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Texto digital de El amor hace valientes

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Atribución tradicional
Juan de Matos Fragoso
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Género
Comedia
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Cita sugerida

Velasco, Adrián. Texto digital de El amor hace valientes. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amor-hace-valientes-el.

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EL AMOR HACE VALIENTES

JORNADA PRIMERA

Señor, que ha sido el enfado? Preciso empeño de amante, cayósele a Elvira un guante, y por deslucirme osado, Alvar Fáñez fue con ira cuando lo llegué a alcanzar a querérmele quitar: A este tiempo salió Elvira, y a entrambos nos le quitó, porque más cuestión no hubiera; que si a su mano no fuera, nunca le dejara yo. Miento, que si no llegara Elvira a darme favor, vencido de mi temor, sin duda se le dejara. Porque sin bastarme el ser, Martin Peláez, sobrino del Cid, de esta sangre indigno, la ultraja mi proceder. Y pienso al querer vencerla, que mi cobardía es pasión, que arrastra mi corazón por influencia de estrella. Señores, mi amo es gallina; y él sabe que lo sé yo; pues por qué a mí me fingió agora aquesta bolina? Y en que paró ese papel? Ahora lo verás aquí, que los dos vienen allí, y ella riñéndole a él. Quién os ha dado licencia de hacer con esta cuestión de lo que es en mi elección en vosotros competencia? Lo que es elección en vos Elvira, es favorecer al que más llegue a tener de vuestra gracia en los dos: Pero habiéndoseos caído un guante en esta ocasión, cae fuera de la elección el ser yo favorecido. Alzarle, no es atreverme a vos, ni a vuestra licencia; sino al que en mi competencia por sí presume excederme. Si el cederle es indecencia, no culpéis lo que me atrevo, que para hacer lo que debo no he menester yo licencia. Yo, señora, me atreví, porque con vuestro favor digno habéis hecho a mi amor de estar vuestra prenda en mí. Que si no considerara que vuestra gracia a mi pecho digno del favor le ha hecho, nunca tenerla intentara. Y padeciera sin ella el desaire de dejarla, por no daros al alcanzarla el disgusto de tenerla, Más fuera por no reñir, que por darla ella pesar. Eso es saberme estimar, y esto es darme que sentir. El querer quedar mejor qué sentimiento ha de ser? a vos no os puede ofender el que yo tenga valor: que lo que yo intento aquí es sin vos, entre los dos. Eso es quereros a vos, y aquello es quererme a mí. El galán que fino es, y que más de veras ama, debe preferir su dama a su mayor interés: y hecha con esta atención, será su desaire justo. Eso se entiende en el gusto, mas no en la reputación. que yo porque ella no sienta un disgusto por mi amor, sufriré cuanto es dolor, pero no lo que es afrenta: que siendo iguales los dos, también mi fama es mi dama. Pues decid a vuestra fama, que os dé favores a vos. El ofenderos no es justo vos de que yo tenga aliento. Si es, cuando con el intento sabéis que me dais disgusto: que aunque desde que a Valencia mi tío el Cid sitio puso, y hacerme esposo propuso del que en esta competencia con más bizarros afanes logre más nobles decoros: se entiende eso con los Moros, pero no con los galanes. Que aunque el valor me ofreció, Valencia que está cercada ha de ser la conquistada, pero mi albedrío no. Ese bizarro despecho que en vuestro valor se halla, teniéndole en la batalla, mereceréis en mi pecho. Mas tan mal vuestro deseo esto ha llegado a entender, que queréis también hacer batalla mi galanteo. Y porque a mi inclinación reconocéis lo que estimo a Martín Peláez mi primo, hacéis mi gusto cuestión. Si tenéis envidia de él, bien es que excederle intente vuestro amor por más valiente, mas no riñendo con él. Si el favor que él logra atento es el de mi inclinación, ganad el de mi elección que espera el merecimiento. Que cuando en la bizarría le exceda vuestro valor, yo os podré dar el favor, mas la inclinación no es mía. Y cuando iguales los dos estéis en el merecer, desde aquí habéis de entender que no os le he de dar a vos. Señora, yo siempre he estado en eso que me advertís, que aquí aunque lo presumís, no he sido solo el culpado. Porque si por accidente se os cae de la mano un guante, y llega uno y otro amante a cogerlo diligente; con que razón me obligáis a quedar yo desairado? Con la de haberos mandado que entre los dos no riñáis; que hacer del valor alarde, no ha de ser entre los dos. Y si le mandarais vos a un galán que se acobarde; caso que él obedeciera, vuestro amor se lo estimara? Yo nunca se lo mandara; pero caso que lo hiciera, y él me obedeciese así, lo tuviera por valor, porque es vitoria de amor la de vencerse por mi. Pues yo no obedecería; porque como soy más necio, sufriré vuestro desprecio antes que mi cobardía. Pues yo el premio de obediente escojo, que es por su amor el que vence su furor más amante y más valiente. Si él se vence lo concedo; pero como en un alarde probará el que anda cobarde que es obediencia y no miedo? El Caballero aprobado por su sangre y por su honor lo prueba con el valor aquí por si está obligado. No lo prueba ese argumento que la sangre al corazón lo que da es la obligación, mas no le da el cumplimiento. No puede a su obligación faltar el que noble es. Y si faltase después, de qué sirve la opinión? Alvar Fáñez, ya eso a mi más que a mi primo provoca. Como a gallina me toca ayudar a mi amo aquí; primero es obedecer a la dama, que al valor. Pues yo no quiero el favor, si la fama he de perder. Mejor le está la obediencia a su gusto y a su fama, porque se lleva la dama, y se escusa la pendencia. Y es bien lograr la fineza aventurando la fama? Y es mejor quedar sin dama, y romperle la cabeza? Pues yo sufrirlo no quiero. Más sufre el pino, es gallina. Qué sufre? La trementina con que le cura el Barbero. Alvar Fáñez, conceded que no es para el galanteo hacer del valor empleo. Y vos, señora, entended, que siempre que esta porfía entre los dos llegue a ver, no le he de dejar yo ser más dichoso a costa mía. Y aunque os enoje de nuevo siempre se la he de quitar. Esto llegas a escuchar? Respóndele. No me atrevo. Respóndele, que aún no es tarde tiéndele una peleona, porque lo que es la intentona, nunca le falta a un cobarde. El que llegue a presumir, que a mí me podrá quitar prenda alguna a mi pesar, lo contrario haré sentir. Eso sí, piensa que es sordo, tiende la voz, empina, de qué sirve ser gallina, si no sabes hablar gordo? Pues yo presumo de vos, que os le llegara a quitar, y si lo queréis probar, vamos al campo los dos. Dónde? Al campo habemos de ir. Ya en mí no estoy de temor. Di que sí, que aquí, señor, no te han de dejar salir. Pues yo voy, venid tras mí. Yo soy el que os va a esperar Pues yo allá os voy a buscar. Pues no veis que estoy yo aquí? esperad. Eso en el puesto, que ya es deuda del valor. Y el seguiros de mi honor. Hola, soldados. Qué es esto? A buen tiempo llegó el Cid. No es nada. Si es que Alvar Fáñez muy literal al empeño de que al que más se señale por su valor y sus hechos, por esposa habéis de darme. Piensa que también se entiende en mi festejo el alarde, del valor y hace batalla las pretensiones de amante. Y porque mi inclinación estima a Martín Peláez, ha llegado en mi presencia agora a desafiarle. Yo no he dado la ocasión. Pues yo señor. Todos callen, que esto ha sido patarata, que Alvar Fáñez porque sabe que mi amo es un león, que es león, un tigre, un áspid, y un elefante es por Cristo, que por ser tan elefante tiene miedo de un ratón. Vino aquí a desafiarle, donde ha de haber quien lo estorbe que si fuera en otra parte, ya mi amo hubiera hecho como suele en otros lances, pero días tiene el año. Y por qué fue? Por un guante, que no vale nueve cuartos, porque es uno de dos pares, que le dio a Elvira mi amo, que costaron a dos reales. Cayósele ahora a Elvira, fueron entrambos a alzarle, pero mi amo pretendía con más razón este guante. Porque si ella le perdiera, estaba obligado a darle otro par para mañana, pena de ser miserable, y dos reales que ellos cuestan, no se topan en la calle. Sobrinos; ese valor que en vuestros alientos arde para hacer de él buen empleo tenéis ocasión bastante. Cercada tengo a Valencia, y los Moriscos alfanjes, llaman a vuestras espadas a más glorioso certamen. Del descanso de la vida, no está la lid tan distante, que a vuestra cama la flecha, de la trinchera no alcance. Pues estando tan cercanos de tan bizarros combates, para qué buscáis empeños, que pena y no aplauso os traen. Vidas que han de ser asombro, de marlotas y turbantes, no han de arriesgarse en peligros de livianas mocedades. Si permití a mi sobrina, al más valiente el probarle, no ha de ser entre nosotros, sino entre Moros alarbes. Más merecerá su mano quien más la tiñere en sangre, pero de la vuestra es mancha, y de la Morisca esmalte. Y porque no se malogre ese bizarro coraje, del Moro he tenido aviso, que hace salida esta tarde. Yo al opuesto he prevenido dos escuadrones volantes, el uno, Alvar Fañe; lleve, y el otro Martín Peláez. Y reduciendo el empeño a más honroso dictamen, yo os comuto el desafío, al que más Moros matare. Yo por mi parte lo aceto. Cielos, empeño notable! ya el temor me hiela el pecho. Aceta señor, qué haces? Yo también digo que aceto. Pues porque no se dilate, ni la salida del Moro desprevenidos os halle, venid tras mi a preveniros mucho me alegra este lance que he oído de mi sobrino, mormurar que era cobarde, y a fe que no lo es quien osa pelear con Alvar Fáñez: venid conmigo los dos. Tras ti vamos al instante. Pues para que vos salgáis con más aliento al combate llevad esta banda puesta. que yo al mirador que cae sobre la reja saldré, y quiero por las señales conoceros en el campo. Aunque mi pecho no enlace el nácar del favor vuestro ya que esta dicha me falte, saldré contento a la vega, porque esfuerza que me hallen vuestros ojos, pues ya llevo, para que más me señale, puesta una banda