Texto digital de Amor de razón vencido
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Amor de razón vencido. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/amor-de-razon-vencido.

AMOR DE RAZÓN VENCIDO
JORNADA PRIMERA
JORNADA PRIMERA Cuando medrosa la noche, del día a la primer seña, en el Ocaso despeña los caballos de su coche, estás tú sin recogerte, y tan triste, que la Aurora parece que por ti llora aquel rocío que vierte? Dime, señora, que pena, que cuidado, que desvelo de tú siempre claro cielo empañan la luz serena? Que estoy tan enternicida, bella Aurora, de mirarte, que solo por consolarte diera mil veces la vida. Ay Celia! que mi tormento es tan penoso, tan grave, y tan fuerte, que no cabe en todo mi sutrimiento. Y el dejar de declararme es piedad, no desamor, pues te excuso del dolor de no poder consolarme. Muchos días ha que miro inquietar tu sentimiento toda la región del viento con uno, y otro suspiro. Que Cierzo roba tirano, con maliciosos rigores las aromáticas flores de tu fecundo Verano? Digan lo que te entristece esos labios de corales, que quien refiere sus males, de sus males convalece. Pues, Celia, ya que porfías, oye todos mis enojos, y no me enjujes los ojos, si vieres lágrimas mías. Mi Padre, el Duque de Urbino, que en más alta Monarquía, coronado ya de gozos, sitiales de estrellas pisa, antes que fiera rompiese el espejo de suvida aquella que no perdona, desde la primer malicia, ni las Coronas Augustas, ni las abarcas indignas, quiso ponerme en estado, y apenas lo determina, cuando se parten a Ursino cuantos Príncipes sublima soberanos en Italia la Majestuosa silla. Entre todos Alejandro, Duque de Parma, venía tan galán, que despertaba la voluntad más dormida, como suele el Real Pavón ostentar la bizarría de sus plumas entre vulgo de domésticas gallinas. Ha pensión de los mortales! que con dulce tiranía nos arrebate el deseo lo que más nos precipita! Que dejemos en la playa seguridades tranquilas por padecer en el golfo tempestuosas ruinas! y que esta verdad quedase probada conmigo misma! Pues entre tantos al Duque rendí la voluntad mía, solo porque en él estaba el colmo de mis desdichas. Mi padre, que en el papel de mi semblante leía mi tristeza, me sacaba a divertir a una quinta algunas tardes, y yo gustosa con él salía, porque via al Duque en ella, que era aliento de mi vida, pues como diestro neblí, vajel de pluma, registra el golfo del aire en busca de la garza fugitiva. Alejandro cuidadoso mi movimiento seguía. Viéndome mi padre el Duque tan inquita, y afligida, que nada me sosegaba, y todo me entristecia, trató de casarme luego, y las Estrellas benignas le persuadieron entonces a que con blandas caricias me propusiera por dueño al mismo que yo quería. Aquí yo quede tan llena de gozo, por ver cumplidas mis inciertas esperanzas, que el corazón con sus mismas alas, repitiendo golpes, parece que me decía: déjame salir del pecho a celebrar tanta dicha. Hiciéronse los conciertos, y dentro de pocos días se efetuaron las bodas, y cuantos me pretendían, con apariencias de gusto disimulaban sus iras: Como suele el Mongibelo (aquel gigante que empina tanto su cerviz, que en ella los once globos estriban) disfrazar entre la nieve incendios, llamas, y chispas. Hiciéronnos en Urbino detener algunos días de nuestros vasallos nobles demostraciones festivas. Después de ellas nos venimos, a pesar de las continuas lágrimas, que le bañaban a mi padre sus mejillas. En fin, llegamos a Parma, cuyas torres por altivas, del volumen de los cielos todas las hojas registran. No bien tres veces la Aurora por las rojas celosías del Orientederramó jazmines, y clavellinas, cuando del Duque gocen de monstraciones tan tibias en el lecho, que espantada, las desconocí yo misma. Quién dijera, que tan poco permanecieran mis dichas? yo: que funeras caducas no tienen de edad un día, porque son aquellas flores del año blancas primicias, que cualquiera viento leve les deshoja, y aníquila. Ahora que llego, Celia, a referir mis desdichas, si vieres que me enternezco no me dejes que prosiga que podré exhalar el alma entre las lágrimas mías. Castigome la fortuna con las nuevas improvisas de la muerte de mi padre, que en llorarla, y en sentirla, pues la vida no perdí, anduve muy poco fina. El Duque, que sus potencias traía ya divertidas, con esto soltó la rienda a sus vicios tan aprisa, que en un instante pasé de dejada a aborrecida. Ojalá, que en un Aldea, entre rústica familia, donde fueran mis doseles hayas, enebros, y encinas, hubiera tenido origen; que en ella, con alegría, y sin grandeza gozara de fortuna más amiga. Esta pompa soberana, que tantos necios envidian, ejércitos numerosos de disgustos acaudilla. Alejandro, sin temer del cielo as justas iras, aborrece mis halagos, mis finezas desestima; que quiere de mí, que tante con mi sufrimiento lidia? No ve, que el tronco robusto, aunque su raiz afirma en el centro de la tierra, suele padecerruina de los obstinados vientos a la violencia continua? El Duque está divertido, alguna pasión indigna le ciega, porque no vea sus obligaciones mismas. No tanto, que me desprecie mis sentidos martiriza, como que con este ejemplo sus vasallos, y familia olvidarán las virtudes, y seguirán las delicias, que es un Príncipe coluna, y si frágil se desliza, el edificio caduca de toda su Monarquía. Antes que en estos Estados vea yo tanta desdicha, las penas a tempestades aneguen mí triste vida. Mas ay, Celia! que la muerte, aunque es común enemiga, embota para mi sola los filos de su cuchilla. Y así, cuando la convoco, a gemidos se retira, por dejarme batallando entre celosas fatigas. Por esto, Celia, me viste tan de mañana vestida: por esto pueblo de quejas el aire noches, y días, por esto vivo sin gusto, y olvidada de mí misma. Y en fin, por esto me falta el sosiego, y la alegría, que es abismo de tormentos una mujer, cuando mira su firmeza despreciada de quien antes fue querida; y así lo demás que siento mis lágrimas te lo digan. Admirada tus razones me dejan, y enternecida: enternecida de ver las rosas de tus mejillas hajadas con el aljófar, que esos luceros distilan; y admirada de que el Duque tan desalumbrado viva, que por otra tu belleza quiera tener ofendida. Mal haya aquella segur, que tantos golpes duplica, para que la vid frondosa del álamo se divida, porque los dos ocasionan con su maridaje envidia a cuantos Faunos silbestres siguen Deidades esquivas. Mal hala la abe Extranjera, que con astutas caricias saca al Ruiseñor del nido, para que tierno la siga, viendo que su fiel esposa, sola, triste, y afligida, desde su tálamo verde pregunta por él al día. Malhaya. . Señora, quedo, que tuercen la llave ya. Mi ingrato dueño será. Vendrá con algún enredo, que los usan de mil modos, cuando flaquean los hombres. Nunca, Celia, me los nombres, Oh fuego de Dios en todos! Déjame sola con él, porque estoy con pensamiento de decirle lo que siento. El cielo le vuelva fiel. . Porque no lo sienta Aurora los dos os podéis volver. Que se venga a recoger el Duque tan adeshora? Tú, Don Juan, dirás a Blanca de la manera que estoy, que si muerte no me doy, es porque espero; que franca me dispense sus favores. Yo, señor, se lo diré, como mandas; aunque sé, que está firme en sus rigores: vamos, Morcón. . Que esta gente así me traiga trotando! Qué dices? . Que estoy deseando ser el orabo durmiente; porque después que por ti entre en esta Religión, apóstate de Morcón, y en grulla me convertía Ay. Blanca, cuanto te estimo? pues por seguir tu belleza. Mal se quiere. . Alteza, (no sé cómo me reprimo) . pues se recoge tantarde. Aurora. . Bien lo parezco en hacer cuando amanezco de mis lágrimes alarde. Lágrimas tú, bella Aurora? y tan temprano vestida? debes de estar prevenida para guiar al Solahora. No con fingidos favores piense engañar mis sentidos, que los favores fingidos, son disfrazados rigores. Ni presuma que me paga, con imitar cauteloso al animal venenoso, o que para morder halaga. Diviértase V. Alteza con cumplida libertad, y en continua soledad acábeme mi tristeza. La violencia repetida de tanto rigor injusto multiplique, que su gusto importa más que mi vida. Sin razón a tus enojos la rienda sueltas ahora, que sola tú, bella Aurora, eres la luz de mis ojos. Cuidados de mis Estados, inquietud me dan eterna, que siempre está quien gobierna do oprimido de cuidados. Presumir, que variedad haber puede en mi firmeza, es injuriar tu belleza, y ofender mi voluntad. Que fuera acción imprudente de quien procura su medra, dejar por la tosca piedra el diamante transparente. No de tus mejillas bellas ahuyentes el arrebol, que nunca a vista del Sol, enamoran las Estrellas. Déjame que me recoja, que duplican