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Texto digital de El acomodado Don Domingo de Don Blas

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Juan Ruiz de Alarcón
Atribución estilometría
Juan Ruiz de Alarcón Segura
Género
Comedia
Procedencia
El texto procede de la edición de Germán Vega (Kassel/Ciudad de México, Reichenberger/UAM Iztapalapa, 2002).

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El acomodado Don Domingo de Don Blas. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/acomodado-don-domingo-de-don-blas-el.

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EL ACOMODADO DON DOMINGO DE DON BLAS

JORNADA PRIMERA

Viva, viva Don García, rey de León! Dos mil años, los proprios y los extraños den holocaustos al día en que Zamora merece ver la frente coronada que por la pluma y la espada tantas glorias nos ofrece. Ya, Ramiro, el tiempo he visto que más llegué a desear. Lo que debéis estimar el mostraros tan bien quisto públicas aclamaciones; que de los reyes, señor, es la ventura mayor reinar en los corazones. Mucho debo a esta ciudad. Mostró en su recibimiento, rompiendo a voces el viento, que en amor y lealtad a las demás se adelanta, que más dichosas han sido en haberte merecido besar primero la planta. Dadle los pies, gran señor, a Rodrigo. Levantad, que a vuestra sangre y lealtad debe los brazos mi amor. Quien con manos liberales tan altos favores da ¿qué corazones no hará valerosos y leales? Bien lo ha mostrado Zamora, que en este dichoso día con aplausos de alegría publica lo que os adora. Yo le pago como es justo ese amor, pues no he gozado, hasta que la vi, colmado de tanta ventura el gusto. Y a fe de quien soy, Rodrigo, que la prolija prisión del castillo de Gauzón fue para mí más castigo por verme de esta ciudad que tanto sabe obligarme ausente, que por privarme de la amada libertad. Pero por bien empleado doy ya cuanto he padecido, por el gusto que he tenido y el que Zamora ha mostrado con mi llegada. Jamás ha hecho acompañamiento tan general el contento. Don Domingo de Don Blas ha sido quien solamente no acompañó la ciudad. Huye su comodidad los concursos de la gente, que es al cuerpo fastidiosa la apretura, y el ruido lo es también para el oído. ¿Vive Costanza, su esposa? Sí, señor, y de un preñado espera ya sucesión. ¿Y no mudó condición con la mudanza de estado? No, señor, antes atiende hoy a la comodidad con mayor curiosidad, porque desquitar pretende los disgustos de casado. O le murmuren o alaben, a él le juzgan los que saben por hombre desengañado. Él sigue la condición del tiempo, y en el ocioso sus bienes logra dichoso, pero cuando la ocasión le obliga, ni en la prudencia ni en el valor tiene igual, que yo mismo, por mi mal, he tocado la experiencia. mas ahora pienso hacer . que por mi bien haya sido, que de él, pues le he conocido su lealtad, me he de valer. Su noble sangre le abona, su cordura y su valor, y, en importando al honor, a la vida no perdona. Pues ¿quién para mi privado más partes puede tener, o quién mejor puede ser atlante de mi cuidado? A don Domingo llamad, Ramiro, de parte mía. Voy, señor. Hoy es el día . que de su comodidad, según la fortuna ordena, el triste fin ha llegado, que del enojo pasado le quiere el rey dar la pena. Pruebe las calamidades, sepa a qué sabe el pesar; que me cansa verle amar tanto las comodidades. Dime, Rodrigo... ¿Señor? ¿Cómo está y cómo ha llevado de don Juan, su esposo amado, la muerte doña Leonor, la hija de don Ramiro? Don Domingo la hospedó desde el punto que enviudó, con privación de suspiro y de luto por don Juan. No sé lo que le ha movido; sé que la adorna vestido alegre y traje galán. ¿Qué dices? ¿si se ha casado segunda vez? si tuviera esposo, señor, no fuera cordura haberlo ocultado, causando murmuración con las galas. Bien sospecho que tendrá de haberlo hecho justa y precisa ocasión, pues que se lo ha consentido don Domingo de Don Blas, de quien informado estás que es honrado y entendido. Y él, pues le aguardas, señor, los motivos te dirá que yo ignoro. Bien está. mas dime, dime: Leonor ¿está después que enviudó tan perfetamente hermosa como al tiempo que de esposa la mano a don Juan le dio? Cuanto el retórico labio dice a la mujer más bella por lisonja, para ella será conocido agravio. ¿Tiene muchos pretendientes? Dineros y calidad, edad poca y gran beldad ¿qué corazones valientes, si mirarla han merecido, no rendirán? Dices bien. mas entretanto ¿quién, quién es della favorecido? ¿Hay alguno cuyo amor blasone de que es pagado? O el dichoso es recatado o no es piadosa Leonor, porque hasta ahora la fama, si trata de sus amantes, a todos llama constantes y a nadie dichoso llama. Triste yo, que soy testigo . de su rigor. No parece que en ella se compadece ser tan esquiva, Rodrigo, con los indicios que ha dado de liviana en cumplir mal con el traje funeral, a que la obliga su estado. Yo sospecho que hay en ello algún misterio. Y alguno . teme el cuidado importuno con que el rey se informa de ello, y averiguar me conviene si es intención amorosa. Señor, no es difícil cosa saber cuál de los que tiene es el amante querido; y yo me ofrezco a saberlo y a decirlo, si de ello te has de dar por tan servido como el gusto lo ha mostrado con que informándote estás, que en ello sospechas das de algún oculto cuidado. Hablando está mi señor con el rey. Quiero aguardar. si en un rey es culpa amar, darlo a entender es error. mas el ciego dios, Rodrigo, desconoce la razón, y es alivio en la pasión comunicarla a un amigo. Este nombre me mereces, y, así, no te he de negar lo que te han de confesar mis suspiros tantas veces. La noche que la beldad de Leonor ver merecí la vez primera, perdí dos veces la libertad. El rey, mi padre, prendió el cuerpo, y Leonor hermosa el alma, si venturosa, porque su belleza vio, infeliz también en verla, pues en la misma ocasión en que nació la afición murió la esperanza della. Sólo sirvió la ventura de ver allí tanta gloria de que hiciese su memoria mi larga prisión más dura. Pero, si bien la crueldad de la prisión agrandó, al mismo paso aumentó el gusto a la libertad, pues a la gloria mayor del trono, en que ya me veo, prefiero el menor deseo de los ojos de Leonor. Presa ha sido, detenida, esta amorosa pasión en dos años de prisión, largo infierno en corta vida. Ardiente volcán ha sido en mi pecho este cuidado del deseo concitado y del silencio oprimido. Y tanto con más violencia rompen las llaves el pecho, cuanto a exaltarlas ha hecho la prisión más resistencia. Y, así, tú, de quien confío, por noble, amigo y leal, pues te comunico el mal, que padece el pecho mío, Mercurio has de ser fiel. Mensajero de mi amor, da remedio a mi dolor, dando a Leonor parte de él. Y darás, conforme a ley, la vida, noble Rodrigo, o por amigo, a tu amigo, o por vasallo, a tu rey. Leyes son, señor, precisas esas dos obligaciones, y son preceptos que pones los favores con que avisas. Yo te confieso que siento de la reina, mi señora, que como debe te adora, el forzoso sentimiento que ha de tener con razón de lo que en su agravio piensas, que no te merece ofensas su hermosura y afición. Mas, viendo que ni de intento has de mudar, ni faltar quien se ofrezca a ejecutar tu resuelto pensamiento, quiero servirte, señor, pues nadie para este efecto ha de tener más secreto, más lealtad o más amor. Por esas razones fío de ti, Rodrigo, mi pecho. Estar puedes satisfecho de las verdades del mío. Señor... Beltrán, ¿qué hay de nuevo? No sé si yerro en decirlo, que aunque me he atrevido a oírlo, a creerlo no me atrevo. Pues al tiempo que entendí que pidieras a Leonor al rey, he visto, señor, que él te la ha pedido a ti. Luego, ¿nos has escuchado? Bastantes señas te doy. Pues, Beltrán... Ya sé que estoy por tu peligro obligado al secreto, porque el rey no entienda que tú me diste parte de él, y le rompiste de fidelidad la ley. Pero bien pienso que estás de mí, señor, confiado, y sabes que de criado el nombre tengo, no más, y las costumbres, de amigo. Es verdad, que la experiencia de tu valor y prudencia te da ese lugar conmigo. Don Juan, mi señor, que el cielo tenga, en su vida pensó cosa que ignorase yo, ni formó jamás recelo de mi secreto y lealtad. Lo mismo hallarás en mí. Eso supuesto, me dí ¿cómo si amas la beldad de Leonor tan abrasado, tan fácilmente, señor, de tercero de otro amor el oficio has acetado? Por eso. ¿Por eso? Sí. Misterios son que no entiendo. Supuesto que la pretendo para esposa, Beltrán, dí, no queriendo yo perder esperanza tan dichosa, ¿no es cautela provechosa ser yo el tercero, y saber si muestra villano pecho, o si resiste constante Leonor bella al rey amante, para poder, satisfecho de la verdad, resolver o ser su esposo o no serlo? Que excusándome de hacerlo me determino a perder de conocido a Leonor, pues, si en esto se valiera de otro el rey, yo no tuviera la evidencia de su honor que pide caso tan grave. Y en cosas de honor advierto que, aunque se dude lo cierto, cuando la duda se sabe, la han de evitar los que son honrados, porque la afrenta consentirá quien consienta la duda de la opinión. Así lo entiendo, señor. mas yo con razón creía que contigo bastaría saber del rey el amor para mudar pensamiento, porque de un rey viene a ser lo mismo, a mi parecer, la ejecución que el intento para dañar la opinión, pues ninguno, a lo que creo, en sabiendo su deseo, dudará la ejecución. Eso también me obligó, Beltrán, a ser su