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Texto digital de Las bodas de Fineo

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Atribución tradicional
Luis de Belmonte Bermúdez
Atribución estilometría
Luis de Belmonte Bermúdez Probable
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El texto procede de la transcripción automática (corregida posteriormente) del manuscrito Mss/14802 de la BNE.

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Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Las bodas de Fineo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/bodas-de-fineo-las.

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LAS BODAS DE FINEO

Señor, ¿qué intentas? Déjame, villano, que abrasaré este monte y este llano y, turbando horizontes, hechos pavesas tocarán los montes el manto de los cielos lloviendo injurias y vertiendo celos. Mira que te despeñas. ¿Por ventura es la primera vez que en sombra oscura cambié los rayos del farol hermoso? A su luz envidioso le cerré las cortinas, fábrica vil de sombras peregrinas, parto feroz del abrasado río donde medrosos del agravio mío tiemblan sus moradores pisando sierpes en lugar de flores. Poderoso Fineo, conozco tu valor, tus fuerzas creo, pero la empresa de tu amor es grave, que quien tus penas sabe dice, viendo a Perseo, que te habrás de quedar con el deseo. ¿Por qué, hijo de Júpiter, me infamas y valiente le llamas donde presido yo? ¿Nunca has oído que de furor vestido, cuando mi honor ultrajas tocando trompas y sonando cajas en el imperio hermoso de la aurora, si no con firme diestra vencedora, con fuerza igual, no alcanzas que repetí venganzas contra su mismo padre en el dorado trono del sol, que lo dejé manchado con iras, con venganzas y furores? Sí, pero hallaste fuerzas superiores. Si malogré el intento, fue, a lo menos, heroico atrevimiento, pues brazo a brazo en la campaña armado le dejé alborotado su pacífico imperio con tanto vituperio de las escuadras suyas que temblaron y mudas a mi vez se embelesaron del austro a los trïones, siguiendo mis pendones sus mejores soldados, rebeldes y obstinados, al rey que los sustenta. Retireme, feroz temí la afrenta, que, si despeño fue, si fue castigo, con blasones estoy de su enemigo. Esta provincia es mía, de donde siempre mi furor le envía, reventando veneno en pecho y labios, quejas feroces por que sienta agravios. Mira, Libio, si agora podré temer al hijo que no ignora que puedo competir sus bizarrías con amantes porfías, con ardientes desvelos, espuelas libres de bastardos celos. Andrómeda será mi heroica empresa, si a Júpiter le pesa, si le presta a Perseo rayos que fulminaron a Tifeo cuando, escalando al sol, bañado en oro cargó sobre el Paquino y el Peloro la basta pesadumbre del verde Olimpo, que venció la lumbre de las rubias estrellas con la ambición de coronarse en ellas; yo turbaré sus bodas con las máquinas todas que desató el abismo, sirviéndome de espejos a mí mismo por que copien mis ojos entre furias y enojos la venganza mayor que amor desea que áspides pise y basiliscos vea para que el mundo, honrando mi deseo, llame a estas bodas «bodas de Fineo». Allí viene un crïado de AAndrómeda, señor. Yo he procurado con dádivas vencerle y no he podido. Pues tiene el hombre humor entretenido, pero guarda lealtad. Veré si puedo vencer con oro su respeto y miedo. Buen encuentro, en verdad. ¿Adónde bueno? La pregunta condeno, ¿no lo sabe vusted? No lo he sabido. Aqueste prevenido para mañana. ¿Quién? Son nuevas quejas, agora he de ponelle las orejas como unas ascuas, que este es majadero fundado en su dinero, con que atropella el mundo y habla y miente de lo cierto y galán, pues no hay quién cuente promesa suya que la vea cumplida, mal empleada, pero bien creída de todo mentecato. Habla, no seas ingrato a mi amor, a mi fe y a mi deseo. ¿Quién se