Texto digital de Amor, lealtad y ventura
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan de Matos Fragoso
- Atribución estilometría
- Luis de Belmonte Bermúdez Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Germán Vega a partir de TESO.
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Cita sugerida
Velasco, Adrián. Texto digital de Amor, lealtad y ventura. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amor-lealtad-y-ventura.

AMOR, LEALTAD Y VENTURA
JORNADA PRIMERA
La plaza de este castillo, será el teatro funesto para la mayor tragedia, que vio el farol de los cielos, que vio la feroz envidia coronada de escarmientos. Cielos, qué demostración tan funesta es la que veo: Qué es esto amigos? Señora, tu hermano es quien ha dispuesto castellano de esta fuerza; mas con bárbaro decreto del poder y la crueldad indigna de heroicos pechos, que hoy muera la mejor vida, que dio al valor más ejemplo, más vitorias a la fama, a los siglos más trofeos, más ojos a la atención, y más memorias al tiempo: pero ya llega tu hermano, de él mismo podrás saberlo, que la piedad y el dolor rinde la voz al silencio. Mortales sospechas mías, no os acreditéis tan presto si baja a matar el rayo, flaqueza es morir del trueno. Margarita. Hermano, en ti libra mi cuidado atento las noticias del castigo, que tan breve considero; que esta prevención mortal por horas señala al dueño, reloj de su corta vida; pues en su curso ligero, está esperando la mano línea fatal de su cuello, que como a tu cargo tienes Enrico, más prisioneros, duda el alma a cual señalan amenazas y escarmientos. Aunque es público el castigo, es el intento secreto. Y podré saberlo yo? Tú has de ser el instrumento de las dichas que esperamos, porque esta muerte, es el medio, que la dispone el rigor, porque los dos las gocemos. Por tan sangriento camino quieres aspirar al premio de una dicha, siendo tú tan bizarro Caballero, en los golfos del peligro, y en las sospechas del riesgo. Hubo más fiero linaje de crueldad; piedad (oh cielos!) que el alma con que respiro, es Matías. Tu silencio no comprehenda noticias, de los bienes que granjeo en felicidades tuyas. Son tantas, que ya las temo; y así la voz, que pudiera ser el feliz mensajero del alma en los parabienes, que agradecida te debo, atropellada y confusa se volvió cobarde al pecho, si en tantos ahogos cabe la industria, mi atrevimiento encubra la acción más alta, que ha visto el humano ingenio; y vuele mi nombre al mundo, o castígueme el suceso. Enrico, el blando rocío en los cándidos albores, corona el campo de flores, el manso cristal del rio fertiliza dulce y frio el valle, en el verde ensayo de espigas, que ofrece el Mayo; mas qué espiga, ni qué flor dieran, si viera el temor en cada cristal un rayo. Esta semejanza advierte, porque mi temor despidas: al tálamo me convidas, tropezando en una muerte, puede haber dichosa suerte si es su principio mortal, a mi temor desigual mis dichas te han engañado, que fruto llevará el prado si le amenaza el cristal? Si es, que a honrarme te acomodas, como mi obediencia advierte, o se dilate su muerte, o se dilaten mis bodas, si las conveniencias todas del bien, que me has prevenido, dan mi cuidado a tu olvido; míralo Enrico mejor, que este accidente es mayor, que el bien que me has prometido. No presumí, que venciera tan vano temor la suerte más feliz, que el mundo advierte. Solo tu licencia espera Adolfo, solo llegó, ya la seña descubierta le franqueamos la puerta. Mi dicha le encaminó, salgámosle a recibir. Ya está en tu presencia. Cielos! qué presagios, qué recelos he llegado a descubrir. Murió Matías? Señor, para su muerte he dispuesto ese aparato funesto. No esperé de tu valor tanta dilación Enrico. Ejecutado estuviera, si el temor no lo impidiera de mi hermana. Y yo os suplico, y tan valiente soldado, no cabe en ilustres pechos la tiranía. Del Rey tengo inviolable decreto? qué dices? Verdad te digo. Como, si el Rey quedó muerto en los confines de Hungría, donde sepulcro le dieron los cristales del Danubio, que manchados y revueltos, aclamaron la vitoria del Turco, para que el tiempo guarde la infeliz memoria, siendo los bronces eternos, materia en que se dilata, entre los suspiros tiernos de la piadosa lealtad, de los que a su Rey siguieron. Antes que partiese al campo, me dio el decreto y temiendo yo por piadoso, o confuso, los alborotos del Reino, dilaté la ejecución, pero agora cuando veo tantas conveniencias juntas para lograr mis deseos, lo que me mandó ejecuto, sin que parezcan intentos, hijos de crueldades mías, pues a mi Rey obedezco, que los decretos Reales tienen fuerza en todo tiempo, que no murieron las leyes, aunque los Reyes murieron. Pues desengaña mis dudas, que en lo sutil de un cabello me tienes pendiente el alma, pesada con un deseo. Dejadnos solos, sabrás agora lo que ha dispuesto nuestra dichosa fortuna. Ya te escucho, ruego al cielo, que mentidos mis temores, puedan escucharle atentos. Ya sabes, que la Corona de Hungría, dígalo el tiempo, registro de tantos siglos, ha sido con justo acuerdo por elección. Y la misma guarda el Alemán Imperio; prosigue pues. La diadema Real prodigio el más nuevo, que vistió de admiraciones la historia; bajó del Cielo para coronar la frente del Príncipe más perfecto, y más Católico a quien la elección hiciese dueño sin pasión y sin soborno de aqueste afligido Reino. Piadosa lastima causa, vernos agora sin dueño, que el milagroso laurel, calificado a portentos tan soberanos, merezca. Y como a tesoro Regio, imitación de las Lises de aquel Francés Clodoveo, que por muestras de su fe, le honró con ellas el Cielo. Digo, pues, que esta Corona, que fue un Ángel el Maestro, como en la fuerza mayor de Hungría, tiene por centro esa torre y yo la guardo, habiendo hecho primero al Reino, pleito homenaje; inviolable juramento, con que los nobles se obliguen. En tu valor, en tu esfuerzo, sin la parte que me toca de sangre ilustre, hay empeños para guardarla, o morir. Pues el menor pensamiento te descubro, califica mis acciones por aciertos, cuando se libra tu bien en las maquinas que intento. Ninguno puede ser Rey, aunque llegue a ser electo de todos los votos juntos, sin que posea primero la Corona merecida, que esta ley establecieron los Reyes antecesores, por venerable respecto de la Reliquia Sagrada, para mostrar que es el Cielo, el que aprueba la elección. Toda mi atención te debo. Adolfo, Príncipe heroico, tiene tan bizarro aliento (primo del Rey de Bohemia,) que intenta por cuantos medios tiene el poder y la industria coronarse; mas sabiendo, que los Electores, todos son a su intención opuestos, soborna mi confianza con el interés más nuevo, que vio la ambición; escribe lo que no alcanza, el deseo dice que será tu esposo, si la Corona le entrego, pues con ella y con la gente con que ya ha entrado en el Reino, juzga la empresa tan fácil, que de los votos el miedo, dé el poder la aclamación, y del peligro el respecto. Mas como el mayor contrario en paz y en guerra es el preso Matías Uniades, hijo de aquel gran caudillo nuestro, Juan Uniades, que fue rayo del bárbaro fiero; y es copia de su valor Matías; quiere resuelto Adolfo, que yo le mate, pues en mi poder le tengo para lograr sin estorbos sus altivos pensamientos. Estas son las dichas tuyas, y tan ciertas, que ya espero a tu esposo por instantes, mas por vencer mi recelo, me avisa que viene solo, dejando al margen, opuesto del rio, que besa el muro, las banderas que le dieron Polonia y Bohemia; mira si con tan ilustres premios, es mucho faltar la fe, quebrantar el juramento, desvanecer la lealtad en los abismos del miedo. Señor, si es que he merecido ser vuestra, o que dilatéis su muerte, o que dispenséis por hoy el bien prometido, que ya le he dicho a mi hermano las causas de mi temor: merezca yo este favor. Mayor ha sido el que gano en serviros, no pudiera ser más dichosa mi suerte; lo que pretendo es, la muerte de Matías, lisonjera mi voz, prometió la mano a Margarita, por dar a mis intentos lugar: Mas saldrá el intento vano de Enrico, si yo poseo la Corona. Yo he venido con la prisa, que ha traído mi generoso deseo, llamado de vuestra voz de quien mi valor se fía. La sombra venciendo al día, baja con paso veloz, en cuyos espacios graves, veré el suceso que espero, no salga el primer lucero del Alba, en rayos suaves de su hermosa luz, sin que desangrado el tronco vea de mi enemigo y posea el premio de vuestra fe, que coronado en Hungría, vuestro