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Texto digital de Aristómenes Mesenio

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Alonso de Alfaro
Atribución estilometría
Alonso de Alfaro Segura
Género
Comedia
Procedencia
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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Aristómenes Mesenio. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/aristomenes-mesenio.

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ARISTÓMENES MESENIO

Échale por el balcón, arrójale a este patio, roída la escalera a pies, registre el suelo a pedazos. No manches el limpio acero, sóbrete, Bostezo, un palo para este infame atrevido, para un portero villano que se ha atrevido a traerme decreto tan vil, y bajo. ¿A mí infamia tan notoria? Aunque lo mande el Senado, el mundo, el cielo, los Dioses, mátale, que yo te amparo. ¿Yo a entregar tributo? Yo no soy quién con este brazo ha muerto más enemigos que tiene flores el Mayo, que tiene estrellas el cielo; ¿Y qué ondas el mar salado? Yo a Lacedemonia, yo llevar tributo, pedazos, hago el decreto, y quisiera. Él lleva gentil despacho. ¿Matástele?No, señor, que homicidios no los hago, mas lleva un melocotón, por Dios, ni bueno, ni malo. ¿Pero el decreto has rompido? no supiéramos si acaso a desdichada doncella, que los viejos han sorteado, para ofrecer el tributo. ¿Leístelo de barato a tu impaciencia? Bostezo, ¿estás en ti? No es tan malo el cargo como parece, que en frío los dos mil ducados de ayuda de coste harán. ¿Estás, Bostezo, borracho? ¿Tú te atreves deste modo? Vive el cielo que el estrago haga en ti que haya de hacer. No lo digo yo, por tanto, tú tienes mucha razón, que hablé por boca de ganso. Aristómenes tributo ha de llevar, cuyas manos de la flaca cerviz dura sangrientamente ha domado? ¿Yo llevarle? Vive el cielo, que está caduco el Senado, y que, si me hallara dentro, a estocadas, a bocados. Aristómenes, señor; mi bien, mi dueño que caso os descompone? ¿De qué dais voces? Mortal le hayo mas si sabe mi desdicha? Oh, Fénix, ¿tú aquí? Un villano atrevido, y del compuesto, pidiendo albricias del cargo que me daba en un decreto el Consejo mal mirado. Pero, ¿cómo yo le explico? ¿Cómo no sellan mis labios de la infancia ya la nrma, el lacre ya del agravio, el sello ya de la ofensa, o ya de mi vida el mármol? Pues mi bien, señor, ¿qué es esto? Ser yo, Fénix, desdichado. Fénix tú, a secas? ¿Qué dices? ¿Así me hablas, señor, cuando muerta estoy? ¿Vos con despego? ¿Pues qué motivo, qué engaño? Fénix, el ser tú mujer, cuando deidad te consagro todo el amor en ofrenda, todo el alma en holocausto; Cuando imaginé que el sol, La nieve, el cristal, el prado, Menos apacible esté, Era lo otro menos claro, era más ahojada aquella, Y era aquel más eclipsado; Con qué vergüenza lo digo; Después de suspiros tantos, Conozco que con tu amor Lucen más del sol los rayos, El cristal con tus finezas, Con tus ternuras los campos, Con tus suspiros las flores, La nieve con tus halagos. Y cuando anoche, ay de mí, Por lisonja, o embarazo, Por lástima, o por cautela, O por mujer, que es más llano; Me mandaste, qué crueldad, que te pidiese a Aureliano tu padre por sueño mío, y antes de ir a Palacio, antes de ir a Palacio, antes de entrar en Consejo, esta mañana le hablo, te pido, ay Dios, lo ejecuto cortés como enamorado. Humilde como quién ruega; Resuelto como empeñado; Acórdele mi nobleza, Tu amor, mi fe, tus regalos; Habernos criado juntos, Y haberme también criado; Representé mi ardimiento; Mi valor acreditado, Ya en la lid de la aspereza; Y ya en el afán del llanto. Respondiome, muerto estoy; Ciñéndome con tus brazos Llegáis ya tarde, que Fénix Tiene dueño: yo turbado Con el dolor, con la pena, Ni hallo razón, ni voz hallo; Que se la llevó la pena, Y solo dejó el amago. Esforceme como pude; Y después de grande rato Le repliqué: ¿sabe Fénix Ese concierto? ¿Es acaso Con tu gusto? Y respondióme; Entrándose en el Senado, Si sabe con qué quedé Muerto, perdido, sin pasos, Sin voz, sin vista, sin tiento, Sin alma para el agravio, Sin discurso para el riesgo; Y con vida para el daño. No de otra suerte la cierva; Entre espesuras, y ramos Se queda al fiero sonido, Con que los despoja el Austro? No de otra suerte al arroyo, Risueñamente engañado, Le embarga el gozo el Enero, Le usurpa la risa el Marzo, Que yo quede a sus razones, Mas que la cierva alterado, Mas que el arroyuelo preso, Y más inmóvil que ambos, Pues por la atención, y el sustp Dos veces era de mármol. Volví en mí, si acaso he vuelto; Y halleme en casa, y no alcanzo Cómo vine, ni por dónde, Abrí esta puerta, este patio; Más claro está qué sería, En mis penas tropezando; Pero según son de muchas; No satisface el reparo. Apenas pues de mis quejas Aún no era capaz mi cuarto; Era alivio este jardín, Ni aqueste lecho descanso; Cuando un portero me busca; Con un acuerdo firmado Del Consejo de Mecenía, Baldón infame de entrambos; Mándame por el que lleve Este tributo ordinario De una doncella más noble; Veinte sacres, diez caballos; Y la mitad de los frutos, Con cincuenta mil ducados Que paga a Lacedemonia Cobardemente diez años, Habiendo más de setenta Que somos sus tributarios. No había yo nacido entonces; Que a vivir yo, fueran vanos Sus huestes para redirnos, Su ardor para sujetarnos. Estas han sido las voces, Y hiciera extremos más claros, Locuras más insufribles, Extremos más inhumanos, Si tu mudanza, y mis celos, Tan poderosos contrarios, No me hubieran con la vida Todo el sentir viurpado. Ya yo me admiraba, Fénix; De ver al Febrero manío, De ver con flor al almendro; De ver al mar sosegado. Ya yo me admiraba ya De ver mi amor sin enfados De ver tu Fénix, recelos, De ver mi amor sin cuidados, Pues hay poca diferencia De Febrero a tus engaños, De las ondas a tu fé, De la flor a tus amagos. Esto mi amor merecía, Cuando era más firme, y cuando Mariposa de tus luces, O girasol de tus rayos, Si tus hojas le han seguido, Tus alas no le han tocado, Cuando en aqueste jardín Nos contaban los abrazos, Ya la yedra trepadora, Y ya el jazmín añudado? Con una palabra, Fénix, Con una acción has quemado Las hojas de girasol, A la yedra los enlazos, Las alas a la avecilla, Y a los jazmines los lazos; Mas tú no tienes la culpa, Yo sí, que creí mi engaño, Yo sí, que fie del viento, Yo sí, que entregué al salado Golfo de tantas desdichas Mucho amor en poco vaso, Pues ejecutó en mi dicha Tanta tempestad lo airado, Tanta mudanza lo fiero, Y tanto rigor lo vano; Muera yo en tanta fortuna, Y quede en rigor tan vario Para con los Dioses, firme, Para con el mundo, honrado, Para con los hombres, fuerte, Inmóvil para los hados, Para mi patria, obediente, Y para mi amor vengado. Señor, deteneos, bien mío, No hagáis tan terrible el cargo; La mayor desdicha ignora, Hasta mejor enteraros De mi fortuna, estoy muerta, Sabed, señor, que es engaño, Porque a mí; pero, ¿qué digo? ¿por qué? Pero, ¿qué lo callo, Cuando temo sus extremos, Y cuando le adoro tanto? Dele otra voz el veneno, y la cicuta otro labio. En fin, te faltan razones; Y acudes, Fénix, al llanto, Mira que has menester muchas Para encubrir tus engaños, Para llenar mis desdichas, Y para encubrir tus cargos. Ya esto es mucho sufrir, Muera yo con el tirano Golpe de tanta desdicha, Y quede en rigor tamaño Como mi nombre mi amor, Aristómenes quedando, Si muerto para la pena, Vivo para el desengaño. Sabe, Aristómenes mío, Pues tanto, ay cielo, has tirado La cuerda del sufrimiento, Y de la paciencia el arco, Que yo; mas mi padre viene, A que buen tiempo ha llegado; Voyme, ay de mí, no me vea, Que él responderá a mi cargo. Así, ingrata, me respondes En penas desiguales, Llévate hacia allá los males, Pues el remedio me escondes Mas no, que en pena mortal Tan hecho estoy a la queja, Que si su dolor me deja No me he de hallar sin el mal. Vos aquí, ciego, imprudente; Temerario; sin respeto? ¿Vos recibís un decreto Con modo tan indecente? ¿Vos respondisteis al Senado, Cobardemente atrevido? Decidme, ¿tuvierais vida, Si por dicha yo el primero No le encontrara al portero Con la queja, y con la herida? Si acaso no le encontrara, Y el suceso le supiera, ¿el Senado que dijera? ¿el vulgo qué murmurara? Buena locura habéis hecho, Siempre de vos lo esperaba. Señor, idos poco a poco, Y el respeto no apuréis Que justamente he guardado, A vuestras cenas debido, Por haberme recogido, Y por haberme criado, Y no deis lugar, que dudo Que a todo no os satisfaga, A que una cólera haga Lo que un desprecio no pudo. Yo a vos desprecio, yo a vos? Es poco haberme negado A Fénix, y haber callado Injuria tan de los dos? De vos que la injuria cuadre Está llamando el honor, No sois mi padre en rigor, Mas en mi aumento sois padre; En vuestra casa he nacido, Y a vuestro valor criado, Todo su lustre imitado, Todo lo arduo he seguido. Luego está bien satisfecho, Cuando en Fénix me negáis Que en mis acciones culpáis Lo que vos mismo habéis hecho; Luego aquesta ofensa aquí A los dos nos ha traído, A mí de vos