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Texto digital de El alcides de la Mancha y famoso don Quijote

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El alcides de la Mancha y famoso don Quijote. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/alcides-de-la-mancha-y-famoso-don-quijote-el.

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EL ALCIDES DE LA MANCHA Y FAMOSO DON QUIJOTE

JORNADA PRIMERA

PRIMERA JORNADA Vive Dios, que ya no hay paciencia para que andemos de esta suerte por un loco. Pues ya lo hicimos empeño, es fuerza continuar la empresa. Qué parentesco usted ni yo, Padre Cura, tenemos con este necio, para que empeño lo hagamos? Basta ser amigo nuestro, y ver por esos caminos A Paga do va con su locura expuesto a que le suceda alguna infeliz tragedia. Cierto, que me admira ver que un hombre de tan crecidos talentos, por esos malditos libros y diabólicos enredos de Caballeros Andantes, así haya perdido el seso. Aplicose a esa lectura con tan crecido desvelo, que de su hacienda vendió lo más florido y selecto, solo para comprar libros; y privándose del sueño, por estar continuamente embebecido, leyendo libros de Caballerias, gino a traerle su embeleso a la desdicha de que perdiese el entendimiento. Preocupado, pues, de aquellas ficciones, dio en el extremo mayor en que loco ha dado, y fue armarse Caballero Andante, e ir por el mundo amparo dando, y remedio a todo menesteroso, y deshaciendo los tuertos que a cualesquiera doncella malandrines hayan hecho; la Andante Caballería resucitando con esto; y volviendo a darla el grande brillante explendor excelso que (según él comprende) tuvo en los pasados tiempos. Para esto limpió unas Armas eheredó de sus Avuelos: luego por seguir las reglas Caballerescas, gran tiempo estuvo pensando el nombre que se pondría, supuesto que el mudar el nombre era preciso, según aquellos ritos de Caballería; y en fin, el suyo de Pedro de Quijada, mudó en él de Don Quíjote, añadiendo el sobrenombre de Mancha, pues le pareció que en esto gran honor daba a su Patria, porque vieran el aprecio que de ella hacía tan grande, y famoso Caballero. Después pasó a poner nombre al Caballo, y discurriendo uno significativo y misterioso, supuesto que él quería que el tal nombre declárase (raro empeño!) que había sido rocín, y ya dejaba de serlo, le puso el de rocinante: y hecho esto, se fue luego del Lugar, sin dar a nadie noticia de sus intentos. Pasados muy breves días, le trajeron medio muerto, de una gran zurra de palos que ciertos hombres le dieron. Curose, y dejando a todos descuidar por algún tiempo, volvió a escaparse otra vez, llevando por Escudero a Sancho Panza, vecino suyo, del que ya sabemos tiene, aunque rústico, alguna malicia, y algún ingenio. Yo obligado, pues, del llanto, la pena y el sentimiento del Ama y Sobrina de nuestro Hidalgo, y también viendo que en no hablándole en las cosas Caballerescas, discreto sabe discurrir con grande, claro, agudo entendimiento, (y esto en cualquiera materia) venir en su seguimiento determiné, y reducirle a su casa; para esto os pedí me acompañaséis: Y pues hasta ahora habemos hallado noticia del camino que lleva, es cierto no hay razón de desistir del intento que traemos. Decís bien, y nuevamente acompañaros ofrezco. Esta es la maldita Venta, en donde el manteamiento me pegaron; no he de entrar en ella, aunque estoy muriendo de hambre, que ya parece que por los aires me veo hecho una ola de mar, ya bajando y ya subiendo. De acordarme solamente, me duelen todos los huesos; más mejor será cantar para divertir el miedo, engañar el hambre, y conseguir llegar más presto. Mi mujer tiene chiste, tiene donaire, y sobre todó tiene muy buenas partes. No es aqueste Sancho Panza El mismo es, vive el Cielo 2. Oh amigazo Sancho Panza? Qué miro? maldito encuentro es este, que son el Cura y el Barbero de mi Puebro: quién diablos los trajo acá? Padre Cura? Seor Maestro? A dónde bueno? A buscar a tu Señor: dinos presto donde queda. Fuerza es negar aquí como un perro: ahi queda ocupado en una diligencilla, que es cierto, que si sale bien con ella, le ha de valer más que un Reino; pero no puedo decir la que es, porque el secreto ler ofrecí, y todos los Panzas cumplimos lo que ofrecemos. Pues Sancho, si no nos dices donde queda, creeremos que le has muerto por robarle, y te haremos poner preso. Pre qué? Preso. Dios mos libre; pues qué, siendo yo Manchego, creéis que robar o matar pueda a nadie? Ademas de eso que soy Sancho, y mi apellido es Panza, y en ningún tiempo robó ningún Panza a nadie. Pues di donde queda. Eso lo diré, solo porque le he muert no creáis que Mi amo queda en esta Sierra, que es la Morena, en lo espeso, y más oculto, en camisa, imitando a Beltenebros en la aspera penitencia; y al Toboso con un pliego me envía ahora, para que se le dé a Aldonza Lorenzo, que es su Dama, y es la hija del seor Lorenzo Corchuelo; aunque mi Amo dice, que es. Princesa de gran cuento; y la llama Dulcínea del Toboso: y también llevo una libranza de cuatro Pollinos, para que luego su Sobrina me los de; porque en un fatal encuentro a mi Rucio me robaron, y aqueste es todito el cuento. Y dónde la carta está? Aquí la llevo en el seno, y tengo de hacer copiarla, porque en un líbrito viejo de memoria la escribió mi amo. Yo copiarla ofrezco, y de buena letra, Sancho, Pues allá va; mas qué es esto? Vive Dios, que la he perdido: maldito yo; por mi abuelo, que me he de arrancar las barbas. Sancho Panza, pues qué es eso? Qué ha de ser? pobre de mí, que aquí en uu instante pierdo, de una mano a otra, cuatro Pollinos, que era el que menos más corpulento y hermoso, que un grandísimo Camello. Pues por que los has perdido? Maldito sea mi seso: porque el pliego se perdió. Y te acuerdas del contexto de la carta? Si señor. de aqueso muy bien me acuerdo. Cómo decía? Escuchad, que así era el escomienzo: muy sobajada Señora. Qué es lo que hablas, majadero? muy soberana Señora, diría. Pues eso mismo digo. Prosigue. Dempués decía estotro, y aquello, y te amo, y ya se ve, porque sí, y ni más, ni menos; y a lo último acababa, dempués de mil cumplimientos, con el Caballero de la triste Figura. Bueno; estremada iba la carta. Yo, que así decía creo: que haya yo perdido así por siempre cuatro jumentos! Voto a un canto. No te aflijas, que como a los dos al puesto nos quieras llevar adonde tu amo está, yo te ofrezco hacer, que nueva libranza te haga tu amo. Si eso me ofrec de al hora llevaros allá prometo. Pues vamos, tú irás delante, y a tu amo dirás que el pliego entregaste a Dulcínea. Deje usté a mi cuenta eso. Ahora es menester Maese, disponer, que ese Ventero un vestido de mujer nos preste, porque ya el medio he discurrido de que traer engañado logremos a Don Quíjote. Pues vamos. Hay miis perdidos jumentos! Aita y fermosa Señora, de las hermosuras nata, de las cuitas te enternece de esta pecadora alma, que (en aqueste purgatorio est penando sin causa. (cho? Qué es lo que habrá hecho mi San- porque el diablo de la carta a él se le olvidó el pedirla, y a mi olvidóseme darla. Señor? Sancho mío, dime, quién te ha prestado las alas? Qué alas? Con las que has ido y vuelto, que esta mañana saliste de aquí, y ya vuelves. Yo, señor, he ido en volandas, y venido del Toboso, sin saber quien me llevaba. Eso no me causa espanto, que el Encantador que trata de mis cosas, lo habrá hecho. Mas dime, hijo mío, acaba: viste a aquel prodigio hermoso, dulce hechizo de la Mancha? A aquella alta Princesa, molde de vaciar Damas? En fin, a mi Dulcínea del Toboso soberana? A Aldonza Lorenzo vi, que así en el Lugar la llaman. Sí, hijo, con ese nombre está ella disfrazada: mas dime, estaba bordando alguna empresa extremada para este su Caballero? Al menos haciendo sartas estaría de oro fino. Ni uno ni otro haciendo es taba, Pues qué hacía? Garvillar trigo con muy linda gracia. Era rubión o trechel? Ahora quieres me parara a mirar qué trigo era? Y qué hizo de mi carta? La carta yo la perdí, o quedó acá, porque hallarla no pude, mas como yo en el magín la llevaba, la noté, y un Sacristan. me la escribió de extremada letra. Y ella la leyó? Allí me mandó dejarla encima de unos costales. Qué discreta y qué bizarra! para leerla más despacio lo haría; y di, exhalaba su boca un olor sabeo, como a ambrosía o a algalía? No lo sé; lo que yo fue, que a ajos apestaba. Es que estarías borracho sin duda alguna; y di, cuantas preguntas te hizo de mí? No me preguntó palabra, mas yo la dije. Di, pues. Aunque ya Sancho tardaba tanto en traer la noticia de donde su Amo quedaba, hacemos mal de apartarnos una distancia tan larga de adonde él nos dejó. Nunca aventuramos nada, que pues venimos siguiendo el camino de las ramas que él cuando se fue dejó por fija señal sembradas, ellas nos llevarán donde Don Quíjote y él se hallan: mas aquí están, escuchemos ocultos lo que ambos tratan, y luego nos vestiremos los disfraces. Que con tanta priesa quiere Dulcínea que luego al Toboso vaya? Sí. Pues yo no quiero ir. Así a su precepto faltas? Altibos robustos troncos, cuyas copas elevadas, de luceros y de estrellas son tapetes de esmeralda: Soberbios rudos peñascos, que con dureza irritada, duraciones apostáis a las esferas sagradas: Bella bulliciosa fuente, que por tardes y mañanas Sabes reír mi desdicha, Sabes llorar mi desgracia; pues tantas veces mi pecho testigos de mis desgracias os hizo, una vez piedad halle en vosotros, pues tantas crueldades halló en las gentes: Y en fin, con piedad, o saña, o concededme la muerte, o dad alivio a mis ansias. Di, Sancho, no oíste suspiros y quejas? Quién las formaba, allí está suspenso. Este, si