Texto digital de Alfeo y Aretusa
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Juan Bautista Diamante
- Atribución estilometría
- Juan Bautista Diamante Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de TESO.
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Alfeo y Aretusa. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/alfeo-y-aretusa.

ALFEO Y ARETUSA
Atended a la voz de la Fama. Escuchad del Aplauso la voz. Que publican, pregonan alegres la más venturosa, la más firme unión Atención. Atención. Que los furores de Marte le rinden hoy a los triunfos de amor. Suspende la vigilancia, la continuada pensión, que no es el ocio delito donde el descanso es primor. Para volver a correr, parar no es parar, pues no es desperdiciado el tiempo que ocupa la prevención. Paréntesis el afán halle en el descanso hoy, que no es descuido el cuidado que descansa en la razón. De la continua tarea el siempre despertador desvelo, duerma tal vez de los arrullos al son. Que menos luciera del día el albor, sí en las sombras no descansaran las luces del Sol. Descanse, pues, el cuidado. Halle, pues intermisión. En las glorias de Himeneo. En las vitorias de amor. En tanto que yo. En tanto que yo. Entregando las alas al aire. Dando el acento al aire veloz Como Fama. Como Aplauso. Hago aplaudir las venturas de un Dios, que supo hacer de dos almas un alma, y que una vida sabe hacer de dos. Celebrad, aplaudid las venturas de un Dios, que supo hacer de dos almas un alma. y que una vida sabe hacer de dos. Si será lo que publican, Fama, y Aplauso, lo que hoy como atento Regocijo procuro festejar yo! Si será lo que yo intento callar con cuerda atención, como obediente Modestia, lo que en el aire se oyó! Quien me dirá de un amor, que vive en dos almas, y uniendo dos vidas hace una vida, y un alma de dos. Quien me dirá de un primor que pudo imperioso, que sabe rendido de dos albedríos hacer una unión Yo lo diré pues que yo tirando la cuerda, en dos pechos, hago de dos corazones un corazón. No te busco a ti. Ni yo. Que pechos que labran divinas finezas, no sufren heridas de común arpón quien me dirá. Yo, que yo noticia de cuantos comunes avisos al aire se entregan, soy embrión. No te busco a ti. Ni yo. Que no participan comunes noticias de avisos que da la veneración; quien me dirá. Si yo puedo, o si puede la razón, que hoy Regocijo me ha hecho, como causa superior, o como divina causa darme tanta permisión; yo os diré, que el que buscáis, pues no es Cupido, que no tienen sus flechas en almas divinas jurisdicción, es Himeneo, y lo fundo en que a mí me convoco, noticioso de un trofeo suyo juzgo que el mayor a este teatro mirad si bastantes señas doy de que sea él, cuando solo de su poder el primor pudo unir la vid divina al olmo sagrado. No en alabanzas te empeñes de uno, ni de otro blasón, que a más de ser imposible por tu corta explicación, aunque de infinitas voces la compusiera tu voz en mi presencia era culpa osada, más que primor intentarlo, cuanto, y más decirlo, y basta que yo te consienta, Regocijo, sin sufrirte adulación. Quién eres tú, que me impides sin que te conozca yo? De que hoy me ignores, no debo admirarme, porque no. fuera justo que supieras. que yo la Modestia soy, mas sábelo desde ahora, y sea resolución, que calles en lo que toca: a alabanza superior. Pues como puedo faltar a la suma obligación de tanto empeño, Modestia? Mandándote callar yo. ¿Y será disculpa? Si, que al precepto no hay razón. Pues cuando la Modestia que callen manda, las alabanzas se hacen ella alabanzas. Como se haga la Modestia Regocijo, yo me doy por contento, aunque los celos deba sentir, que me dio; mas permíteme dudar, o Ventura, la razón de serle a ella permitida la alabanza, y a mí no? Pues sal de la duda. ¿Cómo? Sabiendo, que quien me dio a mi licencia, también supo darme permisión para conocer en ti el de estemplado fervor de un afecto alegre, haciendo que fuese moderación en mi el aplauso, que en ti pretendía ser furor. Que cuando el Regocijo aplausos busca, de las alegrías hace locuras. Fuerza es, pues la Discreción me reprehende, y la Ventura me culpa, que la locura suspenda de mi razón, y que a la Modestia ceda; pero que dirá el amor, de que a su gloria mayor faltar Regocijo pueda? Solo diré, que en logros tan soberanos, mas me explica el silencio, que no el aplauso. Dime, Modestia, y podrás quitarme que haga un pequeño resumen, de ti advertido, de los gloriosos aciertos, así en Militar Escuela. como en Político empleo del grande Iñigo Fernández de Velasco? Si, que siendo yo su Modestia, desdoro fuera de mi lucimiento permitir que el Regocijo diga lo que están diciendo, con honor los Naturales, con dolor los Extranjeros. Y dime, me estorbarás que pondere, que el supremo primor, entre sus primores, fue el venturoso Himeneo. sino primero en sus glorias, en sus venturas primero? Si, que sobra que tú digas lo que ello se está diciendo. ¿Qué es en fin lo que me impides? Que pases a desatento de alegre. ¿Cómo? Expresando de manera tu concepto, que haya de ofenderme yo como Modestia, de un dueño, de quien sé, que solo gusta, a su obligación atento, de haber hecho singulares servicios, no permitiendo, que lo que es deuda en su grave obligación, sea pretexto para que en presencia suya busque el Regocijo necio más aplauso a sus primores, que la gloria de tenerlos. ¿Que en fin tengo de callar? Yo lo mando. Y yo obedezco en cuanto a alabanzas suyas; pero ya que me prefiero a callar en lo demás, forzado de tu precepto, podré atreverme a pasar adelante en el intento de decir, que convocado del Dios de la unión pretendo festejar la siempre viva flor que los rayos bebiendo del Sol, a su hermosa pompa, si le puede dar aumento se le da, pasando a Sol desde flor, con tanto imperio, que los rayos que recoge los distribuye en alientos, apurando los primores de toda la luz del Cielo. Bien podrás, pero ha de ser disfrazando los sujetos. De suerte, que sin nombrarlos me podré atrever? Es cierto. Pues sabe tu Discreción, y tu Ventura, volviendo a lo que las dos buscáis, que el amor que vuestro acento solicitaba inquirir, como dije, es Himeneo, y no Cupido, y perdone de ver que le diferencio, aunque sé que mucha parte le ha tocado en este empleo, que en Himeneo es venturas, lo que en Cupido deseos de Himeneo, pues movido a las dichas de un trofeo suyo, a la unión milagrosa de dos hidalgos del pueblo, ella todo el cielo junto, y él digno de todo el cielo: tan hidalgos, pero no a definirlos me atrevo, que ni querrá su modestia, ni sabrá mi atrevimiento. ¿Va bien así? Me parece que sí. Con tanto respeto te miro, que por zanjar tus escrúpulos, temiendo estoy, que tú has de culparme, Modestia, de desatento. No hayas miedo. Convocado de la Deidad de Himeneo, a este teatro llegué, que, aunque haya tardado, pienso, que me podrá disculpar la detención de un silencio, que me buscaba adivino previniendo me festejo. Llegué finalmente, donde voces en el aire oyendo de la Fama, y el Aplauso, me hice capaz de ser cierto, que como ministros míos prevenían a mi intento la Discreción, la Noticia, Amor, y Ventura, haciendo una ventura de amor, noticia, y entendimiento: de cuyas razones cuatro, movido a mi desempeño, previne la Pasión ciega, que ciega llamarla quiero, no porque hoy lo es, sino para disculpar sus yerros; pero viéndola tardar, y otra causa no entendiendo, que la pueda detener más que al preciso recelo de la Modestia, es forzoso que, ya que asistir la veo, donde yo no la he llamado, para proseguir mi intento, le pide por la Pasión licencia. Yo la concedo, que si errare como ciega disculpa tendrá su yerro; ¿mas donde está Regocijo? Lleven el pronóstico nuevo que le doy, y no le vendo. Vesla allí de donde saco, que solo de tu precepto detenida, tu permiso fue Rémora de su acento. Pronostico general de este año, y otros ciento que han de seguirse de dichas, de alegrías, y trofeos propicios, Marte publica, los furores de su aspecto, como quien rendido vive a las blanduras de Venus; será señor de los años el amor, y por su afecto celebrarán las deidades la exaltación de Himeneo; dos semidioses amantes que unió soberano acierto: frutos han de dar al día, que serán glorias del tiempo: vivirán en sus finezas con sucesivos consuelos, tanto como las razones que tienen de estar contentos, excederán sus venturas si hay en los merecimientos dicha, que razón no sea las luces del firmamento: lleven el pronóstico nuevo que le doy, y no le vendo. Calla ciega. Pues por qué la mandas callar? que menos puede decir. Que no pase adelante, es lo que quiero. En fin, vienes a estorbarme, que cumpla con lo que debo? Y a mantenerte también, que te pasas a grosero conmigo. Culpa será, que sin querer la cometo. No te valgas de humildades, que en una justa, o torneo que sea vitoria mía, y baldón tuyo, pretendo probarte, que los caminos has errado del acierto. Como puede estarme a mi mal tu noble vencimiento? yo el duelo te aceto, solo por añadirte un trofeo. Pues digan las cajas, publique el estruendo que litigan la modestia, y el Regocijo conformes, y opuestos a quien toquen los aplausos de una ventura que goza Himeneo. ¿A qué aguardas? A deberte un favor. ¿Qué es? Que supuesto que la vitoria ha de ser tuya, permitas primero; porque no del todo quede desairado, que el festejo que prevenido tenía en diferente argumento, en que no te ofendes, sea hoy tregua de nuestro