ofendido, Y vos injuriado en mí. Y luego para aumentar Esta queja, aquesta pena; A vos el Senado ordena El que yo vaya a llevar Este tributo, este agravio; Que tanto mi patria infama; Pues aún se ofende mi fama De escuchárselo a mis labios: Ninguno, si vive Dios, Se ha atrevido a ofender; Quién se había de atrever Sino es el Senado, o vos? De ambos mares la espuma Me ha respetado en mi leño; Del Noto el rizado ceño Aún se ha templado en mi pluma; Pues con leve movimiento, Las noches que trasnochaba, Si el rocío las abajaba????? Me las encrespaba el viento; ¿Para llevar, yo elegido, Tributo? Mal me resisto; ¿Quién vitoriolo lo que hecho; Admitíos en tanta injuria El que no obre mi furia Lo que está obrando mi pecho: El respetaros es justo, Yo tengo poca paciencia, Suplícoos me deis licencia Para no daros disgusto. Que oyen un rigor tan fuerte, Buscando la patria ajena, Sino dejare la pena, Hallaré al menos la muerte. Aguardad; mas, ¡qué valor! El amor me ha enternecido, No sé cómo os he sufrido, ¿Sabéis que soy Senador? Y lo sé, pues os respeto.Y en lo que trató el Senado: Decid, ¿no estoy obligado Si es importante el secreto? Aquello nadie lo ignora. No es fuerza, el amor me ciega, Que pues el plazo se llega, Que se de el tributo agora A Lacedemonia? No, Que vivo yo, y lo extraño. Vos no advertís en el daño. Soy Aristómenes yo. En fin, si el Senado ayer Se encerró para sortear La doncella que ha de dar Por tributo, ¿qué ha de hacer? El dolor me tiene muerto, ¿noble tanto como bella? Así lo quiere mi estrella, Así lo pide el concierto. Si aunque quien era sabia, Con el secreto obligado, Por no suerte publicado, Decirlo, ay Dios, no podía. Mas cuando aquesta mañana, Así mi dicha lo ordena, Para aumentarme la pena, Si hay pena más inhumana, A mi Fénix me pediste, Mal una pena se calla Como os admiro el negalla. En el modo no advertiste, Pues conociendo mi empeño, O cuanto el dolor aflige, Harto os dije cuando dije Que ya Fénix tenía dueño. No fue desprecio, fue acción De propia desdicha mía, Bien negándola os decía Que era de Lacedemón. Pues para el tributo fuerte, Sorteando las más bellas, Entre todas las doncellas A Fénix cupo la suerte. Señor, ¿pues? ¿cómo? Y ¿así Puede ser? Estoy mortal, ¿qué decís? Que es cierto el mal, Y que??? Fénix. Ay de mí, No lo digas, aún no acierto A la queja el desconsuelo, Vive Dios, valedme cielo, La pena me tiene muerto, Mas no importa, si estorbar Puedo, auqnue el mundo lo impida; No ha de ir, que estoy sin vida; De dolor no puedo hablar. Aristómenes, ay Dios, ¿Vos rendido, e impaciente? ¿Una pena, un accidente ha de poder más que vos? Cuando buscaba al desvelo, A la desdicha, al dolor, En vuestro mucho valor, Si no remedio, consuelo. ¿Le habéis menester? No obliga A tanto lo que atormenta, No digo el que no se sienta, Pero culpo el que se diga. Que el gran Dios hizo la dicha Para el malo, e indiscreto, Y ajustándose al decreto, Para el bueno la desdicha, Porque si el cielo la diera Al vil, al cobarde, al necio Sin valor, con el desprecio Al menor mal se rindiera. Como Dios nos premia al dar; Nunca rendidos nos quiso, A la desdicha, y es preciso Que en alguien se ha de emplear. Luego es justo si se emplea, Que para darle se escoja, No al malo que se congoja, sino al bueno que pelea. Mirad qué voy a decir, Y no menos que al Senado; Que el cargo habéis aceptado, Y que es forzoso partir Mañana, mucho le temo, No me admiro, si en sus daños Necesito de mis años Para no hacer un extremo. Buenos habemos quedado; Ay Fénix del alma mía, Aún apena me decía Lo que mi desdicha ha hallado; Qué mal hace un desdichado En prevenir sentimiento A un recelo, a un pensamiento, Pues el rigor prevenido, Como se mira sentido, Echa por otro tormento. Mi nobleza está injuriada, Aureliao está sentido, Mi amor se mira ofendido, Mi patria se ve infamada: Fénix es ya desdichada; Y yo, ánimo, si es verdad, No parezca liviandad Lo que ha sido rendimiento; Pues busque el entendimiento Alivio a la voluntad. Mi patria elegir no pudo Para el tributo otro hombre De menos valor y nombre que yo, está bien, no lo dudo. Luego con intento mudo Muestra, eligiéndome aquí, Dice irritándome ansí, Que se busca, y le previene La libertad que no tiene En el valor que hay en mí. El tributo he de llevar Como quieres, como ordenas Y aún a pesar de mis penas A Fénix he de entregar; Patria hoy te he de librar Del tributo, aunque te impide Todo el mundo, y repetida Esta acción de mi ardimiento; Si me quitare el intento, No me dejara la vida. Ea Lacedemón fiero, mucho mal se te avecina; Tu triunfo ha de ser tu ruina. Si me aguardas, y te espero; Pero según considero, Será mucho tu temor, Será poco tu dolor, Sabido el intento mío, Que va contra ti mi brío; Y de más a más amor. Nunca juzgué que fuera tan dichoso Hermana, Capitán soy venturoso, Ajústole mi dicha a mi deseo, Dad aquella cadena a este correo; Partiréis, Severino, aquesta tarde Por el tributo que estará en Esparta Mañana así lo avisa aquesta carta. Dadme estos pies. Alzad. Señor, conmigo. Sois, Severino, mi mayor amigo; Mirad que vais por Fénix, que es ya mía Afrenta del Abril, gloria del día, Alma de la hermosura, y la belleza, Que en ella acaba cuando en esta empieza, Dueña es de mi albedrío, Ya lo sabéis, mirad que de vos me fío Su agasajo, mi dicha, y sus cuidados, Llevad con vos a todos los soldados De mi guarda, lucidos se aperciban, Y a Fénix todos juntos la reciban, No como esclava, que en tan justo empeño De la vida de una Rey ha de ser dueño. Admirara os hermana Ver a un Rey como yo, ver mi grandeza Sujeto a un accidente, a una belleza, Cuando debe un monarca con intenciones Reinar más que en su Imperio, en sus pasiones Pues porque no te admire tanto exceso, Escúchame el suceso, Sabrase en él, y el mundo mi cuidado, Que fue más sucedido que buscado. Ya sabes que es Esparta ciudad mía, Termino impuesto a aquesta Monarquía Y que Mecenia yace dilatada De Esparta poco más de una jornada Cuyas verdes riberas, Cuyos montes esconden tantas fieras Que el can que aún late viento que le enoja; Una fiera levanta en cada hoja; En sus márgenes pues, en su hemisferio Daba alivio a la carga del Imperio, Que en fin es peso grave, Aunque mandar parezca tan suave. Aquí salí una tarde, En que ostenta el Abril su Primavera; Al campo en un castaño fuerte altivo, Hijo veloz del Zéfiro lascivo, Yendo en mi compañía La gustosa, la fiera cetrería; Que en vano le socorre Si el caballo no vuela cuando corre. Apenas el Nebli, que el rayo vuela, Del corbo pie sacude la piguela, Y el Ierisalt, el Bahari sangriento, Cuando una garza se ofreció en el viento; Y bajando cual rayo a una corriente, La garza parecía en sus espumas Cierzo con el alma, y Zéfiro con plumas, Llegué a verla corriendo, Levántala el ¿??, Síguela el Bahari, no la alcanzaba; Inténtalo el Nebli, y aún no lo hallaba; El Sacre la conquista, Y mi atención la sigue con la vista; Mas ella con de?? y rigores A pájaros cansó y a cazadores: Mas yo con el empeño, y la porfía, A pesar de su aliento la seguía, Tanto, que cuando quise recogerme, Por no perder la gente, o no perderme; Reparando los pasos más veloces, Ni la hallaron los ojos, ni las voces, Y queriendo volverme fue destino, Perdí la garza, y no encontré el camino. Volviendo pues la vista a la campaña Veo una quinta que el Alfeo baña, Que después supe que era de Aureliano; Senador de Mecenia noble anciano, Llego a ella perdido, y caluroso Y halló su sitio fresco, y deleitoso, Tan espeso, tan verde, y tan florido; Que en vano ha pretendido Del Sol el siglo tanto en los ardores, Si en su agua templarse, ni en sus flores; Llegué apenas aquí, cuando el sentido La atención usurpó con el oído Con un harpa una voz, cuyos acentos Enfrenaron las aguas, y los vientos; Dejó el caballo al soto encomendado; Sigo la voz, y sigo mi cuidado: Que era mujer decía La suavidad del metro, y la armonía; Porque no me sintiesen tan sin ruido El aliento, el afán tan prevenido, Con el pasto tan quedo, Que era de objeto, y pareció de miedo. Llegué con gran silencio a unos jardines; Y por entre unas yedras, y jazmines, Cubierto de las hojas, y la rama, Vi en un cuadro una dama, A Fénix vi, que en números suaves Lo entendieron las flores, y las aves; Sentada de alabastro en una fuente, Con un harpa cantaba dulcemente, Canto, que amor trocando los sentidos; El alma me robó por los oídos, Y sagaz atrevida a la dulzura, No le dejó que hacer a la hermosura; Y ella envidiosa bien de sus despojos, No hallando que llevar, llevó los ojos; Que en vano, aio?? Qué creo! Mas lo que della recibió el deseo, Aunque la voz lo resistió gran rato, Fue este día, esta voz, este retrato. Era el cabello en ondas dividido Con desaliño airoso, y prevenido; Ya por oro, por terso, o por decente; Crespa diadema al nácar de su frente, Tan exenta en sus términos, tan bella, que los que son cera los rayos, nieve ella, tanta conformidad los atendía, que ni ellos se templaban, ni ella ardía; el incendio librado en sus mejillas del objeto oficial