mis desvelos tus engañados recelos. . Siempre la verdad enoja: triste de quien por el vano triunfo de la voluntad, su preciosa libertad entrega a dueño tirane. . Mucho se tarda Don Juan. Bien le llama tu deseo. Quién es del Amor trofeo nunca vive sin afán. Muy presto vendrá, señora, que ya con ligero paso el Sol cerca del Ocaso apenas las cumbres dora. Ver al Duque sin razón apurar mi sufrimiento, y cubrir de sentimiento a Don Juan el corazón, me tiene ya de tal suerte disgustada, y afligida, que está llamando mi vida a las puertas de la muerte. Dónde vas? . A ver Blanca, de quien soy leal cautivo. Tú mereces, por Dios vivo, que te den con una tranca: fiase el Duque de ti, y la pretendes ahora? Quién ama leves ignora. A Don Juan tienes aquí. Poco te debe, Don Juan, este corazón rendido, pues le das en tu tardanza tan riguroso castigo; pero ya con tu tardanza quietud consigue, y alivio, como quien ha contrastado de tempestad un abismo, y después se ve en la plava libre de tanto peligro. Ay Blanca! si tu supieras en el estado que vivo, con tan grande regocijo. No por cierto, porque el pobre señor de puro mohíno, si duerme, es a pierna suelta, si come es, a dos carrillos. Ya tengo, Don Juan, noticia de los tormentos continuos, que en el potro de los celos martirizan tus sentidos. Pues excede mi firmeza en duración a los siglos, consuélate por tus ojos, sino quieres que los míos sean dos fuentes de llanto. El Daque? . Ya pronóstico mis males. . El Daque, Blanea, pretende, que yo contigo intérceda; mira ahora, (que es el perderte preciso, cuan en vano de la fuerza de mis tormentos me lloro? Perderme tú? mucho ofenden tus razones mis oído:: vete de espacio, no sea que el tropel de mis suspiros reduzga mi vida amarga al último parasismo. El Duque fía de mí sus amorosos designios, y aprisiona mis deseos en cárdel de beneficios. Cómo podré, hermoso dueño, (cuando obligado me miro) ser Águila, y atender a tus dos Soles divinos? Yo lo diré, como muchos que se venden por amigos, y sin ser guarnicioneros siempre están haciendo tiros. Ya te entiendo, tu Don Juan, quieres con ese motivo liblioteca mis finezas y cariños. No me espanto, que quién es tan discreto, y entendido, nunca sus ojos emplea en objetos tan indigno: Vive Dios, que si cupieran en el pensamiento mío de tan bárbara mudanza, aún los menores indicios, el corazón me arrancara, y en pedazos dividido, para mayor sentimiento, me le comiera yo mismo. Pues, Don Juan, si te merezco constante, leal, y fino, que poder ha de poder violentarte el albedrío? Tu procederás en todo recatado, y advertido, hasta que en suave yugo logremos amor tan limpio. Y cuando supiere el Duque, que por mi dueño te elijo, no temás de sus rigores los desapiadados filos, que delitos por amor son disculpables delitos. También estas por mi parte tan seguro de perjuicio, que sujetaré esta vida al más úrbano martirio primero que logre el Duque sus infames apetitos. Y fuera leyinuiolable del honor, pues el armiño entrega su vida noble al impiadoso cuchillo del cazador, por no ver manchado su bellón limpio, El Duque solo pretende ejecutar un delito, se desprecia conseguido. No creas tú que me quiere, pues quiere vano, y altivo lograr el deseo suyo a costa del honor mío. Tres años ha que en el templo de mi corazón te rindo humildes adoraciones, donde estás siempre tan vivo, que muchas veces a solas blandos requiebros te digo. Como querías, Don Juan, sepultar en el olvido finezas, y obligaciones, que pagarlas es preciso? Primero que el Duque diera a su porfía principio, puse yo mi libertad debajo de tu dominio; porque te vi muchas veces enviarme tiernos suspiros, desde que en el mar la Aurora bañaba sus pies de lirios, hasta que volvia a hallarte cubierto de su rocío Estas no son circunstancias para que procedas tibio, cuando yo por adorarte imposibles facilito. Tus temerosos alientos venzan al temor indigno, pues se coronan de dichas los varones atrevidos. Ay, Blanca! no has menester para ser mi dulce hechizo persuadirme, que tus ojos traen el encanto consigo. Tres años ha, como dices, que en un verde laberinto de plantas me cautivaron, y aunque pudieron impíos ser de mi vida verdugos, astutamente benignos, por dilatarse el trofeo quisieron dejarme vivo. Y tres años ha que gozan tus favores mis sentidos, tan atentos al decoro de tus blasones antiguos, que nunca han dado señales de profanos apetiaos. Con esta felicidad estoy tan desvanecido, que quisiera, dulce prenda, tener muchos albedríos, para que en tus aras todos sirvieran de sacrificio. Ya no me estorba del Duque el amoroso delirio, pues yo gozo tus favores, y el padece tus desvíos. El áspid de tus desprecios le tiranice el sentido, entretanto que nos prende amor con lazos tranquilos, Esta plática parece, en lo largo, y lo prolijo, Sermón del Juicio. No llevas en lo que hablas camino. Por qué? . Porque los amantes entienden poco de juicio Ven acá me quieres mucho? Tanto, que cuando te miro te diera de buena gana de puntapiés, y pellizcos. En fin eres hombre bajo. Así cómo, duermo, y visto con quietud, y sin zozobra, que las hembras de este siglo tratan al Amor desnudo con desprecios, y retiros, y al interés se franquean con agrado tan fingido, que pagan en pesos falsos a quien deben pesos finos. Muchas mujeres ahora son de lealtad un prodigio. Adónde están? que las busco hecho pedazos, y añicos desde que rompí la puerta del materno ventrispicio Yo soy una . Desde luego, a tu donaire me rindo, si de balde, y a contento me dejas dar un ahito. No sea que el viejo venga. Si nos coge en el garlito me pondrá a mí como nuevo, No temás algún perjuicio, que yo te sabré esconder donde luego de contigo. Tú mereces que te pongan la mitra del Santo oficio, si del modo que me guardas, guardas, Inés, los Domingos. Hola, traed luces presto! Válgame en este conflito, para que escaparme pueda, el caballo de Longinos. Ay Don Juan! este es mi padre, y es el hallarnos preciso. Antes no nos hallará; porque estamos ya perdidos. En aquella cuadra pueden esconderse. . Bien has dicho. Venid conmigo lordos. Ay Bianca! cuantos peligros te cuesta vi voluntad! Acabad. . Ya te seguimos. En este juego llevamos seguras cincuenta y cinco; porque es la pendanga guía. No sea descomedido, que para las malas lenguas vienen de mosde los chirlos. Como no vienen con luces, pues ha tanto que las pido? Apenas en el mar baña el Sol su cabello rizo: ya fue por ellas Inés. Loado sea Jesucristo. Con la flema de esta moza tengo de perder el juicio: cómo te has tardado tanto? Antes hubiera venido, si topara las pajuelas. De tu disculpa me río. Yo no, que por encender me he quemado los ocicos, Lleva, pues, una bugia a mi cuarto. . Ya te sirvo. Hija, aDiós. . Guárdete el cielo, Para que en años prolijos seas puntal, que sustentes este fragil edificio. Desde la fría gruta, donde nace: (dulce lira de plata sin clavijas) arroyuelo veluz en duras guijas, del Sol espejo su cristal deshace: En divididos copos satisface la sed ardiente de las plantas fijas, con que en las horas de calor prolijas al coro de las Ninfas dosel hace. Apenas el Invierno su corriente oprime en cárcel de cuajad o hielo, cuando tristes las plantas de repente, toda su pompa arrojan por el suelo: así yo, de Don Juan ahora ausente, destituida vivo de consuelo. Ya tu padre está, señora, en su cuarto recogido. Pues, Inés, llama a Don Juan. Y sacaré decamino a Morcón, que por vergante había ya de estar frito. Tu noche, que de lóbregas tinieblas el aire bañas, y la tierra pueblas, si mis atrevimientos favoreces, salpicará tus aras muchas veces con humor rojo; víctima agradable, de negra piel, y rostro formidable. Este es el cuarto de mi ingrato dueño: Amor, pues me conduces al empeño, haz en en su corazón piadosas puertas, para que estén a mi pasión abiertas. En la calle me quedan esperando, y solo, mi persona recarando me entré; porque ninguno me sintiera; del Sol de Blanca a la luciente esfera, mucho temo sus ásperos enojos, que dispara saetas por los ojos. Quién es? n Un infelice. . Válgame el cielo! Que sin piedad. . Estatua soy de hielo! Porque te está adorando. . Lance fuerte! Le solicitas desastrada muerte. Cómo se entra V. Alteza en mi cuarto de esta suerte? Estaba solo, v abierto; no te sobresalte el verme, Vuélvase por Dios, y advierta; que si mi padre lo siente ha de quitarme la vida. A Blanca! si tu creyeses, que tus desprecios me privan; obstinados, y rebeldes, del entendimiento mío, no te espantaras de verme. Deteneos, que mi señora, si la vista no me miente, está hablando con el Duque: No quisiera que me viese. Pues sal; y dile, que Blanca por tus pedazos se muere, que es un remedio famoso para que no pueda verte. Bien se