Texto digital

Texto digital de La abadesa del cielo

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Luis Vélez de Guevara
Atribución estilometría
Luis Vélez de Guevara Probable
Género
Auto
Procedencia
El texto ha sido preparado por Manuel Sanchís y Alba Fernández.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Sanchís, Manuel y Alba Fernández. Texto digital de La abadesa del cielo. BICUVE, 2026. URL: https://etso.es/bicuve/abadesa-del-cielo-la.

Logo BICUVE

LA ABADESA DEL CIELO

Desatinado amor, monstruo terrible, ¿adónde has de parar con el deseo? Pues cada vez que tus intentos ves, no paras hasta dar en lo imposible. Tu vencedor carcaj, niño invencible, no se contenta en el menor trofeo y mil ejemplos temerarios veo por quien te has hecho al mundo aborrecible. Madres quisieron hijos por tu causa, hombres quisieron piedras por la fuerza de tus armas, que han dado asombro al cielo. El mismo efecto en mí tu poder causa, que aun imposible tu rigor me esfuerza y siendo miedos todos no recelo. ¿Estás solo? Oh, Caracuel, ¿qué hay de nuevo? Cosas mil: esa tu monja (o monjil) me dio ahora este papel y me encargó en todo caso te le diese luego, envuelto en mil colores, resuelto quizá a dar fin. Paso, paso, que eso es mejor para hecho que para dicho: ¿qué hacía? Estaba en la portería, adonde partí derecho, y di mil gracias a Dios que en el turno no la hallé, que estoy mal con el afee. Pues, ¿por qué? Estamos los dos encontrados desde ayer porque se encontró conmigo, y en efecto es mi enemigo. ¿Cómo así? Llegando a ver tu doña Juana. Villano, ¿no hay delante uno, mi señora? No, cupo en el cuento mora, y soy muy mal cortesano. En fin llegándola hablar (como otras veces solía) con aquella cortesía, que a un turno se suele dar, metí las narices yo para hablar, que no son barro, y en ellas como catarro al revolverle me dio. Y aunque importe a tu persona llegar allí a otro recado, no llegaré a no ir armado con celada Borgoñona. Quien se descuidó eso gana. Págame lo de ayer. Déjame ahora leer el papel de doña Juana. El amor mío, don Andrés, ha llegado a punto que estoy determinada (aquí vos os resolvéis como me habéis prometido) a salirme con vos sin mirar respetos de quien soy, ni el ser abadesa de este monasterio, que la fuerza de amor todo lo vence y atropella, si vos os determináis iré a la respuesta de este papel vuestra venida y por la parte de la Iglesia hallaréis a las doce de la noche un postigo abierto, yo en él aguardando a cumplir lo que deseo. Esta es mi última resolución: os guarde Dios. ¿Qué te parece, Caracuel? No he visto mayor resolución; sin duda alguna, que está perdida por tus buenas partes, y es la experiencia lo que hace ahora del amor que te tiene. No me iguala al que tengo yo, por cuya causa no habrá cosa difícil que no intente. Señor, míralo bien, tú eres canónigo en la iglesia de Córdoba, tú eres de la más noble gente de tu patria, lleno de amigos y de deudos lleno. Primero que lo intentes, mira todo lo que puede dañarte. Sin consejos dicen que es el amor rey absoluto, no hay consejo en su corte porque quiere que se gobierne sin consejo el mundo: no me los des, que estoy determinado a gozar la ocasión que amor me ofrece y las dificultades le acrecientan. Si estás determinado (aquí fue Troya) criado tuyo soy, manda y ordena que he de morir como criado tuyo. Robemos esta Elena o esta Juana, pues no tuvo querer con Juana Elena, que ella fue griega y esta es andaluza y la mejor mujer que tiene Córdoba. Eso es quererme bien. Ya poco a poco la noche ha entrado como la deseo más oscura que suele, porque goce del más dichoso día que se ha visto en la esfera de amor, dame un vestido de noche, el másgalán que yo tuviere. Mal hayan el manteo y la sotana, cuélgalos de una higuera o de un sauco porque a las aves sirvan de espantajo. Dame la cuera de ámbar y herreruelo. Todo junto está esperando sobre aqueste bufete, toma. Muestra. Lástima es, que este talle esté cubierto con cáscara