Texto digital de Amor y honor
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis de Belmonte Bermúdez
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) de la edición en la Parte II de Nuevas escogidas (1652).
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de Amor y honor. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amor-y-honor.

AMOR Y HONOR
JORNADA PRIMERA
¿Hasta dónde ha de llegar, hermana, tu llanto injusto? No hay causa para llorar. ¿Piensas, casando a disgusto, que te ha de faltar lugar? Mientras que llegue el marido que estés alegre te pido, que después tendrás sobrado más tiempo para llorado que llanto para sentido. Antes habrá de faltarme tiempo en mi llanto piadoso y es razón anticiparme por ver que ha de ser forzoso morir si llego a casarme. Pues, cuando fuera tu esposo la misma muerte, no creo que fuera más temeroso. Lo que tiene menos feo me viene a ser más dañoso porque, como he de guardar obediencia, he de callar y, así, ha venido a tener vista para obedecer y agravios para matar. Como a don Fernando adoras así al marqués aborreces y tu casamiento lloras. ¡Qué buen consuelo me ofreces! ¡Qué bien mis penas mejoras! ¿No sabes que llegué a dar el alma a quien me rendí porque me supo obligar?, pues ¿cómo, si se la di, se la he de poder quitar? ¿Hay contra su amor indicios? ¿Da celos por beneficios? Pues, cuando sirve mejor, ¿ha de pagarle mi amor con agravios por servicios? Necia estás. Y tu imprudente. Sí estoy, pues quiero forzada, que mi desdicha me cuente sufrida por ser honrada y humilde por obediente, que, a no forzar mi albedrío, viera el necio dueño mío romper el lazo una voz, como el novillo feroz en las márgenes del río que burla entre sus cristales del dueño el pesado yugo; fueran mis glorias iguales, pues las lágrimas que enjugo dieran sagrado a mis males, pero la injusta obediencia de un padre le da licencia para que el templo de amor, como tirano señor, le robe sin resistencia. Juzgo sus intentos feos, pues, multiplicando enojos, con sus tiranos deseos viene [a] atropellar despojos y a desbaratar trofeos. ¡Ay, Fernando de mi vida! El cielo su boda impida, pues ve que al marqués adoro. Lloro sin fruto, pues lloro una esperanza perdida. Señora. Clara, ¿qué tienes? ¿Qué males me pronosticas, que tan descompuesta vienes? Si en tu llanto los publicas y en mi temor los previenes, ¿cómo remedio no das, Fernando? Turbada estás. ¿Qué dices? Digo, señora, que olvida, como te adora, tu honor. Declárate más. Sin que tus peligros mire ni su pretensión mejore quiere amor que a verte aspire. Por que mis desdichas llore y su atrevimiento admire, ¿dónde está? En la sala espera, detrás de un tapiz. Quisiera verle el alma..., pero no, que la licencia negó quien mi riesgo considera. ¡Ay, honor! Dile a Fernando que se vuelva... Escucha... Aguarda. No es tiempo de estar dudando. Como el alma se acobarda, está el corazón temblando. ¿Qué me aconsejas, hermana? ¿No ve lo que pierde o gana quien cautivarse desea? Cielos, haced que la vea. ¿Por qué has de ser tan tirana con tu belleza? Si llega Fernando, la ha de obligar, que alcanza el amor si ruega. Corre presto. Yo hay lugar, porque amor respetos niega. Ya entró Fernando. ¡Ay, honor! ¿Dé qué has perdido el color?, mas hallo en tu frente escrito «sombra que sigue al delito llamaron siempre al temor». En tu casa estás guardada, ¿en qué temeroso abismo vives para estar turbada?, mas teme dentro en sí mismo quien tiene el alma culpada. El que de noche camina cualquiera sombra imagina que es un feroz salteador y es el ladrón el temor que vio en la sombra vecina. De paz, como fiel amigo, vengo y el verme te asombra, sin ver, cuando más te sigo, que no soy más de una sombra del miedo que va contigo. Sombra soy, pues ya me has muerto y, como se ha descubierto el delito a los sentidos, aunque los tienes dormidos, temes la sombra del muerto. Injusta fue tu querella. ¿Yo te he muerto? Blanca, advierte, rigurosa como bella, que, publicando mi muerte, callo el instrumento de ella, pues, cuando pierda mil vidas, son por amor bien perdidas, mas, si a dar la causa pruebo, he de reventar de nuevo la sangre por las heridas y, así, por que el monumento no quede otra vez sangriento no me atrevo a pronunciar que me has llegado a matar con él, sí, de un casamiento. Mi padre pudo vencerme, que no podrá mi obediencia sin su licencia atreverme. Pues ¿cómo sin su licencia te has atrevido a quererme? Más inobediencia ha sido la que a tu padre has tenido y mayores las ofensas dejarte hablar de quien piensas que no ha de ser tu marido. Siendo igual el pretensor, la mujer no ha de mudarse porque es guardián su honor más obediente en casarse con hombre a quien tuvo amor. La primera fe empleada causa afrenta despreciada y, para el vulgo inclemente, ira al tálamo obediente, pero no del todo honrada, y no es honroso interés de maridos vigilantes y tema, Blanca, el marqués que la que amor tuvo antes puede ofenderle después. Por interés te has vendido a tu esposo y has querido tu flaqueza desmentir disfrazando el recibir con la capa de marido. ¿Qué le aprovecha al forzado entre su piadoso lloro ser las velas de brocado, la popa de ébano y oro? Si duerme al remo abrazado, ¿qué interés se puede hallar que baste él solo a templar el disgusto de un marido que llega a ser admitido sin darle el alma lugar? Perdona si mi dolor hace entre tantos agravios, como le has hecho a mi honor, que te confiesen mis labios que eres mi primero amor, que, aunque tú lo has conocido, por los efectos que ha habido, hijos de honestos favores, como hay agravios mayores, a defenderme he salido. ¿A darle cuentas te pones y perder el tiempo dejas? Si amor buscando razones suele dilatar las quejas para perder ocasiones mientras nuestro padre viene, advertid lo que os conviene. Pues ¿qué me ha de convenir, si no casarme y morir? Muy buen aliño se tiene. En tu generosa mano está, discreta Isabel, el librarme de un tirano y de un padre más cruel que vio el incendio romano. No sé palabra de Roma. Clara, este diamante toma y mis temores desvía. Ya hay diluvio, pues envía juntos el cuervo y paloma. ¿Quién es el cuervo, Clarilla? Será la que no volviere. Serás tú. ¿Y es maravilla? Paz de olivas hay que espere. También hay carne en Sevilla. Dime, Fernando, ¿qué esperas? ¿Qué buscas si consideras tan sin remedio tu amor? Hacer el triunfo mayor, muriendo a tus manos fieras. Dionisio, el feroz tirano de Sicilia, cuando entraba, la ciudad armada en vano, cuerpos sangrientos pisaba muertos por su propia mano y los dorados laureles, dignos de eternos pinceles, manchaba en duras heridas, que en despedazadas vidas se gozan manos crueles. Blanca, ya estás vencedora de un alma, ciudad rendida, imita a Dionisio ahora, despedazando una vida que en los agravios te adora. Una fe y un corazón buenos para triunfos son, pues en mi copio, si lloro, darán a tus carros de oro soberana ostentación. A tus pies estoy, señora, llega al tálamo dichoso bañada en mi sangre ahora por que en brazos de tu esposo te corones vencedora. ¿Que te casas? De homicida me dejas enternecida, el laurel vuelvo a tu mano, tú eres Dionisio el tirano y yo la ciudad vencida. Advierte que la razón dice, sin mostrar pasión, que han de preceder agravios para que venguen los labios ofensas del corazón. Si ninguna causa ha habido, ¿cómo olvido puede haber sin agravio recibido? Señora, ¿no echas de ver que está violento el olvido? ¿Cuántas veces, Blanca mía, me tuvo la noche fría por más que verdades huyas, bebiendo lágrimas tuyas, hasta la risa del día? ¿Qué¡e te casas?, mas el punto en que has de verme difunto no lo sepa mi temor por suspender el dolor mientras no te lo pregunto. Con tal priesa se abalanza el tiempo y de suerte junta con mi muerte esta mudanza que en mi boda y tu pregunta aun no cabe la esperanza. A mi injusto padre espero y al dueño tirano y fiero de un alma que ha sido tuya seré en un instante suya. Y yo moriré primero. Posible es que esté cerrada la puerta del esperar. Tu esperanza es mal fundada porque quien te la ha de dar está ya desesperada. Pues yo, que miro mejor el riesgo de nuestro amor que ya vencida pelea, buscaré el medio que sea más conveniente a tu honor. ¿Dilatará el casamiento un inconveniente honrado? Por imposible lo siento porque amor nunca se ha hallado con maduro entendimiento. Haber prudencia en amor es el opuesto mayor que en las experiencias toco: espada en manos de un loco y herencia en un jugador, mas, Fernando, si los cielos... Ya entiendo tu voluntad. Haré, sin darte desvelos, del amor urbanidad y discreción de los celos. Yo trazaré de manera que se dilate siquiera hasta que el tiempo nos guíe. Pues tu fe no desconfíe. ¿Qué podré esperar? Espera. ¿Espera? También podrás confirmar con tiernos lazos la esperanza que me das. Advierte que son mis brazos para mi esposo no más y es bien que entiendas primero, si