ve que V. Alteza de su ceguedad le vence, pues así de mi decoro rompe las sagradas leyes. Segunda vez le suplico, hechos mis ojos dos fuentes, y postrada, que se vuelva. Levántare, que no puede sufrir el corazón mío, (aunque su vida aborreces) que tus divinos luceros mis humildes plantas rieguen. Solo quiero que me escuches, cual miserable doliente, que yace desesperado de la salud, y apetece los remedios, porque sabe que en ellos está su muerte. Entretanto que se tiran los dos tajos, y rebeses, vamos, y darasme. Toma. Yo no digo que me pegues, Pues qué dices? . Que me des algo que rumien los dientes. Esta noche de mal año he de sacar a tu vientre. Así quedará relleno este Morcón, que desciende del Marrano que en el arca tuvo Naé por su huésped. Idos, y dejadme solo, . mientras el volcán ardiente de mi celoso cuidado en ceniza me resuelve. Blanca bella, no pretendo, que piedad alguna muestren con mi corazón rendido las flechas de tus desdenes. Porque está tan bien hallado con su martirio, que quiere muchas veces renacer, para morir muchas veces. Al instante que te vi me rendiste de tal suerte, que el Amor compadecido, cuando venía a prenderme, me perdonó las heridas de sus saetas ardientes. Sin influencia de Estrellas quise yo mismo perderme en el bello laberinto de tus ojos, como suele el incauto pajarillo, que desde el álamo verde, (donde saludaba al día) se precipita a las redes del astuto cazador para su trágica muerte. Esta pasión, que en mi pecho tan hondas raíces tiene, que es gloriosa competencia de la duración del Fénix, por no ofender tu decoro, aquellos primeros meses, la tuve tan oprimida, y tan encubierta siempre, que en el suspiro menor no la fie del aire leve. Fue después creciendo tanto, que sin poder defenderme, por los ojos, y los labios salió con ímpetu fuerte, como río cuando rompe la presa que le detiene, y esplayando por el campo su caudalosa corriente, inunda, destruye, y tala vides, olivos, y mieses. Ya sabes cuantos desvelos, y cuantas penas me debes, no desmientas tantas deudas con rigores, y desdenes. Ojalá acabaran ya de cortar el hilo débil de mi vida los ahogos, que me combaren crueles, salieras tú de este emveño, y yo gustoso, y alegre me despidiera del alma, que en este frágil albergue a todas horas está dando voces a la muerte, no por sacudir el jugo del tormento que padece, que porque tú se le pones, en tanto le estima siempre, que le guarda, como quien una rica joya tiene, que no gusta de enseñarla, temiendo que se la lleven. Por hacer tu gusto sí, que viendo que la aborreces, de su cuerpo la amorosa compañía dejar quiere: Yo, Blanca, pues que la noche mis de signios favorece, tengo de determinarme, aunque tus iras despierte, a mitigar tanto fuego en esos copos de nieve. Que el enfermo, que de graves calenturas adolece, si tiene el agua a los ojos, no sosiega hasta que bebe. Repórtese vuestra Alteza, Impedir en vano quieres, que registre con mis labios las hojas de tus claveles. Cómo podré de este empeño librar a Blanca? valedme cielos, que en voraces llamas, todo mi pecho se enciende. Mire, que con esta acción sus hazañas escurece, y marchita de sus triunfos los conseguidos laureles. Ya no quiero que sus hojas ciñan, y adornen mi frente, pues son plantas tan indignas, que las tuyas desmerecen. Cómo cielos? Ay de mí! esto mi valor consiente? vive Dios que he de estorbarlo, aunque el Duque por aleve, y desleal me castigue, que eterna alabanza adquiere, quien acosta de la vida el honor suyo defiende. Quién atrevido ocasiona mis enojos? . Lance fuerte! Quién aquí de mis empleos el feliz logro suspende? Ya te responde el acero. Aunque más vidas tuvieses, que Estrellas el firmamento, y el mar arenas, y peces, el mío te las quitara. Mira, Don Juan, que te pierdes, Ponte detrás, que mi brío mayores peligros vence. Mejor será retirarnos. Que mi furor no te encuentre? Bien dices, porque tu padre oír este ruido puede. A dónde estás, enemigo? y tu falsa, que le tienes en tu cuarto, no te escondas, venid, y dadme la muerte. Ya, Don Juan hallén la puerta, El cielo nos favorece. Sígueme pues . Tu decoro es tanto lo que me debe, que no castigo por él sus pensamientos aleves, El valor, y la cordura te coronan igualmente. Eres tú quien me gobiernas. Vivas los años del Fénix. Sin duda se fueron ya, pues mi furor impaciente no los halla; cielos como sois conmigo tan crueles, que embarazáis el castigo de quién mi sagrado ofende? En el cuarto de mi hija espadas? Su padre es este, o quién hallara la puerta! Hombre, que buscas tu muerte, con osadía tan grande, no te encubras, di quien eres. En empeño semejante, . solo mirar me conviene al honor de esta mujer, valedme cielos, valedme. No me respondes? . Yo soy Don Ventura. . De esta suerte en mi casa vuestra Alteza? No os admire. . Quién aleve el castigo solicita, de ese rayo, que estremece dos mundos? . Yo os lo diré, dejad la luz, y atendedme. Válgame Dios, cuantas dudas mis sentidos entorpecen! Ah ley injusta! que cuando tan ofendido me tiene esta mujer, deba yo no decir cómo procede! Atentos a sus razones mis oídos se previenen. Ya, Don Ventura, sabéis, que salí como otras veces, esta noche disfrazado, porque no me conociesen, con doscriados, después que con vos en el retrete las consultas decreté del Senado, que las leyes naturales, a un Monarca no prohicen que se huelgue, Al pasar por vuestra calle hice retirar mi gente, para hablar a una mujer: ya vuestras canas parece, que mis razones acusan, con mudas lenguas de nieve, pues advertid, que soy hombre, y que estoy sujeto siempre, como todos los demás, a pasiones diferentes. Un hombre (estando con ella, a una reja) se entremete, entre los dos, y atrevido me baraja tanta suerte. Aquí yo con el acero, que esgrimido rayos miente, el castigo le prevengo, que su ceguedad merece. Él a un tiempo se retira, y se guarda tan valiente, y tan diestro, que sin daño, en vuestra casa se mete. Hasta aquí le sigo, y él, por librarse, y esconderse, la luz apaga, que estaba éncima de ese bufete, Mas irritado le busco, oís el rumor, y os mueve a salir de vuestro cuarto, suspenso quedáis al verme, yo lo conozco, y os digo, todo lo que me sucedes Supuesto que lo sabéis, solo falta que se templen estas hidrópicas iras, que mi corazón encienden. Si no sabe vuestra Alteza quien es, en vano pretende su venganza. . De este cuarto haber salido no puede. Pues a vuestra Alteza juro por los sagrados laureles, que el Sol adora, y enlazan su majestuosa frente, de ponérsele delante, si le encuentro. . Me parece más acertado, buscarle juntos los dos. . Antes que entre vuestra Alteza, miraré, si mi hija, como debe, está para recibir a tan generoso huéspedo Ya quedan fuera los dos, y yo, porque se sosiegue Blanca, mi señora, y vuelva del susto, que delincuente, es un Herodes de tantos recién nacidos claveles, vengo a ver si se fue el Duque, mas el viejo, que no duerbre, como si fuera Alguácil, mi voz, y mis plantas prende. Dónde vas, Ines? . Quería mi señora recogerse, oyó voces, y alboroto, y mándome que saliese a saber, quien el silencio profana de estas paredes. Es el Duque, que enojado a un hombre siguiendo vienes Válgame Dios! . Y asegura, que en este cuarto, por verse tan acosado, se esconde. Qué locura! . De esta suerte desvanezco las sospechas de este enemigo. . Que quieres, Don Juan? . Vengo cuidadoso, porque vi improvisamente salir a un hombre encubierto. Qué dices, Don Juan? advierte que son flechas tus razones, que las entrañas me hieren, sabes quién es? . No señor. Cielos, para quien se tejen los rayos, si contra mí vuestras iras no se mueven? Por vuestra Alteza le tuve, y al ira reconocerle, con el acero me dice, que me vuelva, y que le deje. Viendo, pues, que se retira, que la puerta me concede, que está solo vuestra Alteza, y es su riesgo contingente, subo . Calla, que es tu lengua áspid, que mi pecho muerde. Yo voy a llamar al Duque. Si la maraña supiese el viejo, cual me pondría. Entrar vuestra Alteza puede a ver el cuarto. . Don Juan ahora a decirme viene que ha visto salir un hombre, y si las señas no mienten, es el mismo que yo busco, y así primero que vuele el Sol con alas de rayos al Cenit desde el Oriente, he de quedar satisfecho. Dificultoso parece, sin haberle conocido, Bien, Don Juan, que pocas veces quedan libres los que son a sus Monarcas Infieles, vos, Don Ventura, quedaos. Aunque el enojo me enciende todas las venas, humilde mi rendimiento obedece. Guárdete yo, Blanca mía, y deme el Duque mil muertes. Hurta fiera a mis enojos el feliz que te merece Daré cuenta a mi señora de todo. . Qué he de beberle la sangre, y en mi! pedazos dividirle con los dientes. Ven, Inés, válgame Dios, que extrañas cosas suceden!