será mi poder. Yo os llegaré a merecer con la diligencia mía, el premio que me ofrecéis. Descansad, Príncipe, en tanto que se rinde el Sol al manto de las sombras y veréis desvanecido un cuidado, un intento consumido, un recelo desmentido, y un valor ejecutado. Así lo llego a entender. A vencerme a mí el temor, cuando descubre mi amor la industria contra el poder. Roberto espera. Qué mandas. Por lo que pude escucharte conozco ya la piedad de tu pecho. Más señales quisiera dar si pudiera, aunque en ellas arriesgase la vida. De tu valor es bien, que llegue a fiarme; pero es empresa arriesgada, y temo. Nunca es cobarde la piedad y por Matías el mayor peligro es fácil, Tú me alientas, pues pretendo con favor tuyo librarle esta noche, si los cielos nos socorren. De tu parte está la obediencia mía: Solo es justo, que repares en el modo, que aunque a mí me han ordenado que guarde la puerta con los soldados, de mi cargo no es bien darles sospecha tan evidente, pues es forzoso que pase, por donde ellos le han de ver contra diligente examen, que han de conocerle. Siempre venció las dificultades en el riesgo, la cautela. Con la voz ha de engañarle; fingiendo el nombre de Adolfo, y que importa, antes que bañe de luces nuestro Horizonte, entre dorados celajes el Sol, volver a su campo; y así es forzoso engañarse las guardas, viendo que tú para más asegurarles, le mandas dar el caballo de Adolfo. Para librarle de la muerte, tendrá en mí nuevo valor que le guarde, cautela que le acredite, y lealtad que le acompañe, Y en mí si logro mi intento, tendrás quien llegue a premiarte como tu lealtad merece. De tu mismo riesgo nace. Valor y piedad me obligan. Ya es un siglo cada instante. Ya nos ampara la noche. Las sombras han de ayudarme. Vete a desmentir sospechas. Guárdete el Cielo. Él te guarde. Que sea culpa la verdad en el que sirve mejor? que sea ofensa el valor, y delito la lealtad? mas el poder que se obliga sin intención de pagar, para poderse excusar lo que ha de premiar, castiga, Ley del mundo, que en despojos de la lisonja oprimidos, va la razón sin oídos, y la justicia sin ojos: Ah Merlín. Mucho me enfada tu necia lamentación; digo, que tienes razón, mas tiénesla tan guardada, que no te puede servir; de mi voto mejor fuera, que el demonio la tuviera, y nos dejara salir. La razón para qué es buena? como está ya el mundo agora; razón, téngala el que llora amarrado a una cadena, donde el cómitre ladrón le diga, alzando el azote; cierto, que este galeote rema con mucha razón. Preso estás y también yo, ninguna culpa has tenido; yo sí, porque te he servido, bien haya quien me prendió, que servir a un hombre honrado es peor, que ser cuatrero: si yo sirviera a un ventero ya no estuviera medrado? Qué dices? Culpa es mortal ser tan fino y no te asombre, que lo falso es para el hombre, lo fino para el coral; setenta y seis noches ha que estamos presos. Porfía tu locura. Si no hay día, qué hombre en el mundo habrá, que cuente lo que no pasa, sino un vecino que acecha, que tiene la cuenta hecha de la que no hay en su casa: Oyes una llave? Sí. Que es llave aprendiz se muestra, porque si fuera maestra, ya te hubiera abierto a ti. Merlín? Responde. Es desprecio tuyo, yo no soy en fin, que llama al sabio Merlín, y yo soy Merlín el necio. Adónde estás? Qué pregunta; en la horca, mas no puedo decir palabra del Credo, si el verdugo no me apunta: ya me han ido a encomendar, y dicen callando el nombre; por el alma de este hombre, que sacan a pasear. Laura soy. O Laura fiel. Qué haces? No ves que me ensayo; quiero por si viene el rayo estar pegado al Laurel. Llama a tu señor. Qué dices, Laura que extraño por nuevo este favor, cuando pruebo en mis penas infelices, que ya no hay bien que esperar. Tu fortuna se mejora, Margarita mi señora, para poder descuidar a Enrico, en el peligroso empeño de entrar a verte, cuidadosa le divierte con engaño cauteloso. Si esta dicha merecí, mis penas pongo en olvido. Y tú a quién has divertido, para entrar a hablarme a mí? mas ya que hurtaste la llave, pudieras de compasión hurtar siquiera un jamón; que quien una puerta sabe abrir, cuando es menester, puesto en razón estuviera, que también abrir supiera una gana de comer. Pasos siento. Y hambre yo. Sin duda, que es mi señora. Saldrá con su luz la Aurora. Al bobo que la pintó, con matices y colores, dando al Mayo que envidiar; quisiera yo preguntar, para qué son estas flores? Píntanla en cabellos rizos, coronada de violetas; oh quién viera a los Poetas coronarla de chorizos, que entonces yo madrugara. Calla. Luz he visto agora, si tray chorizos la Aurora a lindo tiempo llegara; mas si violetas, no más, espérela un Boticario, hará muy buen letuario. Qué necio y pesado estás. Matías, o ya presumas en tus mortales congojas, en riesgos que te amenazan, en peligros que te asombran; que el atrevimiento mío, que libremente se arroja a vencer tanto imposible, como tus riesgos pregonan; se funda en piedades mías, o en la fuerza licenciosa de amor, que al discurso tuyo dejo el intento que ignoras. Después que estás preso, apenas te he visto, mas la dichosa noticia de hazañas tuyas, siempre ilustres, siempre heroicas: Si bien traidoras envidias quieren eclipsarlas todas, porque sus luces se turben, porque sus rayos se escondan; como la nube cobarde, que rayos del Sol la enojan; y con ciega oposición mancha lo mismo que estorba. Tuvo al fin esta noticia, que en mi pecho se acrisola, tanta fuerza, que me opongo, o ya amante, o ya piadosa, a tanto eclipse villano, porque la luciente antorcha goce campeando libre las luces que la coronan. Laura? Señora. Ya ves, que temo la sospechosa diligencia de mi hermano; y sabes cuánto le importa a la vida de Matías, que ya agoniza por horas: que si acaso. Ya te entiendo; guarda seré cuidadosa para avisarte. Pues yo, que soy plana de esa historia pondré dos ojos al margen, aunque se rompa la hoja. Deja que bese tus plantas por piedad tan generosa. Mira que llamas tu muerte como mi voz interrompas. Mi silencio te obedezca, porque tus piedades oiga. Antes que despierte el Alba, tu vida, que ya se engolfa en piélagos de desdichas, que turban al Sol sus ondas, se ha de anegar como el Cielo Matías, no te socorra. Tu muerte ha de ejecutar mi hermano, ya sea lisonja de Adolfo enemigo tuyo, que entró en el castillo agora, o por decreto del Rey, que aun muriendo, no perdona vida que tan bien le sirve; porque fue más poderosa la mentida acusación, que tus ilustres vitorias. Yo pues, del dolor vencida, por la cautela engañosa de tu enemigo tirano; que la sagrada Corona quiere usurpar con tu muerte, y con las armadas tropas con que ya ha entrado en Hungría a coronarse. Pierde agora las piedades que te obligan, y a mi valor no te opongas; que solo en esta prisión, verás que mi brazo estorba sus pretensiones tiranas, que mi aliento las malogra, mi nombre las desvanece, y mis lealtades las postran. Ciego estás. A mis desdichas quiero anticipar la gloria de morir por la defensa de mi patria Al cielo enojas si desesperado mueres adonde el valor no importa; la cautela sí aprovecha, con fuerza más poderosa; advierte mi voz. Prosigue. Tiene por guarda y custodia la Real diadema esa torre, mi lealtad, que no perdona riesgos, le pidió a mi aliento que en poder tuyo le ponga. Ganó la llave mi industria, con que tu suerte mejoras; pues la Corona y la vida con fortuna tan dichosa, a un mismo tiempo las libras, y a un mismo tiempo pregonas. Si a la Reina se la entregas en alba real, que logras, verdades de la lealtad que en tu sangre ilustre apoyas; y en tu valor acreditas; para que el mundo conozca que eres el blasón de Hungría, que con hazañas la informas, con aumentos la defiendes, con méritos la coronas, con tu libertad la alegras, y con tu vista la honras. Tantos imposibles juntos al crédito humano sobran, mas aunque yo muera en ellos, la fe de tu intento logras. A la puerta de la torre has de aguardar, que las sombras desmentirán tu peligro, donde la industria ingeniosa te dará aviso, del modo que de las guardas y postas te has de guardar. Vive el Cielo, que hemos dado en la forzosa, que he visto un bulto y sospecho que es el caballo de Troya, que viene pisando en Griego. Sea mi hermano, o sea la ronda del castillo, que hasta el día tiene de treguas dichosas la amenaza de tu muerte. Pues en estas breves horas, y en estos silencios mudos, a tu piedad corresponda mi obediencia. En ella estriba el bien que esperanzas gozan, como seguras y firmes. Quiéralo