Texto digital de Áspides hay basiliscos
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Antonio de Zamora
- Atribución estilometría
- Antonio de Zamora Segura
- Género
- Zarzuela
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática de un impreso.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Áspides hay basiliscos. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/aspides-hay-basiliscos.

ÁSPIDES HAY BASILISCOS
á̱ú̱. Pon, Piloto, en a la proa, pues ver se deja en su floreciente cima el Gran Templo de Minerva. Vira a Estribón. Iza, iza. Isleños, a la Ribera. Y por sí de guerra viene esa Armada, que proeja a tomar puerto en la amada tranquilidad de su arena, en nuestro valor estorben arcos, venablos, y flechas el que a nuestra Isla arribe. Arma, arma, aquel cabo A tierra, a tierra. Seguidme, Ninfas, y no en la apacible floresta de este pensil, que del tiempo es verde vasa, os divierta tanto el ocio, que a la vista de esa población de velas se arriesgue vuestro seguro. Ya, Telamón, de tus huellas repitiendo las estampas van el susto, y la obediencia. Pues por si acaso perdida alguna, de su maleza en el verde laberinto de nuestra tropa se aleja, repetid, al Templo: Al Templo. Iza, iza. Guerra, guerra. Guerra; y no porque en la inculta aspereza de estas breñas nos esconda la fortuna, quizá temiendo, que sea fuera de ellas nuestro orgullo el árbitro de su rueda, jactanciosa de que no hay esfuerzo, que nos defienda, en cada nave ese vago Paladión de Abeto, y Brea; en nuestro Dominio escupa el fuego de otra tragedia. Todos, Delfo, siendo tú quien nuestro brazo gobierna, moriremos, antes que saltando a tierra, nos quieran imponer leyes. Pues ya, que con viento en popa vuelan; coronado el margen copie un nuevo espínde saetas, Vaya la Lancha a la orilla. Arma, arma. Todos mueran. Suspenda la saña, el enojo suspenda la cólera al brazo, la voz a la trompa, el arpón a la cuerda. Canora Ninfa, que al aire, cuando dos veces le pueblas de ardores, y de armonías, de rayos, y de cadencias, confusamente le hieres con lo que le lisonjeas, quien eres, y qué motivo te estí mula a que pretenda embargar una venganza, apadrinando una ofensa? Yo, reverentes Isleños, soy en vuestro amparo, aquella, que hija del poder nació a ser madre de la ciencia; y así lo confiesan, herida, y sangrienta en Jove, Vulcano (bez la aguda cuchilla, la Augusta Ca- En fin, soy Minerva, antigua venerada Deidad vuestra, cuya piedad os disuade el temor, que os amedrenta, en fe de que sean, (puma, los que enemigos creéis en la es- sin riesgo parciales después en la selva. Epidauro, Rey Invicto de Atica, honor de la Grecia es el que de paz el golfo de las Dovadas navega; (aras, y pues a la nuestra, mas viene a dejar aplaudidas mis que a ver su valor las Campaña sangrientas; suspenda la saña, el enojo suspenda la cólera albrazo, la voz a la trompa, el arpón a cuerda. Soberana Deidad, oye. Propicio Numen, espera. En vano la llamáis, pues desvaneciendo la inmensa pompa de luz, vuela hermosa exhalación de sí misma; y pues de su voz sabemos quien es quien tomar intenta tierra en nuestra Isla, y más viene a somentar en ella su aplauso, que nuestra ruina, recibámosle depuestas las armas, tan al contrario de lo que pensé, que sea teatro al festín, el que hacía yo para la lid palestra; y para que el fugitivo vulgo, que de su violencia temeroso, las Cabañas desamparó, a unirse vuelva, venid diciendo conmigo:: Echad la blanca Vandera, Soldados, y de la salva los haga la voz que crean, que no de guerra a su Isla nos trae el rencor. Por sendas varias, pues nos asegura aquella cándida seña, que tremolada en la proa se rebuja a que se meza, convoquemos mil festivas Tropas, de cuyas cadencias la bien venida reciba. Bien dices, para que vea Minerva cuan presto hace el amor, que la obedezca, obr Ninfas, Zagales, al margen, la arena pisad, y en ella, obedeciendo a la Diosa, con música, baile, y fiesta, aplaudid de tanto huésped el arribo. o A la Ribera. Dale fuego. Echa el esquise, Delfo llama. A tierra, a tierra. Suelta, Euriala. Que en vano, infelice hermana, piensas, que has de transcender osada la no hollada línea impuesta a mi precepto, y tu vida! Mas en vano es, que tú quieras tener a raya la antigua van idad de mi soberbia; y si hasta aquí mi ignorancia te obedeció, no pretendas, que ya desde aquí el olvido de mi genio se envilezca, tanto, que oyendo esas voces; que ya en armas, ya en faenas, si en los peñascos se doblan, en mis oídos se estrenan; a no salir de esa gruta me reduzca la pereza con qué inútilmente vivo? Mira, Medusa, que ciega tu obstinación, al previsto escarmiento te despeña de tu amagada hermosura. Cuantas veces en la adversa sana de los hados, mienten las voces de las Estrellas! Y caso, que nunca engañen, quien me asegura el que sea cierta la esperada ruina de mi hermosura? Mi ciencia, de cuya verdadtestigo puedes ser para creerla, tú misma, si a los avisos te fías de tu experiencia; si bien al ver cuan altiva, solo en fe de que hoy más cerca de ti confusos sonaron tiros, cajas, y trompetas, mi Ley rompes, y al sagrado arenoso de esa cueva el mudo silencio turbas, el impuesto coto quiebras; creer debo, que de mi aviso olvidándote, desprecias Hijas somos, Euriala infelice, de tan bastardo amor, unión tan fea, como la que en extremos tan distantes, aún fue monstruosidad de la fineza. Indigno seno de Marino monstruo, conceptos vivos nos vertió a la tierra, siendo cada sollozo de tres vidas suspirado pregón de mil tragedias. Desde que de Foreo, nuestro padre, desamparada ya nuestra inocencia, nos trato el odio de su mismo yerro, como prisiones, mas que como prendas, En el oscuro centro de esa gruta, común madre la gran naturaleza, nos albergó, en nosotras añadiendo otra especie de fieras a sus fieras. En ellas; pues, alumnos infelices del venenoso jugo de sus hierbas, hemos crecido, y con nosotras mismas la ojetiza fatal de las Estrellas. Dígalo, que en la rubia crencha riza del oro undoso, que mi mano peina, el hado amague, cuando en su tocado cada cabello entosque una culebra, Y dígalo también:: la prevenida amenaza. Pues para que no lo creas, acordando en nuestro origen tu riesgo, y mi riesgo, intentan mi dulzura suavizar con la armonía la queja. Qué mucho que no te olvides de la voz, si compañera de tu beldad, es también tu enemiga! Escucha. Empieza. Calla, pues al mirar que te atrevas a referir el castigo, que amenazado te espera, no es fácil, que yo lo escuche, si lo es, que tú lo refieras. Y pues con ese presagio no es