darte esperanza quiero, para premiar tu afición que de ella a la posesión cabe el marido que espero. Mujer que noble ha nacido tanto honor ha de guardar que el más injusto marido aborrecido ha de estar y no ha de estar ofendido. No esperado es tu rigor si me confiesa tu honor por dueño de tus amores. ¿Cómo me niegas favores, hijos que engendra el amor? Suele el reo confesar el delito que le infama al que le ha de condenar en secreto, mas, si llama testigos vuelve a negar. A solas te he confesado la culpa de haberte amado, que en la mujer principal el dar de su amor señal es delito declarado. Favores son enemigos con que mi opinión infamas con la máscara de amigos y, así, niego cuando llamas favores para testigos. En tus discursos, tan llenos de honor, si de susto ajenos, tan grande placer me das que a favorecerme más quizá te estimara menos. Ardides de amor, llegad y urgente ocasión buscad que estorbe este casamiento, gobernad mi entendimiento y prended la voluntad, que, si dejáis atrevidas las potencias, mil trofeos han de alcanzar homicidas; irán armados deseos y yo iré abrasando vidas. Necia es tu solicitud. Respóndeme a todas juntas, no se me vaya en preguntas la flor de mi juventud. ¿Con qué intención has traído entre confusos temores pensamientos acreedores para el caudal de marido? El que se llega a casar, si bien su tormento aliña, se ha de cerrar de campiña como el que se echa a nadar. Déjame entender la historia. Señor, ¿tú eres el marqués? ¿Vienes de la corte? ¿Y es de doña Blanca notoria en España la nobleza y sus partes? Es verdad. Y, si es también calidad la hermosura y la belleza, díganlo los filisteos; no digo bien, los romanos, que entre sus dioses profanos quemaban humos fabeos en honra de la Hermosura, que era una diosa aguileña, de cintura tan pequeña que está metida en cintura. Digo, pues, volviendo al caso, ¿que de su beldad rendido te conviertes en marido? Digo, Ramos, que me caso. ¿Qué día es hoy? Domingo es. Pues, si los dos nos juntamos, será Domingo de Ramos y la Pasión, del marqués. Otra pregunta, señor, que tú has de volverme orate, viendo el mayor disparate que ha ejecutado el amor. Todo hombre y toda mujer —malo o bueno el pensamiento— caminan con cierto intento que al fin se viene a saber. El hábito de tercero, en tratante, linda flor es para encubrir mejor el que ha hecho de logrero. Beatas, al cielo ingratas, que quieren sin ley vivir por no meterse a servir quieren meterse a beatas. En muchachas amarillas fundan ya sus intereses porque sin ser portugueses andan vendiendo beatillas, mas, al fin, llevan su intento, pero tú, ¿cuándo has llegado a la orilla de casado? Dime, ¿con qué pensamiento has convertido a don Diego en un juez de comisión que finja una provisión y venga a prenderte luego, diciendo que, cuando quieras darle la mano a tu esposa, con la de juez poderosa te prenda? Bravas quimeras son las tuyas, que parecen de descubridor de minas Eres necio si imaginas que de discurso carecen. ¿Para esto me has apartado de tanto acompañamiento? Sí, señor, porque reviento por verme desengañado. Lo primero, por que el juez nadie entienda que es fingido, has de advertir que ha venido solo a Sevilla esta vez. Estoy en el caso. Ahora, porque te juzgo discreto, entenderás el efeto si tu discurso lo ignora. Habrá seis meses que estuve en Sevilla y en el río vi en un coche al dueño mío por quien abrasado anduve. Creció mi pena y mi amor entre enojos y desvelos, no sé si diga con celos de nuevo competidor, que, aunque prevenido, bien hecho un Argos, la servía, ni ella me favorecía ni yo vi en su calle a quién. Viendo su honesta clausura —gran dote en una mujer, porque en ellas debe ser accesoria la hermosura—, me determiné a pedilla a su padre, que ya ves cuán calificado es su mayorazgo en Sevilla. Diome el sí, otorgó el contrato, partime a la corte luego más abrasado en mi fuego mientras mi ausencia dilato. Vuelvo ya de despachar el pleito de aquella herencia que tú sabes y en mi ausencia no que llegué a sospechar cosa contra la opinión de mi esposa, mas podría. ¿Hay celos en profecía? Es medrosa prevención del honor, digo que puede adonde hay tanto galán, siendo su belleza imán que al sol en la fuerza excede, paseada y persuadida y por ventura obligada estar Blanca aficionada. Trabajos son de esta vida. Digo, pues, que, aunque me caso, si bien en todo es mi igual, porque en su luz celestial, cual mariposa, me abraso, no por eso el albedrío se ha rendido de manera que no le deje siquiera libre el paso al honor mío. Señor, lo del alguacil, por un solo Dios. Espera, que lo que llamas quimera fue una prevención sutil. Ahora que solo espero que salga la desposada de su padre acompañada y de tanto caballero, deudo y amigo, he de hacer, cuando a dar la mano llegue, que un nuevo temor me ciegue, con que les daré a entender que hoy un aviso he tenido de que en mi busca ha llegado un juez... Ya yo estoy turbado. .y que siento que haya sido el delito grave y luego, como ya avisado está, con estruendo llegará el fingido juez don Diego. Blanca, entonces, si me estima, mudará el color de rosa por lastimada y piadosa. He aquí que no se lastima. Podré conocer yo luego si la vence otra afición, dejaré la pretensión y llevarame don Diego. ¿Hay más infernal capricho? Miren con qué ha rematado el discurso; él me ha engañado. ¿Qué dices? Que en cuanto has dicho te juzgué por hombre cuerdo, pero, en llegando al remate, eres copia de un orate que un día, si bien me acuerdo, conmigo a solas hablando, hizo discursos tan buenos que a mí, entonces por lo menos, me fue suspenso engañando; pesaroso, pues, que así tratasen a un hombre honrado, le pregunté algo enfadado que quién le había puesto allí. Entonces, de furia lleno, apretándome la mano, me respondió que su hermano, rey de los Asirios. Bueno, ingenio tienes sutil. Mira que la novia sale. No hay estrella que la iguale. Pues váyase el alguacil. ¡Que sea doña Isabel tan fiera y tan rigurosa que con preciarse de hermosa se precie más de cruel! Quiero en tan alegre día ver si merece mi amor de su mano algún favor. Desdichada estrella mía, haced el último oficio, pues soy, con mudo sentir, víctima que va a morir obediente al sacrificio. Señor marqués, ya ha llegado la sazón en que quisiera que el dote de Blanca fuera de España el mayor estado, mas, aunque mi dicha es tanta, conoced, señor, que es mi voluntad mayor que todo humano interés. (¿Posible es que ha de casarse hoy el marqués a mis ojos?) Gano tan ricos despojos que quiso ya anticiparse el alma, para admitillos, con nuevo agradecimiento, si turbada en el contento no se quedara a sentillos; y el que con alma curiosa no puede el mundo medir suele en un mapa advertir toda su máquina hermosa y, así, con razón me fundo por lo mucho que me honráis que en mi esposa me cifráis todos los bienes del mundo. Aunque la experiencia advierte de mil ejemplos vestida que suele hallarse la vida entrando a buscar la muerte, tan sin esperanza alguna mi muerte he llegado a ver que hallar la vida ha de ser gran blasón de la fortuna. Sin que Blanca pueda verme veré el suceso advertido para buscar atrevido remedio en que he de perderme. Eso a vuestro gusto sea. Verdad es que he de sentir ver a mi hija partir de Sevilla. No es tan fea la muerte, pero a mi honor cercan obedientes guardas. ¡Ay, Fernando, mucho tardas! Temió el peligro tu amor. Solo resta ya que os deis las manos para que el cielo dé a mi vejez el consuelo que en gozaros me ofrecéis. ¿De qué perdéis el sosiego? Parece que os vais turbando. ¿Si viniese don Fernando? O si viniese don Diego. ¿De qué el marqués se ha turbado? ¿Cómo mi furia resisto? ¿Que hay tiempo en que se haya visto un alguacil deseado? Será, si en trance tan fuerte la mano le llega a dar, la que miró Baltasar para anunciarle la muerte. ¿Qué tenéis, señor, que estáis turbado y casi el color perdido? Tengo temor al disgusto que esperáis; travesuras de mancebos han sido. Sépalas yo. Contra mí se despachó un juez. ¡Sóplame esos huevos! Habrá dos horas que tuve aviso de que venís a prenderme. ¿Y qué sería la causa? Muy mozo anduve, yo lo confieso, no sé, mientras no viene don Diego, que delito finja, ciego con la pasión me arrojé. Dios te la depare buena. No sé si diga que veo con esperanza al deseo. Proseguid, no tengáis pena, cuando un Ribera os ampara, cuyo valor no se ignora. ¿Quién formara un juez agora que el casamiento estorbara?, pero, si el miedo es bastante a turbarlo y divertirlo, cuando importe, he de fingirlo. En mi obediencia constante he de morir, pues prevengo lisonjas a mi enemigo, estando, señor, conmigo y cuando a mi lado os tengo, ¿teméis? No viváis tan ciego que no queréis confiaros, que he de morir por guardaros. ¡Oh, nunca venga don Diego!, que ya me ha desengañado de mi Blanca el firme amor, vano es con vos el temor. Con afecto enamorado habló al marqués. ¡Ay de mí, cuán