duelo, dejando para después tu aplauso, y mi rendimiento. Esa tregua te permito. Pero ha de ser advirtiendo, que has de suspender las armas, Mode esta de tu respeto hasta entonces. Como puedo usarlas, si te concedo temor, sea en ti, o cautela la suspensión, mas primero me di el festejo que ofreces. De humilde pluma, de ingenio sumamente limitado a su obligación atento una representación de los amores de Alfeo, que a manera de Comedia, ni lo es, ni deja de serlo, en dos actos dividida donde al estilo atendiendo de las Zarzuelas, se canta, y se representa, haciendo de otra fabula episodio, y templando los contextos. Ya estoy advertida, y pues solo para mi trofeo esa corta intermisión falta, prosigue tu intento. Que el amor hoy al arco la cuerda afloja; porque en pechos amantes sus flechas sobran. También de la hermosura hoy la Noticia, las exageraciones deja a la vista. Y solo a mí me toquen: como Ventura, las glorias de dos almas que veo en una. La Discreción suspenda sus alabanzas, que aplausos imposibles son ignorancias. Sin que yo en atenciones tan justas hable, que ofenden las Pasiones a las verdades. Y a la grandeza de España, y a la hermosura del Cielo estás mudo Regocijo? Gracias a lo que te temo. ¿Luego no es descuido? No, Modestia, sino respeto; y así sin Loa, pues no cabe en tan dignos sujetos aplauso que a su grandeza no se confiese pequeño. Rendido el amor alegre la ventura, conociendo su humildad el Regocijo, y la Discreción su exceso, su explicación la Noticia, y la Modestia su empeño, digamos. Que el sacrificio admita en deseos la Venus suprema de su Adonis tierno, gloriosos viviendo en los hombros de los aplausos, como en las almas de los afetos JORNADA PRIMERA. Rasga el robusto seno, o madre rigurosa! no de la luz ajeno tengas mi aliento en noche tenebrosa, goce la luz, quien sabe que hay luz bella, y el destino le impide conocella: Abre la puerta al golpe de mi llanto, o sufre de mis hombros la violencia: ¡Ah, pese a peso tanto! pero vencí su vana resistencia, que no hay hombros cansados contra justos deseos porfiados: mas ay de mí, que ciego, la vista pierdo por gozar el día; piedad divino fuego; pero castigo fue de mi osadía, pues de una vez, sin recelar enojos, quise agotar las luces con los ojos: miré primero al suelo, y en él de lo que soy bien informado me atreva a ver el Cielo, que siendo con aliento reportado, la que antes de mi orgullo fue licencia, tendrá después la luz por reverencia: Como hijo, de la tierra, cuanto alienta conoce mi noticia, y cuanto ofrece, risco es aquel a quien el peso sienta, árbol el otro, que copado crece, planta aquellas, son flores aquellas, que a faltar luz pudieran ser estrellas. Ya madre prodigiosa, a pagarte comienzo agradecido el nuevo ser que infundes generosa a la distribución de mi sentido: pues veo el Sol, y gusto de las flores, allí tocando rayos, aquí olores. Solo el oído ocioso considero, pues que le tengo sé sin ejercicio; pero si solo aquí por compañero tengo al silencio, como tendrá oficio que a su ejercicio importe, sentido que a la voz tiene por norte? Donde estoy, que ni arroyo que responda, ni ave que cante veo? a quien preguntaré, que corresponda a la solicitud de mi deseo? Vientos, si acaso oís donde he llegado. Al bosque. A la espesura. Al monte. Al prado. Sigue, sigue la fiera, Aretusa divina. A la ladera. Que huye más que tus flechas tu hermosura. Al monte, a la ladera, a la espesura Mas de lo que he preguntado esta armonía me dice; ahora sí que el oído tiene ejercicio, y felice, pues él percibe, y el alma gusta de lo que percibe. Allí en escuadrón hermoso flores contemplo movibles, mas no son flores, que son más que esotras apacibles: Estrellas deben de ser, y bien en mi se colige; pues el cielo que reparte sus propiedades sublimes, solo a las Estrellas dio la facultad de que inclinen. Seguiré su errante curso, aun a bolar se destine mi planta; ¡mas ay de mí! que no sé qué fuerza impide mi osadía, pues al paso que quiere que solicite alcanzarlas mi deseo, violento otro afecto dice a mi albedrío, que ceda a su poder invencible; y según las cualidades con que en mi afecto compiten violencia, y deseo, alcanzo, que es el poder que me rinde respeto, pues a la planta libertad no le permite para moverse, de suerte, que, al verme temer, colige mi discurso, que no son flores aquellas que finge, ni Estrellas, sino Deidades, y de esfera tan sublime, que las defiende el respeto, cuando el deseo las sigue. Nueva confusión me asalta, nuevo cuidado me aflige, perdí el norte, pues no deja el norte hermoso seguirse; donde estoy! vuelva otra vez, y otras mil, errado, y triste a preguntar dónde estoy: hados que al Sol me ofrecisteis! En los bosques de Diana fieras Aretusa sigue, para que a sus ojos mueran los que a sus flechas se libren. Ay infelice de quien en vano sigue lo que sigue. Mas no dejara, aunque el viento te preste alas de seguirte, mi valor. Si como yo a la hermosura se rinde la fiera, cesen las iras, pues si escogerse permite, sobran muertes rigurosas donde hay muertes apacibles. Déjame pasar. Aguarda bello milagro. No irrites mi enojo o la dura cuerda, que airadas muertes despide, impelida contra ti. No al rigor te determines, que, aunque morir a tu enojo será dolor insufrible, morir por ti será gloria; mira, tu pues en ti libre está el modo de mi muerte, a cuál es bien que te inclines entre tu arpón, y tus ojos; y si el rigor no lo impide, denme tus ojos la muerte, pues más que tus flechas rinden. Extranjero, que del sitio en que te hallo, lo colige mi advertencia, pues la planta pones ignorante, y libre de Diana en los sagrados, sin ver que tu muerte pises, culpa tan nueva, que en ti tiene su primer origen, sigue esta senda, y del bosque te sal, antes que infelice, o con otra Ninfa encuentres, o la piedad se me olvide. En cuanto a ser extranjero, bien, divina Ninfa, dices, que el que está ignorante, es justo que extranjero se apellide; pero en cuanto a ser piedad tuya querer que me libre, apartándome a no verte, súfreme que te replique; y dime si ha de matarme el duro, el eterno eclipse de tu ausencia? donde está la piedad de despedirme? si yo no puedo librarme, que importa que tú me libres? Mira. Por idolatrarte resuelvo a morir. Que dices bárbaro? mas como yo acentos permito libres sin que. Ninguna defensa quiere que de ti me libre; franco el corazón te ofrezco, mas como le ofende, mire tu crueldad, que podrá ser que en mi corazón peligres. Ya en mi es delito escucharle; y dado que no me pide la deuda de mi ejercicio mas defensa que no oírle, dejándole, cumpliré la obligación que me asiste, y le castigaré, puesto que según su afecto dice la ausencia en quien ama es el dolor más insufrible. Si has resuelto ya mi muerte, porqué el arpón no despides? Por dejarte con mi ausencia que tu osadía castigue. Aguarda, mas si me llevas el corazón infelice, su peso hará que te alcance, y notarás al seguirte, y al alcanzarte, que pesa mucho el corazón de un triste; Ninfa cruel. ¿Dónde vas? Quién eres tú que me impides el paso con tanto imperio, que me parece al oírte, que la húmeda tierra en dos márgenes se me divide? Tu padre Océano soy, hijo Alfeo, que a decirte, de mi cariño enviado, vengo un peligro que sigues; cual sea el peligro ignoro, mas bien sé que no le finge mi temor, pues de los hados, que son quien te le predicen, tu madre oyó la amenaza, por cuyo presagio triste te hurtó a las luces del día, y ocultó desde tu origen. Dotrinado de su amor, y su advertencia, viviste en esa gruta, que hoy robusto joven rompiste, desmoronando impaciente la puerta a la superficie. Mal huésped, ingrato hijo eres; pero no a reñirte saqué la cerúlea frente de los cristales Turquíes, a advertirte salgo, Alfeo, pues ya que no se averigue la calidad de tu daño, debe al menos discurrirse, de donde puede nacerte, y por qué puede venirte, No me atiendas como a padre en lo que quiero advertirte, ni como a Deidad, que tanto salobre vasallo rige. Atiéndeme como a amigo, porque mejor se reciben de la amistad los consejos, que del respeto, pues libre los oye la voluntad cuando la amistad los dice, y cuando los da el respeto la voluntad los despide. Los ojos, y los oídos, son dos riesgos invencibles si pasan de ver, y oír, y raras veces se ciñen a ver, y oír solamente, porque para que peligren ay sobre oír escuchar, sobre ver mirar, que dicen deseo sobre los altos de ver, y oír; y el que rinde los sentidos al deseo, no habrá peligro que evite; y así debe procurar el quisiere medirse, que los oídos no escuchen, y que los ojos no miren. El deseo, es el mayor peligro de cuantos rige la vida, pues como es parte del alma nunca en si asiste. Contento discurre tu los precipicios terribles a que arrastrará, quien nunca contento consigo vive. Vivir sin deseo, Alfeo. no puede ser, mas se pide en el deseo templanza, y solo en esto consiste ser defecto, o ser primor; pues desear lo imposible, es necedad, y bajeza, que al noble ser contradice desear lo fácil; de suerte, que solo ha de permitirse, que hasta lo posible llegue, sin pasar de lo posible: en los riesgos, que los ojos, y los oídos peligren, es fuerza advertirte, para que a su peligro te libres. La hermosura es el objeto más dulce, y más apacible de los ojos, y librarlos de su veneno es difícil; pero no lo es defenderlos: y este remedio le elige el conocimiento cuerdo, contra el apetito libre. Si hay en la hermosura