de celos. Que en el pecho de un amante sobre el blanco de su amor es la color que más sale, y también voy más contento, porque si lleva señales, será para que mejor se conozca que es cobarde. Con esta prenda señora, ociosa saldrá al combate mi espada, pues si ella es de vuestra hermosura imagen, donde ella va el valor sobra, para que yo rinda y mate. Y así no ofrezco hacer más, cuando en el campo me halle, que guardar a vuestros ojos, los despojos que ella gane. Primo, si aquí mi favor algún aliento os añade, no al valor que a vuestro pecho no puede ser que le falte; Sino a la noble codicia de volver hoy más triunfante, yo sé que le empleareis en que hoy al mérito iguale con la inclinación que os tengo, lo que está de vuestra parte: Advirtiendo, que mi mano ha de ser de quien la gane, porque para mi elección la inclinación no es bastante. Ese trofeo señora, ya en mí no puede dudarse, que vuestra prenda es preciso que a su vitorias me llame. Pues no hagáis falta a mi tío. Iré con favores tales a lograr vitorias vuestras, pues lo son cuantas alcance. Yo os espero vencedor. Quien ya lo va poco hace. De lo que es gracia es sin duda. Si eso es que puede faltarme? El mérito de justicia. Con ella fuerza es ganarle. Eso espero. Y yo lo afirmo. Id con Dios. El cielo os guarde. Pues yo quiero que me des un favor, con que alentarme a salir a la campaña. Eso no puedo negarle: ponte este lazo al sombrero. Lazo? pues quieres cazarme? Y por él has de traerme dos Morillos esta tarde. Morillos? traerelos luego. Qué dices? Que eso es muy fácil de la chimenea del Cid los voy a hurtar al instante. Gran gallina pienso que eres. No piensas mal. Dios te guarde. Señor, animo a las gachas, ya que el empeño acetaste no hay sino salir al campo. Jergón peligro notable; yo he de salir a los Moros? de pensarlo se me caen las alas del corazón. No hagas ese disparate, porque si has de huir sin alas, será fuerza que te alcancen. De que me diese esta banda Elvira son mis pesares; pues es fuerza que por ella conozca que soy cobarde. Eso no te dé cuidado, porque tú en viendo delante los Moros, lo harás de modo, que ninguno a verte alcance. No es mejor fingirme malo y con aquesto escusarme de salir a la batalla. Qué dices? que si eso haces no ves que sin competencia se lleva el premio Alvar Fáñez No es peor que se le lleve saliendo yo con mi ultraje. Eso quedará dudoso; ya en este mundo no sabes que tal vez vence el valiente, y dan el premio al cobarde. Yo no me atrevo a salir; ve tú y di, que en este instante me ha dado un grave accidente Eso dices? no es tan grande mi miedo y salgo contigo en fe de mis alpargates. Yo me atrevo a huir a pie: tú que en un caballo sales atrévete a huir a caballo, que menos ha de costarte. A ojos de Elvira no quiero quedar, Jergón, por infame. Pues yo te daré un arbitrio con que a los Moros espantes, y todos huyan de ti. Y qué he de hacer? Encohetarte a ti y a todo el caballo, y cuando el Moro llegare, llevar cuerda y pegar fuego, y al punto que te dispares, correr, diciendo: Santiago, y verás la fiesta que haces. Ve a decir lo que te mando, que yo no he de ir esta tarde. Y si el Médico te halla sin calentura, qué achaque has de fingir que te ha dado? No dan al hombre otros males sin calentura? Es verdad; mas si acaso te mandase echar cuatro melecinas, no es menor mal que te maten? Yo en fin no quiero salir. Si has de huir, por qué lo haces? Porque Elvira no lo vea. Pues no hay álamos y sauces y chopos en la rivera donde puedes emboscarte? Dices bien, eso he de hacer Y para tener coraje, imagina que los Moros son unos perros alarbes, que de Dios son enemigos, que el temor es cosa infame; y con este pensamiento hacer que hierba la sangre. Y luego? Echar a correr, y cueste lo que costare. Vamos, que ya nada temo si me han de cubrir los sauces, que yo llevo buen caballo. Pues ahora que tú sales, no quiero salir yo. Cómo? Tengo miedo. Tú cobarde tienes miedo? Verbi gratia. Pues yo no salgo delante, y tengo temor también? Pues ya que vamos iguales, haz que me den un caballo. A ti caballo han de darte? Pues si no, denme una sota, que está es mi suerte en el naipe. Ven, Jergón, no hagamos falta. Vamos, mas el riesgo es grande Por qué? Porque si los dos somos liebres como sabes, todos los Moros son galgos, y es fuerza que nos alcancen. A las trincheras Árabes valientes, derribe vuestro alfanje en lo que corta la planta que ya pisan nuestras fuentes. Padre Abenxaf, en vano los exhorta tu despecho, pues todos se retiran. A bárbaros cobardes, que os admiran cien jinetes Cristianos solamente, que así afrentáis mis ínclitos blasones. Mahoma estar dormido y esta gente del Cristianilio tira sus coronas, que de uno solo llevan un vezcuezo. Aquí verás, señor, cómo el consejo de que al Cid le entregaras a Valencia, dándome su sobrina, es conveniencia más que inclinación mía, aunque no dejo de confesar, señor, que adoro a Elvira. Celín, aunque mi gente se retira, antes no ha de quedar Moro en Valencia, que al Cid proponga yo tal conveniencia. Pues mira que ya huyen tus soldados. Ah nobles Africanos, que olvidados del heredado honor que os dio la hazaña, que a vuestras plantas puso toda España le mancháis con afrenta tan notoria. Volved Árabes nobles por la gloria que debéis a la sangre que os alienta, no la borréis con tan cobarde afrenta. Celín, ya de mis voces alentados parece que resisten mis soldados; yo entre ellos voy a dar envidia a Marte, ve tu a alentarle por esotra parte. Ay Elvira divina! quién pudiera hacer que la vitoria tuya fuera como lograse yo mi rendimiento; pero por el decoro de mi aliento debo agora acudir a este cuidado: Ven Zulema Alcuzcuz. No estar guisado. Qué dices? No atrever con esta gente, que el vino poder más que el agua ardiente. Santiago, amigos, que huye esta canalla. Ven, que el Cristiano vence la batalla. Tener miedo. No creas en el miedo, Por eso no querer saber el Credo. Pedro Bermúdez, id con vuestra gente, y acudid a Alvar Fáñez, que valiente con Abenxaf alienta sus facciones resiste por allí sus escuadrones; id vos a socorrerle. Aqueso intento; presto el Moro verá su fin sangriento. Todos los Moros huyen derrotados, solo Abenxaf, que alienta sus soldados hace hacia aquella parte resistencia, amigos, que hoy ganamos a Valencia. Que nos cortan Jergón. Mucho me huelgo por amor de la chinche. Mas qué veo? Martín Peláez huye, no lo creo; mienten los ojos con que vi su afrenta: ah Caballero vil! qué te amedrenta cuando todos los Moros van huyendo? Señor, espera, que al correr me atajas. Yo, Jergón, huir pretendo. Pues yo pajas. Cielos, si esto es verdad? mal Caballero, como tu sangre afrentas este día? no lo resiste la que tienes mía? El viene de los árboles cubierto; no creyera, a no verlo, que era cierto: mas aunque mal la colera resisto, fingiré, por su honor, que no le he visto. Jergón, donde podremos esconderos? Huyamos, aunque sea a los infiernos. Sin que me vea aquí quiero dejarle, que yo hallaré ocasión de castigarle. Qué feo es el semblante de la muerte! yo no sé resistir pasión tan fuerte. Señor, ojos de Moro es mucho enfado, y más si son de Moro amendrillado. Parece que estos Moros son Gigantes, según robustos son. Y los turbantes parecen nubes, porque llueven chuzos. Aquí, mientras que pasa la batalla podremos escondernos. Es errarla, que procesión de Moros en alarde, como es muy larga, pasará muy tarde. Pues por qué a que no pases te reduces? Porque aún no empiezan a pasar las luces. Mira los Moros que hay por esos cerros. Jesús la diferencia que hay de perros, galgos, podencos, dogos y lebreles, y no uno que traiga cascabeles. Africanos, Celín aquí os asiste. Este es mastín, porque ladrando embiste. Seguidme, amigos, no el honor perdamos. Ay, Jergón! que este viene donde estamos. Ese es podenco y hacia acá se suelta. Por qué? Porque nos viene a dar la vuelta. Entre estas ramas esconderme quiero. Déjame que me esconda yo primero. Ya todos huyen y en vano los anima a la facción. Por el santo zancarrón que hay Moro peor que Cristiano. Ay, señor! líbrenos Dios, porque ya hay Moro en la plaza. Mi suerte, Alcuzcuz, lo traza Ay, señor! que vienen dos, démonos ya por difuntos. Qué dices? Que a lo que infiero; se ha descuidado el vaquero; porque han salido dos juntos. Pues ya el batalla perder, senior, qué aguardar aquí? Ya la esperanza perdí! Hazte allá, que me han de ver. Senior, ruido aquí se traza. Qué dices? Que andar rumor. No te lo dije, señor, Pues qué hay? Olieron la caza. Mira quién es. Ah tiranos! quien estar aquí emboscada? Señor Moro, aquí no hay nada, más abajo hay seis Cristianos. Un Cristiano estar aquí. Sácale afuera. A Cristiano venid fora. Ay mi mano, que me muerde; sal aquí. Venga acá. No por San Juan. Ah galina, huir del guerra? Ay Cristo, como se emperra; cito, cito, toma pan. Mátale. Es barbaridad. Salir logo. Señor galgo no me mate, que ya salgo, y tened de mí piedad, porque os conozco, señores. Tú me conoces a mí? Sí que en el Convento os vi de los Morillos menores. Vaya cautivo. Suplico de tan terrible sentencia, no me lleves a Valencia, que yo puedo hacerte rico. Tú? Daré un don escogido, Si me dejan rescatar. Pues qué rescate has de dar? Otro que está allí escondido. Quién está aquí? salga fuera. Celín valiente, yo soy, que a tus pies rendido estoy. Pues tú aquí de esta manera, cuando vencida mi gente de la tuya se retira? eres tú a quien ama Elvira por galán y por valiente? Celín, del poder del hado hoy tan contrario me ha sido, que habiéndome yo metido entre los tuyos osado, me precipitó el caballo; y de esta suerte quedé, con que sin armas y a pie fue imposible restaurarlo: y cuando tu aquí venías, como sin armas me vi, de vergüenza me escondí. Bien muestra tu cobardía el liviano y bajo error de esta acción tan indecente; que si tu fueras valiente, nada te diera temor. Que has preferido tu muerte a tu honor dudar no puedo, pues si no tuvieras miedo, por qué habías de esconderte? Mas error tan vergonzoso prueba el logro