el Cielo. Señora, ya no hay quien impida el paso. Vamos pues. Hay más dudosa empresa! pero no es bien cuando una mujer le arroja, al imposible que emprende, que en mi el temor se conozca. Guarden tu vida los Cielos. Para que de ella dispongas. Noche, no tan presto libres la luz del Sol que aprisionas. Fortuna milagros tuyos, lazos de mi muerte rompan. Si logra amor mis deseos. Si mis intentos se logran. Daré a su templo dos vidas. Daré a los bronces memorias. Daré mi nombre a los tiempos, que heroicos hechos pregonan. Daré a mi patria laureles, a quien la envidia despoja. Cuando se vio jamás, con tanto empeño descansar la ambición en ocio y sueño; sean fortunas mías, registro atento de las sombras frías, hasta que alegre a coronarse vuelva de luz el monte y de esplendor la selva; porque a sus rayos puros, pueda lograr seguros cuantos deseos mi ambición pregona de la regia Corona, que ya mi frente espera; y a un mismo tiempo muera mi mayor enemigo: Muera Matías, que las leyes sigo del poder más tirano y más violento, que en su teatro dibujó sangriento, feroz envidia de la dicha ajena, que a paso crece de su misma pena. Sino engaño la vista y el oído a esta parte he sentido, que llega un bulto. Qué más dichas Cielos, que en ansias y desvelos alienta amor las esperanzas mías, que ya se ven seguras; es Matías? La voz es de mujer: ya mi enemigo viene, buscando sus intentos sigo, y descubra el engaño y la cautela lo que su voz recela. No respondes? Señora, por si llegase agora quien pueda conocerme, detenía la voz, el alma que al silencio fía, y por saber quién eras. La misma soy, de quien tu dicha esperas; saldrá el intento vano del fiero Adolfo y de mi ciego hermano. Qué intenta Margarita; mi rabia mueve, mi furor incita. Este es de Hungría su mayor tesoro, líbrele tu respeto y tu decoro del bárbaro poder. Cielos qué escucho! aun para sueño es mucho; aquesta es la Corona, hay mayor suerte en su engaño se advierte, con la dicha mayor el bien que toco, pagarte agora con la vida es poco. Deja los cumplimientos, cuando se ven a tu peligro atentos mi hermano Adolfo, el día, con tan mortal porfía, que han trazado tu muerte, cuando entre nubes de oro el Sol despierte a la puerta camina. si el Cielo determina que te puedas librar, finge un engaño peregrino y extraño: con el nombre de Adolfo has de librarte; y a quien llegare a hablarte, dirás, asegurando sus recelos, que a tu campo te vuelven tus desvelos, con importante prisa. El Cielo es quien me avisa, por tu voz y tu aliento, noble, agradecimiento te debe ya una vida a tu nombre ofrecida, que eterna fama adquiere adonde nace el Sol y adonde muere. Más a quién eres debo. Hay suceso más nuevo; dicha tan bien segura, que se logre en su engaño la ventura: gente llega a esta parte, bien puedes retirarte. Con el alma te sigo. Vaya mi amor contigo. Acá se acerca un hombre. Pues sepamos quién es. Si finge el nombre que dejó Margarita, está seguro; pues dar la vida y libertad procuro al mejor Capitán que tuvo Hungría. Conmigo llevo la fortuna mía. Si he tenido valor para guardarle, ya me acobarda el miedo de arriesgarle. Quién es? Adolfo soy. Pues a estas horas quiere volverse vuestra Alteza. Ignoras el desvelo y cuidado con que ha de prevenirse el buen soldado? he de ver a mi gente, antes que bañe en purpura el Oriente el luminar mayor. Y vea cumplidos efectos de su dicha merecidos: El caballo a su Alteza, bien lograda suerte en una fortuna desdichada. Todos le serviremos. Tocando voy fortuna los extremos de tu inconstante rueda; permíteme que pueda poner feliz la planta, donde a prodigios tuyos se levanta, conseguido un deseo daré a tu imagen por mayor trofeo cuanto aroma eterniza, al pájaro que vive en su ceniza; pues del mar que navego toco el puerto, yo coronado y mi enemigo muerto. que importa que armada a rayos la fortuna se prevenga de cuanta fiera amenaza bárbaros pechos engendran. Que libre Matías, ya no es bien que las iras tema de mi hermano; pasos siento no es temor, que es diligencia del cuidado el esperar lo que la fortuna ordena, en la hazaña más ilustre que vio ese globo de estrellas. luces descubro, será mi hermano, Cielos! ya llega la última ejecución de lo que el alma desea, con voz y aliento fingido, para engañar las sospechas. Ejecutad luego el orden que os di. La piedad esfuerza mi voz, hermano cruel. Qué dices? Que si me dieras cuanto bien buscó el deseo de la ambición más sedienta: todo lo olvidara, todo lo despreciara y perdiera, por no ver ejecutar crueldades tuyas. Tan necia a mis intentos te opones? Este pliego de la Reina trae un correo. El gobierno por su valor y prudencia, le ha dado el Reino, entretanto que por la elección se aprueba el nuevo Rey. Que temores sobre una acción tan resuelta, y tan heroica, podrán turbar el alma, aunque vea castigados mis deseos, con la muerte más violenta que inventó el poder tirano. Traed luego a mi presencia a Matías. Ya mi amor ha hecho la última prueba, de bizarro, la fortuna pare, o despeñe su rueda. Ya sé que vengo a morir. Los Cielos conmigo sean! es burlada fantasía porque los sentidos pierda. Aunque la Reina me escribe, quiero que su carta leas, porque mi intento perdones; si fundado en la obediencia del Rey. Disculpado estás; y lleve el viento las quejas, de una engañosa mujer, que de mi muerte se alegra; pues no la vi aunque salí donde tan cruel me ordena que la espere, porque a un tiempo su engaño y mi muerte sienta. Perdió la ambición mi intento A quién entregué tan necia y tan loca el Real tesoro, para que el Reino se pierda. Enrico, los electores han juzgado por falsas acusaciones contra Matías Uniades, pondreisle luego en libertad para que acaudille nuestros ejércitos, y se oponga a los tiranos intentos de Adolfo. Entre confusiones tantas su vida el Cielo remedia. Piadosos los justos cielos han vuelto por mi inocencia. Sin duda que la verdad burló las fingidas señas; y fue Adolfo el que salió. Libre estás; pero quisiera que una merced me otorgaras. Enrico, el servirte es deuda. Adolfo está en el Castillo, y por ciertas conveniencias entró con seguro a hablarme. Donde tanto se interesa es primero la lealtad. Pues dime, qué es lo que intentas? Veraslo agora; soldados, la lealtad y la obediencia, dieron blasones ilustres, no padezca tanta fuerza Hungría de un enemigo que tiranizarla intenta. Advierte. Ya está advertido. Tarde intentarás su ofensa; porque Adolfo. Di, prosigue. O porque el riesgo temiera, o porque importó volverse a su campo con la priesa que nos dio, pidió el caballo, y como el veloz cometa, que a los más atentos ojos niega el curso con que vuela, dejó el Castillo. Previno el riesgo su diligencia. Y por mi engaño cruel es quien la corona lleva. Y mi silencio pregone lo que mi temor confiesa. Ya las despeñadas sombras a los celajes se ausentan del Alba, que al Sol dormido, entre aljofares despiertan; y es bien que temple la prisa los cuidados de la Reina, que en Alba Real me aguarda: dos caballos se prevengan para mí y un criado mío. Obediente a cuanto ordenas tienes ya mi voluntad, o cuanto a los hombres ciega la despenada ambición fundada en locas quimeras. Matías. Cómo te atreves a estar donde manifiesta el Sol los engaños tuyos. Si los tuyos consideras conocerás mi verdad. Darte más crédito, fuera desmentir a los sentidos: Qué sirena lisonjeas, qué cocodrilo amenazas, qué basilisco atormentas, para que muriendo viva en tus ojos y en tu lengua. Ah Cielos! que a mis desdichas no hay remedio que prevenga, da crédito a mis verdades, y tus rigores merezca. Será escurecer la luz. Será desterrar las nieblas. Será dar firmeza al tiempo. Será conocer que vuela. Romperá primero el mar el precepto de su arena. Y mis lágrimas serán testigos de mi inocencia, porque las desdichas mías al último plazo llegan; pues trocaron por matarme en delito la clemencia. Yo sola, yo sola he sido la que en el mundo pudiera ser el incendio de Hungría, porque abrasada se pierda. Qué dices? Que por librarte, aunque mi verdad no creas, derribé desde su cumbre la soberana grandeza, y la majestad que el Cielo dio a este Reino. Hubo más ciegas enigmas, tu hermano vuelve Pues quede yo sin defensa, y sin disculpa. Y a mí no me da lugar la priesa para escuchar más engaños; que voy adonde me espera la libertad de mi patria. Próspero suceso tengas. Adolfo, en tu busca voy. Calle el delito mi lengua. La campaña nos aguarda. Yo soy causa de la guerra. Viva Hungría, viva Hungría. Y quien la destruye muera.