riesgo donde la razón peligre, corregir la vista es el antídoto, y se aflige el deseo de mirar padecerle, y resistirle; que entre dos inconvenientes, más justo será que guie a los ojos la razón, que no que los ojos linces, o torpes, de haber mirado, a la razón precipiten. Es encanto del oído la lisonja, apetecible, cuanto pernicioso, y esta en tres partes se divide, en quien habla, en el acento, y en lo que el acento dice. Si es alabanza, más fuerza le da el sujeto sublime que el común sujeto, pues es razón que la autorice, y alabanza autorizada, muy mal puede resistirse, que aunque sea injusta, parece justa, en fe de quien la dice: si es en música, es mayor el riesgo, porque se admite como suavidad, y nadie lo que le agrada despide: si es en concepto destruye, porque a la verdad se arrime, a la mentira se entregue, o a la esperanza se fie, queda al recibirla vana el alma que le recibe; y es la vanidad tan grave mal, y riesgo tan terrible, que revientan las montañas; porque vanidad conciben, y así Alfeo a la lisonja, y a los modos que la expliquen se han de cerrar los oídos, que esta advertencia sublime tiene el destino guardada para los triunfos de Eulise: no sé si te he dicho más de lo que quise decirte, los ojos te encargo Alfeo, y los oídos, corrige los afectos con cordura, y ya que el daño no evites, que los hados te previenen por su decreto infalible, guarda para ti el consuelo cuando el daño se avecine de padecer sin delito, que aunque seas infelice será desgracia, y no culpa, no remediar lo imposible; ya puedes pasar, que ya yo Alfeo por no impedirte, a las verdinegras ovas recojo las crespas clines: hijo de Océano eres, y de la tierra, tu estirpe sabes, tu riesgo no ignoras, parte feliz, corre libre, donde piadosos los hados tus jóvenes pasos guie. Aguarda padre. No puedo. Mira que confuso, y triste me deja tu duda. Alfeo, lo que he podido te dije, busca el desengaño, que él lo demás podrá decirte. Busca el desengaño, que él lo demás podrá decirte, dijo, y en la tosca espalda de un pardo Delfín, que oprime tan veloz la espuma corta, que ni aun la vista le sigue. ¡Que es esto hados rigurosos! que queréis a un infelice! un riesgo, y dos advertencias, que cada una otra concibe! cúmplase el destino aleve; pero no me martirice la noticia, que el aviso que no importa, de que sirve: y puesto que en mí no cabe, ni reparo que me libre, ni razón que me asegure: las amenazas olvide mi valor, halleme el riesgo con osadía invencible, que sirva de padecerle, cuando no de resistirle: mas si me advierte mi padre Que al desengaño averigue, y debo hacerlo por deuda de obedecer lo que dice; como a este remedio falto, cuando en él solo consiste la disculpa de haber hecho en mi abono lo posible? busque al desengaño, pues, y en tanto Ninfa que libre de mi enamorada pena, huyes ingrata; recibe el sacrificio, que envuelto en mi memoria te sigue, que la distancia no hace el culto menos plausible; pero si lo ignoro, y no hay aquí de quien lo examine, donde hallaré el desengaño? En Aretusa, que sigue la fiera, el peligro crece, seguidme todos, seguidme Silvios, y Sátiros, que hoy esta licencia os permite Diana, porque al peligro la hermosa Ninfa se libre. Ninfa de Venus, pues hoy socorro Diana pide a todos, no la hermosura de la piedad os olvide, seguidme todas. Al bosque. Al bosque. ¡Ay de mí infelice! si será la Ninfa esta que adoro? mas quien impide la obligación con discursos donde hay dama que peligre, y más cuando nadie acierta el lugar a donde asiste? Favor, Cielos. Ya en mi aliento los cielos te le permiten. Socorro Ya va en mi brazo, quien del peligro te libre. ¡Ay de mí! favor. Pues Momo, como la fiera no sigues? Por una linda no diera yo, Sátiro, dos ardites, y por una fiera quieres que a un riesgo me determine? Contra mí, león sañudo, dientes, y garras esgrime; villano de hoy más te nombra y no Rey, pues torpe, y libre en lo rendido te cebas, y a lo hermoso no te rindes. Mas ola, que un extranjero, según la vista percibe, a brazo partido lucha con el león. Y aunque esgrime dientes y garras, de suerte le aprieta, y tanto le ciñe, que hasta la respiración parece que le prohíbe. Muere a tu delito; aún más, que a mis brazos invencibles. Ya triunfó el joven valiente, y con la Ninfa, que mide las flores, sin vida casi, hacia acá se acerca. Dime, de estas dos pendencias, Momo, cual tomaras tu? ¿Eso dices? ninguna, que aunque un león es animal muy terrible si le enojan, la más linda sin enojar, es un tigre. Retirémonos a oír las boberías que dicen. Adonde hallaré quien cuide de esta belleza infelice. ¡Los Dioses me valgan! fiera no me embaraces que vibre el arpón, y castigada verás tu osadía libre. ¡Pero qué veo! ¡Qué miro! Muerta allí la fiera, dice, que a este galán joven debo la vida. Acaso felice fue darle la vida a quien tan dentro en mi vida vive. Este el propio es de quien yo atenta librarme quise. La propia hermosura es esta, a quien mi ventura sirve. ¿Fuiste tú? Por qué preguntas lo que ello propio se dice? yo soy quien perdió la vida al mirarte, y al seguirte; soy quien la vida te dio, sin que en todo lo que hice hiciese más que cumplir con mi amor, y con mi origen; pues si como amante al verte fue mi obligación rendirme al mirante peligrar como dama, y infelice; también obligación fue de mi nobleza asistirte. ¿Luego yo nada te debo? No, que quien como tu vine deidad, y tan soberana, solo a la víctima humilde debe dar altar, a donde dichosa se sacrifique. ¿Y ese dónde está? En tus ojos, que son las lumbres sublimes que dio el Cielo, para que las almas se purifiquen. ¿Como es esto? pues las Ninfas oyen estos tiquismiquis. Si a un médico que le mata escucha un enfermo triste costándole su dinero: por qué has de admirarte, dime, que aun no médico, una dama escuche que la redime, cuando ella nada le da, y cuando él nada le pide? ¡Válgame toda yo aquí! como podré despedirme de esta deuda, sin que en ella conmigo no me mal quiste? si a la obligación acudo, es forzoso que peligre en la atención, si me aparto fuerza es que el rigor me arrime, que haré en lance, donde es tanta la duda de decidirle, que no agradecer es culpa, y agradecer no es posible? Si como poco ha discurres en huir de mí, a seguirte tengo Aretusa, resuelta la libertad, y así elige si has de usar la ingratitud que a ti más de mi te libre, y que a mi menos me duela, que si una vez fue sensible tanto tu ausencia a mi vida, dos veces será insufrible. Ya va pidiendo. Es después. de haberla curado. Simple, dime, y quien paga después? Quien no sabe arrepentirse. Joven. ni tronco, ni hoja quede que no se examine. ¡Ay de mí! Joven tu vida, pues es forzoso que mire por ella mi obligación, libra del riesgo terrible, que la amenaza si llega, Diana, y te halla aquí. dime, cuidado te da mi vida? ¿Sí? Pues pagar determine tan noble deuda. ¿Con qué? Con morir donde me mires morir, y mi adoración en tus aras se eternice. Huye. No puedo sin alma. Mentecatos alfiniques, ni tú tienes que asustarte, ni tú necesitas de irte. ¿Como? Como hoy de Diana a todos la voz permite, por tu riesgo que a sus cotos las intactas flores pisen. Por aquí Clori. Amaranta por aquí. Ninfas seguidme. Seguidme Ninfas, mas ya de ver a Aretusa libre de aquel peligro terrible, mil parabienes te da mi amor, Diana, y a mi me pido albricias también, que a ti te toca su bien, y a mí me toca por ti. Como di, con tu defensa, peligrar pudo su vida? De ti se vio defendida. Si hubiera sido la ofensa a su recato debiera defenderla mi deidad, que el riesgo en su honestidad en su defensa me viera: pero siendo en la espesura su beldad quien peligró, su socorro te debió por Diosa de la hermosura; pues con atenta igualdad entre alago, y aspereza cuidas tú de la belleza, y yo de la honestidad. Yo Diana te prefiero a mi poder. Y yo al mío. Uno, y otro es desvarío, que ya consentir no quiero; pues a no ser por aquel mancebo fuerte, y brioso, ni tu ampararás lo hermoso, ni tu honrarás lo cruel. ¿Qué dices? Que defendida, bellas deidades, me vi de su brazo, a quien debí poder consagrar mi vida, de nuevo a tu adoración bella Diana en tus pies, como en los tuyos después, o Venus mi estimación. ¿Tu mancebo la libraste? ¿Tú la defendiste, di? Divinas Diosas, no, y sí. No, y sí; pues no lo lograste. Ampararla procuré: pero no lo consiguiera, si a mi brazo no asistiera impulso que ajeno fue: vos me disteis la osadía, señora, y vos la atención: luego no es justa razón que esta vitoria sea mía: estimalda vos, y vos por de las dos al tenella, que yo no soy más en ella que un ministro de las dos. Porque veas que supimos dar honor a tu vitoria, atento joven la gloria de tu vitoria admitimos. Mas, pues, te queda la acción libre de sacrificar, mira cual templo has de honrar con la piel de aquel león. mira lo que haces. Si haré, mas, pues que me has avisado, podrá pensar mi cuidado que te deba algo? No sé. A ti te honrara con él, si en borrico se mudara. Y a ti la sacrificara a ser de perro la piel. ¿En qué te suspendes, di? Bien suspenderme pudiera, si aunque rudo no supiera el riesgo en que estoy aquí: pues bien sé que si eligiera a una de las dos, faltara a la otra, y que quedara mal con la que no escogiera; y cuando la enemistad de cualquiera es peligrosa, desdicha fuera forzosa tener la de una deidad; y así la resolución que mi cuidado rehúsa, quede a cuenta de Aretusa, pues dio al triunfo la ocasión, a quien se