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Texto digital de El amor desafiado

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Atribución tradicional
Luis de Belmonte Bermúdez
Atribución estilometría
Luis de Belmonte Bermúdez Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática (corregida con posterioridad) del autógrafo (Barcelona. BIT: Vitr. A Est. 5).

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Cita sugerida

Rodríguez Nicolás, Sergio. Texto digital de El amor desafiado. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amor-desafiado-el.

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EL AMOR DESAFIADO

JORNADA PRIMERA

Yo no he de pasar de aquí aunque me rompas los cascos si no me dices primero si vamos desafiados. Yo he desafiado a un hombre. ¿Y sabes si trae lacayo? Tú no has de reñir. ¿Qué importa que le traiga? Por si acaso, que, si el otro me convida con un parde cintarazos, será bien que yo me esté haciendo vainicas. Vamos a nuestro negocio y dime la ocasión, que, si a tu lado no fuere Cipión un mandria y Héctor y Alejandro Magno dos badeas... Estás loco. Que me niegues el salario de tres meses... No te he visto, Bretón, más desenfadado... Hay horas para reñir. Y es lo agora. Falta un cuarto Y, pues en ese cuarto de hora, si me vieres peleando, has de estar callando y lejos. ¡Oh, méritos soberanos los de la obediencia! Digo que te juzgo, aunque mi amo, un prior de la Cartuja para obedecer callando, pero toma tu rodela, si no te causa embarazo, que puedo yo divertirme y no parar en diez barrios en viniendo tu enemigo. Ya de escucharte me canso. Y yo también de traella porque ya he considerado que es tu desafío el toro, que anda el lacayo cargado del rejón y a punto crudo viene a dársele a su amo y él se queda aventurero y alguna veces rodando sin que el rejón le aproveche. Escucha, pues, entretanto que viene don Juan de Silva, a quién he desafiado. ¿A tu grande amigo? Sí. ¡Jesús!, que un maese de campo cómo tú, de quien fïar para los mayores casos y empeños de Portugal el conde de Fuentes tanto contra la armada enemiga que con el prior de Ocrato don Antorio dio a Lisboa tan marciales sobresaltos ¿Tú, Sancho de Ávila, tú, blasón de heroicos soldados españoles, caballero más que Bermudo y Laín Calvo, desafías a un amigo? Importó desafiarlos. Pues ¿qué importará que el duelo traiga duelos y quebrantos?, pero dime, por tu vida, ¿no es Rodriguillo el lacayo de don Juan? Sí. ¿Ya le temes? Es algo desaliñado de conciencia y no querría que lograse un hurgonazo barloándose comigo en medio de un besamanos, que es hombre que con la chica tienta el jamón a un cristiano, diciendo «es de algarrobilla, pero güele un poco a rancio», mas dime, ¿por qué ha querido, siendo amigo más que hermano, desafïar a don Juan? Causa ajena me ha obligado. Don Diego Tello es mi amigo y capitán de caballos en Lisboa, como sabes. Es ilustre mayorazgo y bizarro caballero. Prosigue. Con el amparo del conde de Fuentes trata de casarse. Estoy al cabo de la inteligencia, di. Doña Leonor de Alencastro es la dama que pretende bello portugués milagro. ¿La hija de don Duarte, virrey de la India? Hallaron la hermosura y el ingenio sujeto en ella bizarro para pinceles y plumas, las tormentas y naufragios se rindieron a sus ojos, las ondas se embelezaron juzgándola por sirena sobre cristalinos campos. Pues no se inclina a casarse, pero, su padre tratando con don Diego el casamiento por saber que gusta tanto el conde de Fuentes, pienso que hoy tratan de efetüarlo. Yo por las obligaciones que debo al conde, empeñado en que se case don Diego, sabiendo intentos y pasos de don Juan, que solicita a Leonor, y ya avisado que deje sus pretensiones y él con despeños tan claros prosiguiendo en sus intentos, nos hemos desafïado para esta noche y así como ves, Bretón, le aguardo agora que las tinieblas enlutan cielos y campos en esta calle. Porque no era mejor desviarlo, pues en esta calle vive doña Leonor. Yo no alcanzo tu intento, aunque está el discurso de puntillas. Es bizarro don Juan, amante y resuelto y, si sabe que trataron para esta noche las bodas de don Diego, despeñado y ciego —que en ocasiones le he visto hacer temerarios excesos— podrá arrojarse furioso para estorbarlo, olvidando el desafío y acudiendo al mayor daño y, así, yo, con dos intentos, le espero aquí: por sacarlo de la calle y detenelle en el campo tanto espacio que baste para el efeto de las bodas. Escarbando me está la curiosidad otra pregunta en los labios: he aquí que viene y no quiere verse contigo en el campo, sino arrojarse en la casa, u loco, u desesperado, y hacer si es que ha de reñir de una vía dos mandados. Pues, necio, por eso estoy para detenerle el paso embarazado comigo mientras que se dan las manos con su riesgo o con el mío. ¡Que te haya hecho el diablo casamentero sanguino! Detente, que siento pasos. Con esos pasos presumo que han de venir envidando, que ya mis pobres costillas huelen el trunfo de bastos. ¿A quién habrán susedido, cielos, lances tan pesados? Doña Leonor me avisó que la viese entre los pardos silencios de aquesta noche por un papel y con tantos mortales desasosiegos de los mismos que yo aguardo que advertí en el más peligroso que tiene letras y rasgos y en su misma calle —¡cielos!— me señaló sitio y plazo donde ha de verse comigo Sancho de Ávila, preciado de favorecer las causas de don Diego, reventando estoy de furiosa pena. Dos vuestros son y parados. Pues ¿qué importa que se paren? Es que así valen por cuatro. De los que van su camino otro mayor embarazo. Se ofrece que vienen luces a la calle. Ya empeñado, una vez que me detengo, muestra, Rodrigo, que al paso nos van saliendo dos hombres. Seguro tienes el campo mientras pasa tanta gente con luces. ¡Suseso estraño! El conde de Fuentes es que a don Diego acompañando viene a efetuar sus bodas y, sin que pueda escusarlo, si me ven, he de ir con ellos. Retirémonos en tanto que pasan. Las luces vienen. Pero vienen a lo largo y no sabemos quién son los dueños. Pues apartados aguardaremos que pasen. Hoy mis dichas se lograron. Señor don Duarte, debo a vuestros blasones claros el cuidado con que os sirvo. Hoy me cobráis por esclavo. Vueselencia es dueño nuestro y ha de estar siempre a su cargo honrarnos. Señor don Diego, caballeros tan bizarros como vuesasted es justo servillos y apadrinallos. Señora, ¿qué es lo que intenta? ¿No viste que en casa entraron las hachas para mi entierro? El tálamo desdichado será sepulcro a mi vida porque tengo hecho pedazos de dolor el corazón, ya en el cuello siento el lazo de mis últimas desdichas y a mis ahogos llegaron a convertir mis deseos en miedos desesperados. Bien se ve, pues no has querido vestirte de bodas. Vanos respetos de un padre injusto. Hoy muero, pues tanto aguardo. Dos hombres vienen. ¡Oh, cielos! ¿Si fuese don Juan? ¡Que tanto empeñes tu honor sabiendo que agora has de dar la mano a don Diego! Tus consejos llegaron tarde. Logrados he de ver hoy mis deseos porque aun no ha llegado Sancho de Ávila y podré saber en este pequeño espacio los intentos de Leonor, que al balcón me está esperando sin duda. Es don Juan. Yo soy. Bella Leonor, tan turbado me tiene ya tu papel que apenas... Ya no hay espacio para hablaros más, que solo cercada de riesgos tantos vine a saber si sois vos. En un peligro tan claro avisar a mi señor importa. Apenas los pasos muevo entre villanas dudas y en discursos temerarios. Si Sancho de Ávila viene, es peligroso embarazo para que pueda Leonor descubrirme más de espacio la confusión de su pecho. Yo he de ir, Rodrigo, a encontrallo, pues se va por esta calle a su casa, que en un plazo tan precizo reñiremos sin que padezcan agravios del ángel que solicito ni la opinión ni el recato, que, si el valor y la dicha me libran, podré a mi salvo hablar a Leonor. Señor, yo he de morir a tu lado. Necio estás, pues me conoces. Vuélvete a casa. Tus pasos he de seguir, ¡vive Dios!, por si viene acompañado tu enemigo. Ya tenemos, Bretón, más seguro el campo, pues están ya dentro el conde y don Diego. Vuestro amparo ha menester una vida, que viene rompiendo la voz de la muerte que la sigue. ¿Hay suseso más estraño? ¿Qué mujer es esta, cielos? Mas que la traen los diablos... ¿Hay empeño semejante? No, por cierto. De mi lado no os apartéis, que, aunque pierda mil vidas, he de libraros. Vueselencia no se empeñe si traen gente de resguardo, que yo, pues es causa mía, me he de arriesgar. En los casos de esta calidad importa más la opinión de soldado que la de gobernador. Yo basto solo, apartaos. Los demonios me han metido en lance tan apretado. ¿Hay más que salirnos fuera? Armas y voces. Volvamos. ¿Qué es esto? ¿Tantos a un hombre? Caballero, a vuestro lado está mi espada. Trae luces Sabré