JORNADA SEGUNDA
Con tan valiente soldado como Matías, no vive recelo en mi pecho, escribe, y fue el acuerdo acertado. Que ha partido a asegurar las fuerzas en las fronteras de Bohemia. Las banderas con que se ha atrevido a entrar Adolfo en Hungría, son de Bohemia. Querrá el Cielo que no se logre el desvelo de su tirana ambición. Dos hijos míos, señora, murieron con vuestro esposo, Rey nuestro, con lastimoso suceso infeliz: y agora que por mi Rey los perdí, fuerzas y aliento crecieron, que el valor con que murieron me le dejaron a mí. Que aunque desdichas y penas, bastan a ultrajar la vida para verla bien perdida, hierve su sangre en mis venas Carlos el valor lo hereda la sangre noble y en vos será deuda. Ruego a Dios que felizmente suceda tras la tirana opresión del Reino, lo que mi fe merece, que yo veré castigada la ambición de Adolfo, si en la campaña loco se atreve a esperar a Matías, para dar testimonio, que se engaña su desvanecido intento, por más que pongan ligeras toldos al Sol sus banderas, que esparce en ondas el viento. Tu salvoconducto tiene para hablarte. En el poder se funda: deseo saber el intento con que viene. Mas si por blasón de Hungría, de Adolfo llega a triunfar, Matías para reinar, tendrá mi voto. Sería digno sujeto que yo. Vuestra Majestad, señora, es Reina y gobierna agora, que si Ladislao faltó, su esposo, pero el cuidado me toca en caso tan nuevo, porque soy quien más la debo, por mi lealtad obligado: y por honras que recibo, y no ha sido la menor, honrar con nuevo favor, por quien tan dichoso vivo a Margarita. Merece Carlos, por sobrina vuestra, la voluntad que la muestra mi amor; pero no parece que está en Palacio con gusto, pena me da el referirlo, sí por mi dejó el castillo de Belgrado, no era justo que viviera entre soldados, aunque tenga aquella fuerza su hermano. No es quien la fuerza el rigor de sus cuidados a la pena que mostráis, que los que debe tener es siempre de agradecer, el amor con que la honráis. Mas ella sale y podréis saber la ocasión mejor. Oh causas de mi dolor! siendo tantas no vencéis? Margarita. Gran señora. Dime tus nuevos cuidados, que tantas penas descubren; si es la ausencia de tu hermano, ya tiene licencia mía, para que deje a Belgrado; que en las guerras que le esperan, debo por quien es honrarlo. Otra es, señora, la causa, y mi sentimiento es tanto, que no sé cómo lo sufre la vida, que a ser un mármol el dueño de mi dolor, ya se hubiera desatado en tan heladas cenizas, que apenas dejaran rastro a la memoria; perdona el no poder explicarlo, que embarga la voz al pecho cuando la ofrece a los labios. El remedio facilitan, los males comunicados. Falta el aliento a los míos, para que muera callando. Pues yo he de saber tu pena. Temo el castigo que aguardo. Qué delito has cometido? El mayor que imaginaron los bárbaros más crueles. Temiendo estoy y dudando qué pueda ser. En mi pecho hay piedad. Me la negaron mis temores y es mejor, señora, que muera a manos de mi silencio cobarde, que ver tu semblante airado, mas si en mi tiene más fuerza mi obediencia que tu agravio, muera yo en noticias tuyas. Señora, Adolfo ha llegado, y solo aguarda licencia para hablarte. Con que lazos me va matando el dolor. Licencia tiene; qué extraño accidente es el que pudo mudarte el color! Si tanto deseas saber la causa, que la venganza ha callado por la ofensa, no permitas que pueda verme el tirano Adolfo ocasión fatal de mi muerte. Más espanto me da tu voz que la culpa, si la hubieras confesado. Luego lo sabrás, señora, para que viva entretanto que le escuchas. Pues bien puedes retirarte. A un desdichado, que atropellados le llegan los riesgos que han de matarlo. Cielos, qué enigmas osbcuras son aquestas! Estoy Carlos, como dudosa, confusa. A mí también me negaron, los discursos prevenidos, indicios de mis agravios. Ya sabes, que en el poder, y en el valor se libraron cuantas vitorias y triunfos, dieron los siglos pasados; al bronce eterno en que viven, sin que se atreva a mancharlos, ni la muerte, ni el olvido. Escusa términos varios, que dilatan tus intentos, que ya tiene ejemplos claros de sus vitorias Hungría; que por no poder guardarlos la fama en archivos suyos, los esparce por ser tantos al viento, en hombros de plumas, siglo a siglo hasta llevarlos a los más remotos climas, adonde apenas llegaron del Sol con escasas luces, las noticias de sus rayos. Prosigue tu intento. Yo, viendo que me habéis negado (votos injustos han sido) el Laurel, que he de alcanzarlo más bien, que el Romano Cesar, cuando turbando los mansos cristales del Rubicón, con huellas de sus caballos; dio espanto a Roma y al mundo; que para este intento traigo banderas que al Sol eclipsan; porque le sirven de Ocaso, tendidas al viento nubes, ceñidas al hasta rayos, valor en los Capitanes, obediencia en los soldados, en mi venganza justicia, y en mi sentimiento agravios: No hay a quien pueda temer, porque ya murió en Belgrado (Uniades) y la fuerza mayor en que se apoyaron esperanzas y deseos, dichosamente logrados, es que tengo en mi poder la Corona, con que alcanzo un trofeo merecido, y un aplauso conquistado, llamándome la fortuna a coronarme en sus brazos. Cielos, qué escucho! Perdimos el tesoro, que guardaron lealtad y valor. Quién pudo, fiero enemigo, tirano en el delito mayor ser traidor, siendo vasallo. Ha Cielos! con qué castigos, un hecho tan inhumano pagará un traidor. La industria, y el esfuerzo, me otorgaron el blasón mayor de Hungría, mal perdido y bien cobrado; porque yo solo en el mundo he merecido alcanzarlo: Bien sé Isabela, que tienes tú casamiento tratado, en Escocia, cuando yo siendo Rey; pero no trato de obligarte, si ha de verme preso de amarillo espanto, armado el Planeta quinto, medroso de que le infamo, siendo trono de mi triunfo, entre polvo y sangre el campo. Espera. Llegó al dolor remedio para templarlo. Hay más infeliz suceso! vivo Uniades, ya aguardo a saber tu intento. Presto sentirás el desengaño de tu soberbia ambición. Batió los escollos pardos el mar, que borrascas mueve, salió el Sol, cesó el naufragio. Con licencia de la Reina, mi señora, en cuyo amparo tiene méritos la vida, del menor de sus soldados; quiero hablarte en su presencia, pues te ha valido el resguardo del seguro con que vienes. También es seguro el campo adonde tienen defensa los corazones bizarros. En él me verás tan presto, que los celajes dorados que tras del alba se muestren, sobre los montes más altos, darán sus primeras luces, para causarte desmayos; en Húngaros coseletes, para que el Planeta cuarto los respete como limpios, y después como manchados; tintos en sangre enemiga, antes que al dormido Ocaso, mezclando rayos y espumas, despeñe el luciente carro. En viendo los batallones con que te busco marchando, verás la imagen del miedo, entre los céspedes blandos, que a la margen del Danubio forman funesto teatro, para fatal escarmiento de intentos desesperados. Si acaudillara tu orgullo, más banderas que Alexandro, que dio penetrando el mundo, leyes al mundo su brazo te buscara, porque vieras, que la vitoria que aguardo; por corta no ha de escribirse, entre los blasones claros de mi nombre. Tarde es luego, para conocer tu engaño. La campaña verá el tuyo. Es grande el poder que traigo. El valor da las vitorias, no la copia de soldados, que el numero si es cobarde, pierde más apriesa el campo. Esa militar dotrina, la habrá de olvidar temblando tu gente, cuando me vea, la marcial palestra armado. El siguiente Sol será, en naciendo el juez de entrambos Anticipados clarines, tocaré por despertarlo. Tiempo habrá para morir. Yo te espero. Yo te aguardo. En vuestro valor seguro, tenemos dichoso amparo. Yo soy, señora. A tus pies llega, pidiendo la muerte, quien por desdichada suerte prodigio del mundo es: Florinda que pierde a España con la muerte de Rodrigo, no fue tan fiero enemigo. Mis temores desengaña. Hay más nueva confusión! Tu silencio viene a ser, el prodigio, por tener en dudosa suspensión, a la misma luz del día, que ya se eclipsa por ti, a la Reina, a Hungría, a mí, porque tienes sangre mía. Yo entregué a Adolfo, señora como al decirlo no muero Cielos! pagando primero la culpa que el mundo ignora. Al fin le entregué el tesoro, blasón de Reyes de Hungría, no lloro la muerte mía, que solo el delito lloro. Fiera mujer, que descubres ya sin remedio el veneno, áspid de cautelas lleno, que para matarte encubres; no estés donde pueda verte, que si eres áspid tocando, basilisco eres mirando, para que sobre la muerte. Señora, advierte que yo. Tú la disculpas? Bien puedo, confesó el delito el miedo, pero la disculpa no. Ninguna en el mundo habrá, que abonar pueda un delito, que en su misma infamia