Texto digital de Amor es naturaleza
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Luis Vélez de Guevara
- Atribución estilometría
- Luis Vélez de Guevara Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto ha sido preparado por Daniel González Varela, Isaías Hernández Galeano y Mª Dolores Tejada Benavides.
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González Varela, Daniel, Isaías Hernández Galeano y Mª Dolores Tejada Benavides. Texto digital de Amor es naturaleza. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amor-es-naturaleza.

AMOR ES NATURALEZA
JORNADA PRIMERA
Aspiró a estrella el Neblí, y luego sobre la espuma de esa laguna de pluma, bajar por rayo la vi. Intentele socorrer, y por más que al alazán napolitano, le dan, antes que para correr, para volar las espuelas alas, diligencia ha sido vana, que del atrevido bajel del aire, las velas, y los remos anegó al espumoso cristal, y del nuevo irracional Ícaro, al Cielo vengó. Todos cuantos pretendimos seguir, por más ligereza, sobre el viento a vuestra Alteza, de los ojos le perdimos. Y del modo que al Halcón, que a sondar esferas sube, ave fue primero, y nube después, y luego ilusión, nos le negó el viento vano, hasta que restituida de esta provincia florida, breve imperio del verano, nos concedió tu persona este monte. Yo confieso, Marqués, que no sé a qué exceso más velocidad pregone, si al aire, si al del socorro del corcel, si al precipicio del ave, que hurtó el oficio el uno al otro, y me corro, que fuese tan sin provecho. Perdí el Halcón más bizarro, que con el dorado carro del Sol tuvo más derecho de apostar en ligereza, y que con más valentía de cometa merecía por la grifaña belleza, en las alcandoras plazas. Estos riesgos corre quien trata el aire. Dices bien; pero como con la caza me divierto, y me entretengo, de aire, y bosque cazador, porque al juego, y al amor natural aversión tengo. Siento, que este Halcón me falte, que de tanta esfera fue pirata alado. No sé que haya más hermoso esmalte a nuestra naturaleza, que amor. Nunca me ha obligado amor, Marqués, a cuidado, ni tiene humana belleza el mundo que pueda ser tirana de mi albedrío; siempre he vivido tan mío, que no me debe mujer ninguna el menor desvelo. ¡Prodigiosa inclinación! Esa es, Marqués, la ocasión de estar con tanto recelo, y remisión de casarme, aunque obligándome están. Duque nací de Milán, y aborrezco el obligarme al casamiento, de suerte, que por solo este interés dejara de ser, Marqués, de Milán Duque: No hay muerte para mí, como escuchar este venerable nombre. ¿Como es posible, que un hombre, a quien quiso el Cielo dar tan grandes prerrogativas, se sujete a una mujer? Eso nunca puede ser en personas tan altivas. Las que nacieron, señor, soberanas, siempre están libres de eso, que dirán, obligado al justo amor; que por dueño natural te deben, si te desean ya casado, es porque vea de ese heroico original el mundo hermosos retratos, que le ilustren, y te hereden, y en Milán por Soles queden, sin ser a su patria ingratos. ¿Para qué? Laura mi hermana me podrá heredar, Marqués; y si se casa, después sus hijos. Menos humana naturaleza le vio, y de tu extrañeza temo que pases de extremo a extremo. Marqués César, ¿quién llegó? Pienso que su Alteza ha sido, con la esfera de sus Damas, como el Sol con las Estrellas , que nueva hermosa Diana, y divina cazadora, como ella, también armada del venablo, a quien imitan las demás que la acompañan. Fatigando el monte vienen en busca tuya: así al alba, cuando pisando los montes la viste el Sol de oro, y nácar, Cielos, y aves la reciben, cristales, flores, y plantas. Laura, bienvenida seas, que parece que retratas al mayo, y abril, ceñida de tanto jazmín con alma. Por mí, y por todas estimo el requiebro, que en tu rara condición, me ha parecido novedad. Contigo, Laura, hay excepción en la mía, y te debo, por hermana, mayores finezas. Yo te las pago con mil almas. A buscarte al campo vengo, que es para mí ausencia larga estar sin ti todo un día. Bien lo merecen las ansias que tengo de ver tus ojos, cuando menos tiempo pasa por los míos. Dete el Cielo, para ser gloria de Italia, y de Milán, larga vida. El Cielo te guarde, Laura, que con ella pienso hacerte de dos mundos soberana Princesa, dichoso dueño: has te cebado en la caza por el camino? Un Venado, desde la deshecha planta, Carlos, del Po, a la frondosa verde esfera de esmeralda de este bosque, nos llevó, a mí, y a todas mis Damas, divertidas, como ves, hasta que de entre las ramas de esos sauces, una fiera con rostro humano, fue causa de despreciar la primera empresa, y seguir sus plantas veloces, tan prodigiosas, tan atrevida, y bizarra, que para escapar la vida de los venablos, tiraba piedras con mayor furor, por detrás de las espaldas, que el arco parto despide flechas al aire: y cansadas, y admiradas juntamente de fiereza tan extraña, y tan nueva, no seguimos más las ligeras estampas del animal prodigioso, que aun sobre la verde grama no pudo el aire dar señas, que las pusiese. Mas raras de animal la escuché en estos montes. Aguarda: ¿Qué ruido es este? Voces de labradores con flautas, panderos, y tamboriles parecen. Si no me engañan los ojos, al mismo sitio donde estamos, Carlos, bajan. Alguna fiesta será, que rústicamente trazan estas cabañas, y quintas, que de ganado, y labranzas son las más ricas del Po. Ya se acercan coronadas, como el Mayo, las cabezas de mil floridas guirnaldas. Vistosos vienen. Qué vida tan justamente envidiada. Hola, ved que están aquí sus altezas, y las causas desean saber de aquesta fiesta que hacéis. Quién pensara que encontráramos con gente tan discreta, y cortesana. Dejad de tocar, Mojón, el tamborir y la flauta, y mirad que están aquí nuesos amos. Las mudanzas de la frauta y tamboril me tenían espritada ellánima y los sentidos, y si Mengo no me habrara a la mano, no tenía magín en hoy y mañana de acabar: sus remenencias perdonen nuesa ignorancia, y de rodillas mos dejen, que les besemos las plantas. ¡Qué rústica sencillez! Levantad. Si están las bragas a prepósito , lo haré, porque al bajarme ḥue tanta la ḥuerza que hice con ella, que una agujeta que estaba delante, pienso que ha hecho flux, si acaso no me engaña el perturbado calletre , y fue agujeta de azaga. ¡Notable llaneza! ¿Cómo os llamáis? ¡Pregunta extraña! Señor, con perdón de todas las tocas, y honradas barbas, que están delante: Mojón, por mi padre, que Dios haya, y mi agüelo , que nos viene de alcurnia a toda mi casta; y fueron tamborileros también, que nadie la frauta, y el tamboril ha tocado en toda aquesta comarca, dempués d'ellos, como yo. ¿Dónde va toda esta escuadra? Señor, sabrá su merced, que bajó de estas montañas un monstruo, que no sabemos si es salvaje, o si es salvaja, porque trae siempre el cabello tendido sobre la cara, y viste pieles de lobos cervales, que él mismo mata. Socedió , que yendo corriendo tras una pobre manada de ovejas, y de pastores, oyó de las verdes jaulas de los olmos, dos amantes ruiseñores, que cantaban motetes a un arroyuelo, en cuya líquida plata eran narcisos de pluma, o sirenas de esmeraldas: Y púsole la armonía de los pájaros en calma, de suerte, que sin moverse, quedó como el que arrebata algún encanto, algún sueño, sin proseguir la demanda en que su furor venía; y viendo que en tan extraña ferocidad, como he dicho, tan raro efecto causaba la música, desde entonces, cuando a estos prados bajaba, con rabeles, caramillos, con tamboriles, y frautas le amansábamos; y haciendo con su furia montaraza treguas, cada siete días, para toda la semana, le traemos de comer a su cueva, y tan honrada anda su salvajería, que parece que obligada a estos servicios, vivimos de sus fieras amenazas seguros, que el dar, y todo, abranda las alimañas. Hoy le ha tocado traer, como por sus turnos anda, al pago de Valdellolmo la despensa, y esto causa el venir de esta manera a presentársela. ¡Rara pensión, y tributo nuevo; en Milán, y fiera extraña! Esta debe ser la misma; que en el bosque con mis damas encontré, cuando venía en tu busca. ¡Temeraria fiereza, y jamás oída de bruto, ni hombre! Y me espanta que se rinda a la armonía de la música, con tanta suspensión, siendo tan fiera su naturaleza: De alma racional da