quién son los villanos que a tal delito se atreven. Caballero, el riesgo es tanto de esta dama que me obliga sin temor a suplicaros que la libréis mientras yo con mejor desembarazo puedo estorbar que no os sigan. No será justo dejaros en el riesgo. Pues, señor, yo la llevaré. Fïado quedo ya en tu diligencia, encubrirasla en mi cuarto sin que lo entienda mi prima. Vamos, señora. Pues vamos a luchar con mis desdichas, pues dondequiera las hallo a hechos. ¡Valiente espada! Sabrán quién son los villanos... ¿Qué es esto, cielos, qué miro? Yo pienso que estoy soñando. Sancho de Ávila y don Juan son. ¡Vive el cielo! Logrados se verán hoy mis deseos si aquí dejáis empeñarlos en una causa tan justa. Sancho de Ávila, ¿tan falso amigo que vos, que vos habéis borrado la nobleza y el valor con un intento tan bajo, pues vos bien me conocéis y que puedo sin el cargo...? Vueselencia, (voto a Dios que estoy por hacer pedazos a don Juan, pero no tiene culpa, si es que llegó acaso, mas no logrará la presa si es Leonor), yo, porque cuando llegó don Juan, si presume don Diego ni los diablos quiero yo que lo presuman si yo le he desafïado, porque don Diego, si agora que para sacallo al campo más que un hombre como yo ande haciendo garabatos, para dar satisfaciones, aunque sea al conde lo vano; si ya he dicho lo que pasa tratemos de remediarlo. No lo alcanzo, juro a Dios. Ni yo, voto a dios, lo alcanzo. Una mujer me pidió favor valiente y bizarro, se halló a mi lado don Juan, sin conocerle a un criado le encargó que la librase y dentro en su mismo cuarto la encubriese. Esto es verdad, y, si piensan lo contrario, se engañan cuarenta condes y cien dondiegos. Y vamos a la conclusión, aguarde vueselencia un breve espacio y verá que, si es Leonor la dama, que se la traigo con la casa y los cimientos aunque fueran los palacios de Galiana. Esperad. Es sarracino mi amo que por ella juega cañas; enojado es temerario. Esto es ya reputación. Y ha de hacer mi amor milagros ¿Adónde vais? Vueselencia le deje, que no restauro mi opinión si cuerpo a cuerpo aquí en su casa, en el campo, no doy a entender al mundo que aun la presunción de agravios la sé yo con esta espada vengar muriendo o matando. Don Juan de Silva no tiene culpa alguna en este caso. Yo sé la culpa que tiene. Pues, si lo juzgáis agravio, no es razón que vais comigo ni a casaros ni a vengaros. A vengaros ya yo tomo vuestra defensa a mi cargo porque donde yo intervengo cualquier honor está salvo. Solo repruebo, don Diego, que prosigáis en casaros con una mujer que tuvo ánimo desesperado para, dejando su casa, perder su opinión. Quedaos, que esto a vuestro honor importa; así os lo ordeno y lo mando como vuestro general. Ya os obedezco. Si rayos fulmina el cielo en su guarda, lo he de buscar y matarlo Don Juan, mientras yo me informo de lance tan empeñado y cobro a doña Leonor, no deis ni tan solo un paso para entrar en vuestra casa porque sabré castigaros, quedaos los dos en su guarda mientras vuelvo. Estos agravios no es razón que los permitan ni aun los sujetos más bajos. (¿Cómo he de sufrir —¡oh, cielos!—, ya que tan dichoso engaño me dio a Leonor, que la pierda por temores tan villanos sin que arriesgue dos mil vidas?) Amigos, yo no quebranto el orden del conde, sé que debéis como criados guardarle, pero yo os ruego que para desengañarlo de la verdad me dejéis que le vea. Eso es cansaros, que no hemos de permitillo. Si a mí me hubiera enviado preso y quisiera romper la prisión, a vuestro cargo estaba guarda y defensa, pero, si llego a rogaros que me llevéis a los ojos del conde, que está enojado y podrá ser que se temple, con mis ruegos no os agravio, supuesto que puede allá mandar prenderme. Obligados de esa honrada cortesía, aunque arriesgásemos algo de nuestro crédito, es justo conceder con vos. Pues vamos, que yo os pagaré algún día esta amistad, despeñados arrojamientos adonde hace el amor los ensayos de los bizarros delitos. (Si con amor me acobardo, hermosa Leonor, espera que a tu defensa y tu amparo baja el mismo amor por que hagamos la guerra entrambos poniendo en ardientes tiros tú los ojos y yo el arco. Rodrigo, ya no hay remedio, mi señora ha de saber quién es aquesta mujer. ¿No ves que está de por medio mi lealtad? ¡Miren qué alhaja de algún capitán romano! Elvira. Cánsaste en vano. Eres mujercilla baja, que romperás un secreto aunque tenga diez candados. Tengo los filos delgados. Si callas, yo te prometo... Si tú no callas con ser tuyo el secreto, ¿qué esperas? No pensé que lo dijeras. Piensas mal, que soy mujer. ¿Qué es esto? ¿Por qué reñís? Calla mujer. Habla, Elvira. En este cuarto... Es mentira. ¿Estáis locos? ¿Qué decís? Que Rodriguillo escondió en este cuarto... Señora. Una mujer. ¿Cuándo? Agora. Mi señor me la entregó y que tú no lo supieras... ¿A mí qué me ha de importar que un mancebo por casar...? Sí, pero no consideras que guarda mal el recato de tu casa. Es hombre, Elvira, pero lo que más me admira es de que se muestre ingrato a tanto amor de Leonor. Es como todos tu primo, la que veo es la que estimo. ¿Es hermosa? En su dolor envuelta como en su manto vino la pobre señora y tanto suspira y llora que ha de anegarla su llanto. Tantos estremos serán celos. La causa es más grave. Muestra, Rodrigo, la llave. Es un demonio don Juan y si sabe... Muestra, necio. Toma tú esa luz, Elvira. Mujer que llora y suspira mucho la duele un desprecio. ¿Quieres verla? Soy curiosa y a sus lágrimas prevengo la piedad. También yo tengo mi poquito de piadosa. ¿Qué ha de decir mi señor?, pero plega a Dios que salga libre de aquella refriega. ¿Es encantada esta casa? ¿No entró aquí mi amo? Bueno, señor Bretón. ¡Pesia al alma! De mis pies yo haré que ayunen de liberales con tanta abstinencia que he de entrarme en la cárcel de aquí a Pascua. ¿Cómo se ha entrado hasta aquí? Buscando unas cuchilladas. Valor gusta de ellas. Sí. Pues yo pienso darle tantas... Amigo de verlas soy. Pues enséñese a llevallas y podrá hartarse de vellas, teniéndolas en su casa. Desviadas darán gusto, pero tan cerca empalagan. ¿Y si le dan ocasiones? Pues ¿hay más de no tomallas? Pues hombre que no las toma ya no ha menester espada. Muéstrela acá. Seó Rodrigo, mire que se perdió España porque Rodrigo guitó a sus vasallos las armas. Yo he de quitar solamente las que no son de importancia. Mire usted, donde no piensan suele saltar una espada. La suya, si se la rompo en los cascos. ¡Quién topara al conde don Julián! Yo he de buscar una Cava que echalle a este Rodriguillo. Ponga en el suelo la capa. Esa es muy poca limpieza. Sobre este bufete basta. El sombrero y la ropilla. ¿También pedirá las calzas? ¿Vusted piensa que me llamo Leandro que me echa al agua? ¿Gusta de verme pasar del estrecho de su casa sin saber nadar? Agora le concedo que se vaya. Acompáñeme vusted. Si no han de quitarle nada, ¿para qué es la compañía? No ha dicho mal, pero ladran mil perros en viendo a un hombre desabrigado y le agarran de un juanete sin que tenga más defensa que palabras de presente y al ruïdo llegan cuarenta mil almas de diez u doce parroquias y ven a un hombre con barbas alquilado de vendimias y, si la justicia pasa u de ronda, u de Antequera, con prevención tan liviana podrá presumir que soy escalador de buhardas. Por todos esos peligros pasan los pícaros mandrias. Y por otros muchos, ea, temo volvelle las ancas, que es un lacayo Vellido y Zamora mis espaldas. ¿Cómo va de esa manera? Quiero ensayar una danza de cangrejos. Ya le entiendo. ¿Quién abrió aquella ventana? ¡Buen gallina! Leonor, estoy en duda, ¿a qué parte primero el alma acuda? ¿A la piedad de tu infelice suerte o al asombro de verte tan libre que aventures de atrevida el honor —que es la vida de mujeres ilustres? ¿Tú te atreves, tú de tu casa mueves para arriesgar tu honor plantas veloces? ¿Quién eres? ¿No conoces qué dirá el mundo si don Juan, como hombre, llegase a aborrecerte?, y no te asombre, que de estos casos tiene el mundo escrito ejemplos infinitos, pues, si el desprecio te apagase el fuego, ¿cómo serás esposa de don Diego con una acción tan baja? ¡Oh, mujer ciega que al delito se entrega de sus mismos recatos enemiga! ¡Oh, qué corrida estoy que seas mi amiga! ¿Hay suseso más grave? Leonor es —¡vive Dios!