bien, ya acierten, ya mien- tan los hados (mas previniendo desdichas, cuando no aciertan!) que a facilitar la ruina amante, que se te acerca, salgas del tosco retiro en que estuviste, a él te vuelvan, o mi fuerza, o tu discurso. Ni mi discurso, o tu fuerza bastan. Teme tu peligro. No, Euriala, me detengas, que fallecer de cobarde, mas es miedo, que prudencia. Y pues resuelta en salir a pisar de la floresta el verde coto estoy, mira, que no es excusar, que muera querer, que desesperada me mate yo, si te empeñas en embarazarlo. Ya, que mi consejo desprecias, vete, y o! no quiera el Cielo, que a ver de mi gruta vuelvas el pardo dintel; mas teme:: Qué es lo que quieres que tema? Que si el cabello el instable pensamiento representa, algún pensamiento amante, tu último peligro sea. Yo pensamientos amantes? Puede acaso la fiereza de mi condición rendirse a las débiles saetas, que en el mismo aire, que cor- tan, se rompen cuando se flechan? Qué engaño! Pero! pues ya de aquella noticia ciega, que a la voz de mis hermanas debí en las obras inmensas, del Orbe, me restituyo a la luz de la experiencia; vamos repasando, dudas, los objetos por las señas. Qué será, qué será, admiración, aquella brillante antorcha, que errante enciende del Mar el undoso eslabón: Qué será, qué será, admiración. Mas si es su sosiego esfera de fuego, y centro de ardor, este es el Sol, este es el Sol. Qué será, qué será en el confin aquel argentado granizo cuajado, cuyo ambar la selva tradujo a jardín: Qué será, que será en el con fín. Mas si en cada hoja mil perlas arroja su cándido Abril, este es jazmín, este es jazmín. Qué será, qué será en el Vergel aquel verde hermoso penacho frondoso, del Cielo embarazo, y del Campo dosel: qué será, qué será en el Vergel. Mas si lisonjero este es el laurel; este es el laurel: qué será. Quién llama? Pues ya del esquise la quilla costeando viene la orilla, y es de Minerva interés, su aplauso alternen, Zagales, músicas, enorabuenas. Ya pisando sus arenas, dicen en ecos iguales: , . Pues nuestra Islalogra tan alta dicha, su Monarca la juren las demás Islas; y en su alegría voces sean álbogues, trompas, y liras, Qué he oído, Cielos! jurara, si el aire no me engañó, que aquella voz, que se oyó fue del Zagal, cuya rara osadía, en seguimiento mío, una vez sola, que salí de mi gruta, fue; pero qué importa, que el viento me le recuerde, si hoy yo propia aún no sé de mí, confundiendo en lo que fui las señas de lo que soy. Mas Tropa allí lisonjera de libres alborozados Zagales, da matizados . adornos a la Ribera; y allí cuando el golfo bruma, vatel, que al margen arriba, rechaza la fugitiva indignación de la espuma: Qué será esto! Mas si airado el hado me ha de guiar, qué aventuro yo en fiar, o yerre, o acierte el hado, mi gobierno de su influjo, que él en confusión tan nueva me dirá donde me lleva, pues ya sé donde me trujo. Pues nuestra Isla logra tan alta dicha, su Monarca la juren las demás Islas; y en su alegría sean voces albogues, trompas, litas. Pues en ella se hóspeda quien si la pisa; si cortés la saluda, fiel la domina. En su alegría sean voces albogues, trompas, liras. Invicto Heroe. Augusto Joven:: Cuyo Cetro:: Cuya Silla:: Reverenciado del tiempo:? Venerado de la envidia:: La fama orla de laureles:: El Sol ciñe de conquistas:: No el que a vista de esa fuerte vaga Armada:: No el que a vista del rumbo con que a las Costas de nuestro Dominio arriba: Maneje el valor las arnm Récele el susto las ruinas. A nuestra atención estorba: A nuestro alborozo quita:: Que en voces de nuestra Diosa, una vez reconocida persona, y intención:: Que asegurado a su vista el recelo, que nos mueve del eco, que nos avisa:: Vuelto en aplauso el enojo:: Trocada en solaz la ira:: Con músicas os aplauda:: Con júbilos os reciba:: En cuya fe, yo de parte de cuantas hermosas Ninfas guarda el Templo de Minerva:: Y yo de cuantos abrigan rústicos Zagales tantas derramadas alquerías:: Como al fin Gran Sacerdote suyo, a cuyo brazo fía, entre gomas, que se exhalan, reses, que se sacrifican:: Como al fin quien de su vulgo en la montaraz Milicia, Capitán agreste manda sus mal colocadas filas. A darte la enorabuena:: A darte la bienvenida:: Conduciendo alegres coros: Uniendo vagas cuadrillas: Dispuse que el gozo al- terne:: Hice, que el obsequio diga:: , . En su alegría, Y si el so Príncipe de ambos no cree las philosofías, baste el que lo diga yo. Necia, aparta! Por Siringa, Deidad que abastece al mundo de flautas, y celosías, que me ha gustado la moza. Mucho el criado me mira: qué va, que le he magullado . el corazón por la vista. Docto anciano, airoso joven, no sé como agradecida corresponder pueda en todo, (para que en todo os compita) mi atención a vuestra noble cortesana gallardía; pero ya que a las distantes Islas, a quien apellidan Dovadas, los ignorados Isleños, que las habitan, de todos hasta hoy oculta causa me condujo, oídla, y en la deuda, que me añade hoy vuestro cortejo, sirva de desempeñar en parte el garbo con la noticia. De Atica, Monarca Augusto, una de las más floridas Regiones, en que la Grecia parte sus siete Provincias. Nací en día tan infausto, que falleciendo aquel día Cécrope, mi padre, fueron en mi cuna, y en su pira, gemidos del que espiraba gorjeos del que nacía. Crecí, pues, hasta la joven edad, que hoy en mi respira la generosa ambición de hacer, o más aplaudida, o mayor la vasta fértil Región de mi Monarquía. Con que empezando en la más venébola, alegre, y rica situación de mis Dominios la suntuosa maravilla de una Ciudad, que apoyase el ser yo quien la fábrica, con tal novedad el arte satisfizo la codicia de verla acabada, que en taréas succesivas no hubo distancia en pasar a ser murallas las líneas. Viendo, pues, cuan poco logro era el verla concluida, con muros, que la defiendan, y agujas, que la dominan, sin estar patrocinada de alta, superior, Divina Deidad, que el nombre la ponga, Numen, que el Cetro la rija: Acordándose mi celo de la protección antigua con que Neptuno, y Minerva apoyaron las conquistas de mi Padre, resolví consultar las peregrinas Estatuas suyas, a fin de que sus voces me digan, cual de los dos con su nombre, o la honra, o la patrocina. En ninguno, pues, de cuantos Reinos, Regiones, o Climas ciñe el anchuroso Mapa del Orbe, halló mi noticia parte, en quien de ambas Deida. des unidos Templos erija la Religión, si no en esta distante Isla, a quien la riza, del Occeano tarea, encanece, y fertiliza. Con que a pesar de la vasta distancia, que interponía entre ella, y mi Reino, tanta