de tu fe, que siempre en amor se ve que el indigno es el dichoso. De ser indigno, no es indicio el ser desdichado. Y por ser digno, le ha dado ella esta banda que ves. Pues toma, sin eso estás, armas y vuelve por ti, que quiero vengarme aquí de la envidia que me das. Qué esperas! riñe conmigo. pues ya te doy este acero. Siendo ya tu prisionero, no puedo reñir contigo. Pues si te has de rescatar sea riñendo. Eso es rigor, mi amo a usted le tiene amor, y aquí no ha de pelear por más que usted le provoque Por qué me tiene afición? Él tiene esta inclinación a los pajes de San Roque. Pues esa banda me da por rescate de los dos. No pidas eso por Dios. Suelta cobarde y di allá que Celín, a quien desprecia Elvira, te la ha quitado, que yo en probar me he vengado, como la elección es necia. Tú no dar prenda, Alcuzcuz? Este lazo de mi amante. Poner logo en mi turbante. No hagas tal, que tiene Cruz. Libre te quiero dejar, porque vea tu indecencia. Ven Alcuzcuz a Valencia. Cristianilios a expulgar. Cielos, sin alma he quedado: qué pasión es esta cielo! qué nieve, qué horror, qué hielo, que me tiene tan cortado! La sangre noble que arde en las venas de mi honor es la que siente el dolor de verme andar tan cobarde. Que es infamia el argumento de sentirlo, prueba bien, y que soy noble también, pues soy cobarde y lo siento: ah infamia, que ser promete la mayor que en hombres cabe, pues disculparla no sabe el mismo que la comete. Yo esto veo y esto escucho, sin que me mate el dolor! Jergón, yo perdí el honor. Pues ves, no has perdido mucho Cómo si estos me infamaron De qué haces lamentos tales que no vale cuatro reales todo cuanto te quitaron. Yo quiero entrarme en la lid a morir, que ya sin fama no me ha de ver más mi dama. Vitoria, vitoria al Cid, Pedro Bermúdez al fuerte. Cielos, Alvar Fáñez fiero hacia acá viene, yo muero si aquí me ve de esta suerte. Pues tu aliento se recobre. Y qué diré si me ve sin banda y espada a pie? Di que se la diste a un pobre. Los despojos que recojo aquí los quiero ocultar, que hoy a Elvira he de llevar de esta vitoria el despojo. Ellos serán los testigos del mérito de mi amor, voy pues a hacer la mayor, todos el alcance amigos. Señor esto te consagro. Qué dices? Ten corazón, y pues Dios te da ocasión, hazte tuyo este milagro. Si, que con estos despojos de los Moros vuelvo honrado. Y dirás que has peleado, como si ellos fueran cojos, que nadie te ha visto huir, metido en esta arboleda. Pero no sé cómo pueda, todo este valor fingir, ven, que ya para perder la banda, disculpa he hallado. Y yo diré que aquí he andado, como mula de alquiler. Teresa, gran tarde ha sido, ya se rendirá Valencia. En el campo se han quedado casi los más Moros de ella, a Martín Peláez no he visto toda la tarde en la Vega. Los árboles le encubrían, que el paso hacia la Rivera, y allí sin duda habrá sido la batalla más sangrienta. Ya mi tío vencedor vuelve. Y ya para la cena la mesa está prevenida, A su valor le deleita ir desde la cama al campo, y volver de él a la mesa. Rara providencia ha sido que en el sitio de Valencia tenga fundada tu tío otra Ciudad acá fuera. Los Alcázares que el Moro defiende con sus almenas, es imposible que igualen a los que el Cid tiene en esta. Ya el eco grave y sonoro de cajas y de trompetas, de que vienen trae aviso. Ya llegan a tu presencia. Ya que a vuestros pies, señora, me trae sin dicha mi estrella, lo que os debe a vos mi culto, es no venir sin ofrenda. Cincuenta esclavos os traigo, que prendí y veinte cabezas de Moros, que con mi espada cortó en el campo mi diestra. Esto ofrece por esmalte la joya de mi firmeza, donde es el oro la fe, porque mi amor es la piedra. Yo señora, habiendo sido mi fortuna hoy más adversa, solo he podido traeros por despojo estas banderas. Pues cuando la escaramuza, entre los Moros me empeña, tropezando mi caballo, cayó conmigo y la tierra medí arrastrado por él, hasta el muro de Valencia. Pero yo de mi desastre corrido apenas me deja, cuando estando a pie y sin armas pues fue forzoso el perderlas, acometí con un Moro, que tenía una bandera; quitésela y sin tener más armas que el hasta de ella, me dio lugar mi valor para ganar todas esas. Esas os vengo a ofrecer, tremoladas en mi pena: al aire de los suspiros que me costó vuestra prenda. Luego lo errará un gallina a contar una pendencia. La banda que yo le di no trae en el pecho puesta; pero aqueste no es lugar de preguntarle por ella. Cielos, las que yo cogí no son aquellas banderas, que no hallé donde las puse? mas en los Moros las señas son unas y es temerario juicio pensar que son ellas. Primo, quién con el valor sus desaires desempeña, la ocasión de su trofeo a su suerte le agradezca. A lo menos a una dama mejor es traer banderas, que puede hacer guardapieses de tafetán, mas si ella no comiese pepitoria, que ha de hacer de las cabezas? Otras banderas también, pude yo traer con ellas, con quien alguno se ha honrado. Pues si ese con diligencia, fue Jacob y usted Esaud, conténtese con lantejas. El que pensare que a mí me sirven glorias ajenas. Primos, basta, esta vitoria no la turbe esa contienda, pero ya llega mi tío. mis brazos señor esperan con el aplauso del triunfo, que ya mi dicha celebra. Aquesas gracias sobrina, solo a Dios darlas es deuda, que es quien vence las batallas, y yo espero que con esta queda el Moro tan postrado, que he de rendir a Valencia. Aquí está Martín Peláez, que sea tal su desvergüenza, que habiendo huido del Moro, aquí a parecer se atreva. Por no afrentarle entre tantos no le hago salir afuera, mas yo le cogeré a solas. Hijos, la naturaleza, desea el común alivio, que al apetito despierta la fatiga de las armas, vámonos, pues a la mesa. Aquí está ya prevenida. Alvar Fáñez a la vuestra, id vos con Pedro Bermúdez, y todos los que se sientan, por su valor con vosotros. Nuestra atención solo espera, que te sientes tú en la tuya, para llegar a la nuestra. Id pues, que ya estoy sentado, aquí sobrina te sienta. Alvar Fáñez guiad vos, que ocupáis la cabecera por vuestro valor. Venid. Yo pienso sentarme en ella. Qué miro, Martín Peláez Va con ellos sin vergüenza. Señor, entra tú delante. Sufrir esto es indecencia: deteneos, adónde vais? Voy a sentarme a la mesa. Pues no conocéis que vos no os debéis sentar en ella? Cielos, el Cid ha sabido que yo hui, notable afrenta! Conociole el manjar blanco. Este desaire me venga de los desprecios de Elvira. Pues señor, qué es lo que intentas! no es digno Martín Peláez, por sus bizarras empresas, de sentarse entre los otros. Llevado de la violencia, del furor no he reparado, que ese castigo, esa afrenta, siendo en presencia de tantos. Yo lo erré emendarlo es fuerza Alvar Fáñez, guiad vos, a los que con vos se sientan, que a mi sobrino le quiero sentar conmigo en mi mesa. Cielos, ya en él es ventaja, lo que pensé que era mengua, corrido voy de mi suerte. Cielos a cobrar se vuelva el color que ya del rostro me faltaba de vergüenza. Sentaos conmigo, sobrino. Señor, si tu sangre premias, digno es por ella mi pecho del favor con que me alientas. Retírate tú sobrina, que sentarte no es decencia con quien pretende tu mano. Porque mi primo merezca ese honor, me privo yo de tus cariños contenta. Servid la vianda. Cielos, quién esta dicha creyera? Vitorioso vuelve el Cid de los Moros de Valencia, dejando ya su estandarte tremolando en sus almenas. Dejad, sobrino ese plato, que por ese no se empieza. Cuál es? Yo os lo diré a solas, salíos todos allá fuera. A mí, señor, por la plaza de la Contaduría vuestra me toca asistir aquí. Qué plaza tenéis en ella? Soy Comedor de Resultas. Pues esperadlas afuera. Pues mandad que las partidas no vayan con muchas quiebras. Ya, señor, estamos solos; con que plato aquí se empieza? El plato a que yo os convido es a daros a entender que quien sois he conocido; porque aqueste plato ha sido el que habéis más menester. Y aquí, sobrino, advertid que es donde nadie lo entiende viéndoos huir en la lid, a solas le reprehende a Martín Peláez el Cid. Y no porque el corregir un yerro a solas es menos reprehensión, sino advertir, que las faltas de los buenos a solas se han de reñir. Yo os vi huir del enemigo sin probar a resistirle, y siento cuando esto os digo que sea tan fiel el testigo que no pueda desmentirle. Vos, a quien mi sangre alienta, huis afrentosamente; no sé cuál primero sienta, o el que en vos quepa esta afrenta, o el teneros por pariente. Mas sin duda no sería de la sangre de mi diestra la que huyó con cobardía, que el temor de la que es vuestra os pudo helar la que es mía. Si el huir fue imaginando alguna mortal herida, al correr no vais pensando que aventuráis más la vida huyendo, que peleando? El que huye a su honor infiel, pensando salvar la vida, es consigo más cruel, pues deja franca la herida al enemigo tras él. Si pelea, ha de costarle al enemigo el rendirle, el tenerle y el buscarle, y si va huyendo, el herirle le cuesta solo alcanzarle. Pues no es mejor defender la vida, que asegurar al que le quiere ofender, y gastar en pelear el trabajo de correr? La vida más fácilmente se ampara con el denuedo, y si el que teme es prudente, la misma razón del miedo le obligará a ser valiente. Siendo cierta esta atención, el vivir de miedo vil, no es falta de corazón, sino falta de razón, que es la infamia más civil. Y con esto os podéis ir, sin comer otro bocado; que si vos sabéis sentir, bien tenéis que digerir en el plato que os he dado. Cielos, sin alma he quedado de que el Cid mi infamia sepa. Señor. No me respondáis, idos ya de mi presencia, y sin honor no volváis a poneros más en ella; idos, qué esperáis? Ya voy. Si en su pecho cabe enmienda de este modo ha de adquirirla. Su reprehensión tan severa el temor me ha acrecentado. Ni a mirarle es bien que vuelva, porque sienta más su ultraje. Temblando, cielos, me deja. La vergüenza se despeche, si su desprecio se afrenta. Cielos, ya será imposible cobrar mi honor, aunque quiera, pues aun para restaurarle ya corazón no me queda.

