Texto digital de El alcázar del secreto
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Antonio de Solís y Rivadeneyra
- Atribución estilometría
- Antonio de Solís y Rivadeneyra Segura
- Género
- Comedia
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción de un impreso contenido en la BVMC, corregido posteriormente.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El alcázar del secreto. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/alcazar-del-secreto-el.

EL ALCÁZAR DEL SECRETO
JORNADA PRIMERA
Amor, donde irá el deseo, que no se encuentre contigo; si huyendo de ti, parece, que te busca el albedrío? Sacerdotisa admirable de Venus, a cuya voz, pierde el aire lo veloz, pierde la tierra lo estable, deja de cantar, y atiende a una infeliz mujer; que cuando te ha menester, se apresura, y se suspende. Donde estará el pensamiento, seguro de tus delirios; si él huyó de la memoria, es desviar el olvido? Cubriendo el rostro de un velo, y de otro la voz, me asombras, la atención con menos sombras, si es ceguedad mi desvelo. Quién te ha de vencer, si saben fabricar tus desvaríos una libertad postrada, de un afecto resistido? Si desfallezco en la lucha de otras pasiones mortales, que tienen que ver mis males con esa pasión? Escucha: me conoces? Sabia Alcina, a qué región me ha arrojado el mar? . No tengas cuidado, que hacia tu dicha camina, ese que juzgas retiro de tu fortuna. Sabrás, que mi destino. Dirás, que tu padre el Rey de Epiro, porque saber deseó, si tu hermano Sigismundo yace en el seno profundo del mar, donde se arrojó: consulto la soberana voz de Tetis, cuyo Altar sitia, y reverencia el mar, en una isleta cercana. Que el sacrificio acabado, apenas pusiste el pie. en el bajel, cuando fue de un bracán arrojado a estas peñas, tan violento, que ni allí pudo ampararte tu gente, ni tu acordarte de tu mismo desaliento. Cómo desde aquí, saber mis sucesos has podido? Porque soy quien te ha traído donde tú me has menester. Cómo, pues eso es así, te oigo canciones de amor, que no hacen a mi dolor, y se te llevan tras sí? Qué te respondió la Diosa en su oráculo fiel? Huye de amor, que con él, huyendo serás dichosa. Pues si has de encontrar huyendo las dichas de amor, advierte, si para explicar tu suerte erraba mi voz, diciendo. Amor, donde irá el deseo, que no se encuentre contigo, si huyendo de ti, parece, que te busca el albedrío? Dime, de quien he de huir, y de quien me he de amparar, que otra vez me haces dudar, lo que me quieres decir? Ignora tu voluntad las leyes de amor? . No sé, que libre, o cautiva esté. Recorre tú libertad. Cuando estuviste en Epiro aplaudida por tu ciencia, me hablaste de la influencia de mi estrella en el retiro de un jardín, y me enseñaste los Príncipes, en que hablaba. Mi padre, que deseaba casarme, cuando llegaste, de un espejo, en el cristal, diversas regiones vi. Y entre todos los que allí fingió el sentido neutral, solo al Príncipe de Creta, Rugero, dejó formado, de un sentido sobornado, una memoria inquieta: mas si no le he visto más, ni aquello pienso que fue verle: como pensaré, que hablando de él estás? Sepa yo, amiga, de ti, de quien he de huir, y quien ha de ampararme también. Válgame el cielo! Ay de mí! Ya por mí te han respondido sus voces. . Qué es esto cielos! Aplica al rostro ese velo, y verás lo que has oído, , dónde te hallaré después? , . Junto a aquella fuente clara , , me hallarás déjame un rato, , , el corazón con el llanto, : , que es respiración del alma. , ; . . Esta gana de llorar, Vuelve a cerrar esa gruta, que ya de lo que intentaba mi ceguedad, se ha vengado mi razón. Ya está cerrada: y la estatua, cayó nincho movible el secreto guarda, finge también el silencio, que aún con el silencio engaña. Pero quien puede entenderte, cuando Rugero te aguarda, junto a la segunda boca de esta gruta, y tú le llamas, para decirle el peligro en que está su vida? . Calla, que me aconsejas lo mismo, que el amor, y tus palabras suenan bien hacia el afecto, y hacia el decoro amenazan. Qué Rujero es este? Ya te dio cuidado, oye, y calla. Vete, y déjame fortuna: yo presa? yo amenazada de mi propio padre? yo enemiga de mi patria? y yo, lo que es más que todo, al amor; pero no salgan del pecho razones, que no merecen ser palabras: haz que avisen a Rugero, que no he de salir. . Aguarda; que quiero ver si descansa es la peor de las ganas. Esta es quien ha de ampararte. Y aquel Rugero, en que hablaba, es el Príncipe de Creta? Luego lo verás, aguarda, sabrás de quien has de huir: qué es lo que ahora te falta? Dónde vais hondas feroces? de esta se estrella el vatel con las peñas; qué cruel batacazo!. . No des voces, que ya me irrita tu miedo. Déjame quejar si quiera; no te basta que me muera, sino que me muera quedo? Luchando allí con el mar, una mísera barquilla, anda buscando la orilla, y ella no se deja hallar: dos hombres son, que dolor! cielos, su esfuerzo alentad. Válgame el cielo! Has caído? que torpemente has saltado. Nunca me he descalabrado, que más lo haya agradecido. A qué región Extranjera nos habrá arrojado el mar? Aunque la abracé al llegar, no es mi conocida. . Espera: no es este Rugero? . Sí: oye, y calla. . Cuándo amor ha de encontrar mi fervor tu hermoso origen? . Ahí te tienes tu desatino: que ande como una veleta todo un Príncipe de Creta? derrotado, y peregrino, por solo una retratada, que quién es no se ha sabido, ni si en la copla ha salido hermosa de mal pintada, cuando hay Pintor liberal, que aunque fea le den, parece el retrato bien de puro parecer mal. Yo he de morir, o saber quién me ha muerto: pero aguarda, que hacia allí he visto dos ninfas ocultarse entre las ramas: lleguemos. Yo haré una apuesta, que les da con su demanda. Todo esto importa al amor de Segismundo, y Diana. Ninfas hermosas, decidme si acaso. Y sin saludarlas? Conocéis de este retrato (que en el Templo de Diana llegó a mis manos) el bello original? Bien se traza lo que ha dispuesto mi ciencia: enseñad. belleza rara! el mismo retrato es, que yo remití a la Sabia Felicia, porque este afecto sirve a lo que Venus manda? llega, amiga, le conoces? Espera: el cielo me valga! este no es retrato mío: confusa estoy, y asombrada; qué es esto? Darte a entender, si a propósito cantaba: toma el retrato, y el velo me vuelve. . Detente. Aparta, que he menester tu hermosura para otra mayor hazaña. Caballero, de esta suerte satisfago a vuestras ansias: y tú, mira como cumples con lo que el cielo te manda. Válgame el cielo, qué miro? Todo el corazón me falta. Ella es la misma, o los ojos, como unas niñas se engañan, Bella Deidad, qué supiste, desde una Deidad sin alma; enseñar a un albedrío, una ciencia, que ignoraba: no esperado bien, que al mismo dejarte hallar de mis ansias, por corregir el deseo, vienes contra la esperanza: quién eres? . Yo, Caballero, vuestro afecto (estoy turbada!) tiene al cielo contra sí. Al cielo? Sí: pues me manda huir de vuestras lisonjas. Luego sabes? No sé nada: que afectos que no se entienden, siempre se ignoran, Aguarda; dónde vas? . A obedecer al cielo, que en tus palabras, parece que mi atención, de su mano se dejaba: Alcina, espera. Detente prodigio hermoso. Cansarla es mejor, que persuadirla. Sígueme Turpín, que el alma he de perder, si la pierdo. Miren que cosa tan rara, la homicida huyó, y el muerto. corre tras ella, que rabia! Vuelve hermosísimo dueño; no te apresures, repara en que me voy deteniendo por no fatigarte. Airada fortuna, qué me persigues? Que me dejase la Sabia. cruel Alcina en el riesgo: apenas pueden mis plantas. moverse entre la aspereza de estos riscos. Pero rara novedad! qué es lo que miro? aquesta peña al tocarla, se ha movido, y entre fuertes, ocultos goznes librada, puerta es de una oscura gruta, que por la interior fachada, sobre no inculta materia, cultas cerraduras guarda; dejome llevar, que el cielo, cuya voz huir me manda, para encontrar con mi dicha: sabe hacia donde me aparta del riesgo. Detente, espera; mas qué es esto? . La montaña se la tragó. . Hay más asombros? Y te lleva la talmada el retrato? Estoy sin juicio: déjame llegar, aparta: pero el peñasco, ni aún señas de haberse movido guarda. Ella se ha desvanecido de verse muy alabada. sg. Vive Dios, que a los impulsos de mi brazo; pero es vana diligencia. Hombre atrevido, tente, qué intentas? aguarda. Quién es, Turpín? Esta es otra: que sé yo, el diablo, que anda jugando con nuestros juicios al renegado la espada preven, que un hombre se acerca con ella en la mano. Aparta, déjale llegar. Qué intento, qué locura os obligaba a profanar el sagrado de esa peña? si el tocarla; pero, qué miro! Rugero, Príncipe de Creta. . Extraña novedad! quién? Segismundo, Príncipe de Epiro. . El alma se ha turbado: vos en Chipre, y en este sitio? . Y con tantas confusiones, que no acierto a discurrir. . Qué buscabais en esa peña? . Una sombra de mi afligida esperanza: una ilusión de mi afecto, una beldad soberana, por quien vengo peregrino, y arrojado de mi patria: y en este sitio. . Aguardad: (ya es mayor, que imaginaba mi desdicha.) Qué tenéis? Antes de oír más palabra, he menester que me oigáis. Decid. . Mandad que se vaya ese criado. . Turpín, vete a esperarme en la