ninguna. Dame espada y daga y un broquel. Aquí está todo. Muestra la espada acá. Toma. No es hombre quien no la ciñe, que hace a un hombre airo. Si estos ojos tuviera el breviario en las manos con él, siempre estuvieras. Dame herreruelo. Verle aquí. ¿Y el sombrero? Aquí está. Junto. Siempre fui aficionado de traer el sombrero calado hasta los ojos. Pidatelo el Diablo de esa suerte. ¿No estoy airoso, Caracuel? No he visto talle mejor después que soy lacayo que hará por este enero trece inviernos. Con sola tu persona y dos caballos he de ser Paris de esta Elena hermosa, que no me he de fiar de otro ninguno sino de ti, que te has criado en casa al fin y sabes mis secretos todos: de un escritorio las navetas pienso desentrañar y no dejar escudo que más de cuatro mil encierra dentro en oro solamente. Pues camina, que de esa suerte no hay viaje malo. Con doña Juana, la remota China será mi patria siendo dulce centro sus ojos de mi amor, porque con ellos el cielo mismo de amor conquisto. Nacerá de los dos el anticristo. Noche cobarde, sin duda favoreces mi deseo pues por cegarlos en sombras cubres los ojos del cielo. Hoy he de gozar la gloria que el amor ha tanto tiempo, que con largas esperanzas me entretuvo entre mil miedos. Puntos de honor enemigos todos a una parte os dejo porque el amor, que no rompe dificultades no bueno. Todo está sordo y seguro, que en el nocturno silencio está sepultado el mundo entre los brazos del sueño. Miedo mete el ver que calla cuanto miro y cuanto veo, y pienso que se levantan de ese sepulcro los muertos que las sombras de la noche, y mis medrosos recelos fingir suelen a los ojos en su pintura estos lejos. Ya ha dado el reloj las doce: ¿si vendrá el querido dueño que adoro y tengo en el alma? La señal pienso que han hecho a la puerta de la iglesia que han llegado: pasos siento. El postigo abren ahora. ¿Es mi don Andrés? El mismo. Seáis (mi bien) bienvenido. Si a gozar la esfera vengo de vuestro cielo, por fuerza seré bienvenido. Tiempo no es justo que más perdamos si habéis venido resuelto a la empresa que os anima mi amoroso pensamiento. Vos sabéis eso mejor pues que vivís en mi pecho. Con dos caballos aguarda Caracuel, con que podemos (si a los del Sol no aventajan) desafiar a los vientos. Vamos pues, ¿a qué aguardamos? Mas esperadme primero, que me quiero despedir en aqueste mismo templo de una amiga, que he servido desde que en el monasterio entré de pequeña edad. Aquí (mi bien) os espero. Medroso estoy y confuso y entre mil temores puesto después que de estos umbrales pasé perdiendo el respeto a esta casa, que es de Dios. Mas ya será poco pecho volver en mi intento atrás pues he mostrado mi intento. No es esta la primera cosa que intenta un hombre queriendo, ni en amor ciego no son estos los yerros primeros. Ahora llega a un altar doña Juana y descubriendo una imagen del Rosario se ha arrodillado en el suelo. Madre del esposo mío antes que me parta vengo a despedirme de vos por el mucho amor que os debo que no era término justo ni honra de comedimiento siendo nuestra amistad tanta virgen, partirme sin veros. De vuestro hijo y mi esposo huyo hecho Toya el pecho de un desatinado amor, que vence a todos mis miedos. Forzada le di la mano y pues nunca fuerza el cielo el libre albedrío, está el matrimonio disuelto. Aquí me entraron mis padres contra mi gusto y fui de ellos compelida a hacer el voto que ahora romper pretendo. Esposo humano procuro, y pues con don Andrés puedo casarme (que tiene solo grados y corona) quiero darle de esposa la mano, que aqueste no es adulterio; que ha de ser la religión advocación de los cielos. Del monasterio las llaves como a su guarda os entrego, sed su abadesa entretanto que yo sigo un amor ciego. Estos hábitos también os doy, porque todo aquello que me dé esto vuestro hijo a vos heredera os dejo. Decidle que me perdone, que como no lo merezco busco un hombre igual a mí aunque es hombre verdadero. Y vos Señora, quedaos con vos misma y