo pesa! Era robusto. con el muerto con una aguja. Andad. Como malhechor Voy de mi culpa cuitado. Con el cuerpo va cargado, porque acabe así el traidor, que yendo con él cosido, cuando le arroje el cruel, caerá del balcón con él, y tendrá el fin merecido; y no se sabrá jamás quien fue del Conde homicida. Del que te quitó la vida, ya, esposo, vengado estás. ¡Jesús, que muero! ¡Allá fue! La mujer que fuere honrada, procure quedar vengada, dejando su honor en pie. Dame para la estacada licencia, para que en breve con los filos de esta espada defienda que el Conde aleve y su amistad fue doblada; que su envidiosa intención le robó a España un Girón, que pudo ser capa del Cielo en firmeza y religión, en pureza y santo celo. Hoy verá España vengado por estas canas ancianas al más valiente soldado, que jamás en estacada hasta agora se ha hallado. Conde, si tus glorias sienten, haz que las cajas revienten, y saca el guardado acero, que voces de un caballero no es honra que así te afrenten. Si haces justicia, y paz pones, remedia este desconcierto. Rey, que a fuerza de traiciones el Conde amanece muerto en frente de tus balcones. Muerto a tus ojos le han, por aumentar tus enojos, que darte aleves querrán con el agraz en los ojos, y quizá oyéndome están. Pregúntales a estas dos quien le ha dado muerte. Dios; que si Dios no se la diera, ¿quién a un Conde se atreviera? Bien atrevida sois vos. Si estoy dentro en tu real techo, y él está muerto en la calle, ¿cómo culpas mi derecho? ¿Para salir a matarle, hame algún agravio hecho? Un portero es muerto, atiende si hay en ello alevosía; descubrirle, Rey, pretende. Que Dios le castigaría, que de los malos se ofende. Algún Ángel envió Dios, que la muerte le dio. Pues no está su pecho impío libre de mi desafío. Tate, él matar se dejó, por no verse con mi amo. Los más de su casa están heridos. A ese reclamo responda Micer Roldan que saltaba como un gamo. ¡Ah buen lacayo, qué bien les di fruta de sartén! Pues no me hace competencia ninguno, tu real sentencia dar en mi favor prevén. ¿Qué es esto, Cielo, qué caso es el que miran mis ojos? De enojo y ira me abraso. La fuerza de mis enojos me ha traído al postrer paso. ¡Mueran, Rey! Harto lo están; ¡ah fortuna rigorosa! Mira que te matarán, con maldad tan alevosa, estos que oyéndome están. Gran melancolía tengo. Hoy una industria prevengo, para alentarle el castigo. ¡Ay Don Alonso, ay amigo, y qué presente te tengo! Divierte en algo, Señor, caso que te da tal pena. ¡Ay Don Alonso, ay amor! Música suele ser buena para aliviar un dolor. Extrañamente me aflige pérdida de tanto peso. Rey, ¿quién te detiene y rige? Fulmínese este proceso, o para hacerlo elige hombres de justa conciencia, que delante tu presencia juzguen fuera de pasión una tan grande traición. Ya me admira mi paciencia; probada esta alevosía, quiere encubrir la verdad; es sobrada tiranía. Con poca dificultad lo sabré; y Señora mía, dejad, no me atormentéis. Sin duda vos lo sabéis, pues con tal flema juzgáis. Pues si tanto me apretáis, sin duda me acabareis. Si esto os da disgusto, yo callaré por daros gusto. ¿Á mí disgustarme? No. Sois Rey poderoso y justo. ¿Quién tanto daño causó? Señor, tu tristeza espanta; con música la divierte. Es mi pena tal y tanta, que solo puede la muerte acaballe. a mí me canta versos tan tristes. —Don Diego, traed la música luego. Don Diego, ¡Buena ocasión! Ya vendrán; y un romance cantarán que encienda de