JORNADA SEGUNDA

Jergón, si a mi pena atiendo, hallo al mirarme dudando, que aquello que voy buscando, lo mismo es que estoy temiendo. Hallar a Elvira desea la fineza de mi amor, mas si escucho a mi temor, me dice que no la vea. Porque haber dado en despojos la banda (ah vil cobardía!) el buscarla me desvía de la dicha de sus ojos. Si mi afrenta ha de saber, más me valiera morir, o, no sepa discurrir el que cobarde ha de ser! que he de hacer, que aún no lo indicia mi discurso, ni lo acierta? Decir, que por banda abierta te la quitó la justicia. No te burles cuando rabio; qué no pueda yo, Jergón, vencer aquesta pasión con que yo mismo me agravio. Que este mi infame temor me hiciese la banda dar! cómo en un mismo lugar caben vileza y amor! Que así al militar estruendo tiemble siempre a mi pesar, y tanto honroso ejemplar, ni me inmuta, ni le aprendo. Fáltenme fuerzas a mi para hacer dos mil pedazos a un hombre y entre mis brazos ahogarle. Pruebas en mí? tente. Mira si postrar sabré a mi contrario opuesto. Martín Peláez, qué es aquesto? Esto es quererme ahogar. Pues por qué causa, o por quién tanto su enojo mereces? Yo no lo sé, que otras veces solemos correr muy bien. En llegando vos, mi ira en suspensiones la trueco. Qué ira, ni qué embeleco, que ello fue. La voz retira, que aquí no hay que responder cuando tu culpa es tan clara, si ella en la banda repara la industria me ha de valer. Digo, Calla, o vive Dios. Pienso que me divertís con eso y ahora reñís porque no os riñan a vos. Pues en qué mi amor dejó al vuestro mal satisfecho? En que miro vuestro pecho sin la banda que los di yo: mal su fineza eterniza quien del alma le apartó. La banda ayer la prestó. A quién? Para una zuiza. Pecho en quien amor se abrasa dio lo que estaba adorando? Es que iba sargenteando el zapatero de casa. A más enojo me obligas. La verdad llego a decirte, antes quisimos pedirte unas medias y unas ligas. No siempre de gracia estés; medias a Elvira, a qué intento? No lo oyes? para el sargento, y volvértelas después. Elvira, mi pecho amante te confiesa con temor, que sin culpa tu favor perdí, porque este bergante, este infame. Esto faltaba. Vilmente se la entregó al Moro. Qué dices? yo. Si, por esto te pegaba cuando entró Elvira. Hay tal cosa! y lo crees? Si lo creo, que en ti no era caso feo no defender con briosa mano el favor que le di; pero al buscar su disculpa no viene a ser poca culpa que el Moro le hallase en ti: como al peligro presente de ella se apartó tu fe? Eso yo te lo diré; señora, muy brevemente: Empeñose mi valor tanto ayer en el encuentro, que me hallé solo y sitiado de tanto Morisco acero, que juzgué casi imposible el salir libre del riesgo, Y a este que en el huir, ni era culpa, ni era yerro, se la di, por si podía librarla y él con el miedo: No fueras gallina tú, si no fueras embustero. Dio en las manos de los Moros, que bárbaros como ciegos tu favor y el alma toda se llevaron por trofeo. Vino la gente del Cid, y librome del aprieto en que estaba; y si el amor: Callad, que es errado intento el querer que yo os admita por disculpa el desacierto. Un amante que se precia de fino galán y atento, una prenda de su dama la supo apartar del pecho? Supongo que eso es verdad; mas pregunto, era buen medio para vencer el peligro el privaros del aliento? Apartar de vos mi prenda por librarla, yo os confieso que fue fineza, mas fue fineza con desaseo. Fuerza fue que la siguiese el alma, pues no fue yerro despedir el corazón para entrar en el empeño. Cualquiera amante imagina que las prendas de su dueño no sé qué divino tienen a quien no se atreve el riesgo. Luego con el recelar que llegase a ser trofeo, a la deidad le quitasteis lo que disteis al afecto. Y supuesto que os librasteis, anduvisteis muy grosero en no fiarle al favor lo que hizo la dicha luego. Nada el afecto os disculpa, pues aun librándola, pienso que en el modo se afeara la ventura del suceso. Y no os digo que volváis por ella, porque no quiero que en hazaña que es tan propia os valgáis de mi precepto. Pero advertid, que como es lugar del amor el pecho, busco en él vuestra fineza, y vuestro descuido encuentro. Señora, mi bien, Elvira, oye, escucha: plegue al cielo que si yo; más para qué mis disculpas te prevengo si me suelta cada una otro delito más feo. Teresa, escúchame tú. Por cierto gentil sujeto para fiarle una dama un favor de gran misterio. Oye. Vaya noramala. Buena conmigo la has hecho, mi miedo no me bastaba sin achacarme tu miedo. Jergón, yo quiero volverme a vivir entre groseros peñascos, pues no me enseña, ni de mi tío el esfuerzo, ni la noble emulación de tanto ilustre guerrero; donde mi mucho valor más infame hace mi miedo. Vamos, Jergón, pero cómo si el alma en los ojos dejo de Elvira? Que no hay Elvira, sino que nos vamos luego donde nos metamos frailes, y tú serás cocinero, y yo seré tu ayudante, y el trabajo partiremos, y todo lo que matares yo te lo asaré en el dedo. Qué haré yo para vencer aqueste cobarde afecto? Beber muchísimo vino, porque yo cuando le bebo como veo tantas luces, de una vez mato y entierro. Esto está en el corazón, porque demás de que el cielo me dio fuerzas en las armas, cuando las juego soy diestro. Y cómo, la zambullida nadie la da tan a tiempo. En mi aquesto es invencible. Tu tío. Pues irme quiero. No puedes, que ya te ha visto. A su vista me avergüenzo. Aquí está Martín Peláez, reñirle agora no intento, porque si hacen los oídos al escuchar el desprecio, al oír la pesadumbre, y a sufrir el vituperio; ha de quedar más cobarde, porque en perdiéndole el miedo a la reprehensión, se hace a la color del afecto; pero aunque no he de reñirle, con maña alentarle quiero. Martín Peláez, agora Pelayo Díaz mi deudo, y vuestro padre, me escribe, que aunque ya cansado y viejo, la enfermedad y el achaque le tienen dos veces preso, vendrá a asistirme a este sitio de Valencia, que supuesto que ya la muerte le aguarda, quiere a mi lado muriendo adquirir eterna fama, comprada a tan corto precio. Vos, señor, nos dais a todos noble y generoso ejemplo. Yo os aseguro, sobrino, que vuestro padre en el tiempo que militamos los dos, enseñar pudiera esfuerzo al hombre más denodado, al más valiente guerrero. Y si le vierais, sobrino, cuando los Moros de Olmedo el tributo le ganaron al Rey Fernando el primero. Muy cerca de sus murallas ambos campos se embistieron, y el nuestro desbaratado a los primeros encuentros los dos nos vimos cercados, porque de los Sarracenos era el número infinito, y él viendo invencible el riesgo quiso que el valor quitase a la fortuna el imperio. Y volviéndose hacia mí, blandiendo el herrado fresno, me dijo: Rodrigo Diaz, una es la sangre del pecho, una la fuerza del brazo, y uno en los dos el empeño, uno el Rey y una la ley, y uno el Dios que defendemos, pues sea una la fortuna, Vivar, Santiago y a ellos. Cerramos juntos los dos, y por los Moros rompiendo, ninguno nos aguardó, que no registrase el suelo las plumas y los turbantes que esparcieron los encuentros. Dos primaveras formaban, que desmentidos los tiempos, primero fueron del aire, y de la campaña luego. Qué hazañas hizo aquel día! qué golpes! mas todo es menos si os digo que peleó lanza a lanza y cuerpo a cuerpo conmigo; si vive Dios, porque él la parte siguiendo del mozo Rey don García, y yo con mejor suceso la de don Sancho su hermano, en aquel lance postrero, en que perdió don García la libertad con el Reino. Discurriendo en la batalla, (aún en pensarlo me alegro) nos encontramos los dos, y vuestro padre resuelto viéndome sin la visera todo el rostro descubierto, que embestirme y conocerme es lo que yo le encarezco. Corrió conmigo y al verle tan alentado, os confieso, que al corazón se atreviera si no el temor, el recelo, a no ver que aquel impulso le gobernaba violento mi propia sangre y la mía se avergonzaba en mi pecho, si no anduviera brioso; y así fue preciso el serlo, porque en su valiente brazo cualquiera golpe sangriento se formaba para estrago, y servía para ejemplo. Oh, cómo me holgara yo, que nos vierais esgrimiendo las dos sangrientas cuchillas que hizo embotar nuestro aliento En fin le corté las riendas a su caballo y corriendo por el campo desbocado, sin que bastase a tenerlo, se apartó de la batalla, que a la vista del empeño solo si le guía un bruto puede huir un Caballero. Vuestro padre y vuestro tío eran los dos que os refiero, que si nos viérades vos, tengo sobrino por cierto, que a tener dos corazones, valor os sobrara en ellos. Vive Dios, que aun referido el más helado y suspenso pundonor, o si animarlo pudiera: pero qué es esto? quitaos, que aqueste clarín, que es de paz me ha parecido. No toquen con tanto ruido. Señor, el Moro Celín hijo del Rey de Valencia de paz te pretende hablar. La Ciudad querrá entregar. Y ya llega a tu presencia. Ya puedes hablar al Cid. Ya saber tu intento espera. Alá, que es Dios soberano te guarde. Por si te yerras es mejor que a cada uno le guarde el Dios que profesa. La banda el pecho le cruza. Ya lo advierte mi vergüenza la reprehensión de mi tío de suerte encendió mis venas, que ha de conocer el mundo el valor que las alienta. La banda le he de quitar a Celín y en esta guerra he de ser rayo de Marte pues la vida no aprovecha. Viviendo con deshonor, Valencia y el mundo sepan, que lo que fue en mi temor, es ya trueno, rayo y piedra. Gran Cid, lo que proponerte mi padre