— y aun no lo sabe mi amo, su valor le habrá librado. Quiero avisarle como fiel criado del bien que tiene en casa. Ya de consuelos a castigos pasa, Beatriz, tanto rigor, pues tú me afliges, con tantas amenazas me corriges, ¿no basta ya el dolor que me atormenta?, que, como no revienta por ojos ni por labios, el corazón ahogan los agravios porque son para verse divertidos poco mi llanto y pocos mis gemidos, o te mueva a piedad mi desconsuelo, o contra mí conjures todo el cielo. Quiero que en mis desdichas más bien lloradas cuanto más bien dichas consideres, Beatriz, vecino al puerto tormentoso un bajel que corre incierto, árbitro el viento de las crespas olas, pendiente el leño de esperanzas solas, y aun esas no se atreven a tenellas porque para perdellas les arroja inclemente la fortuna un confuso naufragio a cada una. Las gavias que se vieron coronadas de las ondas saladas, casi abreviado el ya funesto pino en hondo remolino, convidando a los árboles y entenas a tracegar del fondo las arenas; las gavias —digo— que subieron luego trepando espumas a ensugarse al fuego, tan hidrópicas —ya que ardientes viven la misma fuente— que las nubes llueven en este afán postrero ya perdidos, del viento escarnecidos, de las ondas burlados, del cielo amenazados la aguja ya sin luz, el árbol roto, vacilando el piloto, sin velas los trinquetes y mesanas, empachados motones y roldanas, Babilonia del agua a quien socorre la misma muerte al trabucar la torre con distinto clamor con vario acento, vagando de elemento en elemento, sin más orden las voces y el oído que reducirse todas a un gemido en este ensayo tan feroz adonde la muerte dilatada se responde, en cuyas pausas que el asombro advierte dura más el ensayo que la muerte, el dueño del bajel ve la ribera, perderse considera en tropel tan confuso de agonías, al mar se arroja en las espumas frías, no busca la salud su atrevimiento, que es de un bizarro espíritu el aliento sacudirse del riesgo envejecido, aunque mire el que busca más temido, porque, al fin, es valor —y así lo apruebo— decir que muere de peligro nuevo el temor, el respeto, la obediencia, oír de un padre injusto la sentencia de un casamiento y huracán deshecho, pasando de amenazas el estrecho, el respeto del conde por padrino, a cuya roca tiembla el fácil pino, Sancho de Ávila, fiero en su porfía —que hasta los mismos vientos desafía—, confïado don Diego, en tantas olas de desdenes ciego, y esta máquina toda previniendo mi muerte en una boda, veo a don Juan. ¡Oh, puerto generoso, aunque, por más cercano, más dudoso dejó el bajel y olvido tanto riesgo temido y a las playas me arrojo porque veo de mi muerte el trofeo, siendo padre, criados y parientes borrascas inclementes, árboles, velas y timón rompidos, potencias y sentidos y con la luz ya muerta, que solo la despierta la hermosa playa que tocar procura en tanta desventura. ¡Piedad, cielos, piedad!, si alguna espera quien descubre la muere en la ribera. ¿Quién hay, hermosa Leonor, que pueda negar consuelos a tus mortales ahogos? No hay peligro, ya no hay riesgo a que por ti no me arroje, que, si no disculpo el yerro, debo por mujer y amiga solicitarte el remedio. Los cielos guarden tu vida. Señora, lo que te ofrezco es despeñarme al peligro del más infeliz suceso por socorrer tu fortuna, pero ¿qué confuso estruendo se escucha del corredor? Se nos vienen acá dentro muchos hombres. ¡Ay, Beatriz!, serán los que estoy temiendo. Vuelve a encubrirte en tu cuarto. Ha de ser, porque primero han de ver el de mi amo. Pierde, señora, tus miedos. Poco recelan los daños los que no esperan remedios. Echada está ya la suerte. Buen ánimo, que el ingenio de una mujer suele a veces en los peligros más ciertos adelgazarse en primores que no descubrió el sosiego, sin que Leonor lo imagine la he de librar de este riesgo. ¿Hay suseso semejante? No paséis de aquí, teneos, que de esta casa el decoro lo ha granjeado su dueño. Señora, con la lisencia que debo, pediros quiero ver yo solo vuestra casa. Ningún cuidado me debo hasta agora, vueselencia escuse tan grande empeño por su persona, que yo, sin que se pierda el respeto a esta dama, pues importa la brevedad del remedio en un arriesgado honor, he de ver los aposentos de este cuarto, ya que he visto los demás. Menos resuelto os juzgaba yo en mi casa, siendo amigo tan estrecho de don Juan. Beatriz hermosa, él ha querido no serlo, causando, como habéis visto, escándalos tan groseros. ¿Posible es que vueselencia, siendo amparo de este reino con las armas y el valor, permite tan grande exceso contra la reputación de mi casa? Pues yo vengo sin que a ministro ninguno fie esta acción, por lo menos la debéis agradecer y estimar por el suseso. Echaréis de ver, señora, si en la dilación hay riesgo. Aunque no he de replicaros, no perderé el sentimiento de esta ofensa. ¡Que se arroje a tan loco atrevimiento una mujer principal dejando padres y deudos ofendidos! ¡Vive Dios! Ya he salido con mi intento. Esta, señor, es la dama, que por piedad y respeto no he querido descubrilla. Cualquier minuto de tiempo es al escándalo un siglo y es ya mucho el que perdemos. Vamos, señor conde. Vamos, que, aunque tan injustos yerros mis asperezas pedían, hallen agora consuelos en la piedad, pues le bastan la vergüenza y el sicencio para que cubierta llore lo que remediar debemos. Cielos, pues esto permito, consultas ha hecho el miedo con mi poco amor. No sufren, señor conde, caballeros portugueses que acreditan su honor blasones eternos en su casa estos agravios. Ni yo atrevimientos necios sin castigos merecidos, pues ya tan grosero os veo sin obedecer el orden que os dejé. ¡Viven los cielos que os ha de templar los bríos para que os sirva de freno en el África un presidio! Para eso nos detenemos. Vaya con Dios vueselencia, verá cómo lo remedio con dos palabras no más. El remedio era prenderlo. No hay prisión como la honra en los que son caballeros. Salgo a acompañar al conde a la puerta, al punto vuelvo donde el campo de esta sala será ejemplar escarmiento de tan locas bizarrías. Si mis desdichas me han muerto, ¿cómo he de tener valor? ¿Cómo he de tener aliento para reñir, dueño mío? Ya es cobardía el silencio si te llevan de mi casa y cobarde lo consiento. Loco estoy de amor, señora, ya voy tus pasos siguiendo, que eres el ídolo hermoso de mi alma y ya te pierdo por cobarde y desdichado. No diréis que yo os detengo. ¡Los cielos comigo sean! ¿Qué ven mis ojos? ¿Es sueño de mis sentidos? ¿Leonor, mi bien? Tu bien no está lejos si de tu casa le llevan, que ha sido el lascivo centro de tu amor. Sigue sus pasos, no pierdas comigo el tiempo de tus dichas. Leonor mía. ¿Qué dices? ¡Viven los cielos que he de libertar mi amor!, pues tan bajamente preso lo ha visto el mundo, limando mis prisiones tus desprecios. No des voces. ¡Ah, villano! Mira que ilusiones fueron que engañaron tus sentidos. ¿Qué mujer fue aquella, cielos, que me ha quitado la vida? Tú lo sabrás de ti mesmo. ¿Dónde vas? Señora, advierte que te han cegado tus celos. Antes mi honor restaurado alumbró el alma con ellos. No pases de aquí. ¿Qué dices? ¿Aumentar quieres tus yerros? ¿Has de ir sola? ¿Que te afligen mis desdichas, quien perdiendo su opinión se arrojó sola para cometer un yerro? No es mucho que sola vuelva para aplicalle remedio. Escúchame una palabra. ¡Bueno, por Dios! ¿Cómo es esto? Señor, pues habéis venido para mi honor tan a tiempo, por tan valiente soldado, por tan grande caballero me debéis ilustre amparo en tanto tropel de riesgos, tanto golfo de desdichas en que peligro y me anego. Obedecer a mi padre es el más honrado acuerdo, necia procuré escusarme, llevada de unos afectos tan locos como mis pasos, que cuerda los advierto. ¿Era fantasma o mujer la que saqué? No lo entiendo. Pues eso, ¡cuerpo de Dios!, no lo mirarás primero. Es esto de dos la una. Estáis resuelta, en efeto, de volver a vuestra casa. ¡Qué bien se ve que son celos de la mujer que llevaron!, pero son celos discretos, que cuando don Juan no hubiera hecho desaire más necio que el que he visto..., pero vamos. Señor don Juan, yo la llevo. Si la tiene amor, advierta que es su honra lo primero y que no la quiere bien quien solicita su riesgo, que va creciendo por puntos al paso que me detengo, y mire donde mañana gusta de que tenga efeto lo que tratamos los dos. A no mirar como debo la prisa que solicito a quien me deja muriendo, porque estimo en más su honor que mi propia vida, luego os diera satisfaciones de quién soy, con tanto riesgo de vuestro valor quizá que os diera este limpio acero embarazos tan costosos que de este mismo aposento no saliera sin mi gusto, pero como considero que en el estruendo y las voces, en el valor y el esfuerzo de dos tan nobles espadas, siendo preciso el empeño, se arriesga más la opinión de Leonor y están sus celos en su honor tan enlazados me han servido ya de freno. Para que yo lo permita, cielos, irela siguiendo. Don Juan, yo la llevo agora y mañana nos veremos donde quisiéredes. Vamos, que he de ser al mundo ejemplo por que conozcan que puede más que un amor un desprecio. Con todo esto me parece que esta boda de don Diego no está en su lugar. Culpado mereciera este escarmiento, mas ¡castigarme sin culpa con la pena de unos celos! No sé cómo vivo, cómo con el dolor no reviento.