humanas señas, aunque parece inhumana. Demos su merced licencia, porque parece que pasa del término, que es razón, para darle estas viandas, que traemos. Dónde está su cueva? Estas dos tajadas peñas hacen su edificio inexpugnable, y las ramas de estos tejos, y quejigos dificultosa la entrada. Donde ese monstruo, si quiere con arrojadizas balas de piedra, que en él parecen rayos que al Cielo amenazan, puede de dos mundos juntos defenderse en la intrincada puerta de esta fortaleza silvestre, y por la otra banda del monte, otra puerta tiene, que nadie a saberla alcanza, sino es el que la conoce. Lo qué descubre quien caza. A peregrina ocasión venimos al monte, Laura, llegad a lo que venís, que hemos de ver esta rara fiera, si podemos hoy, y juntamente llevarla a Milán. Toca, Mojón, el tamboril, y la frauta. Pongámonos de rodillas ahora, y por todos haga el parlamento Mojón, como se acostumbra. Vaya, y Dios habre en mí. ¡Notable. caso! Señora alimaña honrada, los labradores de Valdellolmo que tratan siempre de bella merced, la despensa esta semana de su comida les toca, aunque indignos, su salvaja persona, como tan nobre , reciba de buena gana la veluntad , que las obras por fuerza tien de ser fracas; porque nos tiene apurados con pechos, con alcabalas, el duque nueso señor, habrando verdad. No callan nada estos villanos, César. Con todo no le hará falta la comida; lo que fuere de estos montes cortesana. Tome lo que le traemos, coma, y buena prole haga, y ruegue a Dios por nosotros. Volvamos haciendo rajas la frauta, y el tamboril. ¿Cómo volvéis sin que salga el monstruo, y el donativo reciba? No importa nada, que él le recoge en después, y unas veces le da gana de que le veamos, y otras no quiere vernos la cara: no debe de estar de humor añora. Una prueba, Laura, quiero hacer para obligarle a salir, pues tiene tanta fuerza la música en él, y la mejor será causa de mayor elevación. César, los músicos llama, pues les ordeno que vengar. todas las veces que a caza salgo para divertirme, Con las guitarras templadas, lo que les mandas esperan; mira, señor, que les mandas. Pues haz que canten, veremos en que este salvaje para. Cristal deshecho a pedazos se precipitaba arroyo una montaña de nieve, que bebió el sol poco a poco. De la prisión del invierno, a los sagrados de agosto, murmurador se despeña, al paso que estuvo sordo. Surtió la música efecto. ¡Qué caso tan prodigioso! Mujer es. Y la más bella, que han mirado humanos ojos. Con las nuevas del verano corrió a argentar unos olmos, cortesanos del Abril, verdes galanes de un soto. Mientras tiene los sentidos como en éxtasis absortos, id cantando, y prosiguiendo con la letra, y con el tono. Caballo después de plata inunda el valle espumoso, con pretensiones de río, y con soberbias de golfo. ¡Notable caso! sigamos al Duque, que con el monstruo parece también que va elevado. Vamos todos, que puede ser que mos libre de esta alimaña, o demonio, el Duque nueso señor esta vez, si el espantoso delito de ser salvaje le prueba, pues es notorio lo que ha hecho en estos campos. Testigos de vista somos, y como unos descosidos juraremos en los robos, en las muertes, y salteos, en las fuerzas, y destrozos, que ha cometido en los pagos de Altarroca, y Valdellolmo. A mí me forzó una hermana. Advertid, Mojón, que el monstruo es mujer, que le hemos visto hoy con nuestros propios ojos, y no puede ser. Pues ḥue a mi agüelo, y aún a todo mi linaje; no me vais a la mano, que si cojo el carril de ser testigo de levantar testimonios, me iré como de otra cosa, que hay hombre que se hace momo en comenzando a jugar, y hasta llevarle el demoño no para. ¿Vamos, qué hacemos tras la alimaña? Pues toco la frauta, y el tamboril, que estoy, de contento, loco. Con ayuda de las fuentes, ser mar le parece poco, porque en llegando a ser río, como a rico le dan todos. Y por lisonjero aplauso, de márgenes espaciosos, despreciando ser cristal, presume de arenas de oro. Cesad de cantar, en tanto, que en el acento sonoro de la música elevada, de una mano la aprisiono. ¡Qué soberana belleza! No hemos venido nosotros a mal tiempo. En un ribazo se ha sentado con el monstruo el duque, y Laura. Y parece, que volviendo poco a poco de la suspensión, dormida la alimaña, como el tono paró con los instrumentos, y se admira de ver todo este escuadrón palaciego, y al Duque vuelve los ojos ahora, y sospecho, que se espanta de mirar cómo le tiene la mano asida. ¿Qué es esto? ¡Cielos! Hombre loco, ¿quién te dio ese atrevimiento? Tu belleza, tus hermosos desdenes. Suelta la mano. Suéltame tú el alma, y todo. Yo el alma tuya, si vives con ella, ¡qué mentiroso encarecimiento! Está en tus ojos. ¿En mis ojos? ¡Notable hechizo será! ni la veo, ni la toco. Engañarme, hombre, pretendes, aunque puede ser, que como veneno, desde la mano haya corrido hasta el propio corazón, que no sé dentro de él, que siento de alboroto nuevo, después que la tuya con lazo tan prodigioso juntaste a la mía, que mi fiereza desconozco y eres el hombre primero, que me ha parecido hermoso. ¿Quién eres, que tanto encanto traes contigo, que me corro, que a decir esto me obligues? No menos el prodigioso hechizo de tu hermosura, mujer, ha causado asombros en mi condición esquiva, y colijo de esto propio por mí, por ti, que el amor es naturaleza en todo. Carlos, Duque de Milán soy, y dueño de dos Polos quisiera ser, para ser vasallo de esos hermosos luceros: ¿Quién eres tú, que por soberano aborto de estos montes, te dio el Cielo al mundo? Un humano monstruo y del femenil linaje un espanto portentoso. Escúchame atentamente, sabrás lo que hasta aquí escondo al alma, que he imaginado, que ya eres dueño de todo. A las espaldas de este bosque verde, para dosel de Mayo, un monte yace, que tantas veces con el Sol se pierde, que piensan muchos que del Cielo nace; mas porque de que es sierra se le acuerde, aunque testigos las estrellas hace, de estrellas, y elementos, despeñados arroyos flecha a recamar los prados, Este, de tanta ciudadana fiera silvestre población por patria mía, tuve no más desde la vez primera, que abrí los ojos a la luz del día, en una gruta, que servir pudiera de alcanzar a la agreste compañía, de aquel imperio de peñascos hecho, donde una cerval loba me dio es pecho. Esto después me refirió un anciano, que por padre, y por ayo me asistía, que el agua del bautismo soberano me dio en la pila de la fuente fría, y me enseñó, que todo el globo humano, y celestial, a un Dios obedecía, que lo formó de nada, y eran huellas de su grandeza el sol, y las estrellas. Alfreda me llamo, nombre que encierra algún misterio al tiempo reservado, por los brutos vasallos de la sierra, con rústico homenaje venerado; tanto, que el aire que vagando hierra, del vulgo de los robles adulado, que me temblaba entre ellos parecía, la vez que el eco Alfreda repetía. Apenas a catorce primaveras con mis floridos años llegué, cuando dardos tostaba ya contra las fieras, sus vidas con su muerte amenazando, sirviéndome de galas lisonjeras, colores de vestir, diferenciando sus estrelladas pieles cada día, al nuevo abril de la belleza mía. Y pirata del monte, siempre llena de sus despojos, y sangrientos robos, al oso le quitaba la colmena, la simple oveja a los cervales lobos: solo pudo la hermosa Filomena, que entre las hojas de los verdes pobos, endechas tiernas a los aires vierte, privilegiar sus vidas de su muerte. Tan inclinada por razón del Cielo secreta, al dulce canto sin medida del ave, con él son del arroyuelo, instrumento de plata derretida, que como el agua que aprisiona el hielo, mil veces en mi furia detenida, suspensa a sus cromáticos suaves, perdonaba las fieras por las aves. En este tiempo, un hombre que asistía en el servicio nuestro por criado, o en esta soledad por compañía, de finezas antiguas obligado, estando a solas con mi padre un día, al margen verde de un arroyo helado, me dijo: Alfreda (sin temer mis iras), ¿nunca te mueve a amor esto que miras? ¿No ves ese cristal como desea besar las flores, y abrazar las plantas? aquel espino que una vid rodea, y aquella hiedra un olmo, que con tantas insensibles finezas lisonjea? de las aves, y brutos no te espantas, como a su yugo humillan su fiereza, y es en todos amor