de maravillas, confusamente con igual alarde el rubí, y ella, cuando el jazmín arde, y vestidas sus hojas rayo a rayo, de esmeraldas del sol da luz al Mayo. Su boca, su garganta, Cuando el clavel descoge, cuando canta, como es este cristal y aquella risa en cada encuentro avisa descubriendo las perlas que atesora que envuelta en suavidad vuelve el Aurora. Sus manos en el arpa que tocaba cada que a las cuerdas las llevaba como era nieve, a mí, y a un arroyuelo, con el alma la dicha dilataba ya en su hermosura, ya en su voz cantaba cuando mi gente, entrando en busca mía, me usurparon la vista y la armonía. Fue forzoso salir, y ella turbada, viendo en mi respetada la majestad, que apenas había visto, quiso humillarse, y yo se lo resisto, postrarse, en fin, y pídeme la mano, levántola, aunque en vano, su verdad vergonzosa la pedía. Así durara un siglo la porfía, pues tuve entonces en debidos lazos toda su gran belleza entre mis brazos. Esta, pues, es hermana de la hermosura, la causa principal de mi ternura, del amor el origen prodigioso. El […] amoroso que dio principio a todo mi cuidado el afecto dichoso que he hallado, la gloria que el amo ha prevenido, la dama que Mecenia me ha ofrecido el tributo que espero, mira tú ahora en juicio más severo, disculpando mi amor, si en tanto brío pudo salir con alma mi albedrío. Hermano, gran señor, en Vuestra Alteza es disculpable toda la belleza: tiene imperio en dos Reyes las más severas leyes, sospechas más reales no se escuchan de efectos naturales. Ya está todo prevenido. Entrad, Seberino, entrad por los despachos, amor, que eres Dios siendo rapaz préstale al viento tus plumas para esta vez no más, calzado de tus deseos, vestido de tu deidad en estas horas síncopa tu prolija brevedad. Dichoso tú, y ay de mí, pues en mi pena, en mi mal., ni halla alivio la congoja, ni halla consuelo el pesar. O nunca la Lacedemonia vinieras tan liberal, para aplaudir tus victorias, a robar mi libertad. Aristómenes Mecenio, tan hecho siempre a triunfar, que aún no perdona su brío mi rendida voluntad, pues, aunque adorne la gala los hierros que arrastró ya, limpiándolos la sospecha, el vulgo los hallará. Él ignora mi dolencia; modo de saberlo no hay, amarle será locura, escribirle es liviandad, quejarme del no hay razón, morirme será crueldad, venir a Lacedemonia, ni le espero, ni vendrá. ¿Por qué amor, tanto imposible contra una vida no más? Sí, que amor es esperanza, es afecto tan vulgar que deslustra la fineza y oscurece la verdad; ame yo, pues, entre dudas es ya forzoso el mar, y en lágrimas y en suspiros deshace el fuego el cristal. Ame yo, pues, y compita entre amor tan singular con los montes en firmeza, con los siglos en edad. Bien, podéis salir, Alférez; ponte a esta puerta, Bostezo, no os acechen. Sí, haré. Es amigo Clodoveo. Ya estamos cerca de Esparta; en este lugar pequeño con Fénix, con el tributo, no hay sino que le obre el esfuerzo, cuando irritado el valor y prevenido el ingenio. Pues Aristómenes ea, no hay sino ordenar, y obremos, que los soldados que traigo, aunque no son más de cien y mis amigos, sobramos para decir que son buenos. Siempre admiré tu valor. Aquí, Alférez, el silencio es importante, y así, mientras con Fénix desmiento las sospechas que le han dado los soldados, y el estruendo. Y, así pues, tiene la noche, más que otras, oscuro el suelo, coged todos los soldados, y pues es tan corto el trecho, no hay sino asaltar a Era, que es plaza de armas, cuando es puesto de importancia, donde todos nos recojamos a un tiempo. Ella está mal guarnecida, y como en paz, sin recelo, no será dificultoso tomarla, cuando en vos veo aun para rendir el mundo, tan sobrado el ardimiento. Dadla, amigo, por tomada. Pues, Alférez, yo me quedo en esta quinta a esperar al Lacedemón soberbio. Aprisa, cuerpo de Cristo, que viene Fénix. Bostezo, esta carga de moneda, has que carguen los harrieros, y lo demás del tributo se le entregue a Clodoveo. No hay que encargaros la prisa, pues dadlo, amigo, por hecho. Dadme los brazos. A Dios en el fuerte de Era espero. ¿Aristómenes, tú aquí retirado y con secreto? ¿Clodoveo con soldados y mi vida con recelo? Ay de mí. Como es verdad la sospecha que prevengo, los pesares que imagino, y las desdichas que reino. Fénix, señora, bien mío. Déjame, por Dios, que pienso que me buscas las desdichas, sobrándome las que tengo. Yo he venido aquí a entregarte cuando te adoro, y te quiero, mas ya de estas ternuras no es ya ocasión, ni ya tiempo. Yo te pierdo, basta Fénix, no añadamos más tormento a sospechas; no me mates, ya que a desdichas no muero. Presto lo haré, no te aflijas, deja que falte alimento a los ojos de tu vista, y al amor de tus requiebros y serás, como a mi vida […], el posterior aliento, rindan últimos suspiros lo que en tanto amor le debo. No lo permitan los dioses, primero señor, primero muera yo que esta desdicha ocasione a mi recelo. No os empeñéis por mí tanto, que esto es, ay Dios lo que temo, lo que tristemente lloro, lo que justamente advierto. Demos algo a la fortuna, que ha empezado a obrar, y demos algo a la razón, no siempre el amor ha de ser ciego, el albedrío tan breve, y el discurso tan sujeto, venid, señor, que es lo más y muera yo, que es lo menos. Señor, ¿entregó el Alférez el tributo y el dinero? Mas, ¿Fénix aquí? Por Dios que yo he dado con los huevos en medio de la ceniza: digo, pues, que Clodoveo se fue como lo mandaste. No disimules Bostezo, que ya he sabido lo poco que a Aristómenes le debo. Tú dices eso, ay de mí… ¿pero qué es este estruendo? No os alteréis, que yo soy… Padre. Señor, ¿qué es esto? ¿Vos aquí? No os admiréis que repita los aumentos, la suerte en mí tan terrible. Escrupuloso el Consejo me manda que te perciba, que me digas el intento con que tienes los soldados, ¿que no es costumbre el traerlos para entregar el tributo? Y sabido sino es cuerdo que los dejéis, y si no, os lleve a Mecenia preso; esto me manda el Senado: y será fuerza el hacerlo. Que sea tanta mi desdicha, que estorbe lo que deseo; pues la libertad de Fénix siempre esperé de su esfuerzo, mas la vida es lo segundo y la lealtad lo primero. No hay sino sufrir, mi dicha le ha traído este acuerdo. ¿Después de tantos pesares este me faltaba, cielos? Sin alma estoy. ¿Qué respondes? ¿Qué he de responder a esto? Que yo no entiendo el Senado, ni a vos, señor, os entiendo; yo no sé con qué motivo para esto me eligieron, pues, pero no digo nada, solo respondo al decreto, que los soldados que traje a Mecenia se volvieron. Pues, ¿cómo? Si a juicio estoy. Vanos fueron mis deseos, inútil fue mi esperanza, ¿tan a prisa se volvieron? No sé nada, si lo sé. Esperaos, que ya siento ruido de gente, ¡ay de mí! Buena la hubiéramos hecho si fuera a Lacedemonia. Aristómenes Mecenio ¿a dónde está? Aquí estoy. Pues por el tributo vengo, veis aquí el poder que traigo del Rey, mi señor y dueño, para recibirle al punto. ¿Hay lance más aprieto? ¿Qué viniese a esta ocasión? Mucho a Aristófanes temo. ¿Que aquí estuviste Aureliano, que enviaste a Clodoveo sin dejarme aquí un soldado? Mi desdicha ha obrado esto, que no pude prevenir que trajera tanto estruendo de soldados, y de armas, cosa que ninguno me hará falta teniéndome yo a mí mismo. No le entregáis, ¿qué decís? Señor, aún a hablar no acierto. Es entregad que aguardais el tributo, ay de mi ciego, que yo el dolor solicite? Sí, que es hacer lo que debo. ¿Pues qué dudáis? Que es de noche, y es menester mucho tiempo, si para entregar los frutos mañana está ahí: Bostezo no te me apartes de Fénix, ni un instante, ni un momento. Aunque veas que te abrasa todo el mundo. Ya te entiendo, esto me huele a borrasca. No os embaracéis en eso, que yo dejaré un soldado a quien daréis el dinero, los frutos y los caballos. Solo ahora a Fénix quiero, porque traigo orden del Rey muy apretada, que luego la lleve; vos, Aureliano, perdonad este empeño, que soy mandado. Mirad que es mucha prisa. No hay medio en esto porque es forzoso. Pues no ha de ser, vive el cielo que yo en nombre del Senado así el tributo defiendo. Aristómenes, ¿qué hacéis? Matar a este soberbio y liberar a mi patria. Matadle todos. Primero rendirás la infame vida a los filos de este acero. Fuego del Sol cual los cerca. Ay de mí. ¿Cómo, Bostezo, no amparas a tu señor? No es cobardía que tengo Ordenado no dejarte, ni apartarme de este pueblo. Dame esa espada y verás mi bien, señor, dulce dueño, yo voy contigo a morir. Esto no me haréis si yo puedo. Por Fénix vengo, pues ya a Aristómenes le dejo peleando con mis soldados, aunque bien a costa de ellos. Yo no he podido templar a Aristómenes, y vengo a ayudar a Seberino, no le parezca al Consejo de Mecenia delealtad lo que ha sido rendimiento. Es Fénix ven conmigo. Toda soy hecha de hielo. Anda Fénix, que es forzoso, que lo noble obliga a esto. Vamos, que el demás tributo, llevado Fénix, es menos. A Dios Aureliano, padre. Anda con Dios, que yo vuelvo a morirme de mis años, pues esta acción no me ha muerto. Ya que de tanto enemigo los mas en