ha de prevenir? El gran Perseo para dalle la mano de esposo a mi señora. Este villano me está matando, Libio. Sufre y calla, pues que le has menester. Esta batalla han de estar padeciendo mis sentidos. Agora ciertos hombres entendidos de buen gusto, en verdad, (Ya va la flecha, que el que dice la copla, ese la echa.) hablando así en la plaza en varias cosas, juzgaron tus acciones enfadosas que eras vano, soberbio y arrogante y por necio inconstante... (¿Esto podré sufrillo?) .y algo habladorcillo —brava falta, por Dios—,... (¿Que aquesto escucho?) .mas quien mucho promete ha de hablar mucho. Enfademe al pasar no del arroyo porque estaban sentados en un poyo y dije: «aunque Fineo no es justicia que logre su deseo, porque Andrómeda tiene otros cuidados sobre la luz del sol tan bien fundados que su esperanza juzgara dichosa y dice que Fineo es poca cosa; con todo, eso no es bien que le mormuren ni vuestedes procuren deslucille el intento, que, si es atrevimiento, no han de pagar por él cuando Perseo lo mate a palos», dije, y con deseo de volver por tu honor, metiendo mano, arremetí a los siete y un hermano de la sobrina de un pariente mío porque tuve con él un desafío veinte leguas de aquí. Por este lado me dio un revés, el más desatinado que me han dado en mi vida, con el alma aturdida le di un abrazo al suelo y con mortal desvelo, viendo mi propio daño, les dije a todos: «Pues ¿por un picaño me han de tratar así?». Pues ¿de ese modo de mí has hablado? Póngase de lodo la ausencia más honrada si lleva acuestas una cuchillada. ¡Este es gran socarrón! Ya le he entendido, mas, como estoy de amor también perdido, todo lo he de sufrir. ¡Bien te acomodas! Señor, muy desgraciado eres en bodas, jamás cuajas ninguna. Tengo infeliz fortuna, soy siempre desgraciado. Hasta un pastor la novia te ha quitado. Ese pastor que dices era, por que mis penas autorices, disfrazado león. Pues mal porfías. Así concierto las venganzas mías, quitarele a Perseo el hermoso trofeo de la mujer que adora. Es desvarío, que no puedes forzalla el albedrío. Con gusto ha de quererme si me escucha. Yo sé que ha de quererme y obligarme, como llegue a escucharme. ¿Qué importa que te escuche noche y día si ella me ha dicho (aquí viene la mía) que siempre le pareces un demonio?, y a mí me ha parecido testimonio, porque no lo pareces. Si la ocasión me ofreces para hablalla esta noche en los jardines... Que no te determines quisiera yo. ¿Por qué? Porque estoy viendo que te han de dar con algo. Ya me ofendo, que a un hombre como yo juzgues cobarde. Aunque agora la guarde aquel dragón de las manzanas de oro, del vellocino el abrasado toro, la he de hablar esta noche y persuadilla, obligalla y servilla con músicas y fiestas. Las mujeres en humanos placeres fundan ya su razón. Las que son buenas de lisonjas ajenas miran el fin seguro, que tienen siempre por defensa y muro la virtud generosa; diamante es la mujer si es virtuosa. Ya desatando sombras entre pardas alfombras baja la noche despeñando al día en monumentos de la espuma fría y has de ver entre nieblas vencedores entre voces canoras, entre fuentes risueñas, aborto hermoso de nativas peñas entre dormidas flores, entre quejas y amores y sentimientos puros los favores seguros de aquel prodigio hermoso. ¿Y si llegase a ser más venturoso tu contrario? Verías entre las ansias mías hecho un volcán el corazón ardiente. Vuesa merced se abrasa fácilmente, eso yo no lo niego, que tiene siempre de cosecha el fuego. Triste estás. ¡Ay, Celia mía!, del cielo son los rigores; ni las coronadas flores ni la fuente hermosa y fría ni el blando aliento que envía el aura sutil prefieren a penas de amor; no esperen dichas que ligeras pasan cuando en cristales se abrasan y entre las flores se mueren. Debo la vida a Perseo y debo pagar su amor cuando por competidor halló al furioso Fineo, con