ciego he venido a estar!, que me he dejado engañar de quien me ha burlado así. ¡Vive Dios que su obediencia del propio gusto ha nacido! Mujer, ¿en qué te he ofendido para probar mi paciencia? ¿Hubo sensible dolor que pueda igualarse al mío? Seguramente confío cuando el riesgo sea mayor. Dile a Montalvo que avise a don Diego que no venga. Todo haré que se prevenga. ¡Que de una Sirena quise dejarme engañar! Pues veo cuán bien amparado estoy, bien es que se cumpla hoy vuestro gusto y mi deseo. La mano ya gobernada de un alma que vuestra es os doy. No verá el marqués jamás su intención lograda. ¿Mano le da? No en mis días. En el corredor ha entrado. Tengo el corazón turbado. Parecen desdichas mías. Digo que pasar le vi. Necia, ¿de qué te alborotas? ¿Quién? Un alguacil con botas. ¡Qué desdichado que fui! Si es el juez de comisión, aquí os podéis ocultar. No le debió de avisar. Vida es cualquier dilación. Nueva esperanza me llama para no verme morir, entrad y os podrán cubrir las cortinas de mi cama, áspides habían de ser. De cólera estoy turbado. ¡Qué necio don Diego ha estado! Sé amar y sé obedecer. Encubierto entre pesares el mayor contento está. Entre el juecito y verá si la aprieto los pulgares. Basta ya, amigo, ya vemos que, en llegando a esa materia, que tenéis nombre en la feria. Y en todo el orbe. Acabemos. Ni Dontalvo ni don Diego parecen en toda España y mi amo... Buena hazaña de señor cuando el sosiego le llama para casarse. Dime, ¿qué delito ha sido? ¡Vive Dios que me han cogido! Él se fue, por no empeñarse; quien sabe de travesuras no me dará una famosa... Ya es dilación enfadosa la tuya. Mucho me apuras. Ea, poetas, el primor de vuestro agudo mentir os pido, para decir algo con vuestro favor. Salimos yo y el marqués una noche algo mulata, él con espada y coleto y yo con espada y calzas, pero al doblar atrevidos la esquina de cierta casa, si las esquinas se doblan, me arrimé a su puerta falsa al descuido, pero apenas la besé con las espaldas cuando sentí que quitaron con muda priesa una aldaba, abrió una moza nacida dónde está el patrón de España, huérfana de colodrillo y con padrastro en la cara, asiome con la una mano, yo le dije en voz baja si era cáñamo la mía para meterla en las cardas, riose a lo galiciano y, tirándome la capa, dio conmigo en el zaguán calentando mis pisadas. El marqués, más de improviso, abriendo una sala baja, con un pasito entre cano, salió una doncella braza a la luz de una bujía, advertí que nos llamaba sin que las caras nos viera por dilatar la maraña, metionos en una alcoba y, descubriendo una cama, —¡poder de Dios, qué fragrancia!, ¡poder de Dios, qué belleza!— un ángel de trece abriles dormido y cubierto estaba entre sábanas herejes porque vinieron de Holanda; el descuidado cabello era finísima plata. Hombre, ¿qué has dicho? ¿No miras que la has pintado con canas? Deslumbrome su hermosura y no es mucho que trocara los metales: si era oro, era cabeza de Arabia; a sus bellísimos ojos le estaban haciendo guarda, por ser dos veces dormidos, dos hileras de pestañas; sus manos de alcorza y nieve, entre dulces y entre heladas, las besó su señoría y yo también a las ancas. La recién dormida niña recordó, turbando al alba con un bostezo amoroso que a un ermitaño tentara: «¡ay, don Cosme de mis ojos!», dijo la niña y, turbada de ver que no era don Cosme ni yo Damián, desata la voz, diciendo: «¡ladrones, señor padre, que me matan!», porque decir «¡que me fuerzan!» es del tiempo de la Cava. Alborotose el cortijo y con chuzos y alabardas nos acometieron juntas más de cuarenta mil almas. Mi amo, como una onza, iba tirando estocadas, pero yo, como un adarme, iba escusando desgracias. Al fin, en menos de un credo se contaron en la sala quince muertos y un herido. Ramos, ¿qué cuentas? No es nada, en los muertos iba ahora. ¿Cuáles? Los de tu desgracia. Este me ha echado a perder. Señor, nunca los mataras, que entra el juez como un demonio. ¡Esta sí qué es la desgracia! ¡Vive Dios que he de esperarle! No es, señor marqués, ganancia esperar a la justicia habiendo tan grande causa para escusar que no os vea. Obedece quien bien ama. Huid, señor. Todos estamos para serviros. Si alcanzan mis ruegos favor con vos. Cielos, ¿qué he visto? Esta casa habéis de dejar al punto porque, si entra el juez y os halla, es el peligro notorio y, si mi persona basta, acabarlo entrambos solos porque es cuerdo el que se escapa, a san Jerónimo iremos, que está a pequeña distancia de la ciudad. Es muy justo. Importa verle la cara al juez. ¿Fernando qué intenta, cielos? ¿Quién nos acompaña? Es el señor don Fernando de Guzmán, de cuya espada hay nombre en Italia y Flandes. Vamos, pues así me sacan de su casa los que quieren verme contento en su casa, mas yo la culpa he tenido. ¡Ea, fortuna!, pues me llamas, no me derribes. Don Pedro, por mí has de hacer. ¿Qué me mandas?, que nací para servirte. Pues vente conmigo y calla.
JORNADA SEGUNDA
Don Fernando, si traemos la priesa que vos sabéis, ¿cómo sin llegar hacéis que los caballos dejemos? Son de antigüedad vestidos entre romanos altares estos rudos olivares. Doña Isabel me mandó que del caso te avisara. Don Pedro, advierte, repara, que ellos son. Bien se logró mi fiel deseo, pues gano gracias con doña Isabel. Vuestro silencio es crüel, por no llamarle villano, aunque no fuera agraviaros. Pues engañáis caballeros, pretendo, en no responderos, a cólera provocaros, pues, cuando llegue a deciros cómo aquí a mataros vengo, no quiero con la que tengo cogeros sin preveniros y, así, el callar fue advertir que ya la habéis menester porque es ventaja el saber un hombre que ha de reñir. Ya previenen las espadas. ¿A mi yerno don Fernando? Otros dejan, preguntando, sus causas más abonadas, pero yo para entender que riño con fundamento basta ver tu atrevimiento. Más te falta por saber. Escuchemos la ocasión por que riñen. Pues, si sabes que nace de causas graves, provocarás la razón, si puedes tener alguna, que en este campo los dos hemos de ver —¡vive Dios!— quién merece más fortuna y en lo que dices que ha sido atrevimiento el que tuve mil veces, marqués, estuve de mi valor persuadido a permitir que trajeras otro que te acompañara, mas, por que no te afrentara la vez que de él te valieras, quise, por honrar tu espada, menguar en valor la mía, que en Flandes y en Lombardía está tan acreditada con fama de polo a polo que, si mi intento alcanzaran, de lástima te ayudaran por que no riñeras solo. En calidad soy Guzmán y en pleito que ya concluyo espero mayor que el tuyo un estado. ¿No te dan conmigo mayor valor las partes que has referido? Si bien de importancia ha sido por que ganes el favor de igualarte con mi espada, que, si la tuya blasonas que está en las opuestas zonas temida y acreditada, si yo la rindo este día en buena razón me fundo, que es menester otro mundo para que vuele la mía, que, si ganaste el valor entre escuadrones rompidos y son en sangre tenidos imágenes del furor, sabrás, cuando más te alientes, que en pechos nobles y honrados blasones de sus pasados hacen batallas presentes y sepa quien llega a ver a un cortesano señor que está ensayando el valor para cuando es menester, pues cuando tiene licencia de Marte, aun en tierna edad, hace en él la calidad lo que en otros la experiencia y, así, en cargos que se dan siempre a los nobles prefiero, que un capitán caballero es soldado y capitán. Así tu discurso entiendo. ¿Por qué a reñirme has traído? Porque casarte has querido con mujer que yo pretendo. ¿Qué dices? ¡Válgame Dios! ¿Qué dices de casamiento? Que el tuyo estorbar intento. Señor, matarse han los dos si no salimos al paso. Déjame entender más bien, si es que han de reñir, ¿por quién? Sabiendo que yo me caso con doña Blanca, ¿te atreves a levantar los deseos donde el sol de los trofeos son merecimientos leves? Pues donde el sol no merece llegar, llegará mi fe, que para eso te saqué al campo y, pues ya se ofrece la ocasión más apretada que vieron amor y honor, muestra el valor de señor en el pecho y en la espada, que, si alegre y satisfecho de tus esperanzas vienes, el sol que en el pecho tienes te le he de sacar del pecho. Ni aun el sol a mí se iguala, Tú, si miras bien por ti, podrás igualarte a mí. Volcanes mi pecho exhala. ¡Ay, honor! ¡Ah, caballeros! ¡Oh, nunca hubieran llegado! A mí no me da cuidado. Ni acá desgarros ni fieros porque el señor don García, que a todos nos está honrando, y yo sabremos, Fernando, enseñarte cortesía. Don Pedro, menos rigor, pues que yo paciencia tengo, Cuando yo a apagarle vengo, ¿haces el fuego mayor? Desvía, mal caballero a beneficios ingrato, ¿es este el hidalgo trato que de tu amistad espero? ¿No basta que a mi sobrino, aunque la razón se advierte por tuya, diste la muerte en Flandes y en el camino te llegó cuando venías por tus deudos y parientes mi perdón para que intentes de nuevo lágrimas mías? ¿En qué mi casa