conmigo intenta, si a buena luz lo mirares es de todos conveniencia. Y aunque te ofrece la paz, nunca escusará la guerra; pero antes quiere intentar que a condiciones honestas nuestra amistad se reduzga dejando libre a Valencia, y si en esto te ajustares ha de ser de esta manera. La Alcudia donde tus huestes mal seguras se acuartelan será tuya; ya tú sabes que el ámbito de su cerca con el nombre de arrabal la Ciudad le excede apenas, Y el feudo que el nombre solo puede hacer grande la empresa te dará cien mil cequíes, que aunque el valor te avergüenza de este yugo te aseguro que en sus cuellos permanezca sin que le escuse el orgullo, ni le sacuda la fuerza. El intento de mi padre es que se escuse la guerra, y la paz amiga estorbe tan repetidas tragedias. Dese fin a tanto estrago, y únanos la conveniencia de suerte que tú no quedes desairado, si es que dejas la conquista que empezaste; mi padre que esto te ruega aunque de peor fortuna dorará en algo su afrenta. Mucho es lo que te ofrecemos, y no por aquesto entiendas que falta en los corazones el valor que los gobierna. Porque si acaso animoso, o imprudente no lo acetas, hallarás cuando lo pruebes en nuestros muros defensa, en nuestros ánimos brío, en nuestras escuadras fuerza, altivez en nuestros pechos, milicia en nuestras banderas, lealtad en nuestros vasallos; y lo que es más, si te empeñas un rayo en aquesta espada, fulminado en vuestra ofensa. Celín, sin que le responda a los riesgos que me enseñas, que en suma importan muy poco, porque el que ofreciendo llega un tributo, cuanto dice todo a rendimiento suena. Digo que lo que propones, aunque yo hacerlo quisiera no pende de mí, que yo no soy dueño de esta empresa Los Nobles que me acompañan, cuyas generosas diestras me han compuesto a mí el laurel, que libre mis sienes cerca, son los que han de resolver, si es decente lo que intentas. Hidalgos de mi mesnada, cuyo valor y destreza son cuidado de la fama, y aplauso de su tarea. Ya oísteis lo que Celín nos ofrece en su propuesta: determinad esta causa, aquí guerra nos presenta, y paz, de cuyos partidos el valor se lisonjea. Qué decís? queréis que cese nuestra honrosa competencia con que aspiráis a la gloria de ver rendida y sujeta esta Ciudad, cuyo asiento de inexpugnable se precia? Queréis que exceda el valor o queréis con más violencia que en el sitio se prosiga, hasta ocupar sus almenas? Yo digo que se prosiga, que aunque difícil parezca, a tu celo y a tu brazo no hay cosa que se defienda. Y yo sigo este dictamen, que es desaire y indecencia, que sobrándonos la vida, no se dé fin a la empresa. Yo diré si me escucháis. Diréis que la espada vuestra era bastante a rendirla, y que en sus fuertes almenas sabrá poner vuestro brazo mis vencedoras banderas. Mas no hay para que decir nada de esto que es bajeza, que donde las manos hablan tenga que decir la lengua. Quizá no respondería nada de eso. La presencia de mi tío te disculpa, que si no, vuelto en pavesas quedara todo tu aliento; pero presto. Ya resuelta vuestra demanda, Celín, nada que deciros queda, supuesto que mis Fidalgos la paz que pedís os niegan. Y yo si he de dar mi voto, sin que en nada les preceda, digo que yo me he movido a proseguir esta guerra mas por ensalzar la Fe de Dios, que el pecho confiesa, que por conveniencias mías. Y hasta que Valencia sea tan mía, que sostituya el error de vuestra seta del Evangelio divino la Católica certeza. Y hasta que vuestras Mezquitas en basílicas convierta, donde el Bautismo sagrado del cielo os abra las puertas no he de levantar el sitio, porque si el brazo me lleva el cielo, no será mucho, que con el amago os venza. Eso sí, ganarlo todo, para que el plantal de el cepa. No fuera dificultoso que a vuestra ley se viniera a reducir este Reino, si se trocara la guerra, en que tu sangre y la mía; pero no es tiempo de aquesta proposición. Pues Celín llévale aquesta respuesta al Rey Alvenxaf tu padre, y porque de nuestras fuerzas le puedas dar la noticia, y del riesgo que le espera, discurre por los cuarteles donde pretendo que veas una noble disciplina, que por si propia se observa. Pues que tú gustas, gran Cid, usaré de esa licencia y por ver si agora puedo ver de Elvira la belleza. El cielo tu vida guarde. Él mismo en tu amparo sea. Vamos hijos. Pero advierte, que sea muy breve la entrega de la Ciudad que os defiende, porque si os tardáis en ella buscándoos en la campaña lanza a lanza y diestra a diestra, os sabré arrancar del pecho, sin hacerme resistencia, un deseo que os engaña, y esa banda que os alienta. En la campaña os dará mi brío mejor respuesta, que agora embaraza mi ira el ver a Elvira; Zulema quédate aquí, porque así des ocasión a que vuelva a buscarte, por si puedo ver la luz en que se quema el alma, ya has entendido. Ya entiendo; andad norabuena: allí estar un Cristanilio. Yo quiero ver si se suelta la mala opinión que tengo de gallina, o por si acecha alguno con este Moro, que debe de ser badea como yo; quiero intentarla: A seor podencón, qué espera? Esperar lo que querer, Como, qué respuesta es esa? que quiere apostar el perro, que le alargo las orejas como si fuera de falda. Como hablar de esa manera? Tengo agora de enviarle a uso de Carnestolendas. Pues tú hablas de ese modo, por el zancarrón de Meca, que si sacar el alfanje, que te eche a tras la cabeza, y parecer gigantilla, cuando arrimar al taberna. Buen lance habemos echado; cuánto va que me derrienga: mas con todo he menester sacar fuerzas de flaqueza: Oyes Morillo borracho, quieres que el cuerpo te muela? Tú andar por ver el alfanje, pues verle y tomar aquesta, y luego tomar estotra, y luego ajustar la cuenta. Tente. Con revés y tajo, y luego con gran destreza besar y volver al vaina, dar mano y ahogar pondencia; ya estar amigos. Y cómo? Tu no conocer Zulema, traer alfanje de Damasco. Para mí ha sido de felpa. No entender lo que te he dicho? Ya entiendo que echemos sendas venidas. Ya yo saber que se llama colanderas. Pues tú bebes vino? no es contra tu ley. Y aun por esa darle famoso gustilio al Morilio cuando beba. Vamos a hacer la razón. O si mi dicha quisiera que yo viera a Elvira hermosa! A donde te vas Zulema? Habemos hecho una muerte, y en vez de tomar Iglesia, vamos a tomar Ermita. Mirar, la llaga estar seca, y yo a dar con pelotilla. Y con cuánto te contentas? Yo del hígado estar malo, y bastar arroba y media. Mas si el amor no me engaña la hermosa Elvira es aquella. Salgo a ver si aqueste Moro que de paz vino a la tienda de mi tío, facilita el rescate de mi prenda. Que así de Martín Peláez el riesgo evitar quisiera, ya que por andar más fino llegó ignorante a perderla. Celín, yo vengo a rogaros que hagáis por mí una fineza, y es, que una prenda que esta cautiva; No hay que os suspenda, que la prenda que buscáis es la que el pecho atraviesa. Y a lo de que está cautiva, vuestro discurso se yerra, porque yo su esclavo soy, y quien me apasiona es ella. Huélgome que vos seáis el dueño de esta materia; porque quien tan fino vive, preciso es que me obedezca. Y supuesto que esa banda la trajo la contingencia a vuestro poder; y así no es fortuna el poseerla, porque una dicha forzada desaira y no lisonjea; os pido me la volváis, que no es mucha gentileza que vos llevéis el favor, si en mi la intención se queda. Lo primero que mandáis el alma es fuerza negaros, y yo sé que es obligaros no hacer lo que me ordenáis. No quiero que la pongáis donde otra vez la indecencia la entregue a la contingencia; y estimad aquesta acción, que es obra de estimación, lo que es falta de obediencia. Yo bien sé que por guardarlas dos mil vidas perderé, y en otra mano, bien sé que ha de ser aventurarla: en mi pecho he de hospedarla, como en seguro lugar; de aquí no puede faltar, que bien se deja entender que la sabrá defender el que la supo quitar. A un hombre vil, mi valor se la quitó en la batalla, tan cobarde, que guardarla no supo, teniendo amor. Oíd, que tomáis error en pensar muy arrogante que el hombre vil y ignorante que la banda os entregó, y tan mal la defendió, nunca pudo ser mi amante. Si yo tengo de creer lo que la fama pregona, al que ha de ser feliz dueño de vuestras luces hermosas se la quité. Ese es engaño, porque un criado que ignora leyes de honores de amor os la entregó con fe poca, y vencer a un hombre vil no fue hazaña tan gloriosa. El que a mí me la entregó, con vileza y con deshonra fue Martín Peláez, que a vos con lengua toda engañosa aqueso os habrá contado. Qué escucho! Pero es muy propia la acción de un pecho cobarde, querer que enmiende la boca lo que no alcanza el valor. Y pues mi dicha no logra que aqueste favor sea mío, pues como ajeno le goza, ni tampoco he de volverle, porque mi pecho le adora. Me iré, no sé si corrido de ver que así se apasiona vuestro amor por un amante que sus favores malogra tanto, que cuando ha sabido lo que mi verdad le informa le ande buscando disculpa a una acción tan vergonzosa. Cielos, qué es esto, en mi pecho nuevos volcanes se forjan! Martín Peláez es cobarde y vive con tanta nota, que falta al bizarro aliento de que sus venas blasonan! Un hombre sangre del Cid, cuyas hazañas gloriosas, son envidia a las ajenas, y ejemplo honroso a las propias! Un noble ha de ser cobarde! Hágase la fama sorda a esta voz, porque no cuente una afrenta tan notoria. Vive Dios que estoy corrida; tanto su infamia me enoja de haberle