ha de dedicar la piel, su juicio concluya, que siendo la elección suya la hará digna del altar. No sea Aretusa mía la piel; porque no es razón que mires tu obligación faltando a tu cortesía. Aunque estimo tu advertencia solo me sirve, señora, de ver que lo que hago ahora lo hago con tu licencia: tuyo el triunfo Venus es, a tu fuego se dedique, y yo a tu Deidad suplique que en él le recibas, pues tocándome a mi elegir, siendo Ninfa de Diana, a tu Deidad soberana, he debido preferir, como quien ve, que si hiciera lo contrario resultara, que a mi urbanidad faltara, y a Diana no sirviera. Y digo, señor a, quien ha de desollar la fiera? Una Ninfa, que cual quiera sabe desollar muy bien. No sé con qué celebrar el don, mas que con decir, que como le sé admitir, le sabré Ninfa estimar. Celebrad Ninfas el triunfo de Venus, y a sus ardientes llamas, de mi acompañado el sacrificio se lleve. Celebrad la generosa acción de Diana, alegres Ninfas de Venus. Yo marcho con las Ninfas. Anda vete. Ocupen un Templo conformes, y alegres la Diosa agradable de los amores, y la Diosa esquiva de los desdenes, en tanto que el sacrificio como las vidas en humo resuelven. Pues, Aretusa, ¿me dejas? Es forzoso que te deje por mí, y por la ocupación que allí me llama. Y no pueden seguirte mis pasos? No, que si Diana te viese seguirme, no solo tu peligraras en la muerte, sino yo en el pundonor, que aunque la voz se reprehende. los idiomas del semblante dicen todo lo que quieren. ¿Pues qué haré? Si determinas no perderme, y no perderte, dejarme. ¿Pues puedo yo? ¿Pues no has de poder si quieres? Antes porque quiero, Ninfa, no puedo. Querrás perderme No quiero tal. Pues no impidas mis pasos. Si me convences con tu peligro forzoso será, ay de mí! que te deje; pero dame una palabra. Como quepa en los corteses términos, no ha de negarte poco quien mucho te debe; di la palabra que pides. Que cuando, Ninfa, me vieres, no te escondas de mis ojos. Siempre, joven, querré verte por la vida que te debo. El alma es la que me debes; pero sin peligro tuyo, cómo será? De esta suerte. Momo, de este forastero, que hoy habrá de ser mi huésped, tendrás cuidado por mí, en tanto que lo que viene a buscar en estos bosques con comodidad encuentre. Pues dime, de guarda Ninfas aguarda Ninfos me metes? Haz esto por mí. Si haré. Haz esto por mí. Si haré. Y tú, mira que me debes. ¿Qué te debo? Violentarme, solo por agradecerte. ¿Fuese, Momo? ¿No lo ve? Ojalá que no lo viese, porque cegasen mis ojos cuando sus luces perdiesen: mas qué hago? de mi pasión doy indicio cuando puede peligrar en la noticia de este rústico. Parece que ha sentido que se vaya, la Ninfa? Engaño padeces; pues por eso he de sentir? Sienta por lo que quisiere, y dígame dos cositas que preguntar se me ofrecen; cómo se llama es la una? Alfeo. Y es la siguiente, a quien busca en estos bosques? Pues la ocasión lo concede, servirame de pretexto, y de aviso juntamente, decirle, que, al desengaño, que, aunque de mi amor me acuerde no me olvido que mi padre me encomendó que le viese. ¿Se le ha olvidado a quién busca? Creyendo que no supieses darme noticia, callaba. Dígalo, que todo puede ser. Yo busco al desengaño. Con linda frialdad se viene: pues hay cosa en que no haya desengaños más de veinte? Comience por el amigo, y verá, si le pidiere algo prestado, que presto el desengaño se ofrece. Sirva a la dama más firme, y cuando le pareciere que le quiere más, entonces verá que menos le quiere. Desengáñese en el vano. que los medios que proviene para cuatro años, en uno los destruye alegremente, dándole a doce el caudal de cuarenta y ocho meses, y por comer más los doce la muerte de hambre a los trece. En el necio que se azota todas las noches del Jueves, y después de haber gastado en vestir sus penitentes, en doce hachas, chocolate, dulces, y aguas diferentes para el acompañamiento, y en fin, después de molerse, se azota el jueves, no más que por comer carne el viernes. En el toreador, que solo por decir que no le quieren los toros, de los balcones, cuando se yerra la suerte, cuatro mil ducados gasta en caballos y jaeces, cinco en vestir de lacayos, cien hidalgos Montañeses, que en la Plaza son peones, siendo en la calle cordeles. En todo hay mil desengaños; pero si buscando vienes al desengaño que no hay en nada al viejo prudente, que todos dicen que buscan, y nadie encontrarle quiere; mire que es terrible empresa, y que, aunque al león venciese, no sé si tendrá valor para llegar a su albergue. ¿Luego tú le sabes? Si; no porque nunca le viese, que los ignorantes, nunca a su casa llegar pueden, y si acaso llega alguno, ninguno hay que se aproveche solo por noticia. Dime donde es. En fin se resuelve: al ir allá? Si Momo. Pues, bien ve aquella senda alegre llena de flores, a quien el mayo su Imperio debe? bien ve luego que remata toda la lozana, y verde primera edad de su vida en las tristes palideces de unos mustios alhelíes, que desojados, parece que a la tierra están pidiendo fuerza para mantenerse? Bien ve luego más allá la vereda guarnecerse de espinos, y de cambrones, tan agudos, y crueles, que en los naturales filos de sus puntas inclementes, aun los ojos que las miran me parece que se hieren? pues primero, por las flores hermosas, que alientos beben, y luego por las marchitas, y después por las aleves espinas ha de pasar si al desengaño bailar quiere. Pero si cuerdo le busca, y osado el peligro vence de hallarle, allá una vez dicen, los que desto más entienden, que mirado su camino, tan al contrario se vuelve, que los que de aquí cambrones; armados de horror parecen, se mudan en flores bellas, lo marchito reverdece, y lo que verde, y florido aquí a la vista se ofrece, mirado desde allá, todo en espinas se convierte. Aunque pudiera bastar la noticia a que no yerre el camino, forastero soy tanto, que si quisieses acompañarme obligado, me vieras Momo dos voces a tu aviso, y tu asistencia. Aunque yo no hay porque intente ver al desengaño, pues, quien no es para que le presten, quien no se fía en finezas, quien no es vano, y quien no emprende de azotarse el desatino, y quien torear no pretende; porque sabe que no sabe, harto desengaño tiene, con todo eso he de tratarle hoy, Alfeo, como huésped, en darle gusto, camine que ya lleva quien le enseñe. Ay bella Aretusa. andemos que es tarde, y advertir debes, que en busca del desengaño se va cuesta arriba siempre. Aunque la tiranía alas te preste beldad aleve, podrán más mis finezas que tus desdenes, óyeme, atiéndeme. No me sigas injusta Deidad, si quieres que no me queje, deja que huya ofendida de quien me ofende, suéltame, déjame. No es por ahí su camino, por acá Alfeo. Suspenden mis pasos aquellas voces. Ya importo que yo viniese con usted. Di cuyas son? Que no las conozco piense su reparo; pero sepa que es el camino que tienen, el camino del engaño, y así importa que las deje, y estotra senda prosiga que al desengaño le lleve. Bien dices. Pues por aquí me siga. Vamos crueles. amenazas a saber si hay rigor más inclemente que el de amor, y vamos males si le hay a padecerle. Si creces que a mis suspiros librarte puedes, aunque más vueles, sabe que a fuego, y viento vencer pretendes, mírame, espérame. Al fuego de tu engaño seré de nieve, trocando al verte en viento tu esperanza si alguna tienes, déjame, suéltame. No huyas bella Calixto, de quien, por amarte, de quien por quererte de su Deidad olvidado, de humano se viste y humano parece. Que me juzgases posible cuando obligada, y servida me vieses, no fuera extrañeza, joven; porque quien sirve, no enoja si ofenderme mas privar a Licaon mi padre, de Arcadia, y despolicernes de un Reyno, cuya corona creí que el destino fija en mis fie obligarme a que bandida deje palacios, y bosques penetre, buscando a Diana a fin de que a sus Ninfas el romero aumente, no sé qué sean servicios que puedan, o joven, desvanecerte, a presumir obligada, ya que ofendida no quieras creerme; y así déjame cortés, que ruegos rendidos contigo merecen haz fineza de dejarme, y esa será la que pueda deberte. No solo dejarte intentan mis penas amantes mis ansias corteses pero para no enojarte quisiera poder dejar de quererte. Pero no puedo, ni puede, hermosa Calixto escusar de ofenderte por no haberte visto antes, cautela fue de tu suerte, y mi suerte. Mas si ofendida te juzgas, porque ambición generosa te mueve sea la satisfacción hacerte señora de cuanto desees. por el cetro que perdiste, bella enemiga, si cetro apeteces, todo el cielo te daré, donde sus luces tus luces respeten. Darete sobre las Diosas sitial donde todos tu culto veneren; y para honor de tus plantas a las Deidades pondré por tapetes. A Júpiter te daré en mi albedrío si afable me atiendes y en mi albedrío el impulso que el cielo respeta, y la tierra obedece. Y advierte, que no equivalen cuantas ofensas ha podido hacerte júpiter, por desgraciado haberle humanado por ti de esta suerte. Porque ni los rendimientos con mayor blandura suenen que la suya, ni la quejas perezcan mudar de especie, en la blandura trocando el estilo con que suelen los Dioses hablar, y oír, me atreveré a responderte, quizá me creerás quejosa, si señora no me oyeres, suene el contento a contento, y el dolor a dolor suene. En cuanto a que me ofendiste, júpiter, sin conocerme, ni de la ofensa me escusa ni del delito te absuelve: lo que hace, es hacer menor la ofensa, porque se cree, que no haga la