falda de aquel monte. Ya me voy; pero si es usted fantasma, como la señora, trate de hundirse apriesa. Ya cansas: calla, y vete. . Ponga usted en la margen, vase, y calla. . Ya os acordaréis. Si acuerdo, que obligado, como yo, la obligación olvidó. Perdonad, que este recuerdo fue inadvertencia notoria de un dolor sin libertad, que a buscar la voluntad, se pasó por la memoria. Es verdad; pero he pensado, que el beneficio mayor, o calla, o sueña mejor en la voz del obligado. Yo lo diré: populares tumultos, que en Creta ardieron, a mi socorro os trajeron, con las armas auxiliares de Epiro. . Tened: si yo entonces os socorrí, con la alianza cumplí, y no obliga quien pagó. Vencisteis con vuestro aliento, Ese valor me le hallé en la sangre que heredé, no es mío el merecimiento. Llegó a ponerme el contrario en un peligro evidente. Vuestro riesgo fue el valiente, que me hizo a mi temerario. La vida. El tiempo se pierde, que nada me habéis debido. Pues si todo esto lo olvido, de qué queréis que me acuerde? De que allí nuestra amistad se estableció. Ya lo sé. Ahora proseguiré. Pues decid. . Pues escuchad. Después de pacificar con mis soldados el Reino de Filipo, vuestro padre, Rey de Creta, y tan atento, que coronó con sus sienes la Corona de su Imperio: volví a mi Patria, y en ella hallé no menos incendio, porque el Príncipe de Chipre, antiguo enemigo nuestro, luego que mi ausencia supo, viendo a Epiro sin el nervio de mi armada, se arrojó con cien naves a sus puertos. Llegué, y poniendo en batalla mis bajeles; mas no quiero referiros el combate, que os busco a mayor intento. Solo os diré, que abordando las dos Capitanas, ciego de razón (que ira tan noble, se ciega con el acierto me arrojé a la plaza de armas del contrario; y esgrimiendo con el espíritu, aún más, que con el brazo el acero, maté al Príncipe de Chipre: tampoco os dijera esto, sino que importa al dolor de mi infelice suceso, lucir lo mortificado, con olvidar lo modesto. Teñido en ira el dolor de sus soldados, a un tiempo todos me embisten, y a todos resisto, hasta que sintiendo, que la fuerza porfiaba en ser menor que el esfuerzo, por no rendirles la vida, o por rendirla a instrumento más garboso, me arrojé desde la proa al mar fiero, siendo aquel breve discurso, que hizo el valor, o el despecho, no diferenciar el daño, sino mejorar el riesgo. Recibiome en sus entrañas el mar; pero yo rompiendo con el escudo, y la espada el indignado elemento, le acuchillaba nadando, y él me vencía sufriendo: hasta que ya sin discurso, sin corazón, sin aliento, me deje llevar del pobre vatel de mi escudo mismo, que la costumbre del brazo debió de aplicar al pecho. Arrojado en fin del mar, o conducido del viento, con un criado, que al agua se arrojó tras mí, creyendo socorrerme, entre esas peñas me hallé, cerca del grosero lóbrego umbral de una gruta, donde me salió al encuentro la piedad de Alcina, aquella Sacerdotisa de Venus, que es por su ciencia, y su voz asombro del siglo nuestro. De ella supe, que me hallaba en Chipre, donde el suceso de su Príncipe, y la nueva de que fue a mis manos muerto, convocaba contra mí la saña de todo el Reino. Pero apenas reparado del naufragio oí sus consejos, debí mis seguridades, embozadas en misterios, cuando me deje llevar de su persuasión al Templo, donde aquel día los Ciprios le repetían a Venus su trágico amor, cantando los Adónicos lamentos. Estaba junto al Altar, al lado del Rey Fisberto, Diana, su hermosa hija: si no os dice mi silencio lo que obró en mí su hermosura, mi voz dirá mucho menos. Mirela, absorto volví a mirarla más atento: mirela otra vez, dudando, si la atención era afecto. Y a poco rato advertí, que sin pensar se iba haciendo del descuido de mis ojos, el cuidado de mi pecho. En estos primeros pasos, de mí no entendido riesgo, andaba mi libertad, dorándome el cautiverio. Cuando la Sacerdotisa, suavizando con su acento el horror de las palabras, pronunció un edicto fiero de su Rey, en que ofrecía su hermosa hija, y su Imperio a quien me diese la muerte, vengando al Príncipe muerto. Y ordenaba, que Diana, en ese Alcázar soberbio, presa estuviese, o negada a los ojos de su Reino hasta este plazo: y si a Chipre llegase algún forastero Príncipe la voz de Alcina, a vista del mismo precio, de la empresa le intimase, la injusta ley, atendiendo a no sé que vaticinio del oráculo funesto. Y a infundir con su hermosura, amor, y aborrecimiento, no sabré, amigo, deciros como quedó mi sosiego desde este día: tal vez, mi afligido entendimiento, sin resistencia escuchaba, de la razón los consejos. Y tal, después de escucharlos, desconociéndola ciego, se fingia otra razón de su mismo desacierto. Yo, en fin, no basté a dejar de redimirme: y conociendo un riesgo en decir mi nombre, y otro en callarle, supuesto, que osar tanto, sin ser tanto como soy, era otro riesgo: me resolví a declarar, por medio de Alcina, el fuego de mi corazón, tomando vuestro nombre, que en mi afecto, o en mi vanidad, ninguno pudiera ocurrir primero, para dar garbo al dolor, y proporcional intento. Seis meses ha, que a Diana, con el nombre de Rugero, Príncipe de Creta, adoro esa peña, que al intento resistió de vuestro brazo, encierra en su oculto seno una surtida secreta de el Alcázar, donde han puesto a Diana, cuya mina desenvoca por de dentro, en el muro de un jardín. Y cuyo raro secreto, solo a la ciencia de Alcina revelado, fue instrumento de mis dichas, pues por él, después de muchos desprecios, llegué a ver, si no admitidos, perdonados mis afectos. Pero ahora, que avisado, de que saldría a este puesto Diana, a él me acercaba. Impaciente en él os veo, forcejando con la peña, que cierra esa gruta: y luego en vuestra voz, y en la voz de vuestros ojos, encuentro señas de que su hermosura irá obrando en vuestro pecho lo mismo que obró en el mío. Notad ahora el empeño en que estoy, rendido amante, de mi enemiga encubierto, con vuestro nombre mi vida, arriesgada, como premio de mi muerte, resistido de imposibles mi deseo. Y últimamente asustado mi amor de vuestros afectos, y empeñado en reprimir de vuestros ojos; mas esto no me toca a mí, vos mismo habéis de formar el ruego. de mi razón; no se deban a otro que vos los aciertos: oíd a vuestro discurso, lo que os calla mi respeto. Y hallaréis en consultando el oído con el pecho, que también ha menester vuestra atención mi silencio. Calláis? no me respondéis? Es mucho a lo que prevengo mi corazón, y no es fácil responder, con juicio, y presto. Pues a qué os determináis? A que me deba un intento imposible la amistad, a encarcelar mis afectos, donde estaba mi razón, y a poner con mi despecho. la voluntad, donde pueda pisarla el entendimiento. Decidme, amigo, decidme, vuestro amor es más que un fuego que de recién encendido, se extraña, y se siente a un tiempo? No amigo, no es si no un Etna, que ya no cabe en el pecho. Tan luego ha crecido tanto vuestra pasión? No es tan luego, que quizá son más antiguos mis delirios, que los vuestros, Más antiguos? Más antiguos. Pues qué intentáis? Lo que intento es dejaros libre el campo, y a pesar de mis afectos, y de mi vida. . Tened, que se avergüenza mi aliento de ver, que emprendéis por mí lo que yo por vos no emprendo; yo también sabre por vos probar a morir. . Yo tengo menos razón. . La amistad es igual, y yo. . Rugero? Quién me llama? No es a vos: ya os olvidáis de que tengo vuestro nombre? . Perdonad, que erró la costumbre. Aurelio, qué quieres? . La Sabia Alcina dice, que te apartes luego de este sitio, y que la esperes a las espaldas del Templo. Alguna gran noveded hay fin duda amigo, el duelo de nuestra amistad se quede para después: forastero sois en Chipre, a mí me toca hospedaros. . Y yo debo asistiros, cuando vais cuidadoso. . No me atrevo a llevaros donde Alcina os pueda ver. . No es mi intento embarazaros. . Después, (guía tú este Caballero hacia la quinta) después a nuestra lid volveremos. Seguidme por esta senda. Id con Dios, que yo os ofrezco. Qué? olvidar? Olvidar no. . Pues qué? Procurarlo. . Temo. Qué teméis? que no podré? Que este nuestro azar violento, es ímpetu generoso de nuestra amistad. . Veremos adonde llega este noble porfiar con los afectos. , , dando muerte a aquel tirano, Dónde está Laura? Allí junto a aquella fuente estaba llorando. . Ay de mí! lloraba? Sí señor. Calla: qué es esto? mal podré hablarla advertido, cuando tengo un corazón, que a cada respiración responde con un gemido: no digas que estoy aquí hasta después. . Bien está. . Llamaron a Alcina? . Ya la avisaron. . Ay de mí, digo otra vez! ya mi aliento otra razón no le escucho, que de haber de decir mucho, enmudece el sentimiento: mas que extraño, y que me admiro, si es en quien siente mejor, para decir un dolor, razón entera un suspiro? Qué es esto cielo indignado? (dejadme solo) qué es esto? Todo tu poder opuesto a un poder (mortal cuidado!) quien tuvo el temor atento, si al oráculo escuché, cuando a Venus escuché de mi hija el casamiento, que a mi mayor enemigo la destinaba su estrella, fuera bien dejar en ella la elección de mi castigo. Guardarla en esta prisión del peligro, no fue bien: y ofrecer su mano a quien sobórnase mi pasión, que dio a mi hijo la