tercero, porque así excusar espero que ninguno, sino yo, tenga de su amor noticia. si tú del murmurador con ese medio, señor, aseguras la malicia, estar puedes satisfecho de Leonor, que es tan honesta que no hay roca al mar opuesta más constante que su pecho. ¿Que esta noche hay tanta fiesta en Palacio? La ciudad extremos de su lealtad en sus gestos manifiesta. Y porque de prevenciones dilatadas necesita, trajes y danzas imita de diferentes naciones esta noche, que su fe no quiere que pase día en que de tanta alegría algún indicio no dé. Ay, prima Leonor, quién fuera a ver tanto regocijo! Pues, ¿de qué te sirve un hijo que de tu preñado espera don Domingo, si el enfado que te amenaza al parir no desquitas en cumplir los antojos del preñado? ¿Y venceré sus rigores con decir que se me antoja? si te resiste y se enoja, finge al momento dolores, que es torcedor inhumano perder un hijo. Leonor, él sale. Sólo el calor hace insufrible el verano. Es verdad. mas la opinión común, por el desenfado con que se vive, le ha dado, aun con esa condición, mejor lugar que al invierno. ¿Desenfado puede haber en un tiempo que en arder semeja tanto al infierno? A los mendigos agrada con razón, que en su rigor les da vestido el calor y un zaguán les da posada. Pero ¿cuándo a quien miró más pródiga la fortuna la tempestad importuna del invierno fatigó? Con el calor mengua el brío, hace fastidio la cama, y a la más hermosa dama el estío causa hastío. La comida sabe mal; beber poco, poco apaga la sed; beber mucho estraga mucho el calor natural. La conversación en casa congoja, que solamente del aliento de la gente el aire ambiente se abrasa. En la calle, si es de día, las piedras brotan centellas, y si es cuando las estrellas ornan la noche sombría, es el peligro forzoso, que hay amante, que apretado del término señalado para hablar su dueño hermoso, la conversación prolija con un zumbido interrompe, cuando los cascos no rompe con el golpe de una guija. Y de eso mismo el enfado de un triste amante se infiere, si en tiempo tan libre quiere dueño oculto y recatado, pues ni para hablar hay hora sin testigos, ni ha de entrar ni salir sin arriesgar la opinión de la que adora. Y lo que refiero todo pasa al invierno al revés. Yo lo confieso. mas es pesada el agua y el lodo. Eso toca solamente al vestido y al calzado, y del calor el enfado el cuerpo y alma lo siente. Según esto, colegir su diferencia será muy fácil, por lo que va de sentir a no sentir. ¿No es fastidioso cuidado, aunque no toque al sentido, ver que se moje el vestido o que se enlode el calzado? La flecha que no me hería cuando en la guerra serví, aunque diese junto a mí, juzgué que daba en Turquía. La fe y honor ha de ser en lo que ha de preferir el entender al sentir y el creer al entender. Pero en lo demás me altera lo sensible solamente, porque es lo que no se siente lo mismo que si no fuera. Muchos años de esa suerte vivirás. A ser posible rompiera yo el invencible estatuto de la muerte. Y aun con eso engordas tanto, que no ha mucho que aguileño eras de rostro y cenceño de cuerpo, y ya causa espanto ver cuán otro del que fuiste, cuán gordo y cuán colorado estás después de casado. Ahora lo encareciste, que engordar casado un hombre, gran hazaña! Contra ti arguyes, pues siendo así te casaste. No te asombre, que a mí me daba cuidado sólo el temor de la muerte, y lo evité de esta suerte, que no lo teme el casado. Haz aire. Estoy ya, señor, cansado. ¿Cansado estás? En eso, Nuño, verás si es el invierno mejor. Llega. Costanza, ¿aquí estáis? ¿no dormís la siesta? ¿Fuera fineza que yo durmiera, señor, cuando vos veláis? No, por cierto, mas sería comodidad, porque el sueño en verano, hermoso dueño, es mejor sin compañía. Es verdad. Mas, si mi vida se goza en acompañaros, despierta quiero gozaros y no perderla dormida. ¿Siempre me habéis de vencer en finezas, prenda cara? Cuánto el requiebro estimara . a no ser de mi mujer! Habla ya. Necio, detente. No ha de ser el movimiento del abanico violento, que ha de tocar blandamente el aire, para que sea suave su adulación, que, si no, la contusión atormenta y no recrea. ¿Acierto ahora, señor? No me da, te certifico, tanto fresco el abanico como tú me das calor. Apártate. Dale aire. Yo te quiero enseñar lo que has de hacer. De la mano de mujer el aire es más lisonjero. Acertaros a servir es el fin de mi esperanza. ¿Tantos favores, Costanza? Algo me queréis pedir. Presto lo echastes de ver. El argumento era llano, porque ni aun el aire vano da de balde la mujer. Declárate, pues; no tarde tu lengua. Señor, quisiera... La mujer eres primera que he visto en pedir cobarde. Digo que se me ha antojado ver las danzas e invenciones de Palacio. Oh, las pensiones comienzan ya del preñado! No os enojéis. No me enojo. mas advertiros es justo que una cosa es tener gusto y es otra tener antojo, que es más eficaz. Ved, pues, cuál de estos tenéis. Yo creo, según me aprieta el deseo, que antojo, y no gusto, es. No pienso que puede ser, porque si de ver hubiera antojos, jamás pariera a luz ninguna mujer. En antojos solamente, según he visto y oído, los manjares han caído. Y entiendo por evidente que en el Paraíso dio, para daño universal, Eva principio a este mal, pues sólo se le antojó, teniendo cinco sentidos en que emplear su cuidado, comer del fruto vedado entre tantos permitidos. Y para darte a entender que de aquel caso se arguye que en los preñados influye el antojo de comer, en la pena y el rigor de la maldición se ve que Dios le echó, porque fue que pariese con dolor. De este lugar saco yo en mi favor que los ojos tienen más fuertes antojos, pues dicen que, porque vio una manzana tan bella, se le antojó. Ten. Repara. Luego ¿no se le antojara, si no hubiera de comerla? Claro está. Luego, poner freno es cordura a los ojos, pues no nacen los antojos de no ver, sino de ver. ¿Es menos noble la vista que el gusto, para que crea que a las cosas que desea con menos gusto resista? ¿O queréis vos sus efectos regular por consecuencias, cuando en tantas experiencias admiramos sus secretos? Pues, ¿por qué razón a mí no creeréis que me molesta el antojo de una fiesta, que, de que las nuevas oí, con tan fuerte aprehensión me llevan la voluntad que hará como la verdad causa la imaginación? Yo, en efecto, he de cumplirla, u os advierto que el preñado habéis de ver malogrado. Hola, los mozos de silla! Presto, presto! Voy, señor, a llamarlos. Eso sí. . Nunca menos entendí, esposo, de vuestro amor. Voy a aderezarme. Espera. ¿No mandáis apercebir ya la silla? Es para ir, Costanza, por la partera. ¿Hay tal sequedad? ¿Así vuestras prendas estimáis? ¿Así un hijo vuestro amáis? A lo que yo nunca vi ¿qué amor tengo de tener? Pues, aunque tenga deseo, para mí lo que no veo es lo mismo que no ser. Sabéis que ninguna cosa vista de mí y conocida, comunicada y querida, es conmigo poderosa para desacomodarme, ¿y queréis que el interés de lo que aún no sé si es me obligara a desvelarme? ¿Yo trasnochar por llevaros a una fiesta, en que es forzoso, siendo honrado y vuestro esposo, a tal hora acompañaros? ¿Yo, queréis que con la guarda vaya a lidiar? ¿Yo, al cuidado de defender el preñado del golpe de la alabarda, del empellón de la gente venido? A saber por qué a tanto riesgo os pondré por ver bailar solamente. Mucho más se ha de pasar por un hijo. Yo no quiero un hijo a quien lo primero que se antoja es ver bailar. ¿Qué bien promete a su padre, qué prudencia, qué cordura, quien se inclina a tal locura desde el vientre de su madre? Qué mal gusto! Yo no sé ni he podido entender cuándo se huelga el que está bailando, o cuándo aquel que lo ve. El danzante, mientras danza, se muele, se enciende y suda, y la lisonjera ayuda que hace el son a la mudanza le divierte de que sienta lo que se cansa hasta el fin. Y el que mira al bailarín, si los ojos apacienta en las mudanzas, ¿qué más halla en ellas que traspiés que al derecho y al revés hace un borracho a compás? No, Costanza, no, no es justo querer que me cause enojo un tan mal fundado antojo y un hijo de tan mal gusto. Contra la ley natural despreciáis la sucesión, que en cuantos humanos son tiene fuerza universal. Sucédame quien quisiere la suerte; que el que está muerto nada siente; y, así, advierto, Costanza, mientras viviere, sólo a la comodidad. Que es de gentil el cuidado que contra el presente estado ama la posteridad, quiere andar en la historias, y, a costa de proprias penas, previene dichas ajenas en venideras memorias. ¿Quién no apetece el vivir siempre en la fama? Mas, ¿quién teme el mal o estima el bien que ni ha de ver ni sentir? Leonor, lo ausente no es cierto, que ni se toca, ni siente; pues, ¿cuándo está más ausente un hombre que estando muerto? Viviendo, sólo vivir, y vivir acomodado, solicita mi cuidado; muriendo, sólo morir atención ha de ponerme, por esperar y temer lo que me ha de suceder, no quién ha de sucederme. Que cuidar no es buen consejo, cuando me parto a lugar que jamás he de dejar, del que para siempre dejo. De lo que en todos sucede ¿ser vos excepción queréis? ¿Vos solo no os holgaréis que un hijo vuestro os herede? Sí holgaré, que es natural. Mas, se entiende, si me hallo el hijo sin negociarlo a precio de proprio mal. Que, en mi desengaño, fuera gran necedad perecer cuando vivo por tener quien se huelgue cuando muera. Demás de que sin razón me apretáis ahora, pues yo no sé si el vuestro es preñado o opilación. Y no he de cumplir, Costanza, si