estimación quien con ignorancia ofende: Pero en cuanto a que una vez ofendida me sujete, subordinando el blasón de mis nobles altiveces. A estimarte como amante, tan cerca Jove de verte enemigo, no es posible que mi advertencia lo intente: y doy que lo fuera antes, como después de ofrecerme a Diana, puede ser tu estimación se contente con verte como Deidad, venerado de mí siempre? pero nunca como amante, de mi retiro lo esperes; y así, déjame que busque la casta Diosa, y advierte, que si porfiado pasas de las cortesanas leyes de Juno, tu digna esposa, será forzoso valerme, para que a mí me defienda, y para que a ti te temple. Quien rendimientos amantes desprecia, y quien no se vence a divinos ruegos, nunca Calixto quejarse puede de soberanas violencias; y así. Mira lo que emprendes? Ya lo he mirado. no hay quien me socorra? Nadie puede contra mí. Juno divina. Mira si engaño padeces, y mira si puedo yo defenderla y ofenderme? Señora, yo. Nada digas. ¡Duro pesar! ¡Pena fuerte! ve que en el Templo de Venus la casta Diana alegre celebrando un sacrificio está, tu intento fenece, y de su amparo te fía: pero es bien que consideres la obligación en que quedas, Calixto, a quien te defiende; amada eres, y yo amante, que en esto decirte quiere mi voz, que no hay quien te libre de mi enojo si me ofendes. tu esclava soy. yo te estimo. Esta es la primera suerte que a la fortuna han debido mis desventuras aleves. ¡Ah ingrata hermosura! Bien creerás que como otras veces amado Joue mis celos tras sus furores me lleven? pues no han de ser quejas hoy las que quejas fueron siempre, sino ruegos, que por míos, toda tu atención merecen, que no desdores tus timbres de tus justas altiveces, te ruega mi amor, pasando a bajezas indecentes, tan injustas de quien soy, como ajenas de quién eres: que tienes para que todas las Deidades no veneren tu cuidado? si cuidado las Diosas pueden deberte; la gala en ti no es lo menos, siendo tal las excelentes prendas con que el cielo adornas, a ti su primor te deben: qué habrá que tu no merezcas si algo desear pudieses? mas que puedes desear, Deidad que a mí me merece por una humana hermosura? mas no quiero que te cueste oír tu culpa en mi voz el rojo afecto que debe costarte; porque te adoro con amor tan reverente, que me parece osadía contra el respeto atreverme, con el defecto a acordarme que defecto en ti cupiese. Yo Juno. La voz recoge, si intentas satisfacer me, que hay delitos, donde más la satisfacción ofende; mas considera, ay de mí! que no puedo, aunque violente la pasión disimularla: pero repara, si quieres a Calixto, que si en ti vengarse mi horror no puede, en ella me vengaré, de ella, y de ti, y así debes no quererla, sino aguardas que en ella detiene vengue. Oye, esperasme porque llamó, ay de mí! a quien pretende apartarme de Calixto; sígala mi amor, y deje las amenazas de Juno a una parte, y sus crueles ingratitudes a otra: pero que haré, si te ofendes otra vez de mi fineza? pero medio se me ofrece para su desdén esquivo en Cupido, que si puede moverle mi persuasión a que la hiera, y si bebe su pecho el arpón dorado, que amor en las almas vierte, será mía su hermosura: que aguardo, o que me suspende cuando me abraso? al remedio, que ay, mi amante pena apele. A ligero Dios de Amor, que entregado al ocio duermes deja el regazo de Venus, y a mis suspiros atiende: Ay que me han muerto unos ojos pluguiese a mi verdad fuese, porque vengarme pudiera de mi vida con mi muerte: mas ay que me muero al ver los crueles, de no morir nunca, para morir siempre. Júpiter, amor te llama, alado Dios. ¿Qué me quieres? aunque al verte suspirar, y al ver que de mi te acuerdes, sin voces para la queja, para el alivio sin leyes, la que quiso ser pregunta en noticia se convierte; que cuando la pena de mucha enmudece, es que en lo que calla dice lo que siente, Quien es la esquiva que a tanta suma Deidad reverente, como a la de Jove, niega adoraciones que debe? Calixto, Amor, y no solo me desdeña, más pretende, que aun la esperanza posible a mi pasión no le quede; porque de Diana Ninfa quiere hacerse, dando a mis caricias premio en sus desdenes. ¿Y llegó al Templo? No sé Mucho importa que no llegue para que servirte pueda mi fe, pues dudar no puedes la amistad con que hoy se tratan las dos Diosas, y que deben por el respeto de Venus mis arpones suspenderse contra Ninfas de Diana; veamos, si te parece, si llegó al Templo de Venus, y si no ha llegado, intente que no llegue tu poder, al amparo que pretende, que como la casta Diosa de mi ofendida no quede, el dorado arpón será ruina de sus altiveces. Este es el Templo. Y no está en él, según me parece. A las aras de Venus hermosa la piel del león por victima ofrecen de Diana las Ninfas contentas, de ver a lo hermoso rendido lo fuerte. Este honor Diana, es honor para mí dos veces, sacrificio, y holocausto, por él, y por quien le ofrece. Tus ojos, Venus divina, miren el don porque llegue dichoso a la llama, donde no se consuma, y se queme. Miró Venus la piel en crespada, que desde sus ojos al fuego desciende si quien no se abrasa en ojos divinos puede hallar fuego en que pueda encenderse. Suba del sacrificio la llama ardiente a ser dosel de Venus; ay como crece: fuego, que por lo honesto lo hermoso enciende A que aguardas, que no escondes el día, porque no llegue Calixto al Templo? Bien dices. Envuelto en la niebla puedes ser dichoso. Perdonadme Deidades que el culto altere que os debe mi cortesía. Y tu fulminante siempre, rayo de Jove, la tierra con horrores estremece. Suba del sacrificio la llama ardiente a ser dosel de Venus; ay como crece. Este intempestivo asombro. Este ignorado accidente. Enojo es de Jove, Ninfas. De Jove enojo parece: retirémonos, en tanto que sus furores se templen. Seguidme, que se ha ofendido Júpiter, de ver que fuese el sacrificio de Venus que a sus altares se debe. Aretusa. Cintia. Clori. Ninfas. Deidades, valedme. Cerrad el Templo, y en él celebrad el reverente honor de mi sacrificio, aunque al asombro le pese. Suba del sacrificio la llama ardiente a ser dosel de Venus; ay como crece: fuego, que por lo honesto lo hermoso enciende. Sígueme, Alfeo. Ha traidor Júpiter. Guijarros llueve. El día se fue a otra parte. El Cielo no deja verse. ¿No hay quien me ampare? Si, ingrata. ¡Ay infelice! ¿quién eres? Yo Calixto. Quien te adora. y de quien huyes aleve, pero ahora no podrás. Si podrá. ¡Hado inclemente! Ya aquí nada hay que esperar. ¡Ah pese al destino aleve! Sígueme. ¿Quién anda aquí? Esta es Ninfa, no te sueltes, duélete de mí. Esta es alguna Ninfilla alegre, quiero decir que soy Ninfa no sea el diablo que me fuerce. ¿Eres Ninfa? Ninfa soy. Algo barbada pareces. También hay Ninfas barbadas; déjame mujer, no intentes destruir mi honestidad. Iré tras ti aunque te pese. Ninfas mi acento seguid No hermosa Diosa me dejes. Aretusa. ¿Quién me nombra? Quien alma, y vida ofrecerte quiere otra vez. ¡Ay de mí! que otro nuevo riesgo es este; la obscuridad me socorra. Ah qué mal cumples aleve la palabra de no huir de mis ojos! mas si pueden seguirte mis pasos, no han de poder defenderte las tinieblas, que tus luces guiaran mis ojos siempre. JORNADA SEGUNDA. Aguarda, Aretusa hermosa Ande Alfeo, que bien vamos aunque a obscuras caminamos. Ninfas. Soberana Diosa. Vuelve las luces al día, que le ha usurpado el horror contra un intento traidor; descoge el arco, Iris mía. Ya soberana Juno, Iris, tu mensajera, vuelve la luz al día, que le escondió el horror de las tinieblas Ya las tupidas sombras el aire libre dejan, aún más que a mis colores, a la veneración de tu obediencia. Ya el rayo fulminante vuelve a ocupar la diestra, de donde despedido Salió a ser amenaza, y no tragedia. Ya las aves entonan, ya las flores alientan, ya las fuentes murmuran de ver que un Sol dos veces amanezca. Ya de la luz guiada, Calixto al Templo llega, y ya en él recibida el culto honesto de Diana aumenta. Ya en las divinas aras hace virgen promesa, y ya su juramento sale por fiador de tu sospecha. Ya de la casta Diosa advertida maneja el arco desdeñoso, a quien la honestidad sirve de flecha Y ya Iris, o juno, de servirte contenta, se recoge, dejando en paz el cielo, y en quietud la tierra. Aunque quisieron las sombras sacarnos de la vereda no pudieron ¿Dónde estamos? ¿No lo conoce? muy cerca del desengaño que busca. Segunda naturaleza parece que me ha infundido el contacto de esta arena. No le dije yo que aquí todo era de otra manera? mire desde aquí aquel page que de muy limpio se precia, y un plato de manjar blanco le verá en la faltriquera: repare aquella estantigua de las tocas reverendas, verá desde aquí que es sierpe la que allá se llama dueña. Ha pese a lugar, que quiere que la adoración consienta discursos! huyamos, momo, antes que acusar me pueda mi pasión, de que la puso en litigio mi fineza. Esas eran las espinas que vio desde allá, y en ellas una vez ha de picarse si las prosigue, o las deja; y así mejor es pasar por las pocas que le quedan que herirse en las ya pasadas, que fuera de ser flaqueza volver atrás, es desdicha el dolor que no escarmienta. Mas si Aretusa, negada de su palabra a la deuda, de mis ojos huye, aun cuando la encuentran en las tinieblas; si aun de ver la ingrata, nunca esperanza a mi amor deja; y si me encarga mi padre, que ojos, y oídos defienda de un peligro, y si en mirarla, y oírla hermosa, y discreta un peligro reconozco, bien que tan