el discurso no me engaña, algún Caballero es, que aquí llorando se halla, ya ofensas o ya desdenes de alguna fermosa ingrata; mas así espero saberlo. Caballero a quien con tanta crueldad trata la suerte, como ese traje declara, el oiros suspirar vuestras penas, desearlas saber me ha hecho; y así os pido, que aquí de vuestra desgracia me deis noticia, que os juro, y doy la mano y palabra (como Caballero Andante) de remediar vuestra ansia, si remedio hay y si n ayudaros a Rara visión! Caballero, aunque sé por cosa clara, que no hay a mi mal remedio, por pagar la cortesana atención vuestra, os haré Sabidor de mis desgracias: mas os pido no rompáis, por ningún pretexto o causa, de mi narración el hilo, pues si lo hacéis, aunque haga más esfuerzo, no podré proseguir. Como una estatua estare, decid. Oigamos. Este y mi Amo, bravas galas tienen para ir a unas vistas. No temáis me deje nada por decir, pues mi mayor pena es (desdicha infausta) no poder de mi memoria apartar a mi desgracia. Córdoba, Ciudad ilustre, cuyas insignes grandezas la fama en ecos pública, hecha plumas toda, y lenguas, fue mi Patria, mas, mal digo, fue centro de mis tragedias. Vivia junto a mi casa una Dama tan perfecta, que parece que al criarla la sabia Naturaleza, de todas las hermosuras, con estudio y con cautela, fue escogiendo perfecciones para formar su belleza, pues beldad más soberana, ni hermosura más excelsa ha visto el Sol, desde que entre esas azules selvas, peregrino nunca errante, golfos de estrellas navega, piélagos de luces surca, sendas de cristal penetra. Amela favorecido, y a poco tiempo (qué pena!) un Señor, a quien mi padre debía grandes finezas, me envió a llamar, ausenteme, y de allí a poco a mi tierra volví con un hijo suyo, cuyo aleve nombre era Don Fernando: dile incauto de mi amor entera cuenta: viola y amola (ay de mí!) y desde allí, con cautela todos los papeles que nos escriblamos eran vistos de él: sucedió, pues, que un día halló (pena fiera!) uno, que ella me escribia, lleno de amantes ternezas, metido en un libro de Caballerías, que era de Amadís de Gaula, el cual había yo sacado fuera para enviársele a Lucinda, porque era a aquesta leyenda aficionada. Si vos hubierais dicho se hallaba en Lucinda (que este nombre parece es de vuestra Dama) perfección tan excelente, como es la de que gustaba y aplicaba con desvelo su discreción soberana a Libros tan provechosos para el cuerpo y para el alma, como son todos los Caballerías, estaba de más toda aquella arenga que hicistéis en su alabanza; porque yo, solo con esto la tuviera y reputara por la Señora más noble, más discreta y más gallarda, de cuantas hay en el mundo, (no entrando en aquesta danza mi Señora Dulcínea) y si allí entonces me hallara, la habiera enviado yo, con el de Amadís de Gaula, el Libro del Caballero Febo, el de la ardiente espada, el de Arturs de Inglaterra, y otros que tenía en casa: más proseguid vuestra historia, perdonando a la palabra fáltase de no atájaros, que en mi conciencia y mi alma, que no puedo más conmigo en oyendo que se tratan cosas de Caballerias. Es cosa evidente y clara, que la Reina Madasima infamemente se holgaba con el Maestro Elisaber. Qué dices, lengua malvada? Madásima era una Reina muy honesta y muy honrada, y el que diga lo contrario, miente él, y toda su alma, y su padre, y sus abuelos, y toda su gran canalla. Cómo es eso de mentís? Vive Dios, que aquí a puñadas le he enseñar a tratar con hombres de aquestas barbas. Este hombre se ha vuelto loco; vive ños, que a mi Amo mata: ha loco, voto a Cristo, que te he de matar. Panarra, tú también a mí te atreves? pues de esta suerte tu infamia pagarás. Ay, qué me muele! San Cipriano me valga. Qué hago? Válgame Dios! Oh cruel fortuna airada! para qué el juicio me quitas, si el juicio me dejas para llorar mi infelicidad, y conocer mi desgracia? Caballeros, perdonad la acción tan descompasada que he ejecutado en vosotros, pues en mi juicio no estaba. Pues yo si he estado en el mío para sentir sus puñadas: no son malas cortesias, después de dejar quebradas a uno dos o tres costillas. Yo ya sabia que estaba loco, porque era preciso que quien insolencias tantas contra el honor de la Reina Madásima pronunciaba, lo estuvieses venid, Sancho. . No entiendo lo que me habla. Señor loco, o cortesias no hacer, o no dar puñadas. . Apartando mi discurso un poco de mis desgracias, es que conseguirlo puedo) no sé que concepto haga de estos hombres; infinito saber quien son celebrara. Pues aquí tenéis quien de ellos os dará noticia larga; más hemos de mereceros el que antes vuestra rara historia finalicéis, pues cuanto a ellos les contaba vuestra lengua, allí escondidos oimos. Mas no dilata el serviros mi obediencia; oíd. Decid: desdicha rara! . Halló el papel Don Fernando (creo quedé aquí) el cual era a fin de que yo a su padre por esposa la pidiera, y temiendo Don Fernando que yo luego lo pusiera por obra, me envió al punto a que a su padre le diera cierto aviso: fuime, pues, y él en tanto (traición fiera!) a su padre la pidió, que viendo cuanto interesa, se la concedió; volví, y hallé en la Ciudad las nuevas de esta boda: fui a su casa, y encontrela toda envuelta en gustos; vi a mi Lucinda, díjome que no temiera que ella por ningún motivo hiciese a mi amor ofensa, pues daría a la acerada brillante punta sangrienta de un puñal su hermoso pecho, antes que su esposa fuera. De esta esperanza movido, me escondí en la sala misma en donde los desposorios (déjame, memoria, deja de atormentarme) se habían de hacer, esperando en ella la ocasión que yo aguardaba feliz, y hallé tan adversa; porque Lucinda, faltando su amor y a su promesa, él si de esposa le dio, mas no hubo acabado apenas (quién antes hubiera muerto!) de pronunciar la sentencia de mi triste muerte, cuando cayó desmayada en tierra. Salime de allí confuso, y tomando con presteza un Caballo, que ligero en la rápida carrera maltratar sabia al aire Sin llegar a herir la tierra, salí huyendo, hasta llegar a lo oculto de esta sierra, donde ha ya un año que vivo, Siendo sus troncos y peñas testigos de mis suspiros, y de mis lágrimas tiernas, esperando a que la muerte ponga fin a tantas penas, ansias, desdichas, rigores, y tormentos que me cercan, dejando eterna noticia a las eras venideras de que hubo Dama y Galán, que en contrarios rumbos, ella fue ejemplo de veleidades, cuando él lo fue de firmezas. Raro Prodigioso! Ay infeliz de aquella que nace a ser egemplo de desdichas y penas. Triste acento! Lastimoso! Busquemos a quien le causa. No es menester, que ya aquí llega, mas si no me engaña la vista, no es Dorotea, por más que el traje disfraza su ser? más así sabrelo: Dorotea? Quién me llama? Mas qué he hecho? Descubriome mi inadvertencia. No tanta pesadumbre te dé el ver que en estos desiertos haya quien te conozca, pues es quien logra fortuna tanta el centro de las desdichas; y así es preciso que en nada puedan causarle las tuyas admiración. Pues es vana diligencia el intentar encubrirme pues mi incauta voz ya me ha descubierto, quien eres saber aguarda mi curiosidad, que estando en rostro tan demudada, y en traje, me has conocido? Soy de la fortuna infausta el blanco: Cardenio soy. Aunque yo noticia larga tengo de quien eres, nunca creo te vi. Pues yo hartas veces a ti, allá en tu Aldea; y pues por tan desusadas sendas el hado nos junta, quisiera saber la causa que te obliga a que este sitio habites tan disfrazada. Escucha, y escuchad todos mi tragedia, si a contarla acierto: Ya sabes que me crió el cielo vasalla de Don Fernando, y que aunque había tanta distancia de él a mí, nací de padres honrados, y saugre clara. También sabrás (ay de mí!) que con amorosas ansias solicitó mi hermosura, que no dudo alguna haya en mí, pues me lo acreditan penas tan continuadas. Resistime a su pasión, como honesta, y como honrada, y él granjeando (ah traidor!) una alevosa Criada, una noche consiguió quedarse oculto en mi casa. Apenas, pues, la familia recogida y sosegada quedó, y en mi lecho yo a discursos entregada, cuando en mi cuarto le vi: quise dar voces y tantas sus ansias y juramentos fueron, dándome palabra de ser mi esposo, la cual en presencia de mi falsa Criada volvió a ofrecerme, que yo creyendo sus falsas ofertas, le entregué (ay cielos! la mejor prenda del alma. Ya con licencias de esposo todas las noches me hablaba; no fueron muchas, pues luego hizo ausencia, y que tardaba viendo, procuré curiosa llegar a inquirir la causa. En fin, a saber llegué como en Cordoba trataba su casamiento; y tomando el dinero y las alhajas que pude, con un Criado mío, me huí de mi casa. Llegué a Cordoba, y hallé en ella la nueva infausta de su boda, y fue, que luego que Lucinda desposada se miró con él, cayó en el suelo desmayada. Llegó Don Fernando (ah aleve!) a aflojarla la casaca, y en el pecho la encontró un papel, en que expresaba ser esposa de Cardenio, que a Don Fernando le daba violentada la mano, y que aquesta era la causa de darse muerte, que ella parece hacerlo pensaba así, lo que acreditó haberla hallado una daga oculta, con la que quiso su aleve esposo matarla, y no pudiendo lograrlo, se ausentó, sin que se haya Sabido su paradero, y Lucinda de su casa faltó a otro día también. Con estas nuevas me hallaba, cuando en la Ciudad os echar un bando, en que daba mi padre crecido hallazgo a aquel que a mí me encontrara, mis señas dando, y las de aquel que me acompañaba. Salime huyendo y un día, mirando desamparada mi persona, el vil Criado, con violencia (aleve infamia!) intentó de mi triunfar; mas desde una roca alta logré despeñarle, dando castigo a acción