cumplirlos me da enojos, de contado los antojos de un preñado en confianza. Que si todos obligado a cumplirlos estuviera, ¿qué plaza y qué oficio hubiera como fingir un preñado? Sólo el temor de perderlo en duda os debiera hacer conservarlo por tener un hijo. Por no tenerlo haré yo cualquier exceso. Vos no sabéis los enfados, las congojas y cuidados de que me libro con eso. En viendo la vez primera el hijo, cuando el amor es mayor, tanto es mayor el temor de que se muera, sin que jamás se deseche. Tras esto, ¿qué más penoso tributo que ser forzoso sufrir un ama de leche? ¿Qué enfado puede llegar al que es fuerza que me dé llorando un niño? Pues ¿qué, si se quiebra de llorar? ¿Habrá tan dura prisión como ver al desdichado de por vida condenado a ser quebrado o capón? Crece, cobrámosle amor, y cuando es más la alegría, muérese de alferecía y nace eterno dolor. si escapa, ya las viruelas amenazándole están. Pasan. Comienza el afán de los dientes y las muelas. Quitarle el pecho ha de ser con mil ansias. Infinitos los sustos de los ahítos cuando comienza a comer. Rómpese de una caída la nariz o la cabeza, porque el ama, cuando empieza a andar, con él se descuida. Y aunque nos mate el dolor, no la habemos de reñir, porque se ha de despedir y el niño le tiene amor. A pueriles años crece, y en ellos nuestro cuidado, si sale mal inclinado y la enseñanza aborrece. A descollarse comienza en la juventud ardiente, y a perdernos, insolente, el temor y la vergüenza. Anda la espada y broquel, ronda de noche, y de día le distrae la compañía de otros locos como él. Da en tahúr y me condena, si tiene ventura escasa, a los hurtos de mi casa y a las trampas de la ajena. Solamente es asistir a los garitos su oficio. Aprende el infame vicio de jurar y de mentir. Nace de allí la cuestión, la queja, la diferencia, el agravio, la pendencia, las heridas, la prisión. Y esto es a buen suceder, que a mal suceder, Costanza, le matan, y la crianza toda se viene a perder. De tanto afán, tanto enojo, me libráis con abortar. Mirad si iré a trasnochar por cumpliros el antojo. Ven, Leonor, que no es razón aguardar más sequedades, desaires y necedades. Mal nos salió la invención. Yo moriré por librarme de tormento tan pesado. Ved con qué me ha amenazado Costanza: ¿con enviudarme? Engañada estáis, por Dios, en amenazarme así, porque sólo es para mí amenaza enviudar vos. Don Ramiro quiere hablarte. Cuando se abrasa en calor el mundo, ¿viene, señor, don Ramiro a visitarte? Él es, Nuño, quien lo pasa, que por la calle pasó por visitarme; yo no, que le recibo en mi casa. Entre Ramiro. De intento, para desacomodarle, aguardé a notificarle de Su Alteza el mandamiento en la siesta. ¿Qué mandáis, Ramiro? El rey me ha enviado a llamaros con cuidado, que os manda que le veáis, y al momento. De vestir, hola! Bien podéis volver a decir que obedecer fue la respuesta de oír. El rey de vuestra obediencia estimará los extremos. El rey llama: ¿qué tenemos? ¿si quiere la resistencia castigarte? No lo sé. Vasallo leal nací: yo hice lo que debí, y ahora también lo haré, si el vivir, Nuño, me cuesta. Viste. Acaba. No te des tanta prisa. Mira que es grande el rigor de la siesta y que salir es crueldad. Llámame el rey, mi señor, y en tocando al pundonor cesa la comodidad.

JORNADA SEGUNDA

Por obligarle a salir con la siesta, le avisé a las dos, y lo logré, porque se empezó a vestir sin detenerse un momento. Qué buen gusto habéis tenido! Fuerza de estrellas ha sido, sin duda, porque me siento naturalmente inclinado a hacerle burlas. No son efectos de inclinación los que el mérito ha causado. Sus extraordinarios modos piden que se burlen de él por pagarle, puesto que él se burla también de todos, siguiendo en nuevos caminos caprichosas necedades, que todas las novedades peligran de desatinos. Él viene ya muy privado de fino. Calor le cuesta la fineza. Pues, no es ésta la postrer burla o enfado que le he de hacer. Yo me ofrezco a ayudaros. y sombrero muy bajo. Avisad, Ramiro, a Su Majestad, que, como veis, le obedezco. Reposa el rey. Yo pensaba, según cuando vos me fuistes a llamar prisa me distes, que despierto me aguardaba. ¿No es más razón que aguardéis vos al rey que el rey a vos? La distancia de los dos justifica lo que hacéis y decís. Yo aguardaré. Tardará Su Majestad, y será incomodidad aguardarle tanto en pie. Sentaos. ¿Donde? En el suelo, que no hay otro asiento aquí. Ramiro, ¿en qué os ofendí, que así me tratáis? Recelo . que pretende ocasionarme a exceder de mi costumbre; pero yo la pesadumbre le he de dar que él quiere darme, con malograrle el intento. Quien se quiere acomodar, según vos, no ha de mirar la dignidad del asiento. Decís muy bien. Qué entendido sois, Ramiro! Yo os confieso que en lo demás, como en eso, con vos me doy por vencido. Pues, si os convenzo, ¿por qué no os asentáis? No sería asentarme cortesía estando los dos en pie. Nunca para acomodaros habéis reparado en eso. Bien decís, yo lo confieso. mas aquí por respetaros mi antigua costumbre pierdo. Huélgome que la mudéis, pues con eso me debéis el comenzar a ser cuerdo. Bien decís. ¿Quién pudo darme tan alto bien sino vos? No habéis de lograr, por Dios, . el intento de enojarme. No hay cómo poder sacarle de su paso. ¿Y ya me espera don Domingo? Considera, señor, que con obligarle a que se mude a Palacio con su casa, por tener, como dices, para ver a Leonor lugar y espacio, fabricas a tu intención más estorbos que ocasiones, pues a peligro te pones de que tu ardiente afición entienda Su Majestad de la reina, mi señora. Y es mejor que tú a deshora, en la quieta soledad de la noche, disfrazado y oculto en su manto oscuro, salgas a seguir, seguro de sus celos, tu cuidado. Es buen consejo. Demás que hasta ver si en la privanza satisface a tu esperanza don Domingo de Don Blas, no será bien empeñarte ni que en Palacio le des aposento. Que después, si no acertase a agradarte que puede ser, pues que sabes que muchos, al parecer sabios, suelen no tener talento en negocios graves, será forzoso, señor, privarle de tu privanza; y que, con esta mudanza, el pueblo murmurador o atribuya a liviandad haberle elegido así, o de apartarle de ti arguya facilidad. De leal son, y de amigo, los consejos que prudente me das. Y, así, juntamente los agradezco y los sigo. Así doy a mi esperanza . alientos, que, con color de justo celo, al amor de Leonor y a la privanza de don Domingo prevengo estorbos, que me quitaran, si tanto al rey se acercaran, las esperanzas que tengo. El rey sale. Y Don Rodrigo con él. Ya su valimiento apura mi sufrimiento, que de los ojos mendigo favorables resplandores del rey, después que llegó a Zamora y mereció Don Rodrigo sus favores. Mas, si puedo, vive el cielo, que su altiva presunción ha de imitar a Faetón, y que ha de bajar al suelo, en ceniza convertida la máquina que levanta. Vámonos de aquí, que es tanta, de mi ambición ofendida, la furia, que mis enojos disimular no podré, y aunque calle los diré con los rayos de mis ojos. Prudente andáis en no ver lo que os ha de hacer pesar. O he de quitarle el lugar, o el que tengo he de perder. Gozar la ocasión conviene, y dar a doña Leonor las nuevas de vuestro amor, mientras con vos se detiene don Domingo. Ya te espero con las albricias, Rodrigo. De mi bien seré enemigo . siendo de mi mal tercero. Permítales, gran señor, los pies, Vuestra Majestad, a mis labios. Levantad. Y atreva vuestro valor a mis brazos la esperanza que goza el que os ha servido, si quien os tiene ofendido tan alto favor alcanza. Nadie jamás me obligó, don Domingo, según ley, más que yo. Porque, si al rey servistes, el rey soy yo. La ley de leal complistes cuando mi intento estorbastes, y para aquí me obligastes, si para allí me ofendistes. Y tal preminencia dio el cielo a quien obra bien, que lo estima el mismo a quien, obrando bien, ofendió. Por eso el lugar os doy primero en el pecho mío, y de nadie más confío que de vos, cuando rey soy, pues, príncipe, conocí que por nadie será infiel contra su rey quien por él entonces fue contra mí. Esa justa confianza me ha traído a vuestros ojos, sin que de aquellos enojos recelase la venganza. No ha sido la obligación menor en que me ponéis que tanto de mí fieis en favor de la razón. Y porque el premio que quiero dar a deudas tan forzosas es justo, ante todas cosas me habéis de informar primero cómo tenéis a Costanza. Tiene salud y alegría de ver el dichoso día que cumplió vuestra esperanza, y la nuestra, pues os veis de la ninfa vencedora coronado ya en Zamora, a quien tanto amor debéis. ¿Y Leonor? Está, señor, buena; aunque falta de gusto, porque siente, como es justo, la soledad de su amor con la muerte de don Juan. Pues, ¿cómo, si llora triste su perdido esposo, viste traje lucido y galán, según publica la fama? Porque yo, cuando hospedaje le di en mi casa, que en traje de alegre y curiosa dama, sin tocas largas y luto, le saqué por condición que anduviese, con razón que no he de pagar tributo yo también al sentimiento de su difunto marido, por la vista... Y el oído, que tampoco le consiento llanto ni suspiro, en tanto que dentro de mi casa esté Leonor, porque no dé pena el suspiro y el llanto. Y como también murió su viejo padre, y estima tanto a Costanza, su prima, la condición acetó, por aliviar su tristeza, viviendo en su compañía, dado que a solas podía gozar la inmensa riqueza que le dejó don Ramiro. ¿Y cuando sale Leonor de