te ofende? ¿Qué intentas, Fernando, en ella, que tu furor atropella mi descanso? ¿Qué pretende tu ciega pasión? ¿Que, cuando mi yerno se fía de ti, vienes a matarle aquí? ¿Piensas que estás peleando sobre Amberes? ¿Desatinos intentas? ¿Tuvo algún día bandos tu sangre y la mía de Huelfos y Gebelinos? ¿Qué me quieres? ¿No reparas en que es mi yerno el marqués y mi amigo, y por quién es, que merezco que escusaras ofenderle cuando llegas a verle en mi casa ya, por cuyo valor está noble y rica? ¿Así te ciegas? ¡Vive Dios que ya revienta la sangre ardiente en mis labios, que son fragua los agravios donde la sangre se alienta! ¿Tú a mi casa contra el gusto de don García? Pues mira de un padre la justa ira y un enojo honrado y justo, que, cuando me falten bríos para castigar tu intento, mandaré en mi testamento a los herederos míos que no se mezclen jamás con sangre tuya. Señor, no os cause nada temor. Tan aborrecido estás en mi alma airada y fiera que las lágrimas que vierto en veneno las convierto con que matarte quisiera. Eso de mezclarse o no mi sangre y la tuya importa poco; el enojo reporta y sabrás que me movió causa justa. ¡Que es posible que hombre humano ha de escuchar que a mí me quieren quitar a mi esposa, siendo imposible el pensarlo! Aquella Dama de Madrid, donde el marqués entró con violencia, es de tan clara y limpia fama —por su virtud conocida y por su recogimiento— que del más delgado viento suele quejarse ofendida. Es mi deuda y en su casa entró a su pesar y el mío; por esto le desafío. En otro fuego se abrasa, otro intento la suspende y al marqués he de matar si otra vez vuelve a pisar su calle. ¿Quién te defiende que no ejecutes ahora tu loca y vana intención? Bien encubrió la ocasión de mi agravio. ¡Qué bien dora su pretensión y mi afrenta! Cuando otra vez os veáis, si es que ofendidos estáis, ¿podréis reñir? A mi cuenta tomo el agravio que habido, si pueden mis viejos años, ser tercero en tantos daños. De ser vos obedecido se puede mucho ganar. Yo pienso que los aceros habrán de ser los terceros que nos han de concertar. Piensas bien. ¿Qué te parece? Si los hemos alcanzado, ¡vive Dios que me han turbado! Riñendo están. No merece más respeto y cortesía, dejó la que me debéis el viejo valor que veis. Ya yo no soy don García. Usa de tu comisión, mira que se matan como lechones. Llegar quiero, pues hay ocasión. ¡Ténganse al rey! Buen tonillo tiene el juez a la malicia. La justicia, ¿Qué justicia? La hermandad de Peralvillo. ¡Que en dos veces que ha venido don Diego me eche a perder! Pues ¿qué pretenden? Prender un delincuente. Yo he sido el que venís de la corte buscando, pues ¿qué queréis? Llevaros preso. No haréis, aunque la vida os importe porque está este caballero a mi cargo y defenderle me toca a mí hasta ponerle en sagrado. Pues yo espero, aunque el furor me provoca a prenderle... No hay quién lo intente, que traéis muy poca gente. Pues si supiese cuán poca... Aunque enemigo, es forzoso que su término me agrade. Si el juez no se persuade que ha de ser dificultoso prenderle, libre ganancias en su prisión. Pues yo tengo de hacer mi oficio, que vengo... Con Ramos y circunstancias que no valen un corchete. Digo que, si no trajera esta vara, yo os dijera... Mucho ese talle promete, mas a no veros con vara —y no fuera maravilla— midierais de aquí a Sevilla los Céspedes con la cara. Pues no fuera maravilla de las más acreditadas daros yo más cuchillas que hay pasos de aquí a Sevilla. Miradme bien y, si vos le defendéis, advertid que he de llevar a Madrid al marqués. ¿Vos? Sí, por Dios. Es un tigre el mismo juez. Y, si el tiempo da lugar, quizá yo os vendré a buscar. Quédese para otra vez el capítulo del duelo. Don Fernando, un juez no agravia y es prudencia cuerda y sabia. Yo no he menester consuelo cuando al menor alguacil sé que se ha de respetar, que pensar que han de agraviar es ignorancia civil. Vea el marqués si le está bien dejarse prender. Burlando. Yo respeto, don Fernando, la justicia. (Yo también.) Partid, señor, norabuena, que yo buscaré lugar y tiempo para acabar vuestro pleito. No os dé pena, que sin mucha dilación os daré lugar sobrado. ¿Cómo queda esto? Acabado, templose nuestra pasión en sacando las espadas. Cumpliose al fin mi deseo. Señor juez, por lo que veo, en acciones tan honradas como las vuestras quisiera suplicaros que el marqués... Es mi mayor interés serviros, aunque perdiera todo el crédito; ya sé lo que me queréis mandar: para dejarle casar esta noche le daré licencia y de vos confío que me volveréis el preso. ¿Hubo más feliz suceso? Amoroso desvarío, ¿dónde me llevas, buscando por montes inacesibles tan bárbaros imposibles? En casa os quedo aguardando esta noche para daros la prenda que os prometí, que el juez me ha ofrecido a mí daros licencia. Agradaros desea. Venid, señor. ¿En Madrid qué me mandáis en qué os sirva? Que volváis por vuestro empeñado honor es, marqués, lo que deseo por que no tenga lugar el pueblo de murmurar. Vuestro noble intento veo, adiós. Si os queda pasión, tiempo en Sevilla he de estar. ¿Por quién he de preguntar? Por el juez de comisión. La mía es tan limitada que puedo buscarla en ayunas al servir las aceitunas. Si en un grano de cebada siente cohecho el cuartago, se pone tan aguileño que lo echa de ver el dueño. Si con otro igual estrago como el de Troya abrasada tuviera esperanza alguna, luchara con la fortuna de escarmientos coronada, mas cuando siento invencibles prodigios, si he de vencerlos, los caminos, para verlos, son los mismos imposibles. Para partir se despide el marqués, en cuya ausencia pudiera con más licencia amor que los cielos mide. Dame ventura y lugar, pero el juez por otra parte me dice cuando se parte «tiempo en Sevilla he de estar». ¿Si por cohechos vencido, dará lugar al marqués que se case? ¡Cierto es mi temor, pierdo el sentido! De rabia y celos tú sola, noche, que midiendo sales por las grutas orientales clavel estrellada bola; si delitos amorosos son tus lámparas ardientes y son contigo valientes los que con el sol medrosos, dame tu mano crüel de atrevimientos escrito y te ofreceré un delito que te honre el mundo por él. Si con alas vive amor y fuego para abrasar, ¿cómo no sabe volar para templar mi temor? ¡Ay, hermana, quién supiera el suceso de Fernando! Llegó suspenso y callando nuestro padre y no quisiera preguntarle si los vio en el campo, con él fue don Pedro, pero no sé cuándo él la ocasión halló tan conforme a su deseo, como no ha venido [a] hablarme por el balcón para darme la respuesta. Desdichas veo entre las sombras escuras de la noche, ya parece que en negros lienzos me ofrece esperadas desventuras, tálamo infelice espero con tragedias de Fernando. La vida gastas llorando. Quiero bien. Yo también quiero y sé hacer finezas puras. Muy poco al amor provocas, ¿no le das lágrimas? Pocas, que yo no sé hacer locuras Don Pedro, con quien yo estimo nunca me suelo enfadar sin gran causa. Quíseos dar satisfación y me animo en veros donde podáis sin el velo del recato fïaros de mi buen trato que ya he sabido que amáis a doña Blanca y, si importa perder la vida por vos, nadie más bien —¡vive Dios!— porque en distancia tan corta como os ha puesto el amor del temor al casamiento del marqués, ¿qué importa? Siento quién os imite en valor para arrojarse atrevido al peligro que se ofrezca. Tiempo habrá en que os merezca ese favor admitido. Valerme de vos pretendo, ya que mi intento alcanzáis. Cielo, bien encamináis mi amor. Dos hombres entiendo que se han parado en la calle Ninguno será el que espero, que Fernando es caballero que no viene acompañado más de con su mismo amor. Pasos en la calle siento. ¿Si nos llaman? No hay tormento que se compare al temor, quiero ver quién es, hermana, pero si Fernando viene ya sabes que me conviene hablarle. Yo soy quien gana en que estos favores goce por merecer al marqués. Noche a propósito es. Y pienso que son las doce. Y aun está abierto el balcón porque el sol que luce en él lo muestra. Fue tan crüel Blanca que en la posesión de aquel su esperado dueño, cuando la mano le daba, parece que le adoraba olvidando como sueño la fe que me prometía haciendo al cielo testigo cuando en el silencio amigo a estos balcones salía. De ella me quejo rabioso de celos y por no dar a justas quejas lugar con sentimiento celoso os suplico que la habléis de mi parte mientras veo si estorba nuestro deseo alguno en la calle. Haréis vuestro justo mientras yo hablo a Blanca en vuestro nombre. Al balcón se llega un hombre. Si esta ocasión me ofreció mi ventura, ¿he de perdella gastándola en nombre ajeno? También yo de amores peno, si el del amor se querella; amor no guarda amistad porque con ajenos daños estratagemas y engaños, atrevimientos, llegad al cielo donde Isabel preside a sus luces bellas, que, si llego a merecellas, seré otro planeta en él. ¿Quién con tan grato desvelo transforma en dorado