muerte, he de aguardar que la suerte ponga mi Cetro en su mano? Y dónde irá tu esperanza? burlada una inspiración, que buscó tu prevención, y encontró con tu venganza? Dices bien, o ciego, errado, culpable, humano desvelo, que quieres tener al cielo piadoso, y desobligado: mira si alguien nos escucha. No señor, solos estamos. Yo te he llamado a este sitio, donde vine con recato, para implorar de tu ciencia el auxilio soberano contra un cuidado. Prosigue, que nadie escucha. Un cuidado, que se lleva la atención, y me deja el sobresalto. Ya sabes, que Segismundo, Príncipe de Epiro (el llanto anda tras guiar la voz hacia los ojos) estando sobre aquel Reino la armada de mi hijo, con sus manos le dio la muerte: oh memoria! alhaja de desdichados. Ya sabes también, que Venus me predijo, que los hados destinaban la hermosura de Diana, y con su mano la sujeción de este Reino, al que es mi mayor contrario: que esto me obligó a guardarla en este alcázar, juzgando, que tendría la prudencia dominio sobre los Astros. Y que hallándome sin otro enemigo, que el tirano Segismundo, la ofrecí a quien vengase mi agravio con su muerte. r Si él supiera, que Sigismundo está amando, con el nombre de Rugero, su amigo, a Diana. Y cuando creí, que esta grande oferta pudiera haber excitado al fervor de mi venganza los Príncipes comarcanos, como causa en fin torcida, produjo efectos contrarios: pues de ella nació el hablarse contra Diana, llegando a mirarla, o a temerla, como objeto del presagio. Y esta voz, que en el principio corrió con tanto recato, que al pronunciarla el aliento, se guardaba de los labios: creció hasta ser alarido de la misma plebe, tanto, que atendiendo a prevenir los riesgos, que en este caso pueden suceder, se vale de tu ciencia mi cuidado. Este Alcázar, oye atenta, según me dijo un anciano Sacerdote, fue en su origen fábrica de Venus, cuando hasta las dichas de Adonis sus afectos se humanaron. Y previniendo la fuga de su amante, y los asaltos de Marte, mando formar una gruta, que minando) la tierra, pierde la voz, en este jardín, y al campo, sale a buscarla por senda tan oculta, que del raro artificio procedió el llamarse este Palacio el Alcázar del Secreto. Esto me dijo aquel Sabio, y que el día que esta gruta se hallase, vería logrados mis deseos, y el anhelo de todos mis sobresaltos cesaría: cuyo anuncio me obligan a pensar, si el hado tiene guardada esta senda, por no entendidos arcanos, para asegurar la vida de Diana. Llega paso, que no quiso que supieses su venida. O yo me engaño, o la vida de Diana dijo, escucha. . Si yo hallo esta gruta, . No lo oíste? en la gruta están hablando. Sin vida estoy. Si por medio de tu ingenio soberano, este secreto descubro, mi recelo, y mi cuidado, çpara cualquiera accidente se prevendría: . Qué más claro lo que yo a su alivio falto, puede decirlo? . Él lo sabe. Tú, pues, a quien son los astros cláusulas legibles: tú; pero Diana ha llegado: disimula hasta después. Ya me han visto: muerta salgo! que mal se halla una disculpa en un aliento turbado; pero ya es fuerza decirle, que mi culpa no ha llegado a más que a un esfuerzo inútil de mi temor, o mi engaño. Señor, aunque mis desdichas mi vida han puesto en estado, que solo sirve de tiempo, para que dure mi llanto: temiendo más tu disgusto, que mi muerte, intenta el labio, como alibio de tu pena, la defensa de mi daño. Yo confieso, que el amor. Ella se va despeñando, yo la socorro. Señor, este noble sobresalto de Diana, es sentimiento de su destino contrario. Según esto, yo lo erraba, . fuerza es volver a enmendarlo. Yo confieso, que el amor paternal está irritado con razón, pues mi desdicha se hace culpa, ocasionando tu pesar. . Hay hija mía Diana! el rigor del hado, mi crueldad: qué nudo es este, que impide a la voz el paso? Yo no he de tener valor para escucharla; qué aguardo? quédate, Alcina, con ella, y con el suave encanto de tu voz, suplir procura que si ella empieza a llorar, y yo, mi atención no aparto, cuanto con su llanto puedan los ojos mal informados, no han de poder los oídos, con la razón de su llanto. Con su vida acertarás; porque ya estaba temblando de oírle hablar en la gruta tan cerca de ella. Habla paso: qué es esto? Alcina ha sabido, que Rugero: mas llamaron en la gruta. Esta es la seña de Rugero. Cómo ha entrado sin avisarte? . El aviso fue, que saldrías al campo por la gruta. . A persuasión de Alcina le había llamado; pero luego hacia el decoro retrocedieron mis pasos: fuese mi padre? . Ya van las carrozas caminando hacia la Ciudad. Pues mira; pero otra vez han llamado. Mejor es abrir primero, que el ruido descubra el paso de la gruta a tus criadas. Bien dices; pero entre tanto; Ya te entiendo, no te asustes, que yo entretendré cantando. (bien se disponé mi intento) . las criadas: ten cuidado con la letra, que ella misma será quien te avise, acaso, que alguna intente acercarse. Oh cómo espera asustado el valor. . La confianza, . hace valiente lo ingrato: yo veré si con los celos, anda el amor tan bizarro. Abro pues; pero qué miro! válganme los dioses santos! qué tienes? . Llega tu haberlo. Aparta. . Sin vida salgo. Quién es? señora, qué es esto? No es esta la que asombrados los ojos, con aquel velo me enseñó Alcina? qué aguardo, si es la que me ha de amparar? señora. . Cómo has entrado a esa gruta? . Solo sé, que solicita tu amparo una mujer infeliz. Sosiega, que ya has hallado otra infeliz, que será tu amiga, por el infausto cariño con que se escuchan sus quejas los desdichados; quién eres? Astrea soy, Princesa de Epiro. . Extraño suceso! Astrea? . Qué dudas? parece que te ha pesado de oírlo. La hermana misma del que dio muerte a mi hermanó, se vale de mí. . Ya veo en tu semblante, que erraron mis desdichas tu piedad. Ya mi piedad se ha empeñado en ampararte, prosigue: como encontraron tus pasos con el rumbo impenetrable de esta gruta? . Le encontraron huyendo. . De quién? De un riesgo, que llamaba con halagos mi atención de un desvarío de mi afecto, que provando a hecharle de la memoria, se me queda en el cuidado. Tarde, amor, convalece de tus congojas: el que busca el olvido, con la memoria. Bien dice: parece Alcina? Háblame, Astrea, más claro; de quién huías? . Yo debo, cuando el cielo me ha mandado, que a tu sombra me defienda de la envidia de los hados, informarte con verdad de más riesgos, por un caso, que sabrás después. Habrá dos horas, que a los peñascos de esa playa, me arrojó, piadosamente inhumano el mar; en ella encontré, por otro accidente raro, un amante, que en mi busca andaba peregrinando el mundo escuché lisonjas, que a verdades me sonaron: huz; pero aunque iba huyendo, advertí, que iba escuchando: fueme sagrado esa gruta, cuya boca, a pocos pasos encontré. . Detente, aguarda? cómo es eso? a pocos pasos de la gruta estaba (cielos, qué escucho!) el que enamorado. Celos siempre ignorantes, quien os entiende, pues andáis codiciosos de lo que os duele? No es seña; pero es hablar conmigo: el que enamorado digo: te hablo en ese sitio? sabes quién es? . El negarlo fuera error: que has de ampararme por decreto soberano, y es bien que sepas de quien, para obedecerle. . Al caso, que está pendiente de un hilo la espada sobre los cascos. Rugero se llama, y es Príncipe de Creta. . Oh cuanto he menester mi valor! Hízose el hilo pedazos, y clavose en la respuesta la pregunta. . Al escucharlo perdió el color: si es su amante? mas qué dudo? estos turbados afectos son mudas voces, que me lo están confesando. Que mereciesen descuidos de mi rigor, sus engaños. Que me sonasen afectos sus lisonjeros halagos. Cómo es esto, si Rugero . me esperaba allí, y ha tanto, que está en Chipre. Cómo es esto, si Rugero, ha breve rato que yo misma, hacia esta playa le vi venir navegando. Pero no pudo ser antes este amor, que estotro engaño? Pero no pudo salir de aquí, y volver arrojado del mar? . Qué dudo! Qué espero! . Ah traidor! Ah injusto! . Ah salso! Yo acabaré de una vez con este concepto ingrato, que iba rindiendo el discurso. Yo haré, si puedo lograrlo, la salud de la razón, del dolor del desengaño. Que de cosas proponen amor, y celos, que hallan el imposible junto al intento. Que de cosas proponen amor, y celos. Qué hallan el imposible junto al intento. Mientes, lisonjero hechizo. Mientes, fabuloso encanto. Qué dices? . Yo te quería preguntar lo mismo. El canto de Alcina. Mal disimulas, si de ofrecerme tu amparo te arrepientes. . Eso dices? Tu semblante. Hate engañado, no le creas, que antes ya te ha menester mi recato, para acabar una hazaña de mi dolor. . Desdichado mérito es el de llegar a propósito del llanto. Quién importa al escarmiento, quita las fuerzas al daño. Ya te entiendo. Ya me entiendes? Hablan los ojos muy claro. Ojos, que entienden los ojos, no miran sin el cuidado. Cuidado, que se acercan mudos los riesgos, porqué no los detengan los escarmientos. Que se acercan dijo. Seña fue sin duda. De los pasos siento ya el rumor. . Astrea, vete con Laura a mi cuarto, mientras yo; pero ya llegan. Pues adiós. En qué quédamos? Yo te ofrezco. . Qué? Enseñarte a olvidar. . Cómo? Olvidando. Qué huéspeda me has traído? destino siempre inhumano. Fortuna siempre enemiga, adónde me has arrojado?