JORNADA SEGUNDA

¿Qué tienes ya que temer con tan venturosa suerte¿ En esa dicha la muerte, pero porque viene a ser alivio a tanto pesar, como tú llamas consuelo, no ha de permitilla el cielo que me acabe de matar. Ventura llamas, Inés, la que tanta pena advierte. Doña Beatriz viene a verte. ¿Y esa la ventura es? Mira tú si en tanto afán, que basta a desesperarme, será ventura matarme con memorias de don Juan. Seas, Beatriz, muy bienvenida. Antes que yo te salude para que el alma no dude en restaurar una vida has de responder, Leonor, al afecto de un cuidado. Di, pues. ¿Haste desposado? No, Beatriz. Venció el amor y a don Juan en las mudanzas de tan perdidas memorias con laurel de tus vitorias corona sus esperanzas. Mil saludes y mil vidas te doy en mil parabienes, Di los cuidados que tienes de tu hermosuras homicidas, que por don Juan y por mí te ofrezco en tu adversidad lo que en amor y amistad se debe arriesgar por ti, lo que a Elvira susedió aun agora estoy temblando. Llegando a tu casa cuando el conde la descubrió. Tú lo ignoras. ¡Qué turbado tuve el corazón! Y yo, cuando el conde me miró con ojos de conde airado, cuál tendría el corazón. Llamarme Elvira es agüero que me olió el buen caballero a conde de Carrión. Entré en tu casa y no sé si sobre mis pies venía y él con grande cortesía que para reñirme fue dijo que me descubriera. Enseñele la fachada mal segura y bien turbada y, como si el conde viera —eso imagínalo tú—, me empezó a poner de lodo con su voto a Dios y todo: «Di, mujer de Bercebú, ¿quién eres?» Yo, que en mentir parezco casamentero y un embuste cuando quiero suelo volvello a teñir, dije al conde: «Si me dan lugar las congojas mías, os diré que ha muchos días que estoy sirviendo a don Juan». ¿Y no es verdad? No lo ignoro, mas mi cuento, en conclusión, es como falso doblón que lleva una capa de oro. «Como don Juan», proseguí, «adora a doña Leonor, me envió preso de amor por espía doble a mí para que saber pudiera si esta noche se casaba. Vine y, como vi que entraba para la muerte que espera mi señor, con tanta gente el contento desposado, di comigo en lo empedrado, pero mi estrella inclemente echó a mi desdicha el sello». Di lo demás que mentí, pues ya te lo he dicho a ti, que aun no me alcanza el resuello. Mentiras teme decillas quien se atreve a ejecutallas. Soy una tigre al obrallas y una liebre al referillas. «¿Cómo mis pasos siguieron?», dijo esta al conde, y me hallé tan asombrada, no sé en cuyo poder se vieron mis pies, que dieron comigo en casa de mi señor, pero con nuevo temor de culparle si les digo a los que entraron quién era. Me estuve cubierta en casa hasta saber lo que pasa. Que no fue de esa manera, ¡válgame Dios!, pero vaya. Sancho de Ávila me halló y, como veis, me sacó con los rigores que ensaya la cólera de un soldado. Dábanme en lance tan fuerte dos mil sudores de muerte, pienso que de haber callado tanto de una vez entonces me trujo vueseñoría y entre dientes parecía que íbades granando bronces. Mi pena a su furia iguala cual estaba, pareciome, mas templose y enviome muy mucho de noramala. Agora, hermosa Leonor, falta que tú me refieras lo que susedió después, que, como el alma desea las dichas tuyas, recibo tus pesares por mi cuenta. Después de desengañados que era Elvira la encubierta preguntan a Inés por mí,... (¡Si mi señora supiera que era yo quien les dio aviso!) .mas con prevención discreta, porque el templado silencio iba abreviando la queja, que en tales casos adonde hay opinión que se pierda las voces alborotadas descubren y no remedian. Yo, entonces, como el que —¡ay cielos!— de un sueño mortal despierta que por las flores alegres que fingió su loca idea víboras mortales pisa por la imaginada yerba, huyendo en veloces pasos, el alma al discurso apela por que a su templo sagrado las víboras no se atrevan. Reconocí arrepentida los desatinos de necia que a mi honor acometían mientras los sentidos sueñan y, pesarosa que viviese en mi honor la más pequeña mancha de sombra dudosa, de la más leve sospecha desde tu casa a la mía, bañada en lágrimas tiernas, los pasos que di a la ida los fui borrando a la vuelta. Tan copioso mar de llanto bañó la piadosa tierra que pienso que se anegaran a ser bajeles las piedras. Sancho de Ávila, advertido de mi dolor, que penetra más un sentimiento mudo que una bien sentida queja, consuelo y favor me ofrece con tan piadosa clemencia que avergonzada la culpa se llevó toda la pena. Entramos sin que nos viesen —¡qué dicha!—, hízome promesa, como tan buen caballero que en las piedades se empeña de una mujer afligida, de que eternamente sepan mi liviandad de sus labios, con que yo alegre y contenta me entré en mi cuarto cerrando —buena prevención— la puerta. Sancho de Ávila se entró con cuidadosa prudencia donde mi padre y el conde apuraban diligencias en las preguntas de Inés, ella lo que sabe niega, que me ha sido fiel criada siempre. (¡Si bien lo supiera!) Admirados del suseso, llaman a mi cuarto, apenas escucho los golpes cuando salgo medrosa y suspensa fingiendo asustados miedos. ¡Ay, Beatriz, quién presumiera que, teniendo presa el alma de asombros, miedos y penas, fuera menester fingillos!, pues oye la diferencia: los temores, los ahogos de desdichas que se esperan turban el alma y oprimen el movimiento a la lengua y con silencio medroso lo que han de callar confiesan, mas los fingidos temas se dan lugar a que mientan, apadrinando las voces para abonar su defensa y, así, con fingido imperio labios y voz señorean desterrando al corazón las congojas verdaderas para que, en tanto que dura la voz mentida y compuesta, se aprisionen retraídas, abreviadas en sí mesmas. Antes que pregunten digo: «padre y señores, ¿pudiera merecer menos rigor esta inútil resistencia?» Como a mi padre es tan justo que mi respeto le deba, entre decoros que guardo, tan legítima obediencia, no osaba, no me atrevía a decir que permitiera, pues el cielo me inclinaba, que un convento diese muestras de mi afecto religioso y, así, entre muda paciencia y entre penas invencibles aguardé las tristes nuevas de que don Diego venía a ser mi espato y apenas entró con festivo adorno a celebrar mis obsequias cuando del dolor vencida aguardé —¡dura experiencia!— encerrada en mi aposento quizá a que me hallasen muerta, mas cuando escucho los golpes, con la razón más atenta, con el discurso más vivo y con más pronta obediencia, salgo a preciarme de hija, adonde mi padre vea que mis cobardes escusas las burlan mis obediencias. «Don Diego será mi esposo, si mis dichas le granjean, llegue, ¿a qué aguarda?», y mi padre, como si logradas viera sus mayores esperanzas, me dio los brazos. Contenta la familia toda, el conde mis parabienes celebra y Sancho de Ávila entonces, más que yo fingido, «venga, don Diego». «Llamalde», dicen. «¿Dónde está don Diego» «Fuera salió con el alboroto de tan burlada quimera». Van a buscarle a su casa dos criados. «No parezca, ruego a Dios», dije vencida de una profunda tristeza. Vuelven sin él. ¡Qué alegría! Al fin, mis bodas se dejan para hoy, entro en mi cuarto, donde cerradas las puertas y rendida en el estrado entre lástimas y quejas mis verdaderos temores y mis ansias verdaderas, rompiendo tanta clausura, mortales se manifiestan, diciendo al temor fingido que era ya mucha lisencia y tirano señorío ocupar morada ajena con tan mentidos disfraces y desterrándole fuera se quedó el dolor y el miedo en la posesión estrecha de mi alma campeando en sentidos y potencias con rigor tan absoluto, con tan imperiosa fuerza que el temor es el que siente, la que discurre es la pena, porque sin obrar el alma tan turbada se embeleza que, olvidando lo que vive, acredita lo que sueña. Pasó ligera la noche, aunque yo muriendo en ella, que son ligeras las horas cuando desdicha se esperan. Sale el sol, tú me visitas, pregúntasme, doyte cuenta que aguardo el riesgo que temo y escuso el bien que me ruega, saliendo mis esperanzas tan caducas y tan muertas cuando sin provecho adoro a don Juan, como en las selvas pimpollo que tronca el Austro, flor de almendro que se yela, lirio que el arado pisa, prado que él agosto quema, espuma que el viento burla, humo que a los aires vuela, escarcha que bebe el sol y amor sembrado en la arena. Pues, ya que dices, Leonor, que tú has de morir, no muera sin verte don Juan. Quizá podrán hacer resistencia alentadas ambas vidas a desdichas tan violentas que, como las ve apartadas, cobardes las considera por solas. Ya ha susedido, en las medrosas tinieblas de la noche, un hombre solo que de valiente se precia, acreditando las obras en ocasiones diversas, acometerle una tropa de ladrones y, aunque alienta su valor, no osa esperallos y, en retirándose, encuentra un amigo; buena suerte cobra esfuerzo, dale cuenta del suseso, vuelven juntos y, aunque la ventaja es cierta por ser los ladrones tantos, los dos amigos se esfuerzan, desbaratando la tropa, y con tan bizarras muestras de valor que los ladrones se confunden y atropellan dejando como cobarde la vitoria con la empresa. ¿Si viene mi padre? Todo está prevenido, queda en palacio hablando al conde. Advierte. Ya no hay qué advierta. ¿Dónde está don Juan? Ya aguarda tan humilde tu lisencia que de ese cancel te escucha y no se atreve sin ella a ver tus ojos, demás que, cuando en caza le vean, verán que viene comigo, pues queda ya satisfecha la sospecha escandalosa de que no saliste fuera. ¡Oh, cómo lo facilitas! Leonor, pues eres tan cuerda que obedeces a tu padre porque escarmientos te enseñan a no volver al peligro donde arriesgarte pudieras como al marinero que en las procelosas vueltas con que el caballo naval escaramuza en la tela del campo azul de las ondas que tocando el puerto apenas al templo que besa humilde las mojadas ropas cuelga, desengañados despojos del peligro y de la enmienda; digo, Leonor, que es muy justo que peligros te arrepientan donde el pundonor se vio naufragando en las sospechas, mas no me podrás negar que el marinero que deja a los primeros peligros las ganancias que interesa, cuando ya penetra el Cabo de Buena Esperanza y muestran los celajes orientales que están