oriente el balcón? ¡Qué impertinente! Muy cerca tuviera el cielo a vivir el sol tan bajo. Cielo es donde vivís. Yo pienso que lo decís por salvaros sin trabajo. Pero imposible ha de ser, tan grande es ya mi desgracia. ¿Qué queréis? No estáis en gracia. ¿Cómo os habéis de salvar? Dará perdón infinito la que en decillo tenéis. Tantos pecados tenéis que pienso que estáis precito. ¿Qué se ha hecho don Fernando? ¡Bien, señora, me obligáis a decillo! ¿No estimáis que os vaya desengañando? Yo, como jamás espero teneros, don Pedro, amor, quise pagar el favor con desengaños primero. Cortesía vuestra es darme la respuesta. Digo que don Fernando es su amigo y que se partió el marqués. Esperad, que viene gente. Don Diego, no es bien que dude y, aunque de mi estado mude con la experiencia presente, ¿he de casarme si veo que un caballero galán la pretende cuando están la ejecución y el deseo tan juntos que no faltaba más de posesión dichosa? En condición tan celosa dicen que el infierno estaba. Alma eclesiástica tienes, mucho temes ser marido. ¿No quedaste persuadido del mismo amor con que vienes de que tu esposa te adora?, pues ¿qué puede perder ella de llegar a pretendella si ajeno cuidado ignora? Cumple con tu obligación y entra a casarte, que luego, si fuere tan loco y ciego Fernando en su pretensión, amigos tienes que puedan sacarte de ese cuidado. No sé si vivo engañado de Blanca. ¡Que así me vedan el sol que abrasado adoro! Parece que ya se han ido. Bulto a su reja ha salido. Eso es lo que siento y lloro. Era la dueña, que sale a regar las albahacas. ¡Muy bien mis celos aplacas! Pues, si contigo no vale, echa por otro camino, acábate de empeñar, que un hombre he visto [llegar]. ¿Dónde? A su balcón divino, a su divino balcón, fabricado por la mano de cierto herrero humano. ¿Hay más terrible ocasión? Señora, ¿no me diréis, ya que me desengañáis, adónde el alma empleáis y a quién favores hacéis?, que, si más que yo que merece, prometo de no cansaros. En eso pienso agradaros. Don Diego, mi fuego crece. El marqués tiene la llave de mi pecho. ¿Hay desengaño tan cruel? Viva el engaño en quien de escarmientos sabe para no verse morir; bien en mis intentos medro. ¿Qué dirá Blanca a don Pedro? Lleguemos más, para oír lo que dice mi enemigo. Pues ¿cómo sabes que es él? Es mi fortuna crüel. A daros crédito obligo la paciencia, pero veo cuán loco el intento es. No os canséis porque el marqués es centro de mi deseo. Cielos, ¿qué escucho? Don Diego, su voz me ha dado la vida; es cuerda y agradecida mi esposa. ¿De amor tan ciego os lleváis que no advertís en tan grande inconveniente, y estando el marqués ausente? Muy engañado vivís, ausente le estimo y quiero. ¿Qué te parece, señor? Que pagar su firme amor con mil abrazos espero. Confirmo su deslealtad y mis celos. ¡Que en mujer tan bella pueda caber tan rigurosa crueldad! Pierdo de enojo el sentido. Casi por matarme estoy. ¿Sois vos? Dejadme, que voy avergonzado y corrido. Tanta mi desdicha es que hasta mis amigos sienten que con desprecios me afrenten. Boda tenemos, marqués, que ya han abierto la puerta. Vitoria ha cantado amor, sea Alejandro señor de la región descubierta donde el sol engendra el oro, que yo he conquistado ya otro oriente donde está cifrado mayor tesoro, mas, don Diego, has de advertir que, aunque fue sin fundamento el bárbaro atrevimiento de Fernando, ha de morir —¡vive Dios!— porque ya toca el vengarse al que es honrado, si advierte, estando casado, pretensión infame y loca. Entra, que advertido estoy. A la puerta sale un hombre, Pues si es hombre, no te asombre. ¿Es el marqués? Sí, yo soy. Pues déjese entrar vusía y habrá novia como el brazo. ¿Que llegó el dichoso plazo? Socarrón es el espía. Vamos, señor. ¿Quién será el que se viene acercando? Este sin duda es Fernando y antes de mucho sabrá quién es el juez. Si este fuera el marqués, ¡qué bien vengara mi agravio! Señor, repara... ¿En qué? En que no es de higuera el pavés. ¡Qué bien logrados deseos! ¿Qué aguarda aquí? Siempre yo respondo así. Señor, bienaventurados los pacíficos. ¡Bizarro pulso! ¡Notable valor! Retírate, por mi amor, mira que somos de barro. Gente viene, otra ocasión habrá si buscarla quieres. Detente, espera, ¿quién eres? El juez de comisión. Y yo su lugarteniente. Más picado y más corrido quedo. ¡Qué estraño ruido! Mi enemiga está presente a las suertes que hace en mí la fortuna. Estoy luchando con mi deseo. ¿Es Fernando? ¿Aun no te has vengado aquí? ¿Qué me quieres, tirana con alma fiera y condición villana? ¿No basta que me has muerto, sin que vuelva a saber si el daño es cierto? Estoy —¡viven los cielos!— por abrasarte con mis propios celos. Cuando a avisarte vengo del corto plazo que en mis dichas tengo, ¿tan ciego me recibes? Si de tu amor arrepentido vives, tus máquinas concierta, que luego me verás casada y muerta. Doña Isabel mi hermana fue quien habló a don Pedro en la ventana. ¿Qué dices, Blanca mía? Que una mujer que en tu valor se fía te pide que la ampares, si puede aprovechar, cuando llegares a darme tus favores, que de un padre los bárbaros rigores son, Fernando, de suerte que me llama a casarme con la muerte. Abierta está la puerta, entra, señor, y tu valor despierta, mira que me dan voces. Si te pueden valer plantas veloces, deja tu casa luego si juntas al valor mi humilde ruego. Valor no ha de faltarme para matarme, sí, mas no ausentarme. Mucho, Fernando, tardas, que hay enemigos y me cercan guardas; por tu culpa he venido a poder de un esposo aborrecido El silencio y las manos alcanzaron laureles soberanos. Espera por que veas que te saco en los hombros, como Eneas, que, si en tu casa hay fuegos, yo he de librarte de tiranos griegos. En esta cuadra primera espera del dulce plazo de vuestras bodas, que Blanca vencida de sobresalto, podrá ser que no esté ahora con el costoso aparato de novia. Mi dicha espero. ¡Lo que cuestan de cuidados los hijos! ¿Llamaste a Blanca? Sí, señor, ya la he llamado. Dirasle a Isabel, escucha... ¿De qué te turbas, Fernando?, mas ya sé que mi temor se ha comunicado a entrambos. No te aflijas, Blanca mía, que yo voy contigo. Vamos. ¡Válgame el cielo! ¿Qué he visto? Cerró la fortuna el paso a mi esperada alegría; mi padre es este. Soñando se suelen ver ilusiones. Su autoridad me ha turbado, el mayor peligro es este que pueden pechos hidalgos descubrir. Dios sea conmigo. ¿Blanca se ha atrevido a tanto? ¿Soy el mismo que lo veo? Despertad, ojos turbados. Hombre, Blanca, hija, sombra, matadme con desengaños y no con mortales dudas. Como son prodigios tantos los que amenazan mi vida, así parece milagro que de los mismos peligros saque valor para hablaros. Una cobarde mujer que con respeto sagrado se determina a morir antes, señor, que dejaros entre opiniones del vulgo, las estrellas me inclinaron con un amor bien nacido a sujetarme a Fernando. Yo os le pido por esposo; si no puede ser, vengaos. Pues no me avisaras, boba. Mejor le enmielen. Ya aguardo vuestro perdón o la muerte. Mucha duda ofrece el caso. ¡Esperad, válgame Dios! ¿Hubo de siglos pasados memoria que represente un trance tan apretado, tan suspenso, tan dudoso, nacido por mis agravios de sujetos tan opuestos y encaminados a un blanco? ¿Qué ha de hacer un padre viejo con honra y con tantos años? García, aquí está el marqués, también está aquí Fernando; caballeros son los dos, ¿cómo quedarán entrambos con solo un premio? ¡Ay de mí!, que inocente soy culpado. Cuando cazadores diestros sin redes, perros ni lazos quieren cazar el armiño lo van ciñendo y cercando con lodo y el afligido animalejo, turbado, por no manchar la hermosura de su vellocino blanco, se deja prender, sabiendo que la causa del buscarle, para matarle es la piel; así yo, cuando hallo al paso peligros que han de manchar más que el sol luciente y claro mi honor, me dejo prender de mis temores villanos. No sé adónde acuda, cielos, mas en tan dudosos casos determinada osadía suele con bien acabarlos resuelto estoy. ¿Qué pretendes? Vereislo ahora. ¡Ah, criados, hola! ¿No escucháis mis voces? Esposa, ya se han llegado los plazos de tus temores, pues llegamos a las manos de un padre Nerón, cruel. Aquí tienes dos criados dispuestos para servirte. Y todos, señor, estamos a tu servicio obedientes. Para lo que ahora os llamo es para que seáis testigos cómo Blanca y don Fernando son ya marido y mujer; ea, hijos, daos las manos. Miren el viejo maulero. Digo que así lo juramos a Dios y a Santa María. Precioso ha estado mi amo. No es menester juramento por ahora. Por si acaso. Generoso don García, hoy ganaste dos esclavos que con amorosos yerros te hemos de servir en tanto que nos diere vida el cielo. No penséis que está acabado, señor marqués, ya está hecho, pero no como pensamos. ¿El marqués estaba en casa, Blanca mía? Sí, Fernando. ¿A mi enemigo le hacéis testigo cuando me caso? Suyo lo habéis de ser vos porque los dos se han