escrito, llamando al castigo está. Señora. Es el ruego en vano. No espero el perdón jamás. Ejemplo al mundo serás, con hecho tan inhumano; de qué bárbaro feroz, de humana sangre sediento, que al Sol empaña su aliento, que al aire turba su voz: se cuenta hazaña tan fea, que porque al mundo no viva, no habrá fama que la escriba, ni habrá siglo que la crea; que yo que a saber llegué, que fue delito el mayor daré la vida al dolor, para pensar que no fue; que si por llegarla a oír, mi afrenta se ha de aumentar, quiero morir y olvidar, y no acordarme y vivir. Si un engaño, porque asombre al mundo, un delito obró, con una hazaña haré yo que se eternice mi nombre; y si en desdichas mortales, fundada mi dicha estuvo, Lucrecias y Porcias hubo con brasas y con puñales. Mas si fortuna me llama, y me da esperanza alguna, yo labraré mi fortuna, al paso que ellas su fama. Laura que te vuelvo a Ver! Que te vuelvo a ver Merlín! Si, mas tú con otro fin, del que yo había menester; voyme a la guerra mañana, hoy tú te enamoras tarde. Siempre mi amor es cobarde. Linda fruta es la temprana. Es muy cara. Cueste un ojo, de quien la sale a vender. Luego no quieres comer. Ya se me quitó el antojo. Pues por qué? Porque reparo, cuando del gusto me llevo, que lo que tiene de nuevo, lo echa a perder con lo caro: y el que de comerla trata, si es cuerdo, no se apresure, aguarde a que se madure, y la comerá barata. Alguna habrá, que en su vida nadie la pueda alcanzar. Esa misma la han de hallar al pie del árbol caída; si quieres que algo te deba, con matrimonio ha de ser, un enjerto hemos de hacer del durazno y de la breva. Cuándo? Paréceme a mí, que en sirviendo tres campañas. Tan tarde? En eso te engañas, y el engaño es contra ti; hábitos por ellas dan, Cruz es también la mujer, déjamela merecer, pelearé como un Roldan. Y si te matan primero. No me estuviera peor. Tarde llegará tu amor. Sin Cruz irá más ligero; pero pues ya estás resuelta, mira que estés prevenida de oraciones a la ida, y camisas a la vuelta. Para poderte curar, si en la guerra te han de herir de hilas podrán servir. Yo me pienso deshilar, para curarme en salud. Pues tan cobarde has de ser? Laura todo es menester, la prevención es virtud, y quiero más que la gente diga, como yo me guarde, aquí se escapó un cobarde, que no aquí murió un valiente; no se verá en ese gozo, si al que muere hay quien le abone, le dirán Dios le perdone, cierto que era tiesto el mozo; y pues como hombre temí, quiero más si el riesgo obliga estar donde yo lo diga, no que lo digan de mí; que si muero, al que me llama bizarro por tanta herida; digan que me dé su vida, que yo le daré mi fama. Veamos si lo bizarro es mejor que lo pobrete, mordiendo yo de un mollete cuando esté él mascando barro. Mira que sale la Reina, y Carlos. Yo me retiro, y en cuanto a lo que tratamos, Laureta, lo dicho dicho, porque puerta he de salir, vive Dios que me han cogido en la trampa, como a lobo, o como a mí, que es lo mismo. Quién eres? Nunca lo fuera; señora soy Merlinillo, cierto criado. A quién sirves? A Dios, pero mal servido, y sirvo después de Dios a Uniades, ya lo he dicho; y pido licencia y voyme. Buen humor. A qué has venido? Vine a ver a mi paisana, que ha días que no la he visto, como otros son de una tierra, somos los dos de un castillo; sabe que voy a la guerra, Dios me lo estorbe y me dijo, que ella tiene unas palabras; pienso que son cuatro o cinco, que si las digo en el campo, aquí pienso que hay hechizos, no me alcanzarán las balas si estoy diez leguas del sitio. A tu señor he de hablar, ve a llamarle. Sea bendito el que crio los vencejos, que son tortugas conmigo. Ha de escribir vuesalteza al de Escocia? Determino, en respuesta de sus cartas lograr los intentos míos, siendo esposa suya, aquí es el encubrir preciso, pensamientos y deseos, hasta saber los disinios de Carlos, que tanta mano tiene en el Reino. Yo he visto con atención cuidadosa, señora, atento al peligro que amenaza al Reino, que. Proseguid, abran camino mis esperanzas. Que es bien, por otros justos motivos entretener al de Escocia; y pues Matías es hijo del gran defensor de Hungría, y él por su valor, temido del Turco y Persa, que a entrambos, aunque ejércitos distintos, los venció con fuga infame, cobrando cuantos presidios tuvo en el Reino Amurates; siendo Uniades caudillo nuestro, con heroicos hechos, que habrán de dar siglo al siglo, materia al bronce y al mármol, adonde vivan escritos: Y por coronista suyo, la envidia siendo el delito de que quiso conspirar contra Hungría, tan indigno de su valor y su sangre, que la verdad fue el archivo, donde guarda sus lealtades el tiempo. Harto habéis dicho, de que ya estoy satisfecha, siendo su abono el testigo; proseguid con vuestro intento, parece que yo le pinto. Digo que no hay en el mundo por lo que os he referido, quien merezca vuestra mano más bien, con que yo consigo que reinéis en vuestra patria; pues es dejarla preciso, casándoos con Rey extraño; supuesto que siempre ha sido por elección este Reino, y con Matías le libro de la opresión que padece: Esto, señora, os suplico, por voz de los Electores. Por vuestra elección escribo, y en cuanto a mi casamiento, las conveniencias que he visto me parecen justas. Bien del afecto con que os sirvo, conoceréis mi deseo. Para que se logre el mío. Vuestra Alteza, gran señora, vuelvo a verla con temor, por el pasado rigor mando que la viese agora. Vuestro padre por soldado, que aún más honras merecía; siempre a los Reyes de Hungría, habló cubierto y sentado: Traed asiento a Matías. Qué bien que le empieza a honrar. Eso será anticipar, señora, las dichas mías. Sentaos. Habéis de advertir, si agora escusarme intento, que siempre se halla violento el premio antes de servir. Este premio, este favor, ya vos le habéis merecido; y aun os tengo prevenido si servís, otro mayor. De vuestra grandeza espero más honras, buena ocasión para alcanzar el perdón de Margarita. Que fiero, y soberbio se mostró Adolfo. Es un gran soldado, y de su valor fiado, con libertad os habló. Cuando os partiréis? Mañana, que el ejército me espera, y antes de partir quisiera, sino es mi esperanza vana. Qué pedís? Que Margarita, que vuestro rigor condena, no padezca más la pena en vuestra desgracia escrita. Si ella esta culpada, yo estoy culpado también, por solicitar mi bien con las sombras se engañó: Adolfo estaba en Belgrado, el intento yo lo ignoro, diole un engaño el tesoro, como perdido llorado. Estos sus delitos son, templad el rigor del pecho, que si culpada en el hecho, no lo estuvo en la intención. Decid qué intento tenía, que causa a su engaño fuera. Para que yo os le trajera entregármele quería; porque temió la ambición de un enemigo tirano. (no es bien que culpe a su hermano.) Con uno y otro escuadrón se iba ya acercando al muro, tan soberbio en el poder, que le entró a reconocer confiado en el seguro. Esta es la verdad, señora, y a Margarita estaré tan agradecido, que. Decid. Lo que falta agora, es vuestra piedad. Y luego; mas si la tuviese amor Os pediré otro favor? Mucho alcanza vuestro ruego, seguro podéis pedir. Vendré a ser el más dichoso, si merezco ser su esposo. Carlos, que hemos de escribir. Hay suceso semejante! perdiendo estoy el sentido. Justo es lo que habéis pedido; pero andáis muy ignorante: Si en las rebeldes porfías de Adolfo, que ya os espera, aunque el ruego os concediera, tratáis de bodas Matías? Mal os sabéis entender, que aunque el valor os abona, si allá ganáis la Corona, acá la habéis de perder. Que enigmas son estas Cielos! tal desprecio en tal favor, en las honras el rigor, y en las dichas los desvelos? Mas si hay esperanza alguna contra el rigor y el poder, hoy Margarita ha de ser el premio de mi fortuna: que si por mi está infamada, una lealtad ofendida, premie un alma agradecida, una inocencia culpada. Laura. Señora, qué intentas? Ya ves, que las sombras pardas de la noche me socorren, y que se parte mañana Matías y que en Palacio, (que al fin merece honras tantas) le hospedó Carlos mi tío, en su mismo cuarto. Manda imposibles, que ya sabes que por servirte, arriesgara mi propia vida. De ti debo hacer más confianza, con cuidado y con secreto, le has de decir que le aguarda la mujer más infeliz, que dio al engaño desgracias, que dio al escarmiento penas, que dio a la muerte venganzas. Donde diré que le esperas. Donde la corriente clara de esa fuente, besa humilde, flores que despierta el Alba; pero advierte que la Reina, que en sus penas no descansa, baja a divertir las horas al jardín, porque le agrada la soledad y el silencio, y con repetidas plantas vuelve las noches Auroras, por lo que en las sombras tarda. Pues mira señora el riesgo. Mis deseos