sus Indias muy cerca, donde copen sus deseos ricas aromas y piedras; no podrás negarme, digo, que es muy cobarde y muy necia su resolución medrosa, pues vuelve el caudal que lleva al puerto de donde sale teniendo la costa hecha. Imposibles me propones. Tu miedo los considera. Ciego estás, pues no los miras. ¡Ay, Leonor! ¿Qué es lo que intentas? Morir a tus ojos. Mira... ¡Sancho de Ávila! Esto es fuerza, don Juan, él no te ha de ver. Espérale si deseas que pierda mi honor. ¡Oh, cielos! ¿No fuera mejor que viera que puedo yo? Necio estás cuando ves lo que se arriesga. Por ti, Beatriz, me acobardo. ¿No quieres que yo agradezca encubrirte? No. ¿Por qué? Porque ya te miro ajena. ¡Vive el cielo, que es don Juan! Detenga el paso, doncella, la cubierta y cubridora. Con mi cara descubierta puedo pasar por los bancos. Deje a Flandes. ¡Qué ojos que echa! La dama de la visita quisiera saber quién era. Doña Beatriz, mi señora. Muy bien. ¿Quién entró con ella? ¿Quién había de entrar? Leonor, que en esta sala primera la recibió. No se enfade. Es que apura la materia vusted con mucho rigor. Parece mucho, pues crea que suelo yo, si me enfado con criadas embusteras, antes que pasen los bancos, adelgazar unas riendas. No hilo yo tan delgado, estopa es la de mi rueca. Agora echo de ver que un hombre ciego, el alma presa en amoroso fuego, se arrojará valiente adonde crespo el sol con rayo ardiente tuesta de Libia la flamante arena de basiliscos y de sierpes llena. Juro a Dios que no sé determinarme, que ya me estoy cansando de enfadarme después que dejé en casa a esta señora que llora por su honor y esconde agora al mismo que la ofende; el demonio lo entiende. Fui a buscar a don Juan y él me buscaba —por Dios que peleaba como pudiera el español Bernardo—, todo cuanto valor prevengo y guardo para asaltar un muro lo gasté con don Juan, todo lo apuro, que parece que Marte ardiendo baja, mas llévame los celos de ventaja, que es una escuadra de demonios fieros, bizarro portugués, lindos aceros, pero, acudiendo espadas por testigos, nuestro mismo valor nos hizo amigos. ¿Qué hemos de hacer agora? Don Diego viene y el suseso ignora y ha de querer casarse. Hará bien, por aquí ha de remediarse. ¿Qué hay, don Diego? He buscado con cuidado a don Juan y no le he hallado Si fue engaño el de anoche, ya no os queda diligencia que hacer para que pueda vuestro necio desvelo estar seguro. La intención, Sancho de Ávila, procuro, que don Juan ha tenido de mi enojo vencido, remediar con la espada. ¡Y será la pendencia sazonada! ¿Podéis quitarle a nadie la intentona? Su amor también le abona hasta veros casado, que entonces no es honrado quien permite el menor desabrimiento. Verme con él intento primero que me case. No hayáis miedo que pase, si es que gustáis de verle, un cuarto de hora. Un siglo es para mí. Pues velde agora. Veré si de esta suerte se resfría en su amante porfía. Señor don Juan, don Diego quiere hablarle. ¡Vive el cielo! Primero ha de escucharle y, si no da disculpas, abonadas luego se hartarán de cuchilladas. A mi prima he venido acompañando, que ha estado visitando a Leonor; esto pasa y yo guardo a esta casa el respeto que al sol guardar pudiera porque cuando quisiera proseguir pretensiones supiera yo quitar las ocasiones que me dieran enfado. Eso pudiera estar bien escusado. (De perlas me ha venido, que también es don Diego mal sufrido y se han de empelotar.) Yo sufro menos porque son tan ajenos del sufrimiento mío los átomos del sol que al sol le envío entre nubes de cólera abrasada rayos contra los suyos en mi espada. Tener celos quien trata de casarse claro se echa de ver que es infamarse y en hombres como yo no puede habellos sin vengallos aun antes de tenellos, pero, pues yo me caso, estoy seguro que no es tan limpio el sol, que no es tan puro como el menor blasón. Pues ¿quién lo ignora?, si escusa competencias el aurora en la pureza de su luz primera, si de Leonor las prendas considera. Ya he dicho a lo que vine y el que ciego presumiere... Presúmalo don Diego. Que yo vuelvo a decir que si quisiera... A eso respondo yo de esta manera A placer, caballeros, por mi vida, que agora amaneció. (¡Qué bien reñida pendencia, su valor es soberano! Quieren que meta paz, pero es temprano y eso ha de ser a gusto de las partes.) Todos los días me parecen martes. Soy desdichada. Bueno está, teneos. ¿No igualará el valor a los deseos? Dejadnos acabar nuestra contienda. No faltará un amor que os lo defienda. Declarose Leonor. Basta el enfado. (Quedará Sancho de Ávila culpado de haberlo permitido.) Hasta agora muy bien ha susedido: don Juan dio su disculpa bien fundada y, cuando hubiera competencia honrada, es lícita en amantes hasta agora, mas, ya supuesto que don Juan no ignora que ha de tener efeto el casamiento de don Diego... Esperad, que no es mi intento, pues vivo ya sin esperanza alguna, hacer oposisión a la fortuna de don Diego, lograda en tantas dichas. (Así me he de vengar de mis desdichas.) Como antes, vuelvo a ser tan vuestro amigo que me pienso llamar feliz testigo. del bien que merecéis. Serán mis brazos de amistad confirmada eternos lazos. (¿Esto es posible, cielos? El desengaño lo busco en los celos.) También os doy palabra que en mi vida... Esa dejadme a mí, que yo os la pida, que, aunque podrá don Diego, no es bien que le turbemos el sosiego. Yo os la podré pedir en la campaña si el amor os engaña con nuevas inquietudes. Yo os lo fío, que tengo tan señor el albedrío que no habrá pensamiento que le oprima. ¡Ay de mí! Acompañad a vuestra prima. Vamos, Beatriz. Don Diego, el conde espera que le avisemos. Vamos, pues. Quisiera que Beatriz se quedara porque en las dichas mías se lograra el bien de verla en tan alegre día. El quedarme a servirte es honra mía. Es fuerza obedecer. Adiós, señores. Mirad qué me mandáis. ¿Hay más rigores de mi enemiga estrella? Yo he de serviros siempre. ¡Que atropella tan grande obligación! El cielo os guarde. Don Juan en mis desdichas tan cobarde imposible parece. Venís, ciego, que palabra le dabais a don Diego... De no entrar en mi vida en esta casa. ¡Que aquesto escuche cuando amor me abrasa! ¿Pensáis cumplilla? Sí. Pues yo no quiero. Pues ¿por qué? Porque sois tan caballero que, aunque os cueste la vida, la verá el sol cumplida, como lleguéis a dalla, y he advertido que estáis más abrasado y más perdido sin ver que son desprecios fingidos de Leonor, pero muy necios y ¿para qué son tantas falsedades si rige un alma entrambas voluntades? Si también lo entendéis, no hay qué deciros. No escuche yo más queja ni suspiros, que me enfado, por Dios. ¿Hay tal despejo? Mi libertad en vuestras manos dejo. Pues lo que habéis de hacer... ¿Venís? Ya digo que don Diego es mi amigo y no quiero empeñarle. ¡Lindo paso! No puede haber empeño. Por si acaso. Ya ese es mucho apurar, siendo mi amigo. Claro está que lo soy. Por eso digo. Ya os falta causa para estar quejoso. Es que soy un poquillo escrupuloso y palabra que yo llegué a pedilla. La palabra que os di sabré cumplilla. ¡Oh, qué soldado estáis! Dejemos vanos cumplimientos a Dios. Bésoos las manos. Yo las vuestras. Adiós Jamás me he visto con tan lindos enfados. ¡Juro a Cristo que, si no dais la vuelta, que la cólera estaba tan resuelta que aun a vos os pesara! No me espanto. No han de apurarse los amigos tanto. Beatriz, ¡dichosa suerte!, pero en más confusión. Yo espero verte dichosa, que a las sombras les suceden luces del sol que desterrarlas pueden. ¡Que se atreva el enemigo, cuando yo asisto al amparo de aqueste reino, a romper de su costa los salados cristales con pardas quillas, moviendo soplos del austro tanto velamen que eclipsan punta a punta y rayo a rayo la coronada cabeza del sol los lienzos preñados de tanto suelto volumen!, mas al cristal del ocaso viene desde el norte frío entre soberbios engaños a desenvolver sepulcros si yo en su margen le aguardo donde pareció la armada. Señor, en Peniche... ¿Tanto se acercan? Hay trece leguas. No basta, porque el espacio que camina el sol es poco para esperarme temblando trece leguas. ¡Vive Dios que se arroja temerario! Señor, sabrá que en tus puertos no hay armada... Basta un barco si en él va el conde de Fuentes, que me temen los naufragios como acezar con amiclas, que estos herejes cosarios isleños no escarmentaran del favor desatinado que el francés dio a don Antonio en la tercera. Milagros vio el mar con navales triunfos en leños despedazados. Fue Orán vitoria naval. Pudiera al mar de Lepanto dalle sangrientas espumas nuestro piélago océano. A buena ocasión he visto a don Juan, que le he buscado para darle cierto aviso. Agora tenéis espacio lo que toca a la ciudad. Señor conde, no hay reparos como sus mismos vecinos que se precian de vasallos tan leales que el menor dará ejemplares tan claros de valor y de lealtad que en capitolios romanos merezcan en bronce rubio repetidos simulacros. La nobleza lusitana, señor maese de campo, no ha menester más abonos que la virtud de su brazo desde que Ulises fundó a Lisboa, que más altos blasones de antigüedad no se ha visto —¡caso raro!