JORNADA SEGUNDA
SEGUNDA JORNADA En fin, con tu prenda amada el Duque quería ciego, para apaciguar su fuego hacer una Tarquinada? Sí, Morcón, que quien padece, sin esperanza del bien, en el potro del desdén, de toda razón carece. Por Dios, que tuviste suerte en que no te conociera. Mi resolución pudiera ocasionarme la muerte. Vi que el Duque poco sabio, (como nadiele estorbaba) aniquilar procuraba dos vidas con un agravio. Y así de cólera ciego atajé sus sinrazones, que consigue en ocasiones mas la violencia, que el ruego. No porque te mi desmayos, en el valor de mi dueño, sino porque del empeño salieran limpios su rayos. Estaba Blanca afligida, y yo que firme la adoro, antepuse su decoro a los riesgos de mi vida. Que quien el mar del amor con felicidad navega, nunca al peligro se niega por un cobarde temor. Guárdate, que el Duque está celoso, y es muy cruel. Cómo yo me encubra de él, ningún cuidado me da. Aunque con él privas tanto, si lo llega a averiguar, ha de mandarte colgar sin ser día de tu Santo. Al campo sale esta tarde a graduar Blanca de Estrellas, todas cuantas flores bellas hacen de su pompa alarde. El Duque, que sin ventura lidia con tanto desdén, quiere en el campo también alimentar de hermosura sus ojos, cuyos antojos me enojan de tal manera, que si basilisco fuera le matara con mis ojos. Por evitar este empeño, (que no me puede ser grato) has de llevar con recato este papel a mi dueño que te tengo por tan fiel, que solo de ti me valgo. Y si me pegan con algo será gracioso papel? Quién ha de pegarte? . El viejo que sale en su casa, y entra, y si con Blanca me encuentra Toma, y advierte que espero. Tú vas fuera de razón, pues contra mi vocación das en hacerme tercero. Quiero ver si se levanta el Duque. . Guiete el cielo Que este celoso desvelo me rinda con fuerza tanta? Apenas la Aurora fría en su carroza luciente, por las puertas del Oriente en sus brazos saca al día cuando de mi ingrato dueño a llorar el desagrado madrugo, porque el cuidado es enemigo del sueño. Yo voy a pesar del vano temor, ya los cielos ruego, que por este medio pliego no me den alguna mano. Dónde vas? aguarda. . Aquí doy con el mensaje en tierra. Nuevas máquinas de guerra se previenen contra mí! qué es lo que guardas? . Señora, las fiestas. . Y ese papel? Es de tabaco. . Por él tu muerte verás ahora: muestra, que siempre es indicio la turbación del engaño. Señora, desde tamaño tomo tabaco, que es vicio. Tu resistencia me mueve a verle llena de enojos. Da a sus letras esos ojos, y quedarán tomo nieve; y en viendo con atención lo que contiene el papel, pues le das ojos a él, no me des a mi jabón, El Duque mi señor sabe que vas oya tuquinta, por excusar otro empe- ño como el pasado, te ruego te quedes en casa, que yo iré haberte si ay ocasión. Dios te me guarde. Ven acá. . Qué mandas? . Di, de quién es este papel? De Don Juan, y advierte, que él no me le dio para ti. Pues para quién? . Para Blanca, que de ese Sol es estrella. La quiere el Duque? . Por ella tristes suspiros arranca; pero Blanca, de manera se le muestra rigurosa, que es para todos hermosa, y solo con él es fiera. Del Duque la pretensión no puede llegar a colmo, que es pedir peras al olmo pedir a Blanca afición. Anda por Don Juan perdida siempre en amorosa calma, y él como Juan de buen alma la quiere, porque le envida. A los dos el ciego Dios enlaza con fe tan tierna, que parece que gobierna un alma sola a londos. Vive el Duque, mi señor, (digo mal, que ya no vive, pues un punto no recibe de treguas en su dolor) tan oprimido de enojos, que despide sin sosiego en dos corrientes de fuego su corazón por los ojos. Calla, que cuento me dices de veneno viene lleno. Y es triaca del veneno temacharme las narices? Este percance de ti saco por ser tan leal. No me ves que estoy mortal? qué es lo que quieres de mí? Solo, pues hablar no puedo, licencia. . No me persigas, vete, y a ninguno digas, que con el papel me quedo. Qué es esto que me sucede? valedme, cielos, que estoy tan fuera de mí, que el alma desampara al corazón, y él a buscarla se sube con la fuerza del dolor en pedazos dividido, desde su triste prisión, en lágrimas a los ojos, y en suspiros a la voz. Así pagas, enemigo, mi fe, mi lealtad, y amor? o mal haya la mujer, que entrega sin atención sus potencias, y sentidos a un lisonjero traidor! Por hacerme triste blanco de tu desestimación, con lágrimas engañosas adquiriste mi favor Oh fiero parto del Nilo, que con regalada voz, para quitarme la vida robaste mi inclinación! Por ser tuya desprecié, con obstinado rigor, de tanto Príncipe grande el soberano blasón. Dejarasme en mis Estados, donde era, después de Dios, reverenciada de todos, y gozaba, sintemor de perderlo, cuanto vuela ligero, y nada veloz, desde donde nace el Alba, hasta donde muere el Sol, Cual inocente cordera, en la agradable estación de los valles, y los montes libre pacia la flor, enjugando su rocío con mi cándido bellón, hasta que tú me privaste de dicha tan superior, solo para ser conmigo voraz lobo, fiero león. El cielo vuelva por mí; pero no me vengue, no, que en dejarte ser ingrato te da castigo mayor. Es posible que vivamos tan desconformes los dos, tu firme en aborrecerme, constante en amarte yo? Vos papel, salid a ser testigo de mi dolor, que más que letras tenéis, me costáis lágrimas vos. Mas ay de mí! como puede sufriros mi indignación, sin haceros más pedazos, que engendra rayos el Sol? Por cómplices os castigo de mi muerte, y porque sois quien causa a mi vida ahora tanta desesperación. Besad mis plantas, y el suelo barred, mientras mi furor, del hombre más inhumano castiga la sinrazón. Señora mía, que tienes, que de llanto das señales? Ay Celialsobra de males, y mucha falta de bienes. Un fuego voraz, y ciego en mi corazón se fragua, y así me valgo del agua para apaciguar el fuego. Ya sé por quién despreciada, y aborrecida me veo del Duque, cuyo deseo me tiene tan agraviada. Ese papel en pedazos deshecho, me está diciendo, que de los míos huyendo se muere por otros brazos. Mira con cuanta razón me doy toda al sentimiento, que es falta de entendimiento pasar por una traición. Dime, parécete fea, y digna de estos agravios? Con el color de tus labios el Oriente se hermosea. Por ti, con diestro pincel, el florido Mayo llena de blancura a la azucena, y de púrpura al clavel. Cómo con tanto rigor del Duque soy despreciada? En quien nace desdichada está la fealdad mayor. Muchas hay sin hermosura, y sin discreción también, que muy amadas se ven, porque nacen con ventura. Es Blanca muy bella? . Luego el Duque la quiere? . Tanto, que por gozar de este encanto piélagos surca de fuego. Pida venganza tu queja, pues con tan grande desprecio a ti, que no tienes precio, por una Blanca te deja. Si logro mi pensamiento, yo remediaré este daño. Solo sirve el desengaño de renovar mi tormento. Y así, Don Juan, déjame porfiar sin esperanza, que con la desconfianza se fortalece mi fe. El Duque está aquí, señora. Ven, Celia, que mis enojos acusarán a los ojos, si se detienen ahora. Una mujer obstinada con dificultad se vence. Esa razón no convence mi voluntad agraviada. Yo, Don Juan, he de saber, (a pesar de mi grandeza) quien me roba la belleza de esta divina mujer. Quién empeña sin temor un soberano poder, no puede dejar de ser hombre de mucho valor. D él sabría hacer alarde, sin valerse de la sombra, que quien valiente se nombra, nunca procede cobarde. Sería por no pasar los límites del respeto, que debe un varón perfecto a su Príncipe guardar. Del V. Alteza se guarde, procediendo como sabio, que para evitar su agravio es valiente el más cobarde. Si yo supiera quien es este que sigue mi sombra, hiciera trágica alfombra de su cabeza a mis pies. Solo con esta venganza cesaría la tristeza de ver mi mucha firmeza sin vislumbre de esperanza. A tú di ligencia fío tener muy presto noticia, de quien con tanta malicia ofende el decoro mío. Serás en el mar incierto de mi celosa fatiga, norte, que con luz amiga me facilites el puerto. Para sacudir el grave yugo de tanta tristeza, haga cuenta vuestra Alteza, que de él, como de mí, sabe, que yo prometo, señor, pues a mi cuidado queda, encubrirme cuanto pueda, que me va vida, y honor. No prosigas, que este empeño toca, Don Juan, a tus bríos, pues de los Estados míos eres absoluto dueño. Señor, Don Ventura viene. Aborrezco su presencia, porque estorba mis designios; que queréis? . Que vuestra Alteza decrete estos memoriales. O pensión del que gobierna, que sin ver la cara al ocio, lleno de mortales penas, en las prisiones escuras del afán siempre se queja! referid lo que contienen. En este suplica Aurelia, mujer que fue de Roberto, Capitán de mar, y tierra, que porbia de limosna, se le consigne en las rentas de Parma, alguna que baste para vivir con decencia, Denla docientos escudos cada año, y a quien con ella se casare, la condura de Capitán, que en lajeurra son Atlantes los soldados, que los Imperios sustentan, como los opuestos Polos a ese volumen de esferas, y así la merced mayor era sus méritos deuda. Para gobernar a Urbino, proponen a vuestra Alteza, a tres en esta consulta. Aquién graduan en ella el primero. . A un ciudadano de calidad, y riqueza. Tiene letras? . No señor, Al que se prefiere en ellas de los tres, hago merced, que son esmaltes las letras, con que parece mejor el oro de la nobleza. Según la ley, el Senado a muerte en este condena a un hombre, que ejecutó una culpa, que por ciega nunca verá los añales de monstruo, que es todo lenguas. Referidla, Don Ventura, que de las culpas ajenas, nunca yo me escandalizo, aunque más enormes sean, porque