dado en el alma el lugar que ya no goza. Salga del pecho, aunque el pecho con la violencia se rompa; mas cómo cuando le quiero; oh pese a la voz traidora que a escondidas del valor bastardamente se forma. Salga del pecho repito, porque aunque lo siente agora, no será dificultoso sacarlo de mi memoria: que un cobarde aun en un alma que ciegamente le adora, cuando le quieren echar hace resistencia poca. No quede en mi ni aun ceniza del amor que en mí se borra, no es defecto, no el defecto, que después que se apasiona la voluntad al buscarle, aunque le mira le ignora. Faltas de la condición, fealdades de la persona sabe hacerlas perfecciones el amor si las retoca. Pero la vil cobardía es falta tan vergonzosa, que del amor los colores ni la encubren, ni la embozan. Y no se ha de perdonar, aunque se perdonen todas; muera el amor; pero él viene, mal mis dudas se reportan, y entre escollos de cariño mi honrado enojo zozobra. Aquí está Elvira, a sus ojos arde el alma que la adora. Rosituerta está sin duda, de banda a banda la enojas. Yo llego, divina Elvira. Mucho me temo a mí propia si deja el entendimiento a la voluntad a solas. Dueño a quien rendido adoro no tu agrado así se esconda de mis ojos, que en los tuyos buscan luces y hallan sombras. Mi delito fue fineza, que tal vez quien mucho adora hace los yerros mayores, pero luego los perdona. La razón a quien se rinde la voluntad más quejosa, yo lo erré de puro fino, mi propio afecto me abona. Ya sé lo mucho que os debo, Celín me lo ha dicho agora. Zape. Y sé que ese criado la prenda de que él blasona la entregó, no habléis en ello, que tenéis razón que os sobra. Si al que está celoso oís, no será mucho irritaros. No tenéis que disculparos, que sé que en todo mentís; mentís mil veces. Señor, qué aguardas, saca la espada, y dala una cuchillada; para cuándo es el valor? Si algo os dijo, deshacer con vos mi dicha querría, y así me descompondría. También esto puede ser; mas no es posible dudar lo que el discurso previene; pero allí Alvar Fáñez viene. Ahora pienso averiguar si es cobarde, que si aquí le veo andar con valor, tendrá bastante mi amor para olvidar lo que oí. Señora, aunque despreciado de aquesos ojos hermosos, que no la ven dos dichosos en un decente cuidado. Vengo a pediros licencia por no dudar en la hazaña, para echar de la campaña a los Moros de Valencia. A retirarles de nuevo me envía el Cid por honrarme y nadie basta a estorbarme, si vuestra licencia llevo, parte en la empresa os alcanza; y así para más despojo, cuando yo pongo el arrojo, poned vos la confianza, Alvar Fáñez, no es favor el que agora me pedís, porque si con vos salís, siempre vendréis vencedor. Id tanta hazaña a emprender, que aunque el riesgo no os consiento, confiada en vuestro aliento quiero que vais a vencer. Haced glorioso este día, y esto de paso advertid, que tengo sangre del Cid, y estimo la valentía tanto, que si a mi despecho a hombre a quien valor faltó llegara a inclinarme yo, me le arrancara del pecho. Un lazo se le ha caído. No ves aquello, señor. Triunfo será de mi amor contra el mundo si atrevido. Desde aquí atenderle puedo. Se me opone. Quien tal vio! Alvar Fáñez levantó la cinta y él se está quedo. Ya su bajeza he notado, y esto no tiene remedio: ese favor os llevad, ya es favor, si no lo fue. Ya este negocio se ve en sala de voluntad. Cielos, ya diré sin miedo que favorecido voy! De celos rabiando estoy, y ya sufrirlo no puedo: Alvar Fáñez. Qué queréis? Que me deis aquesa flor. Vete de espacio, señor. No es poco lo que emprendéis. Agora en valiente das? No hay que resistirlo vos, que esto ha de ser, vive Dios. Muy bueno va, jura más. Muy necia es vuestra porfía, que esta prenda que os da pena, si la estimé como ajena, mal la daré siendo mía. El favor habéis de darme, pues lo he llegado a emprender Mirad, soy de parecer, y aquesto no es escusarme, que pues dos prendas tenéis que cobrar, esta que adoro, y esotra que tiene el Moro, que por aquella empecéis. Él la banda os despojó, y la llevó por trofeo, y este favor que poseo Elvira a mí me le dio. Y así, que a aquella demanda acudáis os digo aquí, porque si empezáis por mí, no llegaréis a la banda. Este no es lugar decente para hablaros mi decoro. Arma, arma. Este es el Moro que provoca nuestra gente, y pues que quiso nombrarme el Cid a esto he de acudir. Eso no puede impedir. Cuando yo vuelva, buscarme podéis, si acaso el valor sale del riesgo que veis. Claro está que venceréis si os anima ese favor. Pues voy a emprender valiente más triunfos con que alentaros. Yo sabré después buscaros. Hallareisme fácilmente. Pues al valor. La enemiga gente aguarda mis banderas, y así adiós. Va esto de veras? Si, para que el mundo diga que entre afectos diferentes pues hacen celos y amor lo que no hizo el pundonor, que el amor hace valientes.

JORNADA TERCERA

Apenas al rebato con denuedo salí cuando los Moros temerosos de verme en la campaña, decir puedo que atrás vuelven los pasos presurosos, o es falta de poder, señor, o es miedo volver cobardes y salir briosos. No es falta de poder, temor no ha sido; mas escuchad, sabréis lo que he sabido. Es, amigos, que el Moro poderoso, Rey de Valencia, viéndose sitiado, intenta con su ejército animoso a campaña salir desesperado. Mas porque enfrene el ímpetu orgulloso, yo como que le busco anticipado le he de esperar al pie de la muralla, o se gane, o se pierda la batalla. Bien veo que es arrojo más que humano, amigos emprender acción tan rara, y aunque es grande el poder del Africano, no ha de decir que el Cid volvió la cara. Tengo en mi ayuda el brazo Castellano, el Cielo a los Católicos ampara, pues las flechas que arroja airado Marte, si las tira el furor, Dios las reparte. Y aunque Valencia está fortalecida, si venzo al Agareno en la campaña, la guarnición que deja prevenida, siendo menor, hace mayor la hazaña. Para ganar la plaza esclarecida, el valor y la fe nos acompaña, pues ese campo verde veréis antes nevado de sus bárbaros turbantes. Noventa y seis batallas he vencido, no lo repito aquí por vanagloria, noventa y tantas dije, más han sido, cansose en contarlas la memoria, para gloria de Dios se ha conseguido, y también de mi patria para gloria, con que en mi edad tasando los empleos, menos los años son, que los trofeos. Con el que emprendo hoy se ilustran todos, pues sin duda Valencia ha de ser nuestra si el heredado esfuerzo de los Godos quisiese armar la militar palestra, con ardid y valor por varios modos dispuesta la invasión tiene mi diestra. Vos, Alvar Fáñez, por caudillo os nombro, vea el Alarbe en vos el mismo asombro. Garci Ramírez a su cargo tiene el guion merecido a su ardimiento, Nuño Sánchez también a servir viene rigiendo un escuadrón su heroico aliento. Y así antes que el Sol con luz perenne borde de rosicler el mar y el viento verán desde sus altos torreones los Moros tremolar nuestros pendones. Con el tercio, señor, que me entregares al peligro mayor pondré la vida, hasta que correr vea en largos mares la campaña de púrpura teñida. De Pelayo los hechos singulares en mí tendrán imitación lucida, que quien de Elvira aspira a los favores vienen a ser lisonjas los rigores. Hoy su mano será del que más digno se señalase por sus nobles hechos. A pesar de las leyes del destino suelen ser venturosos los despechos, yo lograré su cielo peregrino, pues ejemplo he de ser de amantes pechos; no aguardes a mañana, señor, vamos, y a los soberbios muros embistamos. Alvar Fáñez, de espacio. No consiente mi furia dilación. Esa osadía templad, porque mañana al más valiente ha de sobrarle la mitad del día, cada cual se prevenga diligente, que el choque ha de ser tal y la porfía que se verá mañana en la campaña o vencedor el Cid, o muerta España. Haced agora del valor alarde, y el que fuere cobarde no me siga, que estorba a los valientes un cobarde, y es juntar al valor bastarda liga: venid tras mí. Tu vida el cielo guarde, pues tu valor a todos nos obliga, hoy saldré vencedor y no vencido, pues que de Elvira voy favorecido. Ya de mis iras ha llegado el plazo. Alvar Fáñez, venid. Otro embarazo: mas llamarele luego a la campaña, aunque le ilustren una y otra hazaña, y más cuando a mi amor (de pena rabio) le añaden esta ofensa y este agravio. Que siendo el Cid mi sangre, así me ultraje sin hacer caso aquí de mi persona! qué esto he mirado! o pese a mi coraje! así mi sangre y méritos baldona! de afrenta puede haber más vil linaje! Si esto sufro mi ser, de qué blasona? yo por cobarde pierdo la grandeza que se debe a mi sangre y mi nobleza. Yo por cobarde estoy así desestimado, y entre todos los nobles abatido! Yo por cobarde estoy menospreciado de Elvira a quien adora mi sentido! yo de los Africanos murmurado! y de mi propio aquí no estoy corrido, oh pese a mi temor! oh infame aliento! vil soy, pues que no siento lo que siento, mejor fuera en injuria tan penosa romper las venas y arrojar la vida. que ver aquí mi sangre temerosa de vergüenza en la cara detenida. Qué hace mi corazón que así reposa en estrecha prisión y ciego olvida, suspendida entre pálidos temores los timbres que heredé de mis mayores. Yo enmendaré mi ultraje; ah rigor fiero! de suerte que sin dar la queja al labio, purifiquen las astas de este acero el femenil achaque del agravio. Hoy verá en mi valor el Orbe entero de la injuria mayor el desagravio, si es que primero con acción