afable sea, porque me niego a discurso que ser reparo merezca? Llegue al desengaño, pues, mi dolor amante, y sepa si es Aretusa, por quien me amenazan las estrellas. Ya pasó Alfeo, y ya aquí nada hallará que le duela, que el que hasta aquí fue discurso, es ya desde aquí advertencia: La puerta del desengaño, sino me mienten las señas, es esa, que tachonada de luces, al cielo afrenta: Llegue, que yo vendré luego; y no le cause extrañeza verme ir, que como mezclar suelo burlas entre veras, el desengaño que aguardo en abriéndose esa puerta, es que me llamen bufón; y ninguno hay que no sienta que se lo llamen, aunque de serlo se honre cualquiera: despache, que voy por algo de que advertirle a la vuelta. ¡Qué quietud tan misteriosa! toda la humana tarea es primoroso descanto! a quien el ocio no afrenta! Nada aquí congoja, toda natural descuido acuerdas sin duda es esta la patria donde el espíritu anhela, pues hasta aquí deseaba, y puesto aquí no desea. De condensados cristales se adornan, y se hermosean todas las paredes, y es a un tiempo aliño, y emblema del desengaño; sin duda el cristal que las asea. Quiero verme en este: el Cielo me valga! que descompuesta, que desunida es la forma, y que varia la materia que me copia aquí, pues yo no soy de aquella manera! pero si debo de ser, que aunque no me lo parezca mirándome a mí, es porque mis ojos me lisonjean como míos; pero allí, que mudan naturaleza, y se hacen del desengaño, la verdad me manifiestan, que allí alumbra la razón, lo que aquí la pasión ciega. También hay dolor aquí, y no saberlo antes era, porque el desengaño ajeno no duele: pero al que llega a su propio desengaño, es forzoso que le duela: no en lo que no busco gaste más tiempo, y la razón sepa de lo que busco, ya mas por cumplir con mi obediencia, que por temer mi peligro, que si nace de la bella Aretusa di amenaza, es grosería tenerla, que de otro modo, si más en aquel cristal me viera, pienso que hablara sin duda, que coyuntura no era de llegar a él; pues tampoco me ha servido su advertencia, que cuando es intempestivo un desengaño, despeña más que advierte, y precipita mucho más de lo que enseña. No gaste, vuelvo a decir, más tiempo, que no aprovecha en ver, oiga al desengaño, quizá al oído reserva, y no a los ojos mi duda: esta noticia, que espera, noble Desengaño? Qué me quieres con tal pereza, que en el modo de buscarme veo que no me deseas? Mi padre Océano. No en decirme te detengas lo que ya sé, sino atiende al peligro que recelas, y a la causa del peligro, y quizá al verla compuesta de ajeno daño, abrirás al desengaño las puertas, haciendo que la noticia en reparo se convierta. O tú, joven engañado, que ciego a mi albergue llegas a que el aviso te alumbre de lo que el amor te ciega. De mi voz compadecida, el blando acento aprovecha, que es suave el desengaño que advierte sin experiencia. El peligro que te avisa el rigor de las estrellas, es piedad, pues no hay aviso que envuelto en piedad no venga. Tu amenaza es Aretusa, porque ella es la causa, y ella ha de padecer, Alfeo, por ti la desgracia mesma. En tu arbitrio está escusar su tragedia, y tu tragedia, pues no ignoras que los astros inclinan, pero no fuerzan. A tus deseos amantes opón toda tu fineza, sabiendo, que si la sigues has de perderte, y perderla. Por servirla, no la sirvas, no la quieras por quererla, que también hay atenciones de cortesanas, groseras. Y pues de mi voz, sabidas las dos amenazas llevas, no por ser cruel contigo, con Aretusa lo seas. ¡Ah desengaño cruel! que me as muerto, aguarda, espera y pues me dejas sin vida, sin sentimiento me deja. O nunca te averiguara! o nunca, ay de mí! viniera a herirme en las amarguras de tus discreciones necias! Perder a Aretusa, hados, y perderla por quererla, puede ser? Si; quien lo duda; pues nada peligro fuera que a mi aliento acobardara sino resultara en ella. O pese a mí, pues lo quise oír y pese a la ciega dolorida sujeción de mi pesada obediencia! ¡Pero dónde, ay infelice! el sentimiento me lleva? recoja el juicio el discurso, tire la pasión la rienda, y considere el dolor los peligros que le cercan, viendo los que le cercaban, porque solamente sienta lo que debe, y sea entonces el sentimiento prudencia. aquí hay dos amenazas, que verse cumplidas, era forzoso, si el desengaño piadoso no me advirtiera; una es de Aretusa, y otra mía, de esta no haga cuenta, y vamos, a que Aretusa si faltara esta advertencia peligrara; mucho deben al desengaño mis penas, mucho a mi padre, y a mi mucho también, pues a cuenta de un dolor mío se escusa de Aretusa una tragedia: y puesto que su peligro, y su remedio conciertan mi amor, y mi olvido: olvido dije, frase es muy grosera; mi descuido; mas descuido también a tibieza suena: mi silencio; ahora si que dije lo que debiera; que si olvidar no es posible, y descuidar, es tibieza, al silencio solamente deben apelar mis penas, pues es el silencio en quien solo cabe mi fineza: sea, pues, medio, ay de mí! entre mi amor, y su ofensa, el silencio, y medio amable, pues no me embaraza verla, y si al verla, mi silencio me atormentare, padezca yo, pero no quien adoro, viva Aretusa, y yo muera; estrenen los vaticinios en mí sus iras sangrientas, y ni aun a las amenazas esté Aretusa sujeta: no sea infeliz por mi su hermosura, y feliz sea mi muerte por su hermosura, que es dicha morir por ella. ¿He vuelto aprisa? mas no, que ya se cerró la puerta; cómo te ha ido? ¡Ay de mí! Suspirar, no es buena seña; vio al desengaño? Si Momo. Pues ya no hay que le detenga, no hay sino marchar Alfeo, porque el primer huésped sea que se haya vuelto a su casa sin costa de quien le hospeda. Finjamos males; primero, amigo Momo, quisiera, pues estoy en estos bosques, ver las cosas que contenga su distrito. No es muy mala la ocasión, porque celebran hoy las Ninfas de Diana, que esto le traigo de nuevas con música, y regocijo, una Ninfa, y compañera que se les añade, y es en ocasiones como esta licito a cualquiera hablarlas, y seguirlas en la fiesta, pero esto no ha de costarle andar dos pasos, que envueltas en la alegría, cantando, y bailando, acá se acercan. Pues escusar no pudimos que el Templo Calixto viera, y pues ya en él recibida sin valor deja mis flechas, ya que como amor, o Jove, servirte no pude, pueda como Cupido asistirte. Mezclado en la tropa bella con este disfraz, intento ver si hay ocasión que pueda, sin que me conozca, darme la dicha de hablarla, y verla. Pues llegan las Ninfas, no hay sino mezclarnos con ellas, y esto por Alfeo lo hago, que yo por mi no lo hiciera. Y vendrá Aretusa? Pues. Como no la hable, licencia tendrá mi amor de mirarla sin riesgo de su belleza. En hora felice Calixto la bella, Infanta de Arcadia, a estos bosques venga. A ser compañera de las Ninfas de Diana. Ya que su amparo a las Ninfas les deba. En hora dichosa codicien las fieras vivir de sus ojos, morir de sus flechas; porque no sea todo muerte, o todo vida, y vida, y muerte todo parezca. Los Faunos la miren, los Silvios la vean, unos en los montes, y otros en las selvas, parar con destreza en la tierra, y en el viento el bruto que corre, y el ave que vuela. Sea norabuena. Norabuena sea. Desdeñosa imite de la rosa bella las duras espinas donde amor se hiera, al ver su belleza, sin atreverse a tocarla por más que se abrase en la gana de verla, sea norabuena, norabuena sea. Lo que todos digo, y no porque quiera: pues nada me importa que venga, o no venga, sino porque sepan que basta decirlo Momo, para que alegres decir todos deban. Sea norabuena, norabuena sea. Bella Aretusa, quien es Aquel joven, que no llega a celebrar mi ventura, llegando todos? Que ofensa pudo hacerme esta pregunta que iba a darle la respuesta con desagrado? aquel es un Extranjero, y no llega, sin duda por ignorar cuanto obligado se vea a esta ceremonia di, como Extranjero no llegas? Alfeo, que hablan con él? A dar el culto que llegan, Faunos, y Silvanos. ¿Cómo? ay de mí! Aretusa bella, no siendo Fauno ni siendo Silvano pensar pudiera, no tocarme ceremonia tan digna, que solo en ella por su veneración tienen los Semidioses licencia, y por no dar alabanzas, ay triste! a quien tu no fueras? mas ya que advertido sé, que puedo, dolor paciencia! sea divina Aretusa, digo Calixto. No yerras, si a mí por Calixto ibas a darme la enhorabuena. Si yerro; porque a decir iba lo que no quisiera. no es este desprecio? amor, mucho el silencio me cuesta, digo que a estos bosques, donde color las flores aprendan, risa las fuentes estudien, copien las Auroras perlas, seas hermosa Calixto bien venida; porque tengan por ti Auroras, fuentes, flores, matiz, caudal, y belleza. ¿Qué es aquello? aquello es, Júpiter, lo que no piensas. Aunque cortes, has andado ignorante; pues debieras presumir, que no se alaban de hermosas, aunque lo sean, Ninfas de Diana, siendo su honestidad, y belleza. ¿Y aquello qué es? engañarse como tu Aretusa bella. Aunque te hayas ofendido, sacerdotisa discreta, la ignorancia le disculpa. Y tu disculpa, que pena me atormenta a mí? esto fue, no enojo, sino advertencia, prosigue. Ya solo digo, que Calixto con bien vengas a los bosques de Diana. A ser causa de mis penas. Sea norabuena, norabuena sea, Entremos en la espesura, por no discurrir que sea esto que no alcanzo, quiero quitarle de mi presencia, y proseguid bellas Ninfas la alegría. Pues tan cerca está la noche, una industria hará venturas mis quejas. Contigo