casa? Entonces, señor, tocas, monjil y suspiro le permito; porque son las leyes del mundo tales que muestras superficiales califican la opinión. mas en su retiramiento, adonde sólo la ven sus familiares, no es bien acrecentar su tormento con testigos exteriores que a la importuna memoria de su lamentable historia sirvan de despertadores. Que la viuda desdichada, que amado esposo perdió, en perderlo ¿qué pecó, que ha de vivir condenada, no solamente a llorar el mal que la suerte ordena, sino también a la pena que se pudiera evitar? ¿No basta su soledad? Perder su adorado bien ¿no basta, sin que también pierda la comodidad? Antes, según mi opinión, pues el cielo nos ha dado contra las fuerzas del hado por defensa la razón, la ocasión más oportuna de darse a gustos mayores es cuando con más rigores hace guerra la fortuna. Que si al forzoso pesar de mi destino contrario, añado yo voluntario lo que me puedo excusar, ayudará de esta suerte contra mí mi voluntad a lograr la enemistad y malicia de la suerte. Y, así, llamo necio yo a quien del mal que sucede se aflige; porque o se puede remediar el daño o no. si hay remedio, remediarlo y no afligirse conviene, y si remedio no tiene, es el postrero olvídalo. Pues, si es remedio olvidar, ¿qué cosa nos puede hacer olvidar, como el placer, las memorias del pesar? Por esto, yo cuando voy, si el caso me necesita, a cumplir con la visita de un pésame, no le doy. Antes, industriosamente, cuento varias novedades, sin que en las calamidades del miserable doliente, ni en otras que a la memoria las suyas puedan traer, hable; que, a mi parecer, el que le toca su historia, es como si le dijese: a que la suerte os condena, para que de nuevo os pese+. Discursos fundados son en razón, que solamente el uso común desmiente. Y la más fuerte razón suele ser poco dichosa, si el uso en contrario lleva; que lo que tiene de nueva, tiene de dificultosa. si el uso así lo dispuso, pueda en los que cuerdos son el uso de la razón y no la razón del uso. Que si pudo acreditarle contra razón el error, ¿por qué no podrá mejor contra él la razón borrarle? Al acto primero sigue el segundo y los demás, que de otra suerte jamás el hábito se consigue. El uso no se dispuso de una vez, y cualquier cosa fue nueva y dificultosa, y tuvo principio el uso. Pues, siendo así, ¿qué opinión podrá mejor, aunque nueva, usarse que la que lleva de su parte la razón? No en vano resuelvo daros tanto lugar en mi pecho, porque, según satisfecho y gustoso de escucharos me deleito, os juzgo igual a Séneca en la sentencia, a Catón en la prudencia y en la agudeza a Marcial. Y, así, volviendo al intento de cumpliros la merced que os he ofrecido, sabed que de vuestro entendimiento, sangre, valor y prudencia, justamente confiado, como aquel a quien ha dado información la experiencia, determino levantaros al trono de mi privanza, y el peso y la confianza de mi gobierno encargaros. ¿Cómo? ¿Qué decís, señor? ¿A mí la privanza? ¿A mí el peso del reino? Sí, a vos. ¿Y es ese el favor y la merced que consigo de mis méritos? Pues, ¿cuál puedo yo haceros igual? Llamadle, señor, castigo. ¿En tan poco mi favor y mi privanza estimáis? si la privanza llamáis el primer lugar, señor, en vuestra gracia, con ella ¿qué ventura es comparada? ¿Dónde más bien empleada la vida que en merecerla? Pero, si llamáis privanza el cargo de gobernar y en mis hombros sustentar del reino la confianza, de tan dura obligación no os admiréis que me asombre, ni me culpéis que la nombre castigo y no galardón. Pero ¿cómo estoy hablando con tantas veras en esto para excusarme, supuesto que vos estáis envidando de falso por derribarme? Que como mi voluntad ama la comodidad, en ella queréis probarme. Engañado estáis, por Dios, que nadie es más para mí, de veras, que vos; y, así, no hablo de burlas con vos. La más extraña opinión vuestra, si bien se repara, de burlas tiene la cara, de veras el corazón. Que nadie, con apariencias de donaires y de sales, vistió enseñanzas morales y políticas sentencias mejor que vos, ni mejor dio, por caminos extraños, a la vida desengaños y ejemplares al valor. Mirad si es bien que dudéis la elección que en vos he hecho. si de que estéis satisfecho de mí, como encarecéis, me puede pesar, señor, yo os confieso que me pesa, porque para mí no es esa merced, sino disfavor. si es único asumpto mío gozar, con tranquilidades del alma, comodidades del cuerpo, ¿no es desvarío que, habiéndome el cielo dado con qué lograr este intento, ambicioso y avariento, juzgue favor el cuidado que me dais? Pues, de este modo, por llegar a poseer más de lo que he menester, viniera a perderlo todo; que no gozarlo es perderlo. Y, así, a quien la suerte ha dado con que viva acomodado, no se contenta con ello, y la ambición le contrasta con ambición y zozobra. Por buscar lo que le sobra, no goza lo que le basta. El avaro, ¿qué interesa de los tesoros jamás? El más rico ¿ocupa más que una cama y una mesa? Luego, es error que ninguno, ambicioso y avariento, pretenda tener por ciento, viviendo sólo por uno. ¿Para qué afana y pretende el que lo bastante alcanza? si le mueve la esperanza de más gustos, no lo entiende, que es la superflua riqueza un desvelo cuidadoso, y es un blanco peligroso de la envidia la grandeza. si pretende por vivir cuidadoso la opulencia, con más fácil diligencia lo pudiera conseguir: en gastos desordenados desperdicie cuanto tiene; que si a verse pobre viene, tendrá más ciertos cuidados. Bien infiero, según esto, que no es ventura subir, pues sólo me ha de servir de inquietud el alto puesto. Que lo violento es forzado, y en los cuidados viviera violentado, que mi esfera es vivir acomodado. si me diérades, señor, invenciones con que más me acomodase, y jamás tuviese pena y dolor, viérades la estimación que de este favor hiciera; que no es merced verdadera violentar mi inclinación, cuando sabéis que los daños huyo de las vanidades, estimo seguridades y blasono desengaños. Por eso mismo, por eso os elijo mi privado. Quien lo pretende engañado da indicios de poco seso. mas quien, como vos, rehúsa oficio tan grave, tanto es más conveniente cuanto más de admitirlo se excusa. Cuando, por lo que me toca, no resista ese favor, por lo que os toca, señor, la fe y lealtad me provoca a no admitirlo, y mirar por vuestra opinión. ¿No veis la ocasión que le daréis al pueblo de murmurar? Que cuando mis opiniones paradójicas y modos irregulares, en todos concitan murmuraciones, ¿qué han de decir, si elegís para gobernar un hombre que tiene de coco el nombre, cuando al Señor de Santís, Alfonso Rodríguez, claro lustre de Senabria, en quien tantos títulos se ven de valor e ingenio raro, cualidad y discreción, el aplauso universal le da, para puesto igual, el mérito y la elección. ¿Qué importa, si yo os tengo por sabio, cuerdo y prudente, y con un yerro aparente tantos aciertos prevengo, culpen la elección? ¿Cuál es inconveniente mayor: que hoy la tengan por error, y la experiencia después muestre que ha sido acertada, o que la elección merezca aplauso, y después parezca, por los efectos, errada? Yo os confieso que es verdad que en el Señor de Santís hay las partes que decís; mas su mucha cualidad, el poder, la estimación, que en todo mi reino alcanza para el gobierno y privanza, contradicen su elección. Que, aunque me ha de asegurar su lealtad, el poderoso, por sí mismo es peligroso; pues, si para gobernar, como vos decís, escojo a quien tiene tal poder, ni mi ofensa ha de temer ni ha de recelar mi enojo. Pues, si lo que hice quiero deshacer, o me será difícil, o el quedará tan grande como primero. Y, así, quiero, porque a mí jamás mi hechura se atreva, que toda a mí se me deba y nada se deba a sí; porque viva recatada de que, si mal satisfecho deshago yo lo que he hecho, se ha de resolver en nada. La amenaza me enseñó Vuestra Majestad. Respuesta de vuestra objeción es esta que he dicho, amenaza no; que sé de vuestra lealtad que no la habéis menester. Empezad a disponer contra la comodidad el ánimo desde hoy; que hoy a ser otro empezáis. Vos, gran señor, lo mandáis, y yo vuestro vasallo soy. ¿Vos tal mensaje traéis? O vuestra sangre olvidáis, o la que tengo ignoráis, que el respeto me perdéis. Dejo mi opinión aquí; dejo la vuestra, y olvido de mi defunto marido el honor que vive en mí; dejo la misma bajeza del intento... si tan clara sangre tenéis, ¿no bastara para que vuestra nobleza de oficio tan afrentoso no hubiera el cargo acetado haberme una vez mirado con pensamiento de esposo? Idos de aquí. No merezco tanto enojo, si advertís que en la embajada que oís al rey, señora, obedezco; que en los que leales son es la obligación más fuerte. Un hombre, contra la muerte, ha de estimar la opinión. ¿Pudiera Su Majestad, no siendo justo su gusto, por no servirle en lo injusto, culparos en la lealtad? Idos, Idos. Y a mi enojo no deis más causa los dos, que le diré, vive Dios, vuestro delito y su antojo a la reina, porque sea freno al rey y a vos castigo. ¿Qué es esto? ¿Tú con Rodrigo, que las lisonjas desea de tu gusto, prima mía, tan airada? Efecto es, Costanza, el rigor que ves de una loca demasía, que tan en mi agravio ha sido, que tengo vergüenza yo de referirla, y él no de emprenderla la ha tenido. Qué bien parecéis airada! . Nunca os ha visto mi amor más piadosa en mi favor, que cuando os miro enojada; pues contra mí soy tercero y, opuesto a la obligación el gusto, contrarios son lo que pido y lo que