todos mientras viven están sujetos a ellas. Un anciano de Ferrara, (cuyas plateadas hebras predicaban desengaños a la juventud traviesa) tenía una hija, a quien prodiga naturaleza hizo con ventajas grandes, prudente, hermosa, y hon esta. Un joven, enamorado de sus excelentes prendas, y que la seguía, como al Padre de las estrellas aquella flor, que en su llama segunda Fénix le quema, pidió, señor, a su padre, que le casara con ella, para que en dulce coyunda Amor sus almas uniera; el cual, sin hacer aprecio del caudal de sus finezas, con otro la desposó una noche, que de negras, y de perezosas plumas cubría toda la tierra para funebre teatro deltan cercana tragedia Apenas el joven sabe, que por otro le desprecia, y que en su dueño le roba del alma las tres potencias, cuando, como rompe el rayo de la nube que le engendra las entrañas, y en incendios por el aire culebrea, amenazando ruidoso hombres, peces, aves, fieras, A dos amigos convoca, sabidores de su pena, y aquella noche que dije, donde están los novios entra a cobrar desesperado la tiranizada prenda, que le mudan con su vida a jurisdicción ajena. El acero desenvaina, ya todos cuantos encuentra acómete como toro en la arenosa palestra al contrario, que le roba su querida compañera, a quien mullía halagüeño verde tálamo de hierba. Huyen todos, y el anciano solo con su jerno queda a resistir animoso tan atrevida violencia; y fue en vano, pues los dos cayeron muertos en tierra, antes que de sus heridas, del agravio que recelán. Y así, por apresurar de sus almas la postrera respiración, ellos mismos, aunque yacían sin fuerzas, con las llaves de sus manos abrían las rojas puertas. Llega, pues, adonde yace la desgraciada belleza, al asombro tan rendida, y del temor tan opresa, que no basta aún el aliento a desmentirla de muerta: entre sus brazos la coge, donde tal vez refrigera su fuego con el rocío, que sobre las azucenas, y claveles de su rostro la robada Primavera por ambos luceros vierte, del corazón mudas lenguas, que convocan a los cielos para que la favorezcan. En fin, la roba alevoso, como la robusta fiera, (que del jugo de sus manos a si propia se sustenta de las entrañas del roble a la suave colmena. Lo de más que sucedió colíjalo V. Alteza, que este género de culpas, como ofende las orejas, le especifica mejor el silencio, que la lengua. Esta, señor, es la culpa, que el mismo reo confiesa, firme V. Alteza ahora del Senado la sentencia. Don Ventura, aunque el delito es muy grave, bien pudiera. el Senado moderarse en el rigor de la pena. Pero como ya los Jueces, en vez de cabello, peinan. de nieve copos helados, de escarcha frías madejas, y en sus espíritus yacen las pasiones casi muertas; olvidan sus verdes años, y juzgan estas materias de severidad vestidos, y desnudos de clemencia. Así lo ordena la ley. Pues aunque la ley lo ordena; yo la sentencia revoco; y porque efecto no tenga; también derogo la ley, como potestad suprema. Los Príncipes Soberanos: pueden, siempre que convenga, derogar la leicivil, no la natural, y aquella que dejó Dios con sus dedos en las dos tablas impresa. Decidme, y a los vasallos, para que desobedezcan a su natural señor dan esas leyes licencia? En lo lícito me mandan que ejecute, y obedezca como vasallo leal el orden de V. Alreza; no, cuando de la justicia romper los fueros intenta, que es pasar por una culpa lo mismo que cometerla. Agradeced, que se enfrena mi cólera a vuestras canas, que si no fuera por ellas, vive Dios, que con mis manos os arráncara la lengua. Dada Don Juan el despacho, que corriendo por su cuenta, no peligra mi respeto. Favorece Vi Alteza mis cortos merecimientos. Solo tú, Don Juan aciertas a servirme: escucha a parté. Ah Príncipes de la tierra, que la verdad no os persuada, ni la razón os convenza, y que solo vuestro gusto el mejor dictamen sea! Esto conviene, Don Juan, porque mis vasallos tengan, cuando mis decretos oigan un espejo, donde vean con el rigor que castigo injustas inobediencias. En una cárcel oscura, que el Sol la conozca apenas, hazque le pongan al punto Señor. V. Alteza advierta. Pues entiendes mis de signios, calla, que de esta manera podré, sin impedimento visitar a Blanca bella, que esta tarde va a su quinta, y aunque el decoro la pierda he de templar este fuego, que es del poder indecencia dejarse vencer de quien por propia naturaleza, a porfías amorosas hace poca resistencia . Antes que llegues, tirano, a lograr esa cautela sabré yo perder mil vidas, y Blanca (luciente esfera de dos Soles) con sus rayos castigará tu soberbia. Señor Don Ventura, quien tiene, como vos, prudencia en un infortunio debe usar, y valerse de ella: el Duque manda prenderos. No me turba suviolencia, que solo para las culpas, son espantosas las penas. A la prisión me llevad, donde es forzoso que sienta de la Sagrada justicia el baldón, cuando por ella, y por sus dos atributos se mantienen, y gobiernan Monarquías diferentes, y Repúblicas diversas. Por estas lágrimas tristes, que bañan las blancas hebras del rostro mío, os suplico, si veis a mi hija bella, a la lumbre de mis ojos, a Blanca, mi dulce prenda, que la consoléis. . Yo os juro, de mirar, señor, por ella, tanto que no os eche menos, ni la aflija vuestra ausencia. Ay Juan, que es muy prudente, y se morirá de pena. En el verde te atro de esta quinta, que de matices el Verano pinta, a donde representan sus amores las dulces aves, y las bellas flores, hurta su corazón a la tristeza, que deslustra demodo tu belleza, que murmurando de ti, si lo reparas, con labios de cristal las fuentes claras. Esta mi natural melancolía es siempre tan opuesta a la alegría, que porque me deleitan sus colores, no pueden ver mis ojos a las flores; y más cuando mi padre se detiene, y de engaños el Duque se previene para lograr sus bárbaros intentos. Deja ahora tan tristes pensamientos. Ay Inés! que quien ama sin ventura, con engaños, y ardides lo procura. De que la Duquesa viene vengo, señora, a avisarte, como cohete cuando parte de la mano que le tiene. Ha sabido que eres tú quien cuesta al Duque desvelos, y como la pican celos, anda dada a Bercebú. Guárdate de su violencia, que si no te mata ahora ha de prenderte, señora. Por qué? . Por la resistecia. Antes en eso consiste toda mi seguridad, que no se cree liviandad de mujer que se resiste; y así con esta venida no me sobresalta Aurora. Mira que corre, señora, mucho peligro tu vida; que fuera de los enojos que repite en sus acciones, pienso que trae cien legiones de Médicos en los ojos. Has visto como se templa, y se reporta al instante, quien airado su semblante en un espejo se mira? Pues así su furoz ira templará tan en Aurora, si de mi inocencia ahora en el espejo se mira. Si no me engaño ya llega a aquellos vecinos olmos. Por señas, que se desprenden de las raíces sus troncos, por venir a ser con ella mariposas de tus ojos. Deme los pies Va Slreza. Los brazos están ma prontos llega a ellos; qué hermosura! Indigna mis labios pongo en las estampas floridas de esos dos nevados copos. Bien haces en humillarte, por cautelar de ese modo a un Príncipe soberano, que en tu perfección absorto, está por ti tan perdido, que aún no sabe de si propio. En agasajos envuelve Alteza sus enojos? debe de ser, porque sabe, que no se los ocasiono. Pues advierta, que el honor es vidrio, que con un soplo, sino se rompe, se empaña, y que del mío blasono tanto, que estuvo mi vida entre el honor, y el asombro casi muerto al escuchar sus acentos injuriosos: verdad es. Detén la voz, que en cosas de tanto fondo, aún sobran para testigos estos árboles frondosos: dejadme con Blanca a solas. Si las dos andan al morro, será más gustosa fiesta, que de cañas, y de toros. Ahora que es de mi voz el aire testigo solo, áplica atentos oídos al tropel de mis ahogos. Lo primero, Blanca, juro a tus luceros hermosos, por las madejas de rayos, que el cuarto Planeta rojos está debanando siempre en los celestiales tornos, que no turban mis sospechas el cristal de tu decoro; porque si bien que le guardas con esfuerzo tan heroico, que darás por no perderle tu vida al ardiente plomo. Esto supuesto, yo, Blanca, en tantos males zozobro, que de puro sentimiento nunca se enjugan mis ojos, Has visto cierva acosada de sabuesos presurosos, que sale herida del bosque (toda cubierra de polvo) a buscar el arroyuelo, que en aquel verde contorno con fríos labios de nieve besa los pies a los troncos, y en hallando su corriente se precipita al arroyo, donde el incendio mitiga de sus fatigados poros? Pues así vengo yo, Blanca, a buscar en ti socorro, atormentada, y herida de mis celos rigurosos. El Duque te está adorando, yo que sus desprecios lloro, no lo puedo remediar, porque en fin es poderoso, y por lograr sus deseos atropellará por todo. A tu padre tiene preso. Ya con latidos no pocos me lo previno, señora, mi corazón temeroso. Con este engaño presume triunfar de ti sin estorbo; y así pretendo llevarte para burlar sus antojos, a Palacio, donde el Duque que se reporte es forzoso, viendo que son sus fiscales a todas horas mis ojos. A vista de tanto riesgo esto nos conviene solo, así para tu defensa, como para mi reposo. Ah señora! cuanto hierra quien procura de ese modo conquistar a una mujer. porque en ellas es muy propio pagarse de rendimientos, de suspiros, y sollozos, y a violencias atrevidas volver airadas el rostro! Vengue el Duque mi señor en mi padre sus enojos, que siempre tengo de ser roca firme, y áspid sordo. En manos de vuestra Alteza la vida, y el honor pongo, como soberano dueño puede disponer de todo. Pues Blanca vente conmigo, que tengo de poder