tan malvada. Al cabo de algunos días llegue a una Aldea cercana de esta Sierra, donde entré a ser Zagal de unas cabras; pero mi amo, sospechando que era mujer (pena rara!) empezó a solicitarme, y ayer fue con tanta instancia, que llegué a ver que mi honor ya a peligrar empezaba: descuidar le deje, y luego tomando esa leve carga, donde un vestido decente de mujer, y otras alhajas (de las que quité a mi padre) traigo me vine a estas pardas, enmarañadas, agrestes, montuosas, intrincadas asperezas, donde al cielo pido se apiade de tantas desdichas, penas, rigores, sustos, pesares y ansias como a mi vida combaten, y a mi corazón contrastan. No así, hermosa Dorotea, intentes dar la esperanza de tu alivio por perdida, pues ya el Cielo con más grata faz nuestras desdichas mira, que pues Lucinda se halla sin casar, y Don Fernando de la propia forma, causa tenemos para esperar mejor fortuna; y palabra te doy, como Caballero, que si razones no bastan para que tu honor perdido Don Fernando satisfaga, que mis celos olvidando, por dar alivio a tus ansias, en público desafío te dé sangrienta venganza. A tus pies. Alza del suelo. (cias Pues ya que a vuestras desgra- piadoso el Cielo se muestra, y que con prudencia sabia resolvéis poner los medios de llegar a ver logradas vuestras dichas, a mi Aldea (si acaso no os desagrada) pido os vengáis, desde donde se harán diligencias varias de saber de Don Fernando y de Lucinda; y de cuantas cosas os falten, podréis preveniros. Vuestra urbana generosidad los dos (con la vida y con el alma) apreciamos, y admitimos; y ahora quisiera la causa Saber que a esta sierra os trajo. Yo os lo diré: Aquí se halla un honrado Hidalgo de nuestra Aldea, que en la rara locura ha dado de ser (mania harto extraordinaría) Caballero Andante, y en medio de esta montaña está haciendo penitencia, para obligar a su Dama; Siendo así que no la tiene, pues toda es imaginaria ficción y los dos venimos a reducirle a su casa con un engaño que es, fingirnos uno una Infanta que viene de luengas tierras a que su valor la valga en un grande agravio que en su Páis le han hecho, y Basta, que pues aquí de mujer me hallo con una gala, yo he de ser la que se finja aquesa Infanta, que el habla Caballeresca la sé muy bien, porque fui inclinada siempre a leer esos Libros. Todo la suerte lo traza a medida del deseo. Pues luego se ponga en planta la ficción, y así, a vestirse, Dorotea. El Cielo haga que nuestra intención se logre. No dudéis verla lograda. Con dos costillas, infame, has de pagar el descuido, viven los Ciel A Para, para. Mas qué he oído? Hués pedes hay? Vaya en paz, que ya mi ira mitigo: saca luz. Malas cuartanas te den, y mal tabardillo. Guarde Dios la gente honrada. Guardeos Dios: Clara, hija, alivio de mi vejez, muy cansada estarás del mal camino que hemos traído todo hoy. Viniendo, Señor, contigo, nada a mí me puede ser cansancio. Ay Don Luis querido! en qué ha de parar tu amor . y mi pena? Ay dulce hechizo! qué mal el alma apartarse Sabe de tus peregrinos ojos! pues aún conociendo el evidente peligro de que tu padre me llegue a conocer, no me animo a estar un punto sin verte. Por cierto que el tal mocillo que está allí, en el corazón me está dando mil pellizcos. Por Dios, que el loco de matras viene aquí con cuatro o cinco; con tanta gente en mi Venta, yo de esta vez salgo rico. En fin fermosa Señora, que vos sois (raro prodigio!) la Infanta Micomicona, y que vuestro Reino invieto os tiene tiranizado un descomunal impío Gigante, y que vuestro padre dejó, (gran dicha!) previsto que solo mi fuerte brazo podría restituiros el Reino dando la muerte al Gigante? Es asimismo comó vos decís, Señor. Con que a vos, compadre mío, y al Maese Nícolas, unos viles foragidos os robaron? Es así. Pues no tenéis que afligiros: y vos, Señora, contad ya por hecho y sucedido lo de dar muerte al Gigante, y lo demás que he ofrecido; pero perdonad, señora, . que estaba tan divertido, que no os vi, ni a vos tampoco. Yo la atención os estimo. Rara figura de hombre! Este hombre es loco en mi juicio y los que vienen con él. . Ahora, si me dais permiso, me iré un poco a descansar, que por Dios que estoy molido. En buen hora id. Pues agur. Voy, pues, tras este maldito loco, no haga las que suele. Ven, Máritornes, conmigo. . Ya voy: ay, chusco mozuelo, que dejo en tus dos ojillos toda el alma. Caballeros, perdonadme, que a pediros llegue me digáis quien es este hombre, y qué designio el vuestro? porque el fingirse esta Dama Infanta, indicio es de que hay algún misterio. Es así; y puesto que oírlo queréis, escuchadnos, pues. Oye, Clara. Ay, dueño mío! Ay, Doña Clara divina! Por más, pues, que tu desvío prosiga en ser riguroso, sabré yo hacerlo benigno. Primero sabrá la muerte triunfar de mi pecho altivo, que lo logres. Ay Cardenio! Qué escucho? la voz que he oído no es de Lucinda? si acaso la memoria del oído con el juicio no perdí? Qué es lo que:: pero qué miro? No es Don Fernando? Encubrirme intento. Y pues determino no sufrir más vuestro engaño, la más cara al rostro quito. . Qué veo? Lucinda amada, bello imán de mis sentidos, Cardenio tu esposo soy. Del gozo sin vida animo. Cardenio, esposo, señor. Vive el Cielo, fementido, que te he de quitar la vida. Detén el acero limpio, Don Fernando, y deja que gocen su amor pues benigno el Cielo, los ha juntado después de tantos impíos trabajos, y tantos tiempos. Y pues yo conmigo el mismo consuelo, viéndote; cumple cual Caballero, entendido, y cristiano, la palabra, que, haciendo al Cielo testigo, me diste de ser mi esposo, en cuya fe de mi limpio honor triunfaste; y si no, tiñe en mi pecho los filos de tu acero, porque yo, ya que a tus plantas me miro, de ellas no me he de apartar, adorado dueño mío, hasta lograr ser tu esposa, o ver mi aliento perdido. Válgame el Cielo: qué veo? este del Cielo es aviso, pues no cabe en los acasos sucesos tan peregrinos; y así al Cielo respondamos, venciéndome yo a mí mismo. Dorotea, alza a mis brazos, que de tu aliento movido, y a tu razón obligado con tanto extremo me miro, que no tu esposo, tu esclavo desde ahora soy, dueño mío: (huye ya de mí, esperanza) y tú, Cardenio, el divino. cielo hermoso de Lucinda, en dulce nudo tranquilo goza feliz, sin sospecha alguna, porque te afirmo y te juro por quien soy, que nunca la he merecido mas que en desdenes sañudos mil rigores peregrinos; y perdona que el amor que antes la tuve, haya sido causa de que desleal contigo haya procedido. Feliz mil veces mi amor. Mis brazos sean testigos, de que ya todas mis quejas están dadas al olvido: y tú, esposa, da los tuyos a quien le costó hasta el juicio creerte ajena; y sepa qué acaso te ha conducido aquí. Oye, y lo sabrás: Después (ay dueño querido!) que por no mirarme esposa de quien no eras tú, el abrigo deje de mi padre y casa, en un Lugar, que distrito corto de Cordoba está, tomé en un Convento asilo: mas un día Don Fernando disfrazado, y dos amigos dentro de él entrar lograron con maña o con artificio; y encontrándome en un claustro de aquel sagrado recinto, asiéronme, y me sacaron fuera de él, siendo mis gritos y quejas todas en balde, pues el Convento infinito apartado del Lugar estaba; en fin (el designio iguoro) en una calesa me traían, no imagino donde sería, pues, solo, (o con qué gusto lo digo!) sé que aquí he sogrado hallarte, y hal pasado lo que has visto, Qué felicidad! Señores, C a. de mi hija y de mí, rendidos parabienes recibid. Favores tan excesivos apreciamos con el alma. Que me tengáis, os suplico por amiga y servidora vuestra. El que serlo, afirmo, eternamente aseguren mis brazos. Lo propio os digo. Todos a su mal consuelo hallan; yo solo martirios. Conque aquello de la Infanta, y el Reino y el Gigántico, lo llevaron los demonios? A mi amo he de decirlo, que es una infamia que intenten engañar. Afuera digo. Con un ciento de Gigantes no tengo, juró a Cristo, para empezar. Pues qué es esto, señor y valedor mío? Qué ha de ser? me eché a dormir y el diablo del Gigantillo, por arte de encantamento se me plantó de dos brincos delante, alceme empuñé mi escudo, y la de los cinco; embistiome, y embestile; pero yo, que tengo un tino del demonio, en la tetilla tal estocada le tiro, que di con él en el suelos y el cuarto está, que un crucido da de la sangre que ha echado por el roto pergamino. Qué Gigante, ni que haca? que a quien heriste, maldito loco, ha sido a dos pellejos, y aquesa sangre es el vino que en ellos había: ay, que me deja destruido! Callad, y no deis más voces, que yo os pagaré el perjuicio. De esa forma cierro el labio. Yo, señores, os suplico, que os entréis a descansar, pues cansados del camino vendréis sin duda, y ya es tarde. Decís bien. Dale un vestido . de los míos a Cardenio al instante. Yo os lo estimo. Dormid, fermosas Princesas, sin temor, porque mi brío queda está noche de vela guardando aqueste Castillo, y a cien pasos de sus muros no se acercará un mosquito. Vamos esposo. Memoria, entrégate ya al olvido. Feliz mil veces las penas que logran estos alivios. Dichosas mis desventuras, pues tal fin han conseguido. . Ah, señor! Déjame, hombre, que estoy hecho un basilisco; bien podrá ser que no sea el Gigante, pues es fijo, que este Castillo es encanto: lo blanco se vuelve tinto. . Vamos, Padre Cura. Vamos. Que a mi amo no haya podido decirle lo que aquí vi, y que todo es emvolismo! mas yo buscaré ocasión. . Don Luis? Adorado hechizo. En qué ha de parar (ay Cielos!) de nuestro hado lo impío? En qué pero hancia esta parte que gente se acerca miro. Pues no nos vean: a Dios. Adiós. Ay, dueño querido Duélete, amor, de mis ansias. Duélete de mis suspiros.