JORNADA SEGUNDA
SEGUNDA JORNADA Jardineros a porfía, se empiece el trabajo, a fin de lograr en el jardín la primera sazón del día. Cantad al Alba primores, jilguerillos elocuentes, pues travesean las fuentes, con la niñez de las flores. Laura, desde allí animando los jardineros está: Alcina, desde acullá saluda el Alba cantando: y yo cuitado de mí, por las dos estoy perdido, que los ojos, y el oído me han echado por ahí. En traje de jardinero vengo aquí dos días ha, que a Dios gracias me hallo ya entre dos tristes: Rugero después que vio aquella dama del retrato, anda asombrado: y el otro, que le ha hospedado, que aún no sé como se llama, calla también, y suspira. Aquí, pues, vine a saber de esta encerrada mujer, por qué causa se retira: y entrando a esta comisión, vi a Laura, y cuando la vi, se me puso un ay de mí! al lado del corazón. Poco después escuché a Alcina, y quedé rendido de amor, porque en el oído se me encendio un no sé que. Trabajad vuelvo a decir, que Diana ha de bajar, y habrá más que cultivar, si ella empieza a producir. Esta sí, con que hermosura tan ilustre, y soberana me está quitando la gana de sanar de mi locura. Qué simple aquel Ruiseñor, cuando su ausente se aleja, por dar dulzura a la queja, quita el crédito al dolor. Esta también, con que aliento, con que dulce suavidad se me entra en la voluntad, por junto al entendimiento. Este es sin duda el criado, que en traje de jardinero nos ha puesto aquí Rugero: Alcina me lo ha fiado, adivinando también, que a ser mi esposo vendrá: y dizque es mi amante ya: desde aquí le veré bien: no es muy malo. Yo estoy lleno de confusión: ciego Dios, cómo he de querer a dos? A dos dijo? ni muy bueno? mas ya me ha visto. . Ella viene cómo la diré mi amor? Disimular es mejor: jardinero, esto conviene: cómo tan ocioso estás? Aunque no acudo al destajo, no tengo poco trabajo. Yo el ocio veo, y no más. No debe usted de saber, por más que el ocio la asombre. Qué? Lo que trabaja un hombre, cuando adora una mujer. No lo entiendo. Es que hablo a oscuras: digo, si usted no lo alcanza, que acá dentro a mi esperanza le cultivo las verduras. No entiendo filaterías: trabaje, y calle. . Callar? eso no: yo he de cavar con mis días, no en mis días. Después, señora, que os vi, muerto de amores quedé: vos me diréis como fue; porque yo no estaba allí: muchas vi; pero en ninguna. Tenga, cogile en la red: la otra me diga usted, que ya sé cuál es la una. Qué hermoso aquel arrebol, por orden de la mañana, tiende una alfombra de grana, donde se recueste el Sol. Dónde vas? así me dejas? Es que allí, yo soy perdido; porque estaba divertido, me tiraban las orejas. Esta es la otra? un menguado, hombre de poco momento, se atreve al atrevimiento de dividir su cuidado? Que no castigue el amor, con fuego estos bachilleres! un pícaro dos mujeres? que más hiciera un señor? Mira, si bien se repara, no hay celos sobre querer cantoras, que suelen ser desentonadas de cara. Las orejas atrevidas se regalan, o se encienden; mas las músicas no ofenden, porque se quieren de oídas. Cantad al Alba primores, jilguerillos elocuentes, pues trabelean las fuentes, con la niñez de las flores. Alcina, esto es violentar el sentido sin violencia: deja de cantar, y advierte, que importa mucho la nueva, que llevo al Rey, que ha salido al bosque, y tu voz me eleva, o me aprisiona de suerte, que no me permite. . Espera, Laura, mira, a mí me importa, que ese criado diviertas, desuerte, que no me escuche. Quién ay, que no te obedezca, cómo a deidad? pero advierte, que si está de las Estrellas, que ha de ser mío. . Qué quieres? Que le cantes otra letra. Vete apriesa. . Jardinero, ven conmigo. . Alto, agradela: oyes, qué te dijo Alcina? Qué me dijo? que es vergüenza, que un asno entienda la solfa. Ah ingrata! bueno estuviera, si yo la quisiera sola: Dios me libre de una, y buena. Lisidas, no ha sido acaso (ya estamos solos y la fuerza que te han hecho de mi voz las misteriosas cadencias: tú no has de decir al Rey lo que has visto. . De qué seña exterior has conocido mi intento? . Sabes mi ciencia? Bien la sé; pero también sabes tú, que en mi nobleza, y en mi obligación no cabe. Yo acaso te propusiera lo indigno de ti. . Está bien. Pues oye, y no te diviertas: con una embajada fuiste a Epiro, cuando la guerra de aquel Reino se rompió tan infeliz, y sangrienta: tú solo en Chipre conoces a Sigismundo, que en ella dio a nuestro Príncipe muerte, y a nuestro Rey, otra pena, mayor que la muerte, pues agoniza en la violencia de su rencor, y a Diana tiene en la prisión estrecha de este Alcázar del Secreto, hasta que haya quien merezca su mano, dando la muerte a Segismundo. . Esa misma atención. No es atención, lo que intentas, no es decir al Rey, que has visto a Segismundo? . Y no hiciera traición? . No, que el Rey está opuesto a la providencia de los Dioses: y si tú, que estás sin pasión, lo hicieras, tendrás tu culpa, y la suya. No te entiendo. . Que lo sepas conviene, y quien más te fía, mas a que calle te enseña. De la resaca arrojado, halló puerto entre esas penas Segismundo, vio a Diana; amarla es luego, que verla: comunicome su amor, y yo a Venus, que me ordena apadrinar sus afectos, sin violentar con mi ciencia la voluntad de Diana: y para esta noble empresa, tomó Sigismundo el nombre del gran Príncipe de Creta Rugero, su estrecho amigo; pero aunque por mí sus penas, consiguieron la fortuna de escuchadas, son tan nuevas pura el pecho de Diana las armas de amor violentas, que un día el afecto hieren, y otro irritan la entereza. Y así dejando mis líneas, que mandan a las Estrellas, me dispuse a contrastar su desdén con otra ciencia del amor, que a sus desválidos algunas veces enseña la Mágica de los celos, para encantar la tibieza. A este fin hice venir de Epiro a la hermosa Astrea, hermana de Segismundo, y a Rugero, que por ella andaba peregrinando: y tejí con tal cautela los acasos, que en las dos igual sentimiento engendra la equivocación del nombre de Rugero; y esta pena en el Rugero fingido, y el verdadero, si es fuerza, creyendo, que las dos son una misma, de manera, que están Astrea, y Diana; pero Diana, y Astrea. Qué he de hacer? Verme después, y callar hasta que sepas lo demás. . Obedecerte es preciso, a Dios te queda. . Discurso, no estés rendido, Proponiendo olvidar vienen. por dos diferentes sendas; pero mi voz les dirá cuanto se engaña quien piensa en hacer cuerdo al amor, con la razón de una queja. , lo que olvidar he querido. Los remedios del olvido, . Amiga, el haberte visto no los conocí jamás, que siempre he querido más, lo que olvidar he querido. Qué te importa, amor, hacer esfuerzos, ni porfiar, si la ciencia de olvidar, se consigue sin querer? Discurso, engañado estás, que aunque yo te he persuadido, los remedios del olvido, no los conocí jamás. Quién áspira a la victoria, de una pasión impedida; si se acuerda de que olvida, se queda con la memoria. Qué es lo que intentas, sentido? no forcejes; dónde vas? que siempre he querido más, lo que olvidar he querido. Qué importa, que mi pasión, con mi razón se despeche, si para que me aproveche, he de olvidar mi razón? Corazón, no instes más, pues yo, que el daño he sentido, los remedios del olvido, no los conocí jamás. Quién de olvidar hace empeño, no lo podrá conseguir, que el deseo de dormir, suele desterrar el sueño. si tan obstinado estás, que siempre he querido más, lo que olvidar he querido. Los remedios del olvido, no los conocí jamás, que siempre he querido más, Oh pese a tu voz! . Oh pese a tú! más Diana. . Astrea. estos días indispuesta, me ha obligado a suspender nuestra noble competencia, como parienta de Alcina, y criada tuya, en esta prisión me halló, introducida, y segura de que sepan quien soy; pero este silencio de mi razón; y tu queja. Yo queja, ni tu razón? No me oirás aquí en presencia. de Alcina? . Di. Desde el Templo de Tetis, que en una Isleta de Epiro, impone a las aguas, freno mayor que la tierra. Te arrojó el mar a esta playa, para que yo te debiera la dicha de un desengaño, que hiere cuando remedia. En ella encontré a Rugero. Tu amante, que al verte en ella, . Tarde; pero mucho hierra. a hurto de su mudanza proseguía su fineza. Mándome el cielo, que huyese. Y sin su precepto, huyeras, que ese valor de la fuga, el recato nos le enseña. Y como hermana me hallé de tu enemigo. . Pudieras, si a mí no me conocías, fiar más de tu inociencia. Por la boca de una gruta, vine a encontrar una puerta. Que en este jardín esconde la astucia de aquella piedra. Inadvertencia fue hablarte de Rugero. . Inadvertencia? buena pones tu razón, si así tratas lo que aciertas? Después que te conocí. Querrás decirne, que intentas olvidar. . Si no me escuchas, no es posible que me entiendas. Yo haré, que en esta porfía, tus tibios afectos crezcan. Rugero es tu amante, Alcina, sabe que la vez primera, que le hablé, fue en esa playa. Si ese testigo presentas, también sabe mis desprecios. Qué te detienes? . qué esperas? Dilo. . Acaba. . Tu Diana, quieres hacer por Astrea la fineza de olvida a Rugero? . Esa es fineza? mas la ciencia del estilo, no suele andar con la ciencia. Tu Astrea (bien se dispone) también por Diana intentas batallar con este afecto? Este es afecto? que necia suele ser la discreción! No aborrecéis a Rugero? No nos le pongas tan cerca del corazón. . Pues probad ese valor en presencia. del enemigo, llamadle, apurese vuestra queja de una vez. . Bien dice. Aquel jardinero, que allí cerca está con Laura, es criado de Rugero, que con esta industria le ha introducido en el jardín (otra prueba) he de hacer de sus afectos: con él le avisad que venga al jardín, que yo. . Prosigue. Qué dices? . No te detengas. A vuestras dos confusiones, respondo de esta manera. Los remedios del olvido, no los conocí jamás, que siempre he querido más, lo que olvidar he querido. Dice bien. . No dice mal. Mucho emprendo. Yo estoy muerta! Desasime de los ojos, y fuime tras las orejas. Jardinero? . Quién? mas cielos, qué es lo que miro! . En Astrea ha reparado. . Ella es: por el retrato, y la peña que la tragó, la conozco. También parece que en ella se reconoce