quiero. ¿Cómo, señor don Rodrigo, vos disgustáis a Leonor? Vos sois de mi firme amor, Costanza hermosa, testigo. Con esto os he satisfecho. Antes más con eso dudo la ocasión que darla pudo al pesar que le habéis hecho. De haberle dado y callar, podéis, señora, inferir que ni os lo puedo decir ni lo he podido excusar. Y, así, olvidando mi pena, es bien que de la privanza de vuestro esposo, Costanza, os dé ya la enhorabuena. Beltrán, es tiempo de verte! Bien se ve, pues que me ves, que es tiempo de verme, Inés. mas tú sabes que es tan fuerte la condición caprichosa de don Domingo que a mí, cuando a mi dueño perdí, como también a su esposa, por condición me sacó entonces, si entrar quería en su servicio, que había de andar sin luto. mas yo, que el amor y la lealtad que debí a don Juan, mi dueño, tengo por mayor empeño, que no mi comodidad, no lo aceté, por mayor ventura, pues por privado me tiene, más que criado, don Rodrigo, mi señor, a quien el rey con exceso favorece. A Dios pluguiera que a la tuya, Beltrán, fuera igual mi ventura en eso. Pues, ¿por qué? ¿Tan mal te va con don Domingo? Es enfado verle tan acomodado. En mil sutilezas da; con que no tiene la fama otra materia mejor. Ahora, por el calor, ha hecho que aparte cama Costanza. Poco recela el disgusto de su casa. Cuando él dice que se abrasa, ella dice que se yela; y hay pendencias cada día entre marido y mujer. Y lo que más es de ver es la socarronería, el despejo y desenfado con que él lo lleva, no haciendo caso de nada; diciendo que está aquel refrán errado que dice: y mas que el mundo se ría+; que el que lo dijo sería soltero, y que es evidente que hubiera dicho, a tener mujer el que lo inventó: y enójese mi mujer+. A Rodrigo Yo tengo en lo que es razón la merced que el rey le ha hecho, y de vuestro noble pecho agradezco la afición con que su dicha estimáis. Su más verdadero amigo soy yo. Señor don Rodrigo, ¿hay en qué de mí os sirváis? A daros la enhorabuena he venido del favor de Su Majestad. Mejor, el pésame de la pena y el cuidado en que me ha puesto me podéis dar. Y creed que el mayor gusto y merced que podéis hacerme en esto con el rey es divertirle de esta determinación. ¿Tan acertada elección tengo yo de disuadirle? No es hasta ahora evidente que ha sido acertada, no. Y es evidente que yo no me juzgo suficiente. Haced esto, don Rodrigo, si ser mi amigo estimáis. Antes, pues eso mandáis, no me tenéis por amigo. De ponerme en tu presencia y darte de esta ventura el parabién, me asegura que puedo tomar licencia haber, señor, como ves, negado al fúnebre luto el lamentable tributo, y haber cambiado el ciprés de la Parca en el adorno que en las fiestas Himeneo al siempre alegre Lieo ciñe las sienes en torno. Y te prometo que es tal el júbilo que he sentido, que si del modo que ha sido la verde vid liberal de sus hojas, el Ofir conmigo pródigo fuera de su metal y tuviera ese cóncavo zafir del cielo con los diamantes que le adornan por estrellas, y fueran perlas tan bellas como lágrimas brillantes las que destila el Aurora por su querido Memnón, y si los que rayos son con que al horizonte dora fueran hebras de oro, y fuera púrpura de Tiro el velo que tiende cuando da al suelo abismos de luz la esfera: no dudes de que yo hubiese guisado y enriquecido de todo junto un vestido, con que el parabién te diese. Para mostrar de tu amor los conocidos deseos, ¿usas de tantos rodeos? Hay en la Corte, señor, introducida una seta de altaneros escritores, que al que no gasta estas flores no le tienen por poeta. Y aunque mil veces he visto que al semejante escritor se va todo el fruto en flor, por sólo vivir bien quisto quiero imitarlos, y quiero, aunque la razón en vano se deje, hablar de hortelano, lapidario y estrellero. Las flores y frases dan pasto al sentido, y si pones el cuidado en las razones, hablas al alma, Beltrán. Y cuanto más que el oído es noble el entendimiento, tanto más el argumento satisface que el sonido. Que la poesía fundada en hermosura de acentos es música de instrumentos que suena y no dice nada. Sigue, Beltrán, la razón en decirla y en hacerla, que yo he ganado por ella entre buenos opinión. Que tal puesto has merecido, señor, que te tenga el rey afición, que, a toda ley, es el premio más lucido. Y, así, prostrado a tus pies, te pido que, pues alcanza toda su luz tu privanza, un rayo solo me des. ¿Por qué servicios, Beltrán? Por los que tengo de hacer. Primero has de merecer. ¿Qué pedís? Dime: ¿Serán servicios bien admitidos unos arbitrios? No dudo que puede tu ingenio agudo alcanzarlos advertidos. No dudes que lo serán; que solamente dudé que los estimen. ¿Por qué? Porque me llamo Beltrán y soy español. Pues, ¿eso quita el crédito? Pues, ¿no? Un polvorista vi yo despreciado con exceso, que era español y tenía por nombre Miguel Luis. Resolvió mudar país, y llamose, desde el día que entró en otro, Michael Ludovico el Extranjero, y todo el lugar entero se andaba todo tras él. si el arbitrio satisface, las cosas, en mi opinión, ganando por lo que son, no pierden por quién las hace. Vete; y a verme con ellos volverás. ¿Con qué, señor? Con los arbitrios. Dolor de mí; no puedo traerlos. ¿Por qué? Porque ni jamás los hice, ni los haré. Beltranillo, bien, a fe, ¿de chanza conmigo estás? si ofendo tu autoridad, no ofendo tu condición, porque las chanzas no son contra la comodidad. Costanza, pues, ¿ha cesado ya la inquietud del antojo? Cesó, al menos, el enojo con el gusto que me han dado las nuevas de la privanza que con el rey alcanzáis. ¿Tanto de ello os alegráis? No me queréis bien, Costanza. ¿Mándalo Su Majestad? Sí. Pues, ¿no decís, señor, que en tocando al pundonor cesa la comodidad? Sí; y no lo puedo negar. Pero, por decir que cesa, no digo que no me pesa, porque cesa a mi pesar. ¿Posible es que la grandeza de tal puesto no estiméis? ¿Qué ventolera tenéis ya, Costanza, en la cabeza? Pues, no os engañe, señora, la pompa, la vanidad, el fausto, la autoridad, que no habéis de ser ahora más que habéis sido primero. Antes, si bien me queréis, de lo que en esto perdéis, Costanza, advertiros quiero. Haced cuenta que a los dos nos ha apartado el privar, porque no me ha de quedar un instante para vos. Gocéis, señor, muchos años del valimiento y favor de Su Majestad. Señor, ¿han de saber los extraños antes que tus familiares tu dicha? Dame esos pies. También te los pide Inés. si de darlos te dignares a Mauricio, cuando estás en trono tan levantado, con haberlos yo besado, las albricias me darás. Hagámonos, corazón, . a las armas. Norabuena ha de ser, aunque mi pena contradiga mi opinión. Don Domingo, pues estado habéis mudado, mudad lo exterior, no la verdad del pecho desengañado. A todos os agradezco cuanto puedo el alegría, que de la ventura mía y el favor que no merezco de Su Majestad mostráis. Una cosa es conveniente advertiros solamente, y es que nada me pidáis, ni a la intercesión jamás abra puerta la esperanza, no menos a vos, Costanza, que a Leonor y a los demás; que no habrá más fuertes modos de indignarme desde aquí. Ninguno cuide de sí, que yo cuidaré de todos. Llegad. Desnudadme presto, que me congoja el calor. ¿No consideras, señor, que te hallarán descompuesto las visitas que vendrán a darte la norabuena? Pues, ¿vienen a darme pena los que parabién me dan? No, señor; mas es costumbre que quien ocupa tu puesto esté adornado y compuesto. ¿El estar con pesadumbre es costumbre? Así dispuso las ceremonias quien dio usos a Palacio. Yo sigo la razón, no el uso. Yo imaginé que mudaras costumbres y condición con la nueva obligación, y que todo te entregaras a la usanza y policía de Palacio. A lo esencial miro, que a lo accidental, supuesto que no varía de las cosas la sustancia, no atiendo, que la verdad no cede a la vanidad, ni el caso a la circunstancia. En lo importante a mi oficio y obligaciones, verás que no perdona jamás al trabajo el ejercicio. Al zapatero has de hacer oye aparte que un calzado me prevenga acuchillado, que tengo de amanecer con gota. Pues, ¿tienes della, con algún dolor, indicio? No, pero tengo, Mauricio, resolución de tenerla. ¿Por qué? Porque, si la gota finjo así que me embaraza, me excusaré de ir a caza y jugar a la pelota. Rodrigo, ¿otra vez tan presto me volvéis a ver? No es mía, señor, esta cortesía, que es mi voluntad en esto obediente mensajera: a Costanza y a Leonor convida el rey, mi señor, a la fiesta que hoy espera. ¿Cómo? Ya tengo entendida . su intención. A mí mi estado me excusa. Y a mí me has dado, . con ese desdén, la vida. También a Costanza es justo, supuesto que está preñada, tenerla por excusada. Para las cosas de gusto excusa a Leonor su estado; mas a Costanza ¿por qué? ¿Quién el peligro no ve que correr puede el preñado? si tan poco lo estimáis, ¿cómo aquí contra la ley que os pone el gusto del rey del preñado os acordáis? Callad, que yo os he entendido: trato ha sido concertado con Rodrigo este recado. Con la vuestra habéis salido; que, en efecto, sois mujer. A aderezaros entrad. Rodrigo, a Su Majestad es forzoso obedecer a todo riesgo. No sé cuál puede correr Costanza. La suerte toma venganza de mí, porque me casé. Mohíno va. A Barrabás va dando entre si la fiesta. La primera cosa es ésta, que le vi sentir jamás. Ven, ven a tocarme, Inés. Cuál va tu esposo! Liciones que me dan las opiniones que él sigue son las que ves: que, si es fuerza que de aquí salga el uno disgustado, yo quiero dalle el enfado que él me quiso dar a mí.