oposición cristalina; al Mar me hice en esa Armada, que al amparo de la cima de ese Monte, el verde muelle de su enseñada registra. En cuyas Naves, fiado en el norte, que me guía, desenvocando del Mirtoo Mar el golfo, pasé a vista del Peloponeso, y Creta, de cuyas sañas Marinas feliz burlador mi orgullo, los últimos puertos gira del Mediterraneo undoso, a cuyas salobres iras, mordazas de piedra son los Montes Calpe, y Abila. Desde esta, pues, de dos Mares visagra, cadena, o cinta, que líquida Zona, a entrambas Esferas se comunica, tantos golfosulque, cuantos en su inmenso espacio distan hasta este Meridional Etiópico Mar, en que hija de mi fortuna mi estrella, me deja lograr la dicha de ver, cuanto vuestro gozo mi venida solemniza. Y así, pues la religiosa ansia de mi celo aspira a manchar en ambas aras, porque igualmente se tiñan los Sagrados Alabastros de mil púrpuras votivas de los dos Templos merezca la devota intención mía, de vuestra planta guiada, y de mi fervor movida, saludar las puertas, para que mi duda se decida, en las fatídicas voces de sus dos Sacerdotisas. Aquel Alcázar, señor, que en la cúpula engreida del Monte, amagando esta, en dos acciones distintas, al Cielo con el asalto, y a la Selva con la ruina; es el aplaudido Templo de Neptuno, con quien fina sus adoraciones parte Minerva; y pues su tejida maleza, para romperla, toda la edad gasta a un día, merezcaos yo, en confianza de que el de Minerva dista poco de aquí, pues su coto con este Bosque confina, que en él vuestro afecto estrene la ofrenda. Siendo precisas ambas víctimas, y en mí la razón, que las dedica una propia, mal podré, hasta saber de las mismas Deidades, cual a la otra cede la prerrogativa de ser antes de las dos, dejar una preferida. Y así, pues, en tanto que se templa la saña activa del Sol, retirarme quiero a esa no distante Quinta; gastar el camino es bien en invocar sus propicias Deidades, siendo las dulces voces, que hasta aquí aplaudían mi arribo, quien su respuesta faciliten. Oyes, niña? Qué se le ofrece? Qué sepas, que tengo las tres cosillas, galán, valiente, y discreto; discreto, porque uso cifras; valiente, porque hecho votos; galán, porque gasto cintas. Y después de todo eso, qué mosca? Esta, que me pica. Pues rasquese usté. Y si escuece, qué haré? Darse con saliva. Si así responden las sim- ples, qué dirán las entendidas! Hermoso monstruo, a quien quiso, o mi suerte, o mi desdicha, que hallase, y perdiese, deja de infestar la fantasía; y si para el bien me huyes, no para el dolor me sigas. Y para que desde aquí empiece a dar la armonía señas del culto, en obsequio de ambos Númenes repita himnos al aire el acento. Zagales, en compañía del Príncipe, penetrando la verde esfera florida, repetid, lo que os dictare. Ya que está de la Poesía, que haya de haber solfas hechas para cualquier rogativa, sea en buen hora. Amor quiera; que haya de haber solfas hechas para cualquier rogativa, sea en buen hora. Amor quiera, que la dicha Pastorcilla se quede atrás. Pues el eco una, y mil veces repita: Júpiter de las ondas, y los Mares. Júpiter de las ondas, y los Marés. Árbitro de la paz, y la Milicia. Árbitro de la paz, y la Milicia. Tu Oráculo diga. Tu Oráculo diga. A cual de los dos en primer holocausto (fica. las víctimas tocan, que amor sacri- A cual delos dos en primer (fica. holocausto las víctimas tocan, que amor sacri- Al que Deidad del golfo su espuma libra, góndolas, en que nade, piélagos, en que viva. Oíd, tened, que ya el aire parece que nos avisa, haciendo lo que responde máscara de lo que hechiza. No, Señor, novedad te haga ese acaso, pues Marinas Ninfas, de esta playa suelen, siempre que la espalda fría del Mar dejan, y a la arena líquidas perlas destilan, alternar canoros hirunos a Neptuno. Aunque podía quietarme ese aviso, no sé qué confusas premisas de Oráculo incluye oír, que cuando en saber insista a cual de las dos Deidades deben dar agradecidas el primer voto mis ansias, aquella cadencia diga: , . Al que Deidad del golfa su espuma, libra, góndolas, en que nade, piélagos, en que viva. Mas no obstante, hasta que se aclare con la noticia mi confusión, prosigamos el camino. O si en la umbría . maleza, otra vez hallase la adorada tiranía, que si adula como hermosa, hiere cómo fugitiva! El himno vuelva. Ven, Tespía. Bravo mozo! Adiós, chiquilla. Júpiter de las ondas, los Mares, Al que Deidad del golfo su espunia libra, góndolas, en que nade, piélagos, en que viva: aplaudid, Ninfas. Aplaudid, Ninfas; en la nautica salva, que le (van. dedican, citarás sean cuantas rasagas sil- Rompa la verde bruma, que los peñascos roza, ogóndola, o carroza, este nadante plaustro de la espu- Si el voto de Epidauro para mí se reserva, quédela hoy a Minerva (ro. la envidia solo de ser mío el lau- Y pues ya forastera mi planta en la Campaña (ra: de luz la Selva baña, diga la dulce aclamación prime- , . Al que Deidad de él golfo, Mas qué es esto, que al querer la maleza penetrar del Bosque, para triunfar con solo dejarme ver, receloso mi poder a obrar tan cobarde empieza, que de mi pie en la aspereza, que a mi cultivo se debe, es la acción con que se mueve escándalo en qué tropieza! Cada flor, que, o blanca, o roja, a vista, y olfato adula, parece, que disimula un áspid en cada hoja, de cuya nueva congoja, avenenada la hierba, mortal ponzoña reserva, cuyo tosigo importuno, para infestar a Nepruno, le confecciona Minerva. (gos, Mas pues para mí no hay ries- que acobarden, o que asusten, a pesar de su presagio, Pues la dicha tuve de hallarte segunda vez, por qué, hermoso monstruo, huyes de quién te adora? No, errado Zagal, la planta apresures en mi alcance, si no quieres, que el piélago me sepulte, despeñándome a sus ondas. Mujer es (según arguye la voz, que aún sonando airada; dejó percibirse dulce) la que quiere, que mi imperio, como la libre, la inunde; y pues no es bien, que a mi vista peligre, sin que la ayude mi Deidad en su socorro, alas alcéfiro usurpe; porque lo que esquiva ofrece, no despechada ejecuté: por aquí más presto al paso podré salir. Pues inú es ya mi fuga, en su centro, fragosa selva, me oculte tu intrincado ceño. Espera, y no tan aprisa uses de tu desdén que veloz rompiendo el aire discurre la misma esfera, que abrasa; mas como de mi procure huir, que mucho, que la alcancen suspiros, he ingratitudes: Tras ella in Dónde, Cielos, hallaré quien asegure mi vida? Bruto, prodigio del Monte, en vano presumes huir, sin que este penetrante arpón tu carrera frustre, cuando:: No la cuerda tires, no la flecha cales, no