mis sucesos guiad, pues siempre en mis males fuiste mi mayor remedio. Que rezar vuestro rosario eternamente prometo lo que tuviere de vida, pues es antídoto nuestro. Y ahora quiero cubriros porque vuestros ojos bellos y castos no es bien que miren mi amoroso atrevimiento. Ya ha corrido la cortina a la Imagen. Esto es hecho. Vamos don Andrés, ahora. Vamos, adorado dueño Victoria por mi poder venció mi encendido pecho, más estaba lo más hecho pues era monja y mujer. No me atreví al primer hombre de flaco barro formado para el primer pecado. ¿Solamente con el nombre? Manos, que podéis vivir como si tuvieras dos. Que una sola que tenéis, como mano de reloj (porque esa otra es como una voz) a veces vale por seis. Eso de voz es mal dicho. Por eso sois vos mal hecho. Vos sois cojo y contrahecho. Vos manco y lo sobredicho. No perdamos la amistad, que se pierden amistades (si va a decir las verdades) con solo decir verdad. El ciego y viejo han llegado. Sino lo habéis por enojo, ya están acá el manco y cojo. ¡Afee que lo han madrugado! Buenos días. Buenos días. Para los que gracias tienen. ¡Que tempranico que vienen! ¡Lindas dos lanzas! Decías que ningún pobre había aquí. Supe mal adivinarlo. Disparate fue el pensarlo. Ya viene el soldado allí. Todo serán boberías de Flandes y del Peñol. Sí, y con sus piojos al sol. Buenos días. Buenos días. Parece escuadrón formado este en Flandes o en Paris. ¿Cuánto apodáis y decís todo ha de ser de soldado? Cada cual habla, buen viejo en su profesión yo soy soldado y señales doy (en esta) del claro espejo de la milicia, en que he sido un valeroso soldado. ¿Dónde habéis, Señor, estado? En mil partes he servido. Primeramente serví en la batalla naval en donde fue general el señor don Juan. Yo fui también en esa jornada y gran despojo gocé del turco. Después me hallé acabándose esta armada en la de Felipe Astroz echando con furia insana a fondo la Capitana solamente de una coz. ¡Brava coz por vida mía! Si las tiras, tan feroces andaos, Señor, dando coces toda la noche y el día. Que así no había menester el rey piezas de batir. ¡Qué valeroso mentir! ¿De una coz? Bien puede ser si la dio con una pieza de crujía. Vive Dios, que aunque la diera con dos, ¿qué es quebrarnos la cabeza? Yo me hallé también allí como un roldán matasiete. ¿Quedaste de algún mosquete o de alguna pieza así? De otra batalla más fiera (en que me hallé) quedé así de otra caída, que di, que si entonces no cayera entiendo que fuera mío el cielo. ¿El cielo? Sí, el cielo, y la redondez del suelo. ¡Qué notable desvarío! Al afee que se han juntado los dos bien. De hablar dejemos y la limosna esperemos. La abadesa se ha tardado hoy más que otro día. Estáis descuidados del suceso. ¿Qué hay de nuevo? ¿Bueno es eso? ¿Ahora a saber llegáis cómo ha dejado el convento desde anoche la abadesa tras una amorosa empresa? ¡Qué notable pensamiento! ¿Qué decís? Que doña Juana la abadesa se ha salido con un hombre. ¿Citáis dormido? ¿Bebiste esta mañana? Digo que con don Andrés, un canónigo, se va la abadesa. Basta ya la burla, que eso no es para decirse aun burlando. Digo que os hablo de veras y que no han sido quimeras de entreteneros hablando. La abadesa se ha salido del monasterio. Por Dios, que debéis de venir vos borracho. Yo lo he sabido y aun lo he visto por los ojos si os lo he de decir. Recelo, que sois el diablo cojuelo que también hay diablos cojos. De la abadesa no habléis de esa suerte, que os darán pan de perro. Y será el pan con los bordones que veis. Lo que os digo es verdad. Digo que mentís. Fuera muchacho. Vos mentís como borracho y os he de dar el castigo. Teneos, nadie le ofenda. Solo en aqueste lugar pudiera un demonio hallar soldado que le defienda, que este no puede ser hombre. No le ha de ofender ninguno. Ya anda el soldado importuno y aquí no ha de ganar nombre. Lleve el primero si entiende defenderle en la ocasión presente. De un escuadrón de pobres, ¿quién se defiende? Muevan los dos. ¿Qué es