JORNADA SEGUNDA

Ya, Doña Clara, que en más de tres horas, que a dormir nos echamos no has podido sosegar y que en ti vi, entre mil lágrimas tiernas, más suspiros despedir, y que mi amistad pretendes complacer, haciendo aquí a mi pecho sabidor de tus penas, y a este fin a aquesta estancia me traes, porque las que están allí (cuando juzgan que descansan, de la muerte el triste fin ensayando) nada entiendan; acaba, empieza a decir de tu tristeza la causa, la ocasión de tu sentir: desde tu pecho a mi oído tu pena arroja. Ay de mí! Espero sin esperanza mi esperanza conseguir, que mayores imposibles Saben lograr firmezas, y el amor conseguir; mas ay de mí! que amor no lo hace empeño, y mi desgracia sí. Habéis (ay de mí!) escuchado esa voz? Muy bien la oí, pues lo suave y dulce de ella, de su estilo lo gentil, a que la atención la escuche fuerza es, si se deja oír, persuada sin violentar, violente sin persuadir. Pues el dueño de esa voz la causa (ay de mi infeliz) es de mi pena. De qué forma? Escuchadme. Decid. Más perdonadme, si acaso no lo acertare a decir, que aunque sé sentir tan bien, no sé tan bien discurrir. De esa voz, que a ruiseñores y gilgueros causa mil celosas envidias, es el dueño (ay de mí!) Don Luis de Mendoza, un Caballero, en quien se ve competir con lo rico y con lo noble, lo discreto y lo gentil. Su edad de diez y seis años es, llegándose a advertir en él cuantas apreciables prendas pueden concurrir en un Caballero, pues lo modesto, afable y brioso, y galán, consigue adornar, con otras mil habilidades, cual son la de cantar, escribir discretos versos, danzar, y otras muchas, que entre si igualmente se compiten, e iguales logran lucir. Vivia, pues, en la Corte frente mi casa: fui enamoros vis (él sabrá por qué) de mí; solicitó mis favores, yo a su amor correspondí; llegó mi padre a lograr que el Rey le honrase (ay de mí! con plaza de Oidor en la Ciudad de Méjico; aquí todas mis penas empiezan, pues siendo fuerza partir yo con mi padre a las indias, fue preciso que a sentir llégase el dejar mi dueño, el cual fino amante, así que el día de mi viaje llegó, sin ver ni advertir inconvenientes ni riesgos, su casa y padres por mí dejó, y siguiéndome viene, procurando siempre huir de que mi padre le vea; ved, Dorotea, ved sí tengo causa de llorar, y de sentir que Don Luis venga por mi disfrazado, mil trabajos a sufrir, sin saber qué paradero vendrá a tener ni qué fin, mi desdicha y su pasión, mi amor y su frenesí. Aunque es cierto, Doña Clara, que hay bastante causa en ti para llegar a estar triste, no lo estés, no, pues hoy vi dos mayores imposibles facilitados; y así vuelve el temor esperanza, y déjame el caso a mí, que yo espero que mañana has de mirarte feliz; y ahora a descansar vamos lo poco que desde aquí hasta el día queda. Vamos: duélase el amor de Ay, fermosa Dulcínea del Toboso! Dueño amado, qué estará tu fermosura haciendo ahora? Yo he pensado que de tu Palacio regio en algún balcón dorado memoria estarás haciendo de este tu asendereado Caballero; o cuánto siento (dolor aprieta, hasta tanto que por la boca me hagas vomitar todo el redaño) no poder ir a mirar tu hermoso cielo, hasta tanto que a este diablo de Princesa en el solio deje y mando de su usurpado dominio. Lo que me hace dar al diablo es, el que el tal Gigantillo, después de haberle yo dado tantas estocadas, luego se me hubiese transformado en dos pellejos de vino. Castillo más encantado no le hay, juro a Dios, en todo el mundo de arriba a bajo. Ahora, que recogidos todos se hallan, un chasco quiero pegarle a este loco, ya que a guardar se ha quedad Venta (a quien él Carrillo llama) armado, y a caballo: quiero llamarle, cé, ce. Juro a Cristo, que llamaron: esta, sin duda será la hija del Castellano de esta Fortaleza, que de mi talle y de mi garbo enamorada, querrá la corresponda; y en vano será, pues a mi señora Dulcínea, es escusado que yo haga ofensa, aunque vea mi cabeza sobre un tajo; pero el hablarla es es preciso: Dios ponga tiento en sus labios. Fermosa Dama, decid (circunloquios escusando) qué es lo que me queréis? Qué puedo querer, si a miraros llegué, y de vuestro valor los aplausos he escuchado? No es fuerza (ay de mí!) que de ellos en vos me haya enamorado? Miren sí lo dije yo. Fermosa doncella, paso, que de esas cosas se ofende de mis oídos lo casto. Yo siento que vuestras mientes hayáis puesto donde es claro no podéis hallar consuelo, pues fe inviolable guardo a la sin par Dulcínea, dulce manchego milagro: más mandad en otra cosa, que por servida dejaros sabré hacer más muertes que un Doctor y un Boticario. Yo os lo estimo; pero solo os pido, que vuestra mano me alarguéis para besarla. Para besarla, yo es llano que no os la doy; pero sí para que en ella admirando, estéis sus mísculos, sus nervios y venas, notando el inmenso valor que tendrá de tal mano el brazo; pero cómo he de alcanzar, que el tal balcón está alto, señora mía? De pies poneos sobre el Caballo. Y si el demonio le da gana de hacerse hacia un lado, no caeré, y cuando menos me romperé el espinazo? Pero no ostante, allá voy: Ya mi intento se ha logrado: ahora con este cordel atarle quiero la mano, y la otra punta asiré al cerrojo y hasta tanto que hayan despertado todos le he tener así atado. Fermosa doncella, ved, que más que dedos son rallos los vuestros; pero que veo? por Dios, que el brazo amarrado me han dejado, y no parece nadie en la ventana: andallo, del Encantador de aqueste Castillo sin duda ahijado es el Giga es y! po yo no consiga matarlo, de aquesta manera quiere aquí tenerme encantado. Oh quién lograra tener ahora el pasmoso milagro de la Espada de Amadís, contra quien no había encanto! So, caballo del demonio: ay, que se me arranca el brazo! 1. Pues esta es la Venta, entremos, tomaremos un bocado, y veremos de camino si noticia alguna hallamos de Don Luis. Ah Caballeros, es peraos apartados a que el Castillo se abra, que aunque ya, sombras borrando, viene el alba con sus luces, parece que no es usado abrir aqueste Castillo hasta que el sol con sus rayos toda la tierra ilumina. 1. Qué demonios de espantajo es aquel hombre? y él loco es, pues Castillo ha llamado a la Venta. 2. Lo que quiera sea, y vamos despachando. Ah de la Venta. Quién llama? 2. Abrid presto. Orrio, Hidalgos, no he dicho que os apartéis? pues si esperáis otro rato, y estoy libre, el chocólate vais a tomar con los diablos. 2. Vaya, haced que abrán, si sois el Ventero. Pues borracho, este talle es de Ventero? 1. Él es bien desventurado. Ya mi amo se levantó, y así quiero desatarlo antes que lo vea. Ay! Santa Dulcínea en tanto dolor me valga. Qué es esto? Lo que es ya está pasado, aunque a mis costillas queda memoria para un buen rato. . 1. Qué hombre es este? Un loco, que siempre me está alborotando la Venta. 2. Sabréis decirnos si acaso a ella ha llegado un mócito de edad de unos diez y siete años, en traje corto vestido? Hay, señor en ella tantos, que no sabré dar razón. 2. Pues con cuidado veamos si alguno de los que en ella se hallan, es. 1. Vamos. 2. Vamos. Cuando, amor, llegará el tiempo de apiadarte de mis ansias? Cuando, fortuna, en lo adve aprenderás la mudanza? Haciendo que no a la dicha ronde siempre la desgracia. A mis amantes anhelos dando: pero Doña Clara? Don Luis? Adorado dueño de mi vida, aliento y alma, ya la causa de mi pena creo que a saber alcanzas. También tú juzgo no ignoras el dolor que me maltrata. Mas por si halla algún alivio al verse comunicada, escúchame, pues. También yo por ver si es que descansa el pecho al decir sus penas, intento al aire fiarlas. Yo te adoro (ay de mí) con fe inmutable. Yo te amo con amor incon- trastable. Mas el vendado Dios sañudo y fiero. Mas el hado iracundo, cruel, severo. Contra mi dicha su poder os- tenta. A mis venturas oponerse in- tenta. Pero yo sabré firme. Yo constante. 2. Ser a pesar del hado fiela mante. Yo, idolo amado, fallezco de amor. Yo lloro rigores del vendado Dios. Pues mi suerte airada. Pues mi estrella atroz, Mis dichas impide. Frustra mi intención. 2. Qué cruel pesar! Qué fiero rigor! Pero yo, a pesar. A despecho yo. Del hado sabré. Sabré del amor. 2. Ser eterna llama de mi amante ardor. . Fuese, y faltome la luz que a mi vida aliento daba. Mas el sueño, de sentidos y potencias cruel pirata, con suavidades crueles ya poderoso me asalta, e insensiblemente el uso de las acciones me embarga. O enemigo el más traidor, pues con lo que hálagas matas! Haga en esta silla (ah, cielos!) parentesís, si no pausa, la desgracia, de mi pena, la pena, de mi desgracia. 1. Veamos el mozo que nos dijeron que se hallaba hacia esta parte, es; mas tente, el que en la silla se halla durmiendo, no es él? 2. Ninguna duda tengo. 1. Dicha rara ha sido, por Dios, la nuestra: ah señor Don L Quién llama? 1. Quién criado de vuestro padre y de vos llevaros trata a su vista, sino es que antes que lleguéis, la parca corta de su vida el hilo, pues vuestra impensada falta tanto ha llegado a sentir, que postrado en una cama quedó. Pues podéis volveros, y decirle pierda cuanta pena por mi ausencia tenga, pues luego al punto que salga de cierto empeño en que estoy, le doy de ir la palabra a su vista. 