voy. Nada amor es tanta verdad como esa. Vaya de alegría, vaya de fiesta, y al bosque bien llegada Calixto sea. ¿Qué es esto? se queda Alfeo? Ay Aretusa! que llevas contigo mi adoración, aunque conmigo me dejas. Pero que se quede, o no, que importa? Que aún no me atreva a seguirla con los ojos! Pero si importa, que queda mi presunción desairada, de ver que consigo pueda tanto quien me vio, que falte a ser de mi desdén queja, Pero esto ha de ser. Alfeo. que hermosa Ninfa me ordenas? Yo que he de quererte? Nada deseo yo que me quieras. Pues nada te quiero. Ay triste, que tanto mi pasión pueda conmigo, que se resista a lo mismo que desea? Pero si quiero. ¿Qué mandas? Saber Alfeo desea mi curiosidad; pues solo puede ser que ella me mueva: porque a novedad tan grande, como ver que no se ofenda, Diana, de que sus Ninfas hoy ver, y ser vistas puedan, te escusas, cuando no ay, quien el indulto no aprovecha? Porque todos son dichosos, y yo no. ¿De qué manera? Siendo yo infeliz, y todos felices. Que no te entienda Es forzoso. Ni yo intento, Aretusa, que me entiendas. ¿Por qué? Porque esa que en ti solo a curiosidad suena, que no soy tan vano yo que otra cosa pensar pueda, te ha de faltar, si te explico el motivo que me enfrena a no seguirte, y no tanto estoy mal con mi fineza, que no te quiera curiosa ya que no te busque atenta. A ser posible mudarse en mi la naturaleza, quiero decir, que a poder ser olvidar yo quien sea, no que pensar me faltara Alfeo de tu tibieza: pero como no es posible que de mi olvidarme pueda, ni doy premiso a la duda, ni al discurso doy licencia, quédate, mas no te quejes otra vez cuando me veas, de que a tus ojos me esconda olvidando mi promesa, que la dicha de mirarme es para quien la merezca, y no para quien la tiene, y grosero la desprecia. Aretusa, mas que hago, si de seguirla, perderla ha de resultar? habrá otro linaje de penas. tan nuevas como las mías? y habrá ay de mí! quien ofenda por no ofender, quien enoje por obligar quien no quiera por querer? y finalmente, quien por dar vida se muera? no sabia, Aretusa Aretusa ahora que oír me no pueda la llame mi amor: hermosa, Aretusa, oye mis penas. ¿Qué me quieres? ¿Me escuchaste? Si. Yo sé que no lo hiciera a llamarte mi deseo, como te llamó mi queja. ¿Qué quieres en fin? Morir. ¿Morir? Si, que necia fuera mi fineza, si pensara matarme sin tu licencia. ¿Qué es esto Alfeo? que ya que me dé al partido, es fuerza de preguntarte obligada de tu socorro a la deuda, que enigma es este? Aretusa, porque culparme no puedas de omiso, infamando en mi de amor la más noble ofrenda, esto es adorarte, y es hacer a mi voz violencia para callarlo, y es más poner el alma en tus huellas, y no atreverme a seguirte con los ojos, siendo estas groseras demostraciones veneraciones atentas: Pues manda el destino aleve, que si te sigo te pierda, que si te adoro peligres, que si me alivio padezcas, y esto te digo, ay de mí! por dos cosas, la primera, porque huyas de mí, de modo que en mi peligrar no puedas, y la segunda, porque divina Aretusa, entiendas, que te pierdo por quererte, que aunque desdichada sea por mía, y por desdichada no deja de ser fineza, vete, que eres muy divina, y puede ser que no pueda acordarse mi dolor de tu peligro siendo está la razón por donde cumplan los hados sus influencias, no te acuerdes de mi más, que aunque nada en esto tengas que hacer, por hacer yo mucho, te pido que no me quieras. Alfeo, Alfeo, asentado, que nada en mi pasar pueda, de una cortés atención a que un acaso me empeña, templa tú tu amor, que amor es bien que diga mi lengua por no inventar importando idiomas que no se entiendan, templa tu amor, y contento de verme cuando me veas, de oírme cuando me oigas, y de hablarme cuando puedas, podrás pasar sin temer las amenazas severas, que me prometen los hados ya que quieres que te crea, y no que pero no intento pensar contra mis bajezas, y advierte, que a poder ser que yo obligada me viera más que agradecida, en nada, hallarás mejores señas, que en pedirte que templases la pasión: pues aunque de esta doctrina estoy tan remota, sé que llamarse pudiera fineza, por obligar a que un amor no se pierda, poder con riesgo una dama pedir que menos la quieran. ¿Pues ahí que riesgo había? El de que la obedecieran, y porque la noche baja, y ausentarme de ti es fuerza, no que no lo sientas, digo; pero digo que lo sientas, con esperanza de verme mañana, sin que prometas a tu amor otra fortuna, que en mí no tendrá más que esta. Si tendrá Alfeo, que yo obligada a la terneza de tu amor, y al sacrificio que honró por ti mis hogueras, te digo, que aunque del hado son las amenazas ciertas, como peligrosas no impiden que tus finezas lleguen al colmo de dicha, que aguarda aunque tarde sea. Ama, y confía, que Venus te alienta a buscar la ventura, y no temerla. ¿Puede ser esto? ¿Mas cómo dejar de ser puede?: ea desalentada esperanza, confía, pues que te alienta la Diosa de amor, que no será menos verdadera que el desengaño; porque de una ventura da señas: a fuera temor cobarde, siga las hermosas huellas de Aretusa mi pasión; pero la noche me niega que las halle, aunque la luz, lo propio juzgo que hiciera, que su pie no deja indicio por donde seguirle puedan: Momo me hace falta. Alfeo. Mas ya me llama. A la puerta de mi cabaña le aguardo, sírvale mi voz de senda, que ya puedo sin peligro llamarle; pues ya la cena ha negociado, camine, que para cama le espera la piel de un zorro, que yo entro a desollar. Pues esta es la forma por adonde no se noten mis finezas, vamos a esperar cuidados, a que Aretusa amanezca. Sígueme Calixto. ya te sigo Diana bella, que tu voz sirve de estrella a mis plantas. Logrará el robo mi amor; pues ella con la voz que oye fingida, rato ha que sigue mi huella, la obscuridad me asegura. Donde casta Diosa di estas? Ninfa, por aquí, siga mi voz tu hermosura, o sino sigue mi mano; porque al logro que te espera llegues. Ya vencí. quisiera de favor tan soberano, hacer al día testigo, y no a noche tan obscura. Sigue Ninfa tu ventura. Vitoria amor. Y a la sigo. Toda llena de temor, que no descansa el cuidado, el gusto al desvelo dado, y la esperanza al dolor, sigo a Júpiter traidor, y no sin razón sospecho, que alguna traición ha hecho á mi amor, dejando en calma, sin mí la mitad del alma, sin él la mitad del lecho: quien me dirá, mas de quién doliente se está informando, mi pena infelice, cuando, ni aun las estrellas se ven, todas se esconden, que bien hacen de sus luces bellas las apagadas centellas, y que necia que ando yo: pues quiero ver lo que no quisieron ver las estrellas: pero ya la blanca Aurora el día trae, y parece según lúgubre amanece, que no ríe, sino llora, casi sus luces ignora; el campo viéndola ajena de alegría, y esto ordena mi dolor: pues grosería fuera mostrar alegría, quien viene a dar una pena: ni el ave canta ni ríe la fuente, ni el arroyuelo rompe la pasión de yelo, ni la flor la copa engríe; que calle todo, y porfío yo en saber mi mal constante? que el silencio no es bastante de todos a mis tormentos; pero ellos callan de atentos, y yo porfío de amante, dígame el día. A Calixto buscad, Ninfas, que negada, sin duda a los ritos sacros los estatutos profana, vea su castigo el cielo, pues vio su culpa. Ya nada tengo que me diga el día: pues me lo ha dicho Diana. ¡Ah Júpiter falso! a Ninfa de mi clemencia obligada traidora también mas no la colera al labio salga, guárdese en el corazón, porque acuerde la venganza; ni choza, ni seno quede en la tierra, ni en el agua gruta ni bajío que no lo registre mi saña, véngueme en quien puedo, y no parezca en mi ser infamia la venganza a que me irrito, que no es menor circunstancia, que a mí un delito se atreva, que que yo le satisfaga. En sin Momo con el día se ha descubierto la hilaza de Calixto? Y la cogieron con las manos en la masa las Ninfas. Pardiez, por eso Momo, que a ser yo Diana, ni aun un pellizco la diera. Lo que es pellizcos, no hayas miedo que se los den, que ella estará bien pellizcada. ¿Pues qué la han de hacer? No sé pero aun bien que poco falta para verlo, porque allí en tropa mal ordenada la traen las Ninfas. Valor para ver su mal me falta. Por una a la sombra en fiestas no trocara esta ventana. ¿Y tu huésped? Mal dormido se salió a caza de gangas antes del día, y me pesa de que esto no vea. Calla, que llegan las Ninfas ya. Y también viene Diana; estémonos hasta ver en lo que todo esto para. Quien a lo divino ofende en las divinas venganzas convencida de la culpa sufre, gime, llora, y calla. De las honestas insignias la despojad. Esta aljaba, que más desdenes que flechas fuera justo que vibrara despide del hombro. Y esta flecha a rigor enseñada siempre, y no a delicias, suelta de la mano. El carcax larga que viado a flechas, condena los arrullos por infamia. Ay de mi infeliz, y ay Jove, que de mi culpa engañada no te compadeces. Sola aquí que el coto remata la dejad, Ninfas, después de hacer pública la causa de su castigo, que así mi severidad lo manda. Oíd troncos, oíd fieras, oíd flores, oíd plantas el delito de Calixto, Ninfa infeliz de Diana: De las honestas insignias por perjura despojada, bandida sale del Templo, a quien profanó las aras: a que los vientos se asombren, a que la extrañen las aguas al mirar como mujer la que Ninfa veneraban. Por un delito de amor la destierran, sin que valgan disculpas, que las disculpas que acuerdan