naturaleza? Ama, y déjate amar, que esa hermosura no ha de ser risco de la sierra helada, que aún las peñas amor rendir procura, porque a sus fuerzas no resista nada: dadme esos brazos, y esta pata pura de esas flores también enamorada, será de nuestro amor dulce testigo; respondiéndole yo con el castigo. Que de sus atrevidos pensamientos, colérica, abrasada, y ofendida, desde un peñasco al Pó sembró los vientos de los torpes despojos de su vida: y a fieras, aves, peces, y elementos, trinchándoles la parte en la caída, que les tocaba a cada cual, quisiera matarle el alma, si inmortal no fuera. Y procurando dar a mi venganza satisfacción mayor, haciendo guerra a todos cuantos son su semejanza, con el suceso aborrecí la sierra: mi viejo padre, que llegando, alcanza el nuevo intento, que en mi pecho encierra, con tiernas voces detenerme quiso, cuando del Pola blanca arena piso. Detente, Alfreda, aguarda, me decía el cano cisne en lágrimas bañado, no dejes sin tu amada compañía un tronco de tus ramas despojado: Yo entonces sorda, más que el Po corría su espuma esotra margen pase a nado, quedándose él mirándome tan fiera, como un peñasco mudo en su ribera. No le vi más, y discurriendo luego de tan justo furor arrebatada, por varios rumbos a estos campos llego, donde por fiera he sido celebrada: hasta que hoy a tus pies, Carlos, me entrego, confesando en la música elevada, en ti, y en tu bizarra gentileza, que es, sin duda, el amor naturaleza. Dos veces, Alfreda, has sido suspensión de mi altivez, con tu belleza una vez, y otra ahora que te he oído. Informó tu entendimiento de más divina hermosura, alma de amor, que procura ser de mi espíritu aliento. Y tan sin mí, y tan en ti estoy con el albedrío, que he dejado de ser mío, después que te vi, y te oí. Dos milagros hace amor, aunque son naturaleza, en mi pecho, y tu aspereza, y no se cual es mayor. Cuando quiero comparar ambas cosas al sentido, si en mí el haberme rendido, si en ti el dejarte obligar. Y juzga, al fin, la razón, que solo en esa pintura es milagro tu hermosura, que las demás no lo son. Tus palabras son también música, cuya armonía me suspende el alma. Fía, que te quiero, Alfreda, bien: ¿No iras conmigo a Milán? Contigo a Milán iré, si piensas guardarme fe. De mi fineza serán testigos desde hoy los Cielos. ¿Cómo puede, Carlos, ser, si tienes otra mujer? César, de mí tiene celos. De vuestra Alteza podría tenerlos el Sol. ¿No ves, qué es mi hermana? ¿Hermana? Es hermana, Alfreda mía, sangre, que de un mismo padre los dos el ser recibimos, y juntamente nacimos ambos de una misma madre. Si es de esa suerte, mayor amor le tendrás a ella, que es tu sangre, y es tan bella. Ese es diferente amor, que aquel la sangre le da, que está en ella, y está en mí, y el que yo te tengo a ti, Alfreda, en el alma está. Vamos, Laura; Alfreda, vamos. Seguirte, Carlos, será fuerza de mi estrella ya. Acompañar a los amos no podemos excusar, hasta los coches, Mojón, y hasta Milán, que es razón, pues nos han venido a honrar. Alfreda, dame la mano. Toma, que estimo el favor, aunque no sabe al calor de la de Carlos tu hermano. ¡Cómo entendida es gentil! Ya se van, volved. Mojón, a hacer rajas con el son la frauta; y el tamboril: La frauta tengo en la boca, y en el tamboril la mano. ¡Muerto vuelvo, y vine fano! Cuerda estuve, y vengo loca Mujer, al Cielo retratas. ¿Qué deidad, hombre, en ti advierto? ¡Ay, Alfreda, que me has muerto! ¡Ay, Carlos, como me matas.
JORNADA SEGUNDA
Apolo famoso (Duque de Mantua) a Milán hereda, a falta de Laura, y Carlos; y de la misma manera a Mantua Carlos; y Laura a falta de Apolo, y Leda, su hermana, y esta es la causa, demás de las excelencias, que de Carlos, y de Laura la fama en la Europa cuenta, que de nuevo les obliga con las bodas que desean, a repetir otra vez el parentesco, y las deudas de tanta amistad, y sangre. A Carlos se lo amonestan sus vasallos; y el de Mantua, con su Embajador lo intenta cada día, enamorado de la divina belleza de Laura, por los oídos, ojos de la fama: Y estas pretensiones tiene Carlos (tan contra quién es) suspensas, encantados los oídos en el amor de esa fiera, que trajo del campo. Es tanto el éxtasis, que le eleva, olvidado de sí mismo en la hermosura de Alfreda, que falta al gobierno, y falta al valor, a la grandeza que se debe; y es de modo, que los Magistrados llegan a intimárselo, y recelo, que han de obligarle por fuerza a que la deje, y se case, o poner en contingencia, que los Pueblos se alboroten, y que con Milán se pierda. Notable fuerza de amor Las partes que tiene Alfreda son milagrosas, y obligan a más amantes finezas. ¿Qué puede ser un salvaje torpe parto de una sierra? ¿un roble de una montaña? ¿una esfinge, que cubierta de pieles entro en Milán? Un Sol humano, que deja esos celajes, y a Carlos le amanece por la esfera de las galas cortesanas, para hacer al Sol Estrella. ¿Tan bien le asientan? Tan bien, que parece que con ellas nació en Mantua, o en Milán, y que la tosca librea de las pieles le servían de rebozo a su belleza: así hasta pasar al oro está el diamante en la cera. ¿Compite con Laura? Laura es deidad, sin competencia, de mortales hermosuras. A vos vengo, Marqués César, dirigido desde Mantua, por el deudo que con ella tenéis, pues sois tan cercana sangre de Apolo, y de Leda, para que me encaminéis donde a Laura hermosa vea, que le he prometido al Duque un retrato de su Alteza: y soy un criado suyo, que con alguna excelencia en este arte me ejercito, y en breve espacio pudiera hurtarle con el pincel, rayos, que el Sol bebe apenas. A esta cuadra, con sus Damas, sale a ejercitar su Alteza el danzar todos los días, por costumbre palaciega de Milán antigua; yo os haré espaldas, y vuestra palabra tendrá el efecto, que deseáis, que no es deuda la que a la Casa de Mantua debo, para que esta sea la mayor fineza: aunque me habéis dado una sospecha, de que sois más que decís, porque os vi entrar por la puerta de Palacio, acompañado de algunas personas, que eran, por lo lucido, bastantes a ilustrar a Mantua; y vuestra persona lo está también acreditando: su Alteza sale, apercibid el pincel, que amor todo lo atropella. En un libro de memoria haré el dibujo, que en estas ocasiones de él me valgo con peregrina destreza, para pasarle después a la lámina: de César el Marqués casi ha llegado a ser conocido. ¿Alfreda dónde queda? Ya venía en busca de vuestra Alteza, que se quedaba poniendo una banda. Marqués César, Dios os guarde. Inmortal viva esa soberana idea, para asombro de lo humano. Y mi hermano, ¿qué hace? Queda acabando de vestirse, para verte. Otro planeta más luciente, más hermoso, dorará de su grandeza el Sol, primero que el mío. Y es cierto que será Alfreda. Amor a todos disculpa. ¡Bizarra beldad!, ¡serena majestad! Alfreda viene. Venga Alfreda en hora buena. El Cielo te guarde, Laura. Bien venida, Alfreda, seas. ¿No vengo a tu gusto bien vestida? Pareces, Alfreda, que te ha servido de espejo la misma naturaleza; a ti te excedes tú misma. No hay cosa de quien no sea insigne artífice amor. Ni amor, mujer, tiene flechas sino en tus hermosos ojos, ni arcos si no es en tus cejas. Monstruo con causa te llaman, que lo eres en la belleza; ahora disculpo a Carlos, que son finezas pequeñas perder el seso por ti. Alfreda, siempre que llegas adonde estoy con mis Damas, de nuevo es razón que adviertas, que tienes obligación de hacer una reverencia a todas, y otra si hubiere Caballeros en la misma sala, porque no te expongas a los riesgos de grosera. Siempre, Laura, he deseado imitarte en todo, y piensa, que de atención sobra ha sido, más que falta de advertencia; que como tú, Laura, a nadie más que a Carlos reverencias, y Carlos a ti, los mismos pasos sigo, que me enseñan estos ejemplares dos. ¿No miras la diferencia, que hay en mí, Alfreda, y en Carlos, por la debida grandeza, y soberana de dueños de Milán? También fui Reina de los montes absoluta, sin conocer dependencia sino es de los Cielos, Laura: y cuando esto no tuviera, y sangre en el corazón, que a más grandeza me alienta, ¿no tengo el alma de Carlos, a quien es justo que tengan la misma veneración, que a Carlos, y a ti? que es fuerza, si es el alma lo más noble del hombre, nunca me adviertas lo que no tengo de