1. La orden que traemos es, de a vuestra casa llevaros con violencia, si acaso el ruego no basta; y así intentar escusaros será diligencia vana. Mus vana será la vuestra, si acaso la temeraría empresa proseguir locos queréis, pues esta acerada brillante diáfana sierpe (que ya en mi mano es guadaña) en vuestros aleves pechos abrir sabrá bocas tantas, que notando tantas puertas, eno sepa dudosa el alma por cual intente salir, hasta que al fin sufocada en su misma duda, muera, Sin que por ninguna salga. 2. Ved. Nada tengo que ver. 2. Advertid. No advierto nada. 2. Mirad. Nada miro ya. 1. Pues ya que a nuestras espadas no es permitido ofenderos, mi obligación aquí haga lo que de su parte está. Ah de la Ven Quién llama? Qué veo? Ay de mi infelice! Quién este alboroto causa? 1. Yo os lo diré brevemente: El que presente se halla es mi amo el señor Don Luis de Mendoza; de su casa fugitivo se ha venido, cuyo padre con su falta queda sintiendo mil muertes; nosotros con vigilancia en su alcance hemos venido; logramos en esta estancia encontrarle, pretendemos que con nosotros se vaya; mas tanto se ha resistido, que hasta echar mano a la helada cólera de ese puñal ha llegado. Pues qué causa, señor Don Luis, para esto tenéis? Pues ya declararla es fuerza, oíd; pero antes os hago, señor, la salva de qu el efecto que en vos haga la noticia mía, pende. Desde que vi a Doña Clara vuestra hija, la entregué mi albedrío, aliento y alma; que me hallo favorecido no digo, pues solo alcanza a saber mi fiel anhelo, que su beldad soberana nunca ha graduado ofensas mis tiernas amantes ansias. Siguiendo vengo sus luces, por esto deje mi casa, mis padres, hacienda y deudos; y así, señor, a tus plantas te pido, que me concedas su preciosa mano blanca, o que con aqueste acero deshagas mis esperanzas, pues sin su hermosura, y con mi vida, es intención vana pretender que un solo paso vuelva a dar hacia mi patria. Alzad del suelo a mis brazos, Don Luis, que una vez errada la acción, más medio no queda que el procurar enmendarla en lo posible; y así, aunque gran pesar me causa ver, que cosa que podía de vuestra casa a mi casa tratarse, pues se seguía tanta conveniencia a entrambas, de aquesta forma imprudente hayáis pretendido: Clara desde ahora es vuestra; mas que habéis de dar, cosa es llana, cuenta a vuestro padre de ello, pues no está bien a mi fama permitirlo de otra forma, aunque ya con vos casada es preciso quede, de cualquiera Suerte. Albricias, alma. Permitid que a vuestros pies una y mil veces. Levanta, y al punto de darle cuenta de todo a tu padre trata. Pues de los dos uno quede conmigo, y el otro parta a dar noticia a mi padre de todo. 1. Yo al viento alas pediré para llegar con brevedad. Oh, o, y cuántas cosas consigue mirar el que sigue la extremada ley de Caballero Andante! Ves como el cielo a tus ansias dio alivio? Dichosa he sido. De mí, hermosísima Clara, recibe la enhorabuena. Yo la aprecio con el alma. Toda esta Venta es prodigios, Cardenio. Cosas bien raras han pasado en ella en breve espacio. De sus mudanzas ha hecho esfera la fortuna a esta Venta. Tan extrañas cosas han pasado en ella, que a no verlas, no acertara a creerlas. Zo Yo, señor, no tengo en toda la casa lugar en donde poder acomodaros. Mal haya el cruel sañudo influjo de mi estrella siempre airada. No así os desconsoléis, que por lo que toca a esa Dama, con nosotras lo mejor que se pueda, acomodada quedará. Por tal favor rendido os beso las plantas. Y yo las gracias que debo os rindo, por merced tanta. Vos, señor mío, parece (según el traje declara) que sois Cautivo. Lo he sido. Y que esta fermosa Dama es Mora, o lo fue a lo menos. Es así. Pues yo, a diós gracias, fui siempre un poco curioso, y así de saber me holgara vuestra historia, por saberla, y por si acaso mi espada os puede de algo servir. Yo os lo estimo? qué fantasma es aquesta? Yo también os suplico (si no os causa disgusto) vuestros sucesos nos digáis, porque la rara beldad de esa Dama obliga a esta curiosidad. Para que yo os obedezca, el ruego, el precepto basta; y así escuchad todos, pues saber mi historia os agrada. En las intrincadas, rudas, fuertes Leonesas montañas (Patria que produjo Alcides contra Sierpes Africanas, que infestaban venenosas el fértil Vergel de España) nací de padres, que a un tiempo lo noble y rico gozaban, que sin lo uno, lo otro sirve de muy poco, o nada, pues lo rico sin lo noble es fino oro en jerga vasta, y lo noble sin lo rico más estorba que adelanta; y la peor de ambas cosas es aquesta, pues es clara cosa, que ya en estos tiempos mas (en opuestas balanzas) logra el Villano que es rico, que el Noble que pobre se halla. Apenas pues, en mi rostro diez y ocho señalaba la muerte con breves líneas, porque no se le olvidara cuando mis contados días su plazo a cumplir llegaban; cuando el permiso mis padres dándome que yo anhelaba, a Flandes me partí, en donde llegó a conseguir mi espada (sin necesitar mi ilustre ser, amigos ni galas) elevarme a Capitán de las Españolas Armas. Después, sabiendo la liga que con Venecía y España ío nPapa I el g hacia contra la airada saña ambiciosa del Turco; pretendí en esta jornada hallarme, y lo conseguí. Aquí empieza mi desgracia, o aquí empieza mi fortuna, pues equivocadas ambas tanto están, que no sé sí, fueron dichas o desgracias. En el Puerto de Mecina se unieron las tres Armadas, y mandadas por el Marte que a Marte pavor le causa, por aquel, pues, que al mirar blándida su fuerte espada en su mano, el sol se eclipsa, tiembla el suelo, y el mar brama; en fin, por el grande, augusto Príncipe Don Juan de Austria. A viento y mar embistieron, y mar y viento halagaban con ráfagas y con olas de nuestras Naves la saña. A pocos días la fuerte, grande, numerosa Armada del Turco a encontrar llegamos, y en media luna formadas las dos Armadas, al son de clarines y de cajas se embistieron, dando al aire tanta inmensidad de balas, y tanto abismo de humo, que este del sol la luz clara llegó a ocultar en sus nieblas: y al estruendo que formaban los áspides de metal, las once esferas sagradas se estremecieron, al mundo previniendo ruina infausta. Trescientos mil Turcos fueron de la siempre airada parca tristes despojos; las más Naves suyas maltratadas, en laberintos de espuma hallaron tumba salada. Quince mil Cautivos; que al remo vogando estaban, lograron aqueste día la libertad deseada. Solo yo fui el desdichado, pues viendo a la Capitana de Malta, que a la de Argel casi rendida se hallaba, pues solo tres Caballeros con vida en ella quedaban, a la de Argel embistió mi Nave, y que iba mandada por el grande Juan Audrea, Marino rayo de Italia. A abordar, en fin, llegamos, y con cólera bizarra a la Galera Morisca Salté, donde fue mi espada rayo, que contra sus vidas sangriento incendio abortaba. Dividió sañudo el mar las Naves, por cuya causa no pudieron mis Soldados seguirme (pena tirana!) y así cubierto de heridas desde la frente a la planta, a Cautivo, de triunfante pasé en tan breve distancia. Solo esta Nave logró (en la sangrienta batalla) escaparse; y así, a Argel Esclavo fui (pena rara!) en donde después de muchos días, miré la extremada beldad de Zoraida hermosa esa Mora gallarda) ja de Alí Águimorato, que fue Alcaide de la Pata, empleo, que es entre Moros el de más honor y fama. Apenas la vi, rendido quedé con vida y con alma. Solicitaba ocasiones de poder lograr mirarla; en verla hallaba mi alivio, y en verla mi pena hallaba, pues su hermosura en mi pecho varios efectos causaba, que lo hermoso con lo honesta, con lo grave lo bizarra, helaba cuanto encendia, y encendia cuanto helaba. En fin, un día (ay de mí!) conseguí llegar a hablarla; dila a entender temeroso cuan de veras la adoraba; escuchó afable mis quejas, eyó piadosa mis ansias, y finalmente me dijo, que una Cautiva Cristiana que hubo en su casa, y la había servido en su tierna infancia, la aconsejó que siguiese la se católica y santa: que ser Cristiana quería; pero que el medio no hallaba de poderlo conseguir; que si yo alguno encontraba, y ayudarla resolvia, que rasí que llégase a España sería mi esposa, y que pues pocas veces o raras podríamos conseguir el llegar a hablarnos, para tratar de estas cosas, que por un balcón de su casa de noche por una cuerda recibiría mis cartas, y las suyas me daría. Con dicha tan no esperada empecé mi amante empresa, coronado de esperanzas; continuando tan feliz, que día no se pasaba sin que en mis manos tuviese de las suyas una carta. Repetía muchas veces los conceptos que expresaba, y de lágrimas gozosas sus caracteres bañaba, que tantas eran, que algunas veces las letras borraban; mas para poder leerlas nunca a mí me hacían falta, pues como en el corazón todas impresas quedaban, cuando llegaba a leer donde borradas estaban, en mi corazón leía las que en el papel faltaban. En fin, con gran cantidad de dinero, que bizarra ella me dio, a un Renegado (que al Gremio volver deseaba de nuestra Madre la Iglesia) le hice una barca comprara en nombre suyo, y citando hasta unos diez camaradas míos, la noche elegida dejó su casa Zoraida: llegamos al puesto, y todos entrando a un tiempo en la barca, maniatamos a los pocos Moros que en ella se hallab y haciéndonos, a iento y mar nos dieron alas para volar, pues a pocos días, ya