el márfil empuñes, que cuando de humildes rendimientos triunfes, (ces. la misma saeta que logras, deslu- Vivo revesado enigma de mi vista, pues confundes el espanto, que originas, con el hechizo, que incluyes; quien eres, qué a un tiempo haces, que te comprenda, y te dude? No soy, airoso joven, como tu error discurre, monstruo, que aquellos piélagos (cen. abortan, ni fiera, que esos paramos produ- Mujer soy infelice, a quien quieren, que injurien de las Estrellas el traidor dicta- (men. men, de la fortuna el inconstante Nu- Y pues a tus plantas mi mal me reduce, no la cuerda tires, no la flecha cales, no el márfil empuñes. Es Medusa mi nombre, cuyas letras construyen (ñan presagios, que en escándalos se ti agüeros, que en caracteres se abul (ten Esta dorada crencha; que al aire se sacude, recela, cuando en hebras se ven- (se rebuje. tila, que haga el amor, que en sierpes Luego advertir debes, si a tu fama acudes, que cuando de humildes rendí (ces. mientos triunfes, la misma saeta que logras, deslu- No asustada, no hermosa beldad divina, con tu susto des fuerzas a tu fatiga. Si es tu semblante monstruo de perfecciones, culpa solo el engaño, pero no el nombre. Iba a herirte mi saña, mas ya en su asombro lo que hacían mis flechas hacen tus ojos. Y pues ves, que tus miedos se han vuelto triunfos, premialos con la dicha de hacerlos tuyos. Dime, joven, quién erés, no mis temores traten a las finezas como traiciones. Cómo admitas el culto de mi cuidado, te lo dirá el obsequio mejor que el labio. Qué pretendes? Que atiendas, bella Medusa, a las voces, que premias, si las escuchas. Ah de la Esfera cerúlea, ha del Imperio salobre, que solió de mi Tridente, fecunda vida es del Orbe. Qué nos mandas? Que dejando su vago bullicio indócil, el margen piseis, trayendo, porque una Deidad apoyen, plumas, que el penacho ricen, carcaj, que la espalda adorne, flechas, que la aljaba ocupen, y arco, que el arpón arroje. Ya al mando obedecen, ya al eco responden canoras Sirenas, parleros Tritones, sonando conformes las salvas Marinas, las nauticas voces. Qué miro, Cielos! sin duda el desconocido joven es Neptuno, pues al vago dulce precepto, que impone, las Ninfas del Mar, dejando su estancia, inspiran conformes de las retorcidas conchas los histriados caracoles. Pues más asombros te quedan. Cómo he de saberlos? Oye. No temas, no temas, Deidad de estos Bosques, pues es lo cobarde baldón de lo noble. Desnudadla el grosero rústico adorno, porque no les quede a las fieras el lauro de afear las perfecciones, Y pues en ese traje pretendo, que la adornen por Diosa de la espuma, porque amanezca un día contres Soles:: No temas, De Deidad las insignias su nuevo ser apoyen, a los Dioses copiando la que es hermoso riesgo de los Dioses. Con que del Mar volviendo al undoso desorden, repetir podrá el canto, volando en ecos desde el Mar al Monte:: No temas, Fortuna, qué me sucede! Aún dudas? Sí, que se oponen a presagios, que me amagan, auxilios, que me socorren. Pues no lo dudes, que en mí, si apacible correspondes a mi amor, tendrás, Medusa, fineza, que te corone. Quién creerá de mí, que al ver tan repetidos favores, cuanto endurecen las iras labran las obligaciones! Pues ya:: Por esta vereda seguid mi planta, Pastores. Hola, . Hacia esta parte, cuando la maleza corren, todos los Zagales vienen; y pues hasta que me importe, no descubrirme pretendo, Medusa, adiós, y perdonen tus reflejos, que los deje quien ya una vez los conode. Te vas? Yo volveré a verte; y aunque celos me ocasiones, quédate a cuanto mirares irlo matando de amores. . Neptuno, oye: Mas qué digo! Yo envilecida, yo torpe le hecho menos? Miente el labio, pues le quita en mis rigores el mérito de Divino la parte, que tiene de hombre. Mejor será, ya que el traje mude, que mi cenos: Acoge, hermosa Ninfa, la fuga de quien:: pero mal las voces, si el cansancio las ahoga, quieren que el susto las torme: Ay de mí! En vano discurres, que haya quien te ampare, donde solo yo:: -̱ . Detén el paso, si no quieres, que se enrosque áspid de metal al pecho esta alada flecha. qué miro! Cielos, qué veo! No es Medusa, confusiones Adonde iré, que no encuentre con escándalos mayores! Monstruo, que osado seguí, Ninfa, que dichoso hallé, si eres tú la que encontré, como no eres la que vi? Y cómo, dime, en la infiel ligera edad de un instante, si la has quitado el semblante, la has dejado con la piel? Qué es esto! En vano prosigues, Zagal, pues solo se hoy de mí, que soy, y no soy la que sigues, y no sigues. Dímelo tú. No sé, pues tú no comprenendida idea quiere, que lo que es no sea, para dudar lo que es. Quién es la que yo seguí? Y O. Y a quién he encontrado? A mí. Son varios los rostros? Sí. Luego sois distintas? No. Menos ahora os compre en las dudas con que lucho; pero pues es lo que escucho razón de lo que no entiendo, a mí me basta saber, que a ti te viene a buscar. Para qué? Para lograr quedar más ciego con ver: conmigo ven. Eso piensas? En ti mi dicha consiste. Si porque antes me viste para castigar ofensas sin armas, tus sin razones provocan las sañas mías, reparen tus osadías, que ya me sobran arpones. Con flechas me amagas? Sí, que esto el ceño aconsejó. No soy tan dichoso yo, que aciertes a herirme a mí. Bien dices, pues en la acción Mis dismo, Mujer, qué has hecho? Borrar con un soplo el arrebol ne Rafagas, iras, vientos, truenos, y rayos. ̱. Rafagas, iras, vientos, truenos, y rayos. Vuestros alientos nazcan de mis desmayos. Vuestros alientos nazcan de mis desmayos. Porque en rafagas, truenos, rayos, y vientos. Porque en rafagas, truenos, rayos, y vientos. Mis desmayos esfuercen vuestros alientos. Mis desmayos esfuercen vuestros alientos. torpe el uso, y no el enojo, por ver indigno el despojo, ha enajenado el arpón: Iras, qué es esto! Si ahora pensarás librarte? Sí, que aún está mi saña aquí. Poco importa, aunque traidora contra mí el ceño conspiras, pues burlando sus ardores, si no busco tus favores, como he de temer tus iras, Tente. Quita. Dolor fuerte! Mira, que tu mal aumentas? Cómo embarazar intentas mi designio? De esta suerte: Y así, aunque tu acento blando temple el horror, y el estruendo, cuanto yo diga gimiendo repita tu voz cantando. de Estrellas, Esfera, y Sol. Pues todo es sañas el Mar, ira el aire, y ruina el Monte, dónde irá nuestro desvelo? Todo es volcanes el Cielo, pues sobre nuestro Horizonte hecho centellas desciende. Euriala. En vano duda tu temor, que a darle acuda socorro. Quién fuera Duende en esta ocasión. No hay quien de mí se duela? Favor, Deidades. , . Ra