hacer. ¡Rara mujer! Vuestra Alteza es fuerza que la disculpe, por el Duque. Qué me deba, Marqués, finezas mayores aguardo. ¡Qué alma tan bella! ¡qué despego! ¿Qué hombre es ese, que en un libro, Marqués César, de memoria está escribiendo? No le puedo a vuestra Alteza negar la verdad: Este es un Caballero, que muestra, que en el arte de pintar tiene notable excelencia. Énviale Apolo, el Duque de Mantua, a sola la empresa de copiar vuestra hermosura, dirigido a mí, y desea para este efecto lugar; y yo con vuestra licencia le he entrado aquí. Sin la mía me parece, Marqués César, que ha sido; mas yo os perdono, que no puede ser ofensa vuestra, ni del Duque, cuando mi casamiento desea; y con su hermana el de Carlos. Laura me ha mirado atenta, y mis intentos pregunta, sin duda, a César. Su Alteza, Caballero, os llama. Yo beso tus pies. Alzad: César. De más que de Caballero me ha parecido las prendas del pintor. Yo he sospechado antes lo mismo. De vuestra habilidad el Marqués, notables cosas me cuenta. Y aunque parece osadía hacer, sin que yo lo sepa, esta ofensa a mi descuido, con obligación me deja la fineza de mi primo. Servirte el Duque desea; y si quisieres honrar su retrato, y el de Leda, en esta caja, señora, vienen, sin hacer ofensa a lo natural el arte, que si las copias cotejas con sus dos originales, no es mucho que te parezca, que los retratos lo son también. Llega, Alfreda, llega, que como música muda la pintura te deleita algunas veces. ¿ Quién es esta mujer? Esta es Leda, hermana de Apolo el Duque de Milán, muy deuda nuestra, con quien casar han tratado a Carlos mi hermano. Deja que la despedace. Aguarda. La muerte me das con ella; mal parentesco es cuñada: Vive Dios, si darme intentas pesadumbres tal del alma, que mil respetos te pierda. ¡Qué hermosos celos! Perdona, que no juzgué que te diera tanta pena una pintura. Con circunstancias como estas, veneno a beber me diste. Carlos ha de ser de Alfreda dueño, y Alfreda de Carlos la duración misma eterna del tiempo, y la de las almas. ¡Notable amor! ¿Quién lo niega? témplate por vida tuya; y para que te diviertas, este retrato de Apolo Duque de Mantua, contempla. No quiero de otro, que Carlos, ver copia, ni sombra apenas. César, las sospechas mías he averiguado con esta experiencia, este es Apolo. Laura el retrato coteja conmigo, y me ha conocido; no ha sido cuerda advertencia darle mi retrato a Laura; más amor divierte, y ciega. Muestra: ¿es aqueste el dibujo, que has hecho de mí? No enseña ahora la verdad toda, que después promete. Espera: ¿esta no es Alfreda? ¿Yo? Toma, y veraste a ti mesma. Como el alma racional obra con tanta presteza en los discursos, los ojos mudan con especies nuevas de los objectos los fines, las formas, y las materias, de la suerte que el espejo los semblantes diferencia. Y así, cuando Alfreda entró, me divertí de la idea vuestra, y las líneas corrí en la hermosura de Alfreda. A pintor tan divertido (HACE PEDAZOS EL RETRATO) se paga de esta manera los retratos. De esa culpa, ¿por qué ha de pagar la pena el de Apolo? Porque sois móvil de su inteligencia, y erráis por él. Y este mío, es justo que me merezca, pintor, el mismo castigo. y en vos esto propio hiciera, a no parecerme corta venganza a tanta soberbia, como atreverse a mirarme hombre, que Carlos no sea, con atención, sin que el mismo recato a mis ojos tenga que a los del Sol, pues los rayos del de Carlos reverberan en mi pecho, como en luna del cristal de su grandeza. Hoy va de romper retratos. Desengañarse pudiera con esta demonstración, Apolo, de lo que intenta: Hola, pintor, despejad. Señora, si vuestra Alteza: Callad. Si quieres que salga por una ventana de estas, yo lo haré más fácilmente, que lo digo con la lengua, con las manos. No merecen tanto favor, tan groseras injurias; vete. Señora, ya me voy. No te detengas, que haré lo que he dicho, y dile, en llegando a Mantua, a Leda, que lo que has visto que hacía en su retrato, haré en ella, y de su hermano, y de Mantua, si de Carlos se le acuerda. Con diferentes efectos amor, dos designios trueca de mis pensamientos hoy, contra mis ansias primeras; que a Laura dejo ofendida, llena de celosas quejas, y vuelvo abrasada el alma de los desdenes de Alfreda. Confieso que me ha dejado picada la grosería. El Duque. ¡Ay, Alfreda mía, que de siglos sin ti he estado! Dame esos brazos. Detente. ¿Qué dices? ¿qué novedad destempla tu voluntad? Un rigoroso accidente, que sin duda celos son, pues son invidia s del bien ajeno, y de amor también muerte. Esa injusta pasión, ¿cómo puede entrar en ti, Alfreda, amándote yo? ¿qué bien ajeno te dio vanas invidias de mí? Hijos de amor son los celos, pero matan, cuando nacen, al padre, porque deshacen el mayor bien que los Cielos han dado, que es el amor. Antes que la aumentan pienso; más acosta de un inmenso nunca sentido dolor, que es rabia, desasosiego, mortal veneno. No más, aunque con celos estas más hermosa, y yo más ciego. ¿Qué te han dicho contra mí, que satisfecha no quedes? Pues de mí informarte puedes, que vives por alma en mí. ¡Ay, que debes de tener dos almas, y a Leda has dado esotra, pues ha intentado venir a ser tu mujer! Laura me lo ha dicho así, y yo he visto su retrato, no hay que disculparte, ingrato. ¿Laura ha sido contra mí? Con el de Apolo, y de Leda llegó acaso aquí un pintor, y sin ofender tu amor contele su intento a Alfreda; quiso romperle, en castigo de la ofensa que no ve, y de aquesto todo fue el Marqués César testigo, y no hubo más. ¿No es bastante saber, que hay quien tenga intento, Carlos, a tu casamiento Yo me quitaré delante, yo me volveré a los montes, donde no se usa fingir, con los brutos a vivir más seguros horizontes. Primero, Alfreda, verás disueltos los elementos, que mis firmes pensamientos vuelvan un átomo atrás. Dónde al amor da embarazos la lengua al agradecer, no hay lenguaje como hacer retórica de los brazos, dame los tuyos, y sean lazo inmortal con los míos, de tanto amor. Tus desvíos, matarme, Alfreda, desean. Un pliego cerrado ahora han arrojado de afuera, sino me engaño, en la sala, por una ventana de estas. ¿Pliego, y arrojado? ¡Extraña novedad! Álzale, César, y veremos qué es. Aquí viene escrito en pocas letras: aviso a Carlos el Duque de Milán. ¿Aviso? muestra: en notable confusión el sobre escrito me deja: quiero abrir el pliego, y ver lo que viene dentro: apenas hay diez renglones escritos, que dicen de esta manera. Carlos, si hoy en todo el día no vuelves al monte a Alfreda, donde la hallaste, y con Mantua el casamiento no aceptas, para que Milán de ti dulces herederos vea, acudiendo (cómo es justo) al gobierno suyo: piensa, que esta noche no serás Duque dé Milán, que esperan tus vasallos este plazo por resolución postrera, para elegir nuevo dueño; guárdate de la experiencia, y estima el aviso. ¡Ay, Cielo! ¿Qué nueva fortuna es esta, que me amenaza, y que corre a mi muerte? Marqués César, vente conmigo, que voy sin mí: ¡ay, adorada Alfreda! ¡Qué confusión tan notable! El papel a Carlos lleva en notable suspensión: ¿qué será, Laura? Secretas causas le obligan sin duda, a hacer de tu vista ausencia, y a este silencio. Quién ama, de las sombras le recela: ¡Ay, Laura! ¡Ay, Laura! ¡No sé qué nueva extraña tristeza me ha cubierto el corazón! Unos villanos, Alfreda, piden lugar para hablarte. Entren muy en hora buena. Yo me voy mientras despachas. Guárdete el Cielo. Entrad, ea, que aquí está Alfreda. ¿Cuál es? La que en la silla se asienta. No la conociera yo vestida de esta manera: Tirreno, parece estatua. ¿Qué hay, amigos? Buenas nuevas que habró. Seáis bien venidos. Mas domada está la yuega . Es buen picador el Duque. Claro está, ¿no se ve en ella? Llegad,¿ a qué habéis venido? Señora, su reverencia nos dé sus pies, y sus manos. Alzad: ¿cómo va? A Diós sean dadas gracias, bien por cierto, dempués que falta de aquella tierra, donde hecha andaba un demonio: pero aquestas impertinencias dejando aparte, su merced sepa, porque lo demás no importa, sino para entretenella, que algunos días dempués, que se vino a ser Duquesa de Milán, y dejó el monte con tanta soledad nuestra, que al pago de Valdelloimo vino un viejo, de sus mesmas pieles vestido también, cuya barba, y cabellera daba respeto mirarla, buscándola