aquesto? Nuestra abadesa ha salido. Todo en tu defensa ha sido, que el habernos descompuesto es haber dicho de ti este pobre mal y espera. No es esta la vez primera que quiere atreverse a mi Dejadle. ¿Qué es esto cielo? ¿Tanto ha de ser tu poder? Ya te conozco, mujer, que eres amparo del suelo. Vete y no procures más desacreditar tirano a la que ampara mi mano que no he de dejar jamás, porque por la devoción del rosario he de ampararla y de este trance sacarla con divina advocación. Sin permitir que jamás la castidad que votó ofenda quien la sacó aunque tu piensas que estás victorioso, que entre tanto que ella falte del convento su persona represento. Si su escudo sacro santo eres mujer celestial preservada de ¿quién podrá en tierra y en infierno atreverse a hacerla mal? Vete y no estés más aquí. Vos me dé furor perdido pues para salir venido con más deshonra vencí. De avergonzado se fue. Que diabólica intención le movió su corazón. Yo llegando porque os dé limosna. El cielo bendiga tu caridad. Tomad pues. Tu mano da al cojo pies, manos al manco y abriga al desnudo, al ciego da vista y por un mismo modo amparas al mundo todo. Quedaos a Dios y rogad en las oraciones vuestras por la abadesa. Del suelo cada día irán al cielo las humildes voces nuestras. Y Dios, del fiero contrario la libre. A Dios os podéis quedar y no os olvidéis de rezar siempre el rosario. Aves han parecido los caballos desafiando al viento en el camino que los del sol no pueden igualarlos. Pero si vuestros son, mi sol divino, ¿qué sol puede igualar su curso hermoso del pez de plata al rubio vellocino? No se vio el lirio Paris más gozoso con vos de mis sentidos envidioso. Favorecen los cielos mi deseo querido don Andrés del alma mía pues tanta gloria, y tanto bien poseo. Más hermoso con vos ha dado el día rayos el sol hoy por la cinta de oro antes dio aviso de esto al alba fría Júpiter hecho con Europa toro con menos causa dio a la Europa día que yo que miro aquesa luz que adoro. Ya viene Caracuel. A ningún hombre de cuantos del camino he preguntado no he encontrado señor que no se asombre de ver lo poco que hemos caminado a las doce de Córdoba saliendo y habiendo con dos águilas volado y yo me vengo cruces mil haciendo de tan extraño caso. ¿De qué suerte? Con todo este nuestro estrépito y estruendo no hemos pasado de una legua. Advierte, Caracuel, lo que dices. Esto digo. ¡Notable caso temerario, y fuerte! ¿Una legua no más? Este es castigo del cielo que no quiere que adelante pasemos esta vez. Él me es testigo que hubiéramos llegado a ver el cante y la chafalonía por lo menos con lo que hemos andado de portante que a más de ser los alazanes buenos les han servido de alas las espuelas y han ido como rayos, como truenos. Si lo que es hasta ahora no recelas don Andrés yo lo tengo adivinado que en vano a varias cosas te desvelas no es por tu loco amor desatinado ni por haber roto de mi monasterio la sacra puerta y el umbral sagrado que no castiga el cielo el adulterio del casamiento invalido, que solo previene de mi honor el vituperio que en lo que ha dado casi vuelta Apolo el sol no haber andado más es muestra de que es tu amor mezclado en algún dolor, que pues a mano diestra y a siniestra sin perder el camino hemos venido y eternamente Córdoba se muestra; el intento del Cielo es conocido. No pasarás delante si primero la mano no me dieres de marido. Quien es y ha sido amante verdadero tuyo (mi bien) no se ha de negar nada de cuantas pides: ser tu esposo quiero. Con eso quedarás desengañada de mis temores y los dos podemos gozarnos prosiguiendo la jornada. Las manos pues con esta fe nos demos y Caracuel será testigo y cuantos olmos y chopos en la sierra vemos. Eso parece que es jugar con tantos cuando faltan dineros en la mesa. ¡Por Dios que son los casamientos santos canónigo ordenado y abadesa! ¡Buena junta por Dios! Digo que por el bien que mi amor puro interesa, ser tu esposo y marido verdadero. Yo también te doy de esposa