vuestros alientos porque en rafag mis desmayos e Tirano amor, no me bastaba un desdén para riesgo, sin que así peligros brote la Selva! A la Quinta. Al Templo. Vuelva, sonoro hechizo, por mí a decir tu dulce encanto, mientras todos confundidos repiten entre gemidos:: Qué asombro! Qué horror! Qué espanto! , iras, vientos, truenos, y rayos, han de mis desmayos; truenos, y vientos, vuestros alientos, Hasta cuando, Estrella i Hasta cuando, Cielo airado. Han de proseguir tus iras. Han de durar tus amagos. En mí mismo precipicio voy tropezando. Epidauro. Telamón. No hay de limosna un Zagal desesperado, que me guíe? Momo Dios, auxiliar de los Lacayos, ayudame. Favor, Cielos. . Pedir socorro es en vano; pues truenos rayos, y vientos se unen para nuestro daño. Ni bramen los truenos, ni silben los aires, ni abrasen los rayos; y al músico halago del Iris cadente, que a voces esparz descansen las nubes, respiren las flores, y vivan los prados. Albricias, Zagales, que ya la tempestad templando sus iras, aunque entre nubes dando su luz a pedazos, renace el Sol. Qué va, que es este milagro de Baco! No es si no de Pan, jumento? Y digo, será tan malo, que ámbosle hayan hecho para hacer una sopa de ambos? Quién será, Cielos, quien supo enfrenar el destemplado rigor de los vientos! Quién hizo en tan pequeño espacio, que horror, que asustó afligien: (do, nos lisonjea cesando? Minerva apacible, los aires cortando, serena a su acento las cóleras frías, los impetus rápidos; porque a su mandato, ni bramen los truenos, ni silben los aires, ni abrasen los rayos, Su culto consiga después ver manchados, a impulsos del celo, de víctimas nobles los mármoles cándidos; y para lograrlo, descansen las nubes, respiren las flores, y vivan los prados. Y pues en la Isla dirige sus pasos del Templo, y del Monte, al dórico Trono, y al rústico ambito; es bien, que en su aplauso, ni bramen los truenos, ni silven los aires, ni abrasen los rayos; y al rústico halago, Divina, o Minerva, o Palas, pues en competidos lauros, cuanto vences discurriendo. sabes argüir lidiando, quien, si no tú, consiguiera triunfar dichosa del vago confuso ceño, en quien fue noche común un nublado. Y si más agradecido ser debe el más obligado, admite, Deidad hermosa, el culto de quien cortando tantos golfos, cuantos pudo temer su Vajel naufragios: A consultar de tu Estatua vine, el bronce confiado en saber de su respuesta, que alto favor, que alto amparo, entre ti, y Neptuno (como Númenes, que aseguraron los progresos, de mi Cetro) es el que toma a su cargo poner nombre a la Ciudad, que a solo ese fin labraron, entre sudores del arte, actividades del mando. Y así:: El acento suspende: porque habiéndote escuchado; borrando va en mí la queja cuanto pintó el agasajo. Neptuno, aunque del undoso Reino, en el vago Palacio, jurado Monarca empuñe el Marino Cetro, cuando músicas sirenas tiran el verde trono del carro, puede competirme? Sí; pues árbitro Soberano de las cóleras del Ponto, y las furias del Caballo, con el Tridente, y el freno consigo dominio en ambos. Y pues sabes:: No prosigas, pues por más que temerario blasones, negar no puedes cuanto va de lauro a lauro; pues de la Sabiduria, Diosa turelar, me han dado por origen de las Ciencias el laurel de sus aplausos. De mi Deidad aún tributan víctimas al bulto Sacro los Marinos Semi-Dioses, Caribdis, Scila, y Glauco. De mis castos vencimientos testigos son abonados, después del monstruo Hericto neo, Herse glauros. Yo, en fin:: Yo sola:: Si puede (vuestras cóleras templando) ser entre enojos divinos medianero un ruego humano; ved, irritadas Deidades, que si con mi culto causo vuestra discordia, a ser viene sacrílego el holocausto; de uno de los dos procuro la pratección, pero cuando es el lisonjear al uno medio de ofender a entrambos, más contento volveré a mi Patria, sin el alto blasón de tan noble auxilio, que volviera ocasionando, en fe de la competencia, la razón del desagrado. Y así:: En que toque a Minerva la protección de Epidauro, no hay duda. Neptuno debe ser el más privilegiado. Eso lo dirá el valor de quien sabrá con el brazo decidirla duda. Pues a las armas. Pues al Campo. Tened, esperad, que yo, sin tocar en temerario, (pues no lo es quien solo aspira. a embarazar tanto estrago) medio daré, si vosotros, en mí celo disculpando. la osadía, convenís con mi intención: uardo, Ya! Lo que Telamón hiciere, ninguno habrá tan osado, que lo resista. Supuesto que en vuestras razones hallo tan iguales los metivos, tan airosos los reparos, decida el poder la duda, y el laurel ciña sagrado quien mayor portento hiciere; pues no es este el primer caso; que entre Deidades, del triunfo fue pregonero el milagro Aunque ofende a mi jus- ticia haber de ceder al pacto: Aunque no necesitaba mi autoridad del contrato: Porque en mi abono resulta, le acepto. Porque afianzo con la lid el vencimiento, le admito. Pues esos altos Montes, que al Cielo se empinan, sean agreste teatro de vuestra lucha. É̱ó̱ , - Nosotros a ser testigos quedamos. de la competencia. Niña, la de los ojuelos zainos, su hacer al descuido querrás otro milagrillo al canto? Y cuál ha de ser? No ser con quien te está idolatrando tan zahareña de deliquios, tan melislua de entusiasmos. Acuérdelo en adelante, que yo lo veré despacio. Fiero decreto! Ya que la verde cúpula hollamos del Monte, escuchad, y sean Qué asombro! Qué admiración! Ya de su lanza al contacto:: Ya de su tridente al golpe:: Ah brotado el seno pardo de aquel risco, de una oliva los siempre prósperos ramos. Ah escupido el Monte aquel bullicioso raudal claro. Agua nos da por consuelo? maldita sea su mano. Y pues es de mi poder tanto asombro poco amago:: Y pues de mi alto dominio. es tanto prodigio un rasgo:: Sea, Epidauro, tu voto:: Sea tu juicio, Epidauro:: El Juez de mi desempeño: La voz de mi desagravio: En tanto que de mi acent Tus quiebras aborten Tus venas produzcan al En profugas perlas el llan En vastagos verdes la pomp las armonías del canto padrinos de la victoria, que emprendo. Ya os escuchamos. Gigante florido, Olimpo mentido y del Cielo, y del Campo. Copete arenoso, que adornas frondoso la frente del Prado. Del golfo narciso. Del viento penacho. al músico Imperio:: placido halago:: o a una fuente. a de un árbol. dice el suave hechizo blando Crece, crece, secu renuevo: Corre, corre, impacient remanso. Y al aire mecido: Y al Mar despeñado: De esmeraldas guarnece escollo. Con aljófares borda peñasco. Crece, crece, fecundo renuevo. Corre, corre, impaciente remanso. otro prodigio! Qué