por sus señas, y por su nombre: mosotros , a las venerables hebras de las canas obrigados , y movidos a las tiernas lágrimas, con que mil veces repitió el nombre de Alfreda, le dijimos, que la había (incrinado a su belleza) llevado el Duque a la Corte: él, sobre una corva, y vieja cayada, entonces el pecho reclinado, que la tierra barrió con la barba, dijo: ¡Ay, Alfreda, qué mal muestras la sangre noble que guardas en esas ingratas venas! la vida me has de costar. Y entonces sobre la yerba cayó el caduco edificio, que el puntal no tuvo fuerza para sustentar en pie, pared del tiempo deshecha. ¿Murió? No señora, mas con una mortal dolencia la frágil vejez rendida, a esa jornada se apresta, que luego le retiramos a una cabaña, y en ella, acomodándole un lecho, conforme a nuestra pobreza, y aplicándole remedios, que ruego a Dios que no sean vanos, nos hace venir a Milán con estas nuevas, y a rogarte, que pues debes, por ley de naturaleza, a tu padre obligaciones, que el ser te dio, que le veas antes que la vida acabe, y que tus brazos merezca, que tiene que habrar contigo cosas de importancia, huera de esta piedad que es humana. Papel, ¿qué veneno encierras, que por el alma has metido tanto escuadrón de sospechas? ¡Carlos dejarme, y partirse con suspensiones tan nuevas loca estoy: ¿esto es amar? ¿esto es confrontarse estrellas? Señora. Déjame. Aparta, Mengo, que se vuelve a fiera, y nos llevara de bola. Grandes son, padre, las deudas, que te tengo, por la vida que me diste; mas adviertan tus ansias en mis descuidos, en mis locuras tus quejas, que a otros secretos impulsos me arrebata con más fuerza amor, que es el alma del mundo, amor, que es naturaleza. ¡Qué bien mos ha despachado! No ha sido tan mal, Mojón, bues luego ha sido. A este son bailan cuantos ha picado la tarántola , Tirreno, de palacio. Pues huyamos, que es el lugar donde estamos solo para locos bueno. Alfreda, señor, está en este cuarto, a buscarte vendrá, por solo alegrarte. A darme vida vendrá: ¡Ay de mí, César, que muero a manos de mi dolor! ¡conmigo tanto rigor! ¡conmigo el vulgo tan fiero! Morir podré, no dejar de amar a mi Alfreda bella, y quererme apartar de ella es no saber que es amar. ¿Qué nueva causa te esconde, Carlos, de los ojos míos, que con injustos desvíos a mis ansias corresponde? ¿Qué hechizo en este papel toda Tesalia ha sembrado, que ocasión, Carlos, te ha dado a suspensión tan cruel? ¿Qué rigor te enmudeció, que mirándome suspiras, cuando, Carlos, te retiras de mí, buscándote yo? ¿Que te han dicho contra mí, que tan diferente estás? mi bien, mi dueño. No más, si es fuerza quedar sin ti. ¿Quedar sin mí, dices, que es fuerza? ¡Ah, Carlos!, no me hables enigmas, cuando un cabello puede el aliento quitarme. Mirasme, y no me respondes, y con mudado semblante, y no entendidos afectos me respondes sin hablarme. Y usando de la elocuencia muda del silencio, haces conceptos de los suspiros, y de los ojos lenguaje. ¿Qué confusiones son estas? ¡Ay, Alfreda! ¡Qué cobarde, y qué valiente que estoy, que cuerdo, y qué loco amante, que alentado, y qué rendido, qué temerario, y qué fácil, que piadoso, y que cruel, qué resuelto, y qué mudable, qué necio, y qué discursivo, qué entendido, y qué ignorante, qué poco tengo de todos, qué mucho tengo de nadie! Pero esto ha de ser: ¿Marqués? Señor. Escúchame aparte. ¡Qué prevenciones son estas, Cielos! ¡qué contrariedades! ¡qué oscura cifra, por donde sin verlo, que esta delante; camina a tiento el discurso, y cuanto encuentra es pesares! Carlos; ¿no hay algún Teseo de tu piedad, que me saque al desengaño, aunque sea a costa de muchos males? Voy a obedecerte. Alfreda, aunque ha de costarme sangre del alma, no puede ser menos ya. Si has de matarme, piedad ha sido cruel, que con tantas me dilates una muerte. Alfreda, el Cielo lo que te he querido sabe; pero no hay cosa en la vida con la fortuna constante; Mis vasallos, ya lo dije. Pasa adelante, y no pares en el discurso, que puede ser, que primero me mates, que el cuchillo, que en el cuello siento en tan amargo trance, pues no hay verdugo más fiero, que el que anda en matar cobarde. Yo soy mío. Prosigue. Ahora, valor, mostradme que sois de Carlos, pues ya me habéis puesto en este lance, que si ha de ser, ha de ser de esta suerte, aunque me acabe el dolor, que nunca cuestan menos empresas tan grandes. Mis vasallos, en efecto, Alfreda, fuerza me hacen a que te deje, y que al monte adonde te hallé, te mande volver, que dicen (y dicen bien, aunque son ignorantes) que tu amor me tiene, Alfreda, sin mí, y que mi amor es parte de no acudir al gobierno; como si más importase a la razón de mi gusto, gobernarlos, que adorarte. Al fin, tratan, que esta noche, en que más plazos aguarden si esto no ejecuto luego, que han de matarme, o quitarme el estado: y de este aviso trajo el injusto mensaje este papel: mira, Alfreda, si esto no basta a matarme solamente; pero es fuerza, Alfreda, este gusto darles, o que sin reparación tengamos fin miserable los dos, que no hay quien resista sediciones populares. Mi vida importa a tu vida, no hay si no determinarte, que para este sin previene César un coche en el parque; y las joyas que he podido juntar más inestimables, para que te valgas de ellas, y el Cielo; Alfreda, te ampare. En una pequeña aldea, que está junto al hospedaje, que fue de tu hermoso Cielo breve mapa, corto engaste, prevengo que un fiel criado te festeje, y te regale, hasta tanto que esta furia, o ya se temple; o se amanse, que espero que será presto: Alfreda, a Dios, él te guarde, que no me concede más el llanto verte; ni hablarte. Aguarda, espera, que intentas hacer de un alma dos partes, y tan apriesa no pueden espíritus inmortales. dividirse, cuando sea fuerza, Carlos, apartarme de ti, porque es a tu vida, y a tu opinión importante, y es justo pasar por ello; pero vece, que bien haces, que pues en el alma vives, siempre te tengo delante. Yo hablaré contigo en mí, que es mejor para dejarte no verse, y hablarse a solas las almas que han de apartarse. Alma de Carlos, quedaos con vuestro dueño, que hoy nace para morir la de Alfreda de amor, y de soledades. Siempre recelé estos fines, siempre temí estos desaires, que pocos en el amor, temores no son verdades. ¡Ea, suspiros ardientes, ea, lágrimas cobardes, salid de tropel, que ahora hay ocasión de anegarme! ¿A cuándo aguardáis? Alfreda, el corazón no me pases con sentimientos, que son las armas más penetrantes, que en Flegra forjar pudieran los Cíclopes, y Titanes. Cese el diluvio de Estrellas del Sol, soles celestiales, que no soy diamante yo para labrarme con sangre. Yo iré a verte muchas veces, para vivir de mirarte, a pesar del mundo: ahora, pues esto es fuerza. No trates, Carlos, de verme en tu vida más, aunque quieran guardarme con ella, para vivir muriendo, tantos pesares. Que el rigor de dividirse, que el agravio de mudarse, no ha de sufrirme más, Carlos, de una vez al que la hace. Y haz cuenta que en ti han pecado los hombres, para vengarme, como en Adán otra vez, que he de ser de aquí adelante muerte de la humana vida, rayo del mortal linaje. Con más soñadas venturas vuelen las galas infames, que tus engaños me dieron: volverán los animales a darme pieles, que vista con más seguro hospedaje. Y no te mató el primero, porque es mejor, que te acabes tú mismo con tus memorias, que ausente yo han de abrasarte. Que yo beberé en los montes, que yo comeré en los valles aguas, y hierbas del olvido, para que borren la imagen, que idolatra el corazón, que está flechando volcanes, Y como mis esperanzas. lleve hasta tu nombre el aire, si es posible, ingrato huésped, si es posible, falso amante, que amor que es naturaleza, puede llegar a olvidarse. Ya está prevenido. Espera, Alfreda, y porque no agravies de inconstante el amor mío, muramos juntos. Ya es tarde. Mas tarde será morir sin ti. Busca a quien engañes con nuevas mentiras. Oye. Ya es imposible. ¿Eres áspid? ¿eres furia? Soy mujer agraviada. Eres un Ángel. Ya soy demonio en la pena de mi amor. ¡Caso notable! Síguela, César. No quiero, que aún mi sombra me acompañe: Todos se queden contigo; pluguiera Dios, que dejarte pudiera también a ti: mas aunque conmigo partes, a darme muerte te queda. Vete, para que me mates.