JORNADA TERCERA

Ya don Domingo sale a dar audiencia. Su discreción admira y su prudencia. A suplicaros vengo que un decreto me deis, en que mandéis que una ramera de mi calle se mude; que anda inquieto por ella un hijo, en quien mi edad postrera funda su bien. Decidme: ¿Tenéis hijas? Una tengo doncella. ¿Y cuál sentiréis más: que pierda ella su honor o él su quietud? Es cosa clara que della es el honor prenda más cara. Pues, no sabéis lo que pedís. No salga de vuestra calle la ramera, que ella, si inquieta el mozo, os guarda la doncella. ¿Cómo, si della para ser liviana toma ejemplo? Cerradle la ventana. Obligado, señor, y agradecido al favor que de vos he recebido, me atrevo a presentaros el león más hermoso que ha dado nombre al África famoso. ¿Qué león? ¿Dónde está? si queréis vello, y el servicio admitís, iré a traerlo. No, no; que, puesto que tan justamente la voluntad estimo del presente, no os agradezco habérmelo ofrecido tanto como no habérmelo traído. ¿A mí, león? ¿Por dicha es obligarme darme de qué cuidar y qué guardarme? Para mi condición ¿es buena alhaja un león africano, que cinco garras tiene en cada mano, y en cada mano esgrime una navaja, y que en mi casa, para mi desvelo, les sirva a los muchachos de señuelo? Mirad: dos condiciones han de tener los dones: Una, que el porte han de llevar pagado; otra, que han de dar gusto y no cuidado. Por la grandeza en que hoy os veis, juzgaba que vuestro gusto así lisonjeaba. Muy engañado estáis, que no ha mudado mi antigua condición el nuevo estado. Recebid, pues, la voluntad. Yo os creo, y a pagaros me obligo el buen deseo. Yo fui, a ejecución de un mandamiento, a prender un ladrón. Y él, con intento de obligarme a dejarlo, cien doblones me dio. Mas, sin embargo, con prisiones en la cárcel le puse, y el cohecho manifesté. Y debiendo por derecho aplicárseme todo, me ha agraviado el juez, que de él sólo me ha aplicado la sexta parte. Y a pediros vengo que en la justicia me amparéis que tengo. Mal anduvo el juez en aplicaros parte de él, que debiera condenaros al cuatro tanto. Pues, ¿por qué, si he hecho lo que debí? No hicistes, que el cohecho recebistes, que no os hubieran dado, si vos la mano hubiérades cerrado. Y, así, el manifestarlo emienda ha sido, no disculpa de haberlo recibido. Pase esta vez; mas otra, a la codicia no arriesguéis la opinión, que la justicia no ha de oler a delito; y evitarlo es más virtud que hacerlo y emendarlo. Yo soy un escultor, cuyos cinceles afrenta son de celebrar pinceles. He labrado de mármol un sepulcro con un difunto en él que sólo es cierto que no está vivo porque imita muerto. Y vengo a ver si acaso de comprarle gustáis; que a nadie, por su lustre y precio, le toca sino a vos. ¿No sois más necio, fúnebre estatuario? ¿Hay locura? ¿Con simulacro de mi sepultura venís a acomodarme? ¿Quién os dijo que trato de enterrarme? De casa en que vivir, y no de entierro en que morir, me acomodad; que es yerro prevenir en sepulcros vanidades, que arguyen más locuras que piedades. Perdonad. No entendí que os ofendiera acordaros la muerte. si cualquiera que se entroduzga en el ajeno oficio, de imprudente da indicio, un mero secular que de esta suerte avisos me anticipa de la muerte, ¿qué recompensa aguarda, tocándole eso al ángel de mi guarda? En galardón, señor, de mis servicios, Su Majestad me ha dado tres oficios, y ha un año que el postrero cumplí. En otro recompensa espero de lo que en los pasados le he servido; y ya la dilación parece olvido. Y, así, pues sois tan justiciero y sabio, de vuestra mano espero el desagravio. ¿Decís que en premio os dio de los servicios vuestros Su Majestad esos oficios? Sí, señor. Pues, ¿por qué, con tanto apremio, premio pedís de haber gozado el premio? Para desobligarse suele darse el galardón, que no para obligarse. Quien sirve bien, haciendo bien su oficio, hace, gozando el galardón, servicio. A servir bien se obliga quien a pedir oficio al rey se atreve. Y a nada obliga el que hace lo que debe. El que la obligación ha satisfecho aprobación negocia, no derecho. Por convenirle al rey, puede pedirle, mas no, por merecer, reconvenirle. si porque habéis vivido en tres corregimientos respetado, regalado y servido, méritos intimáis, y de agraviado os quejáis, ¿qué dejáis para un soldado, que con la nieve al pecho, y a la boca el agua, y a los ojos el acero, al enemigo fiero es invencible roca, la noche vela y no descansa el día, y la muerte por puntos desafía, por estipendio breve, aun no bastante al forzoso alimento, cuanto más a premiar tanto tormento? Reprimid, pues, los labios; que si os hizo en lo que os dio merced, en lo que os deja de dar Su Majestad no os hace queja. De vos se servirá cuando juzgare que le importa, no cuando os importare; que del vasallo para el reino debe servirse, si bien quiere gobernallo, y no del reino el rey para el vasallo. Yo esperaré, señor, aunque padezca esperando, ocasión en que se ofrezca cosa en que mi persona al rey le importe. No es mal lugar para esperar la Corte, cansado pretensor, muy caballero en que al rey ha servido, y, bien mirado, ha servido en mandar idolatrado, en lograr gustos y ganar dinero. Señor, mucho te arrojas, y mal quisto te harás, si a todos dices lo que sientes. si con decirlo, dejo de sentirlo, ¿por qué queréis que deje de decirlo? Súfranme ahora a mí los pretendientes, pues que me han menester, que yo, si de ellos necesitara, los sufriera a ellos. se ponen ellos a hablar aparte. Yo estoy ya determinado. Solo un privado temía, y ya en el Acomodado tiene la desdicha mía que sufrir otro privado. ¿Cómo vivirá, Bermudo, quien de ser primero pudo tener, como yo, esperanza, cuando ya de la privanza el lugar tercero dudo? Ordoño le dé a un criado esa carta. En ella fundo la discordia que he trazado. Arda Troya y arda el mundo, pues ardo yo en mi cuidado. Los dos, que dichosos son, se abrasen en disensión. Uno a otro se destruya. Y yo, a la tragedia suya, seré en Tarpeya Nerón. Con haber galanteado Rodrigo a doña Leonor, va mi engaño acreditado; que es fácil creer que ha dado a su agravio ese color. Pues Ordoño es forastero, y ya de la noche obscura se ve al oriente el lucero, su confusión asegura al mentido mensajero que no será conocido. Y yo tendré entretenido a don Domingo, entre tanto que da ocasión a su llanto con la carta que he fingido. A gran peligro os ponéis, Ramiro. Determinado estoy. No me aconsejéis. si estáis resuelto, obligado para todo me tenéis. si con la comodidad . solamente a enemistad me inclinaba, la privanza que goza, ¿con qué venganza, con qué furia, o qué crueldad, de este veneno envidioso mitigará el sentimiento? Rabie, como yo, celoso. No viva también contento, ya que viva venturoso. Ramiro, amigo, seáis bien venido. Y vos tengáis, señor, salud tan segura como firme la ventura en el puesto que gozáis. Tomad esta silla. Hicistes, en convidarme con ella, agravio al que honrar quisistes. Quiero pagaros aquella que en Palacio me ofrecistes. ¿Es venganza? No; advertencia de que, si tenéis prudencia, al más humilde estiméis, Ramiro, que no sabéis la mudable contingencia de la suerte; y puede ser como el lugar en que estoy os lo ha dado a entender que al mismo que burláis hoy, mañana hayáis menester. Con esto os he aconsejado como amigo, y descansado yo de mi injuria, supuesto que, aunque soy ministro, aún esto me queda de acomodado. Y con esto, satisfecho vivid; que, en lo que me toca, ha sido en vuestro provecho haberse purgado el pecho del veneno por la boca. Guardaos de aquel, si sois sabio, que, estando ofendido, al labio las querellas no permite, que éste a las obras remite la venganza de su agravio. Esto supuesto, a decir comenzad ya confiado si en algo os puedo servir. La ocasión es de cumplir . lo que Ramiro ha mandado, pues que ya la noche obscura del peligro me asegura de ser conocido. Hidalgo, escuchadme. ¿Mandáis algo? ¿Sois criado, por ventura, de don Domingo? Sí soy, y el que sus audiencias doy. Dadle esa carta, y mirad que es de importancia. Aguardad. A cierto negocio voy de priesa. Yo volveré por la respuesta mañana. Ya dio la carta y se fue . Ordoño. Cosa es liviana la que pedís, y la haré con gusto, que granjería será del rey don García servirse de don Bermudo; de cuyas partes no dudo, pues vuestro valor le fía. De otra suerte, no penséis que yo me hubiera empeñado. Ved si otra cosa queréis mandarme. Voy obligado de la merced que me hacéis. ¿Hay alguien que quiera audiencia? Esa es, Nuño, impertinencia y vana superfluidad; que nunca por cortedad dilatan su diligencia los que pretendientes son; ni es menester, cuando abierta les enseña la ocasión, para negociar la puerta, más aviso y prevención. Más pecan de importunar que de temer y tardar los que vienen a pedir; y, así, más en despedir tendrás que hacer, que en llamar. Esta carta es para ti, y es de importancia, que quien me la dio lo afirmó así. Ella lo dirá más bien. Llega una luz. Dice aquí: Carta. don Domingo de Don Blas+. Qué presto me lisonjea! Ábrela. La firma dice: salud y paz os desea: Diego Fernández+. No sé quién es. Por dicha, podré conocerle en lo que escribe. Lee. con agradecida fe debe mirar el honor de quien liberal le ha hecho mercedes. Y, así, señor, no os puede excusar mi pecho este forzoso dolor. Por vuestra esposa mirad...