prodigio, ni qué espanto os asusta? Es en los Dioses estrenado estilo, acaso, ni obrar el poder asombros, ni mudar el bulto espacios? Pues qué extrañáis? Lo que yo, docto Telamón, extraño, es haber de decidir cual en tan iguales pasmos queda vencedor. En eso poca dificultad hallo; pues al simbólico aviso atiendes de ese copado geroglifico, verás cuanto es su anuncio más sausto; pues si la paz significa en ella, el mayor descanso ofrece a tu Cetro. Y qué lograra en la paz, cesando de las marciales empresas los bélicos aparatos, si estéril perece el Reino? Y pues en la fuente ha dado. Neptuno a entender, que siendo emblema, cifra, y retrato de la fecundidad, sea el más abundante espacio del Orbe, tu Reino, mira cual es más acomodado, ser sin lidiar abatido, o ser próspero lidiando. La guerra en las Monarquías es un interior gusano. La hambre es muerte ruin de él hombre. Quién dice agua, dice llanto, Quién dice paz, dice ocio. Y porque más empeñados la cuestión no pase a enojo, vos, señor, para quietarnos veréis lo que habéis de hacer; advirtiendo, que yo, y cuantos siguen mi parcialidad, no han de apoyar engañados de Telamón el dictamen; pues siendo Dioses entrambos de nuestra Isla, no es bien, que su pasión lisonjeando, por ser leales a Minerva, seamos a Neptuno ingratos. Bien dice Delfo: tras él, para obedecerle, v amos. Y qué importa, que tras él vayáis, si cuando me hallo en Clima Extranjero, debo, para cumplir con mi garbo, en fuerza de lo valiente, hacer lo más arriesgado? Que no ha de decir el Mundo, que porque cuatro villanos, rústicos Islenos, hacen Vando a parte, fue su Vando el que venció: Telamón, conmigo ven, y avisando las Ninfas del sacrificio, dispondrás el holocausto, en fe de que si Minerva, si el Griego Idioma observamos, lo mismo es que Atenas, ya en lisonja suya llamo Atenas a mi Ciudad. Una, y mil veces postrado a vuestros pies:: Desde ellos te pasaré yo a mis brazos: Venid todos. Menos que me he de quedar reació, por si pega. De aturdida, ni voy, ni vengo. Pues hago lo más airoso, esta vez me sed favorables, Astros. Pues ya cumplí con mi celo, óbrelo demás el hado. Y ucé, Caballerito, no va tras su amo? Quédome a ver si Usía me manda algo. Pues digo, hay quien merezca tan alta dicha? Ata usted los desdenes con longanizas: Ea, quiérame un rato. Tengo hecho voto de meterme a ser Ninfa bestial de Apolo. Pues si tratos de bestia busca el desvío, mejor que con Apolo la ha de ir conmigo. Ea, váyase, y tome distinta senda. Plegue a Dios, que Cupido cargue con ella. Lo que el simple me enfada! Viva mil años. Espera, Zagaleja. Tente, villano. Qué me detenga? lindo! Qué espere? bueno! Más Medusa: Neptuno:: Mi bien:: Mi dueño:: Vámonos, mientras ellos se resquebrajan. Yo me iré norabuena, y él noramala. Donde hasta ahora estu viste, sin ver que ausentes, mas que animan, desmayan los que se quieren? Cómo ya con arpones mi mano adorno, no hay en el Monte fiera, sin ser despojo. Mas como tu distante mi vista huyes? Ya me cuesta el que injust Minerva triunfe. De ti triunfa Minerva? Sí. Pues qué aguardas, que no ciegas tu ofensa con tu venganza? Oh qué bien a mi ultraje tu ira aconseja! Ven tras mí. Ya te sigo. Medusa, espera. Mas quién te ha nombrado Quién al ver cuan vana, cuan loca la última sana provoca de su amagado vaibén, como al fin su hermana, trato de aquella olvidada historia resucitar la memoria, por más que su afecto ingrato. (solo porque amor sutil añadio en su perfección, a la frente el vago airon, al hombro el corbo marfil.) Huye el seno fugitiva, en que la albergué hasta acra; vana de ver, que la adora alguna alta Deidad viva. Y pues al soplo del ceño, que adversa estrella previno, encendiendo va el destino la tea de su despeño: Huye, Medusa, de amor, por más que te halague infiel, mira, que el fiarte de él es ceguedad, no valor. Y en fin, en los obeliscos de esas altas rocas, mira, que enroscados a tu pira ay Áspides Basiliscos. No la escuches, pues con- migo no hay peligro, que temer. Si envidiosa estás de ver las venturas, que consigo, pues de Neptuno el favor me sabrá hacer immortal, quédate a llorar el mal de no saber, qué es amor. Mi aviso desprecias? ̱. Sí. Tú lo llorarás después. En fin, te vas? No lo ves? Pues ay infeliz de ti! M. Qué ignorancia! Qué recelo! Qué indiscreción! Qué altivez! fortuna, si una vez supiese mentir el Cielo! De Minerva al Templo, Epidauro Invicto, de su celo en muestras consagre votivos los humos de Arabia en las ascuás de Tiro. Generoso Héroe, a quien debe este dórico edificio los nuevos votos, que en él queme el tiempo, y no el - vido, en hora feliz al Sacro Trono suyo, y Templo mío, entres; y pues de su parte, cual fatidico Ministro de sus respuestas, desde ahora te ofrezco su patrocinio. Cree, que ya de tu Ciudad, contan evivente auxilio, coronarás de victorias los murados obeliscos. En cuya fe, una, y mil veces, volverá a decir el himno: De Minerva al Templo, Bellas Ninfas, pues no hay a favores tan divinos quien recómpense los premios; o iguale los beneficios, baste el que por mí la ofrenda agradezca el infinito don, que de Deidad tan alta indignamente reo llegad, pues, llegad, vasallos, y el obsequio prevenido de flores, aves, y aromas, postrad al pie de ese frío tallado mármol, porque en fragrantes desperdicios, nubes de olor cuajen tantos ámbares vejetativos. Llega, Caimán. No me atrevo. Por qué? Porque siempre he visto, que en beldades berroqueñas descalabran los desvíos. Yo con la Sagrada Tea, pues sobre las Aras miro los dones sacrificados, haré, que ardan incendios, en tanto, que el Coro alterna en nuevo aplauso festivo. De Minerva al Templo, Guardas del Templo, a la puerta, que fiero León herido, a él se acerca. Al Templo, al Templo. Cómo qué? juguemos lim- pio: Leónico hay en campaña? Qué miedo! Qué es lo que he oído! Riesgo ay, que a mi vista altere la quietud de este retiro, y mi valor no deshace la amenaza del peligro? Suspended, suspended, Ninfas, mientras su fiereza rindo, la inmolación, y conozca el rugiente bruto altivo, cuando con su testa añada materia al volcán remiso, que naciendo a ser amago; espiro a ser sacrificio. Señor? Señor? De mi brazo es solo esté triunfo digno. Sigámosle, y a su lado nos halle el riesgo. . Me río, que no habla con los criados lo que toca a los amigos; y así, por lo que tronare, válgame un escondidijo, el que encuentre más a mano. Al Templo. A la Selva. Al Río. No temáis, que yo orgullo sabré postrar. Pues conmigo yendo el favor de Minerva, a triunfar del riesgo aspiro: seguir a Epidauro es fuerza