atención. El mismo es que en la arena de esa playa, con Rugero encontré. . Hablarla quisiera, mas no me atrevo delante de estotra, que está con ella. En indicios me detengo, cuando sobran evidencias: vamos hacia el desengaño, que resolvió mi entereza: di a Rugero. . Confidente debe de ser; bien se ordena. Que esta noche en el jardín le espera. . La que le espera: ya sé qué es esta Deidad, a quien yo pido una suela de su chapín, que corone mis labios de vigotera: mi amo, señora, está, desde que te vio en las peñas de esa playa, tan rendido, que solo de ti se acuerda, y en este disfraz me envía a decirte. . Hay evidencia más indigna de mi oído! Que su amor. . No te detengas: bueno está. . Quería pagarte las albricias, que me esperan. Confieso, que me ha pesado. Lo has visto? La razón nuestra. consiste en su ceguedad. Pues qué resuelves? . Que veas, que la voluntad se cura, con la voluntad, si enferma. Ya sé, que el querer sanar, es primer convalescencia. Antes que el olvido, está el desprecio. . Por las huellas del dolor, los escarmientos llegan tarde; pero llegan. Corazón, de qué te asustas, que parece que te hielas, acabado de irritar? De que os congojáis ofensas, que andáis buscando la ira, y encontráis con la paciencia? , i, Segismundo se ha quedado dormido, y la soledad de este bosque retirado, al duelo de mi amistad llama otra vez mi cuidado. Dónde se ha ido Rugero? si pensó que yo dormía: mas ya que estoy solo, quiero, pues me escucha el alma mía; que sepa el mal de que muero. Yo (no es posible) yo intento, que pueda más que un amor, una amistad? . Yo me aliento, (no es posible) a que un valor se forme de un rendimiento. Corazón, si estás vencido, cómo ofreces la victoria? aquí de mi amor rendido, que me busco en la memoria, y me encuentro en el sentido, Ciega violenta pasión, en qué piensa tu ardimiento? aquí de mi obstinación, que quiere el entendimiento mandar en el corazón. Las aras que yo erigí, ha de arruinar mi cuidado? pero, qué importa? ay de mí! si el Ídolo derribado, se lleva el Templo tras sí. Dulce prisión, en que vivo, yo te he de romper la puerta? mas qué importa, cielo esquivo! si es cárcel, que estando abierta. se va tras el fugitivo? Yo aborrecer lo que quiero? Yo morir como insensible? En qué discurro? Qué espero? . No es posible. No es posible. Mas Segismundo? . Rugero, qué dices? . Acá trae ya, no sé qué pleito conmigo: y si la verdad te digo, pedirte ahora quería. Ya sabes que soy tu amigo. Licencia para ausentarme. Ausentarte quieres? . Sí. Pues te animas a dejarme? tú piensas que haces por mí, algo más que acompañarme? No cierto. Tú no te has de ir. Segismundo, esto ha de ser: pues sé que me has de vencer, déjame no resistir: yo no me atrevo a fiar de mis ojos mi pasión; porque no suele acertar por los ojos la razón, a ponerse en su lugar. Amigo, distante os veo del acierto, nuestro amor aspira a muy alto empleo, para que llegue el temor, donde no llegó el deseo: dos que no han de merecer, solo apuestan a sufrir, que en tan noble padecer, lo imposible del vencer, hace amigo el competir. Los que adoran por quien son a los Dioses, con sosiego miran la ajena oblación, que una adoración sin ruego, no estorba otra adoración. Luego bien puede adorar a una Deidad nuestro amor; que quien nada ha de alcanzar, obliga al competidor, si le vence, en no esperar. Vos adoráis admitido. Con vuestro nombre lo estoy? Príncipe de Creta soy en la opinión de su oído. Vuestras prendas, sus enojos templarán, pues ellas fueron las que ese nombre aplaudieron en la opinión de sus ojos. Si mis quejas ha escuchado, también dio a vuestras verdades el oído. . En las Deidades, nunca es parcial el agradó. Más propicias. No hay propicias, que me olvido. . Es porfiar, Segismundo ha de olvidar. No sino Rugero. Albricias. Qué dices, Turpin? . Que vi, y hablé. A quién? temblando estoy de escucharte. En todo el pecho, no me cabe el corazón. A aquella misma beldad, que por la peña se hundió, cuando con los dos ocicos tomamos tierra los dos. Y qué te dijo? . Prosigue. Una criada, a quien yo no he visto otra vez, que estaba con ella, me dijo (ay Dios, qué albricias me esperan!) di a Rugero tu señor, que esta noche al jardín venga. A quién esto sucedió? Quién vio mayor desengaño? Suspiran? tanto dolor les cuesta solo el decir, a un albricias de no? No aplaudís vuestra fortuna? La vuestra aplaudiendo estoy. Esto acaso habla conmigo? Pues con quién, si no con vos? No os llamáis también Rugero? Cuando en la playa os habló, no estaba con vos Turpin? Y que prueba vuestro error con eso? . Que si un criado, que por vuestro conoció, trae el recado, no viene para mí esforzando estoy lo que temo. . Ah mal nacido tristeza! . Ah injusto dolor! Huyes del semblante, y quieres embestir al corazón? Aún no admites la paciencia, cuándo te deja el valor? Lo que yo saco de aquí, es, que erré la comisión, y salí descalabrado. Cómo? . Perdí la mejor libertad que yo tenía: mal hubiese quien colgó de la rueca del sentido el uso de la razón. No te entiendo. Enamoreme: y si es en otros primor acertar de dos la una, yo acertaré de una las dos. Qué resolvéis? calla loco. Yo amigo: mas qué rumor es este? , . 1. A la senda. 2. Al valle. A esta parte se emboscó: sitiadle. 1. Al valle. 2. A la senda. Temblando de miedo estoy. Deben de ser cazadores. Qué necia imaginación! Creísteis que era otra cosa? Al principio me ocurrió, si os habrían conocido, y armado alguna traición. Lo peor es, que hoy me ha visto uno que fue Embajador en Epiro, y su reparo, sospechoso me dejó. En estas cosas del miedo, yo puedo hacer opinión más probable; y esta caza me huele a caza mayor. Por acá. Ya está sitiado. Después que sitiado estoy, me muero de hambre. Aquí del bruto feroz la huella: pero, qué miro! Aquí de nuestro valor, amigo. . Aquí Segismundo? No veis cómo reparó en mí? . Causándome está novedad su turbación. Este es el que yo he dudado si me conoce. . Ocasión notable! si acaso el Rey, pero no viene: y pues yo debo obedecer a Alcina, hablando en ella la voz de los Dioses, avisarle de su riesgo es lo mejor. Parece que tiene miedo de la caza el cazador. Examinemos su intento, que si ya me conoció, es fuerza darle la muerte, antes que pueda. . Señor, advertid que el Rey está muy cerca. . Sabéis quién soy? Sé qué vuestra Alteza es Príncipe de Epiro, y no ignoro, que dio la muerte al de Chipre. En el rumor de los ramos: mas qué es esto? Y que agravia su valor vuestra Alteza: pero el Rey. Ya me han visto. Hay confusión como esta? . Fuerte lance! Quién es, Lisidas? Señor, yo estaba, cuando. . De qué te turbas? . Criados son de un forastero (los Dioses, . y Alcina, mi turbación socorran.) . Ven acá, escucha, o el oído me engañó, o hablabas de Alteza a aquel de más cerca. . Esto espero? no te quería decir, temiendo tu indignación, que es el Príncipe de Creta, que oculto a Chipre llegó, para ver, según me han dicho, si en la rara perfección de Diana. . No prosigas, ya te entiendo; es error de su afecto, en mi venganza ha de empezar su pasión; mate a Sigismundo, y pase desde la ira al amor. Bien matará a Segismundo, . si él mismo, lo que yo juzgo es, que ignora el edicto: seguí su misma ficción, con que no salí del orden de Alcina. . Confuso estoy! Sin duda os ha descubierto. Que será (válgame Dios!) esto con que hacen temblar los Reyes? azogue? no, que estos temblores del culto, guardan mucha proporción. Miedo? tampoco, que el miedo, se templa con el amor: algo divino es sin duda, y nace en mí este temblar, de que al mirar su modestia, se asusta mi adoración. De cuando en cuando me vuelve a mirar. . Si es su intención ver a Diana encubierto, yo haré que a un tiempo, con dos atenciones, su hermosura, y su desdicha: mas no. sepa que le he conocido: ven Lisidas. . Muerto voy. O si aquel brazo apurase este invencible temor, dando muerte a Sigismundo! más ay cielos! que veloz, hacia donde está el deseo, se va la imaginación. Qué es esto? se van; . De mí han huido, porque soy el que está de más. . Sin duda, cuando en secreto le habló, se lo dijo, y se retiran para asegurar la acción con más gente. Pues qué haremos? Ay riesgos, en que el valor, no queda mal con huirlos. Bien dices, los riesgos son villanos, y con los pies, se vencen mucho mejor. Cerca de aquí está la entrada de la huerta, su intención burlaremos con la peña, si nos siguen. . Ya sirvió de algo la nueva que traje. De qué? . De saber los dos que está abierta. Ven, siguiendo nuestros pasos. . Eso no, ve delante cuando huyeres, dice un refran Español. Y pensáis ver a Diana? Mal la olvidáis, la ocasión dirá lo que hemos de hacer. Yo lo pregunté por vos, Y yo por vos lo dudé. Está bien, guiad. Ya voy. Discurso, cuando estaremos solos un rato los dos? Mucho tenemos que hablar, afligido corazón. Pondré en este cenador las luces? sabéis hablar? Póngolas, pues, que el callar es él si del hablador. En qué imaginas? qué tienes? no pediste luces? . Sí: temblando vengo de mí! De tus males, y tus bienes, hacerme dueño solías, y cuando más lo mirabas, con los bienes te quedabas, y los males dividías: donde tu valor se fue? no estaba con tu pesar? tu llorosa, y sin llorar? qué es esto? Ay Laura! no sé. Esto es una locura, es un furor compuesto del osar, y el desistir, que pretende olvidarse del sentir, y siente que se olvida del valor. Una osadía, llena de temor, que haciendo vanidad del resistir, disminuye el dolor, que ha de sufrir, y halla, que es la paciencia otro dolor, Un esfuerzo, que viendose irritado, se despecha, y se vuelve a detener, como que se enamora del pesar. Y un duelo del sufrir, y el padecer, que llama la razón a pelear, y la convierte en miedo de vencer. Oh es mi ingenio un majadero, o esas inquietudes son, que allá en tu imaginación están danzando el Rugero. Trajiste luces? No atina tu vista con lo alumbrado. Si Astrea habrá despertado? mas cómo no canta Alcina? No te entiendo. A ese Rugero, irritadas esperamos las dos, y ambas esperamos, cual ha de olvidar primero. Quise adelantarme a hablarle, con uno como cuidado, de que le hallé despreciado, cuando llegué a despreciarle, Alcina lo conoció, y como es