le disfrazan: Ya te he señalado el sitio, adonde mis esperanzas, o se logren si me alientan, o se pierdan si me engañan. Ya te obedezco. Veré si en el rigor de mis ansias; donde ofendida de todos los que sin culpa me infaman halla sagrado mi amor en el que ha sido la causa: mas este pequeño alivio niega mi desdicha al alma, pues cuando descubre el puerto la vuelve al mar la borrasca. Un bulto he visto en las sombras, parece que me amenazan sospechas de lo que temo, que para matarme bastan, Hacia donde estoy se acerca, hay fortuna más contraria! que si aguardo me conocen, si me aparto no me halla, Matías, como se juntan en tan pequeña distancia, Cielos, tan mortales riesgos, que aun antes que lleguen matan Que haya puesto una mujer en tan mortales balanzas un Reino y cuando los Cielos parece que lo restauran, con el valor de Matías, a quien ya se inclina el alma; tan opuesta a mis deseos, siendo tan justos, me agravia. Dos delitos son crueles, entrambos mis furias llaman siendo el primero castigo, siendo el segundo venganza. Que haré en dudas tan opuestas tan peligrosas entrambas: retirarme es el remedio, que es acción más acertada, porque un yerro no se muestre, que se encubra una esperanza. Que aun divertirme no pueda en esta suspensa calma, en estos silencios mudos, que blandamente regalan entre cristales y flores, donde las penas descansan. Parece que se ha parado, que mis congojas le llaman, que a ser Matías, sin duda que le acompañara Laura: el sitio que señalé adonde yo le esperaba, ha ocupado mi desdicha, que en las sombras se disfraza. penas, basta ya el rigor. Confusos cuidados, basta. No atormentéis a un deseo. No fatiguéis más a un alma. Dicha has tenido Matías; pues sin que nadie estorbara nuestro intento, hemos llegado al sitio donde te aguarda Margarita mi señora. Llega. Quién imaginara tan no pensado suceso; este es Matías, que engaña su deseo con la noche; aquí su engaño me valga, para saber lo que intenta. A mi amor rindo las gracias, bellísimo dueño mío. Penas mías con quien habla, si es la Reina, mis temores con la muerte me amenazan. Finezas de tanto amor, si pudiera, os las pagara, pero la Reina lo estorba. Qué decís? Que os desengaña el temor de sus rigores. Hay cautela más extraña! oh pesares! que en el pecho han de reventar si callan. A la Reina qué le importa que yo os rinda a vos el alma, justa obediencia la debo, en cuanto a lealtad, que es tanta, que amo el peligro por ella, y no dejaré las armas, hasta que al fiero enemigo, lo rinda humilde a sus plantas, pero en cuanto al albedrío, el alma no se embaraza en postrados rendimientos, ni en humildades villanas, porque generosa vuela, porque libre se adelanta; hasta penetrar las puras luces del Sol, que bizarra de sus rayos se corona, a donde el poder no alcanza. Por conveniencias se ha visto, que un grande amor se avasalla, y con diferente vuelo penetra esferas más altas. Si ha sido temor, que os pinta la ciega desconfianza, acredítense imposibles en mi amor. Quién se arrojara a pagar deuda tan noble. Primero en nevada escarcha, mezclara la ardiente Libia, piélagos de arenas pardas; primero en la inculta fuente de los montes, que atalayas son de la bárbara Citia, a donde a copos se cuaja la nieve, que burla al Sol, donde sus rayos desmayan, hará el pájaro Fenicio, que para morir se abrasa, de carámbanos la hoguera, para que de ellos renazca, antes que olvide mi amor, y no es bastante la paga para el favor que me hicistes, sin temer postas y guardas. Entrando a verme una noche en la prisión, mi desgracia no me permitió, que entonces vuestro intento se lograra, pero pues ya lo conozco, esta deuda satisfaga mi amor generoso. Estimo vuestra fe, pero qué guarda, a deuda más conocida, y de mayores ventajas. Cuál puede ser en el mundo más grande. Por una carta no os dio la Reina la vida. La Reina es; de sus palabras infiero desdichas mías. Para que teme las armas en la defensa del Reino, me dio la vida y pagarla debo tan alto favor, con salir a la campaña a dar por ella la vida. Yo sé que la Reina trata de daros mayores premios, y en el pliego que despacha a Escocia, solo por vos su casamiento dilata. Pues la Reina qué pretende? Que alentéis las esperanzas a mayor vuelo. que escucho sin morir! celos faltaban adonde sobraban penas. Pues mi voz os desengaña, subid con nuevos deseos, donde fortuna os levanta. Señora, mi bien, qué es esto Cielos? celosa me agravia Margarita. Tan cobarde es ya mi amor, que desmaya en el peligro? Hay linaje de mayor pena. Mis ansias son mis propios enemigos, pues me ahogan y acobardan. Gente viene y ya es forzoso retirarme. No, no acaban de una vez las penas mías, que unas con otras se enlazan, gente he visto, qué haré Cielos! Pero si de cuanto abraza el mar. Pero si la muerte. Me hicieran dueño. Me aguarda. Si me obedeciera el mundo. Si la fuerza más tirana. Desde la cuna del Sol. Castigos imaginara. Hasta que en las ondas muere. Siendo los celos venganzas. Será la imagen que adoro, Margarita. Será palma de esta vitoria Matías. Será afrenta la mudanza. Seré flor que busque al Sol, si sus rayos no me abrasan. De tan bella Margarita, seré concha que la guarda.
JORNADA TERCERA
Este cuarto de la prima le cabe la posta aquí. Tampoco anoche dormí. El buen soldado se estima por lo que vela y trabaja. Y si llevan de mandrión a un hombre, la estimación le servirá de mortaja. Eso piensa un buen soldado? También lo pensó Oliveros, y murió de los primeros. No basta no haberle dado. Con un par de culebrinas. El cuarto de la modorra. Ese le haga una zorra en un corral de gallinas. Cuidado. Ya lo sabemos, deme el nombre. San Miguel. Y si viene san Gabriel, que es Ángel también, qué haremos? El nombre es, el que le he dado, y procúrele olvidar. No sé si me he de acordar, que en mi vida le he rezado. Es mi amo el General, y reservarme no quiere; pues tome lo que viniere sino me hallare cabal. Dormido un hombre, es tenido por medio hombre y esto es cierto; pues yo que lo soy despierto, miren que será dormido. Diré si el viene a rondar, que de día soy soldado, y de noche su criado, que me he venido a acostar. El suelo me da gran pena; pero la imaginación obre aquí, hágote jergón, y haya chinches como arena. Para qué me han de animar porque sus hazañas crea Camila y Pantasilea, yo soy mi propio ejemplar. Mi heroico valor lo fundo en mis pensamientos solos, que honra y amor son los polos sobre quien estriba el mundo. La Reina (rigor extraño!) más sus enojos aumenta, el tirano Adolfo alienta su esperanza con mi engaño. Pues vea el Sol que rayos peina sobre el mar de espumas cano, que me vengo del tirano, y satisfago a la Reina. Y si la contraria suerte mi trágico fin desea, yo hare muriendo que sea mi propia fama la muerte. El pabellón de Matías busco entre sombras oscuras por ver mis dichas seguras, si es que lo son siendo mías. Aquí está un hombre, vencido del sueño, o la muerte airada, que él breve, ella dilatada, dueños de la vida han sido. Si duerme, poca atención tiene quien su honor destierra, oh fatigas de la guerra sufridas por la opinión! Si es la posta este soldado, aquí pienso ejecutar lo que me pudo enseñar otra experiencia en Belgrado. Que a un soldado que dormía, digno de pena cruel, mi hermano veló por él, hasta despertar el día. Y después le castigó solo con su misma afrenta, corra agora por mi cuenta el yerro que cometió. El nombre? Dormido está, y hablando el sueño por él. No sabe que es San Miguel, que aguarda que no le da? Si acaso fuera enemigo todo el campo se arriesgara. Quién en el mundo intentara Mi dichosa estrella sigo. Para perderte. La espía dijo, que por esta parte está más cerca la tienda de Matías, arriesgarme quiero en el mayor empeño que ha visto en nuestras edades el valor, que mientras viva mi enemigo, el coronarme será imposible; la posta he descubierto: no es lance que el valor lo dificulte, ni la novedad lo extrañe: que ya la experiencia ha visto en empeño semejante, matar la posta, sabiendo primero el nombre y es fácil con él discurrir el campo, hasta que pueda mostrarme la fortuna a mi enemigo; y cuando no ejecutase mi intento esta noche, siendo su dicha para librarle, tan opuesta a mi fortuna: la cavada mina sale medida a su pabellón, para que entre fuego y sangre, vuelva resuelto en ceniza, hasta empañar los celajes de las repetidas luces. Dos bultos veo acercarse. Mira señor. El desvelo les toca a los Capitanes; y más teniendo a la vista de caballos y de infantes, tanto enemigo escuadrón: por aquí quiero acercarme, veré si las postas velan. Adolfo, en riesgo tan grande no te empeñes. Calla necio. Cielos! qué escucho. Es imagen la voz que me representa a mi enemigo. Engañarme mal pudiera