Ninfas, en tanto conflicto de nuestra interior clausura el reverenciado asilo al riesgo nos hurte. Todas, bella Creusa, seguimos tu planta. Alerta, Pastores. Suelta los perros al cino. Dónde, coronado brí te escondes? Bello prodigio, sígueme. Dónde me llevas? ̱. Donde veas, que rendido quiero hacer a mi venganza esmalte de mi cariño. ̱. Qué intentará su despecho, Cielos! pero en qué vacilo, . si siendo despique suyo, ha de ser obsequio mío. Indigno Simulacro, cuyo traidor arbitrio injustamente logra trofeos, que yo envidio. Pues no es bien, que en mí ofensa ócupes aplaudido del remendado jaspe el religioso nicho. Cae del ara, y al golpe del ceño vengativo, cuanto injuriaste entero padece dividido. Y no solo:: Neptuno, que has hecho, pues el mismo juicio, que ve el estrago, aún duda lo que ha visto: De Minerva la Estatua arrojas? Sí, pues quiso, que a ti solo se deba el culto, que a ella quito. Sube; sube a las aras, porque su mármol liso trueque un Ídolo hierto a un Simulacro vivo. Bien dices, en su trono colocado mi brío, verán, que lo soberbio afeite es de lo lindo. Pues a qué aguardas, Medusa? A obedecerte áspiro Y por más, que a mi afecto amague tu peligro:: El Solio domina. Ya el Solio domino. Ájale. Ya le ultrajo. Pisale. Ya le piso. Pues miras:: Pues miro:: Que tu pie le honrará con desprecios, mas que su luz le envan ece con visos. Que mi pie le honrará con desprecios, mas que su luz le envanece con visos. Ajalé. Ya le ultrajo. . Písale. Ya le piso. Pues el Templo es de la fiera el amenazado sitio, a defender los umbrales, Isleños. Ya que ha traído a tan buen tiempo la suerte aquí a Delfo, a cuyo altivo esfuerzo confieso tantas razones de agradecido, a su valor encomiende tu guarda, mientras consigo, que de las Marinas Ninfas el Coro te asista. In Astros, con este trofeo ya no os temo, pues es fijo, que con las Deidades no hablan los amagos del destino. Seguidme todos. , . Generoso Delfo Invicto, la planta; y pues en mi ayuda, de tus parciales seguido, armas has tomado, emplea sus acicalados filos en defensa de la nueva Deidad, a quien sacrifico alma, y vida: llega, llega, y en tanto que yo te asisto, ya que te fío mi honor, cumple con lo que te fío. Neptuno, oye: Mas por qué más razones investigo, que su precepto? Y pues nueva Deidad dice, que ha querido introducir en la Isla, veamos quien:: pero qué miro! De qué te asombras? No sé. Me has visto otras veces? Sí; y aún por eso al verre aquí me asombra el verte. Por qué? Porque si monstruo te hallé a vez, y es tu beldad con extraña variedad Deidad, y mujer después, fuerza es dudar, con quien es monstruo, mujer, y Deidad. Pues si irracional, humana y divina a un tiempo soy, cree lo último, pues te doy mas pruebas de soberana. Y ya que amor:: No, tirana belleza, a mis desconsuelos aclares tantos recelos, deja en duda mis pesares, que ultrajare tus altares, si sé que sabes dar celos. Y si al ver:: Venid tras mí, Ninfas, pues ya del estrago cesó el fantástico amago. Qué es esto? No sé: Mas sí es acaso contra ti, nada temas con mi aliento. El Trono dejar intento. Eso no, que no es razón, faltando a mi obligación, adular mi sentimiento. Sí No has de bajar. Ya el León; pero qué veo, Cielos, si a mi susto creo! Suerte infiel! Duro pesar! Mujer, que del Sacro Altar el trono ocupas, que hoyó Minerva, hombre en quien tanto el delirante encono, que la asciendes a su trono, qué hacéis aquí? Qué sé yo. Pues yo, aunque de vuestro arrojo la causa ignore también, basta que sepa, que quien su enojo causa, y mi enojo, justo es, que sea despojo de mi acero. Antes advierte:: Qué he de advertir? Dolor fuerte! Que lo que otro yerro ha hecho sustentar a mi despecho. De qué suerte? De esta suerte: Isleños, a todo trance la belleza de Medusa defended. erir Soldados, muera quien nuestra Deidad injuria. Mueran todos. Todos mueran. , . Cuál se dan en caperuza: Válgate el diablo el Ingenio, qué amigo es de meter bulla. En el Templo es él estruendo. Qué haré, airada suerte anjusta! Pues Neptuno ausente, en vano salvar la vida procura mi temor; pero en qué pienso, que no me vale la fuga, mientras él me ampara. Digo, ha señora Diosa intrusa, dónde va de esa manera? Quién de tan nueva confusa tropelía nos dirá el motivo? Una figura, que para ilvanar cenas ha hecho provisión de agujas: mas no sé nada: Usarced, seo Sacerdote, si busca noticias, salga a buscarlas, porque no esta ahora la musa para relación al canto. Si haré, que nada me asusta, por más que en nuestro Templo en succesivas angustias siembre el acaso discordias. . Deja, inconstante fortuna, pues las Estrellas me siguen, que los árboles me encubran, si ya no es:: No prosigas, la aleve voz anuda, no todo lo que hyerras viertas en los delirios, que pronuncias. Yo, Minerva? (qué susto!) Para qué disimulas con el temor la ofensa, si está latiendo en tu pesar Tú en mi Trono, tirana? Tú de la Esfera Augusta de mi Sagrado Templo con sacrílego ardor el Solio ahu- mas? vivo yo:: Templa, templa la cólera sañuda, pues de tu rostro el Etna me quema al mismo tiempo, y me deslumbra. Neptuno (ay infelice!) solo fue (suerte dura!) quien, sí, yo:: R ofendida Deidad, que ya a tu ira sobra la ejecución, pues en mi estrago, lo que el golpe ha de hacer, hace el amago; pues al fiero, violento, venenoso contagio de tu acento, helado el pecho, el labio balbuciente, y en fin, caduco todo lo viviente, rompiendo el pecho en tan mortal abismo? el corazón es ruina de sí mismo. Cielos, qué haré? Morir, pues hoy mi enojo; castigando el arrojo de profanos intentos, en Áspides mudó los pensamientos, con tan común estrago, que sin que se resista, morirá del veneno de tu vista, quien viere monstruo, al que ha mirado ala Pues ya qué satisfago con mi muerte tu ofensa, en vano que ha de ver tu saña piensa mi último desaliento, pues huyendo de ti, pediré al viento alas, en quien se aviente mi cuidado. De la razón del hado, ni se oculta, ni esconde, Calla, calla, no viertas otro error en la dis culpa: mas pues quieren los hados, que en Sierpes se traduzgan de esa dorada crencha los rizos vagos, y las hebras tús bías. de tortuosas Serpientes, cuando la frente cubran, lamentarás, que a un tiempo mi honor se vengue, y sur se cumpla. Y este arpón:: ni pena, ni delito. Dónde, donde tanta gente escondía, entre una, y otra bárbara alquería, la inculta población de esa campaña? Pues, Señor, ya que a vista de su saña nuestro ultraje es seguro, de esa maleza en el frondoso muro se haga fuerte la gente, que ha quedado, hasta que puedan ser nuestro sagrado las