poco, o Don Juan ha de ser tuyo. Viva vuestra Alteza, como aquel pájaro de Egipto, que consagra misterioso al Sol sus cenizas, luego que renace de si propio. Señora. . Qué dices? . Sabe que el Duque mi señor, solo con Don Juan; en dos caballos, que son hijos de Fabonio llegaya . Yo me retiro detrás de este verde toldo; y tú, Blanca, sin temor espera los amorosos combates del Duque, pues yo te guardo. . Seré escollo. Acierto fue, por llegar hasta aquí sin alboroto, dejar los caballos presos con las riendas a los troncos. Si señor. . Detén el paso Don Juan, que por los hermosos reflejos que me deslumbran, que está Blanca allí conozco. No la avisé en un papel, . por ser el riesgo forzoso, que no saliese a su quinta? entre mil dudas zozobro? Quédare Don Juan aquí. Valedme cielos piadosos. Medroso llega a la fuente, (aunque la sed le da pena) el que sabe que está llena de veneno su corriente: quien entre la hierba siente el áspid disimulado, cámina atemo rizado, y es para mí tu desdén veneno, y áspid también en la fuente, y en el prado. Temeroso con la voz rompe el aire quien advierte, que en arco le espera suerte de la alja ua arpón veloz. El que ve la fiera atroz en una cueva, hace prueba del poco valor que lleva, y es para mí tu desdén arpón, y fiera también en el arpón; y en la cueva. Con miedo pisa la cumbre del monte el cansado pie de caminante, que ve de rayo vecina lumbre. Por el mar con pesadumbre el vajel alado hyerra, si le dan escollos guerra, y es para mí tu desdén rayo, y es collo también en el golfo, y en la tierra. Con este propio temor en amarte persevero, pues solo morir espero a manos de tu rigor, persua dido delamor nunca al corazón despeño, (siempre de martirios lleno) porque con él sinrazón eres áspid, fiera, arpón, escollo, rayo, y veneno. Mas ahora mi firmeza no procederá cobarde, que no tienes quien te guarde, y he de rendir tu belleza. Considere vuestra Alteza. Ah tirano! . Lance fuerte? Ponzoña mi pecho vierte Cómo sufro lo que veo? Hoy has de ser mi trofeo. Antes me daré la muerte. Vive Dios, que he de salir a dar a Blanca favor, que en empeños del honor es lo menos el morir. No presuma reducir a piedad mi resistencia. Pues ingrata, con violencia ahora rendir te espero. De celosa rabia muero! Oh mal haya mi paciencia! Señor. Don qué quieres? . A dvierta vuestra Alteza? mármol soy! Cuantas desdichas hoy la fortuna me concierta! Don Habla, pues, . Mi muerte es cierta Digo, que parece mal violencia tan de sigual, en quien debe de mil modos, en hacer honrar a todos. ostentarse liberal! Qué dices? estás en ti? Lo que me parece justo. También tú me das disgusto? Conviene, señor, así. Retírate. . Estoy sin mí! No me mande vuestra Alteza acción de tanta bajeza. Pues qué pretendes traidor? Solo guardar el honor de esta afligida belleza. Vive Dios, que por aleve, por desleal, por infiel te he de dar muerte cruel. Solo la razón me mueve. Yo soy estatua de nieve! Como vasallo leal huyo su furia mortal, porque fuera desvarío hacer alarde del brío con mi señor natural. No te librarás de mí; aunque con ligero vuelo te subas al mismo cielo. Ay Don Juan; yo te perdí! Detener su furia aquí me toca; aunque este enemigo también se enoje conmigo. de . Ya seguro me contemplo, pues las aras de ese templo feliz ahora consigo Vete; porque mi sagrado discurrid allá con vos te valga. Aurora. . Qué es esto? del modo que procedéis. vos aquí tan descompuesto? tan furioso, tan airado? El acero levantado, mejor que contra Don Juan; asombro diera, y afana a las Arabigas diestras en las incultas palestras: del caudaloso lordan. Con este heroico blasón se estendiera vuestro nombre, no con perseguir a un hombre, que vuelve por larazón. Reprimid esa pasión; y aún en suspiros suaves; no deis noticia a las aves de sus accidentes vanos; que en Príncipes soberanos todos los hierros son graves, Decidme, que pretendeis, cuando con tanto rigor queréis quitar el honor a quién dárse le debéis? Sin duda, señor queréis, que los necios, y los sabios murmuren vuestros resabios; que los sabios, y los necios piden con tales desprecios justicia de sus agravios. A Blanca llevo conmigo, que está sola, y en batalla, donde puede contrastalla, por ser fuerte el enemigo. A su padre, que era abrigo de su beldad soberana. tenéis en prisión tirana: no fue poca sutileza, por ganar la fortaleza, derribar su barbarcana. Y en efecto, pues debéis tan altas prendas a Dios, Muerta voy. Que me queréis, desdichas en tanta calma? ya conseguisteis la palma: y tu vasallo traidor guárdate de mi furor, que soy un rayo con alma. .
JORNADA TERCERA
JORNADA TERCERA Señor, ya de pura hambre mover las plantas no puedo, porque después que del Duque andamos los dos huyendo, racionales camaleones, ni cenamos, ni comemos. Hambre tienes? . Y tan grande, que me comiera los cielos, solo porque están ahora estrellados como huevos. Deja, Morcón, disparates, y sígueme, porque es tiempo de que vamos a Palacio, donde está Blonca mi dueño con Aurora, desde el día, que el Duque de enojo ciego, intentó, porque enité sus torpes arrevimientos, sacarme del corazón (que es de Blanca feliz templo) su deidad idolatrada, por las puertas de mi pecho. Oh bien haya aquel papel, que me diste con secreto para Blanca, blanca Aurora, a vista de cuvos bellos rayos, el mayor Planeta es un Etiope negro. Pues cuando se le llevaba llegó la Duquesa a tiempo, que me le pudo quitar, y saber los pensamientos del Duque para librarte. Ya me dijiste el suceso, no le vuelvas a sacar de la prisión del silencio, que referir una cosa muchas veces, es de necios. Y es de sabios el venirnos dónde el Duque pueda vernos? Viste llegar a la plaja al naufrago marinero, a quien fue Delfín benigno de la nave el roto leño, que del vestido mojado en el salobre elemento, apenas chupa las ondas el Sol con lengua de fuego, cuando olvida su peligro, y oprime sin escarmiento, en vaso poco seguro la cerviz del mar soberbio? Así yo, por ver de Blanca los dos hermosos luceros, el riesgo busco otra vez, sin acordarme del riesgo. Y a mí, señor, que ni blanca, ni maravedi ver quiero, porque me traes donde el Duque me despierne por lo menos? Escucha mientras llegamos, porque no vayas con miedo. Por orden de la Duquesa; a quien vida, y honor debo, ha nueve días que estamos, (ya lo sabes) encubiertos en aquel poblado monte de encinas, robles, y fresnos, que matar intenta a soplos la antorcha del cuarto cielo, porque en ella se le quema muchas veces el cabello. Aquí, pues, hay una gruta, que para refugio nuestro nos franquea liberal su melancólico seno. Donde tú, cuando la Aurora, ayer con paso ligero bajaba desde el Cenit a su frío monumento, tus sentidos entregaste al blando yugo del sueño, desmintiéndote de vivo con apariencias de muerto. Viéndome yo combatido de mis tristes pensamientos, y que valor me faltaba para batallar con ellos, a divertirme salí a aquel veloz arroyuelo, que de la cumbre del monte en cristal baja deshecho, paraser espejo de su formidable cuerpo. En su margen me reclino, y apenas los ojos vuelvo, cuando al pie de un arrayan dos aves cándidas veo, que con suaves arrullos, con orgullosos paseos, con tiernas demostraciones, y con amantes requiebros se gozaban en aquel de esmeralda verde lecho, y el corazón me bañaban de tan ardientes afectos, que las dije enternecido: Con razón, pájaros bellos, por símbolo del Amor os consagraron a Venue. Aprendan vuestros cariños cuantos en el Universo miden la tierra, y el agua, cortan el aire, y el fuego. Apenas acaben, cuando con precipitado vuelo, otro palomo, que estaba en un árbol encubierto, llega, y a los dos amantes divide cruel, y fiero. Que es ver aquel ramillete de peinados copos hecho, quejarse en gemidos roncos, ya las alas esgrimiendo, ya las uñas afilando con el pico ceniciento, con las plumas erizadas, y con los ojos sangrientos! Qué tienes, ave sencilla? celos; pues si tienes celos, no me espanto de que estés con tanto desasosiego, que yo dotado nací de divinos privilegios, y con celos la razón, y el juicio pierdo. Eran, en fin, estas aves un dechado, y un ejemplo del Duque, de Blanca bella, y de todos mis sucesos. Por lo cual yo las miraba tan tristemente suspenso, que tal vez humedecía con mis lágrimas el suelo, sin poderme reprimir, aunque de mi sentimiento el arroyo murmuraba entre sus guijas risueño. Estando, pues, de esta suerte oigo ruido, pasos siento de caballo, que escalaba el monte con pies ligeros. Quedé, como quien del rayo (serpiente voraz de fuego) el relámpago divisa, y oye el espantoso trueno, Ya sentía haber dejado aquel albergue desierto de luz, aquel laberinto de tinieblas, aquel centro de sombras, aquella gruta, que es de la noche bostezo, y advertía cuanto hyerra quien por un divertimiento huye las seguridades, y se diligencia riesgos. A volver me determino, y apenas las plantas muevo, cuando llega Don Ventura al verde margen opuesto, en un hermoso caballo, animado Mongibelo, que por los ojos éxhala de su corazón incendios, y tan dócil ejecuta de la rienda los preceptos, que presumí que tenía racional conocimiento. Al arroyo se abalanza, y alado vajel sin remos, en un instante penetra su breve golfo de hielo. A Don Ventura recibo entre mis brazos contento, y él con los suyos enlaza mi libertad, y mi cuello, quedando los dos allí tan mudos, y tan suspensos, que por árboles del monte nos tuvimos algún tiempo, Dividímonos, en fin, y aquel venerable viejo, compadecido de verme en tan injusto destierro, de sus ojos en dos hilos destilaba aljófar tierno. Yo, que en el de Blanca bella el original contemplo, a sus pies mis labios guío