mi atención, Adolfo es, o si llegase, y viera el ardiente plomo la yerba teñida en sangre. Ten prevenido el caballo, por si fortuna inconstante, no permite que se logre mi intento. Juzgas tan fácil el empeño, que presumes que has de poder escaparte si te conocen. Quién va? Amigos. Certificarme quiero más bien. Ya he dicho que amigos. Agora, nadie es amigo sin el nombre. Si da otro paso adelante sin el nombre, vive Dios que le haga, sino lo sabe, que lo vaya a preguntar al otro mundo. Premiarle merece tan buen soldado. Advierte, que vengo a hablarte con orden del General. Para que me desengañe basta que hoy ese su nombre, y que el nuestro no le trae. Pues si el General le envía, quiero primero que hable, que le lleve la respuesta con una bala. Qué haces? Soldado, detente y mira que es nuestro y vengo a llevarle al General, porque viene del campo enemigo. Hay lance más confuso! San Miguel. Está bien, digo, que pase, Cielos! engañarme pude, que estas son seguridades que desmienten el oído. Hablarte quiero a esta parte; pues nos ofrecen las sombras estas mudas soledades. Fortuna y valor me guíen; Vamos adonde gustares. Tu esfuerzo es el que te empeña pero puedes estimarle, pues lo has empleado adonde dé a entender lo que vale: Adolfo, bien te conozco, hoy es justo, que yo pague el deseo que has tenido; si es que vienes a buscarme. Dime quién eres? Matías. El trabajo de buscarte me escusas y por la dicha de ver mi empresa tan fácil, diera a ser mío en albricias, cuanto corona la margen del río, que se dilata en provincias tan distantes del Norte al Septentrión. Con menos quiero que pagues para que el sitio y las sombras tus intentos desengañen. Riñendo los dos están, posible es que me engañase el soldado que le lleva, porque yo agora no alcance el premio de mis deseos. Buen pulso. Valor notable, batiendo estoy un peñasco. Que bien sabe acreditarse. Espacio nos da la noche. Cielos! el empeño es grande. Pesia la guarda y la posta, que ella me estorba el vengarme. Ha mal soldado, despierta, si el sueño te hace cobarde. Toma tus armas y enmienda la culpa de hombres infames. El infame ha sido el sueño; y yo mandaré ahorcarle. Esperanzas socorredme, si es que venís a ayudarme. Estruendo de armas escucho, váyase agora el donaire al rollo, tocaré al arma para que el campo se guarde, y encubrireme de un tronco, que empiezan a alborotarse. Arma han tocado y el riesgo, es ya preciso, escaparme puedo, pues me ampara el bosque y no hay quien siga mi alcance. Adolfo, agora has de ver. El arma tocó a esta parte. Qué miro, Cielos! Si es sueño, Margarita. No te espantes, si una mujer ofendida, cuando hereda ilustre sangre imposibles atropella, pues te avisan ejemplares de lo que intentan mujeres, hasta morir, o vengarse. Ni me culpes, ni me ayudes, que yo en mis penas mortales intento el remedio sola, para que los bronces labren la fama eterna a que aspiro, que si he venido a buscarte, es solo para que entiendas que es la Reina a quien hablaste en el jardín, sus rigores son causa de desterrarme de su vista, en Peñaflor esa Aldea, que a la margen de ese bosque goza alegre floridas amenidades; estoy por orden de Carlos mi tío, pudo engañarme el nombre de Adolfo agora, para que yo me empeñase en el riesgo más ilustre que vio la sangrienta imagen del Planeta guerreador; cuando armado de diamante a las batallas preside: mi constante amor te guarde que no has de volver a verme hasta que merezca darte el laurel, que te previene fortuna entre polvo y sangre Aguarda, detente, espera: como la impresión del aire abre en las sombras camino, porque ni el viento lo alcance. Si has de hablar al General, aguarda y le avisaré. Si un tiempo a mi honor falté mi honor me ha de hacer leal Di que le importa la vida el verme. El sale. Señor. No sé quién tiene valor con la lealtad ofendida. Que a una planta que en el prado vive apenas con aliento, de su raíz pueda el viento con las ráfagas armado, humillar desde la frente hasta la tierra, en que estriba, para que medrosa viva mientras el Sol no la aliente. La experiencia nos lo enseña más que a un tronco más feliz, cuya robusta raíz puede blasonar de peña. Le doble el viento, jamás lo ha visto experiencia alguna, mas tú solo en tu fortuna el tronco infeliz serás. Tu nobleza echó raíces siempre en los timbres Reales; y los vientos desleales traen memorias infelices. La Reina (que mal prosigo con mi enojo) honrarte intenta, cuando te pasa tu afrenta al campo del enemigo. Qué bárbaro frenesí turbó tu lealtad Matías. A las deslealtades mías habrá algún remedio? Sí. Cuál es? Procurando hacer tu fortuna más constante, y siendo de aquí adelante el que dejaste de ser: Postrada humildad te digo, que está llamando al perdón, y siempre la obstinación tiene por centro el castigo. Desengaños del tirano hoy me han vuelto a ser leal: fundé mi intento tan mal, que salió mi intento vano. Si de mi honor homicida, me ha hecho mi ciego error, yo daré vida a mi honor con defenderte la vida. Qué dices? Mira esa flecha, cuya punta mira al cielo. Admiración y recelo me ha causado. Tienen hecha una mina y para ver si el terreno está cavado, por lo más alto han clavado esta flecha, que ha de ser, dándola el aire, medida que previene el ingeniero para dar fuego. Yo espero ver su máquina perdida. Mira el peligro en que estás, fuera un infeliz suceso, pues solo falta de grueso la media flecha no más, para ejecutar tu muerte. En obligación te quedo, mas quien no conoce al miedo, remedia el riesgo que advierte. Con mudar tu pabellón quedas libre. No mi gente, cuando la mina reviente, y esta es precisa ocasión. Dadme una rodela. Mira lo que intentas. Yo he de ver lo que me puede ofender, si el infierno se conspira contra el valor de este pecho. Aquí está. Retiraos todos. Quieres buscar nuevos modos de morir. Emprendo un hecho, con que borrar la memoria de cuantos se eternizaron en los bronces que labraron contra los tiempos su historia. Ciego te tiene el valor. Antes al águila imito, que los rayos solicito, para examinar mejor la vista. Que seas contigo tan cruel. Tu ruego es vano. Hay hecho más inhumano! Los Cielos vayan conmigo! De qué bárbaro se cuenta tan ciega temeridad; a tan sangrienta crueldad está la fortuna atenta. Ya el fuego envuelto en ceniza fue su fatal escarmiento, su fama es el polvo y viento donde su nombre eterniza. Todo el Cielo se derriba; su máquina ha parecido tan al revés, que han subido los rayos de abajo arriba. Si es mina, es tan maldiciente, que a las peñas retiradas, les pidió bocas prestadas, para que el fuego reviente. Dicha fue no hallarme aquí, porque mi fama volara, Cielos! y cual me dejara, si mormurara de mí. Si el Cielo me favorece, que peligro hay que me asombre, arrojeme como vistis, y en las obscuras mansiones, donde la luz material me pudo servir de norte, vi una tropa de soldados, que el minado sitio esconde, aguardando prevenidos, para ejecutar el orden, con la cuerda, que medida llegó a la pólvora entonces, con que obraron los barriles sangrientas ejecuciones, pero a tiempo, qué gran suerte! que yo con mortales golpes pasaba, hiriendo y matando del fiero cavado esgonce, donde la pólvora ardiente ha hecho temblar los montes. Reventó por cuatro bocas, volando peñascos y hombres, y yo; merced de los cielos! tan seguro, tan inmoble, que juzgué sueño el estrago, y que recordé a las voces. Como entró la luz del Sol, descubrí a sus resplandores despedazados trofeos, donde fuera pasta el bronce. Sobre los muertos y heridos sin que la muerte lo estorbe, me dio una rompida boca paso libre, inmortal nombre. Esta sangre es enemiga, que como el valor me arroje por entre difuntos cuerpos, por laurel de mis blasones. Sali bañado en su sangre, porque ni el tiempo los borre. Y para heroico ejemplar de mis cruzados pendones, que al son de trompas bastardas para que Marte se asombre, han de ser en la Campaña antes que turbe la noche la luz del mayor Planeta volcanes abrasadores. Tu valor es la vitoria para que el Sol te corone. Pues que fue tan desdichado el efecto de la mina, la última suerte encamina mi valor de furia armado. Ya mueve el campo enemigo sus banderas y ha de ser para morir, o vencer solo el valor el testigo de la vitoria, o la muerte; pero gozaré el trofeo a que aspira mi deseo hoy en la postrera suerte. Aunque salga vencedor Uniades, me ha de ver coronado y tú has de ser con obediencia y valor ministro fiel de mi intento. A este bosque me has traído; y la intención que has tenido ignoro. Cuidado atento pido a tu muda obediencia; ves aquel roble que el pecho vejez antigua ha desecho con dilatada licencia: Pues en su tronco ha de estar, aunque con bruto decoro, oculto el regio tesoro mientras