— ni en estranjeras historias que gobiernan de ordinario con pasión la pluma digo que eternamente se ha hallado en soldados portugueses acción cobarde. Si tanto autoriza vueselencia nuestro crédito, son vanos a nuestra sombra los triunfos de Pirros ni de Alejandros. Sé decir que por Filipo segundo, rey soberano de Castilla y Portugal, serán católicos rayos los portugueses, que mira tanto en los cerúleos campos del mar en armados leños, bozando climas dorados donde nace infante el sol en los cristalinos brazos del Ganges, adonde el Indio le está ofreciendo holocaustos, como en la caliente arena del África entre manchados, antes moriscos, que al golpe de nuestra cuchilla errando por la ultrajada ribera barre sus menudos granos con cárdena frente el moro, con roja crin el caballo. Así lo conoce el mundo y hoy tenemos en las manos bizarra ocasión si espera el enemigo tomando tierra, mas conviene luego que con cincuenta soldados y un barco luengo se arroje un capitán arriesgando por su rey y por su honor la vida en peligros tantos, reconociendo la armada del enemigo qué rasos, qué porte, qué artillería porque en su noticia vamos disponiendo la defensa. Yo, señor, estoy nombrado si me dejáis la elección. En susesos arriesgados suele honrarme vueselencia. Pues ¿no advertís? Son agravios contra mi reputación, tan clara en empeños tantos, si vueselencia presume que solicito el descanso en mis prevenidas bodas cuando hay honor soberano que se acredita en los riesgos. Don Diego es tan gran soldado como sabemos, señor, y el peligro y el trabajo por la mayor conveniencia los nobles no han de escusarlo. (De esta suerte he de trazar que nos deje libre el campo para que don Juan se case porque es lastimoso caso que don Diego se despeñe entre fingidos halagos de mujer que le aborrece.) Vaya, pues don Diego. En vano presumiré que me honráis si impedís al primer paso los blasones que acredito. Vamos si gustáis entrambos. (Pues no advierte vueselencia los conocidos enfados de los dos por los disgustos de anoche, están empeñados en su enojo y vueselencia, por quien es, debe estorbarlo. ¿En qué pensáis?) En ir yo. Sois muy tibio enamorado. Es el honor lo primero. Pues, si ordena lo contrario el conde, ¿qué honor se pierde? Pierdo lo que no adelanto. Yo no le pierdo y me quedo. Estáis más acreditado y no quiero que presuman que de amante me acobardo. Pues ¿quién ha de presumillo? Vos podéis imaginallo. ¡Voto a Dios que no habéis de ir, que basta el conde mandarlo! Bien podéis partiros luego, no faltará en qué ocuparos, don Juan, que, saltando en tierra el enemigo, hay honrados puestos en que al rey sirváis. (De enojo estoy reventando.) Obedezco a vueselencia. Don Duarte, aunque ha colgado en el templo de la paz las armas por tan gallardo y prudente capitán, ha de tener a su cargo la fuerza de San Gian. Serán vitorias sus años. ¿Cómo le daré el papel a don Juan, cielos, que he dado en las manos de don Diego? Ya de verle estoy temblando. Inés ¿qué papel es ese? Habla. (Remédiese el daño y engáñese con su ofensa.) Dicha he tenido en hallaros, pues tan cercade mi casa escuso cuidado y pasos. Este me mandó que os diese mi señora. En el cuidado reconozco sus favores. Dios os guarde. Yo me parto, señor, con vuestra lisencia. De tan bizarro soldado espero una acción honrosa. (No pienso abrirle hasta tanto que acredite mis blasones con la empresa.) A vuestro cargo dejo, don Juan, el socorro de la fuerza de San Pablo, adonde están las galeras; reforzalda de soldados y municiones. Yo voy a lograr honras que gano en obedeceros. Sois Silva, blasón lusitano. No salgáis de la ciudad. ¿Por qué? Porque han de mataros. ¿Cómo lo sabéis? No puedo deciros más. ¡Hubo caso semejante!, mas, si veo que me está a voces llamando mi reputación, ¿qué dudo? Yo os lo agradezco, soldado, pero no tomo el consejo. Perderase por bizarro. Quisiera avisar al conde, pero son los conjurados mis amigos y es forzoso si le aviso el castigarlos. ¿Qué estruendo es este? Señor, hacia acá viene llegando tropa de gente y la más se compone de muchachos. Las voces lo manifiestan. Por acá, por acá vamos. ¡Bretonsillo es, vive Dios! ¿Quién decís? Es mi crïado y de entretenido humor. A lo que viene sepamos, pues marciales prevenciones nos dan ya seguro espacio. Bretón, ¿has perdido el seso? ¿Quién te ha metido ha soldado? Dime, ¿por quién es el luto? Por mi honor. Sepa yo el caso para que te dé remedio. Comigo lo he consultado, que basta que traigo el duelo en la uña. ¡Humor estraño! Es notable. Y sé muy bien huyendo a uña de caballo lo que debo hacer, mas quiero como a tan grandes soldados proponer el caso. Di, entretenido criado. Si acaso a un hombre durmiendo y de más a más soñando, que es requisito aturdido, le quitase su contrario espada, capa y ropilla, ¿qué debe hacer? No hacer caso, que durmiendo no hay ofensa porque está un hombre sin manos. ¿Y, si no durmiese y quiso por ser hombre algo templado darse por dormido al pueblo de pura modestia, estando despierto para con Dios, porque, aunque no está culpado en lo esterior en el duelo, intrínseco siente el cargo que se está haciendo él mismo, pues se da por afrentado él de sus puertas adentro? Digo, tiene uñas el caso. Y que ha menester consulta. Ya es tarde, que los agravios al paso que se disputan suelen ir creciendo a palmos. Pues ¿qué has hecho? ¿Cómo qué? Ya queda desafïado mi enemigo por carteles en la plaza de palacio, queda el uno y en las cortes de todos los potentados de este mundo he de ponellos. Será notable trabajo. No hay honra sin él, aqueste se ha de fijar en El Cairo. Allá hay muy buenas gallinas. Pues quien le lleva es un gallo. ¿Y en qué has de ir al Cairo? ¿En qué? Ya dejo fletado un carro de La Mancha para el lunes. Tardarás en ir diez años. ¿Y estarame mal? ¿Qué jueces nombras? Al conde y mi amo. Pues ¿en qué hemos de ir nosotros? ¿Cómo en qué? El carro es bien ancho. Sepamos las condiciones. Lee el cartel. ¡Buenos estamos! Pues, si supiera leer, ¿no fuera ya lisenciado? Pues ¿quién lo escribió? No falta para casos tan honrados catorce u quince estudiantes, lo escribieron y notaron los convidé a buñuelos. No pudiera un mayorazgo tenerse en pie a dos almuerzos como hubiera de pagallos. ¡Por Dios que se los echaban como grajea. ¿Y el gasto cúyo fue? Vendrá a ser mío, pero en volviendo de El Cairo. Leo, el cartel dice así: «Bretonsillo está borracho y esto lo sustentara como lo dejen echado». Estudiantes son demonios y más cuando se ven hartos de buñuelos por pagar. ¿Cómo es esto reto y campo? Si ello es comigo, aquí estoy si señala sitio y plazo el conde. Y con mucho gusto. Rodriguillo es el lacayo de don Juan. Sin duda fue quien le desnudó. Turbado tienes, Bretón, el semblante. Pues no es temor del contrario, sino lástima cristiana de saber que he de matarlo. Aquí hemos de componeros. No hay compostura sin manos o sin volverme las prendas. Lo postrero es más barato. Sí, pero más imposible. Pues ¿por qué? Las he empeñado. Quítalas. ¿Con qué dinero? ¿No puedes? No. Pues al Cairo. Aguarda. Mucho sintiera haber perdido este rato.

JORNADA TERCERA

¿Qué roca se ha visto herida de crespas olas y vientos como de mis pensamientos se ve el alma combatida? Al puesto que estoy guardando llegué ayer y no salió quien el soldado advirtió, confuso estoy esperando sin más armas que el valor, retirado de la gente por dar lugar que se aliente la pretensión del traidor, si es que a matarme ha venido, que es aliento más honrado peligrar de acelerado que guardarme de advertido, porque, aunque el peligro escuso, infamo el blasón honroso porque vengo a estar medroso todo lo que estoy confuso. Cielos, ¿si don Diego fuese? Más creyeran mis temores que en el mundo no hay traidores primero que lo creyese, que ser un noble traidor es ver el mar en sosiego, sin actividad el fuego y la luz sin resplandor, mas ¿de unas tapias caídas en algún tiempo trincheas, imaginaciones feas del buen discurso ofendidas, qué presumís? Aunque veis que va saliendo a la playa don Diego, ¿si fiero ensaya las traiciones que teméis? ¿Caballero y español traidor cómo puede ser sin que se vuelvan a ver manso el mar y escuro el sol? Con tres hombres se ha parado, ¿si a reconocer no fue la armada?, si bien se ve que de su furor llevado olvidó su obligación. Pues ya está echada la suerte, no es bien que me halle la muerte sin honrada prevención. Si me buscáis, aquí estoy. Ya he dicho que no os buscamos. Pues ¿qué aguardáis? Aguardamos a un hombre. Tan hombre soy que no os he de dar lugar sin que me digáis primero quién es y el intento fiero que os mueve. Mucho apurar es ese, basta saber que no os buscamos a vos. Pues, villanos —¡vive Dios!—, tanto me llegó a ofender que he de castigar agora la traición como el secreto. Don Diego, vuestro respeto, que nadie el que os debo ignora, que os diga quién es me pide. ¿Hay venganza más feroz? Cielos, en paso veloz la arena las playas mide Sancho de Ávila, pues vea que mi valor no le aguarda y que Marte se acobarda cuando más feroz pelea. Don Juan de Silva traidor es siendo mi amigo el mayor. A mí no me dan temor las prevenciones mayores de un traidor. ¡Qué alevosía! ¿Esto es posible, don Diego? ¿Vos traidor? Oídme os ruego. No es tiempo de cortesía cuando hay a quién castigar. Rayos despide su aliento. Conocido vuestro intento, o morir, o pelear. Mirad que estáis engañado, los traidores son los tres. Quien les da favor lo es, la ejecución lo ha mostrado. ¡Vive Dios que os defendía de sus traidores intentos! Pueden aprender los vientos temor de su cobardía. Uno, que espero entregando su pecho infame a mi acero confesó el delito fiero, también lo dijo callando. ¿Quién pensaré? También yo Eso mismo imaginé, mas la verdad apuré que el herido confesó, que les estorbó don Diego acometer a don Juan. Mis blasones siempre están contra vuestro enojo ciego llenos de empresas honradas de mi valor satisfechas. No os espantéis que hay sospechas que ellas se vienen rodadas si le acometieron fieros y a vos con ellas os vio. Lo mismo pensara yo de Roldán y de Oliveros, y eran un par de franceses muy honrados y cabales. ¿Tan evidentes señales? No acabaréis en seis meses de quejaros, la ocasión también declaró el herido que con el habías tenido en cierta conversación palabras mal advertidas y que hubo amagos de un guante. No paséis más adelante. Sí quiero. Son conocidas las razones, esa ha sido la causa que pudo haber. Mucho ha sido menester para veros persuadido. Son las causas abonadas. No os diera yo tanta luz, (que voto a Dios y a esta cruz que os diera mil cuchilladas con cada satisfación si fuera la causa mía.) Colérica bizarría. Por Dios, que tenéis razón y esta noche he de casaros por lo que me habéis sufrido. ¿No iremos por el herido? Piedad es acompañaros. No es menester, que él se irá por su pie a la sepoltura. Alguien ha de ir. Vaya el cura, que bien menester lo habrá o vuelvan los otros dos si quieren velle enterrado. Murió un valiente soldado. ¡Buena Pascua le dé Dios! Volvamos a la ciudad. Este puesto me dio el conde y mi valor corresponde a tanta puntualidad ¿Sabéis que llegó la armada enemiga hasta la frente de nuestra barra? Valiente se mostró y