JORNADA TERCERA
Ya no pueden, villanos, templar mis ansias instrumentos vanos, cuando el del alma tengo ronco, y desacordado. Escurre, Mengo. Huye, Silvio Tirreno; ¿por aquí? Por acá. Rayo es sin trueno, que da sobre nosotros. No ha de quedarme un hombre de vosotros Huid, que viene loca. La frauta me ha llevado de la boca, y el tamboril me ha roto, y rodando me echó de aquí hasta el soto Y yo desde aquí al río; corre, Dominga. Mengo, yo sin brío: a alzar los pies no acierto. Que me ha descalabrado. Que me ha muerto. Aguarda, escucha, Alfreda, ¿eres el Po, o el Rín, que no hay quien pueda moverte atrás un paso? ¿Eres el Sol camino del Ocaso? ¿Eres el tiempo mismo, rayo que busca esfera en el abismo? ¿Eres de ayer el día, que en no volver al Cielo desafía? ¿El de hoy, que no hay quien tenga poder para que un soplo se detenga? ¿Eres el de mañana, que para no venir no hay fuerza humana? Pues no te han detenido las voces, que te doy, y que ha añadido el eco que me ayuda más piadoso que tú, que sorda, y muda, por esferas tan breves, las ramas peinas y los troncos bebes: que eres monstruo sospecho, de todos estos imposibles hecho ¿Qué me quieres, Alpino? Aún me niega tu fiero desatino de padre, Alfreda, el nombre. Estoy mal con los hombres, y eres hombre. No te espantes, si fueras un peñasco, un escollo, que me hubieras dado el ser, te nombrara padre míl veces, y a tus pies bajara a darte tierna, y loca otras tantas, los brazos, y la boca, tomando de su calma eterna más dureza para el alma, más piedra para el pecho, y aún no estuviera entonces satisfecho, que está, Alpino, mi afrenta de sangre humana hidrópica sedienta, muda el ser de hombre en risco, de esta montaña rústico obelisco, de los huesos de tantos brutos, que dieron de mi furia espanto, y llamarete luego padre; mas entretanto, seré al ruego tuyo sierpe Africana. Haz cuenta ahora, que esta cumbre cana que innova el tiempo. Alfreda, de adonde como arroyo entre arboleda, en plata fugitiva, parece que esta barba se derriba por el campo del pecho, hasta el mar de la muerte que es estrecho, que también es montaña: ¿peñasco soy, Alfreda, que la baña el Po del llanto mío, si lo que es mar llamarse deja río? Roca soy de mi llanto, escollo soy, pues he sufrido tanto. Lágrimas me has debido, corrida estoy de ver que me ha vencido piedad ninguna humana: padre, padre, no más, la barba cana de tu caduco muro, no vea a los asaltos más seguro del tiempo, de esta suerte, llenar de llanto el foso de la muerte; ya voy a ser reparo de ese noble edificio, que fue amparo del ser primero mío, que no soy áspid, ni peñasco frío: mujer soy con entrañas, que aunque me dieron leche esas montañas de un ama servil , antes no le bebí peñasco, ni diamantes; sangre fue, tan vencida de la piedad, que le debí la vida. En los brazos te espero, Alfreda hija, llega, si el postrero aliento no me falta, antes que llegues, que la muerte asalta por otras baterías de larga edad, las pocas fuerzas mías. Ya llego, padre. Ahora salga de mí la muerte vencedora. Ya no podré atrevida, que te daré con el aliento vida. Qué de veces, Alfreda, me la has quitado, y qué de veces queda (porque sepas tu historia) por mi caduca vida la victoria. Pluguiera al Cielo, que antes que los sucesos fieros; inconstantes de tu destino airado, te hubiera tu pasión precipitado, hubiera muerto Alpino, como, Alfreda, tu ciego desatino. Si reprehenderme intentas, haciendo ostentación de mis afrentas, aunque el amor las dora, no estoy en tiempo de escucharte ahora. Si quieres que la historia sepa, para quien guarda tu memoria el Cielo, atenta escucho, que en mis agravios con mi sangre lucho, que soy más que ella alcanza, que lo dice el valor en mi venganza. Óyeme atentamente, que nunca al corazón el alma miente. Ya suspendiendo agravios; estoy, padre, colgada de tus labios. Sabrás, Alfreda mía, que ya es tiempo que venza la porfía de mi justo deseo, que el Duque de Milán, Don Amadeo, Príncipe desdichado, que con tu madre, Alfreda, fue casado; de quien el nombre heredas, y la suerte también de las Alfredas, saliendo a caza un día, fue muerto con tu madre en compañía, yendo de ti preñada, de sus propios vasallos, que en celada le esperaron traidores, impulso de secretos superiores. Yo, que leal seguía de los Duques los pasos, y la impía ejecutada hazaña, hallé corriendo sangre la campaña, del vientre de tu madre te saque, que en los brazos de tu padre: Alfreda. Escucha. Alfreda Esta voz me arrebata, a Dios te queda Escucha, Alfreda; aguarda, que el viento, que te sigue, te acobarda en tu veloz porfía: ¿a qué voz más dichosa que la mía tanta atención ofreces? Pareces ilusión, sombra pareces, aborreces los hombres, y cuando más te agravias de sus nombres una voz de hombre apenas repetida del eco en la arenas de esta sierpe de plata, que paciendo mosqueras se dilata por márgenes hibleos , con tantos laberintos, y escarceos de animadas espumas; te viste viento, y te calza plumas. ¿Qué enigma es esta? Ataja. Al monte. Al río. Tras de Alfreda baja, si el temor no me miente; de ese repecho un escuadrón de gente, darle la muerte intentan. ¿O prenderla sin duda, no me alientan poco en estos celos los torpes miembros los piadosos Cielos en su socorro acudo? Detente, humano tronco, parto rudo de estos montes, ¿quién eres? Si me concedes ir, quien tú quisieres, que voy tras de una vida, que tengo a lo mejor del alma asida; y está el quedar en calma, morir mi vida y dividirme el alma Todas estas selvas; son, Polidoro, laberintos de amor, y monstruos. No lo es menos tu ciego albedrío. Al hermoso Minotauro, que yo, Polidoro, sigo, mayores dificultades del alma le sacrifico, que ya divina sirena de estos piélagos sombríos, verdes de Abril Océanos, golfos de Mayo floridos, con la sonora armonía de los hermosos hechizos de sus ojos, donde el Cielo cifra de muchos Cielos quiso; me tiene sin mí; que no hay para todos los sentidos música que se compare con la belleza. Eso dijo Platón; mas habló del alma no más. La de Alfreda ha sido de los Cielos competencia, como del Orbe prodigio: Y no es mucho que arrebate, como móvil por abismos de luz, por mundos de soles, los ciegos sentidos míos. Déjame arder, Polidoro, en incendios tan divinos, déjame anegar. Apolo, si ha de costarme lo mismo que a Carlos, que arrebatado del entendimiento vivo, y muerto ha quedado en nuevo éxtasis de eterno olvido, tan privado, y tan suspenso de su natural juïcio , que de quién es no se acuerda, por esta esfinge del Hipo, por esta Medusa llore Mantua su fatal destino. Vuelve sobre ti, y pues fue, Apolo, tuyo el arbitrio, para desterrar a Alfreda, con diferente designio, pues Carlos está incapaz del gobierno, el ser marido de Laura intenta; y sin más embarazos, ni peligros, Duque de Milán serás; juntando Estado tan rico al de Mantua, y podrás luego de Italia ser dueño altivo en breve tiempo con esto, que entonces este vestigio; que hoy es terror de estos montes, verás a tus pies rendido. Tus consejos, Polidoro; son de deudo, y son de amigo; mas con amor no hay consejos. Señores, socorro pido contra esta fiera o demonio, que otra vez a darnos vino tan mala vida a estos montes, que siendo este basilisco mujer, allá imagino que queda Gila. Sosiega el pecho. Estoy sin sentido. Segura estas con nosotros. Más segura estó conmigo. Pierde el recelo. No puedo. ¿Qué es lo que te ha sucedido? Sabrán sus mercedes: Di. Que hoy mi mala suerte quiso, que con Mengo me casara, el que toca los Domingos el tamboril, y la frauta, que Mengo, el padrasto mío, dices que me hizo ḥuerza: mal haya yo si tal hizo, son que fue voluntad mía, que no hay hombre tan maldito, que si una mujer no quiere, de bueno a bueno, en un sigro la podrá forzar un dedo, y digan, que yo lo digo. Al fin, yo, con lo mejor del puebro, que son mis tíos, mis primos, y mis comadres, después que el Cura nos hizo marido; y mujer, y encima nos echó el yugo bendito, que suele volverse promo, siendo volante al principio, para celebrar la boda, a Valdellolmo volvimos, y al bajar esa cañada, encontramos sin cintillo ese demoño, y con una tranca que trae de quejigo, sin obrigalle como antes, el rabel; ni el caramillo, el tamboril, ni la frauta, que tocaba mi marido, como un arseo , tal ricia hizo en mosotros, que huimos unos tras otros; rodando derrengados, y aturdidos, muertos, y descalabrados, el