el campo muertos quedan, en infame fuga, a los más cobarde dejo vengo por Fénix: mas, ¿como sin luz está y con silencio? ¿Estás presa, Fénix mía? ¿Adónde estás? Aquí estoy, señor. ¿Adónde? Aquí, chorreando sesos. ¿Y Fénix? Se la llevaron y a mí me han dejado muerto. ¡Ay de mí! ¿Qué es lo que dices? Que Aureliano, que tu suegro se la llevó, me miraba como si fuera su yerno. ¡Válgame Dios, qué desdicha! ¿Para cuándo airados cielos ardientes rayos mostráis en la oficina del viento? ¿Para cuándo la tierra allá entre su basto seno, tan crudamente fecunda encierra los elementos? ¿Y en esta ocasión ahora no se rompe el aire, el trueno, los montes no se despojan en horribles esperezos? Dioses, ¿tan grande desdicha después de tantos trofeos? Si así a Fénix me quitáis, ¿para qué me dais esfuerzo? Mas seguirla no es posible, que, aunque me sobra el esfuerzo, es muy oscura la noche y los pesares muy ciegos. Pues al fuerte de Era vamos, yo te llevaré, Bostezo, y desde allí verá el mundo en más átomos pequeños deshecha Lacedemonia que giran al Sol luceros. Ea aguárdame, enemigo, en la campaña te espero y entonces sabrás quién es Aristómenes Mecenio. Ea, Arcades valientes, que en fe de vuestro valor ha sujetado mi ardor tantas ciudades, y gentes. Ya, pues, que quedan rendidas, Andania y Esparta suerte, sin perdonar la muerte, el imperio de sus vidas, solo queda sujetar a Lacedemonia ingrata, y cuanto el Tigris de plata de armas hemos de inundar. Ya, pues, sabéis mi deseo, Y que el ejército mío dejó encomendado al brío, Arcades, cualquier trofeo, no lo traje prevenido, que publicará […] que lo que la noche calla siempre lo dice el ruido. En el silencio mayor de la noche hemos de ir sin que nos puedan sentir, ni el recelo, ni el temor. Que antes que en luces primeras sea el día de clavel, Lacedemonia cruel verá mis huestes severas. Ea amigos, ya nos llama, en esta última gloria, con sus plumas la memoria y con sus trompas la fama. Arcades, yo os agradezco ese afecto bien nacido, tantas veces recibido, pero bien os merezco. Mas no siempre el General, ya alentado, ya brioso, se empeña en lo peligroso, sediento de lo inmortal. La naturaleza en vano no entregó tan acertada si a esta mano la espada, el bastón a la otra mano. Separarlos fue decir al General más medido, que cada cual dividido su acción no se ha de impedir. Mas, ¿si sabe la verdad de nuestro intento? Le ignora. Demás, soldados, que ahora reconocer la ciudad no ha sido solo mi empeño, también mi amor le previene, por ver la ciudad que tiene a Fénix mi dulce dueño. A Lacedemonia bella dos meses ha que he enviado a Bostezo, mi criado, mi he sabido de él, ni de ella. Y así entre tanto desvelo, por solo verla he venido, que un corazón afligido aún busca en el mal consuelo. Bien miráis, sin embargo, sin reservarme a las dudas aún en las cosas menudas obrarlo todo mi brazo. No es poca satisfacción que tengo de vuestro brío. Fénix, como dueño mío, es causa de esta pasión. El entrar en la batalla, en los riesgos, en el modo, como esto junto todo se ordena para librarla; se parece a mi valor, no obrándolo, que es tibieza, ni cumplo con la fineza, ni satisfago al amor. Afuera, déjenme entrar, porque importa a la maraña. ¿Qué es esto? Señor. Bostezo. Déjame besar tus plantas. Pues, Bostezo, en tantos días no haberme escrito una carta, ya te juzgaba por muerto. Guárdete el sol, no juzgara de ti tan grande desdicha aun siendo criado. Basta, Bostezo, di, ¿qué hay de nuevo de Fénix? De Fénix nada, de Lacedemonia mucho. Pues ya te escucho. Pues vaya. Yo llegué a Lacedemonia y en la primera posada, pasando Plaza de Alférez, que es título que se encaja a dos palmos de guedeja, y a una esclavina de Holanda, allegándome un corrillo, ahí que se murmuraba de que enamorado el Rey, no cuidando las armas, teniendo en Palacio a Fénix, tan solamente trataba en suraos y en festines de festejar una esclava. ¿Qué dices? No te alborotes. Ay, dulce Fénix del alma… Que fue quimera del vulgo, sospechosamente vana, en fin, después de dos meses que mi vida recatada la trajo de reja en reja y de ventana en ventana, por si Fénix, desde alguna, acaso en mí repara, por estas, ni por estotras, ni pude verla, ni hablarla. Sabiendo, pues, que tú habías, así el vulgo no lloraba, conseguido dos victorias gloriosamente en campaña y qe tu patria Mecenia tácitamente enviaba, de soldados y dineros, ya las tropas, ya las cargas. Y viendo que las espías muy perversos ratos gastan, porque la edad de un delito, demás ser asustada. En los días de mi vida peinar la he visto una cana y así esta tarde en tu busca tomé las de Villa Esparta. Ea señor, embistamos a Lacedemonia ingrata que, aunque la defiendan muchos, fácil es asaltarla. Toma estos cien escudos mientras te pones mañana aquel vestido. Oh dures, señor, edades más largas que un vestidico le dura a un gentil hombre de tapa que acompañando una sella es lacayo de una dama. Arcades, mientras yo envío a prevenir la jornada con el descanso de las posas doblad, y el cuerpo de guarda se aperciba, y cuando sea dos horas antes del Alba me avisad. Así lo haremos. ¿Cuándo se cena en campaña? Entra y sabraslo, Bostezo. Yo llevo una abre que rabia. Amigos, ya la ocasión ha llegado. Ejecutarla. Ya sabéis con qué soberbia, por defender a sus mujeres, mató cincuenta de Arcadia, siendo de vuestro valor dulce despojo en Esparta. Ea muera este enemigo, o su prisión satisfaga injuria que en nuestro pecho o se borre o se deshaga. Demás, que debemos mucho, ya en ofertas, y ya en pagas al Rey de Lacedemonia. Mucho Seberino tarda, que le avisé que viniera. Aquí tenéis, camaradas, a Seberino. Señor. Amigos, de vuestra carta avisado, aquí he venido, sin prevención y sin armas, como dijisteis en ella. La ocasión es estrenada muy bien matarle podemos. Antes el Rey estimara más que matarle, pretenderle. Pues si de esto gusta, vaya. Aún sosegar no he podido, ni en el […], ni en la cama, que el corazón en el pecho, templado reloj del alma parece que sacudiendo ya su volante, o sus alas, con un latir repetido, o se destempla, o se cansa. Quedo, señor, que está aquí Aristómenes. Aguarda, cuánto mueve su presencia y cuánto su vista espanta. ¿Quién está en esta pieza? Soldados, son de tu guarda. ¿Mas yo recelo? ¿Qué dudo? Cuando nunca, ¿por la cara tengo noticia del miedo? El desasosiego engaña, a mi valor, la desdicha el mismo miedo la labra. Parece que ahora el sueño más que otras veces me agrava ya descanso en esta silla. Qué nos mandas? Avisadme en siendo hora de ir a mirar las murallas. Él se ha dormido, lleguemos. Aún en sueños acobarda. La primera acción de todas es el quitarle las armas, porque tirano ya es tiempo de que usurpa a la fortuna y lo que debe a la patria. Arcades, vamos, si es hora de salir a la campaña. Pero, traidores, ¿qué es esto? ¿Vosotros a mí las armas me quitáis? Tirano, sí, pues con ellas en Esparta matando nuestros amigos nos usurpasteis las damas. ¿Cómo con esta traición deslucís vuestras hazañas? No hay traición contra un tirano. Tú, Seberino, la amparas siendo noble? Sí, cruel. A traidores enemigos. Rinde las infames armas. Vamos con ellos, soldados. A Lacedemonia vayan. Hoy acabó mi fortuna. Que sea mi desdicha tanta que en queriendo ser valiente o me prenden, o me cascan. Vos me amáis, la voluntad templad entre vuestra suerte. ¿Cómo podré obedecerte si no tengo libertad? Acredite esta verdad o mi amor, o mi tomento. Dejad, señor, este intento, que en el más ardiente empleo lo que se empieza deseo acaba arrepentimiento. Fénix, desde que te vi con una dulce violencia sin razón, sin conveniencia todo el corazón te di luego es imposible en mí el dejarte adorar, porque cuando llega a amar el alma sin elección si para amar no hay razón, no la habrá olvidar. Gran señor, mi airado ceño, apenas el mal reprimo, no es porque no os estimo como a señor, como a dueño, este rigor que os enseño, que mi afecto temeroso darle esperanza es forzoso por templar tu pasión ciega que todo lo que se niega se concede al poderoso. Señor, el amor es ciego, y aunque parece rapaz, es su efecto muy voraz, por lo que tiene de fuego si a sus ardores me llego me abrasaran sus ardores, perdóname estos temores que aun el sol más deseado en llegando a ser gozado abrasa sus resplandores. Viste un noble girasol, que en república florida se le permite más vida por ser amante del sol. Bien ves seguir su arrebol con fineza nunca escasa, pues luego al punto que pasa la fineza por porfía la misma luz que seguía esta misma le abraza. Luz es cualquier rey, señor, y en proporción más segura, cualquiera humana hermosura en sus alientos es flor: no sigo vuestro esplendor, teniendo en mi pompa vana, que con acción inhumana, si hago del valor alarde, ha de sosegar tarde cuanto ilustró la mañana. Fénix, tú has llegado a hacer agravio a mi fe constante quien te adora como amante, te eligió para mujer. Señor, ¿cómo puede ser? Muerta estoy, si vuestra alteza. Fénix, si hay en ti nobleza, que el ser mía te asegura, buscándote la