nuevo el fuego. Canten, que yo lloraré. Canten, y lloraré yo, o sin duda moriré; pero pues por mí murió, ¿qué hago en morir; porqué lo dilato? Ya está aquí la música. Hola, decí un romance triste. Y tal que no se ha visto su igual. Decid de prisa. Dice así: El famoso Don Alonso, de cortesanos espejo, que el girón de tela hizo de tres altos con sus hechos: después que venció en batalla al Lusitano soberbio, y dio materia a la fama para volar a sus reinos: llevándose en un sarao de galán y bravo el premio, a torear salió el Martes en un andaluz overo. ¡Oh, qué lindas suertes hizo! Mas ay, que un Conde soberbio vio que enviaban las damas los ojos tras del mancebo. Jugó canas, y topando una con su brazo izquierdo, hizo la punta una suerte en Doña Elvira Pacheco. Echole su lienzo aprisa, mas tras del lienzo, del lienzo quedó abrasándose el Conde con el infierno de celos. Partió a Olmedo Don Alonso, fuele el contrario siguiendo, y en medio de un despoblado rompió a lanzadas su pecho. ¡«Que de noche le mataron, «al caballero, «la gala de Medina, «la flor de Olmedo!» Callad, callad, no cantéis, detened, no prosigáis, ved que el alma me arrancáis con cada acento que hacéis. Si en medio de las mercedes que me hacéis, Rey y Señor, no pretendéis que el dolor me acabe del todo, puedes mandar que callen. Callad, que yo estoy enternecido; esto, pariente querido, es prueba de su bondad. Voz del pueblo es voz de Dios, y pues ya el pueblo lo dice, nada esa verdad desdice. — No repliquéis, reina, vos; la muerte del Conde fiero fue justo juicio de Dios; y así declararlo quiero, a él bien muerto, y a vos por honrado caballero. De su muerte no se haga más pesquisa. Justa paga de sus malas obras es. Dame a besar esos pies. Porque más se os satisfaga en esta pelea prolija, que vuestra desgracia aumenta, os doy con voluntad fija dos mil ducados de renta para dote a vuestra hija. Dame la mano no escasa, y porque mi edad ya pasa soledad en esta ausencia, dame, gran señor, licencia, que a Clara me lleve a casa. No ha de ser de aquesa suerte; ya en vos he puesto la mira, y a ella y a Doña Elvira quiero casar. Advierte, que aunque de secreto fue Don Alonso mi marido, a quien solo yo he tenido amor constante, limpia fe: Él sólo la ha de gozar en el Cielo donde asiste, y mi voluntad resiste la mano a otro dueño dar. Mas si tu suerte interesa algo en hacerme favor, licencia me da, Señor, pues tengo hecho promesa, para ser monja profesa. Alcance yo esta merced de tu excelsa Majestad. Pues, Doña Elvira, creed, que esa es santa voluntad; vuestro gusto, Elvira, haced. — Quiero por daros placer, pariente, y vuestro sosiego, darle a Clara por mujer a vuestro sobrino Don Diego, que lo podrá muy bien ser. Es un hijo en amor tierno: yo lo recibo por yerno. Don Diego, a tus pies el rostro inclino; y tú esos brazos me da. Y mi corazón entre ellos. Ojos hermosos y bellos, favoreced al que está esperando arrodillado que le hagáis algún favor. Alzad, esposo y señor. ¡Oh título deseado! Pues Clara, mis joyas todas son tuyas; ya te hablo clara, que en Medina en Santa Clara voy a celebrar mis bodas; para que el mundo confirme con ejemplo tan bastante, que hay una mujer constante, si hubo un hombre amante firme. Recíbeme, Clara santa, que a ser hija tuya voy. De esto edificado estoy. Tan grande firmeza espanta. ¡Adiós, mundo, no más redes! Hoy Elvira se despide de ti. Carrero, Telles, y Salas piden perdonen Vuesas Mercedes.