mano. ¿Cómo?,¡si me la diste amiprimero! Juana ¡no soy yo tu esposo! pues, ¿qué novedad es está que con tanta mengua tuya por hombre humano me dejas? ¿Ese marido que escoges en mi divina presencia tiene más partes que yo de discreción y belleza ? ¿Ha hecho tanto por ti como yo? Di, ¿qué finezas igualan a las que miras? Dilas tú que las contemplas. Mira estas manos rasgadas que son las sortijas bellas que llevé a tu desposorio que son rubíes las piedras. Mira abierto este costado, que fue la primera puerta del cielo, que tanta sangre salió (al abrirla) por ella. Mira estos pies enclavados cuya planta siendo enjerta a las divinas llevaron estos claveles que enseñan. Mira luego el cuerpo todo con tantas señales hechas solo porque me conozcas pues fueron por ti estas puertas. Pobre a mi poder llegaste y en la más hermosa hacienda que tengo, te doté el alma con divinas excelencias. Las arras que te dí (Juana) ¿quién te las dará en la tierra si aquellos son inmortales y aquestas perecederas? Ay, ¡qué ingrata te has mostrado! ¿pensabas tú que pudieras escaparte de mis brazos aunque con clavos los veas? Por feo no me has dejado, que bien sabes que la Iglesia mi primera esposa amada allá en las sagradas letras mil requiebros me decía, mil amores, mil ternezas, ya llamando me escogido, como la mirra en las selvas ya como el lirio en los valles, como el líbano en la sierra, como el cinamomo y nardo llorando siempre en mi ausencia. Pues como tú, esposa ingrata, tan diferente te muestras sin que adviertas sin que mires ¿qué puedo vengar mi ofensa? Quéjate y mira por ti, que puede ser cuando vuelvas que no me halles y en vano perdida buscarme quieras. Espera, divino esposo, dueño de mi vida, espera, si me quieres dar castigo no me mates en tu ausencia. Vuelve a mis voces, escucha, mis culpas castiga y venga el honor tuyo en mi sangre, pues que la tuya desprecia. Confieso que soy ingrata y que la cosa más bella, más rica, más poderosa de los cielos y la tierra sois vos, y que como flaca mujer (naturaleza más frágil) lo frágil busca perdiendo la vida eterna. Volved, Señor, a mirarme, dad socorro a mis miserias, no os escondáis de mis ojos, no faltéis de mi presencia. Hijas de Jerusalén, por las cabras, por las hierbas, por los montes y los valles y por las fuentes risueñas, por los corzos fugitivos, por los hijos de las ciervas os conjuro y os obligo como su esposa primera que me digas de mi esposo porque con lágrimas tiernas por los valles y los montes voy buscando su belleza. Aguarda esposo, aguarda, espera, con sed busco la sangre de tus venas. Temblando estoy, sin sentido, y no me han quedado fuerzas. para poder resistirme. Señor, ¿con tanta clemencia tratáis quien os ha ofendido? ¿Qué extraña piedad es esta? ¿Sin castigar mi delito ni satisfacer mi ofensa? Pero yo procuraré con llantos satisfacerla en un desierto apartado con la mayor pertinencia que jamás ojos han visto ni llegó a mortal oreja. Porque a delito tan grande haya alguna recompensa: A Dios deleites del mundo, regalos del suelo afuera, porque está Dios ofendido y es grande su omnipotencia. Montes, no me neguéis alguna cueva adonde viva y penitente muera. Caracuel, ¿qué has de hacer solo? Sin señor y sin causa, cómplice en su culpa misma, os trajo a Dios y a su Iglesia. Hacer penitencia os toca también porque en vuestra tierra no digan que os azotaron y os echaron a galeras por esta bellaquería. Adiós Córdoba, adiós huertos de Guadalquivir, adiós mozas de cántaro bellas, adiós bodegones míos y adiós hermosas bodegas con blanco de Constantina y clarete de Lucena. Que con don Andrés, mi amo, voy a ser en esta tierra ermitaño motilón sin topo alguna venta. Señor, aguarda, aguarda, espera, espera, porque es ingratitud si aquí me dejas. Sin saber cómo he venido al monasterio he llegado donde esta noche he salido y todo está sosegado habiendo esto sucedido. Nadie he encontrado que pueda conocerme, y temor tengo si aquí conocida queda mi persona, porque