casado, mas, por que no imaginéis que ha sido falso mi trato, os he puesto en su presencia, demás que no es bien casaros con mujer que a otro hombre mira sin ser su marido, armaos del valor con que nacistes, aquí le tenéis, mataldo, que siendo Blanca viuda haré yo que os dé la mano. Empeñado estoy, sí haré. Hijos, guardad a Fernando. A medida de mi gusto lo ordena el cielo. Dejadlo, que el marqués es caballero que sabrá pedirme en campo en el que mide esta sala. ¿El tiempo gastas en vano cuando mi hermana te adora? ¿Qué importa haberla casado su padre contra su gusto si te promete los brazos en la primera ocasión y no ha de faltar un vaso de veneno? Ya me alientas. Que no ha de pasar el plazo de un mes que no esté viuda y te prometo entretanto hurtadas horas al gusto. ¡Vivas, Isabel, mil años! Mas ¿que no son Evangelios los que lo ha dicho? Quedaos, Fernando, con vuestra esposa, que ya voy desengañado de que no la merecía. Los cumplimientos son vanos donde hay gusto de serviros, Gozad el felice estado, señora, siglos dichosos. Para que podáis honrarnos, señor, con vuestro valor. Tiernamente me ha mirado Blanca, gran fuerza padece, pero en la esperanza guardo con mis glorias su ventura. Como él acuda al reclamo, bien armada está la red. Hijos, llegad a mis brazos y perdonad mi crueldad, pues veis que con ella salvo mi honor, que empeñé al marqués. Como caballero sabio gobernasteis una acción tan ilustre que ha turbado la luz de antiguos varones. Para hablarte está aguardado un correo de la corte. ¿A estas horas? Su despacho pide la priesa que ves. Entre. Aqueste pliego traigo de su majestad. Veremos qué se sirve de mandarnos. «Don García, para la guerra de Granada, de que es capitán general don Juan de Austria mi hermano, hay necesidad de caballeros de importancia y, así, de mi parte encargaréis a vuestro yerno que luego vaya a servirme en esta jornada, dejando a mi cuenta el premio de sus servicios. Yo, el rey». Partiré luego a servirle. No habla el rey con vos, Fernando. Licencia para casarse, como a señores de estado, le dio al marqués y, así, entiende, que es mi yerno. Bien alcanzo lo que decís, pero el rey, cuando remite despachos de provisiones reales a un gobernador, si acaso está ausente o muerto, entonces que habla el rey es caso llano con el que entró en su lugar; para mí viene el despacho, pues habla con vuestro yerno. Pues no turbéis el descanso de vuestra esposa tan presto. ¿Qué decís, señor? Que guardo las leyes de amor y honor: en las de amor os consagro un alma sencilla y pura y en las del honor dilato mi nombre y fama en el mundo, pues desprecio los regalos de amor cuando los deseo. Pues ¿de esto sirvió el casaros? ¿No basta, mi bien, que goce vuestros regalados brazos mientras para mi jornada prevengo armas y caballos? Ocho días estaré en Sevilla. Ocho mil años ha merecido la fe que por eterna os consagro. Hijo, ¿qué rigor es este? El vuestro con él os pago, que cuento fui aborrecido pretendo ser deseado.
JORNADA TERCERA
¡Necio amor! No falta más sino que vos me matéis. Si despeñaros queréis, no os advertiré jamás. Es doña Blanca mujer cuando ya la veis casada, aunque se sienta obligada, ¿la habéis de poder vencer? Mujer que noble ha nacido, si agradar a un hombre aspira, le quiere en cuanto le mira con ojos de su marido porque mujer principal, como nace con valor, conserva en su limpio honor más que en la sangre el caudal, que decir que han hecho errores son agravios conocidos de hombres viles, ofendidos de que les nieguen favores. También mujeres perdidas sin honrada obligación manchan la ajena opinión para disculpar sus vidas y, como viviendo mal piden disculpa al demonio, levantan un testimonio a una mujer principal. Él ha tomado a destajo honrallas y defendellas. Mirad quién dice mal de ellas y veréis que es hombre bajo. Yo no me he de persuadir a que doña Blanca los quiere. Pues por mi amo se muere, pero tárdase en morir. Yo no ostento los favores. ¿No hay guantes, cintas, cabellos? Un manojo tiene de ellos de diferentes colores. ¿Cuál es el más celebrado? Un castaño solía ser, pero el mejor, a mi ver, ha sido el rucio rodado. ¿Son colores de rocines? La vez que a tocarlos voy me considero que estoy almohazando unas clines. Ya estás pesado, desvía. Es dichosa mi esperanza. Por cada favor que alcanza promete una romería. Una vez quiso a una dama mucho tiempo. ¿Cuánto? Un mes. ¡Prolijo anduvo el marqués! Ni en la mesa ni en la cama sosegaba, ¿no es verdad? No me haga señas que calle. Llegando, pues, a su calle con generosa humildad, esperando si salía moza o dueña a la ventana, por pedir a doña Juana la cinta de la sangría —que es un favor apretado— salió al balcón una moza, cuya pereza destroza todo humano vidriado, pidió la cinta seoría, la fragante respondió que al padre que la engendró su ama no la daría y que no había que cansar en pedir favor ninguno, pero el marqués importuno dijo: «pues yo he de llevar de esta casa algún favor aunque sea el tuyo, Melchora, en señal que el alma adora a la que engendra mi amor». «Yo, señor, soy moza honesta», dijo, «y no trenzo cabellos ni gasto cintas en ellos y, aunque me siento dispuesta a dar favor a vusía, solo el estropajo puedo —y aun habrá de ser con miedo— arrojá, por vida mía». Mandó hacer luego el marqués, por no tener alma ingrata, un estropajo de plata y le trajo al cuello un mes. ¿Y daisle crédito a un loco? ¿Por qué no cuando ya os veo con otro vano deseo? Cuando el bien alcanzo y toco, ¿culpáis a mi amor, don Diego? Si en la ausencia de Fernando voy mereciendo y sacando premios de mi ilustre fuego, cuatro meses han pasado que solo ha faltado en ellos verme entre sus brazos bellos. Luego ¿ya la habéis hablado? Hasta ahora no, en verdad. Pues ¿cuál ha sido el favor? Si tiene procurador, basta hablarla por ciudad. Por doña Isabel me envía Blanca esperanzas dichosas, que por lenguas envidiosas dice que dilata el día del felice bien que espero y dice más, que en llegando su aborrecido Fernando hará que un veneno fiero canse un efecto mortal. ¡Pensamiento temerario! Ya está hablado el boticario y le hemos dado señal. ¿Y qué aguardamos aquí? A que salga del sermón el sol, por quien soy Faetón, pues en su luz me perdí. Tiene Ramos un papel que darla, que yo os prometo que la miro con respeto. Es caballero novel. Como ya la considero viuda y a mí su esposo, vivo amante y temeroso del vulgo mordaz y fiero y, así, con tanto recato la procuro conquistar, que aun el favor de esperar me niegue mi dueño ingrato. Al paso pienso aguardarla y echar por mi fiel tercera a doña Blanca, siquiera por que procure ablandarla. Repara un poco, señor, que este mocito alcorzado le he visto andar con cuidado. Será otro procurador. Siempre va oliendo ámbar gris. Pues ¿de quién lo puede ser? Pues ¿no se le echa de ver de algún pintado país? Dándome va mala espina. Pues ¿por qué? Porque lo veo. ¿Dónde? Como jubileo, pegado siempre a una esquina Pues yo le he de acuchillar. No lo metas en aprieto, porque estos que visten peto dan, en riñendo, espaldar. A ser de noche bastante ocasión pudiera haber. No hubiera, que es menester cogerlo como a elefante aserrándole primero la esquina donde se arrima y tanto su gala estima desde el zapato al sombrero que va enjerto en un montante. No son galas, son locuras. Nunca dobla coyunturas ningún mocito elefante y, así, en cayendo en el suelo, no se puede levantar. Pues ¿no le hemos de cortar las piernas a este mozuelo si por dicha es pretensor de vuestra prenda? Advertid que en Sevilla y en Madrid, cortar piernas es error porque el lindo y el galán traen pantorrillas de lana y la espada durindana del valeroso Roldán que en Roncesvalles partió un peñasco; no pudiera llegar al fuste siquiera. Harto bien lo encareció. ¡Qué bien el padre esplicó aquello de Mardoqueo cuando Judas Macabeo el testimonio vengó de santa Susana! Bien lo entendéis. Pues si él empieza... Selo, Clara, de cabeza. Si os hizo el cielo también, como bella, rigurosa, será forzosa mi muerte, mas mi esperanza me advierte que tenéis alma piadosa; ya sabéis que adoro y quiero a quien a mi fe desprecio. Harto más bien lo sé yo. ¡Qué pesado caballero! Pues ¿qué pretendéis, señor? Advertid lo mal que hacéis y en la calle no habléis. Pretendo, Blanca, un favor de vuestra hermana cruel. Advierta que no acetamos libranza en la calle. Vamos. Si gusta doña Isabel, honra gana en emplearlo en vos y yo se lo pido. De cólera no he podido arrojarme a castigarlo. ¡Vive el cielo que está hablando con doña Blanca don Diego! ¿A mis ojos tanto fuego de celos? Vamos andando, que soy flaco de puntales y está tierno el edificio. Ya yo parto a hacer mi oficio. Los hombres tan principales como vos en cortesía deben siempre obedecer, quedaos. Por fuerza ha de ser, que es corta la estrella mía, mas, si esperanza me dais de hablar por mí, quedaré contento. Yo la hablaré, mas sé que en vano