+ Válgame el cielo! ¿Qué es esto? Idos. Solo me dejad. No me veáis descompuesto, . que estoy perdido. Cerrad estas puertas... Nuño, espera. ¿Quién esta carta te dio? No pude, aunque yo quisiera, conocerle. ¿Por qué no? Porque en la parte postrera de esta pieza, donde ciega alcanza la luz, hacía mi oficio, cuando se llega un hombre que la traía. Y aún no la carta me entrega, diciendo que es importante, cuando, sin que un breve instante aguardase, me volvió las espaldas, sin ser yo a detenerle bastante, diciendo que no podía esperar, que volvería por la respuesta. Está bien. Vete; y de esas puertas ten cuidado; y sin orden mía ni tú ni nadie entre aquí. Harelo, señor, así. De enojado se demuda. . En esta carta, sin duda, mortal veneno le di. Mal haya, amén, el que lee papel cuyo dueño ignora! Carta sin firma jamás vino a dar nuevas dichosas; y esta firma no lo es; antes, porque no conozca la mano que la escribió, es supuesta y cautelosa. Temblando estoy de leer lo demás. Más ya ¿qué importa lo demás, si en lo que he visto, he visto ya mi deshonra? Ya bebí el tósigo, ya; y puede ser que disponga lo restante a mi dolor la triaca provechosa. que Rodrigo de Zamora solicita vuestra ofensa; y pretender por esposa a Leonor es deslumbraros. Esto avisaros me toca; que no perdono el dolor, porque el honor os importa. El que más salud y paz os desea...+ Mentirosa mano, ¿qué paz me deseas? ¿Qué salud, si no perdonas a la quietud estos celos y a la vida estas congojas? mas ¿qué me quejo de quien cuidadoso de mi honra mi descuido ha despertado con verdades tan notorias? Verdades son, sí, que de ellas tantos indicios me informan, que el consuelo de la duda su evidencia me estorban. Volviendo yo de Palacio, en mi casa con mi esposa hallé a Rodrigo, y estaban hablando los dos a solas. La excusa de que venía a darme de mi dichosa privanza la norabuena fue excusa que en mi lisonja mi agravio disimuló. Porque, si a la misma hora que yo llegué a hablar al rey, él se partió a ver mi esposa y no a verme, si en Palacio me dejaba, quién ignora que fue de su amor efecto volver su misma persona a convidarla al sarao, pues en tan liviana cosa, como traer un recado, no se empleara quien goza, tan estimado del rey, la mitad de su corona. Y si el mensajero fue él mismo, porque disponga su autoridad mi permiso, ¿qué probanza más notoria de mi ofensa, pues no hay duda de que supo de la boca de Costanza su deseo y mi resistencia? Todas evidencias de mi daño; porque, pues de las discordias y los disgustos caseros familiarmente le informa, estrechamente le trata: claramente me deshonra. Cierto es que hizo a Costanza, y no a Leonor, la lisonja del convite; pues no hizo, cuando Leonor desdeñosa se excusó, segunda instancia. Antes, si aquí la memoria no miente o allí los ojos, le vi con señas gustosas hacer aplauso a la excusa, y vi también que me exhorta Rodrigo que a los deseos de Costanza corresponda. ¿Qué más indicios? ¿Qué más probanzas? ¿Qué más congojas? ¿Qué más rabias? ¿Qué más muertes? Ahora, penas, ahora os vengad de aquellos gustos, desquitad aquellas glorias, que entre mis comodidades quietud me daban dichosa. Ahora, celos, me dad a conocer que no importa filósofos argumentos, discursos y paradojas, cuando en tales tempestades el pensamiento zozobra, la imaginación se anega y el sufrimiento se ahoga. Ay de mí! ¿Qué rabia es ésta? ¿Qué penetrante ponzoña tan del todo en un momento hace que me desconozca? ¿Aquel soy yo que decía que en las desdichas no importa sentir, sino remediar? El que por necio pregona al que en las penas se aflige ¿soy yo? Pues, ¿cómo no toma en esta ocasión el pecho los consejos de la boca? Venid ahora a vengaros los que acusé en las congojas. Los que en las penas culpé, ahora os vengad, ahora. ¿Qué mandas? ¿Llamete yo? Diste voces, y creí que llamabas. ¿Voces di? Y tales, que las oyó don Rodrigo de Zamora, que en esa cuadra primera ha rato que verte espera. A buen tiempo viene ahora . cuando me abraso en furor. Pero, sí, a buen tiempo viene, que ya mi pecho previene la averiguación mejor, la más forzosa experiencia y el más evidente modo, para confirmar del todo su delito o su inocencia. Entre, Nuño, don Rodrigo. Qué de veces me visita! Mis agravios solicita con la máscara de amigo. No permite mi amistad, don Domingo, dilación en veros. Vuestra afición acredita esa verdad. ¿Mandáis algo? ¿Estáis mejor de la gota? Que esto ha sido lo que a veros me ha traído. Mejor diré que Leonor. Mejor diréis que Costanza. Esta dolencia importuna no le deja puerta alguna de remedio a la esperanza. Yo os agradezco el cuidado que habéis de mi mal tenido, y el que con haber venido a verme me habéis quitado; porque venís a ocasión que os deseaba. si valgo yo para serviros algo, ya culpo la dilación. Saber el ciego cuidado que Leonor os da, Rodrigo, vuestras partes, ser mi amigo, y ver que de dalle estado, por hermosa, rica y bella, el tiempo me necesita, el pecho me solicita, y, así, he terciado con ella por vuestro amor; y podéis a las bodas preveniros, que resuelta ya a admitiros por esposo la tenéis. A qué buen tiempo me ofrece . la mano! Cierto es mi daño. . ¿Qué más claro desengaño? Don Rodrigo se enmudece, se suspende y se mesura. Yo soy muerto. Ve Leonor que el rey con ardiente amor solicita su hermosura, y quiere su pretensión, siendo mi esposa, impedir ahora, sin advertir que por la misma ocasión que ella se ha determinado, determinarme no puedo. ¿No me respondéis? Yo quedo tanto de vos obligado, cuanto fuera venturoso. mas doña Leonor no ignora que no puedo por ahora resolverme a ser su esposo. Volved. Escuchad, Rodrigo. Cierto es mi agravio. ¿Qué espero, . que no redime el acero mi afrenta con su castigo? ¿Qué queréis? ¿Con tal rigor lo sentís que os demudáis? Pues, ¿no he de sentir que hagáis tal desprecio de Leonor? Pues decirme que ella sabe que no podéis admitir lo que os ofrece es decir que alguna bajeza grave sabe ella misma de sí. Decidme el inconveniente, pues todo seguramente fiarlo podéis de mí; o la tendré por liviana y por enemigo a vos. Ni el mismo sol, vive Dios, en su esfera soberana es puro y resplandeciente como su honor y mi fe, ni yo puedo, aunque lo sé, decir el inconveniente. Rematose el desengaño. Concluyente es la probanza: la que ha servido es Costanza, y la capa de mi daño Leonor, y mi mal forzoso. que no puedo por ahora resolverme a ser su esposo+, no dijo? Luego, ella ha sido cómplice de mis agravios, y no me dirán sus labios lo que en mi afrenta ha sabido, aunque en esto della intente informarme; bien se ve. decir el inconveniente+: pues, ¿qué inconveniente hubiera que me callara Rodrigo, si él fuera mi fiel amigo y en mi deshonra no fuera? Luego, es mi enemigo ya, y lo que calla mi honor ofende, que si a Leonor pretendiera... Claro está, pues dice que ella no ignora que no puede ser su esposo, y asiste más cuidadoso que suele mi casa ahora, que es Costanza y no Leonor la que adora. Claro está. Supuesto que es cierto ya, ¿qué habemos de hacer, honor? si me resuelvo a matar a Rodrigo y no a Costanza, no es remedio esta venganza, puesto que ha de publicar ella misma la ocasión, y quedar, es cierta cosa, quedando viva mi esposa, mi opinión en opinión. Matarla como culpada, supuesto que puede ser que, aunque él me intenta ofender, ella le resiste honrada, no es razón. Que la pretende, por los indicios que ha dado don Rodrigo, está probado, pero no que ella me ofende. Disimular y aguardar a darles juntos la muerte no es fácil. Y, de esta suerte, acaso diera lugar a la afrenta que hasta ahora, por dicha, no ha sucedido. Demás, que habiendo sabido que mis agravios no ignora quien esta carta me envía, él, al menos, confirmara, si el castigo dilatara, que mi deshonra sufría. Válgame Dios! ¿Qué he de hacer? ¿Esto es ser casado? ¿Esto a tantos males me ha puesto por conseguir un placer? ¿Cuál de tan duros desvelos fuera de sufrir peor: el deseo en el amor o en la posesión los celos? Ya está hecho. Ya está hecho. Lo que falta es disponer el remedio y resolver a la ejecución el pecho. Honor, la resolución consultad con la prudencia, que, en dando vos la sentencia, yo daré la ejecución. La muerte, Beltrán, me has dado. si en tu presencia, señor, viniendo en ello tú mismo, el rey hablar me mandó a Inés que negociase que en el cuarto de Leonor le diese una noche entrada; si la hablé, y si prometió darle esta noche, y al rey di la respuesta, ¿en qué soy culpado? No eres culpado, mas soy desdichado yo; que cuando lo consentí, no esperé tener favor de Leonor, y ya le tengo; que Don Domingo me habló de su parte para ser mi esposa. Tanto mejor. Que si el rey ha de saber que la tienes afición, ¿cómo le satisfarás de que leal servidor le fuiste en la tercería, sin cautela ni traición, mejor que escuchando él mismo sus desdenes de Leonor? Esto te importa, supuesto que estás tan cierto, y lo estoy de que estando tú presente