vengo vestida de oro y de seda. Y no en traje monacal como conviene al estado y al cargo que tengo igual que un amor desatinado me ha entregado a tanto mal. ¿Es posible que soy yo quien tan grande ofensa ha hecho al esposo que eligió? ¡O tuve de fiera el pecho, o quién soy se me olvidó! Conque vos no he de llegar ahora a la portería, aquí me habéis de ayudar Virgen Sagrada María norte y estrella del mar. pero un hombre viene aquí quien informarme primero que vuelva al bien que perdí si de este acero fiero hay algún mal contra mí. Mucho me mira. Mujer, ¿qué buscas de esta manera sin vestido, honor ni ser? Quiere al cielo que aquí muera y este amparo he menester. ¿Ahora vuelves? Sin duda aparente ha conocido quién soy, que nunca la culpa es muda muerta de vergüenza estoy. ¿De quién pretendes ayuda ahora? De este rosario que en el enemigo fiero del mundo enemigo y llano mi defensa hacerle espero. Ese es mi mayor contrario, cada parte, cada avenza vista enemiga mujer me derriba y atormenta. Cuentas mi amparo han de ser yendo cayendo en la cuenta. Mujer, basta, tú has vencido, no te venceré jamás que el rosario te ha valido. ¿Huyendo, monstruo, te vas? Quien eres he conocido. El rosario es mi defensa contra la mayor ofensa. Virgen, vuestra ayuda imploro mientras que mi culpa lloro en su justa recompensa. Vos, Alba del Sol divino, que por vuestro claro oriente hizo a la Tierra camino norte y luz resplandeciente del Piloto y peregrino. Torre de David cerrada, huerto, palma, cedro, oliva, espejo jamás manchado, fuente pura de agua viva en que se lavó el pecado; ayuda me habéis de dar para que pueda del mío salir y el alma lavar de mi llanto con el río que será poco si es mar. Pero, ¿qué es esto que veo? ¿Qué mujer es esta hermosa que deja atrás del deseo? No he visto tal religiosa, ni que es de la tierra creo. ¿Era tiempo, Juana, ya de conocer vuestro error? ¿Qué tal os fue por allá? ¿No es más seguro el amor del que a mi nombre me da? ¿De madre y a vos de esposa? ¿De esta suerte no os dejáis atrevida y desdeñosa y celos entre ambos dais poco de su honor celosa? Volved a vuestro convento, y marido es para aplacarle de justo arrepentimiento sea cuando en vos se hallare penitente pensamiento. Que por haberme obligado con el rosario el lugar (que tuvisteis) he ocupado y no he dejado cuidar el pecho a Dios dedicado. En vuestro lugar herido de este monasterio santo, Abadesa, y he querido seros Juana amiga tanto; que a vos os he parecido. El hábito que me diste es este y estas las llaves que entregaste cuando os fuiste, ved en sucesos tan graves que substituta pusiste. Llegad, que vestir os quiero que este favor soberano conque a todos os prefiero hice al Godo toledano por amigo verdadero. Que defiendo mi honor monstruo (contra Arrio y Nestorio) noble y español valor. Haciendo al mundo notorio con mi pureza su error. Volved a vuestro ganado, que no es bien que el lobo fiero hambriento y encarnizado se lleve al mayor cordero que a los demás ha guiado. Y queda en paz y procura desenojar a tu esposo para que vivas segura que es el más santo y hermoso que vio del Sol la luz pura. Y esto jamás se sabrá hasta tu muerte y después para más gloria será tuya, que en el cordobés suelo escarmiento dará. Y será ejemplo a la gente que venga detrás de ti para que devota mente me obliguen rezando a mí el rosario eternamente. Virgen, alabe el silencio a falta de las razones por naciones de naciones lo que miro y reverencio vuestra esclava Virgen soy. Bien puedes asegurarte que para nunca olvidarte reinando en el cielo estoy. Subid, subid, virgen bella. Bien de la humana fortuna para que pises la Luna pues sois de la mar estrella. Muda me deja el favor, no sé con qué una mujer como yo ha de agradecer tan grandes muestras de amor. Solo empleando la vida de esta voluntad indicio en tu amor y en tu servicio pareceré agradecida. Haciendo inmortal al suelo contra vida y tiempo vario la devoción del rosario por la Abadesa del cielo.