hermosura me sobra mi finza. No haberte dado la mano y con ella la Corona tanto mi amor se apasiona no ha sido afecto liviano por las guerras del tirano Aristómenes ha sido Que fieramente ha movido Pero yo tengo por cierto Que estará preso, o muerto, Que a eso el capitán ha ido. ¿Aristómenes sin vida? ¿Qué dices, señor? ¿Qué has hecho? Ay de mí, mas no, que al pecho está dulcemente unida y si estuviera perdida lo supiera, no es posible, mas Mas, ay, que es un imposible Buscarle modo a la dicha, Porque ¿cuándo la desdicha Dejó de ser infalible? Dame los pies, gran Señor. ¿Qué hay de nuevo, Severino? Ya mi desdicha imagino. Aquí tenéis al traidor Aristómenes ya preso Con su criado. Ay de mí, Ya la esperanza perdí. En tan dichoso sceso Puede ordenar vuestra Alteza Lo que se ha de obrar con él. A enemigo, a cruel. Llevadle a esa fortaleza, Y vamos a prevenir, Cumplido ya mi deseo, Que vais contra Clodoveo, Os va a vencer, o a resistir. Que pues hoy este tirano Ha acreditado mi amor, A pesar de tu temor, Te daré, Fénix, la mano. Primero: yo estoy mortal; Fiero, humano, enemigo; ¿qué se yo lo que me digo? Sin juicio me tiene mal. Fénix mía. Gran señora. Apenas resisto el gozo: Aunque eres, Fénix, mi amiga, Después que vieron mis ojos En tu beldad tantas partes, Y en tu juicio tanto abono, Nunca te dije, ay de mí, Un incendio, que amoroso, En el volcán de mi pecho Se alimenta de sí propio; No te descubrí su llama, Porque la sentí de modo; Consumida entre cenizas De imposibles, y de estorbos; Que temí que disuasiva Al menor airado soplo, Lo que descubría en fuego Le dieras al aire en polvo, Y fuera entonces delito Lo que era entonces soborno; Mas ya que permite el cielo, Templando lo riguroso, Que el verdor de mi esperanza Corone el viento en cogollos; Ahora que preso queda El imposible que adoro, Aristómenes. ¿Qué dices? Vete, vete poco a poco, Gran señora que me has muerto; Ay de mi amor. Fénix, ¿cómo Tú sientes tanto mi dicha? Señora, aún apenas topo Con las palabras, señora, Todo el discurso está loco, Como quiere vuestra Alteza; En vano el aliento cobro, Que no sienta que esté preso Un hombre tan valeroso, Que por tu patria, y por mí, Temiéndolo el Orbe todo, ¿Han llegado sus hazañas A no caber en sus Polos? Este sentimiento es tuyo; Pero lo sientes de modo Que me parece cuidado. No, gran señora, no, es otro Mi sentimiento; desdichas Disimular es forzoso, Ya que se acaba la vida, Porque no se acabe todo. Fénix, yo creo que ese efecto De tu nobleza tan propio, Y por el gusto de oírte Ese pesar, te perdono. Pues sabe (Valedme, cielos) Aqueste afecto amoroso Aristómenes? No, Fénix. Pues dime, señora, ¿cómo (alivio amor, que el veneno No está ya tan riguroso) Ha de saber tus pesares, Tus ternuras, tus sollozos? Y lo que es más imposible; Que aún no lo sabe el antojo; Es tener en tantos males Su injusta prisión por gozo, Que alegrarse en las desdichas Es afecto tan impropio, Que amor nunca le conoce; Y, a veces, le extraña el odio; Esto es buscar en su intento A mi pena algún socorro. A Fénix cómo se echa De ver, que nunca el gustoso Veneno te abrasó el pecho, Pues ignoras que es su abono El buscarse los consuelos Entre los mismos oprobios. No lo sé. Pluguiera al cielo; Que aunque más lo estorbe el rostro, Entre tan fieros pesares, Lo que estás diciendo obro; El amor siempre lo dice, Mas, aquí, no alcanzo el modo. Pues escúchame, y verás Cómo yo le he hallado, y cómo, Sin que sea liviandad, Has de saber cuándo informo. Ya sabes que en esta torre, Por cuarto apartado, y sólo Pasé el invierno en trsitezas; Y le dejé por fogoso: Pues en esta torre han puesto A Aristómenes, y logro Con esta ocasión mi dicha, Pues de aqueste cuarto todo Tengo esta llave maestra, Que acaso en este escritorio; O la olvidó mi fortuna, O la reservó mi antojo, Abriendo esta primera puerta; Un recibimiento corto Nos podrá llevar al cuarto Donde Aristómenes sólo Queda, que los que le guardan En su primera puerta todos, Es imposible sentirnos, Aunque estén más sospechosos; Porque es mucha la distancia Que hay de aqueste cuarto al otro Donde están. ues, ¿qué pretende (mal resisto el alborozo) Vuestra Alteza? ¿Que entre yo?; ¿Que le diga sus sollozos, Su amor? Yo entraré mil veces; Y con afecto más propio Le diré vuestros cuidados, Como que yo los conozco De vuestra amistad no más, Explicándolo de modo Que siendo vuestro parezca También que yo los informo. No, Fénix, yo lo diré. Señora, ¿y vuestro decoro? Ay de mí. No juzques, no, Que yo me acuerdo tan poco De la majestad, que quiera, Aunque es el mal tan penoso, Decir a un hombre que estimo; Sin más ocasión mi ahogo; Más decente medio ahora Ha de explicar cuanto lloro. Yo no le alcanzo, y le temo. Amor es muy ingenioso, Y no hay cosa que le explique Como un beneficio heroico. Yo le entregaré esta llave, Que hace a este jardín umbroso; Para que por él se libre De peligro tan notorio, Que amenazando su vida, Con sobresalto lo nombro; Dándole yo libertad Cumple mi amor en su abono En una acción tan debida Con dos afectos forzosos, El uno libralle al riesgo, Y lo que más es el otro Tácitamente al deseo, Sin arriesgar el decoro Con la voz del beneficio Decir le amo, y le adoro. Pues, ¿tu hermano? Estoy sin juicio, Ay amor, ¿dónde hallas modos Tan diversos de afligirme, Con afectos tan celosos? Mi hermano ocupado queda En prevenir el socorro, Y no nos puede echar menos. Pues en sabiéndolo, ¿cómo Te has de disculpar con él? Mira, mira que es costoso Aqueste medio, y en mí Aún ha de ser más penoso, Que cualquiera beneficio Hecho a un hombre valeroso, Por no parecer ingrato, Se ha de olvidar de sí propio. Abre aquella puerta, y deja Tan inútiles estorbos, Que tengo incendio en el pecho Para consumirnos todos; Toma ésta llave. ¿Esto más Cielos a mis llantos sordos? ¿No has abierto? No, señora, Apenas el hueco toco De la cerradura, celos, ¿Cómo estáis tan temerosos, Que excuse ya la libertad A un hombre que tanto adoro? Aparta, Fénix, aparta, Que te embarazas de modo En todo lo que apetezco, Que haces mi amor sospechoso; Mira lo que aún no acertabas. Hay lance más riguroso? Si fuera para mi dicha, Fuera la puerta un escollo. Quédate aquí por si viene Alguna criada. ¿Cómo He de atender si estoy muerta; Pues entre tantos enojos, Ni vivo de lo que siento, Ni muero de lo que lloro? Señora, aquí vuestra Alteza, Una deidad, cuyos soles Hermosamente le ilustran! Viendo al sol con rayos de oro En esta prisión, de hoy más Pase, pase a ser dichoso Lo que la traición ha obrado Tan ciegamente en su abono, Y lo que ha sido delito Aún en el sentir más tosco; Con que este favor se explique Con justo nombre de gozo. ¡Ay de mí!, aquí han sido, amor, ¿no bastaba solo para morir la sospecha, sin que el veneno celoso, no bebiéndole los labios, le hayan de beber los ojos? Yo he venido aquí a un acierto que amor en mi afectuoso, lo que le dicta la lengua, quiere ser voz, y es estorbo. Yo he venido, admiraréis esta acción, mas los sollozos de Fénix, que es muy mi amiga, que en esta ocasión, no pocos le costáis, me han obligado, y vuestro aliento brioso, que es lástima que padezca por un infame soborno de tan traidores soldados, un hombre tan valeroso; y así he venido a traeros esta llave, que hace a todos estos cuartos, con la cual os podéis poner en cobro; y advertid que quién os da aqueste breve socorro os ha dado, mas, ¿qué digo? Tened pensamiento loco, que aventuráis muchas alas, y es vuestro vuelo muy corto. Dadme, señora, las plantas, para que impriman al rostro señas deste beneficio, que aún en vos es prodigioso. Mas, si sois deidad, ¿qué admiro? cuando es la piedad tan propio esmalte de la corona o atributo de lo hermoso. Alzad, tomad esta llave, y agradecedlo a Fénix. Guárdeos el cielo más años que tienen hojas los olmos; que tiene el Abril renuevos; y tiene espigas Agosto, y pues vuestra Alteza sabe como yo a Fénix adoro, con su licencia. ¡Ay de mí! ¿Qué decís? Lance penoso. Si Aristómenes, ya sabe, él lo ha echado a perder todo. Su Alteza, como los dos, sin amor escrupuloso nos hemos criado juntos. Bien está, Fénix, absorto tengo el discurso, enemiga, no eran vanos tus estorbos. Fénix suspensa, ¿qué es esto? la Infanta, alterado rostro, ¡en una el color difunto, y en otra vivo el enojo! ¿fortuna tanto prodigio? Cuando le advierto, le ignoro. Él me ha muerto en lo que ha dicho. Válgame el cielo piadoso, donde buscaba más dichas haya hallado mis oprobios, y que venga a ser yo misma, con cuánto afecto lo lloro, de dar libertad la causa a un hombre, que ya le nombro con pesar: pues excusalla diciendo a mi hermano el modo, no es posible, que es desdicha donde aventuro el decoro. Pues pedille yo la llave será intento vergonzoso de mi intento: si se logra, doy por un pesar, un gozo, mas quien peligra en los medios, muera, muera en los ahogos. Venid, Fénix. Voy sin vida. Cielos, ¿qué es esto que toco? Y vos, Capitán, partíos a templar el numeroso estruendo de vuestras huestes, que os servirá ya de poco, pues casándose mi hermano con Fénix, dará