imposibles peleo entre cristales y rosas, que mis penas amorosas ven en dudosas empresas uno con grandes promesas y otro con prendas hermosas A[u]nque Perseo me ofrece grandes bienes, no los veo, de enamorada los creo, crédito su voz merece, mas de esperiencias carece. Su reino es lejos de aquí, en Fineo conocí las evidencias que toco. Cielos, ¡mi discurso es loco!, defiéndame Dios de mí. Uno en su reino promete los bienes que han de durar, mas ¿pide para gozar que a la muerte me sujete? No hay quién la enigma interprete. Si he de gozar, ¿cómo muero? Si muero, ¿qué bien espero? ¡Ay, discurso!, ¿adónde vas?, que me voy perdiendo más cuanto más lo considero. En oposisión visible otro me promete glorias sin discursos ni memorias, porque su efeto es posible toco el bien, pero es terrible la batalla interior, que pierdo otro bien mayor, pero ¿dónde está este bien, que no hay señas que me den más que las queda mi amor? ¡Ay, Perseo, ¡ay, señor mío!, del fiero dragón del mar me libraste, venle a dar luz a mi ciego albedrío, que es tirano el señorío del ciego competidor, mas él vera mi valor, él temerá mi poder, que es un rayo una mujer en teniendo firme amor. Gente he visto en el jardín ¿Quién puede ser que no sea el que ya esperan mis brazos? Libio, en la margen risueña que coronada de jaspes paga su prisión en perlas, he visto la bella imagen que entre mis ansias eternas idolatran mis sentidos, que, aunque las muda tinieblas forman pabellones pardos de los olmos y las yedras, Amor, aunque ciego, es lince que escuridades penetra y hasta los celos descubre que habitan región más negra; Andrómeda es la que he visto. Si es mi bien, ¿cómo no llega? ¿Querrá que paguen mis ojos las dudas de sus promesas? Ea, amigos, prevenid los instrumentos y cuerdas y mejorad enamorad los silencios donde la noche se peina, mirad que Andrómeda escucha, regalalda, entretenelda, serán vuestras blandas voces terceros de mis finezas. ¿Qué príncipe hay en el mundo que tus favores merezca más generoso y galán y de más ilustres prendas? Si es Perseo, dicen bien, dichosamente me alegran las voces que lo publican; cantad, proseguid la letra. Los regalos que te ofrece los gozarás en la tierra, no son enigmas obscuras, no son dudosas promesas. Bienes que son infalibles son los que el alma desea. Fineo es dueño y señor de las mayores riquezas y las gozarás dichosa como por señor le quieras. Cielos, ¿qué escucho? Engañeme cantándome estas sirenas. Ojos matadores de dulce mirar, rayos son las flechas que tirando estáis, que muero de amores y muero de celos y el remedio que busco me lo dan en fuego. Sufrir y penar, que son rayos las flechas que tirando estáis. ¿Qué he de hacer? Dudosa estoy, que me enternecen sus quejas penas, con sus lástimas me obliga y me suspenden sus quejas. Advierte que son engaños los que el bien te re representan. No te despeñes, señora, mira por ti Calla, necia, muy bien sé lo que me importa. Pues ¿qué intentas? Que se vuelva Perseo al reino que dice fundado solo en ideas, que a mí lo cierto me agrada, venga muy en hora buena Fineo, que el corazón le está abriendo ya las puertas como a dueño y como a esposo. ¿Hay mayores dichas? Llega, que ya la vitoria es tuya. ¿Hubo mujer más contenta? Advierte que vas perdida. Los cielos comigo sean. Teme si vas engañada, si estás dormida recuerda... Celia, ¿escuchaste una voz que los sentidos penetra? Será del mejor amante que vieron las rubias trenzas del sol, será de Perseo. Ya sé que estorbar intenta mi competidor celoso el bien que aguardo. ¿Esta afrenta han de sufrir mis blasones sin que mis venganzas vean? Señor. Ya sé lo que dices. Pues, si lo sabes, ¿qué esperas?, sabiendo que es un gallina y que de tu nombre tiembla. Si quieres en nombre tuvo que le derribe seis muelas de dos puñadas... Detente porque nuestra competencia se funda en el albedrío de una mujer