delito, agravan. Ay desdichada, de quien es su delito su desgracia! Pero pues no vale, o Ninfas, razón a la afrenta, valga razón, para que la culpa sea desdicha, y no infamia; de un poderoso, que no nombrarle intenta mi saña, porque del poder se dudan, aunque se vean, las faltas, no persuadida, que solo fuera disculpa ordinaria, me vi, infelice, sino persuadida, y engañada. Y así, o Ninfas, en mi pena, podréis decir a Diana vuestra Diosa, que el castigo no culpo de su venganza; pues no importa que la culpa se adorne de circunstancias que la hagan menos delito, como no delito la hagan, y dadme los brazos; pero impedidas las palabras del dolor, lo que ellas dejan, a los ojos se lo encargan. Ay desdichada, de quien es su delito su desgracia! Solo te respondan Ninfa, desconsuelos, penas, ansias, lastimas, suspiros quejas, que por nuestro dolor hablan. ¿No lloras Momo? Yo no. Pues pardiez que no me falta para llorar. Lo que a mi te faltará ¿Qué es? Lagana Consuélate, hermosa Ninfa. Quien, ay infelice, estaba aquí? Quien siente tu pena. Y quien no se le da nada. Si Diana te arrojó, Diosa fondo en tia honrada, Venus te recogerá, que en nada desto repara; y Diosa por Diosa Ninfa, a la hermosa, y no a la casta. Que las castas no hacen lindas, y las lindas hacen castas. Dejadme con mi dolor. Callemos mientras se queja. Y pues que solo me deja este recurso el rigor de Júpiter al favor apelen mis ofendidos baldones, por ver si heridos de la voz de mis enojos, ya que me niega los ojos me permite los oídos. O soberano Jove, si a tus ojos supremos no llegan mis desdichas, lleguen a tus oídos mis acentos: y no porque a mis males hayas sido instrumento, te obligo a mi reparo, sino por la decencia de ti mesmo. Infeliz gimo triste, lloro afligida, y peno, de todos tan dejada, que solo es mi dolor mi compañero o Jove. Que aún le llamas. O sepulte me el centro, escóndanme los montes. Nada podrá librarte de mis celos. ¡Adónde huiré triste! Contigo irá tu riesgo, pues llevas el delito, que le sirve de norte a mi despecho Piedad Juno divina. No en que la fundes veo. En que no es culpa mía, de mi hermosura el infelice yerro Pues si ella es la culpada, y castigarla debo yo haré feo lo hermoso, haciendo horrible parecer lo bello. Yo haré que por fiera todos te tengan, y aunque tus mesmos ojos, mudándote en bruto, se persuadan a lo fiero, por la más torpe osadía, te haré el animal más feo, en cuya forma el castigo veas de tu atrevimiento: mírate en este cristal, y muere del desconsuelo de verte monstruo. ¡Ay de mí! que escandaloso, que horrendo bruto no miren mis ojos lo que han visto mis tormentos; toda erizada al espanto, toda estremecida al miedo, si hablo, parece que gimo, y que rujo si me quejo, desde la planta, a la frente, de basto vellón cubierto mi bulto, solo fealdades miro, solo horrores siento; vengástete Juno. Aun no me he vengado. Ay que la ha vuelto en oso. No habrá colmena segura en estos desiertos, que la Ninfa era golosa. Por Dios Momo que reviento por decirlo. Y yo también. Aun no me he vengado, puesto que dejarte en esa forma, es porque mueras al riesgo de las flechas que perdiste; y para que tenga efecto, en brutos también vosotros, testigos de este suceso, os convertid, porque no vuestra noticia remedio, o reparo a su desdicha pueda ser. Momo, ¿qué es esto? Lo que estotro. Y esa forma conservad por todo el tiempo que le durare a Calixto. Pues nosotros que en los hechos. Véate el traidor de Jove así, y ame en ti lo feo, ya que amó lo hermoso mientras mi venganza prosiguiendo, digo a las Ninfas: llegad todas, que un monstruo sangriento en los bosques de Diana, hijo infame de los celos de Juno, se alberga; Ninfas, flechad los arcos severos. ¡Hay más desdichas, destino! Digo, hemos quedado buenos? Estoy yo de lobo? Si. Aun bien que nos parecemos. Ya que no me oigas digo, o Jove, que no quiero tus oídos piadosos, cuando todo cruel te considero. Que importa que tú quieras escusar mi tormento, si para padecerle, amor, y obligación Calixto tengo. No me veas horrible, déjame huir. No puedo, que tu fealdad hermosa en lastimas convierte mis deseos Por mí, bella Calixto, padeces, y no puedo, mas que sentir la injuria que hizo la aleve Juno a todo el cielo; porque es ley inviolable de nuestros ritos necios, que deshacer no pueda, ay triste, un Dios, lo que otro Dios á hecho y así en tanto que hallo, Calixto, medianero para templar a Juno, quédate a padecer lo que padezco Me dejas. Es forzoso, porque aunque así te quiero, recelo tu peligro, y falta a la atención de tu remedio. Ay de mí! No me aflijas. ¡Ay infeliz! que muero. Dichosa tú, y yo triste, pues que morir de mi dolor no puedo: pero no me detengas, que de Juno recelo las asechanzas. Di, que puede hacer ya más de lo que ha hecho; pero vete tirano. No injuries mis afectos, que aunque me voy Calixto, me voy sin alma; porque en ti la dejo mientras pasa el influjo cruel en que te veo, búscame en tres peligros, que en todas partes hallarás mi Templo, y tu cielo, qué miras. Y tú qué sufres, cielo. Dolores inmortales. Tristes cuanto forzosos sentimientos. ¡Ten piedad! ¡Ten clemencia! De un amor. De un tormento. Por mucho desgraciado, Por injusto insufrible, y por severo. ¡Ay que morir deseo! ay que morir deseo! Y porque busco la muerte, no la encuentro. Y que hemos de hacer nosotros ¿Momo? Estarnos aquí que dos; porque si nos ven las Ninfas, nos han de dar pan de perro. No hermosa Aretusa dejes sin alma el cristal tan presto, deja que lleguen mis pasos donde mis ojos te vieron. ¡Ay infelice de mí! que sin repararlo, Alfeo me vio en el baño, y me sigue, mas que miro? Huyamos presto. Pero arco, y flechas perdí, presagio infelice, cielos, cómo me podré librar, que apenas las plantas muevo del riesgo que me amenaza: pues en él a mí me temo, más que a quien me sigue, a quien pediré favor, Nereo? padre, pero no me escucha. Ya ingrata Ninfa te veo, no huyas de quien te adora. Diana; pues es el riesgo de mi recato amenaza, a tu obligación apelo, socórrame tu favor. Nube que sirva de velo a tu hermosura te envío. ¡Ah pesie al impedimento! De Diana prevenida honesta hija de Nereo bajo a deshacer en nube tus temerosos recelos, ya ni aun vista del Sol eres; porque de mi vapor denso rodeada tu hermosura te esconde a la ley del cielo. Vencí la dificultad de la espesura. O al miedo de oír a Alfeo, o al frio del aire temblar me siento. ¡Pero dónde, ay infelice! esta Aretusa, que es esto? no la vio aquí mi esperanza? Aretusa. Toda tiemblo, toda soy pasmo, y al blando sudor que exhalo me yelo: es castigo este Diana, o socorro, los acentos se congelan en los labios, ay de mí! infelice, Alfeo. Donde hermosa Ninfa estás, que te oigo, y no te veo, Dioses favor, que sin duda las amenazas cumplieron los hados, bella Aretusa. Ya ni aun responderte puedo pues ya se convierte en agua lo que intentaba ser fuego. Su hermosura transformada en el cristalino espejo desa fuente, se libró de tus amantes deseos; y porque manchar no puedan su pureza tus afectos, será entre todos el mar de tu dicha impedimento. ¡Ay infelice de mí! Aretusa, que no puedo en tus ondas a pagar el volcán en que me quemo: Dioses, a vuestra clemencia apelan mis pensamientos; y pues que rio me vi en el pavoroso espejo del desengaño, de rio me valgan los privilegios; corra desatado a ser alfombra de aquellos tersos cristales: Venus hermosa, oblíguete ahora el empeño de cumplirme la palabra. Verasla cumplida; Alfeo. Si la veo; pues dichoso todo en humor me resuelvo, y todo en agua me exhalo: corred pedazos desechos de mi vida, a idolatrar aquellos cristales bellos: mas ay, que pasar no pueden, que está todo el mar en medio. Si pueden que principal parte del mar te concedo, ya que escusarte no pude la resolución del cielo, que a los honestos cristales llegues, mas con tal respeto, que cuando llegues, parezca, que va sin ti tu deseo. Felice yo. Seguid todas la fiera que corre al Templo de Júpiter. Sacro Jove. dónde estás? Donde te puedo amparar. Nadie quebrante del Templo sacro los fueros. Y vean todo el bruto, que tienen oro bruto; lleno de lucientes rayos, ser adorno del Firmamento. Este que veis transformado en Estrella, bruto fiero, es Calixto, que por Jove baldones sufrió, y desprecios. Felice el desconsuelo que se padece para tanto premio. Pues porque de amor, o Jove, sean hoy dos los trofeos, por Aretusa te pido, y te ruego por Alfeo. Ya que Calixto no es fiera dejemos, Momo, de serlo nosotros. Mascaras fuera. Bien, Cupido, hoy que es contento, todo te lo concediera; pero Diana. No siendo ya Ninfa mía Aretusa, pues en otro ser la veo, a nada debe oponerse mi autoridad. Si mis ruegos valen. Pues no han de valer tus ruegos, hermosa Venus, Aretusa. Juno, Jove. Alfeo. Jove supremo. ¿Qué mandas? Que celebréis el venturoso Himeneo, y que en honor de Calixto que sube a adornar el cielo, digáis conmigo, y con ella mezclando voces, y afectos. Porque de amor los triunfos corone el tiempo, todo suene a alegrías, todo a consuelos, no haya indicios de pena donde hay contento. Ay soberana Aretusa! Ya no era razón, Alfeo, no ser tuya, esta es mi mano. Llega mi bien a mi pecho. Hijos, ya el hado es propicio, ya se acabaron sus ceños. Pues los desposados sean eternos. Porque de amor los triunfos corone el tiempo, no haya indicios de pena, donde hay contento. Y aquí venturoso fin tenga el variado argumento de la cruel Aretusa, y el enamorado Alfeo.