salgo a pelear, sácale del pabellón con prevenido secreto. Dudo que logre el efecto de su tirana ambición. Si la envidia más cruel, que entre víboras se alienta, su mismo pasto revienta, y arroja la muerte en él. Si la fortuna que enseña a cuantos venciendo miro, de la cumbre donde aspiro hasta sus pies me despeña: Que una ofende y otra lidia por subir y derribar, Rey he de ser a pesar de la fortuna y la envidia. En ese tronco la esconde. Cuanto mandas obedezco; pero señor si merezco. Lo que intento te responde. No has de entrar en la batalla Contigo osaré morir. A ese roble has de asistir. Advierte. Obedece y calla: el trance has de ver sangriento, tan oculto y prevenido, que si yo salgo vencido para mortal escarmiento: Destrozados mis pendones lisonjas del viento vano, y del bosque al verde llano rompidos mis escuadrones. Si me concede la vida la fortuna hasta llegar a este sitio me has de dar la Corona prevenida. Que aunque en mi sangre bañado, y de ella el campo teñido, no importa morir vencido como muera coronado. Presagio eres de tu muerte. Es honrosa prevención, donde el heroico blasón el último riesgo advierte. Que costosa es la vitoria, cuando se mezclan las armas de dos campos enemigos. No salgan mis esperanzas sin fruto, piadosos Cielos! Aquí mi obediencia aguarda sucesos de la fortuna, que ya la temo contraria. Ya con ultrajes del viento repetidos ecos pasan, entre dudosos efectos de las voces a las armas. Y nuestra caballería, que en el cristal se retrata, parece un jardín que el Mayo sobre su margen le planta. Y bien ordenada a tropas, porque a su encuentro le salga Adolfo, ya prevenido le acomete a su vanguarda, Ya ejecutando rigores, copia la muerte su estampa, dando las hastas pinceles, y los lienzos la campaña. Transformaciones sangrientas advierte el Sol, que en las playas son rusticas amapolas, las que eran arenas pardas. Y ya los brutos sin dueño teniendo tan cerca el agua, parecen rojos Delfines que sobre la sangre nadan. Agora Cielos, agora, si vuestro favor me ampara, no para guardar la vida; pero si para arriesgarla. Descubriendo a mi enemigo, porque el Danubio cobrara más blasón que el Termodonte; donde amazona bizarra vistió su margen Cenobia de laureles y de palmas; no pido fama a la historia, no pido a los siglos fama, valor a mi agravio pido para tan justa venganza; y muera si la consigo: y luego a tan noble hazaña sirva de pira el olvido; porque a un hecho heroico basta el intento sin memoria, donde blasones se guardan sin nombre el atrevimiento, y el riesgo sin alabanza. Presago fui en la batalla de la muerte que me ofrece la desdicha, que parece, que prevenirla es llamarla. De tan fiera condición es la muerte en tanta herida, que aunque se lleva la vida, me deja la obstinación. Señor. Venció mi enemigo, que aplausos del mundo espera, y yo en la línea postrera pasos tan mortales sigo. Dame el sagrado laurel, mira en la muerte que espero que temo ya que primero vaya la vida por el: Aunque dudosa al partir, cual tenga mejor lugar, la ambición para reinar, o el valor para morir. Voy al punto. No es cruel la muerte al último espacio, pues hace a un bosque palacio, pues hace a un tronco dosel. Y entre las mortales señas con que muriendo he de honrarlos, estas flores sean vasallos, y las guardas esas peñas. Mas dirá la muerte mía, siendo publico ejemplar en lo que viene a parar la ambición y tiranía. De sí mismo es enemigo el que su traición no advierte, pues viene a hallar con la muerte desengaño en el castigo. La ambición me ha despeñado para que obstinado muera, cuando obediente pudiera gozar más feliz estado. Desecho el campo enemigo, ya será mi intento vano, si huyó medroso el tirano, que infeliz estrella sigo. Mas qué descubren los ojos, Cielos! no es Adolfo? Si mis intentos conseguí: mas si en sangrientos despojos se ve postrado y herido; qué venganza he de tomar. si es torpe afrenta manchar el acero en un rendido. Muestra porque el mundo escriba en archivos de mi fama, que Rey la muerte me llama. No será mientras yo viva. Al bosque se retiró herido, buscadle, Cielos! logro tienen mis desvelos. Tu valor lo mereció. La vida te he de rendir que ya está ociosa en mi pecho, mas porque te vio, sospecho que no se atreve a salir. Sácala con otra herida, que esa es la que te faltó, no muera Uniades, yo, a manos de otro homicida. Que será quitarte a ti el blasón de la vitoria, partir con otro la gloria de haberme vencido a mí. La piedad es mi blasón, darte la vida procura, porque estando ella segura es más ilustre el perdón. Tienen estrecha amistad lo cruel y lo villano; y siempre se dan la mano la vitoria y la piedad. Ya es tarde, la muerte espero, que con tus piedades lucha, y ya en los labios escucha para responder que muero. Que desdichada ambición! Escucha agora Matías. Deja que primero admire el valor que te eterniza; si cabe en la admiración tu alabanza sin envidia. Mis propios acentos copias, tu admiración es la misma que de tu vitoria hallaste en mi alegre pecho escrita. Y como salió a los labios, pretendió tu bizarría copiarle, porque tu voz, no hizo más de repetirla. Pues cuando triunfo el mayor por vencedor te acredita, no dejes blanco en la hazaña que a tus blasones resista. Esta joya es la que ganas, tu al tirano se la quitas, que pues le diste la muerte, del último bien le privas; que si yo llegué a cobrarla, es que el corazón sabia, que tú a quitársela a Adolfo el bosque en su busca pisas. Recibe lo que ganaste, que mejor mano es la mía, y aun tu frente vitoriosa si pudiera. No prosigas, que ultrajas la majestad con el afecto y le quitas a tu perdón el remedio, para que el rigor reprima la Reina gobernadora, en tanto que Rey se elija, es bien que tú se la entregues. Ríndome a tus cortesías, y ruego al Cielo que logres cuanto mi esperanza anima, cuanto alientan mis deseos, que en tus fortunas se libran. Aunque ves que de Alba Real estamos tan a la vista, que de los muros celebran el triunfo; dos compañías, irán en tu guarda. Basta, si tu fortuna me guía para que vuele segura al más contrapuesto clima. El despojo en los soldados se llama honrosa codicia, pues gana acosta del riesgo, lo que al contrario le quita. Descanse el campo en la presa mientras se despeña el día, y prémiese de su mano; para que alentado sirva. Merlín, bien has peleado. Y de eso te pido albricias, y también de que la Reina, honras son bien merecidas de tu valor, ha dejado los muros y ya camina con todos los electores, y Palatinos, que cifran el gobierno y la elección. Mi obediencia los reciba. Valeroso defensor del Reino, que solicita tu amparo, pues lo defiendes es muy justo que le rijas. Los Electores te aclaman Rey, para que eterna viva la memoria de tu nombre, las escuadras que acaudillas como vencedor dichoso, nuevo Cesar te apellidan; pues entre el confuso aplauso de tantas voces distintas, bronces del plomo animados trompas del aliento heridas: decid con festivas voces, viva nuestro Rey Matías. Viva, viva. Y para que se corone, traigo la Sagrada insignia, que si la perdió un engaño, hoy la restauró una dicha de Adolfo, en últimas horas, donde muriendo agoniza entre la mano y la frente, aún más que sangrienta, indigna la cobré, agora a tus plantas la ofrezco, para que sirva a mis yerros de piedad, y de laurel a Matías, pues sin tenerle, no fuera legitimo Rey de Hungría. Tu nombre celebre el mundo, Carlos, a vos le es debida la ceremonia Real, por vuestra nobleza antigua, que a vista de su vitoria, la Majestad se acredita, y por ser el primer voto en la elección. Pues reciba de mi humilde mano, el Rey, la Corona merecida. Aunque parece ligera, será forzoso que oprima, frente y hombros con el peso de administrarla y regirla. Ah cielos! en la mudanza de estado, siempre se olvidan los hombres y más teniendo, (soy infeliz a la vista) una Reina que a mis ojos, y a mi despecho le estima. Qué haré en tan opuestas dudas de amor y poder; no escriba el mundo que olvido ingrato las obligaciones mías. Señora, ya yo soy Rey, y pues lo soy. No prosigas, que en tu silencio descubro, tus afectos: Margarita es la esfera de tu amor, y el alma con que respiras. Mi casamiento ha tratado Escocia, pues no permitan los cielos, cuando el poder bastara, que yo divida dos voluntades conformes. Fineza que te acredita, haciendo inmortal tu fama, pues he hallado en Margarita Amor, Lealtad y Ventura. A par de los siglos vivas. Hubo suerte más dichosa! De la mayor Monarquía, quisiera haceros señora. Para ofreceros la vida. Goce Enrico los Estados de Adolfo. Para que sirva con más justa obligación, mercedes no merecidas. También, por lo que interesa de los premios, participa mi obediencia. Y el Poeta, que perdonéis os suplica.