os cansáis. No advierte este majadero que el escudero presente es gigante de la puente que lo han de vencer primero. Cierto cándido papel os traigo, como arcaduz de la que es ángel de luz de mi señor. A Isabel, ¡cielos!, se ha llegado a hablar el criado del marqués. Necio has estado, ¿no ves que en la calle no hay lugar? Ve a mí casa, porque quiero que hables a mi hermana. Voy, albricias, de esta vez soy de los que llama el ropero. ¿No irás callando? Ya callo. Ya yo te empiezo a temer. ¿Por qué? Porque te han de hacer diciplinante a caballo. Caballeros. ¿Qué mandáis en que os sirva? ¿Qué queréis en esta calle? ¿Qué hacéis que tanto la paseáis? ¿Sois vos de la calle dueño?, siendo la calle Real para todos es igual; en esta ocasión me empeño. Lance es forzoso, él me vio hablarlas y es gran locura pensar que a Blanca procura, si ya Blanca se casó. Aquí me habéis de decir si en cala de don García tenéis prenda. No sería acción honrada el mentir ni tampoco daros cuenta si algo pretendo en su casa. En fuego el alma se abrasa, bravo espíritu os alienta, pues sin que de aquí os partáis me habéis de satisfacer. Pues para que echéis de ver cuán poco me alborotáis os diré, porque imagino que en ello pesar os doy, cómo pretendiente soy de sujeto peregrino que ya vos solicitáis: a Isabel estimo y quiero. No me pidierais primero albricias, hoy me cobráis por compañero y amigo: iguales en pretensión vamos en esta ocasión, que yo los favores sigo de Blanca, que estima y precia el verse de mí adorada. Pues ¿no veis que está casada? También lo estaba Lucrecia y las fuerzas del poder la rindieron. ¡Ay, Fernando! tu honor te van conquistando. Y quiero, os dará entender, que la fuerza y el rigor se ha trocado en paz suave porque lo altivo y lo grave lo humilla y ablanda amor. Cuantos favores deseo tantos alcanzo de Blanca porque ya amorosa y franca me favorece. Yo os creo. Ya vistes a ms criado hablar con doña Isabel, pues es la tercera fiel de mi amoroso cuidado y, si respuesta dichosa alcanzo, esta noche aguardo para ser fénix gallardo entre su llama amorosa. Vos me habéis de acompañar, seremos sin tener celos, Adlantes de entrambos cielos. Pues yo os volveré a avisar. Estimo en tanto el honor de mi amigo que he sentido en más el verle ofendido que despreciado mi amor. Blanca se atreve al sagrado de la opinión —¡vive el cielo!—, que, aunque el antípoda suelo pise su esposo agraviado, le he de avisar que su esposa le ofende ya porque intento ser de esta acción instrumento para su venganza honrosa. Digo que no he de creer cuando alcancéis más favores que tiene el alba colores que tan liviana ha de ser. ¿Doña Blanca ha de admitiros de noche en su casa? Andad, que muros de honestidad no los derriban suspiros. ¿Y si en la respuesta veis que da premio mi esperanza? Si en doña Blanca hay mudanza, prodigio de amor veréis. A la heredad nos envía, hecho está. Pues ¡vive Dios que hemos de ir a ser los dos trompetas de don García!, que los que somos honrados no hemos de sufrir en casa la desvergüenza que pasa. ¿No son estos los criados de doña Blanca? ¿Ellos dónde bueno? ¡A la hacienda de mi señor que así venda Blanca su reputación! ¿Está en ella don García? En ella está desde ayer. ¿Es muy lejos? Puede haber dos leguas. ¿Quién os envía? Doña Blanca mi señora. ¿Veis cómo quiere quedar sin testigos para dar dulce premio a quien la adora? Yo lo he de ver. ¿Y Fernando no escribe? Y que viene ya. Tan presto el cielo me está con recelo amenazando, mirad si algo se os ofrece que pueda hacer por los dos. Harto nos ofrece Dios. Vuestro término merece este premio. (Así conquisto estos dos.) No tomo nada. ¿Por qué? Porque no me agrada. Tomaldo. No haré, por Cristo, y advierta vueseñoría que yo penetro intentonas y eso lo gasté en personas de las de media taujía, que yo en mi ración me entrego y en mi sueldo señalado y topo algún criado. ¿Qué dices? Pues ¿hablo en griego? Eso se puede ofrecer a un cochero por cerrar las cortinas y llevar honras que echar a perder. ¿A la malicia vivís? Pues por Dios que me he compuesto. No lo habéis andado en esto. Dios os guarde. ¿Esta sufrís? Colérico estáis. ¿Decidles? Advertid, si sois prudente, que el agua sube a la fuente por arcaduces humildes. Con ser tan ilustre amor no ha habido cosa más baja por lo mucho a que se abaja enamorado un señor, que como a la cosa amada la iguala a sí de este modo la liberal y afable en todo acaricia a la criada, que amor no vuela sin plumas y, si jornada ha de hacer, la huéspeda viene a ser una Sibila de Cumas. De Camas diréis mejor. Mientras dura en la posada tiene ración señalada, y con botica y doctor. Y en la China hay opiniones de varones entendidos que hay huéspedas y maridos que sirven de paballones. Ramos viene. Amor permita que no eche la suerte en vano. ¿Hijo o hija? Aun es temprano. Pues ¿quién mi mal solicita? ¿Qué dices?, que me has turbado. Si por hijos pregunto, respondo, señor, que no, pues el padre no ha llegado. ¿Qué tenemos? Por tu vida que muy despacio me cuentes. ¡Oh, amantes impertinentes! ¿Si se mostró agradecida a tantas obligaciones?, y donde te pareciere por que él bien doblado espere, ve dilatando razones como el músico valiente que hace redobles y quiebras, tú mi ventura celebras. Plega a Dios que te contente: entre en su casa y, entrando, salía una cuadra y, salido, perdí el temor y, perdido, hablé a su hermana y, hablado,... ¿Ese es modo de contentar una relación dichosa? Si te parece enfadosa, no me obligues a doblar las razones. ¿Hay tal mengua? Acaba de referillo. Este es un bravo estribillo donde descansa la lengua. Digo, pues, que me miró con gana de atosigarme. Pienso que quieres matarme... ¿Qué dijo cuando te habló? Cielos, ¡quién pudiera oírla! Desgraciado en eso eres. Luego ¿no te habló? ¿Qué quieres, si me hablaba por tablilla su hermana doña Isabel? Tan entre los dos estaba que siempre que la buscaba la hallaba en medio. Crüel es mi fortuna inclemente. Pues la mía no mondaba nísperos, que me miraba abasiliscadamente y con preñadas razones, aunque algunas las paría; ciertos nombres repetía de unos pajes bellacones que era el mejor un demonio; a la puerta se paraban, que parece que ensayaban tentación de San Antonio. Ya por partido tomaba y no eran consejos vanos salir de sus fieras manos hecho eunuco, cual estaba Blanca, entonces verdemar, se le habían puesto los labios y, pródiga en mis agravios, me comenzó a amenazar con un tiple desabrido, mas yo, como dijo el otro, salí de allí como un potro y, hecho un Nuño salido, canté en esta larga ausencia jurando de vehemente, pero Isabel más prudente dio a tus cuidados licencia, diciéndome a solas «necio, muestra el papel, que mi hermana por no parecer liviana hizo el fingido desprecio, que es discreta y se recela de su gente. Di al marqués que cierta su dicha es y que su amor la desvela, tanto, que ya la ha rendido, su fe esta noche le aguarda». Siempre el bien, si es grande, tarda. ¿Posible es que me has querido matar con tu dilación, Ramos, esta noche? Sí. Don Diego, llegué y vencí. César dijo esa razón, pero con más certidumbre. En los hombres, yo quería el creer por cortesía. Y yo el dudar por costumbre. ¿A los criados envías a la heredad? Si mi esposo viene, no será forzoso que yo mejore los días de su ausencia y que mi padre vuelva para recibirle. ¡Quién pudiera prevenirle cuando produce la madre universal en su seno y de las aguas saladas dulce el pez y las pintadas aves del Indio Tirreno. Digo, Clara, que envié los criados. Yo sospecho que nace el haberlo hecho. ¿De qué? De la poca fe que guardas a don Fernando, pues sin que mi aviso baste a estar sola te arrojaste, cuando Isabel va trazando tu deshonra, yo te advierto que ha de venir el marqués esta noche. No me des consejos. Así despierto tu sangre y tu obligación. Mira que doña Isabel me lo ha dicho y yo más fiel a tu honra y tu opinión de tu peligro te aviso, no digas después, señora, que yo te he sido traidora. Yo te agradezco el aviso, mas no importa que mi casa esté sin hombres, que yo soy quien soy. ¡Qué bien doró el fuego que ya la abrasa! No debo más de avisar. ¿No basta verme casada el marqués y tan honrada que diera al sol qué envidiar? Él debe de imaginar que en padre y esposo ausente hallaba el inconveniente que puede en mi fuerza haber, sin ver que es una mujer, siendo noble, un rayo ardiente. Corrida estoy, pues a mí se atreve humano deseo, publicando; ya no creo que ilustre mujer nací. Sin duda que muestras di de liviana, pues se atreve hombre que los labios mueve a una pretensión tan loca, pero el fuego de su boca vencerá montes de nieve no con palabras heladas —si bien bastan, siendo mías— a abrasar montañas frías y helar fierras abrasadas. Matronas de Italia honradas, claro ejemplo, heroica luz, una matrona andaluz vencerá vuestros puñales, que sabrá en agravios tales darle fuego a un arcabuz. ¿En tan grande