en su abono libertad a vuestra patria. ¿Qué dices, señora? ¿Cómo? Esto es cierto, el cielo os guardeMuera como yo al celoso rigor, que después de Fénix me sabré vengar, y todo. Mortal estoy, a traidora. Sin duda, cielos, no oigoSin duda, penas, no siento. Sin duda, pesar, no informo. ¿A la corona, y al gusto, has de igualar lo amoroso? ¿Dónde vas, señor, bien mío, con discursos tan quejoso? Llevadme con vos, llevadme, que ya está el Palacio todo envuelto en sueño, y la noche dormida en brazos del ocio. Pues, ¿os quedáis?, ¿no venís? Ya voy, señora. Qué ahogo llevo en el alma, ah, enemiga. Señor, aguardadme un poco en el jardín. Ya te entiendo.Cielos, templad mis enojos. Amor, pues, que te has movido tiernamente a mis sollozos, dilata en sombras el viento, mientras esta dicho logro. Fortuna, pues, que mi fuerte quieres detener, tu globo no le despiertes al día, porque se logren mis gozos. ¿Estáis ya en las prevenciones? Aunque se ha juzgado exceso, dejé a Aristómenes preso con guardas, sin prisiones. Con vos ya lo he consultado, que suerte preso en rigor no ha nacido de temor, sino de razón de estado. A su patria he pretendido librar, esta es la ocasión, y en esta misma razón los dos hemos ocurrido. Yo me tengo de casar con Fénix, y en esta llama, o por su honor, mifama a Mecenia he de librar. Luego si no le venciera, y le diera libertad, lo que era en mi voluntad, a temor se atribuyera. Y, así, ya que aqueste indicio con su prisión he borrado, lo que en mí ha sido cuidado, parezca en mi beneficio. Tratalde bien, que consigo en Fénix, y en su extrañeza, de un desdén, una finez y de un contrario, un amigo. Señor, yo estoy satisfecho. Id, visitad los soldados, mirad si están bien guardados los reparos que habéis hecho. Segura está la ciudad de invasión más poderosa, mas tu defensa es ociosa sabida tu voluntad. Y advierto que en este empleo, libre Mecenia en su modo, y Aristómenes, y todo, se volverá Clodoveo. Mas quiero que esté advertido su ejército numeroso, y me ha llamado prevenido. Mas ya con aqueste aliento, el salir con su intención, atribuya a mi pasión, y no a su mucho ardimiento. Severino, aquesto es justo, y así se ha de obrar primero, aquí en el jardín espero. Siempre es ley, señor, tu gusto. En pena vengo, ¡ay amor!, que la Infanta en su retrete, poblando el aire en suspiros, sin permitir que la acueste, me mandó que la dejalle, tan sin culpar lo que siento, que temo que el enviarme no sea que duda tiene para estorbar con su hermano lo que sus celos no pueden, mas ya que viene una dicha, con cuántos pesares viene. Parece que siento pasos. Cada sombra me parece un estorbo, estoy helada. Crujir de seda se siente. ¿Si hará mucho que el bien mío me aguarda? Mas no es aqueste; Si que en el jardín ninguno salir a estas horas suele; ya tenéis aquí, señor; mas no es él, ¡ay triste suerte!, con el Rey he dado, quien. ¿Tú aquí a estas horas, mi Fénix? Señor, el calor, la noche, ignoré que aquí estuviese vuestra Alteza, y el jardín. Mortal la pena me tiene, ¿Qué es lo que digo? ¡Ay de mí! Deja, deja esos desdenes, Fénix hermosa, que son en ti dos veces crueles, que ha mucho que esta fineza mis penaste la merecen. Señor, más que de decille, que la lengua apenas puede, anudada a la garganta, ni articular, ni moverles. Señor, pero estoy sin vida. Cuánto a mis defectos debes, esta fineza he pagado, dulce apoyo de mi suerte, así hermoso dueño mío. Advierte, señor, advierte que soy yo, mas, ¡ay desdichas!, si Aristómenes viniese ahora, dadme licencia. Espera, Fénix, detente. Ya que a Bostezo he dejado libre en la calle, a que fuese a avisar de nuestra fuga al amigo confidente que tengo en esta ciudad, para que pueda esconderme en su casa, mientras él, si por el muro pudiese descolgarle, y avisar a mi amigo y a mis huestes; que habrán llegado sin duda, y envistiendo fácilmente entre las tropas que salgan a ofender, y a defenderle, yo, y mi Fénix disfrazados saldremos entre la gente, esto a mi valor le toca, y lo demás a la suerte. ¿Qué es esto, desdichas mías? ¡Ay rigor! ¿Cómo es aqueste? Dame, dame aquella mano, bella injuria de la nieve, para que su ardor mis labios en sus cristales le templen, Que cuidadosa estará de mi venida mi Fénix. La puerta han abierto, ¡ay cielos!, si este Aristómenes fuese. Señor, vamos, porque aquí no es posible que me deje. Sosiégate, que no importa, que es Severino, que viene de prevenir los soldados. Que siento hablar me parece. Perdida estoy. Severino, aguarda, que estoy con Fénix. ¡Ay de mí!, ¿qué es lo que escucho? el Rey, ¡ay de mí!, es aqueste. No ha respondido, no es él, Aristómenes, ¡ay fuerte empeño!, señor, venid, no queréis que lo que puede lograrse con mayor dicha. Pues dime, dime, ¿qué tienes? Cielos, ¿qué es esto que escucho? ¿Qué recelas? No te alteres. Señor, por aqueste lance os hablo de aquesta suerte, que os temo mucho, y así no os espantéis, que yo siempre he de ser vuestra, y lo soy, y en ocasión más decente podéis lograr vuestra dicha, y cuanto mi amor os debe. Acreditad en templaros. ¡Ay amor! Si me entendiese Aristómenes.te has librado, que parece, según la razón se altera, o que el afecto lo finge o que la amistad lo piensa. Yo os confieso, amigos míos, que lo tengo por quimera esto que me ha sucedido, esto es verdad, no parezca imposible, que mi dicha sucedió de esta manera. Ya sabéis que aquella noche en que juzgaron mis penas entre sus mismos rigores librarme de sus ofensas. Y después que en mi prisión traidoramente violenta los Arcades se vengaron de mis crueldades opuestas. Y la Infanta, más piadosa, movida de mi inocencia, para que yo me librase, me dio una llave maestra. Y aguardando en el jardín del Palacio aquella fiera, aquel Basilisco hermoso, aquella dulce Sirena, aquel Cocodrilo ingrato, que ocultó entre la terneza que disimuló en el llanto, y que fingió en la apariencia mi muerte para mi vida y para mi amor mi ofensa, pues ella, ya lo sabéis, en recíprocas finezas con el Rey, que lo repito no os admire, que la lengua, culpando a quien más estima, anda a buscar y no acierta, en el modo de decirlo, alguna disculpa nueva. Ya también habréis oído, quien tal, Fénix, lo creyera, quien, amor, lo imaginara, desdichas, quien no lo oyera, que el Rey amante, ay de mí, mas, ¿cómo el alma lo cuenta? Dándole a Fénix la mano me llamaba que yo fuera testigo de mis desdichas como si yo no lo viera. No juzguéis que el salir yo, con una acción tan resuelta, a abrazarme con el Rey, siendo mi muerte tan cierta, fue temeridad, o como quien en mi esta condena no sabe más que fortuna cuanto a mi vida cuesta, que no ha buscado la envidia no ha hallado la dolencia no permiten los delitos ni las crueldades inventan mayor dolor, mayor ansia, mayor pesar, más ofensa, mayor ardor, más crueldad, más desdicha, mayor pena, que ver un hombre a su dama que con más gusto festeja, que como a dueño idolatra y que adora como prenda en barcos de otro galán que infamemente le ruega y así en cualquier desatino en que el discurso se ciega, si le aprietan los rigores, le hacen precisas las penas, que aquellas el cuerpo afligen y estas el alma penetran. Mandó, en fin, el Rey echarme en un poco, a donde echan aún para morir infames a los que a muerte condenan. No le repliqué el castigo, que si en mí entonces cupiera, algún consuelo, le tuve en su piadosa sentencia. Porque suele haber desdichas en género de clemencia que se recibe con gusto en lo de matar a prisa. Arrojáronme en el pozo, de cuya airada violencia, y del golpe, en grande rato, mis ya mortales potencia de que podían ser mías, le dieron al alma señas. Yo no sé cómo con vida del precipicio siquiera pude quedar, mas el cielo, que nuestras vidas gobierna, hasta que llegue aquel fin, que en su mente se decreta, librándolas de imposible la causa así se refrena. Vuelto, pues, en mí me hallé en el centro de la tierra, en unas concavidades tan horriblemente estrechas, llenas de cuerpos de hombres de bascosidades llenas, que le culpe la piedad al cielo en mi vida misma. Juzgando que la guardaba para acabarme con ellas. En fin, dispuesto a morir, aguardando la postrera congoja en cada suspiro de tantas como me cercan, sentirme que me mordieron en esta parte izquierda del muslo, y con el dolor, echando la mano a ella, encontré con una zorra la cual mirándose presa por librarse de mi mano me tiraba con tal fuerza que llevándome tras sí, no hallaba en mí resistencia. Y yo, pues, con la congoja, o con la ansia o la odensa, ignorando lo que hacía, y no sabiendo lo que era cerrando muy bien el puño, y con la mano derecha que tenía libre apretando aquí brazos y allí piernas aquí cieno, allí pedazos de huesos y calaveras, llevarme dejé arrastrando por entre todas estas fortunas, que con impulso y con fuerte violencia me saó como en tres horas a más dilatada esfera. Y a poca luz, que esta boca a sus horrores dispensa, vi que lo que me guiaba era una raposa fiera, de las muchas que producen, de muy extraña grandeza (ya lo sabéis, no os admire) estas ásperas