tan elocuente, su voz junto a aquella fuente, cantando, la adormeció, Dejó caer un retrato, y aunque trayéndole Astrea, no puedo dudar que sea de Rugero, es tan ingrato este modo de dudar, que para ver si remedio. Corazón, no tiene medio este tu ciego anhelar. Que para ver si remedio este modo de anhelar. Era el remedio olvidar, y olvidóseme el remedio. Esto que canta, parece, que habla conmigo también: mal haya su voz, amén, de esta manera adormece? mas hay triste! el daño crece, y yo el daño no remedio: corazón, no tiene medio este tu ciego anhelar. Era el remedio olvidar, y olvidóseme el remedio; pero aparta, no me estorbes la luz. . Qué quieres mirar? no estás en que es de Rugero el retrato? . Claro está; pero quiero que mis ojos, no me lo puedan negar: llega más, qué es esto? Aguarda: la misma Astrea cabal no es esta? . Retrato es suyo. Y ella consigo le trae? si se quiere bien? No entiendo: mas ya he sentido llegar a la entrada de la gruta, Aquí es ello. Esto es mortal. Ya he visto un bulto en campaña. Tente, no mires allá, no parezca que se espera lo que se teme. Llegad, amigo. . Yo llegaré, porque vos lo porfiáis. Luego es estotro el llamado? no os entiendo. . Necio estás, ve delante. . Vos veréis. Qué he de ver? Que os engañáis. En la gruta esperaré. i, . Sin vida estoy. Allí está Laura, señores, la gruta llega hasta Laura? esto más? Tú, pues eres conocido, te puedes adelantar: más cielos, esta es Diana! Esta que con Laura está, es confidente, ce, Laura, ce, confidente. . Ya van llegando, quién es? El todo, de quien tienes la mitad. Llevad de ahí ese criado, Ven Turpin. Esta beldad tira a destruir la otra, que en el medio pecho está, y no me agrada, que aquello de querer una no más, es achaque de hombres tristes, que alaban la soledad, , : , del respeto, la razón Queja, y desprecio, ay ofensas! . Ya intento que sin tiempo me avisáis: al principio de la voz conocéis la indignidad? Miedo, y razón? buena mezcla es esta para empezar una queja: afectos míos, pedís justicia, o piedad? Yo, que a despreciar venía, me resuelvo a dibujar desaires de la razón, con miedos de la verdad? Pedir celos quien adora, sin otro fin que adorar, no es servirse del temor, para la temeridad? Pero el rigor, es delito, que ha de obligarme a callar? no es el trueno, que estremece, la voz del rayo, que cae? Pero es ofensa el quejarme? sopla el Austro, y sentirás, que en el gemir de la selva, se escuche su actividad. Con qué turbada atención me mira! Qué hermosa está! dejárame sin razón, si otra vez vuelve a mirar: señora, yo. . Proseguid; a qué venís? . A callar, si no lo dicen mis ojos, mis labios no lo dirán. Por qué? Porque en mi decoro, de mi queja os amparáis. Queja vos? No sé lo que es; porque en el noble adorar se tiene, mas no se da. No os entiendo. reducir mi voluntad al más violento remedio, y olvidóseme. Os turbáis? Olvidóseme el remedio, y era el remedio olvidar. Aquello quise decir. Tened, Rugero, es verdad, que el saber quien sois de Alcina, os dejé (mal hice) entrar en este jardín, fiando de vos (también hice mal) el amparo de mi vida: y vos turbando la paz de mi oído, cautamente convertisteis la piedad en otro afecto, de suerte, que sin conocer su mal, en ambos pechos se vieron dos corazones. . Calláis? Dos corazones enfermos, de una misma enfermedad. No quise decir aquello. Pues qué? No lo sé explicar: ayúdese mi decencia a no decir lo demás, con otra voz, que en mis manos, puso el caso, tomad: preguntad a ese retrato lo que yo os debo callar. Retrato? pero qué veo! hay más rara novedad! no es esta mi hermana Astrea? Miradle vientos turbáis? no os ha dicho mi razón? Fuerza es dejarme culpar, hasta saber por qué medio llegó a sus manos. . Cobrad el aliento. . Los retratos son hurtos de la beldad, que las más veces suponen culpas del original. Cómo, señora (estoy muerto!) a vuestras manos llegar pudo (no sé lo que digo.) Quereislo ver? aguardad, que dudando si es más noble el desengaño que os da mi razón, que fementido, vuestro engaño he de probar. Qué es el engaño traidor, y el desengaño leal. Ahora sí, que yo quise decir aquello, esperad. Yo he de perder el sentido. No sé si el ingrato afán de mi pena, o el cuidado de ver lo que tarda ya en el jardín Segismundo, me hace venir a acechar desde aquí, si acaso es tiempo: mas no es aquel? solo está: llego, pues: es hora, amigo, de que nos veamos? no habláis? Si condenarme este retrato de mi hermana, declarar ha querido, sin decirlo, que me ha conocido ya. Rara suspensión! mirando un retrato, fuera está de si: mas, cielos, el mismo, que aquella ingrata beldad de las manos me quitó, es este: un hielo mortal me ha ocupado el corazón! Rugero, amigo, seáis bien venido. . Qué tenéis? tristeza, y felicidad juntas en vos? más parece que vuelven. . Tened, no os vais, que me importa. Si os importa, no me toca el replicar. Ven, amiga. Tu obediencia violenta mi voluntad. Ya, Rugero, os traigo aquí el hermoso original del retrato. . Ya, Rugero: mas que es lo que viendo están mis ojos? mi hermano aquí? Aquí mi hermana? . Mortal estoy! ella debió de irse enojada, pues la trae la criada. . otro hombre aquí con Rugero; quién será? Por no darme a conocer, es fuerza disimular. Rugero está allí, y mi hermano, con el modo de mirar, me ha dicho, que disimule. Todos turbados están, y los ojos de Rugero con tan nueva ceguedad, robados de la hermosura. de Astrea, que aún para dar la disculpa de haber roto, con otro testigo más, este sagrado, le falta la voz. Qué confusa está Diana de hallar aquí a su amante! Antes de hablar más palabra, he de saber quién es Rugero: escuchad, que yo. Señora, tu padre. Señor, el Rey. Dónde está? Dentro del jardín le he visto. Con su cara de turbar venía. . Terrible empeño! Todo ha sucedido mal. Fingi una sombra del Rey a estos dos del material, que facilitó a mi ciencia, su misma credulidad. Alcina. . No os asustéis, los dos la gruta tomad, y las dos venid conmigo. Ven Astrea. Voy mortal! Venid Rugero, busquemos los dos la gruta. . Guiad. No sabe de si el aliento. De alibio estoy incapaz! Aún no acierto a discurrir. Aún no acierto a respirar. Quede en pie su confusión, hasta que sazone más el Alcázar del Secreto, este inútil porfiar.
JORNADA TERCERA
TERCERA JORNADA i, . Déjame ya. Qué es dejarte? si te maltratas de suerte, que haces, que el no obedecerte, sea el mejor respetarte. Desde que anoche viniste, no has podido reposar? te acostaste a suspirar, o a dormir? . Ay de mí triste! al punto te has de partir a Epiro: mira si viene. Quién? . Rugero. El otro tiene más reposo: es a decir dónde estás? que habrá seis meses, que los dos nos arrojamos al mar, que a Chipre arribamos, y que tú. Si ahora quisieses arguirme, sé que estoy indignamente arriesgado. en Cipre, que embelesado, cuenta a mi padre no doy de mi vida, y que encubierto con el nombre de un amigo, busco un imposible, y sigo las huellas de un desacierto. Pero esto, que el alma siente, lo sé para no entenderlo, sirviéndome el conocerlo, de errarlo advertidamente, que la voluntad, violento dominio del albedrío, hace de su desvarío, cómplice al entendimiento: y él haciéndose parcial de sus errores, también le da la razón de bien, para que ejecute el mal. Todos los caminos cierras al consuelo; no te alteres, basta, dime lo que quieres, ya que quieres lo que yerras. Qué inquieras ocultamente en Epiro, que ocasión, que motivo, o que razón pudo haber, para que ausente de Epiro, Astrea mi hermana; pero Rugero, después lo sabrás. . Callemos, pues. Amigo, tan de mañana disimulemos desdichas) poco el lecho os ha debido, también se han introducido a ser desvelos las dichas. Qué dichas? salte allá fuera; si pasarán mis pasiones, por dichas las confusiones, nadie más dichoso fuera. No os entiendo, del jardín, juntos anoche salimos, y entrambos, muchos venimos hasta la quinta: yo en fin, tuve causa de callar, que aunque alegrarme debía, vuestra dicha era alegría, que hallaba con quien luchar; pero vos tan afligido en la novedad del bien? la otra fortuna también se estrena con el gemido. Ay amigo! cual estado puede ser más lastimoso, que el de parecer dichoso, y quedarse desdichado. Aquella rara beldad, no salió a escucharos? Sí. . No la hablaste? Es así. No os dio un retrato? Es verdad. Y no fue favor? . No fue sino desprecio, y rigor. . Cómo? otra pena mayor (ay Rugero! os fiaré si atento. Señor. . Turpin? Qué tienes? Nos oye alguien? Solos estamos. . Sabed, No te detengas. Dejadme respirar, que hasta el correr permite el cielo que canse. Anoche cuando salisteis del jardín, por un instante, que me detuve con Laura, de quien ya soy todo casi, perdí el tino de la gruta, y fue preciso quedarme escondido: amaneció, y como me allé en el traje de jardinero postizo, tuve dicha de mezclarme con los otros que venían, jardineros naturales: de ellos supe, más no es tiempa de relaciones, que alarguen: echemos por el atajo, que es un punto muy notable lo que inclina a relatores, esto de hablar en romance. Todo el Alcázar se abrasa en aparatos Marciales. cárceles, mas ya, señor, con más guardas, es más cárcel; y Laura; mi medio dueño, bajó al jardín a buscarme, con todo el color perdido, y me ordenó, que al instante viniese a decirte. A mí? . Claro está. Tú te engañaste. Di a tu amo, que mi ama (digo Laura) se deshace en llanto, y es menester, porque hay muchas novedades, que al punto venga al jardín, por el camino que sabe. Qué puede ser? No lo entiendo: otra vez vuelve a inquietarme el recelo de que ayer os conocieron. Bastante seguridad de ese riesgo no fue, que el Rey se apartase, y que nadie nos siguiese? Sí; pero estas novedades, este llanto de Diana, y estos ruidos militares, que arguyen? Lo que yo, amigo, tengo por mejor, es, que vais luego al jardín. Yo al jardín? Pues no escuchaste, qué dijo Laura a Turpin? Qué? Que a su amo avisase? Por vuestro criado tienen a Turpín. Que a mí me llaman, es imposible. Acabad. Señor, hablemos verdades, que me quitas, y me vuelves el juicio, que me quitaste. No adoras esta hermosura? no eres Caballero andante; porque te hizo tu retrato muy devoto de una imagen? No te fiaste del