las deseadas Costas de España llegamos a descubrir, mas la airada fortuna hizo aquella noche que un bajel nos encontrara de Franceses: dijonos el Renegados, no hablara ninguno, que eran Corsarios; y así, aunque ellos preguntaban que quienes eramos, nadie quiso responder palabra; pero soltando furiosos dos balas encadenadas, nuestro árbol mayor troncharon, y abierta la infeliz barca, a fondo hubieramos ido, si a nuestros ruegos no echaran su esquife, en el cual a todos a su navio nos pasan. Despojaronnos de cuantos dineros, joyas y alhajas Zoraida y el Renegado traían, luego su saña a todos en una vela arrojarnos al mar trata; mas mudando parecer, nos dieron, en fin, su lancha para, proseguir en ella nuestro viaje hasta España, y a mi esposa dio el Patrón cuarenta escudos en plata. A la Costa, en fin, llegamos de la grande Velez Málaga, en donde desembarcamos, y dimos al cielo gracias. Allí tomó cada uno su rumbo, y yo con mi amada esposa, voy a ver la siempre sañuda parca, de mi amado viejo padre reserva la vida anciana. Esta es mi historia, esta es mí felicidad y desgracia, y estas son todas mis dichas, porque ya con mi adorada esposa, aún las desventuras pasan de venturas plaza. Cómo vuestro nombre es? que no será cosa extraña os conozca, pues también de las Leonesas Montañas soy. Mi nombre es Don Antonio Viedma. Hermano del alma? dame mil veces los brazos, que ya muerto te lloraba mi cariño. Don Juan soy tu hermano. Tan no pensada . dicha sin acción me deja. Los brazos también, hermana me dad. Y el alma con ellos. Clara, a tus tíos abraza. Yo la enhorabuena a mí me doy de dicha tan alta. La ventura solamente mía es, hermosa Clara. . Ay, señor, acuda presto a estorbar una desgracia a mi amo, que dos hombres le están dando tan gran carda, que creo que han de matarle, según de recio le cascan. Por ahora no ha lugar vuestra pretensión, madama, porque no puedo meterme en ninguna de esas danzas, si para ello la Princesa licencia no me da grata: más decidle a vuestro amo se entretenga en la batalla lo mejor que pueda, en tanto que la tal licencia alcanzan mis ruegos de la Princesa. De esa forma, cuando vaya ya estará en el otro mundo. Eso importa poco o nada, pues como la tal licencia llegue yo a tener, es clara cosa, que del otro mundo sabrá sacarle mi espada, si el mundo, demonio y carne embarazarlo intentaran; y cuando no, sabré daros tan furibunda venganza, que quedéis, por vida mía, señora, mas que mediana mente satisfecha. Lleve el diablo, loco, tu alma: que en cosa que tanto importa se esté con esta cachaza Fermosa Princesa, ya de esta doncella (sentada la verdad esté en su lugar) habréis oído la demanda: y así os pido. La licencia os doy. Digo, una palabra: . haced que toquen a muerto en la Iglesia más cercana, . Vamos todos detrás de él, a ver en lo que esto para. Jesús, qué diablo de loco! mas aquí viene el panarra de su Criado. Quiero, pues, componer aquesta albarda, ya que no hay nada que hacer. Oh mi señor Sancho Panza! Oh mi Maritornes! cuanto . va que el demonio me agarra con esta mujer? porque sus dos ojillos traspasan un corazón, aunque encima cuarenta coletos traiga. De qué estás tan macilento? Es que ahora pensando estaba en que tus ojos. Son negros. Sonlo, y pican. Almaradas. En el corazón. Puñales. Causando un incendio. Agua. Que acá en el pecho. Postemas. Una picazón da. Sarna. Que rabia porque la rasquen, y cuando la rascan rabia. Pues rásquese con un canto, verá como se le pasa. . Si yo hubiera consentido, bravo chascho mo llevaba! Mas vamos a lo que importa, se es darle cuatro puntadas a mi albarda, porque de ellas tiene necesidad harta. El famoso. Don Quíjote, y Dulcínea del Toboso, causan a la Mancha glorias, y al mundo mil alborotos. Viva la Mancha, viva, que criar sabe Mancheguillos, que al mundo temblar le hacen. Vaya y más vaya, dale y más dale, que esta es la Mancheguilla tonada andante. Viveños, que es el Barbero de la refriega pasada! Ah compadre: mas qué veo? Vive Dios, que esta es mi albarda, y este el pícaro ladrón que me la hurtó! ah perro, daca mi albarda. Cómo es aqueso de daca, perro y albarda? él es el albarda, el perro, el daca, el toma, y el vaya. Suelta la albarda, o si no los hocicos a puñadas te deshago. Yo sabré a él deshacerle las barbas. Pues tómate esa. . Pues toma esotra. En, qué algazara es esta? Que este bergante la albarda que en la batalla vuestra merced le ganó, quiere quitarme. Ello es clara cosa, que yo a este buen hombre, en guerra buena y honrada, le gané aquese jaez, que en su caballo llevaba, y el gran yelmo de Mambrino, que Sancho en la alforja guarda. Qué jaez, ni qué caballo, ni qué yelmo, ni qué haca? Yo, señores, en mi burro a mi Aldea caminaba un día, y porque llovia, en la cabeza llevaba la bacia (que en mi pueblo Soy el Barbero, a Dios gracias) encontré, pues, a este hombre (que creo es, según su traza, el que llaman Don Quíjote) y sin decirle yo nada, con el lanzón enristrado me embistió con furia tanta, que dejé burro y bacía, y arranqué a huir de su saña; el pícaro del Criado me hurtó bacía y albarda; he hallado aquí a él y a ella ahora, y quiero cobrarla. Hermano yo no me meto en que albarda, esa alhaja sea; mas en lo yelmo entendéis poco de armas, que él es yelmo, y de Mambrino; por aquestas cruces santas; porque se vea, Sancho, ve, y aquí al punto le saca. Par Dios, si vuestra merced no hace otra mejor probanza, perdido el pleito tenemos desde ahora, porque esa es mala, pues ella es bacia, como mi madre mujer. Qué aguardas? Traele, y estos señores dirán lo que en ello haya. . . Vive Dios, que harán que un se dé de calabazadas, (hombre queriendo contradecir lo que es más claro que el agua! Aquí está. Vean ustedes aquí ahora, con qué cara dirá este hombre, que no es yelmo este? Ay tal matraca! pues no se ve que es bacia? Señores, la verdad valga: yo también Barbero soy, y ha veinte años que carta tengo de examen, y fui Soldado en mi edad pasada, y así entiendo de herramientas de Barbería y de Armas; y que no es, digo, tansolo bacía esta, mas le falta para serlo más que a mí me falta para se Papa: y también digo, no es este yelmo entero, a causa de faltarle vabera. Eso es vierto. Oh cataratas tengo en los ojos, o están . borrachos los que esto hablan. Si ese es yelmo, y no bacia, como usted afirma, basta que debe de ser jaez la albarda? En eso mi baza saco; albarda me parece; mas son tales, y tan raras las cosas de este Castillo, que el vino se vuelve agua. Y qué Venta es en la que aqueso mismo no pasa? Y así, estos señores digan si es albarda o no es albarda. Yo los votos tomaré en secreto a todos. Vaya. La albarda en jáez me vuelven, como en Navidad es Pascua. 1. Oyes me parece que, si las señas no me engañan, este hombre es contra quien mandamiento traemos para prenderlo, porque soltó a los reos que llevaban a las Galeras. 2. Pues mira el mandamiento, despacha. El caso es, buen hombre, que todos a una voz declaran conformes que este es jaez, y no albarda. Quién tal habla estará hecho una uba, que es, voto a Dios, tan albarda como el padre que me hizo. 2. . Él es, favor a la santa me. Hermandad, contra este jufa e es lo que hacéis, halla? Apartaos: qué es aquesto? Este papel lo declara: Aqueste hombre a unos presos, que su Majestad enviaba a Galeras, con violencia puso en liberta, y la santa Hermandad manda prenderle; no sotros, como estas varas muestran, somos Cuadrilleros, y orden traemos firmada de prenderle. Pues borrachos, gente vil, ruin y malvada, no Cuadrilleros, ladrones en cuadrilla, sí, panarras; Salteadores de caminos con licencia de la santa Hermandad: quién el vergante, insolente, papanatas, fue, que firmó mandamiento de prisión contra la hidalga persona de un Caballero Andante? quién? quién no alcanza a saber, que ningún Juez tiene jurisdicción para prenderlos; y finalmente, en África, Europa y Asia hay, ni habrá habido, ni habrá (entre todos los que haya) Caballero Andante, que con muy líndísima gracia, a trescientos Cuadrilleros no sepa dar, si se enfada, trescientos palos bien dados, como aquel que no hace nada? 1. Eso ahora lo veremos: venid preso. Camaradas, ved que estoy yo de por medio. 1. Aunque el mundo lo estor- ha de ir preso. (var Con efecto, que mis súplicas no bastan? 1. Aquí súplicas no sirven, ni palabras. Si palabras no bastasen, bastarán::- 1. Qué han de bastar? Cuchilladas, voto a Dios, que ya la poca::- Ya se ha empezado esta danza. Paciencia que tengo::- Aprieta. Se acabó. Ay, que se matan! A ellos, cuerpo de Cristo, que aquí está mi cimitarra. Mueran, Don Antonio, todos. A tu lado está mi espada. Caballeros, reprimid unos y otros la saña, supuesto que todo puede sin desazón ni desgracia componerse. . De qué forma? De aquesta: ya veis la rara locura de aqueste hombre; y así os pido que en la instancia no prosigáis de querer prenderle. En todo postrada nuestra obediencia tenéis. Yo os doy las debidas gracias. Pues yo a vos os pagaré lo que la bacía, y alga y la albarda, si quedáis contento. De buena gana. Dígame usted, seor Maesé, a cómo estamos de albarda? Con ella, Sancho, te quedas. Sí? pues voy a remendarla. . Vamos adentro nosotros. . Vamos, pues. . Si no ajustara el Padre Cura las paces, ninguno vivo quedaba.