y la fuerza en amor es tiranía, su voluntad es la prenda que yo solicito más. Señora. ¿Quién es? Quien deja su hermosa patria por ti por que tanto amor me debas. Por pecados de tus padres mi padre, que siempre reina sobre luces del Olimpo —verdades que las confiesa el enemigo que miras—, te condenó —bien te acuerdas— a la muerte y que ligada a un peñasco donde juegan las quebrantadas espumas del mar pagases la deuda con la vida, allí aguardaste entre mortales lisencias del temor y la piedad a que de las olas crespas del piélago azul saliese aquel mostro, aquella bestia, verdugo de tu hermosura. Mira qué infeliz tragedia daban al mundo tus años si mi piadosa clemencia, si mi amor, si mi bondad por tu bien no me trujeran peregrino adonde estabas y, por que adviertas la priesa con que tu amor me llamaba, puse dos a las ligeras al caballo en que venía, que el amor, si es firme, vuela al remedio de quien ama aunque trabajos padezca. Maté al mostro y libre entonces pedí la honrosa promesa de mi amor, pues, que serías mi esposa dijiste, apenas él «sí» dijeron tus labios cuando arrepentida niegas la fe, el amor, la palabra, la obligación y la deuda, ¿qué encantos te atemorizan, qué hechizos te embelesan, qué engaños te desvanecen, qué vanidades te ciegan, qué deleites te enamoran, qué regalos te contentan, a qué sirenas escuchas y qué Calipsos te apremian? Libre estás, el alma tuya sentidos tiene y potencias para elegir el camino del bien y el mal, si conoces confiesas, si publicas, si confiesas conoces que a mí me debes la vida. ¿Dónde vas perdida y ciega tras de tu vano apetito? El que por dueño deseas es tan pobre, es tan mendigo que hasta la morada estrecha donde agora vive es mía. Mira si tantas promesas podrán pasar de lisonjas, pues, si no le doy licencia, no podrá darte una flor de las que tus plantas huellan. Yo soy el que soy, señora, el que los hombres respetan, el que los cielos bendicen y el que verdades enseña; todos los bienes son míos, donde yo estoy no hay pobreza, que soy tesoro escondido y luz sobre el monte puesta. ¿Has dicho? Y lo que bastara si Andrómeda conociera tus engaños. Son verdades. Pobres de los que te crean, pues hasta el alma les quitas cuando en tus regalos piensan. ¿No tengo poder? Ninguno. ¿Cómo no?, pues bien te acuerdas cuando en la cumbre de un monte —mira se hay valor y fuerzas en este brazo— te dije que, si postrado en la tierra me adorases, te daría cuanto descubrir pudieras con la vista. ¿Y cuál bajaste medroso de mi presencia? Emprender hazañas grandes es valor. Y desvergüenza del que conoce ventajas y se arroja sin temerlas. ¿Quién os mete en eso a vos? Oye, señor trafalmejas, el de la cara ahumada, por vida de mi conciencia que, si se mete en dibujos, que he de ponelle una tienda de alquitrán para que parta con su amo. ¿Quién me niega que de tu mayor amigo, el de la privanza estrecha, pues le llamabas tu hechura, hice un mostro que rompiera ingrato a tus beneficios las leyes de la obediencia y el respeto en un jardín? Engañole tu soberbia, pero ya somos amigos, hartas lágrimas le cuesta. ¿Qué importa si en su delito pagaron otros la pena siendo el instrumento yo?, pues las cataratas negras de las tronadoras nubes desataron la soberbia de su brazo por condutos hidrópicos donde abrevian entre gemidos mortales cuanto respira y alienta en la máquina inferior. Así pagan los que pecan, pero libre una familia para que el mundo volviera a la hermosa forma suya. Y de esos que tú reservas no levanto contra ti el más feroz, la bandera donde mis armas tremolan. En su castigo te afrentas. Y por más baldones tuyos, en la ciudad más soberbia del mundo, con poder mío no amenazó las estrellas una torre a quien el sol miró temblando tan cerca. Ya ves que un soldado mío dio con la máquina en tierra, confusos los obradores para que mi nombre teman. ¿Qué poder ni qué