ofensa mía, si en fuego el marqués se abrasa, no ha sabido que en su casa tiene mi padre armería? Venga esta noche, que el día que con bello resplandor vence el caduco temor, cuando nos salga mirando, verá en casa de Fernando respeto, honor, y valor. Pare la gente. Muy nuevo es este paraje aquí, ¿para qué? Mándalo así nuestro amo. Pues paro y bebo. ¡Oh, dura ausencia, oh, felice, el que sin cargas de honor goza recíproco amor, donde a la ausencia maldice! Esta es la casa de campo de mi suegro don García, naciendo está la alegría adonde los pies estampo. Dichoso mil veces yo que entre abollados escudos y entre bárbaros desnudos de la piedad que sembró la segura paz, volví a los brazos de mi esposa. Sevilla, ciudad hermosa, mi descanso vive en ti, más que César vencedor te he de pisar, que él entraba sobre laureles que hollaba, yo, sobre triunfos de honor. No vi jamás un deseo tan felizmente cumplido, pues apenas ha nacido cuando gigante le veo. Este es Fernando, escusó el pasar de aquí a buscallo. Señor. En mis dichas hallo que veros hoy mereció de todas primer lugar. Dadme don Pedro los brazos. Otros más dichosos lazos os pudieran esperar a ser más dichoso vos. ¿Qué decís? Que ni en fortuna ni en vuestra casa hay ninguna firmeza. ¡Válgame Dios! Si con el semblante fiero, la fortuna, acometió mi casa, y la derribó, alegre el suceso espero. Bien podéis tomar venganza de quien os ha derribado, que no hay infeliz estado si deja alguna esperanza. Ya vuestra esposa... ¡Ay de mí! ¿Qué os parece de esta espada?, porque me la dio en Granada el señor don Juan. No vi temple más firme ni igual y es tan lucida y hermosa que quien de ella y de mi esposa llegare a decirme mal le he de matar, ¡vive el cielo! (Cuerdamente ha castigado mi osadía.) Bien llegado seáis. Ya llegó el consuelo tarde. ¿Cuándo volveréis a Sevilla? Cuando vos tengáis gusto. Pues los dos iremos. Que me mandéis es mi deseo mayor. En el jardín me esperad. Confieso que la amistad no ha de atreverse al honor, los que con sangre mitigan fuegos de honor levantados quieren saberlo de honrados pero no que se lo digan. Otros más alegres brazos llega a decirme don Pedro os pudieran esperar, a —añade al mortal suceso—, a ser más dichoso vos y luego en su lengua encuentro ente agravios y venganzas a mi esposa. ¡Yo soy muerto! (¡Fernando en casa! Prudencia os pido, piadosos cielos, para no mostrarle ahora su ofensa en mi sentimiento. Mis criados me avisaron. Cielos, ¡que supiesen ellos primero que yo mi infamia! Liviana mujer, ¿tan presto aborreciste a tu esposo? Dime, por Dios, ¿no era el mesmo que me pediste llorando? Ni lo alcanzo ni lo entiendo.) A recibirme ha salido don García, poco estruendo hay de criados..., mas ¿cuándo no dejaron solo a un muerto? ¿Hijo? Señor. Abrazadme. (De verme turbado pienso que se ha turbado también.) (Mudado el color le veo, mi turbación le ha turbado.) Huélgome de veros bueno. Vengo muy bueno, señor. Pues cumplidme los deseos de saber vuestra jornada y el vitorioso suceso del señor don Juan. Llegaron cuatro, los mejores tercios de Nápoles y de Sicilia y el señor don Juan, temiendo que las banderas moriscas, entre instrumentos diversos, cuando mi esposa en mi casa, y los moros, que supieron... (¡Válgame Dios! ¿Si le han dicho lo que lloro y lo que temo?) Proseguid. Un veinticuatro, aunque moro, caballero, coronado por su rey, salió feroz al encuentro don Fernando, de valor su nombre, y. acometiendo el señor don Juan mi ausencia en doña Blanca y creciendo las tropas,... (Su afrenta sabe y viene a darla remedio.) Fernando, y cuando los moros nuestra gente descubrieron, ¿qué hicieron? Porque no es bien que en mi hija... (¿Qué es aquesto? Su padre se ha divertido y ha mezclado a mis sucesos defensas de doña Blanca.) (Espanto me pone el verlo.) (Veneración me ha causado y temo que en su consejo halle dilación mi agravio.) Hijo, ¿de qué estáis suspenso? ¿De qué perdéis el color? Causa habrá, pues que le pierdo, y sé que vos la sabéis. Pues, si la sé yo, os prometo de ayudaros. En razones rompidas mostré del pecho el dolor que le atormenta y vos, con el mismo efeto, despedazando preguntas, me declarastes lo mesmo. Luego ¿toda es una historia? Todo es, señor, un suceso. Pues, Fernando, no permita el noble valor que heredo, que yo con infamia os mire, ciña el lado el limpio acero, para ayudar a vengaros; mi hijo sois y os contemplo como al peregrino Ulises, que de la guerra volviendo a su venganza dichosa le ayudó su padre viejo. Pues dadme, señor, los brazos, que son colunas del templo de mi honor. Pues a Sevilla, y veréis que es padre un suegro. Dicen que las criadas dejan siempre las honras abrasadas, bruto es quien las condena, pudiendo haber en tantas una buena. Yo soy gran pecadora, mas defiendo el honor de mi señora, bien han querido asirme, mas la peña de Martos no es tan firme. Mil consejos la he dado, pero todos los echa en el tranzado; díjela que sabía que su hermana Isabel es doble espía y que al marqués la vende, mas no por eso en su defensa entiende; No hay temor que la venza, que ha perdido el honor y la vergüenza. A todos los criados que van contra su infamia conjurados a la heredad envía. ¡Oh, sombras viles de la noche fría, no permitáis que muera el honor de Fernando! ¡Oh, mujer fiera!, guiada por antojos, tú pagarás el gusto con los ojos. Pasos siento en la sala, con las tinieblas mi temor se iguala. Aunque sin luz estamos, bien conozco la puerta. Criados, vamos al cuarto de mi hermana, ¿iremos por aquí? Sombra tirana, favorece mi intento para que cobre mi esperanza aliento con tan honesto engaño. Tocando estoy su puerta o yo me engaño. Si engañas, por tu vida que por aquí has de entrar, yo soy perdida; mal podré, si no viene, fingir el nombre y voz que le detiene. Por este cuarto vía que de su camarín Blanca salía. Cerrada está la puerta, ¿qué pretendes? Abrirla. (Yo soy muerta, mi hermana descuidada habrá de conocer que está engañada. ¡Qué grande yerro he hecho! Ya siento el corazón muerto en el pecho.) Ya van al sacrificio, haré con voces mi piadoso oficio cuando me importe el dallas. ¿Son estas puertas bárbaras murallas de Menfis o de Tebas? Pues ¿en mi casa es bien que así te atrevas? Si falta don García y con su gusto doña Blanca es mía, abrir su puerta espero. (Y yo el castigo de mi engaño espero.) ¿Adónde tus pasos van soberbio y desvanecido? No te quise por marido, ¿y te querré por galán? Ciegos tus ojos están, pues confuso te acobardo. ¿No ves que al dueño que aguardo, a quien respetar conviene, le di el amor que me tiene y él el honor que le guardo? Advierte, si vive en ti torpe intento de esperar, que él me dejó en su lugar para que me guarde a mí. Cobarde mujer nací, pues con valor inmortal no les doy castigo igual a tus bárbaros antojos, mas a quien viene sin ojos es afrenta hacerle mal. Señora, advierte que yo... No hay pena que no me cuadre. ¡Mueran, hijo! ¡Mueran, padre! Aun más peligros causó mi osadía. ¿Quién os dio aviso tan lisonjero de que con intento fiero le pierda el respeto a Dios para que vengáis los dos sin avisarme primero? ¿Tan mal me habéis conocido, padre, que así me culpáis? ¿Y vos de mi honor dudáis siendo de Blanca marido? Poca gente habéis traído para poderme ofender, porque yo sé defender mi casa, a virtudes hecha, de un marido que sospecha liviandad en su mujer. Si pensáis que es vuestro honor el que me puede obligar a ser honrada y guardar leyes de casto valor, es conocido el error, que no me ha prestado el brío el vuestro y es desvarío no ver quién os advirtió, que es menester toda yo para conservar el mío. ¡Vive Dios que tengo aliento de hacer al mundo testigo de quién soy por que el castigo venza al arrepentimiento, laurel inmovible al viento! Es mi honor tan claro y puro que darle al vuestro procuro noble parte en su valor por que a sombra de mi honor viva el vuestro más seguro. (Aquí el remedio conviene.) Señores, Blanca se engaña entre la mayor hazaña que archivo del tiempo tiene. Como mi estrella previene, faltando el merecimiento, que no consiga el intento de ser de Blanca marido, tiernamente he pretendido de su hermana el casamiento y, juzgando que sería también por no merecella más infelice mi estrella, de la fuerza me valía. Con mis criados venía y el juez por que, si Isabel, más blanda y menos cruel, la fe de esposa me diera, testigos al darla hubiera. ¿Eso hablaba yo con él? ¿Hay suceso como el mío? Pues, si por tan varios modos ha cabido engaño en todos, del justo remedio fío. Amoroso desvarío fue el que me pudo obligar. Y yo lo podré jurar. ¿Qué? Todos lo juraremos. Pues el desengaño vemos, gocemos tiempo y lugar. Mi Blanca, el perdón que os pido es justicia que me deis. De mi alma le tenéis alcanzado y merecido. Vos, que habéis oscurecido el más celebrado amor, honradnos como señor. Soy vuestro esposo. Y yo vuestra. Y sea la historia nuestra respeto, honor y valor.