JORNADA TERCERA

ERCERA NADA Qué es lo que me quieres, hombre, que me andas con que en secreto tienes que hablarme? de qué estás triste y macilento? qué quieres, pues, y qué tienes? ̱. Qué he de tener, si en un cre- volaron las esperanzas (do que tenía de que presto llegaría a ser Virrey, o de una Ínsula a lo menos Gobernador? Pues qué hay? ̱. Qué ha de haber? Dilo, camueso. ̱. Mal haya, amén, mi fortuna. Acaba ya, majadero; rabiabas porque te oyera, y ahora que te escucho, quedo te estás vomita, animal, pues ya te meto los dedos. Es el caso. Dilo, pues. Que a mí me suceda esto! Qué va que a palos te hago. que desembuches el cuento? Qué cuento ni Satanas, si es un cuento todo ello? porque el Gigante que has de matar, es un enredo; el tal Reino es un demonio que me lleve; el hechicero del Rey padre es Bercebú; y la Reina es en efecto la puta que me parió, y aquesto es todo lo cierto. Supongo que tú has bebido, y el vino aquestos enredos te hace fraguar en la colla. Qué vino, ni qué embeleco? si no lo quieres creer, ven, y con tus ojos mismos verás, como la tal Reina Micómicona se ha vuelto en una Dama, que se llama, si mal no me acuerdo, Dorotea, y el Gigante en un señor Caballero, que fue el que el tuerto le hizo, y ya le ha deshecho el tuerto. Mira, hombre, bien podrá ser que sea todo eso como dices; mas aunque ello sea así, no es cierto, porque ya tenemos visto, que todo es encantamentos este diablo de Castillo. Ya viste como en dos cueros de vino se volvió el Gigante que había muerto; de una ventana colgado esta noche me tuvieron; y la otra vez que estuvimos aquí, ya viste tú mismo los diabólicos encantos que a los dos nos sucedieron. Que fuese encanto lo de vuestra merced, no me meto; mas que fue encanto lo que a mí me sucedió, niego; pues real y verdadera mente fue el manteamiento que me dieron; por más señas, que el uno de los que asieron la manta, fue ese maldito endemoniado Ventero, que con más risa que fuerza me hacía andar por el viento: y aquello en donde se llega a conocer los sujetos, mas es muy mala ventura, señor, que no encantamento. Ello, en fin, yo quiero ir a ver de esa Reina y Reino la transformación que dices; y si es así, yo te ofrezco hacer una, que los diablos den a si el tal embeleco. . Cuando querrá Dios sacarme de ser andante Escudero! . Hasta aquí, de ti, fortuna, se quejó mi triste suerte, pues nunca consiguió verte compasiva vez alguna: cruel, fiera e importuna fue conmigo tu influencia; me diste con mi paciencia de tus rigores el ceño, he hiciste, sañuda, empeño de vencer mi resistencia. Hasta aquí contra mi vida, hado iracundo y severo, de tus rigores lo fiero ostentaste sin medida: una y otra cruel herida de ausencia, sustos y enojos fueron: míseros despojos de mi amor, y en triste calma los sentimientos del alma exhalaba por los ojos. Mas al fin, como deidad, de mí te has compadecido, y tu piedad tanta ha sido, como fue tu crueldad: mal digo, que tu impiedad nunca fue tan superior, que haya igualado al favor que he recibido de ti, pues ya ni aún tú puedes (si) hacer mi dicha mayor. Mas cuando ningún consuelo posible a mi mal hacía, hallé en ti la dicha mía, si en ti hallé mi desconsuelo: intentaste con desvelo (en pesares rigurosos, y en bienes maravillosos) al mundo dar a entender, que tienes poder de hacer desdichados y dichosos. Pues. mas, esposa querida? Adorado dueño mío? Vida del aliento mío? Del aliento mío vida? Pues ya la cruel, reñida suerte, de sus fieros lazos nos soltó. Pues ya los plazos se cumplieron del tormento. 2. Hallen(mi, gozo y mi alie segunda vida en tus brazos. Gracias doy de lo indignada. Yo gracias doy de lo impío. A mi suerte. Al hado mío. Pues su cólera irritada. Pues su saña siempre airada. Hace creer más superior. Hace parecer mayor. 2. (Al llegar piadosa a ser) La dicha. El gozo. El placer. 2. La felicida, el favor. Ya que es tiempo, me parece, esposo, de que el viaje nuestro disponer tratemos. Cuando tú esposa, gustares sea; y Lucinda y Cardenio, puesto que al mismo paraje su rumbo es podrán venir con nosotros, si gustaren. Mal a tan crecida dicha puedo llegar a excusarme. Yo es fuerza aquí la noticia espere de lo que el padre de Don Luis resuelve. Vos el mejor medio encontrastéis que pudiera discurrirse para caso semejante. De qué gusto, Padre Cura, da vuestro rostro señales? Es, señor, para nosotros el mayor que puede darse. Pues todos interesados en vuestras felicidades somos, sepamos cual es está, porque os acompañen en ella nuestros afectos. Es, pues, que nuestros afanes de reducir a la Aldea nuestro Caballero Andante el medio ya han encontrado, pues en este propio instante un carro, que por la Venta pasaba, logré ajustarle, a fin de que con nosotros hasta nuestra Aldea marche, conduciendo en él a Don Quíjote, con la admirable invención que he fabricado. Aquesta es, pues. mas él sale. Señor Don Quíjote, qué causa bestir ese traje os hace, cuando el Castillo todo en mansa quietud yace? Señor y valedor mío, ved, que recelar me hace el veros de aquesa forma, que algún grande riesgo. A nadie dé susto el verme adornado de estos arreos marciales, que saben causar pavor a vestiglos y gigantes; y vos, señora, un ratito atentamente escuchadme. Yo, alta y fermosa señora, te he tenido en este instar noticia (pues mi Escudero de todo llegó a informarme) de como vuestra grandeza ha llegado a aniquilarse tanto, que de gran Princesa, y dueña de Imperios grandes, a una particular Dama reducida estáis; no me hace esto admiración ninguna, pues transformaciones tales como estas, y mucho más exquisitas y admirables han sucedido, pues cierto es, que hay siempre Nigromantes, que unos persiguen furiosos, y otros amparan afables las empresas y personas de Caballeros Andantes; y así extraño no será, que alguno de los fatales Mágicos que me persiguen hoy vuestra persona grande mude, y deshaga su ser, porque mi valor triunfante no llegue a lograr el lauro de esta aventura admirable. Mas si esto ha sido por orden del tal Nígromante padre vuestro por juzgar no es mi invicto valor bastante para lograr esta empresa, hendiendo las formidables, y desaforadas fuerzas del descomunal Gigante, que vuestro Reino os usurpa; digo, que poco de achaques supo de Caballerías; y que por más que estudiase, ni de la Misa a la media, ni cuantas son cinco sabe, porque si hubiera leido tan atento y vigilante como yo los tales libros proezas singulares de Cabaleros, supiera, como otros, de mil quilates menos de valor y fama delaque en mí llega a hallarse, hicieron cosas mayores. Y así, si este extravagante metamórfose os ha hecho, por lo que he dicho, que darle no tenéis crédito alguno. y haced deshacerle trate; porque sino, juro a Cristo, (y juro al cielo radiante de la sin par Dulcínea, alma de este pecho amante) que a vuestro padre, y al Reino, al Castillo, y al Gigante, (y al demonio que los lleve) los arroje mi coraje mas allá de más acá; porque en llegando estos lances al padre que me parió le daría con un diantre. Vuestro Escudero, señor, llegó muy mucho a engañarse en lo que os dijo; porque aunque una mudanza grande ha habido en mí, que mil dichas ha llegado a franquearme, y tan grandes, que aún mi gozo a explicarlas no es bastante, con ser mi gozo tan sumo; soy la misma que fui antes, y en la determinación aún persevero constante, de que me ampare el valor de ese brazo incontrastable, que es ázote de massines, y asombro de las edades. Por tanto, vuestra bondad vuelva la honra a mi padre, llegando a tenerle por el más sabio Nigromante de todos, pues su gran ciencia hallar y profetizarme supo, que vuestro valor podía solo restaurarme mi perdido Reino, hallando camino tan fijo y fácil de hacerme dichosa, y borrar mis adversidades: y es tan cierto, que a no ser por vos, creo que a mirarme no llegara en las delicias y venturas apreciables que me veo, como pueden decir los que están delante; y ahora, señor, lo que resta es, el que nuestro viaje mañana continuemos, pues hoy ya veis que no es fácil, que lo demás del suceso (que yo espere favorable) lo dejo de vuestro brazo al valor inimitable. Ven acá, truan, belitre, tacaño, embustero, infame, insolente, vagamundo, enredador, badulaque, chismoso, hablador, bellaco, rmín, infacundo y vergante, no me dijistes ahora, que era un enredo el Gigante, que el Reino era un gran demonio, y la pura de tu madre la Reina? con otros mil insolentes disparates, que me dieron la mayor confusión, que hasta ahora nadie llegó a tener en el mundo? Vive Dios, que estoy por darte tal untura, que te deje más reluciente que un jaspe. Yo la doy por recibida: mas en aqueste paraje oí y vi lo que a usté dije; y no me hagan que hable, porque diré, juro a Dios, (si llegan un poco a hurgarme) otras cosillas que he visto. Qué has de haber visto tú, enjam- (bre de malicias y de enredos? de mentiras almanaque, filo de bellaquerías, tesorero de maldades, publicador de Sandeces, quitáteme de delante, o yo