soldados?, si aquellos que tú granjeas con nombre de hermanos tuyos los desamparas y dejas esclavos de un rey tirano que los maltrata y apremia, haciendo adobes llorando en tu olvido su miseria. Llegó el tiempo y con mi amparo salieron a mejor tierra guiados de un tartamudo, que los que a mí se encomiendan ponen la lengua en las manos. Bien dices, si no saliera el mismo rey en su alcance. Digan las ondas abiertas después que salieron libres si mescladas y revueltas al carro y al caballero con soldados y banderas dieron monumento helado entre abismos y entre arenas. ¿Después en desiertos campos no te dijeron blasfemias por la sed que padecían? El capitán que los lleva, dándole lisencia yo, pidió el cristal a una peña con la prodigiosa vara. ¿Y es justicia que padezcan tanta hambre. Así me llaman y de mi nombre se acuerdan porque no hay despertador como trabajos y penas. ¿No es mejor regalos? No. Pues ¿por qué? Porque se entregan al ocio y luego se olvidan del mismo que los sustenta. ¿No han de comer? Mal arguyes. El vicio es el que condena en las acciones humanas la misma naturaleza. Por el sustento común dieron lastimosas quejas los que tú llamabas tuyos. No es mal el que se remedia, manjar tuvieron sobrado y en él cuantas diferencias puede apetecer el gusto. Pues ¿cómo daban la vuelta por los ajos y cebollas a la esclavitud primera? Ahí verás cuánto se estraga el respeto y la obediencia con la abundancia viciosa, pues lloran por lo [que] dejan y, así, es menester que el freno de la templada abstinencia dome el furioso apetito para que sirvan y crean. No querrá Andrómeda esposo con tan avara prudencia que le tase la comida, que la abundancia en la mesa honra al dueño y sirve al gusto, con que el cuerpo se deleita. Si en eso estribara el bien, los regalos de la tierra son míos. Quien no los da por no tenellos los niega. Jamás trataste verdad, no es mucho que agora mientas, yo soy señor poderoso. Será en provincia estranjera. Yo mando aquí. Yo gobierno. Los que te sirven me tiemblan. Los que defiendes me llaman. Tengo poder. Tengo fuerzas. Yo doy premios y castigos. Yo regalos y riquezas. ¿Adónde están? En mi mano. ¿Cómo agora no los muestras? Porque aguardo que los pidan. Nunca ha dado la pobreza ¿Yo soy pobre? Tú eres pobre. Verás contraria la prueba. ¿Cuándo? Agora. ¿En quién? En mí, que estoy buscando esperiencias de los regalos que busco de los bienes que deseo porque el gusto se deleita en regalos de esta vida porque es soñada quimera que se remita a esperanzas lo que está ofreciendo pruebas. ¡Qué simple engaño! Señora, por que confieses las deudas de mi amor y dignamente mi esposa llamarte puedas, pide aun lo que el gusto ignora, que nada mi amor reserva para que contenta vivas, para que señora seas. En este mismo jardín que es mi casa, donde reina mi padre, quiero gozar sin enfadosa obediencia, sin apremiado respeto y sin sujeción violenta todo cuanto el gusto libre puede apetecer. Pues llega y verás que, siendo mía, transforma el oriente en perlas para honrar tu cuello hermoso los cristales que se quiebran de esa fuente que se ríe y esas plantas que veneran al sol por bello hortelano verás haré, mi bien, que te ofrezcan sabroso gusto en sus frutas, no lo que ellas representan, sino manjares süaves que en ámbares y en canelas monumentos desperdicien adonde el fénix se quema. Advierte que a otra mujer hizo la misma promesa y halló veneno en la fruta. En estas hay diferencia y sigo mi gusto libre. Yo llego a la fuente. Llega y conocerás verdades. Llega. ¡El cielo me defienda! ¡Muerta soy! Este dragón parece a la bestia fiera que para despedazarme salió del mar. Si hay clemencia en tu pecho, ¡oh, gran Perseo!, razón es que me defiendas si es que me tienes amor. ¡Posible es que yo no tenga valor para levantalla! ¿Cómo, si aun no tienes fuerzas para que caiga —con ser más fácil—, sin