Naves, que trujimos. Bien me aconsejas; y pues ya supimos, que a mi Ciudad Minerva favorece, hagámonos al Mar, en que me ofrece placido abrigo el viento. Arma, arma. otra vez aquel acento nuestra ruina asegura, y su fiereza. Al Bosque. A la espesura. A la maleza. , . Adónde, Baco mío, iré, que no haya riesgo? Al Río, al Río. Mientes, pícara voz, mientes mil veces, que está el agua, pues que nacen peces; y si ella todos mis pesares fragua, está el daño, pues, ahí está el agua; pero Delfo hacia aquí, si no me engaño, viene, y si da conmigo, aquí está el daño; yo me escondo: Ah, señores nadie diga, que entre los bastidores ha quedado el Gracioso, Qué bien sueña a un espíritu belicoso, a un ánimo alentado, la piel tirante, y el metal cabado! y qué bien que parece, a quien laureles a su frente ofrece, el Páis, que en cada parte cubierto de despojos pinta Marte, a cuya marcial saña cadaveres florece la campaña; pero si quiso que mi brazo aliente la bárbara milicia de mi gente, qué mucho, que a este solo fresno errado, que para ser Bastón, hice Cayado, Epidauro respete, cuando blándido a mi valor sujete su altiva saña fiera: u dígalo el que en él:: Zagal, espera, y si contra mi empuñas tan sañudo del rústico venablo el hierro agudo, mira, que ultraje, mas que gloria, adquiere en procurar matar a quien se muere: No averiguado asombro de mi espanto, dónde vas? A morir. Yo hago otro tanto; pero es de miedo. Quién, cuando en el Templo eras Deidad, para tan nuevo ejemplo, en fiera te convierte? La trágica ojeriza de mi suerte. Quién tu cabello en Áspides tradujo? El envidioso ceño de su influjo. De verme te retiras, y delaute del hermoso semblante las manos pones? Sí, que aún cuando espiro, bastaré a darte muerte, si te miro. qué más alta suerte, monstruo, que morir de verte! De forma, que el veneno mi vista codicias? Sí, pues lleno de asombros, quiero que de herirme acabes. Pues ay de ti, cuando a tu costa sabes, que entre estos duros riscos Áspides ay, que matan Basiliscos. Qué has dicho, vengativa, Deidad, fiera, o mujer? pero si activa saña se ha apoderado de mi pecho, mejor podré decir, qué es lo que has hecho? Qué has hecho, otra vez, dicen mis enojos? Diole por la tetilla con los ojos. Mas que dudo, si imnoble, absorto, y frío, ni aún para queja sirve el albedrío! Dioses, favor: Mas ay, que en vano espero socorro en mal tan fiero, en pena tan cruel, rigor tan fuerte, como el que en piedra helada me convierte: Huid, huid, Zagales, del nuevo asombro, que en tan nuevos males; mirando mata, y sirvaos mi tormento de innoble aviso, y pálido escarmiento. Cómo qué, en piedra vuelve a los que mira? Eso sí, a los contagios de mi ira perezcan todos, y vagando al Monte, el verde seno, el rústico Horizonte, todos escuchen, que mi pena dice: Ay mísera de mí! Ay infelice! adonde, afligido Sol, aún más que la planta, te induce el espanto, onde, asustado Cielo, adonde aflicido asn más que VERAA aún más que la fuga, te lleva el temor? Pero hay de mitriste, no lo digas, no, pues ya lo ve el alma, sin que obre la voz. Qué es esto, Medusa mía? Esto es, que el hado intentó, vengarse de amor tan feliz, que aspiraba a ser el más noble trofeo de amor. Mas ay de mí triste! No lo calles, no, y ya que tu sientas, sintamos los dos. Apenas tu fe, Neptuno, de mi vista se ausentó, cuando irritada Minerva casti- ga en mí los delitos de mi perfec- ción. Pero ay de mi triste, no lo hiciera, no, si contra el poder obrara el valor. En Áspides los cabellos tan presto su ira mudó, que apenas pronuncia su cólera, cuando mordieron la vista, y ahogaron la voz. pero ay de mi triste, no los mires, no, pues dichas de ayer, son lástimas de hoy. Con tan venenoso hechizo los confeccionó su ardor, que a cuantos mirare, doy muer. te, y en Delfo estrena esa piedra la muerte, que doy. Pero ay de mí triste! No lo digas, no, que tú eres quien muere, y yo quien murió. Y ya que de su venganza la tirana indignación me quita en tu vida el alma, y mi dicha en tu favor, solo siento, que del fiero mortal amago traidor, me exceptue el Soberano privilegio de ser Dios; pues mirando tú, muriera de ser tú quien me miró. Vete, a qué esperas? y ya, que con tan no visto horror haya de asombrar mi vista, no estés tu haciendo mayor mi pena. Injusta Minerva, ya que venganza tomó tu ira, para qué tan vil venganza; Aire, Cielo, Sol. Monte, Prado. Río, Fuente. Golfo, Fiera, Ave, Pez, Flor. Oíd mi dolor. que muero, y no logro morirmo de amor. Ay, ay, ay, qué pesar es muriendo, morir de no amar? Ay, ay, ay, qué rigor, que muero; y no logró morirme de amor. Medusa, oye. Dónde vas, Neptuno? Dónde embarace su última ruina. Cumplieron sus efectos los fatales anuncios de las Estrellas. Quita. Detente. Oiga el diantre, que otro monstruo ay; pero en duda llamemos gente, Zagales. Ninfas. Guardas. Marineros. Venid, venid hacia el mar- gen a ver un prodigio. Quién turbadas voces esparce al viento? Quién de Medusa inse iz hermana, hace públicos de su castigo los repetidos ultrajes; pues:: Eso yo he de decirlo, antes que tú, pues si saben, que ajando mi Simulacro, atropelló mis Altares, justo es, que sepan también, que los cabellos, que antes rizaron diluvios de oro, hoy siendo sierpes al aire, diluvios de escamas rizan. Testigo yo, por si vale mi voto; por señas, que a Delfo, que halló de calles, le convirtió en piedra, solo con la costa de mirarle. Según eso no podrán los que lo vieren, negarme, que hay Áspides Basiliscos. Y tú, Neptuno? No trates, que sabiendo tu ofenderme, me olvide yo de vengarme. Cómo? Haciendo de Epidauro breada tumba las Naves, pues cortando el golfo dice:: Sacra Minerva, no extrañes, que de tus Altares huya, cuando en tierra me combaten los ceños de la fortuna. Ah, señor, como te partes sin mí? Cómo es fuerza, que con la Graciosa te cases. Y pues sobre aquel escollo materia Medusa añade a mis iras, nuestras voces dirán, para que el naufrague. Mal viaje, mal viaje: o naufragos mueran, o míseros vaguen, mal viaje, mal viaje. Qué importa, si con mis Ninfas, haciendo yo Coro aparte, diré, para sosegar los ímpetus de los Mares. Buen viaje, buen viaje: ni el ábrego gima, ni el piélago brame, buen viaje, buen viaje. Buen viaje, Qué tormenta sin tormenta es esta, en quien desiguales nos guían, y nos rechazan iras, y tranquilidades? Aferra. Amaina. Iza, iza. Con que dejando al dicta- men de ambos preceptos, que entre ellos, o se pierdan, o se salven, de Áspides ay Basiliscos, las líneas, que tiró el arte, la idea cierre, volviendo a decir para que acabe. Mal viaje, Buen viaje,