le ha de hablar con más rigor. Y él, viendo su desengaño, con la desesperación, la dejará; y al efecto dará lugar de su amor. Bien dices. Bien me aconsejas. Nuño amigo, entre los dos hemos de partir la posta, desde que se ponga el sol hasta que vuelva a salir; porque sospechoso estoy de que mis criadas hablan, después que me acuesto yo, sus amantes; y no quiero que quien lo viere, el error de una criada atribuya a mi esposa. Solo yo velaré la noche toda; que tú no será razón desacomodarte tanto. En tocando al pundonor, para las fatigas, Nuño, hecho de diamante soy. Su Majestad sale ya. Y Don Domingo llegó. Vámonos, que ver papeles querrán. ¿Rodrigo? ¿Señor? Ya te habrá dicho Beltrán lo que con Inés trató. Sí, señor. Pues, aguardadme, mientras despacho, los dos apercibidos. Yo siempre. Don Domingo, ¿cómo os va de la gota? Gran señor, mal he pasado la noche. Qué mal, pues celoso estoy! . En mi desdicha enfermastes. Para serviros a vos ni la enfermedad me impide, ni me divierte el dolor. Asentaos, pues, y empecemos a despachar. Siéntanse a un bufete con luces y papeles, los decretos. De León os pide aquí el obispado fray Alonso de Godoy. ¿Qué os parece? Que, si bien muchos sus méritos son, yo, señor, no se le diera. ¿Por qué? Porque le pidió. ¿Desmerécelo por eso? El oficio de pastor conoce quien lo rehúsa, y quien lo pretende, no. Y, así, es cierto que le mueve, más que buen celo, ambición. Bien advertís. Responded a su memorial que estoy con cuidado. El licenciado Nuño Méndez de la Hoz pide la plaza de alcalde de esta Corte, que vacó por muerte de Diego Ordóñez. Hombre es de mucha opinión y muchos años. Por eso no le hiciera alcalde yo; que estos oficios requieren robusta edad; porque son, o deben ser, los alcaldes centinelas que al rigor del trasnocho y el trabajo resistan. ¿El galardón que merece ha de perder por la edad? Hacedle oidor; que es plaza en que la prudencia, el seso y las canas son más importantes que el brío. No me conformo con vos; que si todos fueran mozos los alcaldes, el ardor de su edad ejecutara con ciega resolución más castigos que conviene. Y, así, es bien que su rigor tiemplen las canas con seso, prudencia y reportación; que si para los negocios de la hacienda busco yo jueces de edad madura, buscarlos es más razón para las cosas que tocan a la vida y al honor. La plaza le decretad a Nuño Méndez, que estoy satisfecho de sus partes. El gobierno de León está vaco. ¿En quién habéis puesto los ojos? Señor... El remedio más suave dispongo así a mi opinión. A Rodrigo de Zamora juzgo conveniente yo. ¿A Rodrigo? ¿Halo pedido? No lo ha pedido. Pues, no, no le apartéis de mi lado... Que es tercero de mi amor, . con quien alivio mis penas. Ved que importa. La razón me decid. Della no os puedo decir más de que él o yo no hemos de estar en Zamora. Ya os entiendo: celos son de mi privanza, y queréis, por aseguraros vos, privarme a mí de mi gusto. ¿Acaso mi condición olvidáis? ¿O imagináis que la ambición la mudó? ¿Queréis ver, señor, si celos de vuestra privanza son? Pues, permitid que me ausente. Veréis que por la mayor merced la estimo que hacerme podéis en esta ocasión. Bueno fuera que la ausencia . permitiera de Leonor. Don Domingo, es imposible que ni a Rodrigo ni a vos deje yo ausentar. Mirad... No hay que replicarme, no. Pues, a Rodrigo o a mí habéis de ver, vive Dios!... ¿Qué? Mejor es que os lo diga el mismo efecto que yo. Volved. ¿Qué es esto? Volved. Don Domingo, la ocasión claramente me decid que os desconforma a los dos, o habéis de perder no digo mi privanza y mi favor, pues decís que ésta no es amenaza para vos mas mi gracia y mi amistad. Ved si la estimáis. Señor, mucho me apretáis, pudiendo, de callarlo tanto yo, colligir que son secretos que le tocan a mi honor. Basta. Ya os entiendo. Basta. Que habéis tenido razón en no querer declararos ni aun conmigo, aunque rey soy; que tales sospechas deben morir en el corazón. Celos tiene de Costanza, . porque a don Rodrigo halló, según me dijo, con ella, cuando fue a dar a Leonor parte de las penas mías. Y por eso resistió al convite del sarao; que no pudo otra ocasión obligarle a disgustarse de lo que gustaba yo. Engañado está, y no puedo desengañarle, que soy yo la ocasión de su engaño, ni declararle mi amor. Advertid a mis razones, don Domingo: por quien soy os juro que las sospechas os engañan, y el honor vuestro no ofende Rodrigo; y daros satisfacción tomo yo por cuenta mía. Esto os aseguro yo. Y, así, no hagáis novedad, mudanza o demonstración, que me ofenderéis a mí, pues esta palabra os doy. Algo sabe de esto el rey, pues en diciéndole yo que la ocasión que callaba me tocaba en el honor, se me dio por entendido de que eran celos. mas no... que Rodrigo no os ofende+. Y, supuesto que éstas son razones tan generales, y puede ser el honor de mil modos ofendido, el rey no se declaró. Mas, si ignorara la ofensa de que receloso estoy, no me asegurara tanto, ni a darme satisfacción se obligara; y, pues tan presto mis recelos entendió, algo sabe de mi agravio. mas hallo contradicción: que hay algo, pues él lo sabe, y, pues me asegura, no. Mas, aunque sepa mi afrenta, el rey pudo, y es razón, por evitar mi venganza, asegurarme el honor. Mas, ¿qué me canso buscando luz en tanta confusión? Calle el pecho, la acechanza porfíe y sufra el valor, la prudencia disimule, desvélese la atención, ronde el cuidado, los celos velen, trasnoche el honor: que el tiempo descubrirá lo que mis discursos no. ¿Qué es esto? Un rey que ha de ser de la virtud claro ejemplo, del honor sagrado templo, ¿de esta suerte ha de exceder de su obligación? Leonor, venirte a ver no es exceso. Y si lo fuera, por eso dicen que es loco el amor. Yo le tengo; él me ha traído. Y si culpas mi locura, culpa también tu hermosura, que la causa della ha sido. si ya sabéis mi rigor, ¿pensáis con verme obligarme? ¿Es lisonja visitarme, aventurando mi honor y el de esta casa, con quien abrir sus puertas ha visto, pues no ven que yo os resisto los que entrar en ella os ven? mas ni os culpo ni os condeno; que amando, no es caso extraño redimir el proprio daño a costa de honor ajeno. A quien culpo es don Rodrigo, de estas injurias tercero, que de amante verdadero se ha vuelto ingrato enemigo. ¿Qué dices? Que su afrentosa condición no se contenta de consentir en la afrenta de quien ama para esposa, sino que vuestro deseo ayuda contra mi honor. ¿Cómo? ¿Rodrigo? ¿Señor? Vertido nos ha el poleo, vive Dios! ¿Esto es verdad? Sí, señor. ¿Vos sois conmigo cauteloso? ¿Ésta, Rodrigo, es lealtad? Ésta es lealtad. Y en esta fineza os muestro la mayor, si es la mayor poner grillos a mi amor por poner alas al vuestro. Decirlo era obligación, y no fineza ocultarlo; que ha de tener el vasallo para el rey el corazón en los labios. Preguntado, no ha de ocultar la verdad. Mas, si Vuestra Majestad me encomendó su cuidado, declararle yo mi amor más fuera poco respeto, pues pareciera, en efecto mostrarme competidor, que mi obligación cumplir, pues pudiera parecer, si ocultarlo obedecer, declararlo resistir. Bien está. Mirad, señor... De mala data se ha puesto nuestro juro, Inés, con esto. Que lo dijese Leonor para echarnos a perder! Con tan claro desengaño, ¿qué esperáis sino mi daño? ¿qué aguardáis sino poner mi opinión en contingencia? Idos ya, por Dios, señor. No des voces. El honor ¿no se pierde con paciencia? A mi prima oigo dar voces. . ¿Qué puede haber sucedido? Leonor... mas ¿qué gente es ésta? Vuelve, prima. ¿Don Domingo fuera de casa a deshora, y dentro della contigo, y en tu cuarto, hallo, Leonor...? Oye, prima, que no es mío este exceso, pues que doy voces y favor te pido. El rey es. Válgame Dios! Tres entraron: yo lo he visto. . Costanza no está en su cuarto... Luego, verdadera ha sido mi sospecha. Y es Leonor la capa de su delito, que en su cuarto está con ellos. Pues que somos tres amigos, y los que entraron son tres, no escape ninguno vivo, que yo basto para todos. Fiar puedes a Mauricio y a Nuño los dos, señor. De vuestro valor confío. Mueran los traidores. Mueran. Acometen con las espadas desnudas. Tened. Tened, don Domingo, que soy el rey. ¿Vos, señor? Acabose, vive Cristo, que aún está peor que estaba. Qué extraño caso! ¿Esto quiso ver Leonor? Confusa estoy. ¿De esta suerte el honor mío, que tomáis por vuestra cuenta, defendéis? Sí, que he venido a dar la satisfacción que prometí, y a cumpliros la palabra que os he dado. Pues del amor desconfío . de Leonor, satisfacer es forzoso a don Domingo. Rodrigo, el inconveniente cesó ya, como habéis visto, de dar la mano a Leonor. Y vos, porque yo lo pido, y porque al honor importa, señora, de don Domingo, dádsela; que yo he de ser de estas bodas el padrino. ¿Qué he de hacer, si ya no puedo . restaurar lo que he perdido, con haber hallado aquí tan a deshora a Rodrigo y al rey, sino con casarme? Vuestra soy. Ya yo he cumplido, don Domingo, mi palabra. Nunca de ello el pecho mío ha dudado. Y la Segunda Comedia de Don Domingo tenga fin, con suplicaros aplaudáis a la Segunda, que animéis a quien la ha escrito para que acierte dichoso en la Tercera a serviros.