la lisencia y permisión que te doy? Levantarla de la tierra donde miserablemente cayó por su inobediencia solo a mi brazo le toca, sola esta mano pudiera, que soy hijo del gran Dios que preside a las estrellas, soy Perseo y, aunque ves que soy hombre, me respetan por hombre que tengo unida divina naturaleza. Levanta, mujer. Señor, deja que primero vea el mundo en tus pies mis labios, que humildemente confiesan que ya soy tu esclava. ¿Lloras? Para que el dolor entiendas de haberte ofendido. Así estás más hermosa y bella. Cuanto me agradas humilde tanto me ofendes soberbia, deja ya mis pies, levanta, que tu muda voz penetra el corazón que te ofrezco, llega a mis brazos y alegra a mi padre con tus bodas, que yo sé que las desea. Vuestra voluntad se cumpla, hágase en mí lo que ordena vuestra palabra, señor. ¿Hay tormentos que padezca más crueles? Sí, por cierto, otros poquitos le quedan de buen tamaño, y a fe que han de tener la carrera un poco prolija. ¿Es este el convite, así festeja vusted a sus convidados? ¿Dragones pone en la mesa? Miren que polla de leche... Oigan y no se diviertan comigo, por caridad. Hizo un día una gran fiesta y convidó unos amigos que habían venido de fuera, diole el gasto al despensero y era, si bien se me acuerda, el mismo que tú tenías, mas, como era maña vieja ser ladrón, hallose mal y sirvió a esta buena pieza, y con tener por oficio comprar para la despensa él se moría por vender, mas ¿cómo le fue en la venta? ¡Oh!, ¿si hablaren los sauces?, mas volvamos a la fiesta. Mandoles poner, al fin, la mesa en la chimenea, siendo por caniculares, que aun por hibierno se tuestan, sentados ya, por principio les sirvió yesca y pajuelas. Miren qué naranjas duces —tales los güéspedes eran—, un pastel de triquitraques. Miren qué zorzales llega, más redondo que una bola, pero descubierto apenas una rueda de naranja tocó al hojaldrado y vuela la mesa y los convidados con mil demonios, pues vean si hay que fiar de convites de tierra caliente. Esferas donde los rayos se forman, ¿cómo no buscáis tragedias para que vengue mi agravio? Señor, tus bodas quisiera saber si han de ser mañana. Cuando las luces primeras del sol, que en púrpura nace sobre las rosadas huellas del alba, serán mis bodas. Pues yo voy a disponerlas, que tengo galán capricho y quiero con tu lisencia que estos músicos nos sirvan, que es bizarra estratagema que con armas del contrario le rompamos la cabeza. que oigas la letra que yo por servirte tengo hecha La vitoria es conocida, con humilde reverencia te serviremos, señor. No hay servir como al que premia. ¿Piensas que tan a tu salvo has de gozar de la presa que injustamente me quitas? Pues ¿qué has de hacer? La esperiencia verás de venganzas mías. ¿Qué podrás cuando te atrevas? Quitarte la vida. ¿Tú? ¿Yo no basto? Reverencia me debes como inferior. Tú lo dices, que mi lengua no ha de confesar ventajas. Castigaré tu soberbia. Verás que te busco armado. Sé qué traiciones intentas. Sé que venganzas procuro. Hallarás tu afrenta en ellas. Pues salga el dormido sol tropezando en las tinieblas, peinando en soberbios montes nevados riscos la coronada cabeza y verás que de los brazos te quito la hermosa prenda que por tirano me usurpas por que los hombres entiendan que soy con celos y amor tigre acozado en las selvas, espín herido en los montes, áspid posado en la yerba, basilisco cuando mira, serpiente cuando recuerda, cocodrilo cuando llora y cuando canta sirena. No es más hermoso el cándido rocío sobre los lirios del hermoso prado. No es más galán el bello sol dorado cuando se mira en el cristal del río. No es más süave en el ardiente estío el fresco aliento del favonio helado. Ni en la campaña el escuadrón formado más fuerte puede ser que el amor mío. Tú eres el premio que mi amor espera. Tú eres la paz que el corazón procura. Halló mi fuego su dichosa