mar, en un leño miserable; porque desde él una voz te llamaba? no encontraste esta Infanta de aventuras, junto a esa peña volante? No la hablaste? no te oyó? por señas de que la hablaste? pues cómo ahora la ofreces? eres de aquellos Altares, que hacen que el Idolismo, a ser ofrenda se baje? Discurso en fin como tuyo: calla menguado. Dejadle: proseguid, o respondedle. Ya de aquellas ceguedades convalecieron mis ojos: (no me desmientas semblante.) . También yo supe vencer mis afectos (no desmayes corazón, y a conozco esos golpes desiguales.) Vos estáis favorecido. Ya he dicho, que os engañasteis. Si yo al salir de la gruta, vi a la misma, que hallé antes en esa playa, volver con otra. Y qué imaginasteis? Que la obligó algún enojo al ademán de apartarse, y tenía prevenida otra, que se lo estorbase. Ay amigo! que ya son de otra especie mis pesares, de otro color mis desdichas, mis penas de otro linaje: y para que lo sepáis, Turpín, vuélvete al instante al jardín, y ten cuidado si hubiere más novedades. Bien está, voyme a bizcar, mirando a un tiempo a dos partes, que lo bizco es uso nuevo, y un uso, que si no hace galanes los hombres, sirve de hacer hombres los galanes. Ya que habló a solas conmigo, pues no soy otro, escuchadme lo que os empecé a fiar al punto que os retirasteis a la gruta hallé a Diana, siempre fue con mis verdades rigurosa) pero entonces, sin acertar a explicarse de más irritada, expuso, quizá por desengañarme, de que ya me ha conocido por su enemigo, al examen de mis ojos, un retrato: aquí empiezan sus crueldades, y aquí mis dudas, y aquí el no saber explicarme, un retrato de. Señor, el Rey llega en este instante a la puerta. Qué dices? Que al apearse de una carroza, le vi, y me adelante a avisarte. Cierto es lo que imaginé, Raro empeño. Fuerte lance! Nunca engañan los temores a las infelicidades. Quedaos todos, que yo solo desde aquí ha de acompañarme, (verá el de Creta, que emprende un imposible, y que es antes mi venganza, que su empeño) pero aquí está llego a hablarle: quien viene sin avisar, no hay razón para que extrañe, que venga yo de esta suerte: Lisidas, vete al instante, y en orden la gente haga estrecha, y lucida cárcel la de Diana. Ya voy: que no pueda yo avisarle! Qué venga yo de esta suerte a prevenir hospedaje más decente a vuestra Alteza. Ya no es posible ocultarse. Esto es hecho: yo, señor, llegué a Chipre, mas si sabe vuestra Majestad quien soy, solo me toca acordarle su grandeza, y que ella misma me defienda, por librarse de ser menor, permitiendo una pasión, que la arrastre. Vuestra Alteza es quien olvida la suya, que el ocultarle, arguye delito, y siempre en los que a ser tanto nacen, está con lo delincuente, muy encogido lo grande. Justo recelo, señor, me ha obligado a recatarme, que aunque sois Rey (con que digo, que lo sois todo ) no es fácil hallar la piedad de un Rey, en la indignación de un padre. Qué presto, y que sin tormento el delito confesaste. Padre de Diana soy, y ya sé que en los amantes, a disculpar desaciertos, nacieron las ceguedades. Luego también ha sabido. mi amor (no sé como hablarlé,) . Yo he de perderme con él de una vez (todo lo sabe.) Confieso que estoy turbado. No extraño, que os embarace mi razón: mas ya que os puso en ese ocioso certamen vuestra osadía, no es bien, que ignoréis las calidades de la empresa a que venís, que hay algo en ella, que es antes que pelear con las armas de esos afectos vulgares: venid conmigo. Primero, señor, que de aquí se aparte el Príncipe, sabré yo comprar con toda mi sangro su seguridad. Quién es? Quién sabrá. Qué recelasteis? sois del Príncipe de Creta Rugero, volver por mí con sus recelos cobardes, que son conmigo traidores, para ser con vos leales? Príncipe de Creta dijo? Rugero dijo? no sabe quien es. Mejor se ha dispuesto. Dicha fue no declararme. . Venid Rugero (el edicto de mi venganza implacable, haré que la notifique la voz de Alcina suave, y a vista de la opresión de Diana, he de irritarle contra Segimundo) vamos. Ya obedezco, no dilates el ir donde te han llamado; otra vez te persuades a qué fue? Ya ves que ahora, del Rey no pudo apartarme, Ni yo de ti. Ello es preciso el ir, llame a quien llamare, cuando se va a riesgos suyos, y no a favores. Hallaste el camino de vencerme: yo iré; pero a disculparte. Espera junto a la entrada del jardín, hasta que llamen de adentro. Está bien. Y deja abierta de esta otra parte la gruta, para que yo, cuando me desembarace del Rey, te vaya a buscar. De amigo, mas no de amanto obedezco. Adiós. Adiós. Donde amor. Cuando pesares. Encontraré tus alivios. Os cansaréis de ampararme. No sabes adónde están, todas temiendo su fin? Di que bajen al jardín, que en el jardín me hallarán. Dónde vas? Ay de mí triste! tú seas muy bienvenida. Qué tienes? Estoy perdida! después que anoche te fuiste al Templo, ay mil confusiones: Diana está sin aliento. no hay voz aquí sin lamento, ni palabras con razones: apenas despuntó el día, cuando al rumor, y el estruendo de las armas. Ya te entiendo: y Diana desconfía de mí? dile, que este ruido militar, no la acobarde, que es un político alarde, que su padre ha prevenido para un intento, que aquí sabrá, di, que yo he tomado por cuenta de mi cuidado los riesgos que teme, y di. Las guardas están dobladas, y ya poniéndose van; pero, qué miro! aquí están mis dos prendas adoradas? irme quisiera en secreto, porque no se me exasperen, que entre dos que bien se quieren, nadie se puso discreto. Voy a obedecerte ya. Y di, que no baje Astrea, por el riesgo de que sea conocida. . Bien está. Mejor se ha dispuesto, ausente la una, ya no me voy de los días el de hoy, de las damas la presente. Ya Venus, de tus enojos, me avisó tu inspiración, no me asombres la razón, alumbrándome los ojos. A estas mujeres leidas (ya sé el camino) parlarlas poco, y oscuro, y dejarlas, que se den por entendidas, si las amas, corazón, y quieres vivir contento, dales el razonamiento, que ellas te le harán razón: llego, pues, Sabia señora. Ya soberana Deidad: ya te he entendido. . Tomad, si es lerda la entendedora. Deidad me llamo también: luego una viga supiera pagarse de esta manera, de que se lo dicen bien. algún concepto digiere, pues se pasea, allá voy, el que dice lo que quiere. Baste, yo haré, que a tu alarde, se postre el hado enemigo. Ya sé qué basta, mas digo mi pasión, por descansar: que una sabia entienda luego a media razón la trova, y haya quien sufra una boba, que la gaste todo el ruego? Turpin, tú aquí? Hay más graciosa suspensión! De qué te inquietas? Esto tienen las discretas, pensar siempre en otra cosa. Qué dices, que no te entiendo? Hablando estaba. En qué hablabas? Es, que vi que me escuchabas, y te estaba divirtiendo. Ya Diana. . Soy perdido. Viene: aquí estás, oh villano! Es, que iba doble la mano, y quise darme a partido. Dónde vas? Déjame, Alcina. Qué tienes? Cuántos peligros: idos todas, que ordena mi padre, que en este sitio, sola con Alcina espere: y vosotras también idos de aquí. La gruta está abierta, y de tal humor la he visto, que no me atrevo a decirla, que mi miedo ha prevenido a Rugero, venga usted: el hombre de a dos sencillo, que acá dentro nos veremos. Que ceño ha puesto tan lindo: bien parecen las enojadas, las hermosas ahora digo, que quien las tiene gustosas, se pierde su mejor viso. Ay Alcina! los rigores de mi prisión, los peligros de mi vida, los desmanes de mi fortuna; y no digo, ay de mí! las desazones de otro afecto mal nacido; porque no es para la voz, lo que es para los suspiros: todo es menos, que con cuidado mi corazón. No te ahogues. Sabe, que Astrea me ha dicho, que aquel hombre (no quisiera, que nadie pudiera oirnos) que anoche. Nadie te escucha, prosigue. Que anoche vimos en el jardín, es su hermano Segismundo. Astrea ha dicho la verdad; pero ella piensa, que Rugero, a quien no ha visto otra vez, es el hermano de Astrea. Y cuando me irrito de ver, que entró con Rugero por la gruta, mi enemigo, sin saber lo que intentaban los dos, cogió de improviso Astrea todos los pasos a mi enojo, y con suspiros, y lágrimas me ha obligado a ofrecerla otro débito de mi atención, amparando a su hermano. Ya he sentido pasos, después lo dirás. Pues qué es esto? Es que ha venido un Príncipe forastero a intentar con su albedrío la dicha de ser tu esclavo. Y como dice el edicto, que a vista de tu hermosura, mi voz intime el indigno pacto de aquella venganza. Paciencia, aliento rendido. , is- Sé, que debo a tu silencio la vida. En nada te sirvo, pues obedezco en Alcina a los Dioses. El motivo de mi obligación, no es menos, porque tú; pero, qué miro! no es Diana? Desde aquí te harán espalda estos mirtos, para verla, allá se avengan tus ojos con tus oídos. Dónde vas? Aquí me aparto. A qué fin habrá querido el Rey, que yo me adelante hacia este hermoso peligro? En las batallas de amor, vence más el más rendido. Y esa es victoria? Eso duda? No te entiendo. Y me explico. Porque el misno cautiverio, es valor del albedrío. Ojos, valor, que a lo hermoso, sirva lo ingrato de aliño. La razón, siempre obedece, donde mandan los sentidos. Obedece? Y sin violencia. Eso dices? Esto digo. Conoce la tiranía, mas reconoce el dominio. Con su voz está encendiendo nuevo ardor en mi sentido. Amor en lo voluntario. Hierra tu voz el edicto, o es contra mí lo que cantas? Sabe encontrar lo preciso. Provocas a la venganza, y despiertas al cariño. Yo elijo el daño que siento. No es posible. Qué? Sufrirlo. Yo elijo el daño que sientó, y abrazo el daño que elijo. Que aquel ingrato (en el pecho un volcán has encendido) malograsen mis verdades: apartemos los oídos de este encanto: mas quién es? Rugero? Apenas respiro. Qué es esto Alcina? Rugero es el forastero mismo a quien tu padre, que ya entendió, mas yo prosigo, que está en tu cuarto, y no es bien, que echen menos sus oídos, o la voz, o el instrumento. Ya está de más el edicto; porque aunque cumpla con él Rugero . Acabad, decidlo. Hay otra ley imposible, que prosigue mi albedrío. Contra mí? No es contra vos, que la ley habla conmigo, mas vos disteis la razón de la ley. . Yo no me admiro, que la tuve, y de callarla, debo de