sierras dudaréis ahora como este pozo, esta cisterna, estando allá en la ciudad tiene salida acá afuera; es como Lacedemonia está asentada entre peñas y está sujeto ese pozo del tiempo a las inclemencias, y a las nieves y a las aguas de que su centro se llena no cabiendo en sus entrañas provida naturaleza para echar lo que recibe abrí esa boca pequeña por a donde las raposas que solamente aquí en Grecia de la carne de animales fieramente se sustentan sabiendo que aquí la hallan por esta boca entran y encontrando con la mía piadosamente halagüeña me sacó este animal por librarse de mi presa librándome de la muerte la di libertad a ella. Este es el suceso, amigos, que advertís con extrañeza que le ha de admirar el mundo y que ha de admirar a Grecia. Y pues ya me veis con vida, Clodoveo, amigos, etc., si mi ejército está vivo hoy con mis tropas enteras venguemos esta injuria contra mi amor tan sangrienta, contra mi honor tan infame, contra mi vida tan nueva. No quede en Lacedemonia, ni en sus muros, sus almenas, ni en sus calles, ni en sus plazas, ni en sus templos, ni en sus puertas, edificio que no caiga, piedra que esté sobre piedra, leño, que no lea ceniza, friso que llama no sea. León soy, soldados míos, a quien su querida prenda del cazador la codicia, en una nave la lleva y hasta la orilla del agua, como alcanzarla no pueda, rompe a bramidos el aire, a silbos el monte atruena mancha su espuma la espuma, la cola la espalda ondea al viento la arena esparce y turba al sol la melena, y viendo que las desdichas no las remedian sus quejas por los salobres cristales, o por vengarse, o por verla, disculpablemente fiero a su misma muerte se entra así, aunque esté esta ciudad con tan caliente defensa, que el entrarla en muchos días un imposible parezca, como sus muros me ocultan mi más que adorada fiera, León con amor más fono he de vencer, o vencerla, que pues el cielo piadoso ha librado mi inocencia, sin duda para su estrago esta vida reserva. Gran prodigio. Extraño caso. Aristómenes, empieza a obrar, que tu gente toda con este intento resuelta tiene la ciudad cercada: mas, ¿quién es el que se acerca hacia nosotros? Aguarda. Yo no quiero que me vea de este modo. Entre sus ramas nos ocultan este selvas. Clodoveo, ya os conozco escusad la diligencia de ocultaros. Vos aquí, no os canséis en lo que intenta vuestra porfía. Ah, señor, vos venís de esa manera ya lo supe, disfrazado, a be si por esas peñas podéis tomar la ciudad, cuando nuestra patria ordena. Ya lo sé, no lo digáis, si este viejo lo cuenta y Aristómenes lo hace, temo que aquí nos suceda una desgracia. Aureliano es este, cielos, ¿que intenta? Señor Clodoveo, amigo, ya sabéis que de Mecenia vine yo a Lacedemonia, llamado del Rey, y en ella me envió a que os rogara, y como amigo os pidiera, retirarais vuestra gente, cogiendo vuestras banderas. esto os pide por mí, y en pago a su hermana bella, me dijo el Rey, que os daría. Mirad que esta noche ordena desposarse con mi hija no lo troquéis en tragedia. Ya vuestro amigo murió, ya el sitio no lo remedia no me impidáis esta dicha, que siendo mía es tan vuestra. ¿Amor es esto que he oído? El afecto no me deja, padre, y señor. Ay de mí, Aristómenes, ¿qué es esta novedad? Mas, su me ha oído vos lo sabréis todo. A […] de este viejo la venida. Vos vivo, apenas acierta el susto a mover los labios, disimular aquí es fuerza. Aristómenes, yo vine desde mi patria Mecenia. Ya lo sé todo, dejadlo, y advertid a la fineza qué he de hacer por vos ahora por mí, porque Féniz sea esposa de un Rey, a ingrata, aquí es menester cautela. Clodoveo, idos al punto con Aureliano, que a prisa mi ejército se retire, no voy yo, porque no veam que estoy vivo, y con mi vista se empeñen más en la empresa. ¿Qué dices? ¿Estás en ti? Calla amigo, hasta que sepas mi intención. ¿Que esto mandáis? Deja, Aristómenes, deja que bese el suelo mi boca. Padre, ¿conmigo hacéis esta demostración? Levantad. El gozo resisto apenas, al fin criado en mi casa plega al cielo que te vean, hijo, mis ojos. Dejadlo. La dicha turba la lengua. Mira, Aristómenes, mira que es lo que ciego me ordenas, ya lo que tú encaminabas antes que este hombre viniera. Sin duda ha perdido el juicio. Clodoveo, amigo, espera, sabrás. Clodoveo, vamos, vivid esperanzas muertas, que sin duda esta noche he de ver a mi hija Reina. Amigo, escuchadme ahora: mas que agudamente piensa el amor cuando entre dudas los imposibles aprietan. Tú has de retirar mi gente, y de la que te parezca de más valor, más fe, como para mi defensa, diciéndoles cómo vivo, la industria y la estratagema, cien hombres has de enviarme, con diez gastadores, vengan también de calor, e industria que ocultos entre estas peñas por las orillas del Tigris, o ya en esas alamedas conmigo, de esta ciudad imposible es que nos vean. Clodoveo, ¿no venís? Ya va, señor, que las señas le doy donde ha de aguardarme. Aquí espero. Amigo, cuenta, que es menester mucha maña. Pues, con esto, ¿qué intentas? Fénix aún no está casada, su padre aquí no nos deja, yo he de entrar esta noche a esta ciudad, si pudiera perder en ella la vida, todo es ardid, es la guerra, por este estrecho pozo donde el Rey juzgó que fuera tumba horrible de mi saña ha de mirar su tragedia. Por él habemos de entrar, que en lo ardiente de la fiesta un gastador trabajando en esta boca estrecha facilitará la entrada a muy poca diligencia que de las pasadas lluvias está muy tierna la tierra, hasta que, en su centro oscuro, llevando encendidas teas, y encajando unas estacas a trechos con unas cuerdas será fácil la subida: tú retira las trincheas con la gente toda al punto, que en viéndote será fuerza que te deje Aureliano, pues irá a darle las nuevas al Rey de Lacedemonia. Tú, entonces, dando la vuelta con las tropas ordenadas, y para pelear dispuestas, diciéndoles cómo vivo, mi intención, y la cautela, en descogiendo la noche sus más oscuras tinieblas embestirás la ciudad con la gente la más suelta. Yo entonces, ya habré salido, si ayuda el cielo mis fuerzas, por donde me despeñaron con los cien hombres que esperan mi valor, con cuyas armas seré asombro de esta tierra. Ya también quiero advertir que en haciendo tú una seña, que has de tocas un clarín en sintiendo que tú llegas con las trompas, y las cajas, embistiendo alguna puerta de la ciudad, la abriré, que su gente, toda envuelta, en descuido construida, o en regocijos, o en fiestas, con la boda del Rey, toda a nuestra invención suspenda; o ya el susto, o ya la noche embargarán su defensa, saquearemos la ciudad a fuego, y sangre, y en ella yo vengaré mis injurias, Fénix no se verá reina, el rey morirá a mis manos, Aureliano oirá mis quejas, verá mi valor el mundo y estará libre Mecenia. A Dios Capitán valiente yo voy a hacer lo que ordenas. ¿Por qué quieres empozarte? ¿No bastaba la primera empozadura, señor? Ten lástima de mis prendas. Deja esos miedos cobardes y ocultos en estas cuestas. Vamos a esperar a la gente. Árboles, fuentes y flores, en cuyo centro, ay de mí, aquella senda perdí que lo fue de mis amores sabed, sabed mis dolores, […] a mí, como lo digo, mas, si la muerte consigo, ¿por qué no la he de explicar? Sabed que me han de casar con mi mayor enemigo. Riscos, si me habéis guardado de aquel clavel inocente la púrpura más caliente, en vosotros deshojado, decid, decid el estado en que mi ardiente pasión ha puesto su sinrazón, no lo digáis, mal prevengo, que en el corazón le tengo, y lo dirá el corazón. Dueño de esta triste vida, Aristómenes, ay Dios, Yo me caso, y no con vos, Como no sois mi homicida, mas vos reserváis la herida, cuando llegué a insistir, pues no puedo sufrir vuestra sangre tantas penas, desamparando mis venas, será forzoso morir. Vamos, pues, que ya ha venido con qué oscuridad la noche, parece, sí, que su coche de mis penas se ha vestido: Aristómenes querido, Pues dentro del alma estás, ya mis desdichas sabrás, mas quien a estas horas canta, que el dolor a la garganta no te puedo decir más. A pesar de tanto daño, un imposible apetezco, como verdad le aborrezco, y le adoro como engaño. Voz que te siento, y te extraño este engaño que alcanza. La mima desconfianza es quien me anima al intento, que es pequeño atrevimiento intentar con esperanza. Jardinero enamorado tan parecido a mis quejas yo haré lo que me aconsejas en tu rústico cuidado parece que te he imitado en ir yo misma al severo pesar que ya considero. Flores, divertid mi mal, aunque es en mí tan mortal que cada infante le espero. Muy bien, podemos salir que la noche es muy oscura. Cada sombra que percibo, mi difunto bien parece, mas mi dolor desvanece cuanto finge mi deseo. Bostezo, ¿no acabarás? Juzgo, señor, que es en vano. Ea, sal, toma la mano. Mira cómo me la das. ¿Qué es esto, ciega porfía, si murió como ha de ser? El bostezo me ha hecho ver estrellas a medio día. Capitán, espera, tente, nadie salga, por en fin, no he oído ningún clarín seña de llegar mi gente. Clodoveo no ha llegado, soldados, presto vendrá, pase la voz. Cual sabrá al último