con humildes rendimientos. Él me convida a sus brazos, para colocarme en ellos, y cortés, y agradecido así rompe mi silencio. Señor Don Juan, no os admiren estas lágrimas que vierto, que me toca mucha parte de los infortunios vuestros. El Duque mandó sacarme de la prisión, entendiendo, con esta piedad fingida, encubrir sus desaciertos. Oh cuán engañado vive! porque ese libro del cielo en hojas azules guarda nuestros delitos impreso; donde para que se lean brillán, y lucen aún tiempo con prestados resplandores tantas hachas de luceros. Ya sé, que del honor mío en el transparente espejo, obstinado quiere el Duque estampar borrones feos. También sé, señor Don Juan, que con motivos honestos amáis a Blanca mi hija, y que tenéis en su pecho acogida vinculada a vuestros merecimientos, Todo me consta, y así acudamos al remedio, pues Aurora nos ampara, que es diguo de vituperio el que duerme descuidado entre los brazos del riesgo. Mañana cuando guarnezca la noche, madre del sueño, sus caballos, y sepulte en sombras el universo, podréis ir a ver Blanca, que yo trazado lo tengo, demodo, que sin peligro salgáis de tan grande empeño, Esperando os estaré en el postigo del huerto, por donde entra a cultivar sus plantas el jardinero, y os guiaré, que la Duquesa quiere que en su cuarto mismo os dé mi hija la mano, que es justo que goce el premio quien le sabe merecer con sus excelentes hechos, Así, partiéndose, dijo: y yo tan dudoso quedo de mi dicha, que presumo, que me burla mi deseo; que esa deidad inconstante de lo próspero, y adverso, nunca mira a un infeliz con el rostro descubierto. Volvime en fin a la gruta, donde tú de temor lleno me considerabas ya a manos del Duque muerto, Allí gozoso, y ufano mi felicidad espero, hasta que la noche envuelta en asombro, horror, y miedo, viste por muerto del Sol, al mundo de luto negro. sun Ya llegamos a Palacio, que es nácar, jardín, y cielo de Blanca, perla, clavel, y Estrella, cuyos reflejos de tanto maralterado, pronostican el sosiego, y a mí que surco sus ondas, me convidan con el poerto. Sigue mis pasos veloces, que tiene mucho de necio, quien por descuidado pierde de blancas hojas cubierto, el logro de sus empleos Si tú quieres que tesiga, déjame cargar el cuerpo de cáscotes, y guijarros, que por falta de sustento estoy tan liviano ya, me muevo congran cuidado, porque no me lleve el viento. Así con la luz escasa, que los Astros dan al suelo, el postigo del jardín mis ojos han descubierto. Y en el jardín hay naranjos? Sí. . Por Dios que es mal agüero Mira si descubres pues a Don Ventura. . Yo tengo . Tú, noche que eres alivio habilidad solamente para descubrir secretos; Deja gracias, que no son iguales todos los tiempos, Aquí dije que esperaba a Don Juan. . Señor, ya veo un bulto. . Y es Don Ventura, porque dentro de mi pecho me lo dice el corazón, dando saltos de contento. Hacia mí sus pasos guían zon dos hombres, y el uno de ellos me parece que es Don Juan. Ya señor a los pies vuestros me tenéis. . Hijo, mis brazos, mis brazos están primero. Aunque destrozar intente el Duque, enemigo cierzo, esta vid, multiplicando golpes, combares, y encuentros, unida a vos, que sois olmo ha de verse coronada de racimos opulentos. Quién viene en tu compañía? Un gracioso, tan experto, que fuera de su papel; hace también el tercero. que cada vez que me muevo Eres leal? . Por mi amo consentiré que en Marruecos me vendan por Alcuzcuz. Satisfacerte prometo, pues corre ya por mi cuenta- Haz que me den almomento de cenar cuanto pidiere, y quedaré satisfecho. Entrad. . Allí me parece Por qué? . Porque es fuerza hallar que tocan un instrumento. mil azares allá dentro. Es el norte que nos guía, por aqueste mar incierto. de los fatigados miembros, hasta que logre esta dicha no te escondas en el centro. Ruiseñor, y Ciine soy en mí triste cautiverio, pues lloro de lo que canto, y canto de lo que muero, Llegad, que ya nos avisa Inés con dulces acentos. Cantos hay que descalabran, mas el suyo por lo tierno. puede ser azucar piedra, y servir de caramelo. Voces parece que escucho, otra vez a cantar vuelvo, que puede ser que me engañen las hojas que mueve el viento, Ruiseñor, y hiny Inés, es hora? . Ha venido Don Juan? . Sí. Pues entrad presto, que suele el Duque bajar estas noches alameno laberinto del jardín, (solo con su sentimiento) a culpar de mi señora los rigores, y desprecios, para que siquiera lleguen a sus oídos los ecos. Vive Dios, que con el Duque, en amorosos extremos, fue Macias un idiota, y Leandro un metemuertos, El fruto que solicita huya de sus ojos mismos, Y porque muera agonizando en imposibles deseos. Desde esta reja seré, (mientras andáis allá dentro) atalaya, por si viene a quitar el Duque el sueño a las flores, que en sus verdes tálamos están durmiendo. Sea tu voz el aviso. Así queda bien dispuesto, Si cantare, retiraos. Inés, pues eres gilgero del día, no desperdicies con la noche tus gorjeos, Aromáticas flores, que con el jugo de vuestras raíces os vestis de colores, y os pobláis de matices, lastimaos de mis años infelices. En el tormento mío, seguid a las Estrellas, flores bellas, pues vierten su rocío al oír mis querellas, como que lloran todas las Estrellas. Que mucho, si los troncos, de mis tristes lamentos conmovidos, sus corazones broncos, suelen a mis sentidos enseñar en pedazos divididos. Quién, cruel enemiga, al verme, de piedades no se viste en tan dura fatiga? sola tú, que naciste para martirio de mi vida triste. Nueve veces las aves a la Alba despertaron en sus nidos con músicas suaves, después que mis gemidos solicitan en vano tus oídos. Menos aquí sintiera verme cautivo con tan duros lazos, si yo coger pudiera entre mis propios brazos aquel traidor, y hacerle mil pedazo Verasme en esta calma las prisiones romper, tirana fiera, de la vida, y el alma; mas huyes de manera, que verme no querrás aún cuando muera. En el jardín ai gente, . sonoro los avise mi instrumento. Allí improvisamente me solicita atento rémora dulce que suspende el viento. Si llegan a tus umbrales mis males pobres de bienes, es, ingrata, como tienes ojeriza con mis males. Si llegan a tus umbrales mis males pobres de bienes, es, ingrata, como tienes ojeriza con mis males? Del alma me deshereda tu rigor en tanta calma, porque faltándome el alma quejarme de ti no pueda. Poco de vida me queda, mis suspiros desiguales de mi muerte dan señales, pues salen del pecho mudo tan desmayados, que dudo. Si llegan a tus umbrales; Nacen de quien se quererla, sin estrella, y es empeño, por imitar a su dueño, morir también sin estrella. Ojalá, tirana bella, convirtieras en desdenes el odio que me previenes, muchos mi suerte envidiaran, y ambiciosos codiciaran, mis males pobres de bienes. Morir en el viento dejas estas quejas, porque son hijas de mi corazón estas amorosas quejas. Vuelta mármol a tus rejas. pues ni me escuchas, ni vienes, viendo que de mi dolor ocasión tanto rigor, Es, ingrata, como tienes: Ya del cuerpo se destierra mi vida, a quien rayos tiras, que respeto de tus iras, es la muerte dulce guerra. En el aire, mar, y tierra, de mis males inmortales, ades, peces, y animales se burlarán de mil modos, el fruto de mis desvelos. . si saben que tienen todos Ojeriza con mis males. Si quieres ser de mi pena lisonja, muda de estilo, llora como Cocodrilo, no cantes como Sircna. Quién es? . Un amante triste, que en estos verdes retiros, de quejas, y de suspiros la región del aire viste. Cómo V. Alteza viene tan solo, siendo tan tarde? Quién siempre entre penas arde, solo sé que cuando vengo, harta compañía tiene. Supuesto que me conoces, sabrás el estado mío, y por quien del aire fío en vano mis tristes voces. Sí señor. . Pues por tus ojos que me digas donde está aquella fiera, que da a los míos mil enojos. Blanca, a quien ya sostituye su poder el ciego Dios, porque con sus ojos dos a los mortales destruye. La Duquesa, mi señora, a guarda tanto, que yo, siendo su criada, no Mira tú cual es mi suerte, pues Aurora, que debía defendor la vida mía, guarda a quien me da la muerte, Pero yo de sus temores acrecentaré el abismo, comir a sucuarto mismo a decir a Blanca amores. Muera, como yo, de celos Aurora; cruel pirata, que solo de robartrata Por si no oyeron mi voz, de peligro que es tan grave, el aire vuelva suave a ser correo veloz. i , Que viene nuestro contrario, Inés con su voz habíía quien pudiera a toda prisa embutirse en un almario? Yo no sé donde me estoy, si me caigo, o si me tengo, me parece que me voy. Con pies torpes examino tan escuras estas salas, que parecen coplas malas de Poeta Gongorino. Estos sustos acobardan, y ocasionan desconciertos, y así todos casi muertos, también del Duque se guardan, Buena fue mi prevención, porque si me viera allí hiciera luego de mí a Bércebú un salpicón. Es de Nerón un traslado, y aunque celebro mi palma, en cuclillas tenga el alma, Sin luz, y sin guía alguna discurro por estas salas, presteme el Amor sus alas. Si me saca la fortuna de este riesgo sin mancilla, he de colgar un Morcón para perpetuo blasón de tan grande maravilla- Confusa voz mis oído. altera: válgame el cielo! nube de cuajado hielo cubre todos mis sentidos. Poco diligente soy en guardarme de perjuicio, pues con todo mi juicio por estas paredes doy, y más no sabiendo donde pongo la planta cobarde. Un hombre, siendo tan tarde, en este cuarto se esconde, quién puede ser? estoy ciego! Aquel traidor, quedo labios, que si decís mis agravios os haré pedazos luego. Castigue mi indignación de esta suerte su delito. Ay, ay, San Jorge vendito, traedme vuestro morrión: De vos socorrido quede en este grande