feroz. Postrada tanta soberbia a las viles plantas del temor huyó cuando en el puerto se vio como sobre Troya Aquiles. Por no estar ocioso en tanto que sus disinios prevengo tráigome a don Diego y vengo a Belén causando espanto a la misma admiración, en una barca ligera salimos al mar —quisiera más si en mejor ocasión al conde he de referir el suseso, aquí es ocioso—. Libre estáis del cargo honroso, comigo os podéis venir, pues no hay sitio que guardar no enemigo a quien temer. Forzoso es obedecer, (pues da el sosiego lugar para discursos de amor, esto me importa saber.) Don Diego, yo acerté a ver la criada de Leonor que a su puerta os dio un papel. En casos de honor resisto al amor, aun no le he visto. Descuidado o muy cruel con vuestro amor os mostráis. Denme paciencia los cielos. si la hubo jamás en celos. Pues tanta parte me dais del bien que ya os apercibe vuestra dicha... Ya os entiendo, obedeceros pretendo. Veamos lo que os escribe. (Pues ¿esto he de permitir siendo vos quién lo trazáis?) Bravo majadero estáis. El papel me importa oír. Notable dicha tenéis. Sus letras pondré en mis labios. Y a estos son muchos agravios. Calla, que no lo entendéis, yo juro a Dios que escribió a don Diego como a mí. Pues lo mismo que yo hoy me negáis. ¿Hay firma? No. ¿Y sobrescrito? Tampoco. (Pues bien despachado vais.) Vamos. En todo me honráis ¡Oh, amor, de celos voy loco!, mas cobardes y villanos, pues mi amor medroso ordena que los sufra. No os dé pena, que yo os la pondré en las manos. ¿No te di ya tu vestido?, pues ¿qué me quieres aquí? ¿Tú que me buscas a mí? Gallina, si yo he venido es a hablar a mí señora. Y de camino a Leonor. Tú mientes como hablador. Si se han de casar agora doña Leonor y don Diego, ¿para qué la he de inquietar? ¿Agora se han de casar? Agora. ¡A buen tiempo llego! (Finjo el aliento turbado.) ¿Vos en esta casa? Yo El demonio le engañó. ¿No está ya desengañado? ¿Don Juan qué intenta, qué quiere? Nada quiere ya intentar, solo se intenta casar. ¿Con quién? Con quien él pudiere. ¿No tiene libre albedrío? ¿No tiene sus tres potencias cada una con tres lisencias? Pues acabose... Yo fío que habrá tenido buen gusto. No sino el alba. ¡Ah, traidor! ¡Cuál está mi seá Leonor! De buen tamaño es el susto. ¿Hay embuste semejante? ¡Que este pícaro hablador mienta con tanto rigor teniéndome a mí delante! A tu modo lo dispones, que al fin se casa don Juan. Leídas pienso que están catorce amonestaciones. Cielo, ¿esto llegó a escuchar? ¿Y tú la boda has de ver? Si le llego a aborrecer, ¿qué importa verle casar? A decírselo me ofrezco. Si es mi amo, ¿a qué te obligas? Toma, pues, por que le digas que hasta el nombre le aborrezco. Yo se lo diré mejor, pues le sirvo. No es crïado muy discreto el que le ha dado pesadumbre a su señor. Yo solo he de ser el juez de esta causa. (Estoy temblando.) Vamos. Estoy esperando a que aborrezca otra vez. Vete. A obedecerte voy. No te vayas tú. Ya espero. Este es mozo palabrero y ya presumiendo estoy que en mi ausencia ha de mentir y de lo cierto y galán sobre casarse don Juan. ¿Qué tiene ya que decir? Bretón, mucho os he sufrido, que esta casa me ha templado. Pues aun no me habéis pagado la burlilla del vestido. Pues ¿qué has de hacer? Imagina que si me enfado... Detente, que te tienes por valiente porque soy yo más gallina. Si yo pudiera acabar comigo de no huir, en empezando a reñir, huyéramos a la par. He dado en cobrarte miedo y, en viéndote los bigotes, hago las piernas virotes y las tiro cuanto puedo. Leonor desdichada has sido. Pensé, Beatriz, en verdad, que era alguna novedad según turbada has venido; decir que soy desdichada no ha de turbarte el sosiego, que es decir que abrasa el fuego y que está la nieve helada; si me llamaras dichosa, asustárame el engaño porque viera —¡caso estraño!— a la nieve calurosa y al fuego templando ardores formando un jardín su esfera, blando Céfiro le viera dulce galán de las flores; y aun esto que encareció la desconfïanza mía ser más posible podría que ser venturosa yo. Por muy capaz que se advierta un vaso, aunque sea el mayor, lleno le verás, Leonor, sin que su licor se vierta, pero, si a abundancia tanta añades más cantidad, falta la capacidad porque el licor se adelanta y, aunque es menos, como llega por colmo de lo demás que se vierte le verás porque la entrada le niega. A desdichas te acomodas y, aunque esta sea la menor, júzgala por la mayor por ser el colmo de toda. El conde está en casa. ¿Quién? El conde, ¿qué te admiró?, con Sancho de Ávila entró. ¿Viene don Diego? También. Ese es el colmo, pues falta capacidad al dolor. Ya están en el corredor. No pienso que hacemos falta para su acompañamiento, supuesto que entrando van. ¡Cielos, que viene don Juan, para decirme que miento! Tomo volver la sortija cien palos con la vuelta. ¿A una mujer tan resuelta qué temor hay que la aflija? (¿Que permitís que me arroje a ver mi muerte notoria?) Bien presumo que me habréis culpado, Leonor hermosa, en permitir esta ausencia a vuestro padre. En heroicas empresas deben, señor, calificar sus personas los nobles con los peligros. Su ausencia será tan corta que esta noche don Duarte dará la vuelta a Lisboa para que logre presente la dicha de vuestra boda. (Por que yo a sus ojos muera.) Despachémosle una posta para que abrevie el camino. Prisa traerá cuidadosa y de San Gian es breve la jornada. ¿Hay más congojas? Pues vos dais prisa a su vuelta para que el mundo conozca que a la obediencia y al miedo les doy mortales vitorias, sin duda trazáis mi muerte. Que venga es lo que os importa, veréis con la suavidad que vuestro padre lo estorba y don Diego se despide. Confusa el alma lo ignora. (Sancho de Ávila imagina que son mis penas celosas. Estratagemas marciales sin ver que me rindo a todas.) Mientras don Duarte vuelve, pues nos da lisencia ociosa el ya medroso enemigo y es alma de las historias la voz, contadme el suseso que a las armas españolas da tanta reputación porque no es menor vitoria huir cobarde el contrario que vencerle en polvorosa campaña Marte sangriento entre las banderas rotas entre abollados arneses de las degolladas tropas que por escapar la vida la pierden con más deshonra. Demos lugar a las damas que prevengan a sus bodas galas del dichoso día, que su atención es impropia cuando yo amarte prevengo entre las azules ondas. Es muy vuestra la advertencia. (¡Qué poco mi amor se logra!, pues este rato me niegan gozar de su luz hermosa.) Pues dadnos, señor, lisencia. Vos la tenéis por tan propia que es escusado el pedirla. Humilde como dichosa viene el alma a agradeceros las amorosas lisonjas que en el papel me escrebistis. ¿Si esta es cautela engañosa? Cielos, ¿si le dio el o papel Inés? Perdonad, que agora no hay lugar de responderos. ¿No me bastaba celosa sino engañada, don Juan? La vida más larga es corta para que gocéis los brazos que ya el alma os aprisionan de la dama que os merece más que yo. Escuchad, señora... Vamos, Beatriz. Leonor, vamos. De sus esperanzas todas se despidiera Teseo si cual yo se hallara agora en tan ciegos laberintos Hoy nos sacuden la ropa. Vaya, pues nuestro suseso y no vaya tan redonda la relación que le falten las circunstancias que importan para entenderla. Decid. El griego que engañó a Troya tomara yo por padrino, que no sé cómo disponga estas bodas de Leonor porque, si el conde se enoja, puede esperalle un demonio. Brujuleando su boda, don Diego puesto a figura, no hay desengaños que oiga porque no quiere partido breve el plazo de dos horas y yo sin cautelas griegas, sino furias españolas que no han de ser de provecho comencemos, pues la historia a todo moler que ya la imaginativa pronta cuando está más divertida ofrece luces remotas para impensados remedios. Pasó el caso de esta forma: en burladas competencias sobre fundamentos pobres de razón y de justicia aspiraba al regio nombre don Antonio, poca cosa para conquistar blasones de las quinas de oro. Al frío, a los intentos se opone del católico Filipo y con bárbara desorden, apellidándole el vulgo engañado y mal conforme, le ofreció púrpura y cetro acetolo y despeñose porque los nobles burlaron sus bárbaras pretensiones, a Filipo tan leales que para que le coronen no han menester su persona, que basta su augusto nombre. Llegó el rey a Badajoz y el de Alba con los mejores soldados de Italia y Flandes, cuyo ejército componen mil y quinientos caballos y diez mil infantes, soles, si ya no quintos planetas, teniendo el mundo por orbes. Don Antonio entró en Lisboa y yo, ejecutando el orden, gané con seiscientas lanzas y con hasta mil peones y a Villaviciosa el duque ganó a estremos, recelose de los nobles don Antonio, dejó la ciudad, yo entonces, que le burlaba el sosiego, seguí sus pasos veloces, hice barcas sobre el Duero para embestille, turbose y no me esperó —¡par Dios!