esfera. Vence mi dicha la mayor ventura. No hay quién me estorbe que de amores muera. Premiado está mi amor, mi fe segura. Ya está todo prevenido, será la fiesta dichosa, que donde es la novia hermosa está todo el bien cumplido. Jamás al mundo ha vestido el sol de luces más bellas, parece que piso estrellas más de resplandor prestado, que donde está el desposado, que luz ha de verse en ellas A las bodas venturosas, a la más hermosa unión de la princesa más bella y del príncipe mejor, regocijados los cielos, desde su alcázar bajó solo por dalles las manos el hermoso dios de amor. ¿Qué más bien, qué mayor dicha nuestra provincia esperó?, pues sea desposado en ella hijo de tan alto dios. Pues los cielos se gozan y el sol se alegra, hombres venturosos, hacelde fiestas. Indigna de tanto bien, lo puedo apenas gozar. Esposa, a mí me han de dar los cielos el parabién. ¡Que en mi presencia se den las manos! Rabio de celos. Yo vengaré mis desvelos con la venganza mayor, que no le han de dar favor ni los hombres ni los cielos. Bárbaro feroz, ¿qué intentas? La muerte le habéis de dar. Vivo le he de castigar . La muerte son mis afrentas. Si como deidad te alientas con soberano valor, trueca en piedad el rigor templa en, aplaca el justo rigor muestra doblado el rigor que yo, aunque voy más perdido, confesándome vencido te reconozco, señor. Amor de Andrómeda es el que mi furor mostró, que en ti bien conozco yo que he de humillarme a tus pies. Pues, por que llorando estés sin poderte consolar, porque te he de castigar sin que mueras, he de hacer que siempre la pueda ver para darte más pesar. Corrido y avergonzado iré donde llore y sienta en tus venturas la afrenta de un amor tan mal premiado. Goza el galán desposado, pues mereciste alcanzar regalos que han de durar, pero te advierten mis quejas que, si un momento le dejas, he de volverte a robar. Esposa, pues ya eres mía, y me confiesas por dueño, quiero llevarte a mi patria, donde tantos bienes tengo; en esta soy peregrino donde trabajos padezco, mas por tan dichosa causa los estimo aunque os temo. Vamos, señor, que con vos todos los bienes son ciertos. Este es el camino, esposa, de la patria adonde reino. ¿Qué es lo que advierten mis ojos? Este es camino, Perseo, un monte lleno de espinas le dais a mi amor por premio. ¿Cómo es posible que puedan subirle ni aun los deseos? Porque la aspereza es grande, flaco el humano sujeto, pero ¿aquel hermoso niño que lleva los pies sangrientos de los abrojos que pisa quién es? Es el sufrimiento que, perseverando alegre, sube el monte por el premio de la corona y la palma que a los de mi casa ofrezco. Soy flaca mujer, señor, muchos imposibles veo. Yo te ayudaré a subir. Con vos, trabajos son buenos. Comienza. Dadme la mano, que sin vos es vano intento dar un paso por el monte. Los que llegan a temerlo quedan sin luz ni camino. Todos los temores pierdo. Contenta voy. Pues verás que es, en comenzando, un cielo y el más hermoso país que los ojos descubrieron. Y para tanto camino, ¿qué lleváis para sustento? El manjar más regalado, más delicado y más tierno que puede buscar el gusto... ¿Cuál es, señor? Un cordero que, mientras dure el camino, olvidarás los deseos de los regalos mayores. ¿Manjar de tanto provecho quién no pasa por comer gustarle? Señor, trabajos inmensos, ya estamos al pie del monte, vamos que ya os obedezco. Vuestras verdades, señor, firmes son como los cielos. Si perdí la luz dudando, el bien alcancé creyendo. Segura vas, pues te guio. Pues suenen los instrumentos para que tengan dejen sus bodas paz universal al suelo. Pues los cielos se gozan y el sol se alegra, hombres venturosos, hacelde fiestas. Y, si merecen perdón de tan ilustres ingenios la moralidad que veis escrita en humildes versos, el poeta os lo suplica y, aunque ha sido atrevimiento, basta pedirlo Juan Rana para que quedéis contentos.