trabajo, quien lo que piensa de tajo tan al reves le sucede? En vano tu traición huye de mi furia ahora. Inés, Celia, Blanca, Aurora, favoreced a Morcón. Este, que de mi furor se retira amedrentado, y cobarde, es el criado de Don Juan, aquel traidor, y Aurora le tiene dentro, por aumentar mis ultrajes Ah cielos, cuantos linajes de desventuras encuentro! Hombre, que el enojo mío burlas con simple temor, oye . Soy sordo, señor. Espera . No soy Judio, Id con esa luz delante, que yo veré quien aleve dentro de mi cuarto mueve alboroto semejante. Ven, esgrimitan mis celos este rayo contra ti. Señor, . Alteza aquí? Oh Duquesa de los cielos! bien haya amen la comadre que en mantillas envolviote, y el hombligo cercenote cuando pariote tu madre. Sola tú, que de mi vida anhelas a ser estrago, guardaras a quien me ofende dentro de tu mismo cuarto. Como quieres que me teman, y me estimen mis vasallos, si tu blasonas de ser alilo del más ingrato, del más aleve refugio, y del más infiel amparo? Nunca postrara a mi frente Urbino sus muros altos, porque mejor me estuviera ser pobre, y bumilde esclavo, que sufrir en mi grandeza tantas injurias, y agravios. M. Vuestra Alteza se reporte. que como viene enojado, se deslizan ciegamente sus palabras en mi daño. Porque evito sinrazones, y desaciertos atajo, me dice, que nací solo para acabar con sus años. Abra los ojos, y advierta, que quien está apasionado, algunas veces procede como las fieras del campo. Y aún ellas le enseñan, pues el León, Rey coronado, sabe despreciar su vida por pagar un agasajo. Adiós, Celía. Dónde vas? A buscar un Cirujano que me zurza las costillas, y me remiende los cascos. Oís, aguardad un poco. Aquí manda hacerme cuartos, porque todas las mujeres se pierdan por mis pedazos. Dices a mí? . Pues a quién? guiad con esa luz mis pasos. Señor, no puedo moverme, porque tengo muchos callos, Juanetes, y sabañones. Ejecurad lo que mando, o motiréis al instante. Mira, Duque soberano, que dos hijas que engendré, y son la nata del Mayo, al punto de sentimiento se echarán en un barranco Ahora verá, tirano al impulso de mi brazo estas nevadas paredes bañarse en sangrientos lagos, Ay, señora, que desdicha! Toda soy un frío mármol, que Don Juan, y Don Ventura están de socorro faltos, y tienen mucho peligro. Válgame el Apostol Santo, que es Patrón de las caídas. La luz has muerto, villano? No pude más, que caí como miserable, y flaco. Para buscar a un aleve basta la luz de este rayo l Hombre del demonio, lleva punzones en los zancajos? Celia, no cumplo conmigo si dejo que este tirano ejecute sus intentos. Qué mandas? . Que entres be y me saques esa gente. (lan Voya servirte. . Si salgo de este peligro con vida, promesa, Dios mío, os hago de ser en sierra morena un ejemplo de Hermitaños. Alumbrad, cielos divinos, con la luz de vuestros Astros este vajel, que zozobra de penas en golfo tanto. Ya, señora, llegan todos, desata los fuertes lazos del miedo que los oprime, con el calor de tus rayos. Cierra, Celia, aquella puerta, y vosotros sesegaos. Vengan riesgos a diluvios, que no me causan espanto: si V. Alteza descubre esos dos divinos arcos, que en los cielos de sus ojos brillan serenos, y claros. eloso, y es temerario. Restituye, hermoso dueño, nafrenta en los campos os ya perdidos claveles stus mejillas, y labios, de muchas vidas importan enos que tu sobresalto. Viste por el rojo Otiente Sol, hermoso topacio, dlir a bañar la tierra e claridad en su carro, aquella flor de su nombre as esplegar el aparato se sus hojas, y ostentarse del aire, bello penacho, porque vive con sus luces sben el ameno teatro; d luego que el Sol espira en el mar precipitado, lan triste queda la flor, que con mortales desmayos sepulta su pompa bella Vasen el tálamo del prado? Así tu vida, Don Juan, es de la mía resguardo; si no quieres que la pierda, procura ponerte en salvo. Esposa del alma mía, en quien están vinculados de firmeza, y hermosura los dos mayores milagros, no me mandes que te deje, cuando del honor de entrambos se promete la victoria el Duque nuestro contrario. Abrid esta puerta. Ay triste! No temas, que yo te guardo. Es mucho nuestro peligro. Por el cielo Soberano, que deje en vuestra defensa hacerme dos mil pedazos. Anímate esposa mía, pues me tienes a tu lado. Retiraos todos a dentro. Con los volcanes que exalo haré esta puerta ceniza, y a los que están en el cuarto, Instable fortuna, adonde han de llegar mis trabajos? Abre tú la puerta ahora. Apenas puedo dar paso, porque me tiene el temor inmóbil, como peñasco. Fiera, como te pones a mis ojos, cuando montes de enojos levanto contra ti para acabarte, porque eres tú de todos ellos parte? A sus plantas me tiene vuestra Alteza con ánimo, valor, y fortaleza para guardar tres vidas, de su rigor injusto perseguidas. Sáqueme por el pecho el corazón deshecho de sangre en mares rojos primero que ejecute sus enojos Desvíate enemiga, que me dejas mas indignado con tus vanas quejas. Aplaque vuestra Alteza rigor tanto a las fuentes de llanto, que de mis ojos corren hilo a hilo. No pienses, engañoso Cocodrilo, con lágrimas, y quejas disuadirme, porque he de estar en mis intentos firme. No por mí, por quien es oiga mi ruego? De enojo, de furor, de rabia ciego me detienes en vano. Príncipe soberano, dueño, y esposo mío, absoluto señor del albedrío. Levántate del suelo; estatua soy de congelado hielo. Tres veces coronó de verdes plantas el Abril a la tierra, y otras tantas el Sol enriqueció de luces bellas al Toro, que en el cielo pace Estrellas, después que el pecho mío (elado jaspe; y alabastro frío) en blandura mudó tanta dureza. Noticia tiene de esto Va Alteza, pues cuando tantos pongañarla palma me rendían el alma, fue solo quien gozó de mis favores, y el empeño logró de sus amores. Testigos de esto son aquellos lazos, que estrechaban los suyos, y mis brazos en el cansado lecho, que de puro dolor está deshecho, cuando le bañan en undosos ríos mis ojos, acusando sus desvíos. Menos fuera millanto, mi pena, mi tormento, mi quebranto, como parará todo en ser aborrecida de este modo, y no solicitara Va Alteza de Blanca la belleza, porque en celosas furias mi mattirio donliquensur injurias, Blanca, señor, es noble, oíl roca a las ondas, a los vientos roble se rendirán primero que consienta en su decoro la menor afrenta. lo Don Juan está casado tiene valor, y debe como honrado sacar a su mujer de tanta llama, conservar el honor, guardar la fama o a costa de su vida, enacción tan heroica bien perdida. Esto supongo, para que prudente elija lo que fuere conveniente, antes que vuestra Alteza empeñe su grandeza por un antojo, que en ofensa mía, de sus obligaciones le desvía. Mire por sí, que es Sol de sus Estados, y por tener sus rayos eclipsados con tan injustos modos, andan a ciegas sus vasallos todos. Muévale mi razón, pues la conoce así mil años goce en descanso tranquilo los Imperios del Ganjes, y del Nilo; que yo, por darle gusto, trócare luego mí dosel Augusto a un albergue cubierto de espadañas, de mimbres secos, y de enjuras canas, donde sin pena alguna me deje en sus mudanzas la fortuna. Bien conozco, señor, que son mis ruegos soplos que encienden sus airados fuegos, cuya violencia fuerte ha de templarse con mí triste muerte. Príveme de la vida por leal, por constante, por sufrida, por atenta, por fiel, y por honrada, que que mujer despreciada, in solo porque bien obra, ma en el mundo, señor, está de sobra. Tu razón Aurora, tanto me convence en mi pasión que consigue tu razón lo que no pudo tu llanto En letargo tan pesado elta sola me despierta, y de mi vida concierta el reloj desconcertado. Yo te juro por quien soy de pagar tanta firmeza, adorando tu belleza, a quien vida, y alma doy. Salga de mi corazón aquella fiera cruel, y tome posesión de él tu divina perfección. Y aunque Don Juan poco fiel me paga lo que me debe, por ti mi pecho se mueve a ser liberal con él. Logre feliz el empeño, donde perdí mis sentidos, que ya vuelven reducidos a confesarte por dueño. Los tres a mejor fortuna de mi Corte salgan luego, porque del pasado fuego no quede centella alguna. Con su respuesta ha medido el Duque nuestro deseo. Apenas, señor, lo creo. Está de razón vencido. Deme, señor, V. Alteza los pies por favor tan nuevo. Aún no pago lo que debo a tu lealtad, y firmeza: llega, señora, a mis brazos. En ellos está mi suerte. Aún más allá de la muerte duren tan estrechos lazos: Y porque yo solo miro, Aurora, a darte placer, huyendo de esa mujer a mi cuarto me retiro. Años se goce prolijos con el Duque V. Alteza, y el juedio de su belleza produzga tan bellos hijos, que como rosas del Mayo, con su pompa, y arrebol venzan, y afrenten al Sol luz a luz, y rayo a rayo. Ya sabréis lo que dispone el Duque. . Señora, sí. Pues idos, y fiad de mí, que vuestras partes abone, hasta que bien opinados con el Duque, los dos solos volváis a ser fuertes Polos de todos nuestros Estados. Con mis dos hijos, señora, (aunque estoy falto de bríos) los caducos años míos rejubenecen ahora. Goce yo su compañía, y en una rústica choza vea al Sol en su carroza derretir escarcha fría. Adiós Blanca. . Sabe el cielo cuanto perder su presencia nos aflige. . Vuestra ausencia me baña de desconsuelo. Ven a ser casta Diana, Blanca mía, donde muera a tus ojos toda fiera, gozosa, alegre, y ufana, hasta que el Duque reporte, y modere sus enojos. Gece yo, Don Juan, tus ojos, y nunca goce a la Corte. Mil años viváis los dos. Cásate, Morcón, conmigo. No me daré tal castigo, si guarda mi juicio Dios. Respondes como ruin. Soy, Inés, poco sufrido, y Amor de razón vencido tenga venturoso fin,