ese recado. Bien mío, clavel deshecho ¿dónde te ocultas, adónde? Capitán, esos soldados salgan poco a poco luego, mientras con Bostezo llego, que lo piden mis cuidados. Ay, amor, a lo que obligas, abrid con esta llave, que en el precipicio grave la guardaron mis fatigas, de este jardín, esa puerta, para que después mi gente entre a matar fácilmente al Rey, hallándola abierta. Harase como ordenas. Esto es fuerza prevenir. ¿Cómo ha podido morir si vivo aún en tantas penas? ¿Al jardín? Esto es hecho. Anda, qué pesado eres. No sé, señor, que me quieres, que ya no voy de provecho. Que así irrites mis sañas. Ya he abierto, aquí es mi fin. ¿Qué temes? Este jardín, que tiene muy malas mañas. Parece que hacia esta parte siento no sé qué rumor. A que entramos, no bastará. Este es el jardín, ay Dios. Señor, ¿no veis allí un bulto? Cada árbol, cada flor, creciéndole la estatura, se va acercando, señor. El ruido crece, ay de mí. El bultillo se quejó. Escucha. ¿Qué he de escuchar? Todo es en mi confusión, vamos a morir. Bostezo, ¿no es de Fénix esta voz? El bulto es mujer. La pena aflige mi corazón. Fénix es, ¿no la conoces? Es en tantas la mayor que cuando en este jardín mi Aristómenes me oyó con el Rey lo que le dije, para templar su pasión, culpando mi fe celosa, a mi afecto no entendió, siendo así de su perdición. Fénix es. ¿Ves lo que dice? ¿Qué es lo que he oído? ¿Amor? Déjame salir. Espera. Déjame hablarla. Es error que ha de matar el susto no sé qué he de hacer, ay Dios. ¿Quién está aquí? ¿No responde? ¿Quién es? No es nadie, yo soy. ¿Quién? Ay de mí, a criados, a Seberino. O pesia quien me parió Aristómene socorre al más leal servidor que me agarran. Calla, infame. ¿Qué es lo que el alma escuchó? Sombra que de un bien perdido tienes la más dulce voz. ¿Qué miro? Ello es preciso Alivia este aprieto amor. Aristómenes, fantasma, ¿tú vives? Difunta estoy. Sí vivo, Fénix, sí vivo, porque a cuera de tu ardor, aún más allá de la muerte vivirá mi corazón. ¿Vos con vida? ¿Qué es esto? Toda la sangre se heló en el pecho, ay de mí, triste. ¿Qué es esto? Se desmayó. A Fénix, a dueño hermoso, de mi vida ahogado sol, que en los desmayos del día marchitamente lució vuelve a que te escuche el alma, a pesar de dolor, todo su alivio en su queja, todo su aliento en su voz. Tú tienes de esto culpa. Fénix, no respondes, ¿no? Mira que crecen mis penas, movidas de tu pasión. Pero, ¿qué es esto que escucho? ¿Oyes al clarín, señor? Ya le he escuchado, ay de mí, en qué terrible ocasión me llaman. ¿A qué guardamos? Que Clodoveo llegó. A Fénix. Es por demás, vámonos de aquí señor que haciendo falta a tu gente malogras a tu valor. ¿Qué he de hacer, piadosos cielos? ¿Viose mayor confusión? Mira, que unas hachas vienen, y ha de ser mucho peor si aquí nos hallan. Fortuna, quien dividiéndose en dos. Déjate ahora de afectos. Fénix, perdona, que voy si te dejo, estoy sin juicio, a librarte de un traidor. Esta es la mayor fineza. Y la desdicha mayor desdichas que se apresuran. Dejar desmayado amor a quien adoró. Que llegan. Mas si es forzoso ya voy. Aquí la dejé. ¿Qué miro? Señor. Pues, ¿cómo vos estáis así? Señor mío, Aristómenes, mas no, ¿qué es esto? ¿Qué dices, hija? A Aristómenes nombró. Mas, ¿sí sabe que está vivo? ¿Estás en ti? Qué pasión. ¿Adónde te has ido? ¿Adónde? ¿Qué digo? Padre, señor. Capitán. Vamos, señor, que aguarda el Rey. A traidor. ¿Dónde está el bien de mi vida? Sin duda, el juicio perdió. Ya os espera. ¿Qué decís? Mi dicha ha sudo ilusión. Vamos, hija. Ya te sigo. Mucho temo su afición. Ea penas, ya lleváis rendido mi corazón. Id por la Reina, hermana, que ya es hora de que se una mi dicha y mi deseo en el sabroso lazo de Himeneo. Muchos años se goce Vuestra Alteza con tan decente amor, tanta belleza. Presto daré a la vuestra, hermana Aurora, con acción semejante, dueño feliz y enamorado amante. Siempre obediente he sido. El levantar el cerco se ha debido, así, Aureliano, Aurora lo ha contado a vos. ¿A mi señor? Enamorado Clodoveo de este ofrecimiento, mudó de pensamiento, pues, a pesar de tanto inconveniente por casarse con vos llevó su gente y el no hallarse esta noche, así lo dijo Aureliano, en este regocijo de mi bofa, a que yo le convidaba, fue, hermana que llevaba del ejército todos los soldados, por levantar el cerco amotinados, y así, si fue con ellos, fue prudencia para templar su ardor con su presencia. Ya sabéis que soy vuestra en mi fortuna, pues no me queda ya esperanza alguna y aquel difunto bien no es de provecho a más posible amor se alienta el pecho. Ya murió mi enemigo y de su muerte toda satisfago Aureliano con mi boda quien fue el traidor, quien fuese el atrevido que la llave le dio para este daño a Aristómenes, sí, y ahora extraño con qué motivo se abrazó conmigo Fénix estaba allí, mas es locura, ya murió que procura el recelo templar a mi alegría, cuando ya es Fénix mía, eso no que es ofensa y el dolor le fabrica quien le piensa. Muerta voy. Aquí tiene Vuestra Alteza a la Reina, mi señora. Loco estoy, a la Aurora decid: ¡qué dicha! Pues parece que en sus ojos hermosos amanece. Id, Capitán, decid al reino todo, que entre a besar la mano a la Reina. Ay de mí. Ya te obedezco. En el mal que padezco, pues el dolor me aflige tan sin medio, busqué la voz el último remedio. ¿No os sentáis? ¿A qué espero?, ¿si entre tantas fortunas aún no muero? Este es vuestro lugar. Mas qué extrañeza. Escúcheme primero, Vuestra Alteza, ya sabéis, gran señor Aguarda, escucha, ¿qué estruendo es este? Con mi pena lucha, mis recelos parecen, que en cada instante sus horrores crecen. Señor, notable desdicha: amparados de la noche, el traidor de Clodoveo, con sus fieros escuadrones, ha embestido la ciudad, sin que su defensa importa de nuestras armas festivas los descuidados pendones. Ya la ha entrado a sangre, y fuego retírate por Dios donde puedas de tanto enemigo pues lo hados lo disponen, líbrate. Válgame el cielo, ¿qué es esto, infames traidores? Yo, señor, estoy inmóvil. Arist. Ninguno quede con vida. ¿Qué es esto que el alma oye? ¿No es Aristómenes? Sí. Ea, cobardes traidores, no os ha de valer la fuga para que mis fuertes golpes no os alcancen. Tirano, ¿no me conoces? Aristómenes soy, quien válgame el cielo. ¿Tú eres Clodoveo, el noble? No te quejes, que la guerra estos ardides dispone. Sin alma estoy. A señor. Ingrato, mal te socorres. Arstómenes, detente, y tus aceros perdonen a un rendido, no le mates tan a costa de tu nombre, atiende a aquel beneficio que te hice aquella noche que te di. Para ser agradecido no he menester que le nombre. Soldados, tened las armas, avise el cabado bronce a los demás y las cajas de esta intención. A traidores, mejores, hablar no puedo, ¿que esto permiten los dioses? Aristómenes, valiente, deja que mis labios toquen la tierra. A fortuna ingrata. No hagáis, señor, tan enorme exceso, escuchad ahora a mis valientes blasones, que a más prodigiosos, o hazañas por sí mismos se disponen. Bien os pudiera quitar el reino, pero los nobles, olvidan en los rendidos las más crueles traiciones. Gozadle en paz largos años, que mis cuerdas ambiciones, a más que a librar mi patria, y esta dama que me oye, de mi valor, y mi saña, no han pasado los ardores. Y, pues, que ya vuestra Alteza, guárdele Dios, como noble, ha absuelto ya del tributo a mi patria, y tan conforme ha entregado ya Aureliano todas sus obligaciones, solo resta que me entregue a Fénix, no se alborote vuestra Alteza, que, ¿qué susto os ha dado? ¿Son temores? ¿Qué es lo que dices, señor? Con mi amor todo perdone, yo no he dado el sí a ninguno, que soy vuestra. Declarose. Qué desdicha. Que esto escucho, ¿y mi pecho no se rompe? Mas, todo mi amor en él esta ingratitud borre Aristómenes, quisiera en darte a Fénix, que goces largos años, darte un reino. Mucho es que se reporte mi pesar, mas, ¿qué he de hacer? Yo olvidaré sus rigores. Guarde Dios, vuestra Alteza. ¡Qué valor! Y le coronen por dueño de la fortuna las luces de entrambos Orbes. Y vos, padre, perdonadme la cautela. Ya os responden mis brazos, dadle la mano, Fénix. Y mil corazones quisiera tener con ella para explicar mis pasiones. Fénix, lo que me han costado aquellos hermosos soles. Siempre, señor, habéis sido mi bien, mi dueño y mi norte. Señor, proseguid bizarro en vuestras cuerdas pasiones, y dad licencia a su Alteza, si gustáis, que se despose con Clodoveo. Qué dicha. Yo estaba en eso conforme, y ahora con mayor gusto, dadle vos la mano. Logres, señor, en la vida más años que los campos flores. Esta es la mano, y el alma por mi dueño os reconoce. Clodoveo, esta gente recogida en escuadrones sacadla de la ciudad, sin que saquen, ni que toquen, ni en sus calles, ni en sus muros. Como valiente eres noble. Hasta que mañana vamos a que mi patria corone a Fénix por reina suya. En este intento conforme está el Senado. Y ahora pidiendo a los que nos oyen en nombre del que lo ha escrito un celemín de perdones, tiene sin esta historia, de cuya verdad aboné tantos anales que escriben del valeroso Aristómenes.