violenta el cordel no me ahoga de la afrenta. yo no puedo sosegar, Jergón, con una aflicción. Di tu mal, pues un Jergón tienes en que descansar. Bien has echado de ver el poco caso que aquí el gran Cid hizo de mí. Diz que te ha visto correr; yo le respondí: Señor, no es malo tener seguro por si vendes algún juro un pariente corredor. Aunque haya quedado mal, mi amo anduvo muy bien; a que replicó ceñudo: Alvar Fáñez cómo irá, y llamándote gallina me arrestó de pollo crudo, Mi culpa ha dado ocasión a que Alvar Fáñez así hable en ausencia de mí; no, no culpo yo su razón. Con razón mi sangre infama, pues cuando a la guerra viene no es tan noble el que la tiene, como aquel que la derrama. Mas de suerte he de enmendar este ultraje con mi aliento. Mira, señor, un Convento no te puede a ti faltar, la guerra no es para todos, pues cuando chocan las haces tú de los Godos te haces, como vienes de los Godos. La Corte te está mejor, adonde hay paz sin desvío, da más gusto Prado y rio, paseo y calle Mayor. De esta guerra y de su robo será muy justo apartarnos, y si es que hemos de alojarnos, sea en la calle del Lobo. Y qué dijera de mí Elvira en esta ocasión. No la obliga tu afición, pues que delante de ti Alvar Fáñez favorece. Pues hoy sabrá mi valor quitarle aquese favor que su aplauso desvanece. Todavía en eso das? Buscarle ofreció mi amor para quitarle el favor. Mira que es un Barrabás, quitársele, de qué suerte? Cuerpo a cuerpo peleando. Qué dices, te estás burlando? Otro espíritu más fuerte, otra vida, otro sentido, otro coraje, otro aliento me ha dado aquí el sentimiento de ver mi honor abatido. Corrida está mi memoria de mi temor y así intenta pues yo me busqué mi afrenta labrarme aquí la vitoria; y así tú me has de llamar a Alvar Fáñez. Yo, si haré; pero dime para qué? Aquí le pretendo hablar. Justo es ya que te desmayes si con él te haces valiente, pues no tiene para un diente en cien Martínez Pelayes. Y además de esto, señor, es su ventaja excesiva. En qué la ventaja estriba? En que él riñe con favor, sus fuerzas son inhumanas, y si ve que tal conciertas, a ti te echará por puertas, y luego a mí por ventanas. No repliques. No hablo nada; yo voy por él en persona, plegue a Dios que esa intentona no te salga trasquilada. Bien conozco que el valor de Alvar Fáñez no es pequeño mas vive Dios que es empeño de ser mi competidor de suerte pone en aprieto mi encendido corazón, que he de hacer que su afición olvide por mi respeto. Por su valor conocido es más que un hombre, o soldado, pues si él le tiene heredado, yo me le busco adquirido: porque llego a sospechar, que aquesto de ser valiente es aprehensión solamente, y el secreto he de apurar, y ver si puede mi aliento forzado de la razón, como otros por corazón reñir por entendimiento. Por qué han de tener sus vanos bríos más poder que yo, si el cielo a todos nos dio iguales almas y manos? Y así cualquiera aunque tarde, podrá por razón tener igual acción para ser más valiente, o más cobarde. Un criado vuestro agora me ha dicho con mucha prisa que vos aquí me esperáis; qué queréis? Bien lo podía presumir vuestro valor, que el sitio es seña precisa del intento a que yo os llamo. Si a reñir me desafía vuestro valor ofendido por los favores de Elvira, en verdad que me he alegrado de ver vuestra bizarría, que se os había olvidado ese brío ha muchos días, y el parabién quiero daros, aunque sea a costa mía. Y en fin me desafiáis? miradlo bien por mi vida; porque imagino que sois un poco corto de vista. Yo os llevo grande ventaja. Mas su desprecio me irrita, señor Alvar Fáñez, yo vengo de sangre tan limpia, que ninguno decir puede que se adelanta a la mía. Y aunque hasta aquí mi temor vuestro desprecio acredita, no es mancha de mi nobleza lo que es del brazo ignominia. Tampoco puedo negaros que las acciones indignas envilecen el sujeto, mas no manchan la hidalguía. Porque como aquella gloria de otro valor se deriva, cuando la ultrajo, es ajena, y cuando la ilustro, es mía. Por el señor se respetan los criados, aunque vivan con acciones desiguales; y en vos fuera acción muy digna honrarme por mi nobleza; pues esta no tanto mira al brazo que la defiende, como al pecho que la mira. Y cuando mi corto aliento dio de mi temor noticia, yo no era Martín Peláez, sino una copia fingida de helado mármol, que estaba entre caducas cenizas, a quien despertó la voz, y la militar sordina de aquellas nobles hazañas heroicamente adquiridas de mis abuelos, que son mudos avisos que inspiran en mi olvido temeroso el fuego de ardientes iras. Conozco que mi temor a mi infame cobardía han deslucido el respeto que a mis timbres se debían. Y que vos por esta causa. con desprecio, o con envidia os interponéis amante a los festejos de Elvira. Sabiendo que fui el primero que de su beldad divina seguí el norte favorable que aseguraba mis dichas. Culpa es esta, que no admite satisfación y así sirva de aviso, para que vos dejéis la empresa que es mía sin publicar esperanzas vilmente desvanecidas. Y no solo habéis de hacer lo que os propone advertida mi voz sino que también aquese airón que os publica amante y favorecido de su amorosa caricia me habéis de dar, ved agora lo que resolvéis aprisa; que esto ha de ser vive el cielo; porque vea vuestra envidia que a quien vos quitáis la dama, también el favor os quita. Famosa resolución; por Dios que ella es bizarría, salga, o no salga dichosa: mas si acaso no imagina que soy Alvar Fáñez yo. No respondes? Mi cuchilla dará a vuestro atrevimiento la prenda que solicita. Yo la quitaré más presto. No he visto en toda mi vida más valor. Cielos, que tanto a mi orgullo se resista! Yo tropecé. Rinde agora el favor. Antes la vida daré primero que incurra en una acción tan indigna. Pues yo te le quitaré. Con ventaja me le quitas. Por qué? Porqué he tropezado. El golpe de mi cuchilla te derribó. Fue dichosa. Lo que fue valor, no es dicha. La de quitarme el airón agradece a mi caída. Pues vuelve a cobrarle tú que por eso con la vida yo te he dejado, pudiendo matarte. Aunque tú me obligas con acordarme la acción de tu heroica bizarría, es tan sensible el afrenta de ver que ha de ver Elvira el favor suyo en tu mano perdido con ignominia; que tengo aquí por mejor ser ingrato a quien me obliga, que el irme sin esa prenda, aunque me cueste la vida. Yo te perdono lo ingrato, y te aconsejo que riñas; pues con eso no dirás que el vencerte ha sido dicha, mira agora no tropieces. Bizarro aliento te anima. Señores, acudan todos. Qué es esto? Que se acribillan, y están hechos dos harneros. Aún lo duda mi porfía; Martín Peláez riñendo con Alvar Fáñez? me admira que intentase su temor tan desusada osadía: qué es esto? no respondéis? Martín Peláez lo diga. Alvar Fáñez lo dirá. Yo, si haré, que aunque es desdicha de la acción, no he de negar la verdad, cuando se obliga mi cuidado al desempeño de aquella desgracia misma. Martín Peláez, señor, al campo me desafía sobre el favor de una dama que yo feliz poseía. Con valor me le ha quitado, y así ahora mi porfía cobrarle otra vez pretende, que no es justo que se diga que Alvar Fáñez desairado quedó sin fama y con vida. Dices bien, vuelve a cobrarle: tu presencia nos permita, señor, que a reñir volvamos. Que es lo que mis ojos miran! vos reñís con Alvar Fáñez. Amor, mis fuerzas anima; además que del letargo en que olvidado dormía el valor me ha despertado del ser quien soy la noticia. La flema de mi temor. se pasó a melancolía: esta convocó la sangre que afrentada y oprimida dio lugar en todo el pecho a la cólera y la ira. Ya de esta pasión soy todo; aqueste airón lo acredita, que al hombre más valeroso ganó mi espada atrevida. Tú ahora, señor, le da licencia para que riña, que constante aquí le espero, pues no es justo que se diga que un hombre como Alvar Fáñez quedó sin fama y envidia. Pues aunque pese: Tened; como en la presencia mía vos imprudente y vos loco usáis de acción atrevida a vista de la batalla mayor que la edad registra, y de que pende la gloria de España y del Cid Ruiz Diaz tratáis de duelos de amor? Mejor fuera que esas iras se emplearan para estrago de las escuadras Moriscas: yo sé que fuera esa dama más festejada y servida de los dos, si a los dos viera de entre la sangrienta ruina venir llenos de trofeos, y banderas enemigas. Estas sí que son acciones de que las damas se obligan, no en reñir por un favor que fue del cabello insignia. Mozo he sido yo también, y al fin, me acuerdo que un día quise obligar a Jimena con una fineza, digna de su hermosura; y no hallando cosa igual con que servirla, contra los Moros salí, y fue tan grande mi dicha que sus tierras les gané; con que luego al otro día a Jimena presenté para alfileres seis villas. Yo sé que de estas finezas se obligara más Elvira: todo lo sé; la contienda se quede aquí por mi vida. Porque he menester las vuestras para esta heroica conquista: que ocasión habrá después en que mejor se decida la de vuestro amor constante: o lo que la sangre tira! de ver a Martín Peláez el pecho se regocija, pues ha vuelto por su fama; pero es noble, no me admira: yo he de ver si en la batalla usa aquestas bizarrías: venid conmigo Alvar Fáñez. Es mi obediencia precisa: en el campo os buscaré, que entre la batalla misma la prenda espero quitaros. Miradlo bien por mida, porque imagino que sois un poco corto de vista, y os llevo grande ventaja. Bien está: yo voy sin vida. Has andado como un Cid; eso sí, tu aliento viva, y beba; vive Dios que eres valiente por la tetilla: mas para serlo cualquiera no hay más que tirar apriesa hurgonazos y adelante, que lo demás es mentira. Galán estás como el Sol, bravamente el airón brilla: quieres que diga una cosa de que te has de holgar? Sí, dila. Pues, señor, de aquesas rejas te estaba mirando Elvira, y vio toda la contienda; y cierto que juraría que aun ahora te está viendo por alguna rehendija; paseémonos los dos. Dices bien, fuera gran dicha que ella me viera, o me hablara. La vil de la Teresilla es grandísima bellaca, y de mi amor hace fisga favoreciendo a un Trompeta, que es de Alvar Fáñez mochila, y con hablar muy mal de ella, ella le quiere y le estima: mas qué miro! Mi señora, que os detengáis os suplica, pues por esta puerta falsa que aquestos campos registra saldrá a hablaros. Cómo es eso! Teresa, a mí a hablarme Elvira, cuando la enoja mi sombra? La sombra, si no la vista, el grande amor que le tengo a estas finezas me obliga. Quien aborrece la sombra el sujeto desestima. Vuestra medrosa opinión vino a ser la sombra obscura que no amé, que a la pintura le quita el precio un borrón. Más vuelve a su estimación del pincel recto enmendada, y así debe ser amada la vuestra de mi cuidado, pues el borrón le ha quitado el pincel de vuestra espada. Para volveros le ha sido, señora, aqueste trofeo, que contra vuestro deseo no he de ser favorecido. La sombra que vuestro olvido vio en mí, me ha dado el coraje, que como el borrón ultraje, me hacía, gané el airón, porque oculte aquel borrón lo blanco de este plumaje. Vos le lograd generoso, que está muy bien empleado, y pues vos le habéis ganado, que le gocéis es forzoso. Por vuestro me hará dichoso Guardadle mejor. Si haré, que en valor, nobleza y fe soy otro ya. Si es así, lo mismo hallareis en mí, que otra en amaros seré. Otra. De ver vuestro aliento volvió el amor. Cómo así? Muerta al viento una luz vi, y encenderle al mismo viento, cuando vuestro desaliento perdió el honor, gloria y fama; la luz que mi pecho infama murió con vuestro temor, y agora con el valor vuelve a renacer la llama. Yo confieso que el favor que he ganado aun no merezco, y así quejoso me ofrezco, culpando vuestro rigor, pues a mis ojos fue error el ponerle en otra mano. Delito más inhumano cometió vuestro decoro, pues vos le disteis a un Moro, y yo le he dado a un Cristiano Yo le cobraré de suerte, que muy presto le veáis, o por lo menos oigáis que he despreciado la muerte. Con eso, si bien se advierte, dais materia a mejor llama, y aseguráis gloria y fama, y a mí un gusto sin afán, que el aplauso del galán es vanidad de la dama. De estos atributos tres hará alarde mi afición, para que vuestra elección no me desdeñe después. De discreto y de cortés bastante seña habéis dado; falta ahora lo soldado; porque mayor gloria encierra una acción hecha en la guerra, que un triunfo en paz conquistado. Y ella no mira; hay tal! ser esquiva de par en par. Yo como puedo mirar, a quien no he podido ver. Mira que soy fino amante, y te adoro. Linda treta. Por Dios quien quiere a un trompeta, que querrá a un coleto de anre qué has hallado en él, que así le adoras? Por él me muero. Y en fin le quieres? Le quiero. Pues él dice mal de ti, y que eres un Bercebù publica su heroica hazaña, y que no hay en toda España mujer más fea que tú. Con esa cara tan fiera como tu ingenio lo tasa, así me quieren en casa. Es verdad para tercera. Pues en aquesto quedamos. Pero qué escucho, señora? ya de prevenirme es hora para la empresa a que vamos: yo le volveré a quitar la banda al Moro y veréis cómo el cargo que me hacéis vuelve mi aliento a enmendar. Id con Dios. De mil despojos he de enlazar vuestra frente; mas a quien no harán valiente las luces de aquesos ojos! Ven Jergón. Hoy me haré rajas contra el Morisco escuadrón; vamos, que aunque soy Jergón yo no me duermo en las pajas. Ya sabes que tengo amor Teresa, a Martín Peláez, y que él empeñado ahora para volver por su ultraje ha de buscar el peligro. Mil temores me combaten; pues también si en esta empresa no hace hazañas memorables se priva de que mi tío, que en esto está vigilante, le dé mi mano por premio. Con lo cual de entrambas partes me hallo cercada de dudas, porque es mi amor tan constante, que ha de ser Martín mi esposo, o no he de admitir a nadie. Con eso sales ahora, cuando el valiente Alvar Fáñez, piensa por ti. No le nombres. Pues señora, en este lance, qué es lo que intentas hacer? Seguir Teresa su alcance, y disfrazada Velona, sin que los riesgos me atajen, sin que me estorben las flechas, ni la muerte me acobarde, vencer, o morir briosa, siempre al lado de mi amante. Así olvidas tu decoro? No es esto amiga olvidarle, que la que sigue a su esposo, en peligro semejante, la sobra de la fineza, le añade al honor quilates. Con tu gusto me conformo. Ven y verás cómo amante, da mi brazo asunto al bronce, y mi amor materia al jaspe. Esperad canalla infame, no os retiréis tan vilmente, que todos juntos sois pocos, para este brazo valiente. Ilustre y bizarro joven, la furia osada suspende, que inclinado a tu valor, y viendo lo que mereces, dueño serás de mi Imperio, si a los tuyos dejar quieres, y ponerte de mi parte, pues viendo estás que tu gente vencida va y aunque tú noblemente la defiendes, has de morir, mira agora, si aquesto que aquí te ofrece mi valor te estará mal, pues cuando los tuyos pierden la batalla y mal seguros, se han de retirar vilmente, tu quedas conmigo entonces, coronado de laureles. Aquese partido aceto, mas será de aquesta suerte. Valiente Español. Huyamos. Rayo su espada parece. Alvar Fáñez, de vencida, pienso que va nuestra gente, hoy por mi desdicha España, la mayor vitoria pierde. Volved la cara Españoles, no la muchedumbre os ciegue de estos bárbaros, mirad que el Cid tenéis frente a frente, Pero no me espanta, no, que os retiréis cuerdamente, pues Moros como granizo, de aquesas montañas llueven. Más de mil, señor, yo solo, con aqueste acero fuerte, he muerto en esa campaña. Pues Alvar Fáñez valiente, para agora es el valor, sepa esa canalla aleve, que no ha de comprar barata la gran vitoria que emprende, y que cuando el Español, con menos fuerza se siente, entonces más valeroso, a más peligros se ofrece. Pues yo solo: mas qué miro! quien es aquel rayo ardiente, aquel Español bizarro que arrojándose a las huestes enemigas, entre alfanjes rompe, mata, triunfa y vence? Pero ya le he conocido; Martín Peláez es este: quien tal dijera, Alvar Fáñez? qué bizarro! oh joven fuerte! ahora sí que has mostrado la ilustre sangre que tienes. En alcance de los Moros hasta las puertas parece que llega de las murallas: sigámosle. Seguirele; mas será para quitarle el favor, que desempeñe el desaire en que estoy puesto de que él dichoso le lleve. Rinde la vida a mi acero. Martín Peláez, detente, no me mates, no me mates, pues ya rendido me tienes; la banda otra vez te entrego, y el alfanje. Eso no, tente, que un Príncipe como tú no ha de quedar feamente vencido, sin el adorno que le dan las Regias leyes. Conmigo esa bizarría superior dominio adquiere; llévame preso a tu dama, con mi prisión tu amor vence. Eso será después que cobre yo lo que él posee. resuelto vengo a matarte, o que ese favor me entregues. Ya sé que a Celín venciste, y pues él está presente, quiero que sea testigo de cómo yo noblemente volví por lo que me toca; y por si acaso me vences, conozcan que por mi fama busqué animoso la muerte. En eso andas como noble, y tu razón me convence: mas una vez arrestado en guardar lo que pretendes, no puedo volver atrás, pues cada cual razón tiene. Y así, mejor es que aquí nos demos los dos la muerte. Yo bien quisiera estorbar que aquí los dos no viniesen; mas es desaire mi ruego, y así callar me conviene. Vitoria por nuestra España. La vitoria a Dios se debe; pero qué es esto? tened. Nadie podrá detenerme cuando vuelvo por quien soy. Razón Alvar Fáñez tienes en restaurar tu opinión, y Martín en defenderse: mas pues ahora que el cielo este triunfo nos concede, y los dos habéis andado igualmente tan valientes, que ignoro a cuál de los dos se debe el triunfo presente. Y pues no ignoráis que Elvira a entrambos os favorece el preferir el sujeto hoy a tu elección se quede, pues hoy quedará casada. Si esa elección me concedes aquí la verás lograda: pues seguí constante siempre en este traje que ves a mi amante, que valiente por mi venció la batalla a pesar de cuantos quieren usurparle sus aplausos. Y Celín que está presente prisionero de su brazo lo diga, que heroicamente ha visto los escuadrones vencidos de sus arneses. Por estas y otras hazañas, de que son testigos fieles mis ojos, Martín Peláez lograr mi mano merece, y también porque mi amor este indulto le concede. Dichoso mil veces yo. Porque Alvar Fáñez no piense que ha quedado deslucido en el valor, mi amor quiere que el bastón de General logre en toda Espada siempre. Yo lo aceto. Yo lo estimo, pues solo tú lo mereces. Y yo permito a Celín que se vaya libremente. Y en señal de que mi amor esa fineza agradece, las llaves de la Ciudad yo mismo vengo a traerte. Que no sé qué el cielo puso en tu espíritu valiente, que a un tiempo con el cariño y con la espada nos vences. Pues a Valencia has ganado, mayor vitoria no esperes. Y aquí gran Senado acaba el amor hace valientes.