haberla perdido. La razón, siempre obedece, donde mandan los sentidos. Vos razón? . Sí. . Cuál? Ninguna; o admíteme el sacrificio de callar lo que no entiendes, o entiende lo que no digo. Aún del silencio te vales, para ofender los oídos? Yo hablara, si yo supiera aliñar mi desvarío, de suerte, que no sonarán, como quejas los gemidos. Cuando esos efectos fueran verdades, sin ese aliño, que hecháis menos, fueran culpas: preguntaos, pues, a vos mismo, que nombre tendrá el engaño, donde es la verdad delito; Qué dificultoso es, pedir celos, sin peligro del respeto, y la razón: dadme (no sé lo que sigo) dadme, señora, un lenguaje decente, para deciros, que me ha muerto otra osadía, que antes, que el afecto mío, empezó la noble culpa de irritaros, con serviros, En las batallas de amor, solo vence el más rendido, Yo lo soy; pero el tener comparación, es martirio del amor. . Iba a enojarme; pero vos no habláis conmigo, y paso a no responderos: decid al que en este sitio anoche encontré con vos. Qué escucho! Que ya ha debido a aquella misma hermosura, que a vos os tiene cautivo. Porque el mismo cautiverio, es valor del albedrío. Porque el mismo cautiverio, es valor del albedrío? Digo, que ha debido. Qué? . Mi piedad. Cielos divinos, qué es esto! y queréis que yo se lo diga? estoy sin juicio! Amor, en lo voluntario, sabe encontrar lo preciso, Qué es esto, Alcina? tanto amor, tanto albedrío? para cuando son los rayos de mi venganza? . El principio, no ha de ser de tu venganza el amor. . No has entendido mi intento, escuchad Rugero, que yo acabaré el edicto. Muerto estoy! Venus, yo haré verdades tus vaticinios. Esa infeliz hermosura, Príncipe de Creta Invicto, morirá sin libertad en esta prisión. Que esquivo decreto, o sea dichosa, aunque es ingrata! . El Divino estatuto de los cielos la destinó a un enemigo. Yo no la adoré, por solo adorarla. . No hay camino de merecer con su mano su libertad. . Un amigo, no está porfiando a morir por mi amistad? . Divertido parecé que me escucháis? Ella misma no me ha dicho, que ya Rugero encontró su piedad, y que yo mismo se lo diga? . No entendéis? Pues cómo el dolor resisto, y a la razón de morir no cede el aliento mío? Ahora es tiempo, escuchadme, . Ya os he dicho, que de esta manera inspiro en vuestros tres corazones los celestiales avisos. La vida de Segismundo será feliz sacrificio. En tu engaño está tu dicha, . Qué delirio! búscala con tu albedrío. El secreto del Alcázar del secreto, es el camino, huid, huid, mortales, del término preciso, huid, huid, que huyendo siguen los fugitivos, y al destino caminan las fugas del destino. La vida de Segismundo, será feliz sacrificio, y el secreto del Alcázar del secreto, es el camino: ya entiendo, señor, seguidme, que yo cumpliré el edicto. Qué dices? . Que al acabarse me ausentaba: vuelve acá, vuestra venganza. Ya os digo: aguarda Alcina (dejadme saber primero) esto ha sido lo que me dijo aquel Sabio Sacerdote, saber digo lo que me quiso decir Alcina, cuando me dijo, el secreto es el camino: vete Diana a tu cuarto, En mi engaño está mi dicha; qué es esto, Alcina? Esto ha sido, que en tu engaño está mi muerte, que es tu dicha. que ese estilo desconozco. Ah ingrata; pero sí, bien digo ingrata, mucha pasión me buscas con mucho estilo. Oís? guardad esas voces para la que ha merecido; pero id con Dios. . Atended: mas no atendáis. Qué obstinación! Qué congoja! . Qué pena! Qué desvarío! Tú verás a donde llegan despechos de un afligido. Y tú. . Qué decías? Nada, que aún mereces oírlo! Que traigan las sinrazones! Qué enternezcan los delitos! Déjame cerrar, que ya como sin orden abrí la gruta, el vernos aquí dónde vas? Ya me has tenido un rato de amores loco, déjame amar otro poco la locura del oído. Cuándo afirmando se iba, se muda así tu fineza? Mira, esto de la firmeza. Qué tiene? Ser cuesta arriba. y vos, más venid conmigo. . . Dices bien, y ya me empeñas en no tenerla jamás, porque es cuesta arriba, y más, que está donde están las peñas. Discúrralo cada uno, la que en ser mudable da, cuando quiere a otro, está cerca de querer a uno. Del Sabio es mudar consejo; y si llaman comunmente a la culebra, prudente, es porque muda el pellejo. Ves las rocas, pues son locas, y los azotes del mar, por no quererse mudar, merece muy bien las rocas. Yo, en una cosa me fundo; que no por firmes, y quietas, están siempre las veletas en lo más alto del mundo. Oh que bién! pero aquí viene tu ama. . No es si no Astrea. No es esta Diana? . Sea quien fuere, lo que conviene es, que aparte la entretengas, mientras yo la gruta cierro. Está bien. No me engañé, que puede ser jardinero: dónde está Diana? . Quién? Diana. . Yo estoy creyendo, que me dan cómo, Diana no es esta? . Mi hermano, cielos, con el Rey! lo que discurro, se embaraza en lo que temo; pero allí está Laura: Laura. Señora, quedose abierto. Di a Diana (estoy sin vida!) que en este sitio la espero, porque he menester hablarla a solas: y tú, ven presto, y busca. . A quién? . A tu amo, y dile, que aquel Caballero, que entró anoche en el jardín con él, está en grande riesgo, y que si es su amigo, como de verlos juntos lo infiero, le acuda; no os detengáis. Quién vio tan raros misterios! Oyes? . Qué. No se te olvide, que quedamos en aquello de querernos, si gustamos: de mudarnos, si queremos. A quién habrán combatido tan de tropel los sucesos? que en poco más de seis días, que ha que me arrojó del Templo de Tetis, en esta playa, la saña del mar, primero encontré en la voz de Alcina, una amenaza del cielo: después en la de un amante un peligro del sosiego: busque, huyendo, mi fortuna, y vine a encontrar huyendo, noble amiga en Diana: pero al saber, que Rugero la adoraba, hallé también en su amparo otro tormento, Alcina se me retira, o responde con misterios a mi confusión: mi hermano Segismundo, con su riesgo, me desalienta: Diana, me rinde con sus afectos: y yo entre tantas fatigas, tengo más rendido el pecho al dolor ienos airoso; porque es el más lisonjero, o inclinación mal nacida, hija en fin de un desacierto. Quién te pudiera arrancar del corazón, donde veo, que está engendrado el enojo, una ira tan sin fuego, que de puro discursiva, se convierte en sufrimiento. Ya que ha cerrado el rumor indistinto, que el silencio de la gruta parecía cercano, ya nadie veo, que a buscar a Segismundo se acerque, para los riesgos de Diana: mas Diana, no es esta? valedme cielos! Sola está, y no sé que diga: que hermosa perdida han hecho mis ojos, bien reconocen la luz de sus escarmientos: pero parece, que el llanto los quiere volver a ciegos: suspensa está, no me ha visto, irme sin hablarla quiero, que estoy recién enmendado, para fiarme del riesgo. Ay de mí! . Suspiro fue: también se aparta violento el oído; pero huyamos, q . que esto ha de ser. . Ah Rugero! . Llamáis? . Quién? Yo no soy Rugero: notable yerro de mi pasión! . Él me oyó: . notable error de mi afecto! que aún los suspiros me sirvan de ahogo! disimulemos la humanidad del suspiro, con otra culpa, que es menos: llamavaos para deciros un cuidado. . Vuestro riesgo me ha traído, y la atención de vuestro amante. . No entiendo ese atrevido lenguaje: vos mi amante? no es tan cuerdo mi rigor, que no supiera borrar ese atrevimiento con rayos; pero es rigor, que le desarma el desprecio. Yo, señora, ya no os hablo de mí, que aún el pensamiento, invidiando el de la voz, ha empezado otro silencio: antes venía a deciros, que Fisberto supo ya; pero advertid, que os escuchan. Ya me vieron. Quién? pero por vos me pesa, Diana. . Astrea? . qué es esto? Astrea la llamó, y ella Diana? no hay entenderlo. Yo te venía a buscar, y extrañé el atrevimiento de tu hermano. . En eso hablaba cuando llegaste, que el pecho se asustó de haberle visto salir con el Rey. . Qué es esto? Y a Rugero le pedía, que fuese. . A quién? A Rugero. No se llama Sigismundo tu hermano? . Yo no te entiendo. Ni yo a ti. . Ni yo a las dos. Aunque te sepulte el centro de la tierra, ha de buscarte mi venganza. . No la temo. Traidor Sigismundo, espera. Sígueme, que ya te espero. No lo escuchaste? qué voces son estas? Sin vida vengo, huye, señor. . Muerta soy! señora, terrible empeño! . qué tenéis? Que el Rey ha entrado con tu amigo. . Eso es lo mismo que yo vi desde esa torre. Y yo le encontré, saliendo a buscarte. . Dónde entraron? En la gruta. . Dónde? cielos, gran desdicha! . Duro trance! Fuerte susto! . De mi acero, la oscuridad te defiende: dónde me llevas? . Ya intento, que me deban otra luz tus desengaños. i. Rugero, Diana. Qué es esto, amigo? Esto es un noble despecho de sacrificar la vida, a una amistad, y a un desprecio. Hermano, qué es lo que intentas? Hermano le llamó, cielos! Esta es su hermana? qué escucho! Tú también; pero no puedo hablarte ya. . Segismundo; pero también el exceso de la luz, se hace tiniebla: dónde estás? . A tus pies puesto: si mi vida es la amenaza de que se ha valido el cielo contra Diana: yo supe adorarla, y ahora entiendo, si he de morir de perderla, perderla también muriendo; porque empiece su fortuna de la dicha de Rugero. No te rindas, que es noble mi rencor, y el rendimiento le destruye; pero ya con más causa me suspendo: no es este el jardín? Diana no es esta? qué es lo que veo! Yo te lo diré: escuchadme todos, que la voz del cielo habla a todos en Alcina. Diana, el amor ha hecho, que te adore Segismundo, con el nombre de Rugero, con tan generoso afecto: tu amigo, es tu hermana Astrea; yo con impulso de Venus, para esta hazaña de amor, los traje a Chipre. Esta es la luz de las sombras, con que hablaron los decretos de los Dioses: y está es la ventura, que ofrecieron al secreto misterioso del Alcázar del Secreto. Albricias amor. . Albricias cuidados. . Vuelva el aliento hacia el corazón. . Respite mi fatiga. . Tú has abierto mis ojos, premie la mano de Diana los afectos de Segismundo. . Y Astrea, mi dicha, y la de Rugero, asegure con la suya: ya empiezan a ser deseos los temores. . Ya se anima la adoración a ser ruego. Y empiece con esto a hablar el humilde encogimiento, y el rendido sobresalto con que fía un corto ingenio, a tan generosas limas, el ennoblecer sus hierros.