me habré de quitar, por no llegar a matarte, pues ya tus qué sé yo qué me tienen hecho un vinagre. . Ello como la tal Reina tan Reina este como antes estaba, yo desde luego estos baldones y ultrajes doy por muy bien empleados, pues por llegar a mirarse un hombre Gobernador, mucho más puede pasarse. . Rara locura de hombre! Que no pueda yo al vergante del Escudero, lograr algún chas quillo pegarle! Pues volviendo a proseguir lo mismo que empecé antes a contar, digo, que el medio que encuentro para llevarle a nuestra Aldea (y el que me parece que es más fácil, y más cuando el fingimiento empezado ya no es dable continuar, pues habiendo juntado la estrella afable a Don Fernando, y a mí sa Dorotea, de semblante mudaron todas las cosas) es, el que (pues carruaje tenemos, gracias al Cielo, ya en donde poder llevarle) luego que lleguen al sueño sus sentidos a postrarse, en una jaula que tiene el Ventero (y yo comprarle detérmino, le metamos, y disfrazados en trajes diversos, le acompañemos todos, hasta colocarle en el carro; pues no hay duda (que como de esos dislates de los malévolos libros de Caballerias, trae el juicio tan poseido) ha de llegar a juzgarse encantado, por lo cual (tengo por muy indudable) no ha de intentar cosa alguna practicar para escaparse. El medio creo que sea el mejor que pueda hallarse. Yo, que es el más acertado juzgo. Del propio dictamen soy. Pues manos a la obra, y cuanto sea tocante al caso tener dispuesto, para al punto que llegare a dormirse, sin perder tiempo, ejecutar el lance. Vamos, que la hora no veo de salir de estas andantes aventuras, tras de un loco, que serlo a todos nos hace. Conque, amiga, lo de ser Reina, ya llegó a acabarse? Todo lo que es apariencia es fuerza en breve se acabe. Yo también en este encanto quiero ir a tener parte, porque hechizo, y sin mujeres, no puede hacerse ni darse, pues ninguno hallará hechizo, como en ellas no se halle. Qué largo parece el tiempo, qué dilatados los días a aquel que algo espera, y más cuando espera alguna dicha! Hoy el Criado partió de Don Luis, a dar noticia a su padre de la grande felice fortuna mía; y con no haber aún llegado (ay de mí!) a cumplirse el día, ya me parece que tarda: más hacia aquí se encamina el que es vida de mi muerte, Siendo muerte de mi vida. Adorado dueño mío? bien que tu rara divina hermosura había dado nuevo ser y vida al día, mostraron festivamente con demostraciones finas, el sol, el aire y el prado, los arroyos y avecillas; con flores, trinos y S, con susurros y con risa. A no haber visto en tu amor de ser cierto señas fijas, el verte tan lisonjero hacerme temer haría, que doraba lo elocuente lo falso de las caricias. No dudo, que comunmente es opinión recibida, que sentir muy bien no sabe aquel que muy bien se explica; mas los que esta regla siguen, mucho de lo cierto distan, pues cuando expresiones muchas al labio el corazón dicta, (sean de quejas o de halagos) que hay mucho en él acredita de aquel afecto que expresa; y al contrario, el que con tibias razones a entender da, ya enojos, o ya caricias, o muy poco siente, o nada; pues cuando hay causa que irrita el afecto, es fuerza sean muchas, y muy repetidas las voces, que es el alivio que halla el mal en su fatiga: estas el dolor las forma, aunque el labio las explica; y por esta causa son muchas, y muy expresivas. Nunca puede expresar tanto (por más que muy bien lo finja) El que sin lesión se halla, como el que tiene la herida: aquel tiene que estudiar lo que fingir determina, y así habla poco, porque mucho tiempo necesita. A este, como su dolor está buscando salida por donde expeler sus penas, (por ver si así las alivia) siempre le queda que hablar por infinito que diga. Yo contra aquese argumento digo, mas no determina decir ya nada mi voz, pues si no miente la vista, Don Quíjote hacia esta parte. viene: a Dios, pues. Él tu vida edades eternas guarde. Luis, con Pues señor Do tanta, dónde vais? A ver si consigo las fatigas del esperar, divertir de ese prado en las delicias: quedad con Dios. El mozuelo revienta de hipocondría amorosa: mas qué mucho, si a mí mi dulce enemiga Dulcínea me hace que tenga la enfermedad misma? más descansemos un rato, que mi persona rendida está, y mañana, si Dios nos lo permite, es el día de marchar en busca de esa bestiaza maligna del descomunal Gigante. Hágote mi colchón, silla. Desde aquí ocultas podemos (sin llegar a ser sentidas) verlo todo. Quién serán estas visiones malditas, que sin saber el por donde vinieron, esta visita nos hacen? Ahora, porque no consiga destruida dejar toda nuestra traza, si es que acaso determina resistirse en despertando, atarle es cosa precisa las manos. . Pues así sea. Qué es aquesto? prisióncica? eso, no, juro a Cristo, mientras yo tenga boquita con que dar voces. Señor, señor Don Quíjote, aprisa dispierte, porque prenderle intentan. Qué vocería es esta? pero qué veo? Yo atado, Virgen bendita, y cercado de fantasmás? Sin duda que la enemiga escuadra de encantadores, que persiguen con persidia mis valerosas fazañas, encantarme determinan, porque mi inaudito esfuerzo no llegue a lograr dar sima a la espantable aventura del Gigante (oh suerte impía!) ello no hay sino es tener paciencia, que valentías con demonios, es lo propio que a una tarasca echar guindas. Ira de Dios, y lo que hacia esta parte camina! Toma, si llueven demonios. El encanto es niñería. El gran Paladín que hoy resucita la Orden insigne de Caballería, a la Mancha dando gloria esclarecida, venza, rinda, postre, triunfe, reine y viva. Qué es esto? elogios me cantan, cuando ellos me martirizan, atándome, y estorbando triunfos a la espada mía? 1. Ocupe tu persona esta encantada jaula, que al Micomicón Reino de llevarte se encarga. 2. Pierde cuantos recelos finja tu fantasía, mientras dicen alegres nuestras voces unidas. Que a la Mancha dando gloria esclarecida, venzas, rindas, postres, triunfes, reines, vivas. Qué es aquesto? yo enjaulado? mas si a costa de esta cuita he de lograr acabar la aventura peregrina del Gigante, soy contento Ay, amo del alma mía, que preso vas, y te dan con el Gigante papilla! Paladín Manchego invicto, flor de la Caballería Andante, cuyo valor hoy su Orden resucita: Ni susto ni pesadumbre te dé el mirar que tu invieta persona en aquesa jaula vaya, como va, metida; pues yo, que el gran Lirgandeo soy, Encantador, que cuida de tu persona y empresas, con mi gran ciencia inaudita, así lo ordeno: porque la sabia Mentironina (que del furioso Gigante los negocios apadrina) de aquí a dos días cabales encantarte pretendía, porque ir no pudieses a destruir a quien patrocina, y encantándote yo antes, le quito el que lo consiga; y en menos tiempo que adonde el Gigante está podrías tú llegar, conseguirán ponerte las ciencias mías dentro de esa propia jaula; cuanto a mi amor debes, mira. Y tú, Escudero el más noble que tuvo espada en la cinta, barbas en rostro, y olfato en las nárices, camina siguiendo fiel a tu amo; que yo la Ínsula misma que él te ofreció, te prometo, por premio de tus fatigas. Yo, sapiente Lirgandeo, te doy las gracias debidas por el favor que me haces, que encantado ya creía que iba por mis enemigos. Yo también gracias cumplidas le doy a usted, señor Don Granjéreo, por la Insula, que par Dios, y en mi conciencia que la creí ya perdida. De lo que os ofrezco en nada habrá la falta más chica. Logrose ya nuestro intento. . Señor Don Juan, dadme albricias. Yo las mando: mas de qué? Aquesta carta lo diga de mi amo, que tres leguas de aquí le hallé, que venía siguiendo al señor Don Luis. Yo a saber esta noticia (como el más interesado) llego. A nosotras la misma curiosidad nos arrastra. Pues oíd todos mis dichas: Aquí dice entra gustoso en la unión que determina hacer su hijo con mi Clara, y que hoy por todo e esta Venta llegara. Esto en la carta me avisa; y pues apenas mañana Luis y Clara, en compañía de su padre quedarán, cuando la jornada mía volveré a continuar, a todos mi amor suplica me acompañéis a este gusto. Yo sumo celebraría hallarme en él, mas ya veis no me es posible. No os insta mas mi afecto, pues es justa la disculpa. A mí la misma me valga también, señor. Pues yo y mi esposa Lucinda. Yo también con Dorotea. 2. En esta justa alegría a acompañaros quedamos. Pues en tanto, Clara, hija, a Don Luis le da la mano. Si doy con alma y con vida. Feliz mi amor, que logró el triunfo que pretendía. De mí, Don Luis, recibid la enhorabuena. Y tú, prima, de mí la admite. Mi afecto la aprecia. Mi amor la estima. Conque hay mañana en mi Venta boda? Así fuera la mía. Pues ahora digan acordes dulces cláusulas festivas, de mi ahijado celebrando la persona y valentía. Todos diremos también al compás de su armonía. Ea, Sancho, sígueme. Señores, hasta la vista. El gran Paladín, que hoy resucita la Orden insigne de Caballería, a la Mancha dando gloria esclarecida, venza, rinda, postre, triunfe, reine y viva. BIBLIOTECA DE CATALURVA ll oorodogge gle