ribazo abajo el río, la burra, que la comida llevaba por esos trigos de Dios, espantada echó como una persona, y dimos yo, y Gila al lugar la vuelta; pero perdiendo el camino, encontramos otra vez con ella, y que la ha cogido piensa, que esta emberrinchada con el Duque, que el juicio dicen, que perdió por ella, después que la mandó él mismo volver a este monte, y quiere despicar al enemigo, quilloro en nosotros, siendo ingrata a tantos servicios, como todos le hemos hecho; y habiendo a su padre Alpino curado una enfermedad, de que ya muerto le vimos, por causa de haberse vuelto de muesa Aldea a los riscos, por celera que le ha dado el señor Duque; imagino, que ella le busca por dalle muerte, que así mos lo han dicho. Lo que más siento es la burra de Mojón, que siempre ha sido su regalo, y a estas horas debe de estar de esos pinos colgada, y aún derrengada. Y de Carlos, ¿qué se ha dicho? Por aquesos vericuetos, dicen, que llamando a gritos, anda sin entendimiento, a Alfreda, que los hechizos, que le ha dado, de esta suerte quieren curalle los mismos, que en Milán de su destierro causa en nuestro daño ha sido. Y que un escuadrón de gente armada, el monte, y el río, para prendelle, han cercado, por ver si puede el juicio cobrar el Duque con vella. De otro menguado me han dicho, que anda de ella enamorado, también perdiendo el sentido, y que es gran señor, y todo; y que tras ella se vino desde Milán a estos montes, con criados, y mocicos, por ver si puedo obligalla, también como Carlos hizo, cuando la llevó a Milán. La villana te ha cumplido de justicia. Yo me voy a buscar a mi marido. Hombre, ¿eres tú, qué a los aires de estas florestas vecino, bullicioso, por dos veces de los ecos repetidos, has dado el nombre de Alfreda? ¡Ay, Cielo! el demoño vino. Yo soy quien tu nombre adora desde que esos dos divinos incendios hicieron Troya la Ciudad de mis sentidos. Apolo de Mantua soy Duque, que quien soy te digo, para obligarte, si el Cielo, Alfreda, sereno miro de tus ojos, serás dueño también de Mantua conmigo. Mi esposa serás, y Carlos podrá perder el sentido segunda vez de celoso, de su mudanza el castigo. Toma esta mano. Villano, Apolo vil, Duque indigno de Mantua, de una mujer, ¿qué gozó otro hombre, marido quieres ser? ¿Qué confianza puede tener de tus bríos, de tu honor, de tu valor, ni de tu amor? ¿Quién ha visto, que por esa infamia pases, para cumplir tu apetito? Si me dijeras que habías de matar en desafío a Carlos por mí, y casarte después conmigo, contigo quedara más obligada, que corazones altivos no agradecen bien, que viene con tan infames principios. Yo mataré a Carlos. Viven los Cielos, si ese delito, ni aún con la imaginación cometes, habiendo sido tan vil hombre en la primera, que después que de esos riscos, que crespas nubes parecen del Cielo, al tardo zafiro del Po en átomos te llueva, porque al primer parasismo te beba el aire primero, que racional torbellino de fuego a Mantua convierta en Pirenes , en Olimpos de cenizas abrasadas, porque no esté el Apenino soberbio, que está en Italia, leyendo al Cielo epiciclos . Sola yo tengo licencia de matar a mi enemigo, y es imposible, que tema por sagrado el pecho mío, donde se ha fortificado de suerte con mis sentidos, que hemos de morir los dos, para que muera conmigo. Y quédate, que no quiero matarte, porque no estimo victorias para mis brazos, de cobardes, ni rendidos, que entre esos sauces parece; que a mi viejo padre miro necesitar del socorro de mi valor nunca visto, contra un escuadrón que intenta prenderle. No he de deciros, villanos, mas. Padre, aguarda, que Alfreda va en tu servicio, a ofrecer la misma sangre, que le diste. Y yo te sigo como Apolo, ingrata Dafne, Duro roble fugitivo solicitas abrazar, no verde laurel. A Enrico, a Fabio, y Artemidoro , ordeno, que entre los mirtos, que coronan ese monte, ese humano basilisco, con la música arrebaten, pues tanta virtud se ha visto, que tiene en ella, que si ese bien, que idolatro, consigo, Polidoro, otro mayor, ni le busco, ni le invidio. Haré tu gusto. Ay, Alfreda, que por ti estoy imagino, más loco que Carlos ya, aunque más cuerdo. Yo he sido de dicha, pues quedo viva de barato, el Cielo hizo en mi favor: buenos andan estos mentecatos finos por Alfreda, Duques echa por ahí , que es un juicio; ¡hay tal cela ! Para, para. Carlos, y Laura imagino; que en una carroza ahora llegan a este verde sitio , deben de andar con el Duque; sin duda por divertillo, de rama en rama. Ah, Dominga. ¿Quién es? Mojón: ¿Habés visto a mi burra por allá, que ando por ella perdido? Mayor cuidado tenéis con ella, que no conmigo. Pruguiera, Dominga, a Dios, que fuerais a su servicio mi burra, y no mi mujer. Ser mujer vuesa es lo mismo; bajad acá. No me atrevo, por esa espanta borricos, que nos volvió acá el diablo, Alfreda, Alfreda. ¡No ha visto más raro suceso el Cielo! César, César. ¿Señor? ¿Vino Alfreda? Ya se acababa de vestir. ¿Cuándo ha traído vestido el Sol? Linda frema trai el Duque dando gritos por esa bellaca. Laura, ardo, y hielo, muero, y vivo. Llama a Alfreda; pero aguarda; que en este lienzo florido de este bosque, me la copia el pincel de mis suspiros, que estas aves las escucho, en aquel cristal la miro, alientola en estas rosas, y témola en estos lirios, que por azules están de celos, dándome avisos, y ayudándolos aquellas manutisas , y jacintos. En aquellas maravillas la gozó el breve distrito de vida, que el Sol naciendo le dan, y mueren con él mismo . Enamórala en aquellos blancos, y rojos narcisos, y en estos confusos ecos, que me responde imagino. En estas sombras la abrazo, en esa arena la escribo, en mis engaños lo alcanzo, y en ese laurel la sigo. Siendo en los locos bosquejos de cuadro tan peregrino, todas mis venturas sombras, lejos todos mis sentidos. Ya dicen, que viene Alfreda, Carlos, a verse contigo, templa las ansias, y vence recelos tan mal nacidos. Dile, que no venga, Laura, que tiene por enemigos las invidias de Milán, que mi amor propio ha vencido. Que se guarde, y pues el Cielo entre Planetas, y Signos para su Sol le aposenta, que abrase a dorados giros el mundo, que llueva Estrellas sobre los Orbes. ¿Qué digo, Dominga? Pescuda al Duque, pues ha andado esos caminos, si ha vido mi burra acaso. Alfreda, Laura ha venido naciendo por esos montes. déjame a los pajarillos, que la reciben cantando, ayudar con versos míos. Alfreda, Alfreda. No sé Alfreda, si habra conmigo, ni me pasa por la puerta de la calle, que he nacido Afredo, gracias a Dios, macho, para su servicio. ¿Pues quién eres; que la nombras? Mojón só, recién marido de Dominga, aunque enviudado de mi burra que la hizo tomar las de villadiego AlFreda, por esos trigos. ¿Tú has visto a Alfreda? Pruguiera a Dios nunca habiera sido tan dichoso. Baja acá. Baja, Mojón. Divertirlo podrá este villano. Baja. Aunque con miedo infinito, ya lo hago, y hago más de lo que piensan conmigo. Llega acá. Ya estó a sus pies, aunque imagino que olisco . Di. ¿Qué manda su merced? Villano, ¿tú has merecido ver a Alfreda cara a cara? Por un cedazo la he visto, como cuando está escifrado el Sol. ¿en qué me he metido? ¿Y qué viste en ella? Vi a todo el mundo: ¿qué digo? al mundo, y a todo el Cielo, con sus Ángeles benditos, y sus animas. ¿No es bella? Cuerpo de Dios, ¿esto ha dicho? Las siete Cabrillas son sus escravas, y los Signos sus lacayos, los Pranetas sus pajes, y sus meninos, la Estrella de Venus es su camarera, el camino de Santiago es su estrado, su cochero es él Sol mismo, el carro es su chirrión , la vocina su mosico , la cánícula es su perra de falda, su escritorillo el alba llena de frores, el Lucero es su pollino, la Luna su cocinera, y el Norte su porquerizo. Dame esos brazos. Pardiez, que a Duque tan comedido, que estoy por besalle, y todo. A Carlos ha divertido. Guardeos Dios, Embajador. Vuélvale Dios el juicio, como puede, a su merced, y a mi burra. Eso mismo, que os digo, responde a Mantua. Manta hará en todo su oficio, que será, como es razón, calentarnos cuando hay frío. Y desengáñese Apolo, que Leda de mi albedrío no ha de ser dueño, entretanto, que a Alfreda me sacrifico. Apollo no tiene razón, ya que no le hemos comido con su agraz, ni ajo pollo, de hacer estos desatinos. Esto ha de ser, y no más: no repliquéis. No reprico, ni habro palabra. Por vida de Alfreda, que es dueño mío, que si