— y en cinco o seis galeones pasó a Francia, a cuyo rey con ruegos y sumiciones pidió favor y el francés que ambiciosamente le oye por ser contra España viendo que no hay jornada que logre desde que Dios le crió, pues la fama dando voces muestra en su cabeza misma escarmientos y temores. Un coronista, y francés, que es más —que no sé su nombre— que un soldado, cuando supo alegar testos ni autores, escribe que desde el día que aquellos ilustres hombres pares de Francia con tantos arrogantes escuadrones se vieron en Roncesvalles con los pocos españoles que acaudillaba Bernardo. Qué tal les fue en la de Ronces dice, pues, su coronista sin pasión, que desde entonces no han rifado con España ninguna vez que no tomen por buen partido volver a curarse los humores. El católico Fernando para que el mundo se asombre y Carlos quinto después estas verdades apoyen en Italia, y don Felipe en San Quintín y en San Cosme y en San Lázaro, pues Francia, que quiere que nos da voces, no son sus Indias España, que hasta sus amoladores despachan letras, si tanto presumen de peleadores. Como jamás han ganado onza de tierra ni al norte frío ni al templado sur ni sobre armados bridones ni sobre blancas espumas y España desde que esconde entre abollados cristales el sol a Flegón y Etonte hasta que infante parece por los mismos horizontes. Hale quedado provincia que no vuelle, que no toque ganando tantas que apenas dan lugar a historiadores, pues corren más que sus plumas nuestros temidos estoques, que, si en las que hemos ganado dejáramos pobladores a español cada provincia, aun faltaran españoles. Divertime, vuelvo al caso, con sesenta galeones y por caudillos valientes Brisac y Felipe Estrozzi, acometió don Antonio las islas de los Azores, que llamamos Las Terceras, de allí con alas mejores entre espejos de rubíes y cambiantes tornazoles dilató la heroica Fama más altas aclamaciones que de las romanas flotas de Pompeyo y Cézar sobre las espaldas de Neptuno a vista de los faroles del francés. Una alborada entre cometas de bronce pareció el de Santa cruz, viole el Brisac y esperole, metió oficiales Vulcano de más de Estérope y Brontes porque tanto rayo a un tiempo no hay infierno que le force. Teatro de tropelías pareció la mar entonces, pues estando claro el sol permite que le rebocen formando doceles negros el humo de los cañones y por la fingida lluvia que suele formar la noche de un teatro, en el sangriento de las gavias y los bordes llovieron despedazados al mar infinitos hombres. El bajel —pompa del agua que con resabios de monte penas de metal escupe entre jarcias y motones— a un descuido de los ojos su máquina descompone y, siendo su Ovidio el fuego, pavesa se desconoce, este encuentra, aquel se aparta, este huye, aquel socorre, bebiéndose los gemidos para suplicar las voces. La vitoria fue la nuestra, la suya fue la desorden, guardando el mar en rehenes los que de miedo se esconden de los sesenta bajeles que se abrasan, que se rompen, el mar que fue su guarismo hallo por su cuenta doce y aun estos con tantos ceros de los tronantes cañones que en las ventas del camino se quedaron a la noche. Volvió a Francia don Antonio, perdido, medroso y pobre, juntando nueva armada de diferentes naciones, mas ¿qué importa que se case Leonor ni treinta Leonores ni don Diego. ¿Qué decís? No sé —¡par Dios!—, retirose la relación a su cuarto porque me tiene por hombre que me enfado de episodios y, como con sinrazones me muele tanto francés, por no repetir su nombre topé con el casamiento. Pues advertid que a la orden de historia falta el suseso más importante. Acabose si ello es orden de historia. Trabaje, aunque le pese, la memoria. Peinó el crespo cristal segunda armada con tanta pavesada, con tanto gallardete y banderola que la costa española pensó con tan florida argentería que Chipre a visitarla se venía vestida a lo marcial de tantas galas encarrujó las alas al tendido velamen y se arroja sobre la espuma que las playas moja airando a media asta los trinquetes, coronados los bordes de mosquetes, pairando a un bordo y otro busca el puerto, dueño del robo que juzgo por cierto y, dando al claustro del azul tridente del áncora tenaz el corvo diente, acomete arrogante a La Coruña, viste el luciente arnés, la espada empuña el de Cerralvo, que la tiene en guarda, no por su poca gente se acobarda, ayudando a su breve infantería mujeres y muchachos. Fue aquel día afrenta a los cosarios que temerosos ya de temerarios zarpan el ferro de vergüenza ciegos, huyendo de muchachos y, aunque gallegos, a la tercera Aurora dio sobre Portugal. ¡Quién fuera agora tan valiente pintor de lengua y pluma!, mas fuera reducir la heroica suma de los hechos. Señor, de vueselencia —perdone esta lisencia— a punto indivisible cuando a la misma fama es imposible, salta feroz en tierra el enemigo, Marte fue buen testigo, vueselencia —¡qué hazaña!—, para alterno blasón de nuestra España, no lo emprendiera Aquiles —¡vive el cielo!—, las puertas les abrió tan sin recelo de tanto batallón que marcha ufano que con temor villano de españolas cuchillas volvió a medir huyendo las orillas del mar que le recibe con baldones destrozadas banderas y pendones. Muertos sus coroneles que a las ondas crüeles se arrojan por salvarse, muertos por embarcarse y ahogarse dejando sus escuadras destrozadas a palos, a bocados y a puñadas, diciendo el hierro y plomo avergonzado que los ocupen en matar soldados, mas no en matar gallinas. Soberbias ya las ondas cristalinas con despojos navales las espumas vendieron por corales, fuese y rebelde a tanto desengaño deja que mida el sol el curso a un año —aquí entra la de ayer— vuelve arrogante juzgándose bastante para abrasar la tierra a sangre y fuego. Salgo yo mismo y llévome a don Diego, debajo de su misma artillería metí la barca, solo yo podía, que hice lo que Amberes hoy pregona, reconocí la armada que la abona número de cien urcas esterlinas, máquinas peregrinas que la menor desprecia al caballo fatal que pinta Grecia. Sintiéronme y, lloviendo entre dos luces granizo de mosquetes y arcabuces, a buen remo, señor, como a buen paso nos escapamos del naval fracaso. A breve espacio, pues, de mi viaje oigo el clamor del suelto marinaje que al bárbaro compaz de la saloma leva las anclas y las cuerdas toma y a reclamar las velas les socorre el viento fresco y por las ondas corre en esto una barquilla de pescadores que buscó la orilla, que fueron prisioneros de la armada dejó mi suspensión más admirada. Dícenme que el cosario les pregunta, con tanta armada prevenida y junta: «españoles, decidme, ¿quién gobierna a Portugal, quién hace al mundo eterna su fama por naciones diferentes?» «El de Fuentes, señor». «¿Quién?» «El de Fuentes». Vuelve a la mar la proa, que está el infierno en guarda de Lisboa, y, cual si huyendo fueran de la peste, navegaron la vuelta del noroeste. Este el suseso ha sido, pues hemos ya venido y no hay rumor de guerra, que el valor la destierra con general sosiego, salga Leonor y cásese don Diego. Vos os habéis mostrado tan valiente orador como soldado y don Diego merece la ilustre prenda que su amor le ofrece. Hónrame vueselencia. (Yo pierdo ya el sentido y la paciencia. ¡Que me haya Sancho de Ávila engañado! Esto faltaba solo a un desdichado.) Señor, mi padre ha venido. No llegan las dichas tarde. Salgámosle a recebir. Leonor hermosa, escuchadme. ¿Cómo podré, si estoy muerta? Pues todo ha de remediarse. Sancho de Ávila se queda hablando a Leonor aparte, siendo muro este cancel quiero encubierto escucharle. Señor, ¿qué queréis decirme? (¡Qué bien se ha dispuesto el lance! Salió como imaginé, pues se detuvo a escucharme don Diego.) Digo, Leonor, que es mucha razón que os guarde el secreto y la palabra... ¿Hay enigma semejante? .y que perderé mil vidas antes que a decirlo a nadie, que es vuestro honor lo primero. De vos me atreví a fïarle. Sí, pero —¡cuerpo de Dios!— con todo vuestro linaje hase de casar don Diego, un hombre de tantas partes con una mujer que quiso tan resuelta [a] aventurarse a dejar su casa... Cielos, ¿qué escucho? ...y loca y amante buscar a don Juan, queriendo persuadir a vuestro padre, al conde, a don Diego, al mundo que fue la crïada. Baste tan hipócrita obediencia, que es lástima que se case con vos el pobre don Diego solo porque está ignorante de tan manifiesto agravio y creed que, a no encargarme el secreto vuestro honor, que ahorráramos de lances porque yo se lo dijera muy bien dicho. Pues, si caen despedazados los cielos con rayos para abrasarme, pues quiso ya mi fortuna que mis yerros se enmendasen, por no pronunciar mi afrenta, he de morir tan constante como veis en el silencio de mi obediencia cobarde dando a don Diego la mano. (¡Ah, ser yo hombre tan infame que me cegara el amor con desengaños tan grandes!) Pues ¿qué habéis de hacer? Morir. ¿No es mejor que yo declare el suseso? Es cruel remedio. ¿Y don Juan? Don Juan se case. ¿Con quién? Con otra mujer. Es costoso disparate. Remediarlo prometistis y llega el remedio tarde, que le atropellan desdichas como al encuentro le salen. Pobre señora, ya vuelve el conde con don duarte, ya yo me [he] empeñado en ello aunque el empeño es notable. Nunca yo esperaba menos de tan grandes capitanes, con vos mostró San Gïan sus murallas de diamante porque, guardándolas vos, ¿qué enemigos hay que basten? Las dichas llegaron juntas con la vitoria sin sangre, celebrémosla en las bodas de Leonor. Para que iguale a la ventura el favor entra a llamarla. Ya sale a darte la bienvenida. (¡Que puedan llegar pesares más allá del sentimiento humano!) Ya no hay qué aguarden, dense la manos y logren sus dichas largas edades. Llegad, don Diego. Señor, no me mandéis que me case. ¿Cómo, cómo? Pues ¿por qué, cuando a todos empeñastes? Habrá razón para ello. ¿Qué razón, si esta delante el conde que lo ha tratado y yo? (¿Qué intentáis? Dejalde.) (Ya él está dejado y bueno.) Si permitís este ultraje en mi honor, dadme lisencia que yo mismo... Don Duarte, don Diego se ha de casar. Permitidme que le hable, que ya presumo lo que es. (Pues ¿de esta suerte afrentáis a mujer tan principal y a tan ilustre linaje? Yo presumo que estáis loco.) Lo seré si me casare. ¿Por qué? Por lo que dijistis a Leonor. ¡Que me escuchastis! Demonio sois, ¡vive Dios!, callad. Con liviano achaque se quiere escusar don Diego, aunque hay hechas amistades con don Juan, por lo que piensa que fue pretensor amante de Leonor. Está de suerte furioso y hasta sacarle al campo y reñir con él pensó que no ha de casarse. ¿Hay tal quimera? Señor, yo soy amigo tan grande de don Juan que para prueba de tan firmes amistades le suplico que, si es posible, que a su prima. ¿Y cómo? Aguarde. Vueselencia ni aun el cielo fuerza jamás voluntades. Aunque los dos se han querido, nadie como yo lo sabe, (y en su vida se han hablado) no han osado declararse por vueselencia y, temiendo que don Juan se la negase,... Yo por mí, mas que sea luego. Si repara don Duarte en lo de reputación, en su casa la hay tan grande que el señor don Juan de Silva, que puede dar calidades a muchos nobles, le pide a Leonor y de mi parte se lo suplico también. Puedo con don Juan honrarme. Seré vuestro esclavo siempre. A trueco de que te cases con don Juan, quiero a don Diego. Mi amor tus finezas pague. Ya sabrás que te mentí con graciosos disparates. Estamos todos conformes, pues la comedia se acabe y destiérrense los celos donde amor hace las paces.