ofendéis su belleza con pensamientos indignos, que me enojéis, y que os cuelgue de una almena. ¿Quién me hizo Embajador? No penséis, que el corazón no vencido de Carlos, a Mantua teme. ¿Cuándo yo menos he dicho? ¡Ah de la Guardia! ¿Señor? Mata ese villano altivo, que ofender se atreve a Alfreda con injustos desvaríos, o yo lo haré por mis manos. Señores, ¿quién me ha metido en esto? ¿Yo Embajador? Su Alteza será servido de perdonaros. Su Alteza se duela de mí, que he sido, para tratar de negocios, Embajador muy novicio. Por Laura perdono, y luego de Milán os salid. Digo, que no dormiré esta noche en Milán, ni en su distrito, ni aún con Dominga, si fuere menester. Mojón, ya os sigo. Las plumas me calzaré, Alfreda, del pensamiento, conque del fuego, del viento, y del Sol te sacaré. Síguele, César. Aguarda, Carlos, que ha sido ilusión. ¿Pero qué medroso son es este que me acobarda? Laura, y César, oponeos al enemigo poder, porque me vienen a hacer guerra mis locos deseos. Detente. A tanto furor no hay resistencia que aguarde. ¿Quién te hizo, Carlos, cobarde? La locura de mi amor. Este tambor que ha tocado, dice, Laura, que hace el son a un Labrador Escuadrón, que estos montes han formado contra Alfreda, en compañía del que vino de Milán, para prenderla, y están resueltos darla este día muerte, o llevarla en prisión Laura, Laura, ¿no tendrás (para defenderme más de este enemigo Escuadrón, que me acomete) un retrato de la belleza de Alfreda, porque ser mi escudo pueda? Carlos, si: divertir trato con un naipe, que he traído del de Leda, acaso aquí, su locura, quizá así treguas dará a su sentido; que no estando en sí tendrá por el retrato de Alfreda, siendo pintura el de Leda: vesle aquí. Muéstrale acá. Y puede ser, que también su belleza le enamore, y más a Alfreda no llore, que estará a Milán más bien. Déjame a solas, que quiero entre estos mirtos quedarme con él, quizá vendré a hallarme donde me perdí primero. Vamos, César, que imagino, que el Duque ha de descansar con esto. Quiérale dar el Cielo, a su desatino amoroso, alguna calma. A la vista estar podemos. Amor siempre ha sido extremos. (VANSE Y QUEDA CARLOS SOLO) Alfreda, vuélveme el alma, por tu retrato, ya que le trata tu original en tus ausencias tan mal, olvidada de mi fe. Esta fuente me dirá, que la copio tantas veces, retrato si le pareces, que para testigo está de su divina hermosura, y de su desdén esquivo. Ah del cristal fugitivo: ¿Quién va allá? Va mi locura: ¿Es de Narciso? No, que solo puede a esta fuente llamar un amante aviente, que el alma a Alfreda le dio. Pues ¿qué pretendes? Cobrarla, que traigo por escritura este retrato, y procura con la tuya cotejarla, el alguacil de mi amor, de parte de mi escarmiento, porque dice el pensamiento, que es de su olvido acreedor. Falsa está, tu intento es vano, no hay quien cobrar te conceda, que esta firma no es de Alfreda, ni este signo de su mano. Risco, que al nuevo arrebol desvanecido te subes. a coronarte de nubes, o a ser escala del Sol: De parte del furor mío te has puesto para obligarme, desde aquí a precipitarme con mi loco desvarío. Si adelante pasar quiero, y es fuerza volverme atrás, lo que no pensé jamás. Tu retrato verdadero es, Alfreda, este cristal, pues te miro en él presente. Abajo un hombre a una fuente le esta, sino advierto mal, pidiendo plata, y parece a Carlos. Alfreda mía, pues en esta fuente fría, tú sol al Sol amanece, concédeme que te beba un rayo que invidió Apolo. Porque le parece solo a Carlos, su fin me deba, que este peñasco le hará desde este risco pedazos. Alfreda, dame los brazos, no te escondas. Allá va. En la soledad de un monte ausente vive Amarilis, que quien vive ausente amando, no puede decir que vive. ¿Qué secreto natural , que me arrebata, y me rinde, es este, contra la fiera inclinación que en mí vive? Con la música confieso, que los versos apacibles me han lisonjeado el alma, que parece que los dice mi amor: ¡ay, Carios, ay, Carlos, que mal mi fe conociste! De la fuente se ha salido Alfreda, y entre las libres hojas, que sacude el viento, se esconde a mis ojos tristes. Dadme a Alfreda mirtos verdes, o los altos Cielos miren, que la Troya de mi amor os vuelva cenizas viles. Engañome: Alfreda, Alfreda. ¿Quién me llama? Carlos. Vive, Carlos, dichosas edades, que no he de verte, ni oírte más. Dame el alma, que tienes mía, y correrás más libre. Vive con la mía, Carlos, aunque no la mereciste, porque volverse a trocar otra vez, es imposible. Ni me sigas, ni me llames, que en vano es ya persuadirme, haz cuenta que murió Alfreda, pues que tú la causa fuiste, que quien vive ausente amando, no puede decir que vive. ¡Oh ruego a Dios te detengan las flores, porque las pises! Esta fue ilusión, que Alfreda por Ninfa esta fuente asiste; quiero recostarme junto a los márgenes que ciñen su cristal, que estoy rendido de seguir los infelices pasos de mis fantasías: pluguiera a Dios, que rendirme pudiera algún rato el sueño, que es la calma de los tristes, que quien vive como yo, cuando duerme es cuando vive. Argos de zafir celestes, ¿a qué prodigiosos fines dirigís desdichas tantas, que como sombras me siguen? Carlos ha perdido el seso por mí: ¿qué más a su firme amor le puedo deber? Pensamientos, ya quisisteis a Carlos, buscad a Carlos, que es esfera donde viven vuestras amorosas ansias, morid adonde nacisteis; que si el cuidado no es ilusión, allí se rindió junto a aquella fuente al sueño, cansado de combatirse. ¡Ay, Carlos! ¡Ay, Carlos mío! ¡Cómo olvidar es difícil lo que se quiso una vez, que amor en diamante escribe! ¿Pero qué retrato es este, que tiene en la mano? ¡ay triste! cuanto se teme sucede, cuanto se ostenta se finge. Esta es Leda: ¡Ah, falso Carlos! ¡Ah, vil amante! ¡Ah terribles celos! De nuevo estoy loca, pues que como hombre fingiste; como mujer agraviada te mataré, que desdicen ofensa, y amor. ¿Qué es esto? Vengo a matarte, ingrato Carlos. Alfreda, deja aún por sueños, que pueda los brazos del alma darte: mas aunque hallarte , y tocarte pretendo, lo intento en vano, que eres un espejo humano, en que por reflejo estás, y te busco por detrás como niño con la mano. Yo vine a mirarme en ti, también como a espejo ingrato; hallando ajeno retrato en ti, del que estaba en mí: a Leda en tu luna vi, y con ofensas tan claras, dije: ¿Alfreda, en qué reparas? muda en tu amor de consejo, que Carlos es hombre, espejo que hace a todas las caras. Este retrato de Leda, Laura mi hermana me dio, pidiéndole el tuyo yo, quedando en fe del de Alfreda en mi poder, como queda de jugador, que ha perdido naipe, cuya suerte ha sido, con que el caudal le han ganado, o herido, que le han dejado el acero, que le ha herido: Dame los brazos. Detente, si en ellos ver no procuras, con el fin de tus locuras, mi venganza juntamente. Darme tu vista consiente por milagroso portento, Alfreda, el entendimiento, y vida no me reparte. Sí, Carlos, para dejarte; mas muero en el sentimiento. Ya es imposible morir, que te he llegado a mirar. Volverete yo a matar. Y volveré yo a vivir. A Leda podrás decir esas finezas, tirano, que a mí su hermano inhumano, veneno en pincel me dio, pero matárete yo a ti, a Leda, y a su hermano. Muera Alfreda , porque acabe nuestro asombro. Muera Alfreda, muera esta fiera. No tiene el mundo para ofenderla poder. ¡Extraño furor! ¡Villanos sin resistencia! No ha de escaparse esta vez: muera a nuestras manos. Muera. Deteneos, que matáis, traidores, a la Duquesa de Milán. ¿Qué dices, hombre, retrato de su fiereza? Que Alfreda, y no Carlos es, por más legítima herencia, dueña de Milán, Lombardos, porque es hija, y heredera del Duque Don Amadeo, y de la Duquesa Alfreda, por quien tiene el mismo nombre, cuya historia, cuyas señas sabréis, y veréis despacio, que este pecho las conserva. Yo soy el Marqués de Alpino su deudo, y padre de César, que debe estar presente, y como muerto me hereda. Su valor es el mayor. De Milán seré Duquesa, mereciendo ser tu esposa, porque tú, Carlos, los seas; y casando con Apolo a Laura, que en tu presencia está, para hacer a Alpino merced, que es padre de César, le suplico que le dé también por su dueño a Leda, pues es pariente de todos. ¡Notable suceso! En estas conveniencias todos fuimos, los que ganamos, Alfreda. De esta suerte escribió Lauro, que Amor es Naturaleza, pidiéndoos perdón, Senado, y acabando la Comedia.
